lunes, 18 de enero de 2016

Misa por los niños no nacidos

Muchos padres y madres que han caído en la tentación de abortar y los que han sufrido el aborto espontáneo de sus hijos, aún pueden hacer algo por ellos. También la Iglesia, que es madre, confía a los niños muertos sin Bautismo a la misericordia del Padre. Aunque estos niños no tienen que purificar las culpas de sus pecados personales, sí que puede la Iglesia encomendarles a Dios y consolar a sus padres, como se hace en la exequias de niños. Es posible dedicarles una Misa, como se hace por todas las personas que mueren, para presentar a esos niños a Dios.

 Esto puede hacerse anualmente. Hay varias fechas que podrían ser adecuadas. Una buena es el día de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, 40 días tras la Navidad, el 2 de Febrero (el tradicional día de la Candelaria). Es, además, la oportunidad de que estos padres que no han tenido oportunidad de rezar en la iglesia por sus hijos, puedan hacerlo. También quienes han participadio en abortos y se han arrepentido pueden tener ahí una ocasión de ofrecer una compensación por su pecado. La Iglesia puede mostrar así que considera a estos niños realmente como personas, y les encomienda, como hace con todo el que fallece. Es una obra de misericordia espiritual: "orar a Dios por vivos y difuntos".

 La fiesta de la "Candelaria" hace mención a las "candelas", velas de cera que se bendicen ese día para recordar, como dijo Simeón cuando cogió al Niño en sus brazos, que Jesús es "Luz para alumbrar a las naciones". Hacemos así, de un hecho luctuoso, una realidad luminosa, y pedimos que Cristo ilumine a las naciones para expulsar la oscuridad del aborto. Las velas nos remiten al Cirio pascual que se enciende con la Resurrección de Cristo, el nacimiento a la nueva vida, y las velas que con esta luz se encienden en el Bautismo.

 Es también la Purificación de la Virgen, la Purísima. Si la purificación de la mujer se debía al contacto con la sangre del parto, la Virgen estaría realmente exenta por el parto virginal. Sin embargo, ella se sometió a la prescripción, signo de su disposición a sufrir también por los dolores que le produciría la sangre de su Hijo en la Cruz, un sufrimiento inocente y corredentor.

Leemos en el Catecismo:
1261 En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo.
1032 ...Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios.

"¡Oh Jesús mío, lleva a todas las almas al Cielo...!" (oración de Fátima).

lunes, 11 de enero de 2016

Sobre la que se está liando con el vídeo del Papa

 A mí me parece que no es para tanto. Parto de que no me gusta el vídeo, que me parece que con la mezcla de imágenes y palabras abona el sincretismo New Age actual. Pero el Papa no es el guionista, sino que probablemente se le ha puesto algo por delante que él no ha acertado a corregir. Estoy seguro de que el Papa no es un sincretista ni se apunta a la New Age.
 Así las cosas, tenemos un Papa con un defecto -no se le da bien corregir-, y añado más: le cuesta el discernimiento doctrinal -esto es lo peor, y ya ha pesado en la preparación del Sínodo de la Familia-, a veces se pasa hablando para agradar, no sale muy bien parado cuando se encuentra con poderosos malintencionados, confía a veces en quienes no lo merecen y no es un hombre muy sensible hacia ciertas faltas de sentido de la sacralidad. 
 ¡Vaya por Dios, un Papa defectuoso! Pues claro, digno sucesor de San Pedro, que también era bastante "defectuoso". Lo malo -para su imagen- es que le haya tocado después de un Papa como San Juan Pablo II, con tantos dones y carismas del Espíritu, pero lo que tenemos que hacer es rezar por él y ayudarle, y señalar la verdad a los que se dejan confundir por esos deslices que permite en sus colaboradores -como en el vídeo- o cosas así, algunas más importantes y otras menos.
 Es cierto que en el momento actual, de rechazo a la enseñanza de Cristo y de desviaciones doctrinales enormes, junto al New Age y el Nuevo Orden Mundial, esta debilidad del hombre elegido como Papa parece muy inoportuna. Pero la Iglesia y su misión no dependen de la fortaleza humana de los papas ni de su falta de defectos, sino de la mano de Dios que la guía y la sostiene, a pesar de todas esas debilidades no sólo del Papa, sino de todos nosotros. Llevamos el tesoro del Reino "en vasijas de barro", precisamente para que se vea que el poder es de Dios, y no nuestro (cf. 2 Cor 4,7).
 Además, también Francisco tiene importantes virtudes, dones y carismas, como es su insistencia en la misericordia tan necesaria en un mundo tan herido -con la proclamación de este año-, su preocupación constante por los pobres, la forma de hablar clara y práctica que se pone de manifiesto, por ejemplo, en la maravillosa exhortación Evangelii Gaudium, o su denuncia profética de algunos problemas importantes que quizá no eran suficientemente denunciados. Además, cuenta y contará siempre, como todos los papas, con la asistencia del Espíritu Santo en su Magisterio. "Donde está Pedro, allí está la Iglesia, y donde está la Iglesia no hay muerte, sino vida eterna" (San Ambrosio).
 Por otra parte, nosotros también tenemos enormes defectos, y probablemente más graves que los del Papa. Y dones, dones del Espíritu Santo, también los tenemos. Y carismas gratuitos. Creo que no debemos escandalizarnos porque otras personas creyentes, y puede que más santas que nosotros, no vean lo que nosotros vemos, no sean sensibles a lo que nosotros sí somos -me refiero a personas que quieren ser fieles de verdad, de otros ni hablo-. Todos en la Iglesia nos necesitamos, y cada uno tiene carismas distintos, y defectos distintos. Verdad y caridad deben ser inseparables, pero algunos, desgraciadamente, fallamos más por la caridad, y para otros es al revés. Nos necesitamos unos a otros, y no sirve de nada quejarse, sino trabajar con paz dando lo que hemos recibido, cuidando de que no se vea mermada la fidelidad al Papa, al vicario de Cristo, y que no parezca que tememos que la barca se hunda, porque Cristo está en ella.
 Es más, creo que es el momento de mostrarnos más tranquilos, para que se vea que nuestra confianza no está en las cosas humanas, sino en la Roca. Que la Iglesia sea el hogar de la dulzura, el hogar de María, aun en medio de la tormenta.
 Tanta confusión es menos de extrañar si pensamos en la dificultad del momento que vivimos, por el gran desconcierto imperante en la sociedad, las gravísimas injusticias, mentiras bien presentadas, desviaciones doctrinales, los poderes que manejan en la sombra los hilos de gobiernos y medios... Es muy difícil para el Papa, y es difícil para nosotros, que muchas veces no acertamos a reaccionar bien.
 No quiero ser un falso profeta tranquilizador. Al contrario, sin ser nada profético, tal como está el mundo y la Iglesia, y como están muchas familias por dentro, creo que es lógico prepararse para lo peor. Así que mejor vayamos fortaleciendo nuestra relación con Dios y perdiendo el gusto por las cosas del mundo, porque nos espera el martirio, de una u otra forma, o la apostasía, de una u otra forma. Ya nos lo anunció Juan Pablo II. Y si se da el caso de que estamos ya en la tormenta perfecta, y a la barca le tiene que pasar de todo menos hundirse, entonces será la hora de escuchar al Espíritu que nos dirá: "Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación" (Lc 21, 28).



domingo, 6 de diciembre de 2015

Salir de la pecera ( o el gran error del pensamiento moderno)

¿Cómo explicar a los demás peces que estamos en una pecera, sin darnos cuenta, desde que tenemos uso de razón? ¿cómo ayudarles a salir de esta "Matrix" alienante?

 Sí, amigo pez. Tú, como yo, has nacido en la pecera y crees que es un mar. Realmente, no sabes ni siquiera lo que es una pecera. No sabes que cada pensamiento, cada intención mental con la que sigues este texto, sólo sirve en la pecera...

 Desde pequeños se nos ha enseñado a pensar... Desde pequeños se nos ha enseñado a pensar mal, de forma equivocada... Lo aprendimos por ósmosis, por inmersión en el mundo que piensa así, que trata de conocer así... que hace como que trata de conocer así... y sólo se mira el ombligo.

 Fabricamos ideas, las gestamos en nuestro cerebro, y si suenan bien, las adoptamos. Si satisfacen nuestro ego, las adoptamos. Si nos suenan a algo parecido a lo que debe sonar la frase de la carpeta de una quinceañera, o las pintaditas de la pared de un pub bohemio, o las chorradas de la entrevista del grupo de moda, las adoptamos. Así funciona la pecera.

 Si necesitamos que Dios salve a todos, adoptamos esa idea. Nos suena bien, nos satisface, nos cuadra con la idea que nos hemos hecho de la misericordia. Si necesitamos que la misericordia sea perdonarlo todo, sin mirar nada, adoptamos esa idea. Si necesitamos que el amor sea darlo todo sin querer nada del otro, adoptamos esa idea, la compramos, nos vanagloriamos de ella, la pegamos en nuestra colección de pensamientos, de ideas, de creencias... de chorradas.

Hubo un tiempo en que los filósofos sabían lo que vale un hombre -o una mujer- y de lo que es capaz. Hubo un tiempo en que los hombres no tenían miedo de saber que conocían, y de expresar lo que conocían. Hubo un tiempo en que el hombre confiaba naturalmente, desde que tenía uso de razón, en su contemplación, en sus ojos del alma, y razonaba sobre lo que previamente había contemplado. Hubo un tiempo en el que los hombres pisaban tierra, y los peces nacían y nadaban en el mar.

 Hubo un tiempo en que el filósofo se atrevía a afirmar cosas como que el hombre sabio es el hombre virtuoso, y no pretendía buscar razones para sustentar esa verdad evidente. Y ahora es otro tiempo, el tiempo en que un idiota necesita buscar una razón para saber si existe. Tiempo en que se niega la humanidad de los niños no nacidos, el sexo de hombres y mujeres, la realidad de Dios y el amor que encierra la proclamación de la verdad.

 Y sin verdad, no hay encuentro. Un día, un explorador miraba extasiado la puesta de sol en la sabana de África. Se acercó un pastor masai y tranquilamente le dijo: "¿es bello, verdad?"

 Hubo un tiempo en que los hombres hacían amigos diciéndose la verdad.

 Desde que el hombre se centró en sí mismo solo, abandonó su centro, que es Dios, Cristo, y perdió el hilo de la Filosofía. Hubo un un tiempo en que las ideas no partían del pensamiento, ni se medían por la tranquilidad que proporcionaban, sino que partían de la realidad, de su comtemplación, y guiaban luego la razón para aprender esa realidad desconocida, a veces extraña y que interpelaba a los hombres. Hubo un tiempo en que contemplar y pensar era una aventura, en la que el hombre perdía el control de sus pasos y se enfrascaba, descubriendo nuevos paisajes de la creación que cambiaban su vida, que le "convertían"...

 Hubo un tiempo en que los peces no nacían, vivían y morían en la pecera; hubo un tiempo en que todo eso lo hacían en el mar... de la realidad.

 Es tiempo de saltar de la pecera, de ver, simplemente, que el amor es tan interesado que hace desear al ser amado, y ni siquiera hace desear algo de él, sino a él mismo. Es tiempo de ver que los embriones son seres humanos; es hora de ver que los hombres han nacido para ser sexualmente hombres, y las mujeres para ser mujeres, aunque se crucen problemas por medio... Es hora de partir de la realidad, de desechar toda idea aparentemente bonita que no sea fiel reflejo de la realidad que no nos inventamos, sino que nos encontramos.

 Es hora de renovarnos, de ser quienes somos, de vivir con Dios y para Dios.

 Es tiempo de ver la realidad y de proclamar la verdad.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Sobre el Magisterio de la Iglesia, nuestra guía

 A menudo los cristianos tenemos dudas sobre la interpretación de determinados pasajes del Evangelio, o sobre cuestiones morales, etc. ¿La misericordia de Dios supone que todos nos salvemos? ¿Es buena la inseminación artificial? ¿Se pueden salvar los no creyentes? En el Magisterio de la Iglesia, expresado de forma resumida en el Catecismo, tenemos un auténtico tesoro que podemos aprovechar. Es más, sin él no podemos entender mucho, y nos arriesgamos a ir siempre entendiendo las cosas a medias, o a nuestra manera (confusa).

 Para entender las Escrituras necesitamos hacerlo a la luz del mismo Espíritu Santo que inspiró a los autores sagrados. Y ese Espíritu Santo que nos ayuda a entender la verdad trasmitida por Cristo, es precisamente el don que prometió a su Iglesia antes de partir:

"Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello.
Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir.
Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros".
Juan 16,12-15 
 Esto ocurre igualmente con la Tradición de la Iglesia. Tradición y Escrituras constituyen la fuente por la que nos llega el agua de la Revelación, la Palabra de Dios. Y para entender bien esta Palabra necesitamos al Espíritu Santo prometido. Esa interpretación auténtica, que nos ayuda tanto, es el Magisterio de la Iglesia, que está asistido por el Espíritu Santo. Corresponde al Papa y a los obispos en comunión con él.

 Saber eso es fundamental, y distinguir lo que es verdaderamente Magisterio de lo que no lo es, resulta clave para avanzar en el conocimiento de nuestra fe.

 Hay personas que dicen: "yo creo sólo en los dogmas de fe, o en lo que está definido de forma infalible, ex-cátedra". Pero eso es desconocer lo que es y significa el Magisterio. De hecho, los dogmas y las proclamaciones ex-catedra son pocos, y corresponden principalmente a cuestiones que han sido puestas en duda por una parte de la Iglesia a lo largo de los siglos. Entonces, han necesitado un Concilio o una definición solemne para poner en claro cuál era la verdad. Pero hay muchísimas cuestiones importantes que no han sido definidas dogmáticamente, porque no han sido puestas en duda seriamente. Por ejemplo: que "nuestras oraciones son escuchadas por Dios". ¿Podría uno vivir como cristiano sin creer esto? Para nada. Y sin embargo, no ha habido una definición dogmática sobre eso, porque no ha sido puesto en duda.

 Más frecuente aún es creer que la Iglesia va cambiando su enseñanza a lo largo de los siglos, o creer que hay distintas corrientes dentro de la propia Iglesia que piensan de forma distinta. Eso no es así, y la confusión ocurre porque no se ha aprendido a diferenciar lo que es el verdadero Magisterio de la opinión personal -y a veces en desobediencia- de personas, teólogos o sacerdotes, por abundantes que sean. Por ejemplo, el "limbo" fue una opinión que pareció mayoritaria durante algún tiempo, y que incluso llegó a ser enseñada en muchos seminarios, pero jamás fue Magisterio de la Iglesia. Cuando el Papa Benedicto XVI se pronunció al respecto, negando su existencia, eso sí constituyó un acto del Magisterio,  y cone so el Magisterio no cambió, porque nunca había enseñado lo contrario. Así, por ejemplo, sobre la indisolubilidad del matrimonio, o sobre la anticoncepción, o sobre la resurrección de Cristo verdaderamente en la carne, no podemos decir que haya distintas opiniones en diversas corrientes o sectores de la Iglesia. Lo que sucede realmente es que hay una sola doctrina de la Iglesia, y cristianos que mantienen opiniones personales en discrepancia o desobediencia a esa doctrina. Y por muy laureados que sean, por mucha cátedra que ostenten, muy alto cargo que ocupen, o por muchos que sean en número, nunca su opinión puede ser considerada como el Magisterio de la Iglesia, sino que será una mera opinión personal en contra de la enseñanza de la Iglesia y en desobediencia a la misma.

 Sí es verdad que el Magisterio de la Iglesia está vivo, y que cada vez la Iglesia va al alcanzando una mayor explicitación de las enseñanzas reveladas, sin que el Magisterio pueda cambiarlas. Todo esto se expresa maravillosamente en la Constitución Dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II.

 Es más, existe un sentido sobrenatural de la verdad de la fe, que es un don de Dios a sus hijos y a su Iglesia, que es conocido como "sensus eclesiae". Nos lleva a encontrar la verdad y a apartarnos de los errores al interpretar la Palabra de Dios; es una iluminación espiritual interior que nos ayuda, y que nos mantiene en comunión, en la unidad de lo esencial. Necesitamos esa unidad en lo esencial, como dijo San Agustín: "In necesariis unitas, un dubiis libertas, in omnibus caritas" (en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad).

 El Magisterio de la Iglesia es un gran don de Jesús para todos los cristianos. Recordemos cuando Jesús andaba por la orilla del lago y vio a la muchedumbre y le dio lástima, porque andaban confundidos, "como ovejas sin pastor". Por eso nos dejó pastores y nos prometió el Espíritu Santo. Si no fuera por Él, por el Espíritu Santo, esa transmisión de la Tradición se habría corrompido con el paso de las generaciones, como en ese juego de los "disparates", en el que uno dice un mensaje a otro al oído, y este a otro, y así varias veces, y el mensaje del último es disparatado con respecto al original. Para que eso no ocurriera, el Señor envió al Espíritu Santo a su Iglesia.

 Creer lo que nos enseña el Magisterio es una forma de creer firmemente en el Espíritu Santo. Además, es una forma de obedecer a la autoridad de Cristo. Porque siempre el Magisterio es dado con la autoridad de Cristo. Y confiamos en él no por las bondades humanas del Papa y los obispos, no por su sabiduría, ciencia y rectitud moral -que ayudan cuando existen, claro- sino que confiamos en el Magisterio porque confiamos en el Espíritu Santo.

 Aquí es necesario decir también que todo el Magisterio se complementa, que tiene grados, y que no todo lo que dice o hace el Papa es Magisterio. Si, por poner un ejemplo extremo, el Papa dice que mañana va a llover, o se confunde y cree que las mareas son cada ocho horas en lugar de cada seis, esos no son actos del Magisterio. Si da una disposición disciplinar por la cual los sacerdotes deben llevar sotana amarilla, eso tampoco es un acto del Magisterio. En cambio, si escribe una encíclica sobre temas de fe o moral, eso es un acto del Magisterio, y de los más importantes, que debemos reconocer como tal, leer en consonacia con el resto del Magisterio de la Iglesia, y asimilar de forma adecuada para nuestra fe y vida cristiana.

 Este es el problema de los protestantes: se quedan con la Biblia sola, sin atender al Magisterio, interpretándola cada uno en oración, asumiendo que está ayudado por el Espíritu Santo. Leer la Biblia y asimilar su enseñanza en oración es perfecto, eso es lo que hay que hacer; pero, sin el Magisterio de la Iglesia, estamos negándonos a la iluminación necesaria que el Espíritu Santo nos da por esa mediación, y podemos sacar interpretaciones múltiples y divergentes de la misma Escritura. Así se acaba la unidad en lo esencial y los cristianos se dividen en grupos que interpretan la enseñanza de Cristo de forma distinta -y por tanto, errónea en muchos casos-. ¿Es esto lo que quiere Dios? ¡Claro que no! Algo parecido les pasa a los tradicionalistas cismáticos, que no aceptan una parte del Magisterio; al rechazarlo se sitúan por encima de él, rechazando la posibilidad de que sean ellos los que no lo entienden bien, o de entenderlo mejor en consonacia con el resto de las enseñanzas eclesiales.

 Cristo no nos ha dado la Iglesia para fastidiarnos, sino para ayudarnos, porque la necesitamos. Con todos sus defectos humanos, con las traiciones y abominaciones de los que somos sus indignos miembros, sigue siendo la mediación querida por Cristo para nosotros. ¡Nos equivocamos tanto en la vida...! Y queremos estar siempre acertados sobre cuestiones que, incluso, muchas veces, sobrepasan nuestra capacidad. Escuchar el Magisterio de la Iglesia, dejarse enseñar por él, es verdadera sabiduría. Sería soberbio empeñarnos en creer que la Iglesia, asitida por el Espíritu Santo en su Magisterio, es la equivocada, y no nosotros. Dejémonos enseñar, incluso en lo que no acabamos de entender del todo, y muchas veces ese será el principio del camino para empezar e entender.

 Este es también el testimonio de los santos: todos siguieron la enseñanza de la Iglesia, sin excepción, y en su vida mostraron la unión con Cristo. Y es la enesñanza de María, que aun lo que no entendía de Jesús, lo guardaba como un tesoro en su memoria y lo paladeaba en su corazón (Lc 2,19). Ese es el auténtico camino, humilde, de la verdadera sabiduría, de quienes se dejan enseñar por Cristo y su Autoridad, dada a la Iglesia.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El Reino de la realidad

"TODO EL QUE ES DE LA VERDAD ESCUCHA MI VOZ" 
- Cristo a Pilatos (Evangelio según san Juan 37,2)



 El Reino de Dios está ya entre nosotros. Es el reino de la verdad y la justicia, es más: es el reino de la realidad. Es el Reino de todos los que escuchan la verdad, la proclaman y viven en ella. No nos damos cuenta, pero mucho de lo que vemos a nuestro alrededor no es nada, es como ceniza; basta un soplo para dispersarla y que quede al descubierto la verdadera realidad de oro puro que apenas vemos.

  YO  
 LA REALIDAD

 En el juicio a Jesucristo había mucho griterío, mucha confusión; Roma afirmaba su poder con un juez injusto, los judíos el suyo con una estrategia falsa. En medio, un hombre al que quieren matar con el engaño de que es una amenaza para la autoridad imperial. Nada de eso es verdad, nada responde a la realidad, todo es paja que arrebata el viento. Debajo, el grano es el Hijo de Dios entregándose por amor, diciendo la verdad sobre Sí mismo. Es la mujer de Pilato intercediendo a favor de ese hombre justo, porque aquella noche había soñado con él. Es quizá María y alguno de los apóstoles y discípulos sufriendo a distancia la escena; es quizá alguno de los judíos sintiéndose confuso por aquella actitud inicua. Es todo corazón que escucha la verdad y se hace capaz, a su vez, de proclamarla: es la misericordia de Dios que se derrama en los corazones de los hombres, de los elegidos.

"... No así los impíos, no así:
son como paja que arrebata el viento".

(Salmo 1,4)

 Hoy en nuestro mundo también existe mucho griterío y mucha confusión. Mucha idea vana, mucha actitud falsa, mucha mentira y mucha injusticia. Pero debajo está el Reino de Dios, que es el reino de la realidad. Por ejemplo: muchos hoy desprecian a los aún no nacidos, como si no fueran seres humanos como los demás. Pero la realidad es que sí lo son. Todas esas ideas de supuesta defensa de derechos de la mujer, de compasiones y correcciones políticas, todo el abortismo y todo lo que lo apoya, todos los intereses políticos y estupideces que se dicen para sacar partido en torno a la oculta barbaridad del aborto... todo eso está en el humo, inconexo de la realidad: es pura ceniza. El Reino de Dios, el reino de la realidad, está debajo: en los niños que son abortados por desprecio a la vida que Dios nos regala, y sus almas son recibidas en la misericordia del Padre, en los que defienden la vida, en los que verdaderamente apoyan a la mujer, en las parejas o mujeres solas que con esfuerzos luchan por su hijo, en quienes se enfrentan a la corriente y dan testimonio aunque sean vilipendiados por ello, en los que escuchan esas verdades y se sienten confundidos en su error, replanteándose tanta falsedad, en las personas que reciben la misericordia de Dios y se arrepienten de haberse sometido a un aborto o de haber colaborado con él. Todo eso sí es real, sí se funda en la verdad; eso no se lo lleva el viento, sino que está bien fundido con la gracia de Dios: es el Reino de Dios presente entre nosotros.

"Cuando se aplasta bajo los pies
 a los cautivos de la tierra,
cuando se conculca el derecho de un hombre
en presencia del Altísimo,
cuando se defrauda a alguien en su pleito,
¿no lo ve el Señor?"

(Lamentaciones de Jeremías 3, 34-36)

 ¡Claro que lo ve! Otro ejemplo: la persecución anticristiana en África, Oriente Medio, Corea del Norte, China, etc. ¡Cuántas falsedades y ocultaciones hay sobre eso! ¡Cuántos intereses económicos, cuántas alianzas increíbles por el poder mientras se asola Siria e Irak, mientras se mata a los cristianos! ¡Qué manejo torticero de los medios de comunicación para que no se sepa que en nuestos tiempos se está produciendo un terrible martirio! No entremos en culpables; todo es paja que se lleva el viento. Los intereses económicos, el odio al cristianismo, la barbarie y la mezquindad de tantos; todo eso es falso, toda esa ganacia es óxido que se deshace. Nada es real, nada de lo falso permenece. Sólo permanece la verdad: la verdad del niño que confiesa a Jesucristo antes de ser degollado, la verdad de la mujer que es separada de su familia para ser vendida como esclava sexual por ser cristiana, la verdad de los que son machacados por una bomba cuando estaban en su casa sin culpa de nada, la realidad de quienes apenas pueden esbozar un gemido de denuncia para oponerse a la máquina de la injusticia, el perdón de las víctimas y los perseguidos, los musulmames -incluso los terroristas- que se ven atraídos por Cristo a la conversión, a causa del testimonio de misericordia y fidelidad de los mártires... Hasta ese mal puede servir para llamar a algunos elegidos de entre los musulmanes, para que se conviertan y vivan...  Todo eso es verdad y permanece, todo eso es el Reino de Cristo que crece entre nosotros, y que resplandecerá en su realidad cuando el orín sea limpiado, cuando todo lo falso y todo lo injusto se desprenda como el óxido.

"¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?"

 (Jesús en el Evangelio según San Lucas 9,25)


 ¿Y la injusticia social? ¡Cuánto lujo, cuánto derroche, y cuánto sufrimiento al lado! ¡Qué dolor y qué frustración los de unas personas que sólo quieren formar una familia y vivir honradamente, pero no pueden, porque no tienen un sitio donde trabajar, una casa para vivir, un salario para ganarse el pan! ¡Cuánta estupidez cruel, disfrazada de ciencia económica, cuánto egoísmo y narcisismo disfrazados de política social, cuánta falsedad disfrazada de ayuda! Todo eso es porquería, polvo que se va con un soplido. Debajo queda el sufrimiento y la frustración de los pobres, eso sí es realidad; el sudor de los que sí trabajan por ellos y lo hacen por amor, la voz de los que sí claman justicia en nombre de Dios y no para subirse a ningún pedestal. Los pedestales caerán; los pobres y los misericordiosos se alzarán. Estos forman el Reino de Dios que está ya entre nosotros.

"Él derriba del trono a los podrosos 
y enaltece a los humildes;
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos".

(María, alabanza a Dios en el Magníficat 
Evangelio según San Lucas 1, 52-53)

 Hasta en la escena más terrible vence ya el Reino de Cristo: un grupo de niños puestos en fila es invitado a renegar de Cristo o ser degollados uno a uno. El dolor, el miedo, el sufrimiento, son terribles, pero la realidad que vemos con los ojos de la cara es incompleta. Acaba el primero de ser degollado en un charco de sangre sobre la tierra, y ya se levanta en el Cielo a grandes saltos, arrojándose en los brazos de su Creador. Todo, todo el sufrimiento ha pasado; en esa escena terrible hay una ventana inmensa a la felicidad.

"Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos".

Salmo 118, 15


 Hasta el mal sirve para el bien, como la traición de Judas sirvió para la glorificación de Cristo y la salvación de todos los elegidos. Los malvados, sin quererlo, aumentan la victoria de sus víctimas. El demonio intenta hacer el mal, pero...

"Todo concurre al bien de los que aman a Dios"

(Carta de San Pablo a los Romanos 8,28) 

..."incluso el pecado"

(San Agustín, padre de la Iglesia, siglo V)

 En nosotros mismos hay verdad y mentira, hay bien y mal. Todo lo que no es verdad, lo que no viene de Dios, no está anclado en la realidad y no permenecerá, será como paja que se quema en el fuego. El resto, lo auténtico, lo verdadero, lo sano, lo que está sostenido por la gracia de Dios, eso sí permenecerá.

"El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo.
Sobre él se puede edificar con oro, plata, piedras preciosas, madera, pasto o paja:
la obra de cada uno aparecerá tal como es, porque el día del Juicio, que se revelará por medio del fuego, la pondrá de manifiesto; y el fuego probará la calidad de la obra de cada uno.
Si la obra construida sobre el fundamento resiste la prueba, el que la hizo recibirá la recompensa; si la obra es consumida, se perderá. Sin embargo, su autor se salvará, como quien se libra del fuego".

(Primera Carta de San Pablo a los Corintios 3, 10-15) 

 Sí, sólo quien está verdaderamente sobre la Roca, que es Cristo, que es lo verdadero, lo real, se salvará. Quizá muchos sin ni siquiera conocerle, aunque sin culpa suya, se salvarán, porque eran de la verdad y escucharon su voz... en su conciencia. En cambio, otros se condenarán, porque le rechazaron. Esa es la realidad, ese el el Reino de Cristo, aparentemente ocultado entre tanta parafernalia, entre tanto griterío falso. Está ya aquí. Es real, es más, es lo único verdaderamente real, pues todo lo demás es vanidad.

"Vanidad de vanidades, todo es vanidad"

(Eclesiastés 1,2)

 Por eso, vivamos en la realidad del Reino de Dios, acogiendo su misericordia, antes de que resplandezca su justicia, porque cuando Él llegue, sólo lo justo resplandecerá. Pone Santa Faustina Kowalska en labios de Jesús en una de sus revelaciones: "Antes de venir como Juez justo, abro de par en par la puerta de mi Misericordia".


«Dime, Padre común, pues eres justo, 
¿por qué ha de permitir tu providencia, 
que, arrastrando prisiones la inocencia, 
suba la fraude a tribunal augusto? 


¿Quién da fuerzas al brazo, que robusto 

hace a tus leyes firme resistencia, 
y que el celo, que más la reverencia, 
gima a los pies del vencedor injusto? 

Vemos que vibran vitoriosas palmas 
manos inicas, la virtud gimiendo 
del triunfo en el injusto regocijo.» 

Esto decía yo, cuando, riendo, 
celestial ninfa apareció, y me dijo: 
«¡Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?»


Bartolomé Leonardo de Argensola, siglo XVI

 De los hombres no veremos la justicia, pero sí veremos la justicia de Dios, y los que la esperan se saciarán de ella.

 "Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia,
porque serán saciados".

Jesús en el Evangelio según San Mateo 5, 6

Y será pronto, muy pronto, antes de que nos demos cuenta:


"¡MARANA THA, VEN, SEÑOR JESÚS!"

(Apocalipsis 22,20)



lunes, 16 de noviembre de 2015

Semillas de verdad en religiones no cristianas

Las religiones no cristianas tienen "semillas de verdad". Es la enseñanza de la Iglesia, expresada por el Concilio Vaticano II y recordada numerosas veces por San Juan Pablo II (ver abajo), especialmente en la Declaración "Dominus Iesus" de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida en su día por Joseph Ratzinger.
No cabe, por tanto, un rechazo total de las religiones que tienen "semillas de verdad", semillas que son reflejo del Verbo, de Dios mismo. Si las rechazáramos totalmente como algo malo, estaríamos rechazando también esas cosas buenas que contienen.
Decir eso no significa tampoco afirmar que son totalmente buenas, ni que salvan al hombre. Sólo la misericordia del Padre, merecida únicamente por el sacrificio de Cristo en nombre de cada persona, es capaz de salvarnos, uniendo misteriosamente a la Iglesia de Cristo a quienes ni siquiera le conocen, pero movidos misteriosamente por su gracia han aceptado su voz, inscrita en la conciencia de todo hombre. Las religiones no cristianas son mezcla de verdad sobre Dios con error y omisión, y tienen efectos buenos para el conocimiento de Dios y su ley natural en la medida que éste predomina sobre los errores. Algunas tienen una imagen de una divinidad claramente distinta, incluso opuesta al Dios verdadero, creador y bueno, llegando a ofrecer sacrificios humanos o promoviendo la violencia.
En la medida en que caen en eso, dejan de ser religión para convertirse en idolatría, ya sea por la adoración de criaturas naturales que no son Dios, o incluso adoración satánica. El diablo se las ingenia para tomar el lugar de Dios y prometer poder o protección a cambio de falsos sacrificios y crímenes, es decir, de graves pecados que alejan al hombre de Dios. Esto es evidente, por ejemplo, en los islamistas radicales. También a veces los cristianos podemos caer en idolatría, cuando decimos que adoramos a Dios pero no le seguimos en realidad a Él, presente en la enseñanza de la Iglesia, sino a ídolos materiales o, en ocasiones, al mismo Satanás.
En el extremo opuesto, los fieles de otras religiones -incluida el Islam- que piadosamente oran al Dios creador, bueno y justo, según se les ha enseñado y le ruegan según su conciencia, acorde con la ley natural, oran al mismo Dios que nosotros, aunque no le conozcan completamente o puedan tener deformaciones -y a veces más coincidencias profundas de las que pensamos y conocemos-. 
Dios es un modelo real, al que podemos conocer un poco, naturalmente, a través de su creación, de la razón y de nuestra propia conciencia. Artistas que le contemplan desde diversos lugares son capaces de dibujarle, aunque sea con una contemplación sólo parcial, y trasmitiendo al cuadro sus propios defectos como dibujantes. Estos cuadros ayudan a muchos a conocer al modelo; unos más, otros menos. Otros sin embargo, le deforman terriblemente, y hasta pintan al mismo demonio o a un objeto que se interpone entre ellos y el divino modelo.
En un momento dado, Dios se apiada del hombre y decide entregarle un cuadro perfecto, un cuadro que es tan perfecto que es Él mismo: Cristo, "imagen del Dios invisible" (Colosensses 1;15). Esta es la Revelación cristiana.
Aceptar y no rechazar lo que hay de bueno y santo en las otras religiones está en consonancia con el espíritu de la doctrina católica, del Magisterio de la Iglesia, que nos enseña sin error.
De la Catequesis del 9 de Septiembre de 1998, San Juan Pablo II:"Recogiendo la enseñanza conciliar, ya desde la primera carta encíclica de mi pontificado, quise recordar la antigua doctrina formulada por los Padres de la Iglesia, según la cual es necesario reconocer «las semillas del Verbo» presentes y operantes en las diferentes religiones (cf. Ad gentes, 11; Lumen gentium, 17). Esa doctrina nos impulsa a afirmar que, aunque por diversos caminos, «está dirigida, sin embargo, en una única dirección la más profunda aspiración del espíritu humano, tal como se expresa en la búsqueda de Dios, de la plena dimensión de la humanidad, es decir, del pleno sentido de la vida humana» (Redemptor hominis, 11).Las «semillas de verdad» presentes y operantes en las diversas tradiciones religiosas son un reflejo del único Verbo de Dios, «que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9) y que se hizo carne en Cristo Jesús (cf. Jn 1, 14). Son, al mismo tiempo, «efecto del Espíritu de verdad que actúa más allá de los confines visibles del Cuerpo místico» (cf. Redemptor hominis, 6 y 12) y que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8)". 
 Dice la declaración "Dominus Iesus", firmada por San Juan Pablo II, citando el Concilio Vaticano II (Nostra Aetate): "Teniendo en cuenta los valores que éstas [las demás tradiciones religiosas] testimonian y ofrecen a la humanidad, con una actitud abierta y positiva, la Declaración conciliar sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas afirma: «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres»".

jueves, 5 de noviembre de 2015

Fecundación in vitro: una experiencia.

 Un amigo me ha pedido que escriba algo sobre la fecundación in vitro. Podría redactar un texto dando explicaciones, pero sobre este punto puedo partir de la experiencia vivida, y creo que es mucho mejor.

 Mi mujer y yo llevábamos varios años esperando un niño que no venía. Precisamente, abrirnos a la vida había sido uno de los acicates de mi conversión a Cristo, pues me encontré con que, en cualquier momento, podríamos ser padres de un hijo, y me encontraba vacío, incapaz de enseñarle para qué vivimos. Entonces, el Señor me había salido al encuentro y me había devuelto a casa, a la Iglesia.

 Pero pasaban los años y los niños no venían. Entre mi mujer y yo se repetía cada mes aquella decepción silenciosa, oculta. Entonces me planteé la fecundación in vitro, pero tenía mis dudas sobre si la Iglesia la aprobaría. Yo mismo tenía sospechas éticas, como un vago sentimiento negativo hacia ese procedimiento, aunque racionalmente no encontraba el problema. Pensaba que la finalidad era claramente buena: traer una nueva personita a este mundo, a una familia donde sería amada. Y si la cuestión estribaba en que el procedimiento para hacerlo era artificial, eso no tenía en sí nada malo, al contrario. Muchas obras del hombre -artificiales- son buenas; los antibióticos son buenos y son artificiales, y curan las enfermedades. La fecundación in vitro -FIV- podría ser buena a pesar de ser artificial, solucionando ese problema que era nuestra falta de fertilidad, contribuyendo a traer al mundo una persona, un niño querido por Dios. No encontraba por qué iba a estar mal eso. Sabía que había cosas malas asociadas a la FIV, como la "reducción embrionaria", eufemismo con el que se designa la práctica de abortos para reducir el número de hijos en embarazos múltiples. En todo caso, estas eran cuestiones circunstanciales que podían evitarse.


 Pero tanto mi mujer como yo teníamos claro, aun en medio de cierta melancolía por la falta de hijos, que nos abandonábamos en los brazos de Dios, que queríamos hacer su voluntad. Entonces, en un momento tranquilo -en nuestro hogar de entonces aún había muchos- cogí mi libro de cabecera, el Catecismo de la Iglesia Católica. Acudí al índice temático de las últimas páginas y busqué "fecundación in vitro". Me fui a la página indicada y leí:

..."Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, sino que “confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos” (cf Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 82). “La procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como el fruto del acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos [...] solamente el respeto de la conexión existente entre los significados del acto conyugal y el respeto de la unidad del ser humano, consiente una procreación conforme con la dignidad de la persona” (Congregación  para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum vitae, 2, 4)".
 
 No me quedaba ninguna duda, por tanto, de que para Iglesia la FIV era inaceptable. Me sentía identificado con algunas otras cosas que se decían, porque efectivamente no vivíamos nuestra esterilidad como "un mal absoluto" y se la ofrecíamos al Señor. También esperábamos al hijo como un "don", no como un derecho. Pero seguía sin entender qué había de malo en la FIV. Es verdad que disociaba el acto sexual de la procreación; pero al fin y al cabo, era por necesidad, no por voluntad, y era para un bien mayor. ¿Qué había tan intrínsecamente malo en ello como para no aceptarlo en caso de necesidad?

 Tal vez la voluntad de Dios fuera que adoptáramos un niño -era una de las posibilidades que también se sugerían-, pero yo seguía sin comprender. Sin embargo, aunque no entendía las razones expuestas, sí vi que la voluntad de Dios era que hiciéramos caso a la Iglesia. Él no podía querer que tuviésemos en más estima nuestro criterio que el de su Iglesia, la que fundó para ayudarnos. Al fin y al cabo, a mí se me podrían escapar muchas cosas, razones que quizá era incapaz de entender. Tomé una decisión: hacer caso a Dios, pues ya nos habíamos abandonado en su voluntad, y seguir la enseñanza de su Iglesia. La Iglesia podría tal vez equivocarse en esto, pero me parecía bastante más probable que fuera yo el equivocado; y aunque no lo fuera, para mí estaba claro que Dios no quería que desobedeciéramos, sino que esta era una ocasión para abandonarnos en su voluntad, para confiar. También es verdad que me facilitaba entenderlo así la figura paternal de San Juan Pablo II, un hombre santo, sabio y lleno de misericordia, que no diría algo así por decir, ni mucho menos por fastidiar.

 Se lo conté a mi esposa y estuvo de acuerdo, aun sin comprender tampoco. Le pedí al Señor que nos ayudara a entender. Y sí, de momento, al menos, tras aceptar la negativa a la FIV, veía más claros los inconvenientes colaterales (abortos, masturbación, etc.). También aprendí que realmente su "eficacia" -resulta extraño usar esta palabra utilitarista para referirse a la procreación de seres humanos, es como cosificarlos- era bastante baja, y un estudio había mostrado que había tantos niños de parejas que se sometían a una FIV como de los que estaban en lista de espera. Otro estudio mostraba que, dada la baja "eficiencia" -otra vez el utilitarismo- de la técnica, había que producir de media 27 embriones para que uno sólo de ellos llegara a nacer. Muchos no se implantaban siquiera, y aun de los implantados muchos no salían adelante. Por tanto, indirectamente se estaba provocando una masacre, y si nos hubiéramos empeñado por ese camino, habríamos caído en ella. Me sentí aliviado de no haber caído en eso; si hubiera tomado otra decisión, tal vez ni siquiera habría reparado en ello. Pero seguía sin comprender la razón esencial del problema.

 Nuestra propia vida sexual, nuestra concepción de la sexualidad, estaba aún algo contaminada de la mentalidad anticonceptiva, sin saberlo. Esta mentalidad ensucia verdaderamente el acto sexual. Tanto es así, que una absurda idea falsamente cristiana, decía que "Dios es tan caballero, que cuando los esposos hacen el amor, se ausenta y cierra la puerta". Pero eso no es lo que dice Dios en la Escritura. En el Antiguo Testamento, Tobías, al casarse con Sara, se va con ella al lecho y, unidos, hacen una oración al Señor antes de acostarse juntos. Leer esto fue para mí un vuelco en la concepción de la sexualidad. En la oración de Tobías y Sara, se muestra que en su sexualidad no hay nada que ocultar, todo lo contrario, hay algo que ofrecer -incluso orgullosamente- a Dios. Su lecho se convierte en un altar, el altar del amor y la vida, un altar en que los cuerpos unidos se abren a la acción de Dios y se convierten en santuario del inicio de la vida.

 Con el tiempo comprendí internamente que esta unión de los misterios del amor y de la vida era algo muy grande, y es una gran dignidad para el hombre ser concebido así. Es obvio que Dios va a amar igual a un hijo concebido con FIV, es más, lo ha amado desde la eternidad, y hasta se ha servido de ese mal para traer al mundo a ese que Él ha creado por amor. Incluso, llevando las cosas a un extremo muy distante, pero que tal vez nos ayude para comprender, sabemos que Dios amó desde el principio y quiso que existiera un niño que haya sido concebido como consecuencia de un "rollo" de fin de semana, o incluso de una violación. Pero la voluntad de Dios es que los seres humanos seamos concebidos en ese acto maravilloso que es la sexualidad entre los esposos.

 Por tanto, con todo sentido nos habíamos abandonado a la voluntad de Dios y nos habíamos puesto a su espera.

 Pasó el tiempo y los niños no venían. Tras casi diez años sin descendencia, fuimos a Lourdes en la festividad de la Asunción de la Virgen, a rogarle por esa intención. Coincidimos con el último viaje de San Juan Pablo II fuera de Italia. Allí estuvimos, tras él, nosotros al otro lado del río, rezando frente a la gruta de Massabielle, lugar de la aparición. Mi mujer tenía un endometrioma recién diagnosticado, y tuvo que ser atendida allí mismo por un leve sangrado. Salimos de aquel encuentro de oración en ambulancia.


 Meses después, el endometrioma se rompió, causándole un daño interno que hizo que la tuvieran que intervenir de urgencia, tras horas de intensísimos dolores. Dentro del endometrioma había un tumor oculto que estaba a medio camino entre la benignidad y la malignidad. Después de la operación, el médico nos dijo que era mejor reintervenir y quitar totalmente el útero y los ovarios, antes siquiera de preguntar si teníamos hijos. Era el día de la Inmaculada Concepción. Contra la cerrazón del médico, pedimos otra opinión y nos dijeron que no era necesario extirparlo todo, pero que si en más de diez años no habíamos tenido hijos, tras esa intervención en la que sólo había quedado un trocito del ovario derecho, sería imposible. Otra médico, anatomopatóloga, nos tranquilizó y nos confirmó que el tumor no exigía necesariamente el "vaciamiento" que nos proponían.

 Hoy somos familia numerosa: tenemos un niño y dos niñas preciosos, "porque para Dios nada hay imposible" (Lc 1,37). Han pasado más de diez años desde la operación y el tumor no ha vuelto a aparecer.

 Comprendemos el dolor de las personas que no tienen hijos. Entendemos que nuestro caso no ocurrirá a todo el mundo, y habrá personas que se quedarán sin hijos. También hemos visto la alegría de padres que han adoptado, y existen además opciones éticas para facilitar el embarazo, como el método Billings -merece la pena, al menos, para comprobar si se tienen ciclos fértiles- o la moderna naprotecnonogía. Pero en cualquier caso, adoptando, teniendo hijos o sin tenerlos, creemos que merece la pena buscar la voluntad de Dios y hacerla.

 Espero que todo sea para mayor gloria de Dios y que nuestra experiencia pueda ayudar a otros.
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