domingo, 24 de abril de 2016

El plan de Dios sobre la sexualidad

 Dios creó el amor entre el hombre y la mujer como imagen y semejanza del propio Amor que existe en Sí mismo, en la Trinidad. Porque Dios no está solo, es comunión de Amor.

 Hombre y mujer son cuerpo y alma integrados, y por eso se aman con el alma y con el cuerpo. El acto de amor es una entrega total, entre el hombre y la mujer que se unen en comunión de amor, y eso implica un amor único, fiel, para siempre, que da como fruto una familia. Al unirse están restaurando esa unidad del Paraíso, cuando estaban desnudos y no se avergonzaban, porque ambos se miraban limpiamente, como se miran la esposa y el esposo. Esa unión sexual es querida por Dios, es una entrega total entre ambos, les une en todos los sentidos y les hace fecundos. El misterio de la vida está unido a ese misterio del amor, que también viene de Dios.

 Esa es la maravilla que Dios ha creado. En contrario, y por el pecado, del que Cristo ha venido a liberarnos entregando su vida, se da un materialismo sexual, que deshumaniza el sexo, pervierte la intención de Dios y daña a las personas y su dignidad. Además, materializar la sexualidad dificulta vivir esa maravilla que es el matrimonio y la familia con amor fiel. Como hombre y mujer no pueden separar cuerpo y alma, la falsa entrega del cuerpo por puro placer produce heridas espirituales y heridas en el corazón que les dañan y degradan. En cambio, vivir una sexualidad con integridad les ayuda a respetarse como personas y conocerse de verdad, aparta esa dominación del hombre sobre la mujer que se produce como consecuencia del pecado, de la caída.
 
 Por eso, Dios nos advierte contra esa materialización del sexo en el sexto mandamiento: "no cometerás actos impuros", y más aún en el noveno: "no consentirás pensamientos ni deseos impuros". No lo hace parta fastidiarnos, sino para hacernos felices, porque ese camino de integridad es el que nos lleva a la verdadera felicidad y el verdadero disfrute en la unión del hombre y la mujer que Él ha querido. Querer y procurar lo mejor para uno mismo y para aquellos a quienes ama es la verdadera libertad que merece la pena, y conlleva también una renuncia a lo que nos aparta de ello. Se llama "integridad", y en materia sexual, se utiliza una palabra que se ha deformado hasta hacerla parecer algo malo o de la Edad Media -en sentido peyorativo-, cuando es bien para todos: es la "castidad", que significa "pureza", "integridad".

 Jesús nos dice que lo que nos contamina no es lo que entra en nosotros, sino lo que sale de nuestro corazón: "Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones. Estas son las cosas que hacen impuro al hombre, no el comer sin haberse lavado las manos". Mateo 15, 19-20.

 Y por eso, Jesús, que con su Muerte y Resurrección nos da poder por la fe y los sacramentos, para liberarnos del pecado, va más allá incluso que el Antiguo Testamento y nos llama a una integridad mayor: "Habéis oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pero yo os digo: el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón". Mateo 5, 27-28.

 Esto no es un pensamiento de la Edad Media, es una enseñanza del Señor para siempre, porque sólo la verdad nos hace libres, como nos dijo Jesús.
La ley del Señor es perfecta,
reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple.
Los preceptos del Señor son rectos,
alegran el corazón;
los mandamientos del Señor son claros,
iluminan los ojos.
La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos.
Salmo 19, 8-10

jueves, 14 de abril de 2016

El matrimonio es algo mucho más serio de lo que vemos

No os dejéis engañar por falsos profetas


 Hermanos, en este mundo, lleno de prisas, ansias y cachibaches, nos fijamos en la apariencia de las cosas y estamos ciegos para lo espiritual, que es la realidad que penetra todo lo humano.

 Eso nos pasa con el matrimonio. El matrimonio es uno, es fiel, es para unir a los esposos en un amor de toda la vida y para fundar una familia, para tener hijos, criarlos y educarlos. Pero eso, con ser una sublime maravilla, no es todo, porque:

 EL MATRIMONIO ES LA MUESTRA DE LA ALIANZA DE DIOS CON SU PUEBLO

 EN ÉL LATE EL MISTERIO DE LAS BODAS DE CRISTO CON SU IGLESIA

 Por eso, el matrimonio, que parece y es una sublime maravilla, es aún mucho más de lo que parece, y es SAGRADO.

 Eso es muy serio. Es abominable que, con la excusa de la Exhortación del Papa Francisco Amoris Laetitia, que ni pretende cambiar esta doctrina sagrada sobre el matrimonio ni podría cambiarla, algunos estén justificando una segunda unión tras un matrimonio válido.

 Tan serio es esto para Dios, que Jesús fue mucho más allá de la ley de Moisés, y avisó que:

"Quien mira a una mujer casada deseándola, comete adulterio en su corazón".
(Evangelio según San Mateo 5,28)

 Sólo mirar, ¿entendemos? ¿Entendemos con qué extremo y divino celo nos mostró Jesús el respeto debido al sagrado vínculo del matrimonio? Casi nadie en Israel era capaz entonces de escuchar esas duras palabras, y menos en nuestra sociedad alienada, olvidada de las realidades espirituales que subyacen en todo lo humano. Pero es la pura verdad, la pura verdad.

 No, hermanos, no os engañéis, ni os dejéis engañar por falsos profetas, ni por quienes pretenden separar la misericordia de la verdad. Una segunda unión tras un matrimonio válido parece una maravilla, pero es un pecado, pecado de adulterio. En ella puede haber en apariencia casi todo lo que en apariencia hay en un matrimonio verdadero: amor y sacrificio, porque el hombre y la mujer están capacitados para ello; un amor que anhela ser para siempre, porque en ellos late siempre ese anhelo del verdadero amor, una familia e hijos que son amados, cuidados y educados, porque en el padre y la madre está esa naturaleza, herida pero no muerta, que les hace amar y criar a sus hijos con amor. Pero esa segunda unión tras un matrimonio válido no es muestra de alianza de Dios con su pueblo, ni entra en el misterio de las bodas de Cristo con su Iglesia. Todo lo contrario, aunque parezca algo muy bueno, y por mucho que esto sea difícil de escuchar, es un ataque, un gran pecado, un contratestimonio de la alianza fiel de Dios con su Iglesia. No hay fidelidad, porque la verdadera y única fidelidad que deben un hombre o una mujer casados, es con sus respectivos cónyuges verdaderos, pase lo que pase.

 Por supuesto que a veces la convivencia de un matrimonio debe cortarse, por amenazas, maltratos, faltas continuas de respeto, etc. Pero que se rompa la convivencia no permite romper el matrimonio, todo lo contrario.

 Quien esté en la situación de una segunda unión tras un matrimonio válido, está en una situación de pecado grave, y el Señor no puede querer que eso se mantenga. ¿Debe eso apartarle de Dios, aunque por el momento se sienta incapaz de ver una salida a todo ello? Para nada, precisamente quienes tienen más derecho a la misericordia de Dios son los pecadores. Los israelitas tampoco veían salida y Dios les abrió un camino en medio del mar...

 Nosotros no podemos hacer otra cosa que acompañar esa misericordia de Dios. Pero la misericordia no es ni omitir la realidad, ni difuminarla, ni disfrazarla. No es verdadera misericordia decir a los demás lo que creemos que quisieran oír. Tienen derecho, de parte de Dios, a saber la verdad, y la verdad no es otra que esas situaciones no son matrimonio, por mucho que lo parezcan. Son pecado.

 Excepto para los falsos profetas. Para quienes quieran ser engañados, siempre habrá uno o varios profetas dispuestos a halagarles el oído, pero sus palabras desaparecerán mientras ellos caigan. Hoy los medios están repletos de sus palabras. Unas palabras en las que no hay verdadera sabiduría, sólo una falsa compasión y conveniencia.

 El matrimonio es una cosa muy seria, es sagrado. Nadie puede romper lo que Dios unió, y nadie puede llamar bien al pecado ni minimizar su maldad. Nadie. Nunca.

 Por eso, el que se casa, que sepa que es en fidelidad y para siempre, o no se case. Está comprometido a fidelidad de por vida pase lo que pase. Podrá separarse si no hay más remedio, pero deberá ser siempre fiel a ese matrimonio, como Dios es fiel a su pueblo aunque le abandone. Para eso, no le faltará su gracia si se la pide.

 Y por eso es tan importante, para quien está en una de esas situaciones, y merece la pena hacerlo aunque cueste, averiguar y poner de manifiesto si su primer matrimonio fue válido o no.  Porque la relación que está viviendo puede ser una cosa totalmente distinta, y realmente distinta, si el matrimonio primero no existió y esta segunda unión sí puede recibir el sacramento del matrimonio. Si miramos de forma mundana no lo vemos, porque las dos situaciones, estar casado o estar en adulterio, pueden parecerse muchísimo, pero realmente no tienen nada que ver, son opuestas. Discernir la verdad es esencial para saber seguir el camino de Dios, que es el camino de la felicidad para ambos, no sólo en este mundo, sino en el siguiente.

 Ya sé que esto pocos son capaces de escucharlo. En realidad, a nadie le es dado escucharlo, si la gracia de Dios no le abre los ojos. A Jesús, esto mismo no quisieron escuchárselo. Ni sus discípulos le entendieron. Pero siguieron con Él, porque sabían que Jesús les hablaba de la verdad de la salvación. Eso es lo que la Iglesia propone, de parte de Dios, a quienes están en esa situación: que busquen la verdad y se acerquen cada vez más a Jesús, estén como estén, porque Él es nuestro único  y verdadero Salvador.


miércoles, 10 de febrero de 2016

El mal se traga a los que no le temen...

¿A TI YA TE HA TRAGADO?
La forma más usada para justificar el mal es reprimir la conciencia. Si alguien se siente culpable por el mal que ha hecho, o dolido por el mal que le han hecho, no es porque eso sea malo -dicen los modernos brujos de las palabras-, sino porque la sociedad le presiona y le hace sentir mal ante algo que no está mal en sí.
El mensaje es claro: "el mal no existe", toda conciencia de mal es falsa y debe ser eliminada.
- Muchas mujeres -y hombres- que han abortado a sus hijos desarrollan ansiedad, depresión, insomnio, se suicidan... Se dice que es por la presión social, no porque el aborto sea en sí una aberración y les deje un daño psicológico terrible.
- Muchas personas que son consumidores de pornografía están muy mal personalmente y sufren sus relaciones de pareja y su estado mental, además de que derivan a prácticas cada vez más depravadas. Se dice que es por la mala imagen social de la pornografía, y no porque esta sea un mal en sí, que daña a la propia persona que la consume. Y las prácticas cada vez más depravadas -sadismo, etc.- lo parecen solo por la imagen social que tienen, no porque lo sean en sí...
- Muchos homosexuales activos se sienten mal, y aumenta enormemente la tasa de suicidio entre ellos. Se dice que es por la presión del ambiente, no porque las relaciones homosexuales sean malas, y dañen a las personas.
- Muchas personas se sienten culpables, vacías y avergonzadas tras relaciones sexuales de fin de semana. Se dicen a sí mismas que no es que eso esté mal y esas emociones sean avisos de su conciencia, sino que es porque la educación que han recibido les hace sentir mal, y llegan a pensar que tienen una especie de pudor idiota...
Así con todo: el adulterio, la corrupción, el consumismo frívolo mientras los pobres se mueren de hambre, la mentira, la difamación, el abuso de poder... hasta la relación sexual entre miembros de la misma familia, y hasta la pedofilia. Así se justifica todo. Todo.

¿Pedofilia? Sí, la pedofilia también...
Dentro de nada, se dirá que la pedofilia en sí no es mala, que nuestra conciencia, como siempre, nos engaña y que hemos de reprimirla, y que el único problema está en su mala imagen social, puro convencionalismo.
Es más, se dirá que si un niño se siente mal por haber sido víctima de relaciones sexuales, no es porque eso esté mal, sino por la presión social que le hace "creer" que eso está mal.
"Abramos la puerta a todo, reprimamos la conciencia..."
¿Exagero? No, me quedo corto. Si hubiera mostrado la realidad desde el principio, nadie la habría creído: Lo que he dicho sobre la pederastia o pedofilia no es que vaya a pasar, es que ya está ocurriendo. Mira la foto: es la respuesta a una pregunta sobre pedofilia en la red. La respuesta más valorada justifica la pedofilia, precisamente diciendo que el mal percibido incluso por la víctima, está solamente en su falta de aceptación social. Observa la relación entre los votos a esta respuesta: la mayoría son positivos. Hoy, 10 de febrero de 2016, la relación a favor/en contra es de 12 a 5.
¿Cómo hemos llegado a esto?
Reprimiendo la conciencia, ignorando sus avisos.
La conciencia es un sello de Dios en el alma de cada hombre, que nos avisa de lo que está bien, lo que nos hace mejores y más humanos, y lo que está mal, lo que nos daña y deshumaniza. ¿No lo crees? Así nos va. Mañana -si no ya hoy- justificaremos también la pedofilia. Como justificamos todo lo anterior. Ya se está haciendo, con el turismo pedófilo: hombres que van a países pobres para pagar por violar a niños, incluso a bebés. ¿Cómo llegamos a esto? Desde el momento en que reprimimos nuestra conciencia y negamos la existencia del pecado.
Actualmente, la primera causa de la enfermedad mental es la represión, sí, pero la represión de la conciencia.
El mal se traga a los que no le temen; y a muchos les traga sin siquiera darse cuenta. Esto, que dicho hoy escandaliza a casi todos, es la realidad que hemos olvidado en esta estúpida sociedad moderna.



lunes, 18 de enero de 2016

Misa por los niños no nacidos

Muchos padres y madres que han caído en la tentación de abortar y los que han sufrido el aborto espontáneo de sus hijos, aún pueden hacer algo por ellos. También la Iglesia, que es madre, confía a los niños muertos sin Bautismo a la misericordia del Padre. Aunque estos niños no tienen que purificar las culpas de sus pecados personales, sí que puede la Iglesia encomendarles a Dios y consolar a sus padres, como se hace en la exequias de niños. Es posible dedicarles una Misa, como se hace por todas las personas que mueren, para presentar a esos niños a Dios.

 Esto puede hacerse anualmente. Hay varias fechas que podrían ser adecuadas. Una buena es el día de la Presentación del Niño Jesús en el Templo, 40 días tras la Navidad, el 2 de Febrero (el tradicional día de la Candelaria). Es, además, la oportunidad de que estos padres que no han tenido oportunidad de rezar en la iglesia por sus hijos, puedan hacerlo. También quienes han participadio en abortos y se han arrepentido pueden tener ahí una ocasión de ofrecer una compensación por su pecado. La Iglesia puede mostrar así que considera a estos niños realmente como personas, y les encomienda, como hace con todo el que fallece. Es una obra de misericordia espiritual: "orar a Dios por vivos y difuntos".

 La fiesta de la "Candelaria" hace mención a las "candelas", velas de cera que se bendicen ese día para recordar, como dijo Simeón cuando cogió al Niño en sus brazos, que Jesús es "Luz para alumbrar a las naciones". Hacemos así, de un hecho luctuoso, una realidad luminosa, y pedimos que Cristo ilumine a las naciones para expulsar la oscuridad del aborto. Las velas nos remiten al Cirio pascual que se enciende con la Resurrección de Cristo, el nacimiento a la nueva vida, y las velas que con esta luz se encienden en el Bautismo.

 Es también la Purificación de la Virgen, la Purísima. Si la purificación de la mujer se debía al contacto con la sangre del parto, la Virgen estaría realmente exenta por el parto virginal. Sin embargo, ella se sometió a la prescripción, signo de su disposición a sufrir también por los dolores que le produciría la sangre de su Hijo en la Cruz, un sufrimiento inocente y corredentor.

Leemos en el Catecismo:
1261 En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo.
1032 ...Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios.

"¡Oh Jesús mío, lleva a todas las almas al Cielo...!" (oración de Fátima).

lunes, 11 de enero de 2016

Sobre la que se está liando con el vídeo del Papa

 A mí me parece que no es para tanto. Parto de que no me gusta el vídeo, que me parece que con la mezcla de imágenes y palabras abona el sincretismo New Age actual. Pero el Papa no es el guionista, sino que probablemente se le ha puesto algo por delante que él no ha acertado a corregir. Estoy seguro de que el Papa no es un sincretista ni se apunta a la New Age.
 Así las cosas, tenemos un Papa con un defecto -no se le da bien corregir-, y añado más: le cuesta el discernimiento doctrinal -esto es lo peor, y ya ha pesado en la preparación del Sínodo de la Familia-, a veces se pasa hablando para agradar, no sale muy bien parado cuando se encuentra con poderosos malintencionados, confía a veces en quienes no lo merecen y no es un hombre muy sensible hacia ciertas faltas de sentido de la sacralidad. 
 ¡Vaya por Dios, un Papa defectuoso! Pues claro, digno sucesor de San Pedro, que también era bastante "defectuoso". Lo malo -para su imagen- es que le haya tocado después de un Papa como San Juan Pablo II, con tantos dones y carismas del Espíritu, pero lo que tenemos que hacer es rezar por él y ayudarle, y señalar la verdad a los que se dejan confundir por esos deslices que permite en sus colaboradores -como en el vídeo- o cosas así, algunas más importantes y otras menos.
 Es cierto que en el momento actual, de rechazo a la enseñanza de Cristo y de desviaciones doctrinales enormes, junto al New Age y el Nuevo Orden Mundial, esta debilidad del hombre elegido como Papa parece muy inoportuna. Pero la Iglesia y su misión no dependen de la fortaleza humana de los papas ni de su falta de defectos, sino de la mano de Dios que la guía y la sostiene, a pesar de todas esas debilidades no sólo del Papa, sino de todos nosotros. Llevamos el tesoro del Reino "en vasijas de barro", precisamente para que se vea que el poder es de Dios, y no nuestro (cf. 2 Cor 4,7).
 Además, también Francisco tiene importantes virtudes, dones y carismas, como es su insistencia en la misericordia tan necesaria en un mundo tan herido -con la proclamación de este año-, su preocupación constante por los pobres, la forma de hablar clara y práctica que se pone de manifiesto, por ejemplo, en la maravillosa exhortación Evangelii Gaudium, o su denuncia profética de algunos problemas importantes que quizá no eran suficientemente denunciados. Además, cuenta y contará siempre, como todos los papas, con la asistencia del Espíritu Santo en su Magisterio. "Donde está Pedro, allí está la Iglesia, y donde está la Iglesia no hay muerte, sino vida eterna" (San Ambrosio).
 Por otra parte, nosotros también tenemos enormes defectos, y probablemente más graves que los del Papa. Y dones, dones del Espíritu Santo, también los tenemos. Y carismas gratuitos. Creo que no debemos escandalizarnos porque otras personas creyentes, y puede que más santas que nosotros, no vean lo que nosotros vemos, no sean sensibles a lo que nosotros sí somos -me refiero a personas que quieren ser fieles de verdad, de otros ni hablo-. Todos en la Iglesia nos necesitamos, y cada uno tiene carismas distintos, y defectos distintos. Verdad y caridad deben ser inseparables, pero algunos, desgraciadamente, fallamos más por la caridad, y para otros es al revés. Nos necesitamos unos a otros, y no sirve de nada quejarse, sino trabajar con paz dando lo que hemos recibido, cuidando de que no se vea mermada la fidelidad al Papa, al vicario de Cristo, y que no parezca que tememos que la barca se hunda, porque Cristo está en ella.
 Es más, creo que es el momento de mostrarnos más tranquilos, para que se vea que nuestra confianza no está en las cosas humanas, sino en la Roca. Que la Iglesia sea el hogar de la dulzura, el hogar de María, aun en medio de la tormenta.
 Tanta confusión es menos de extrañar si pensamos en la dificultad del momento que vivimos, por el gran desconcierto imperante en la sociedad, las gravísimas injusticias, mentiras bien presentadas, desviaciones doctrinales, los poderes que manejan en la sombra los hilos de gobiernos y medios... Es muy difícil para el Papa, y es difícil para nosotros, que muchas veces no acertamos a reaccionar bien.
 No quiero ser un falso profeta tranquilizador. Al contrario, sin ser nada profético, tal como está el mundo y la Iglesia, y como están muchas familias por dentro, creo que es lógico prepararse para lo peor. Así que mejor vayamos fortaleciendo nuestra relación con Dios y perdiendo el gusto por las cosas del mundo, porque nos espera el martirio, de una u otra forma, o la apostasía, de una u otra forma. Ya nos lo anunció Juan Pablo II. Y si se da el caso de que estamos ya en la tormenta perfecta, y a la barca le tiene que pasar de todo menos hundirse, entonces será la hora de escuchar al Espíritu que nos dirá: "Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación" (Lc 21, 28).



domingo, 6 de diciembre de 2015

Salir de la pecera ( o el gran error del pensamiento moderno)

¿Cómo explicar a los demás peces que estamos en una pecera, sin darnos cuenta, desde que tenemos uso de razón? ¿cómo ayudarles a salir de esta "Matrix" alienante?

 Sí, amigo pez. Tú, como yo, has nacido en la pecera y crees que es un mar. Realmente, no sabes ni siquiera lo que es una pecera. No sabes que cada pensamiento, cada intención mental con la que sigues este texto, sólo sirve en la pecera...

 Desde pequeños se nos ha enseñado a pensar... Desde pequeños se nos ha enseñado a pensar mal, de forma equivocada... Lo aprendimos por ósmosis, por inmersión en el mundo que piensa así, que trata de conocer así... que hace como que trata de conocer así... y sólo se mira el ombligo.

 Fabricamos ideas, las gestamos en nuestro cerebro, y si suenan bien, las adoptamos. Si satisfacen nuestro ego, las adoptamos. Si nos suenan a algo parecido a lo que debe sonar la frase de la carpeta de una quinceañera, o las pintaditas de la pared de un pub bohemio, o las chorradas de la entrevista del grupo de moda, las adoptamos. Así funciona la pecera.

 Si necesitamos que Dios salve a todos, adoptamos esa idea. Nos suena bien, nos satisface, nos cuadra con la idea que nos hemos hecho de la misericordia. Si necesitamos que la misericordia sea perdonarlo todo, sin mirar nada, adoptamos esa idea. Si necesitamos que el amor sea darlo todo sin querer nada del otro, adoptamos esa idea, la compramos, nos vanagloriamos de ella, la pegamos en nuestra colección de pensamientos, de ideas, de creencias... de chorradas.

Hubo un tiempo en que los filósofos sabían lo que vale un hombre -o una mujer- y de lo que es capaz. Hubo un tiempo en que los hombres no tenían miedo de saber que conocían, y de expresar lo que conocían. Hubo un tiempo en que el hombre confiaba naturalmente, desde que tenía uso de razón, en su contemplación, en sus ojos del alma, y razonaba sobre lo que previamente había contemplado. Hubo un tiempo en el que los hombres pisaban tierra, y los peces nacían y nadaban en el mar.

 Hubo un tiempo en que el filósofo se atrevía a afirmar cosas como que el hombre sabio es el hombre virtuoso, y no pretendía buscar razones para sustentar esa verdad evidente. Y ahora es otro tiempo, el tiempo en que un idiota necesita buscar una razón para saber si existe. Tiempo en que se niega la humanidad de los niños no nacidos, el sexo de hombres y mujeres, la realidad de Dios y el amor que encierra la proclamación de la verdad.

 Y sin verdad, no hay encuentro. Un día, un explorador miraba extasiado la puesta de sol en la sabana de África. Se acercó un pastor masai y tranquilamente le dijo: "¿es bello, verdad?"

 Hubo un tiempo en que los hombres hacían amigos diciéndose la verdad.

 Desde que el hombre se centró en sí mismo solo, abandonó su centro, que es Dios, Cristo, y perdió el hilo de la Filosofía. Hubo un un tiempo en que las ideas no partían del pensamiento, ni se medían por la tranquilidad que proporcionaban, sino que partían de la realidad, de su comtemplación, y guiaban luego la razón para aprender esa realidad desconocida, a veces extraña y que interpelaba a los hombres. Hubo un tiempo en que contemplar y pensar era una aventura, en la que el hombre perdía el control de sus pasos y se enfrascaba, descubriendo nuevos paisajes de la creación que cambiaban su vida, que le "convertían"...

 Hubo un tiempo en que los peces no nacían, vivían y morían en la pecera; hubo un tiempo en que todo eso lo hacían en el mar... de la realidad.

 Es tiempo de saltar de la pecera, de ver, simplemente, que el amor es tan interesado que hace desear al ser amado, y ni siquiera hace desear algo de él, sino a él mismo. Es tiempo de ver que los embriones son seres humanos; es hora de ver que los hombres han nacido para ser sexualmente hombres, y las mujeres para ser mujeres, aunque se crucen problemas por medio... Es hora de partir de la realidad, de desechar toda idea aparentemente bonita que no sea fiel reflejo de la realidad que no nos inventamos, sino que nos encontramos.

 Es hora de renovarnos, de ser quienes somos, de vivir con Dios y para Dios.

 Es tiempo de ver la realidad y de proclamar la verdad.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Sobre el Magisterio de la Iglesia, nuestra guía

 A menudo los cristianos tenemos dudas sobre la interpretación de determinados pasajes del Evangelio, o sobre cuestiones morales, etc. ¿La misericordia de Dios supone que todos nos salvemos? ¿Es buena la inseminación artificial? ¿Se pueden salvar los no creyentes? En el Magisterio de la Iglesia, expresado de forma resumida en el Catecismo, tenemos un auténtico tesoro que podemos aprovechar. Es más, sin él no podemos entender mucho, y nos arriesgamos a ir siempre entendiendo las cosas a medias, o a nuestra manera (confusa).

 Para entender las Escrituras necesitamos hacerlo a la luz del mismo Espíritu Santo que inspiró a los autores sagrados. Y ese Espíritu Santo que nos ayuda a entender la verdad trasmitida por Cristo, es precisamente el don que prometió a su Iglesia antes de partir:

"Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello.
Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir.
Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros".
Juan 16,12-15 
 Esto ocurre igualmente con la Tradición de la Iglesia. Tradición y Escrituras constituyen la fuente por la que nos llega el agua de la Revelación, la Palabra de Dios. Y para entender bien esta Palabra necesitamos al Espíritu Santo prometido. Esa interpretación auténtica, que nos ayuda tanto, es el Magisterio de la Iglesia, que está asistido por el Espíritu Santo. Corresponde al Papa y a los obispos en comunión con él.

 Saber eso es fundamental, y distinguir lo que es verdaderamente Magisterio de lo que no lo es, resulta clave para avanzar en el conocimiento de nuestra fe.

 Hay personas que dicen: "yo creo sólo en los dogmas de fe, o en lo que está definido de forma infalible, ex-cátedra". Pero eso es desconocer lo que es y significa el Magisterio. De hecho, los dogmas y las proclamaciones ex-catedra son pocos, y corresponden principalmente a cuestiones que han sido puestas en duda por una parte de la Iglesia a lo largo de los siglos. Entonces, han necesitado un Concilio o una definición solemne para poner en claro cuál era la verdad. Pero hay muchísimas cuestiones importantes que no han sido definidas dogmáticamente, porque no han sido puestas en duda seriamente. Por ejemplo: que "nuestras oraciones son escuchadas por Dios". ¿Podría uno vivir como cristiano sin creer esto? Para nada. Y sin embargo, no ha habido una definición dogmática sobre eso, porque no ha sido puesto en duda.

 Más frecuente aún es creer que la Iglesia va cambiando su enseñanza a lo largo de los siglos, o creer que hay distintas corrientes dentro de la propia Iglesia que piensan de forma distinta. Eso no es así, y la confusión ocurre porque no se ha aprendido a diferenciar lo que es el verdadero Magisterio de la opinión personal -y a veces en desobediencia- de personas, teólogos o sacerdotes, por abundantes que sean. Por ejemplo, el "limbo" fue una opinión que pareció mayoritaria durante algún tiempo, y que incluso llegó a ser enseñada en muchos seminarios, pero jamás fue Magisterio de la Iglesia. Cuando el Papa Benedicto XVI se pronunció al respecto, negando su existencia, eso sí constituyó un acto del Magisterio,  y cone so el Magisterio no cambió, porque nunca había enseñado lo contrario. Así, por ejemplo, sobre la indisolubilidad del matrimonio, o sobre la anticoncepción, o sobre la resurrección de Cristo verdaderamente en la carne, no podemos decir que haya distintas opiniones en diversas corrientes o sectores de la Iglesia. Lo que sucede realmente es que hay una sola doctrina de la Iglesia, y cristianos que mantienen opiniones personales en discrepancia o desobediencia a esa doctrina. Y por muy laureados que sean, por mucha cátedra que ostenten, muy alto cargo que ocupen, o por muchos que sean en número, nunca su opinión puede ser considerada como el Magisterio de la Iglesia, sino que será una mera opinión personal en contra de la enseñanza de la Iglesia y en desobediencia a la misma.

 Sí es verdad que el Magisterio de la Iglesia está vivo, y que cada vez la Iglesia va al alcanzando una mayor explicitación de las enseñanzas reveladas, sin que el Magisterio pueda cambiarlas. Todo esto se expresa maravillosamente en la Constitución Dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II.

 Es más, existe un sentido sobrenatural de la verdad de la fe, que es un don de Dios a sus hijos y a su Iglesia, que es conocido como "sensus eclesiae". Nos lleva a encontrar la verdad y a apartarnos de los errores al interpretar la Palabra de Dios; es una iluminación espiritual interior que nos ayuda, y que nos mantiene en comunión, en la unidad de lo esencial. Necesitamos esa unidad en lo esencial, como dijo San Agustín: "In necesariis unitas, un dubiis libertas, in omnibus caritas" (en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad).

 El Magisterio de la Iglesia es un gran don de Jesús para todos los cristianos. Recordemos cuando Jesús andaba por la orilla del lago y vio a la muchedumbre y le dio lástima, porque andaban confundidos, "como ovejas sin pastor". Por eso nos dejó pastores y nos prometió el Espíritu Santo. Si no fuera por Él, por el Espíritu Santo, esa transmisión de la Tradición se habría corrompido con el paso de las generaciones, como en ese juego de los "disparates", en el que uno dice un mensaje a otro al oído, y este a otro, y así varias veces, y el mensaje del último es disparatado con respecto al original. Para que eso no ocurriera, el Señor envió al Espíritu Santo a su Iglesia.

 Creer lo que nos enseña el Magisterio es una forma de creer firmemente en el Espíritu Santo. Además, es una forma de obedecer a la autoridad de Cristo. Porque siempre el Magisterio es dado con la autoridad de Cristo. Y confiamos en él no por las bondades humanas del Papa y los obispos, no por su sabiduría, ciencia y rectitud moral -que ayudan cuando existen, claro- sino que confiamos en el Magisterio porque confiamos en el Espíritu Santo.

 Aquí es necesario decir también que todo el Magisterio se complementa, que tiene grados, y que no todo lo que dice o hace el Papa es Magisterio. Si, por poner un ejemplo extremo, el Papa dice que mañana va a llover, o se confunde y cree que las mareas son cada ocho horas en lugar de cada seis, esos no son actos del Magisterio. Si da una disposición disciplinar por la cual los sacerdotes deben llevar sotana amarilla, eso tampoco es un acto del Magisterio. En cambio, si escribe una encíclica sobre temas de fe o moral, eso es un acto del Magisterio, y de los más importantes, que debemos reconocer como tal, leer en consonacia con el resto del Magisterio de la Iglesia, y asimilar de forma adecuada para nuestra fe y vida cristiana.

 Este es el problema de los protestantes: se quedan con la Biblia sola, sin atender al Magisterio, interpretándola cada uno en oración, asumiendo que está ayudado por el Espíritu Santo. Leer la Biblia y asimilar su enseñanza en oración es perfecto, eso es lo que hay que hacer; pero, sin el Magisterio de la Iglesia, estamos negándonos a la iluminación necesaria que el Espíritu Santo nos da por esa mediación, y podemos sacar interpretaciones múltiples y divergentes de la misma Escritura. Así se acaba la unidad en lo esencial y los cristianos se dividen en grupos que interpretan la enseñanza de Cristo de forma distinta -y por tanto, errónea en muchos casos-. ¿Es esto lo que quiere Dios? ¡Claro que no! Algo parecido les pasa a los tradicionalistas cismáticos, que no aceptan una parte del Magisterio; al rechazarlo se sitúan por encima de él, rechazando la posibilidad de que sean ellos los que no lo entienden bien, o de entenderlo mejor en consonacia con el resto de las enseñanzas eclesiales.

 Cristo no nos ha dado la Iglesia para fastidiarnos, sino para ayudarnos, porque la necesitamos. Con todos sus defectos humanos, con las traiciones y abominaciones de los que somos sus indignos miembros, sigue siendo la mediación querida por Cristo para nosotros. ¡Nos equivocamos tanto en la vida...! Y queremos estar siempre acertados sobre cuestiones que, incluso, muchas veces, sobrepasan nuestra capacidad. Escuchar el Magisterio de la Iglesia, dejarse enseñar por él, es verdadera sabiduría. Sería soberbio empeñarnos en creer que la Iglesia, asitida por el Espíritu Santo en su Magisterio, es la equivocada, y no nosotros. Dejémonos enseñar, incluso en lo que no acabamos de entender del todo, y muchas veces ese será el principio del camino para empezar e entender.

 Este es también el testimonio de los santos: todos siguieron la enseñanza de la Iglesia, sin excepción, y en su vida mostraron la unión con Cristo. Y es la enesñanza de María, que aun lo que no entendía de Jesús, lo guardaba como un tesoro en su memoria y lo paladeaba en su corazón (Lc 2,19). Ese es el auténtico camino, humilde, de la verdadera sabiduría, de quienes se dejan enseñar por Cristo y su Autoridad, dada a la Iglesia.
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