sábado, 22 de agosto de 2015

El misterio de la injusticia

 Sí, Señor, creo que venimos al mundo heridos. "Pecador me concibió mi madre", como dice el Salmo (51,5). Nos has dado una naturaleza buena, que ama y busca la verdad, el bien y la belleza; y en definitiva, te busca y te ama a Ti, Señor, fuente de toda verdad, bien y belleza. Pero la herida del pecado original, con su tendencia al mal que nos aparta de lo bueno, verdadero y bello, y la herencia del sufrimiento y la muerte con que es cargado cada bebé que nace, cada embrión que es gestado, ¿acaso provienen de tu justicia?

 ¿Qué hizo el bebé para ser acreedor al hambre, al dolor y al llanto?  Y ¿qué hizo para merecer esa herida en su corazón, que por el egoísmo, la maldad y el error le llevará pronto a rechazarte a Ti, fuente del agua viva, para ir a saciar su sed en cisternas agrietadas y secas? Y ¿a cambio de qué recibe la ira de sus padres en lugar del amor, o el daño de los demás, o la indiferencia de los poderosos ante su sufrimiento, y hasta su muerte? Y sobre todo, ¿por qué no nace en Ti el que está hecho para vivir en Ti?, ¿por qué nace sin Ti el que no puede vivir sin Ti? Nada de eso lo merece, y nada de eso viene de Ti, oh, Señor, completamente justo y lleno de amor por nosotros.

 Nada de eso sigue la lógica de tu justicia, Señor. En cambio, sí sigue la perversa mecánica del mal, que por su propia inconsistencia, es injusto. No es tuya esa herencia maldita, Señor, sino de los hombres, que te rechazaron a Ti, fuente de todo amor y justicia.

 Y sin embargo, me haría doblemente merecedor de todo eso si dijera que yo no lo merezco, que yo no habría hecho lo que nuestros padres y que, por tanto, se aparte de mí su herencia. Porque me ha bastado la menor ocasión para hacerme acreedor de sobra a todo, ofendiéndote a Ti, mi Señor y mi Dios, mi Creador, y eso a pesar de haber sido regenerado desde pequeño por el Bautismo, y haber recibido tus Enseñanzas de Vida. No, yo no soy Adán ni estaba con él, pero reconozco que, sin Ti, no puedo mirar a otro que me represente mejor. Y sin embargo, Tú me has dado a tu Hijo para que ahora me represente Él, en lugar de Adán, y cargue con esa herencia maldita que a mí me habría aplastado. ¡Con qué misericordia tan enorme me has tratado! ¡Eso sí que no lo merecía!

 Tú no quisiste el mal, ni el sufrimiento, ni la herencia del pecado, Señor, pero lo avisaste y lo permitiste, y nadie te puede tachar de injusto al permitirlo. Todo eso es injusto, sí, pero no fuiste Tú el injusto. Fue injusto el hombre que pecó, al cual sometiste toda la creación; fue injusto porque dio entrada al mal en ella. No fuiste injusto al permitir el mal, al contrario, fuiste tremendamente misericordioso, hasta la locura, al entregar a tu Hijo para vencerlo y para rescatarnos.

 Aunque, Señor, esto aparece ante nosotros como un misterio de injusticia; sin embargo, lo aceptamos por la gracia de la fe, por la confianza en el amor que nos has demostrado. Además, ¿cómo íbamos a llamar injusto al que nos ha puesto en el corazón el sentido de la justicia, para que le busquemos a Él? ¿Te íbamos a condenar a Ti, Justicia y Misericordia infinitas, con el propio sentido de la justicia que tú nos has dado, al hacernos a tu imagen y semejanza? Esa sí que sería la más grave injusticia.

 Pero no, porque lo que quieres, lo quieres por amor a nosotros, y lo que permites, con misericordia y amor lo permites, para un bien mayor. "¡Feliz culpa que nos mereció tal Redentor!"- como dijo San Agustín. De esto hablamos y no entendemos; pero Tú, Señor, lo entiendes todo, y todo lo dispones según tu designio de Amor. Ahora no entendemos, como el niño que es vacunado y llora, pero entenderemos y seremos librados de todo mal, como ya somos libres del peor mal, que es vivir sin Ti, que es no vivir y que es morir. Ahora lloramos, como el niño, pero él, aunque no entiende, es consolado por el amor de sus padres, como a nosotros, aun no entendiendo, nos consuela tu Espíritu de Amor.

 En la Virgen María, nuestra Reina y Madre, mostraste desde el principio tu poder y la victoria de tu misericordia. Sufrió todas las consecuencias del mal de Adán, cargó con el más terrible dolor y sufrió en su corazón nuestra injusticia para con su Hijo Santo, nuestro Salvador. Soportó también la angustia, la fatiga y la oscuridad; pero por los méritos de tu Hijo, la salvaste de vivir siquiera un instante apartada de Ti y preservaste su santo cuerpo de la corrupción. Nos la has entregado como Madre que alivia nuestro dolor con su consuelo. Así, con manos y voz de madre, nos llega el consuelo de tu Espíritu de Amor. Ella nos susurra al oído sus palabras de sabiduría, que son las de su Divino Hijo, para que las pronunciemos para Ti mientras lloramos: "Hágase, Amén". Porque "si morimos con Cristo, creemos -porque Tú nos lo aseguras- que también resucitaremos con Él" (Romanos 6,4).

 En definitiva, poco es lo que permitiste, porque si nos hubieras dejado abandonados a nuestro destino, habríamos muerto para siempre. Como te decimos en la Misa, "no nos abandonaste en poder de la muerte, sino que viniste en nuestra ayuda para que buscándote, te encontráramos".

Gracias, Señor, por todo lo que haces y permites por amor, aunque no lo entendamos. ¡Glorificado seas, mi Señor y mi Dios, Yahvé Adonai! ¡Gracias, Abbá!

miércoles, 19 de agosto de 2015

Opiniones sobre el Sínodo de la Familia


El matrimonio no es un tema más en la moral y la práctica de la fe. Muchos no se dan cuenta, y por eso no otorgan a los problemas de este Sínodo la importancia que tienen. El matrimonio es absolutamente central en la vida de la Iglesia. La unión de Cristo con su Iglesia es un matrimonio: "gran misterio es este -dice San Pablo en Efesios 5,32, refiriéndose a la unión en una sola carne- y yo lo refiero a Cristo y la Iglesia". El matrimonio es comunión de personas, a semejanza de Dios Trino. Es signo vivo de esa alianza esponsal de Dios y el hombre. En la profesión de una religiosa, se emplean signos de su unión esponsal con Jesucristo. En la ordenación sacerdotal, se emplean signos de su unión esponsal con la Iglesia. Toda la vida de la Iglesia fluye de este misterio esponsal, de un Cristo entregado por Ella, como refleja el bíblico Cantar de los Cantares (1,4;6,3;8,6):

"Llévame contigo: ¡corramos!
El rey me introdujo en sus habitaciones:
¡gocemos y alegrémonos contigo,
celebremos tus amores más que el vino!"


"¡Mi amado es para mí,
y yo soy para mi amado,
que apacienta su rebaño entre los lirios!"
 
"Grábame como un sello sobre tu corazón,
como un sello sobre tu brazo,
porque el Amor es fuerte como la Muerte..."
 
 Por eso, un Sínodo sobre la familia que dilucide cuestiones que afectan a la realidad esencial de matrimonio, es tremendamente importante. No es de extrañar que la intención de romper un solo matrimonio -el de Enrique VIII con Catalina de Aragón- valiera un cisma tremendo, el de la Iglesia "anglicana"; un cisma dolorosísimo, que se mantiene durante siglos y que costó la vida a miles de mártires. Algunos de ellos -como SantoTomás Moro, canciller y amigo personal de aquel rey-, por no tener más remedio que negarse, según su conciencia, a participar en cualquier hecho que, aunque fuera implícitamente, tratara como ilegítimo su matrimonio válido con Catalina, a la que el rey había rechazado para formalizar una segunda unión adúltera.

 Pero ¿acaso no nos recuerda a aquél profeta, San Juan Bautista, el Precursor, que murió por denunciar el matrimonio ilícito de Herodes? Sí, también él defendió ese otro matrimonio en nombre de Dios. No es casual que el Precursor diera su vida por algo tan esencial como la defensa del matrimonio. Tocar la esencia del matrimonio es tocar la esencia de la relación de Cristo con su Iglesia. Por eso este tema no es que sea delicado, es que es nuclear. Y ya vemos que la batalla del matrimonio no se ha librado en la nube de las ideas, sino en lo concreto, como lo es el matrimonio, un signo visible -cada matrimonio lo es-. El Precursor dio su vida por defender el matrimonio de Herodías con Herodes Filipo, el hermano del rey Herodes Antipas.  Este último tomó escandalosamente por esposa a la mujer de su hermano, y Juan se lo reprochaba públicamente. Santo Tomás Moro y otros, murieron por no reconocer la invalidez de otro matrimonio verdadero, el de Enrique VIII con Catalina de Aragón. Un solo matrimonio ha merecido que se entregue la vida de los mártires; un sólo matrimonio ha merecido que se soporten los horrores y heridas para la Iglesia de un cisma terrible, que aún perdura. Porque lo que Dios ha unido, el hombre no puede separarlo; ¡ningún hombre!

 Es lógico, por tanto, que este tema levante tantas pasiones; pero precisamente por eso es hora de usar toda la firmeza y caridad de la que seamos capaces, en la búsqueda de la verdad y la voluntad de Dios, para bien de los matrimonios, de las familias que sustentan, y de toda la Iglesia. Observo, en la preparación del próximo Sínodo de la Familia, dos posturas totalmente opuestas y enfrentadas, sin ámbito para un diálogo. El tema es la comunión de los divorciados que se casan por lo civil. El problema más frecuente está en que hay matrimonios que pueden haber sido nulos, y como el proceso para decretar dicha nulidad es lento y caro, parejas que se convierten y que están casadas por lo civil o conviviendo tras un matrimonio cuya convivencia se ha roto, tienen cerrado el acceso a la comunión eucarística.

 Me parece extraño que, con todos los temas que hay en los que es necesario avanzar para la evangelización, la cuestión se centre en ese. Todo lo demás parece eclipsado. Y aún más extraño me parece, dentro de la extrañeza, que ese tema se aborde desde la curación y se obvie la prevención. Es claro que la primera causa de ese problema es que se están celebrando muchos matrimonios nulos. Evitemos la epidemia, y casi no tendremos casos que curar. Pero no... En fin, no sé si esto será negligencia o inspiración; a simple vista, puede parecer lo primero. Pero nunca se sabe... y además, a veces la Providencia actúa en las formas más inverosímiles.

 Hay una postura que está causando mucha confusión y que jamás se debería haber planteado: que quien ha vivido en un matrimonio verdadero, cuya convivencia se ha roto por el motivo que sea, pueda mantener una segunda unión esponsal civil y ser admitido a la comunión eucarística. Si ha estado casado de verdad, eso es adulterio sin duda, y tanto la enseñanza de Jesús como la propia naturaleza indisoluble del matrimonio hacen ver claro que eso es un pecado, y grave. Mientras no haya arrepentimiento y propósito de enmienda, aceptando si acaso una convivencia formal y no sexual si no hay otra posibilidad mejor, la mejor misericordia que se puede tener hacia estas personas es no ocultarles el pecado y peligro en que viven, y predicarles la conversión.

 Por desgracia, esa postura de admitir por una puerta de atrás a estas personas a la comunión eucarística, fue planteada en el segundo de los dos supuestos que presentó el Cardenal Kasper, organizador del Sínodo, que por cierto usó de algunas malas artes en la preparación, dejando fuera arbitrariamente a defensores del matrimonio. El Papa le aplaudió aquel documento diciendo que era teología "hecha de rodillas". Otras palabras suyas parecen hacer entender que se refería a que eran planteamientos serenos, alejados de la cerrazón iracunda de algunos defensores del matrimonio y también de la actitud chantajista de los vendedores de una falsa misericordia relativista. Afortunadamente, el propio Kasper aclaró más tarde que el Papa Francisco no había hecho suyas estas propuestas.

 Esa propuesta de admitir a la comunión eucarística a personas en adulterio, porque su primer matrimonio es válido y están casados posteriormente por lo civil con otra personas, él la justificó en personas arrepentidas y penitentes, amparándose en lo ocurrido en los primeros siglos con los "lapsi". Estos eran los que, por debilidad, habían negado a Cristo en las persecuciones romanas. Arrepentidos, querían volver a la Iglesia. Entonces, la Iglesia no había desarrollado totalmente el sacramento del perdón. Hubo fuertes enfrentamientos con los más rigoristas, pero la Iglesia entendió que todo pecado era perdonable en quien muestra penitencia, y todo esto constituyó un desarrollo providencial y maravilloso del sacramento de la Reconciliación, concebido como un posterior "bautismo trabajoso".

 El problema es que, aunque estas personas divorciadas estén en una nueva unión, tengan hijos y obligaciones hacia ellos, que se verían muy dañados por una ruptura, si el arrepentimiento no mueve a conversión y no hay propósito de enmienda, ¿cómo van a librarse de su pecado? Si no se puede reunir el matrimonio original, al menos se le debe fidelidad, no se puede considerar válido el segundo. "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre", dice el Señor (Mateo 19,6); por tanto, no se ve cómo la Iglesia puede romper un matrimonio establecido por Dios. La Iglesia ofrece en estos casos, la posibilidad de una convivencia sin relación carnal. Es duro, difícil de comprender, pero es que la alternativa es adulterio, que nos aparta de la unión con Dios y de la salvación.

 El Cardenal Kasper no aportó ninguna argumentación teológica, se conformó con proponer una "praxis" (práctica). Pero esa práctica  contradice de la esencia del matrimonio; implícitamente, sería como considerar nulo ese primer matrimonio válido: ¡Justo aquello que -por no aceptarlo- costó la vida a San Juan Bautista y a Santo Tomás Moro!

Es lógico que esa propuesta causara un terrible revuelo entre los que defienden -y muy bien que hacen- la enseñanza de Cristo sobre el matrimonio. Ha llevado a algunos de ellos a posturas que creo excesivas o al menos un tanto cerradas, llegando a veces a barruntar un cisma en el que ellos se incluirían. Creo que esto pasa por hacer tan mal las cosas, poniendo en riesgo la comunión eclesial en la verdad de Cristo, pero me parece una respuesta inadecuada, y a veces carente de esperanza y puede que hasta de fidelidad, cuando se llega a pensar en un escenario en el que quien defienda la verdad pueda encontrarse fuera de la Iglesia en la que está el Papa.

 "Donde está Pedro, allí está la Iglesia" -ésta es la verdadera Tradición, expuesta por San Ambrosio, padre de la Iglesia.

 Si no fuera por este despropósito de plantear lo implanteable, creo que habría situaciones particulares que se podrían discutir, cuando existen sospechas bien fundadas de que el matrimonio primero no fue tal, sino nulo. Se podrían acortar los procesos y facilitarlos, sin perder defensa del vínculo. Quizá habría que priorizar algunos casos, hacer un "triaje" para facilitar soluciones más ágiles en algunos casos. A veces, por causa mayor, quizá habría que arbitrar procedimientos un poco distintos. Y hasta sería posible, sin poner en entredicho la indisolubilidad, que se arbitrara un proceso con valor jurídico -por ejemplo, por parte del párroco y del Obispo- para admitir provisionalmente a la comunión a personas que están en un proceso de nulidad que pueda alargarse o que presente complicaciones, con suficiente certeza de que acabará en nulidad. Esto puede escandalizar a quien no conoce en profundidad la naturaleza del matrimonio, porque piensa que, al menos, en esa situación hay fornicación. Así que me explicaré.

 El matrimonio es "sacramento de una realidad "que existe ya en la economía de la creación; ser el mismo pacto conyugal instituido por el Creador «al principio»" (Familiaris Consortio, 68, Papa Juan Pablo II). Por eso, durante siglos, la forma más común de casarse en las aldeas fue sin ceremonmia cristiana. Los campesinos celebraban una boda según la costumbre de la región, en zonas rurales aisladas, con muy pocos allegados, consumaban el matrimonio en el lecho, y la siguiente vez que tuvieran ocasión, se inscribían como casados en el registro. Esta forma de casamiento, realizada entre bautizados, con entrega fiel, para siempre y para tener hijos, era reconocida como verdadero sacramento.

 El Concilio de Trento, con buen criterio, estableció que esto ya no se hiciera así, para evitar los líos de los matrimonios secretos. Pero en ambas realidades, la doctrina y la naturaleza del matrimonio estaban presentes, aunque tuvieran concreciones jurídicas y de celebración distintas.

 Por eso, si una de estas parejas actualmente casadas por lo civil, llegan a tener reconocimiento canónico de que el matrimonio primero cuya convivencia se rompió había sido nulo, se podrá hacer una "sanación en la raíz" del segundo y único matrimonio, es decir, la Iglesia asumirá que esta unión esponsal auténtica estaba presente desde el momento de la boda civil. Si esto hubiera sido un adulterio en toda regla, la sanación en la raíz sería imposible. Y si no hubiera habido verdadero compromiso esponsal, tampoco. Por ejemplo, si una persona se ha unido en un primer matrimonio válido, se ha separado, se ha casado civilmente con otra, luego su primer cónyuge -el de verdad- muere, y por tanto se le admite a un segundo matrimonio cristiano, no podrá haber sanación en la raíz desde el matrimonio civil, porque no era matrimonio, sino un adulterio público y patente. Por eso, me parece bien que, cuando la situación es dudosa, se hable de "situación irregular" y no se trate a todas estas personas de adúlteras, ya de entrada. Sí es bueno recordarles que no pueden comulgar, y que sería bueno esperar en continencia y con la ayuda de Dios a solucionar el proceso canónico. Aunque tuvieran casi la seguridad de que el primer matrimonio fue nulo, es fácil caer en errores y están aceptando un riesgo de cometer adulterio, y poniendo su salvación y la de su cónyuge en riesgo, así como su perseverancia y perfeccionamiento en la fe, sin el "Pan de los fuertes", sin la unión corporal, personal, con Cristo vivo y resucitado, y sin el sacremento del Perdón, por el que nos llega tanta gracia para vencer en el combate liberador contra el pecado.

 Pero sí, la Iglesia, que hizo y cambió la norma canónica, podría variar ese punto sin afectar a la esencia, y admitir, tras un estudio prudente, que si hay suficientes garantías establecidas por autoridad eclesiástica que se determine, de que el primer matrimonio fue nulo, se admita a los fieles a la Eucaristía, en tanto se concluye el proceso totalmente. Eso es discutible que sea una buena solución, pero no sería -me parece- contrario a la doctrina de Jesús, ni a la naturaleza del matrimonio enseñadas por la Iglesia. Pero los más interesados en ello, no han planteado esto, sino una ruptura abierta con la realidad inamovible del matrimonio.

 Es una pena que se haya polarizado tanto el debate por cuestiones que no eran planteables, como admitir a la Eucaristía a personas en adulterio patente, tras un matrimonio válido. No tengo miedo a que la Iglesia se desvíe en la doctrina, sé que el Espíritu Santo la guía y no lo hará. En Nicea, media cristiandad entró no- cristiana (arriana), las perspectivas eran penosas, y el Concilio fue un hito en la defensa de la verdad. Lo inaudito de este próximo Sínodo es que en él se estén replanteando cuestiones que ya tienen doctrina firme e inmutable. Eso sí me parece muy mal; aunque sé que Dios puede sacar bien del mal, eso no nos da pie para tentarle: "¡No tentarás al Señor, tu Dios!" (Mt 4,7).

 En cualquier caso, lo más importante en la cuestión planteada, sería no seguir celebrando matrimonios nulos, cosa que parece que a pocos importa. No hacemos ningún favor a nadie celebrando simulacros de matrimonio en iglesias preciosas, al contrario. Para evitarlo deberíamos centrar en ello los objetivos de la preparación al matrimonio, de forma que sean una entrega en fidelidad por amor, para siempre, para tener hijos y formar una familia, aprovechando además ese momento único de gracia, para predicar la conversión que lleva a la vida. Acabo con esta cita memorable de Familiaris Consortio que todos los que se dedican ayudar hoy a parejas que quieren casarse deberían llevar grabada a fuego en la mente:
"El sacramento del matrimonio tiene esta peculiaridad respecto a los otros: ser el sacramento de una realidad que existe ya en la economía de la creación; ser el mismo pacto conyugal instituido por el Creador «al principio». La decisión pues del hombre y de la mujer de casarse según este proyecto divino, esto es, la decisión de comprometer en su respectivo consentimiento conyugal toda su vida en un amor indisoluble y en una fidelidad incondicional, implica realmente, aunque no sea de manera plenamente consciente, una actitud de obediencia profunda a la voluntad de Dios, que no puede darse sin su gracia. Ellos quedan ya por tanto inseridos en un verdadero camino de salvación, que la celebración del sacramento y la inmediata preparación a la misma pueden completar y llevar a cabo, dada la rectitud de su intención".
San Juan Pablo II, Familiaris Consortio nº 68. 

lunes, 10 de agosto de 2015

Transexualidad y apadrinamiento

 El Obispo de Cádiz y Ceuta ha permitido que una persona con fe, pero con un problema de identidad sexual enfocado hacia la transexualidad, pueda apadrinar a un niño en su bautismo, tras denegárselo inicialmente. Para empezar, aclaro que mi intención al escribir este artículo no es juzgar la acción de mi Obispo. Afortunadamente para todos, yo no llevo la carga que Dios le ha entregado a él, y prefiero limitarme a aceptar su decisión en este caso particular que, como la mayoría, apenas conozco en sus detalles. 

Creo que lo que ha sucedido hay que entenderlo en el contexto de la "trampa", y su fin es impedir o dificultar la verdadera predicación de Jesucristo. No me refiero a las personas que -lo siento por ellas- se han prestado a caer en esto, sino a una intención más oculta, del verdadero enemigo. Se parece a las trampas que le pusieron a Jesús para acabar con su predicación, como la de pagar o no impuestos, o la mujer adúltera. Si defiendes a la mujer adúltera, anulas la ley de Dios, y si la condenas, ¿dónde está la misericordia que predicas? En este caso, el escándalo parece también inevitable: si se acepta el apadrinamiento, muchos creen, confundidos, que la Iglesia bendice la transexualidad; si no se hubiera aceptado, muchos creerían, también confundidos, que la Iglesia, que es y debe ser un hospital de pecadores, no acoge y rechaza a las personas transexuales. Por eso, mi intención al escribir esto es evitar la confusión, y aclarar que haberlo aceptado no significa que la Iglesia vea el cambio de apariencia sexual que llamamos "transexualidad", como un camino bueno para las personas con problemas de reconocimiento de su propia sexualidad. Al admitir la actuación de esta mujer en el bautismo del que será su ahijado/a, la Iglesia no la está reconociendo como "padrino", en el sentido de reconocer que ella sea ahora de sexo masculino. Es verdad que esta situación puede confundir a muchos, y otros la aprovechan fácilmente para aumentar esa confusión.

 El hecho de que haya padrino o padrinos de bautismo no es necesario para el sacramento. Es más, el hecho de que sean dos, un padrino y una madrina, es una costumbre, una buena y bella costumbre cristiana, no algo esencial ni obligatorio. La costumbre es también que el padrino o padrinos los elijan los padres, y deberían ser personas que les puedan ayudar a formar a su hijo en la fe, darle buen ejemplo y orar por él. Muchas veces fallamos en esto y, como no tenemos muchas opciones alrededor, caemos en el error de elegir a personas que carecen de verdadera fe, o que no viven conforme a ella.

 Aunque los problemas de identidad sexual son una durísima carga para quienes los padecen, la Iglesia sabe y enseña, incluyendo al propio Papa Francisco, que la transexualidad y el mal llamado "cambio de sexo" no constituyen el verdadero camino de la realización personal que Dios quiere para cada uno de ellos. Dios les ama a cada uno tal como son, con todos sus problemas. Es bueno saber que el sexo es algo esencial, constitutivo de la persona, y no se debe ni se puede cambiar. Dice Francisco en su reciente encíclica "Laudato Si'", nº 155: "Cabe reconocer que nuestro propio cuerpo nos sitúa en una relación directa con el ambiente y con los demás seres vivientes. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»".

En definitiva, el hecho de que a esta persona se le haya admitido -no sin evidentes dificultades- para apadrinar a un niño, significa sólo eso, que se le ha permitido apadrinar a un niño, aunque esto lleve a tantos a confusión.

sábado, 25 de julio de 2015

Gracias a España

España se empieza a deshacer porque muchos españoles ya no se sienten orgullosos de serlo. Ser español es mucho más que haber nacido o vivir en la piel de toro: es ser hijo de un pueblo y heredero de su historia. Ese pueblo es un pueblo cristiano, solidario, emprendedor, misionero y luchador. Un pueblo que recibió la civilización grecorromana y acogió la fe en Cristo, y una vez acogida, dio muchísimos frutos de martirio y santidad, convirtiéndose en su mayor defensor. Un pueblo que luchó durante más de siete siglos por sí mismo y por su fe, contra el islam. Un pueblo que evangelizó el continente americano y llevó a Cristo por todo el mundo, con innumerables ejemplos de santidad y heroísmo. Un pueblo que se cuestionó sus propias acciones y planteó las bases de los derechos humanos. Con la historia de pecados y miserias que conlleva toda historia humana, la de España es una lucha contra ese propio pecado y miseria, una lucha movida por la gracia de Dios, que se plasmó en sus leyes y en sus hombres y mujeres. Un pueblo al que, frente al comunismo, le fue concedido dar uno de los mayores testimonios de martirio de todos los tiempos, con la gracia inaudita de no haber sufrido ni una sola apostasía. Un pueblo, que en este mundo secularizado, está lleno de congregaciones orantes y da a luz nuevas realidades eclesiales.

No es de extrañar que nuestro pueblo fuera el más envidiado y atacado por los enemigos de la fe, que actualmente dominan el mundo, como son la masonería y los grandes poderes económicos. No es de extrañar que quieran vernos hundidos y disgregados. Si yo fuera ellos, también le tendría miedo a España. Es una pena que tantos de nosotros ya no se sientan orgullosos de todo eso, porque han perdido la fe, y porque una generación entera, rendida a la buena vida y avergonzada de nuestra fe, nuestra cultura y nuestra historia, prefirió tirar a la basura su herencia y abonar a sus hijos a la contracultura del Halloween, la Coca-Cola y los programas del corazón.

Nuestros enemigos en realidad no son la revolución liberal, ni la masonería, ni el comunismo populista, ni el islam extremista, ni los grandes magnates que gobiernan el mundo en la sombra, una sombra de injusticia capitalista; ni siquiera ellos. Nuestro verdadero enemigo es que olvidemos -como hemos olvidado, y así nos va- una herencia cristiana de fe, amor y justicia convertidas en vida y en cultura. La verdadera defensa contra todos esos azotes que Dios permite por nuestra infidelidad, es esa revolución mucho más alta que parte del amor a Dios y al prójimo.

Hoy, día de Santiago Apóstol, nuestro padre en la fe, le pedimos por España, y nos ponemos en manos de Nuestra Señora del Pilar, que se le apareció sobre esa piedra a orillas del Ebro, para asegurarle que en España la fe duraría siempre. Dijo Alfonso Guerra que "a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió", pero resulta que España, como la Iglesia, es un yunque que ya ha destrozado muchos martillos. No es la primera vez que nos vemos así, y estoy seguro de que nuestra Madre sí nos reconoce; conoce nuestra debilidad, en la que se hace patente la fuerza de Dios, como ocurrió en otros tiempos.

Parafraseando a Galdós en su Episodio de la defensa de Zaragoza: "entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que España no se rinde". Los españoles -como se dice de los bilbaínos- nacemos donde nos da la gana, repartidos por todo el mundo. Pero amamos a España, amamos su historia, amamos la herencia que a trompicones, casi milagrosamente, hemos recibido: una herencia bañada en la sangre de muchos de nuestros antepasados, que la derramaron para hacérnosla llegar. Nos sentimos orgullosos de ser españoles, pese a quien pese. Estamos profundamente agradecidos de haber nacido, sin merecerlo, en un pueblo que no concebimos con el aldeanismo y estupidez de los nacionalistas, sino con la acogida de sus familias, la solidaridad de sus misioneros, la entrega de sus mártires y, sobre todo, con la fe de Cristo y nuestra Madre de todos los pueblos.

miércoles, 24 de junio de 2015

Defensa de la vida en Laudato Si'

Numerosos puntos de Laudato Si', la enciclica ecológica del papa Francisco, defienden la vida prenatal. Lo integran en una defensa de la ecología y del hombre, en todos sus aspectos, buscando la justicia y la paz. Son los siguientes, entresacados del texto:

50. En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de «salud reproductiva».

112… es posible volver a ampliar la mirada, y la libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral.

120. Dado que todo está relacionado, tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades: «Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social» (cita del propio Papa en Alemania).

123. La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses. Es también la lógica interna de quien dice: « Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables ». Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? ¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres con el fin de venderlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres? Es la misma lógica del «usa y tira», que genera tantos residuos sólo por el deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita. Entonces no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes para evitar los comportamientos que afectan al ambiente, porque, cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar.

136. Por otra parte, es preocupante que cuando algunos movimientos ecologistas defienden la integridad del ambiente, y con razón reclaman ciertos límites a la investigación científica, a veces no aplican estos mismos principios a la vida humana. Se suele justificar que se traspasen todos los límites cuando se experimenta con embriones humanos vivos. Se olvida que el valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarrollo. De ese modo, cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica. Como vimos en este capítulo, la técnica separada de la ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder.

229. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco.

230… el mundo del consumo exacerbado es al mismo tiempo el mundo del maltrato de la vida en todas sus formas.

246. … Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta tierra
que tanto valen a tus ojos.

… Señor, tómanos a nosotros con tu poder y tu luz,
para proteger toda vida,
para preparar un futuro mejor,
para que venga tu Reino
de justicia, de paz, de amor y de hermosura.

sábado, 20 de junio de 2015

"De aquellos barros..."

"... vinieron estos lodos".

Estos días, en que "Podemos" sólo empieza a mostrar su radicalidad anticristiana e inmoral, me sorprende ver a muchas personas, cristianos de buena voluntad, llevarse las manos a la cabeza, criticar a estos jóvenes tiranos, asustados de este cambio.

 Pero esto no es nuevo. Empezamos a destruir España cuando se aprobó el aborto en 1981, y por eso el sueño de un país en paz se ha quedado en quimera. No se puede construir una sociedad justa y en paz sobre la muerte oculta de millones de inocentes. Los que no ven más allá de la realidad visible, no le dan importancia a estas cosas, y veían en estos pasados decenios un tiempo de paz y desarrollo. No era así. Madre Teresa, que veía bastante más, dijo sin tapujos que "la mayor amenaza para la paz es el aborto". La paz no se la cargó Zapatero con su guerracivilismo, él no fue más que un brazo ejecutor contra el que no estábamos protegidos, porque España había despreciado públicamente la fe y la justicia. La paz, así, era imposible, habría sido injusta. La paz no viene a los inicuos. La "transición"no nos la consiguió; no podía.

Tanto aquella primera ley del aborto, como la ley Aído no eran plenamente el triunfo del mal, porque tuvieron oposición. Sin embargo, el apoyo político unánime a la ley del aborto que se ha dado en estos últimos tiempos, y la previa aceptación de un Código de Ética Médica rastrero hace unos años, han constituido un hecho criminal y público de dimensiones inauditas. Esto nos deja desprotegidos frente a los desastres que nos acechaban, y trae consecuencias. Mientras, los miopes hacen cábalas sobre por qué ha perdido el PP, que si la crisis, los recortes, etc., como si el problema fuera ese... Como si el problema, incluso, fuera que ha perdido el PP. Están ciegos; no ven la realidad.

Miremos el ejemplo de Méjico: aprobó el aborto, y volvió a la barbarie de los sacrificios humanos al diablo, crímenes que María de Guadalupe aplastó con su pie hace 500 años. La consecuencia es que la paz huye y la violencia asola el país, pueblo por pueblo, casa por casa. La Argentina, que ha aprobado el aborto libre, sufrirá también las consecuencias.

Con la llegada de Podemos al poder en España, por fin estamos viendo la hez que durante años hemos tolerado en nosotros mismos. No son ellos el problema: hemos sido nosotros. Años de injusticia social y de aborto no pueden dar la paz ni la justicia. Lo que va a sufrir España no es culpa de Podemos, es culpa nuestra. Hemos apostatado, hemos despreciado a Dios, fuente de agua viva, y nos hemos cavado cisternas agrietadas de progreso y bienestar, que no retienen el agua. Hemos abandonado a la verdad y hemos despreciado la justicia: ¿qué esperábamos que sucediera? Al final no tenemos ni progreso ni bienestar, sino violencia y desunión, casa por casa. "Podemos" no es la causa, es una consecuencia más, y ni siquiera la peor.

Pero ahora, no tengamos miedo a los que sólo pueden matar el cuerpo; lo verdaderamente maligno es dejarnos engañar por una falsa paz y un falso orden, mientras somos acompañados poco a poco al abismo.

lunes, 15 de junio de 2015

Jerarquía y carisma: ¿por qué la Iglesia no es una empresa?

La Iglesia es a la vez jerárquica y carismática, como enseña el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 4).

Jerome Lejeune y su mujer con el Papa. Por iniciativa del Dr.
Lejeune, Juan Pablo creó la Pontificia Academia Pro Vita.
La Academia permitiría a la Iglesia estar a la vanguardia del
conocimiento científico, paso necesario para el análisis moral.
Existe una jerarquía que está ahí precisamente para discernir los carismas, porque el Espíritu Santo sopla donde quiere (cf. Juan 3,8). El servidor jerárquico, al nivel que sea, está sobre todo para discernir las ideas que generalmente vienen de abajo a arriba, las que el Espíritu Santo sugiere a su pueblo, dándole carismas.

En eso se diferencia la Iglesia de la clásica empresa anquilosada. En esa empresa, las ideas generalmente van de arriba a abajo. Originalidad y discernimiento recaen sobre las mismas personas. Si esto sucediera en la Iglesia, ésta se parecería a una empresa meramente humana. Incluso, se parecería a una mala empresa; porque, en las buenas empresas, en las que aprovechan su capital humano, se atiende a las ideas que vienen de abajo a arriba, y el dirigente se da cuenta de que más que tener ideas originales, su misión es distinguir las buenas ideas de sus subordinados, alentarlas y facilitar su implementación.

Además de las ideas, también el fervor y los ánimos para actuar provienen del Espíritu Santo, y por tanto fluyen a menudo de forma imprevista, en acciones que es necesario facilitar, poniendo las estructuras a su servicio. Es importante este orden eclesial, jerárquico y carismático, donde el servidor jerárquico escucha y discierne, para ser dóciles a la acción del Espíritu Santo.

La Iglesia no es como una mala empresa, es como una buena empresa, pero mucho mejor, porque en ella las ideas son a menudo carismas sobrenaturales, y el servidor jerárquico cuenta también con esos dones sobrenaturales para detectarlos.

A menudo ese orden eclesial es estorbado por el pecado, como podemos ver en la vida de tantos santos: la jerarquía no es obedecida, o los carismas son entorpecidos y hasta perseguidos. A veces Dios permite esto, pero la cosecha crece de día y de noche, en la sintonía y en la oposición. Otras veces, la jerarquía no discierne, por respetos humanos mal entendidos, o bien los que reciben carismas caen en la pasividad, refugiándose en piadosas excusas para no molestar, o incluso en una mal entendida obediencia. Entonces es cuando la sal se vuelve sosa. ¡No permita Dios que nos ocurra esto!


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