sábado, 27 de agosto de 2016

La Reina de la Paz, en Pozoblanco

Hacía más de veinte años que no iba a Pozoblanco (Córdoba) ni veía a mi prima. No sabía lo que podíamos encontrarnos al visitar a una enferma de ELA, paralizada por la enfermedad, encamada y ya con problemas para respirar. Uno piensa en enfermedad, oscuridad, muerte, el drama familiar... Eso sí, sabía que estaba muy bien cuidada por su marido y otras personas de su familia. Me sorprendió su absoluta disponibilidad para recibirnos, cuando la llamé por teléfono, sabiendo los desajustes que una visita crea incluso en una familia sin problemas.
Con mi mujer y los tres pequeños, subimos la escalera y vimos el elevador que le habían instalado a lo largo de ella, primera muestra de un verdadero amor. Fuimos acogidos por su marido, Evadio, y entramos en el salón de la casa. Mientras hablaba me di cuenta de que ella estaba detrás de mí, postrada en una cama en medio del salón. Nos saludamos con esa confianza y alegría que da la sangre y los momentos compartidos aunque lleváramos tanto sin hablar...
Es difícil de contar lo que había allí, porque esa enfermedad estaba llena de vida, de alegría y de paz. Eso es lo que había en aquella casa, había Luz. Conchi estaba guapa, y no apartada o escondida en el dormitorio, sino en el centro de la casa, llenándola con su sonrisa. Hablaba con dificultad, pero como si no la tuviera. A su alrededor se palpaba verdadera caridad por parte de su marido y sus primos, y ella misma era una fuente de dulzura. Inmediatamente hablamos de Medjugorje, lugar de apariciones de la Virgen María, en Bosnia-Herzegovina, donde hacía pocos años había estado con mi familia. Ella deseaba mucho ir, pero el avance de su enfermedad se lo impidió.
Ese día, yo le llevaba agua de Lourdes y el consuelo de Cristo, pero no sabía siquiera, tras tantos años, desde la adolescencia, si Mari Conchi era creyente. Para mi alegría, me encontré con una persona y una familia llenas de auténtica fe en Dios, que la repartían a manos llenas. Varios sacerdotes pasaban a darle la Eucaristía, y todos los días Conchi dirigía una oración con familiares y amigos, leyendo el Evangelio. Rezamos espontáneamente y le pedí a la Virgen su curación, si era para su bien y el de su familia, antes de beber el agua del manantial. Vernos y compartir nuestra fe y devoción por la Virgen fue una gran satisfacción para ambos. Salimos de su casa contentos y edificados, a pesar del drama humano que allí se vivía.
A los ocho días, ya de vuelta en casa, recibí la noticia de su muerte. De nuevo en Pozoblanco, me contaron que se había ido rodeada de su familia y amigos, con más de cuarenta personas en la casa, pidiendo perdón y en paz, tras haber recibido los sacramentos. No había habido fiesta, pero sí una alegría que humanamente es imposible de entender, y que quizá escandalice a algunos. No es una victoria fanática, sino la realidad de la vida y la muerte, transfiguradas en Cristo, mostrando su auténtica verdad: llenas de esperanza, una esperanza cierta, no fingida, del corazón, que sólo Jesús puede dar.
En el funeral, la enorme Iglesia de Santa Catalina apenas bastaba para contener a los asistentes. Varios sacerdotes, del pueblo y alrededores, oficiaron la Misa. El testimonio de tantas personas que habían pasado por su casa y habían recibido una respuesta personal de auténtica fe y caridad cristiana, era demasiado evidente como para que el más incrédulo no viera que allí había algo más allá de lo humano. Conchi misma había sido transformada en los últimos años de su vida dando a los demás algo que manaba de Arriba. Su familia había formado con ella esa iglesia doméstica que daba de beber a todos los que se acercaban.
Paseando con mi hermana por el pueblo y explicándole todo esto, le comenté, como quien cuenta una historia sin final conocido, que Conchi quería haber ido a Medjugorje, que no pudo por su enfermedad, y que un sacerdote le había dicho: “si tú no puedes ir a Medjugorje, Medjugorje vendrá a ti”. Mi hermana me respondió que eso se había hecho verdad, porque todo lo que le había contado era la presencia de Medjugorje en su casa.
Entonces lo entendí, y recordé el nombre bajo el que la Virgen se aparece en aquel pueblo lejano: “la Reina de la Paz”. Paz en medio de la enfermedad y la muerte, paz para uno mismo que rebosa para los demás, esa Paz que el mundo necesita y que el mundo no puede darse a a sí mismo...
Descansa en Paz, Conchi, en esa Paz que está viva, que nos ama y que es Vida eterna. Y no te olvides de rogar por nosotros, para que el Señor nos transforme como te ha transformado a ti. ¡Amén!

domingo, 7 de agosto de 2016

Valoración sobre Amoris Laetitia capítulo VIII, acerca de los divorciados unidos a otra persona

En un texto anterior expuse las novedades, explícitas e implícitas, que entiendo que aporta el capítulo VIII de "Amoris Laetitia". Una vez entendido lo que dice, quiero comentar ahora algunas cosas que me extrañan de esta exhortación postsinodal.

1. Las excepciones que se plantean para dar la comunión a los divorciados vueltos a casar se basan en que, en casos excepcionales, estos podrían estar en gracia. Sin embargo, la prohibición sobre la que se plantean las excepciones no mencionaba, como vimos, el estar o no en gracia, sino el hecho de encontrarse en una situación objetivamente contraria al sacramento del Matrimonio que impide el acceso al sacramento de la Eucaristía.

Es decir, se está apoyando la excepción en una supuesta norma distinta, y sin haber alegado razones para tal deslizamiento. Por tanto, la excepción que se propone queda injustificada.

2. Se propone una excepción en la cual una persona que tiene relaciones sexuales con otra persona distinta a su cónyuge legítimo -sin ser nulo ese primer matrimonio-, puede estar en estado de gracia. Esto se basa en un consentimiento no pleno, que haría que el pecado no fuese imputable como grave. Esto, en lo teórico, es plenamente acorde con el Magisterio. Para llevarlo a la práctica, se usa vagamente de ejemplo un caso en que la unión posterior, adúltera, ha generado hijos, esos hijos se dañarían gravemente por una ruptura, y la persona, aun reconociendo que seguir teniendo relaciones sexuales es pecado grave, estando arrepentida de hacerlo y no queriendo seguir haciéndolo, se obliga a sí mismo a seguir teniendo esas relaciones sexuales por no poner en peligro la pareja. Se estima que esa persona podría tener un propósito de enmienda imperfecto pero suficiente para ser absuelto en confesión, y que las relaciones que esa persona sigue teniendo no son pecado grave por su consentimiento no pleno.

De nuevo, el ejemplo que se propone no es explícito, y para entenderlo hay que leer entre líneas y acudir a las notas, como se apuntó en el texto previo. Eso dificulta que pueda ser valorado y comentado.

Pero además, el ejemplo me parece alejado de la realidad humana y moral. Desde el punto de vista humano, me parece difícil que una persona se mantenga en esa indignidad de consentir unas relaciones sexuales que no quiere: o confiará en Dios y planteará a su pareja de adulterio que no puede seguir así, o abandonará su arrepentimiento y accederá voluntariamente a esas relaciones. En el sentido moral, me parece una grave desconfianza en Dios acceder a tales relaciones sexuales, buscando el bien de su familia, confiando más en sus propios planes para proteger a sus hijos que en los planes de Dios. Que ese no es un buen plan y que no es el plan de Dios, la Exhortación lo reconoce, puesto que establece implícitamente que esas relaciones son pecado, al discutir sobre su gravedad.

Sinceramente, desde mi punto de vista de simple laico, a mí no me convence que en esa situación que se ejemplifica, se pueda estar en estado de gracia. Puedo estar equivocado, pero me parece muy difícil apreciar que tal actitud sea compatible con la gracia santificante, con ser templo del Espíritu Santo. Valorar bien esto es importante, porque para comulgar hay que estar subjetivamente convencido de que no se está en pecado mortal, y es importante que la Iglesia y el director espiritual aconsejen bien sobre eso. Inducir a un juicio erróneo sería grave, y podría dañar más que ayudar al proceso de conversión de estas personas, que necesitan la misericordia de la verdad para seguir avanzando.

3. Si el ejemplo al que se ha logrado llegar para ilustrar que se puede estar en gracia en medio del adulterio es tan débil, rebuscado y controvertido, creo que es porque, realmente, no hay más ejemplos en los que se pueda pensar siquiera que un adúltero está en gracia.

En nuestros tiempos, aunque en el entorno civil, conocemos el peligro de minar una ley acudiendo a excepciones injustificadas. Es lo que ha ocurrido en todo el mundo occidental con el aborto, consentido primero como excepción sobre la base de inventados, rebuscados e injustificados casos excepcionales en los que la vida del niño se oponía a la de la madre. Una vez que se abre una brecha con una excepción injusta, la pendiente resbaladiza de la inmoralidad y la ley del embudo hacen el resto. Finalmente, la gente acaba pensando como vive y la ley que protegía la vida desaparece. Recordemos sobre esto el final de aquella magnífica película sobre el Juicio de Nüremberg (1961), en la que el acusado interpretado por Burt Lancaster, culpable de haber dictado sentencias injustas contra judíos, se lamenta ante su juez (Spencer Tracy), de que él no se imaginaba que se iba a producir algo tan terrible como el Holocausto. La respuesta del juez no se hace esperar: "todo eso ocurrió el primer día que usted condenó a una persona sabiendo que era inocente". Es peligroso minar la norma que defiende el Matrimonio y la Eucaristía con excepciones injustificadas.

En conclusión, la justificación que se da para todo eso es la misericordia. Pero conocemos la Palabra de Dios por medio de Jesucristo, que es la única verdadera fuente de misericordia. Si no encontramos justificación para llevar la Palabra de Dios a coincidir con nuestra propia noción de misericordia, tal vez tendríamos que ser nosotros los que aprendiéramos de Dios cómo es esa verdadera misericordia, cuya expresión es librarnos verdaderamente del pecado mediante la gracia.

Finalmente, aunque sea una cuestión distinta, creo que la mentalidad anticonceptiva y los actos anticonceptivos constituyen hoy uno de los problemas principales de la familia; un problema oculto, pero enorme y grave. Echo en falta que se hable más de este tremendo problema, base de separaciones, abortos, violencia, y generalizadas ofensas al Dios de la vida, más graves cuando son cometidas incluso por personas que son cristianos practicantes.

lunes, 30 de mayo de 2016

¿Gracia o esfuerzo?



He borrado este post. Estaba equivocado en el fondo, escrito con un  espíritu errado. "No es del que quiere, ni del que corre, sino de aquel de quien Dios se compadece" (Romanos 9, 16).

 Abraham, tras recibir la promesa de Dios y creerla, llegó a desesperarse, y viendo que él y Sara eran cada vez más mayores y el hijo no llegaba, accedió a tener un hijo con su esclava, y que ella lo diera a luz sobre las rodillas de Sara, como si fuera hijo de ambos. Quiso ponerlo él todo para cumplir la promesa, confiando ya no en la promesa, sino en la fertilidad de su esclava.

De eso nació Ismael, que no fue el hijo de la promesa. Sólo más adelante, Dios les dio a Él y a Sara a Isaac, el hijo de la promesa.

Abraham debería haber esperado en Dios.

Y es que no es del que quiere, ni del que corre...

Más adelante, Pablo nos habla de los judíos y de los gentiles, y de cómo los gentiles, que bo buscaban la justicia, la hallaron por la fe, mientras que los judíos, que la buscaban por la ley, no alcanzaron la ley. ¿Por qué? Porque querían alcanzar la justicia por sus propias obras, no por la fe.

domingo, 8 de mayo de 2016

Novedades de “Amoris Laetitia” capítulo VIII, sobre los divorciados unidos a otra persona.



RESUMEN
El capítulo 8 de Amoris Laetitia exhorta a hacer más para integrar a los divorciados unidos a otra persona, mediante su plena participación en la comunidad (aunque evitando el escándalo), y con la caridad, la oración, el discernimiento -ayudados por el sacerdote- y los sacramentos. Si bien no se cambia la norma por la que se impide la Reconciliación y la Eucaristía, salvo que dejen esa situación objetivamente contradictoria al matrimonio, se apuntan excepciones, por un consentimiento o advertencia disminuidos hacia el pecado que se comete.
Introducción
Han corrido ya ríos de tinta sobre la interpretación del capítulo VIII de “Amoris Laetitia” (AL). Unos dicen que no cambia nada, que son sólo consejos pastorales, otros dicen que asume una enseñanza moral contraria a la enseñanza de la Iglesia. Unos dicen que no cambia la norma de que los divorciados en nueva unión no pueden comulgar; otros dicen que sí y quieren aplicarlo. Unos dicen que eso ni siquiera es Magisterio de la Iglesia, para otros sí lo es y exigen un asentimiento religioso, o están en desacuerdo y se oponen a él por fidelidad a la Iglesia y su enseñanza precedente, asumiendo que, evidentemente, AL no es Magisterio infalible.
Parece necesario interpretarlo en primer lugar de forma adecuada, en el contexto del Magisterio de la Iglesia, sin entrar a juzgar si es acertado, conveniente, oportuno, o si está totalmente alineado con la doctrina de la Iglesia. Para juzgarlo, primero hay que entenderlo, y parece que, de los numerosos análisis ya disponibles, muchos difieren demasiado.
1. La cuestión es cómo ayudar a las personas en uniones irregulares a acercarse a Dios y vivir su fe.
El Sínodo, que abarca necesariamente una gran cantidad de temas sobre la familia, nació centrado en la propuesta del Cardenal Kasper de dar la comunión a los divorciados en nueva unión, tema polémico que lo condicionó todo a su alrededor. Tras dos años y muchas vueltas, el Papa no ha seguido ese enfoque. El objetivo es cómo acoger a estas personas, anunciarles el Evangelio y acompañarlas en su proceso de conversión y vida de fe. Evidentemente, en ese proceso personal, llegará el momento en que hay que plantearse la recepción de los sacramentos, y el primero es la Reconciliación, el perdón de sus pecados, antes de la Eucaristía.
2. Hay que integrar más en la Iglesia a las personas en situaciones irregulares.
A diferencia de lo que sugiere un vistazo por los medios de comunicación, no se dice nada nuevo cuando se afirma que estas personas no están excomulgadas. Ya decía el Catecismo que estas personas no deben de sentirse excluidas de la Iglesia. La Exhortación expresa lo mismo con otras palabras:
“Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio. Esta integración es también necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes”. AL 299.
La Exhortación va algo más allá al indicar que se procure una mayor integración de la que ha existido hasta ahora:
“Acojo las consideraciones de muchos Padres sinodales, quienes quisieron expresar que «los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles, evitando cualquier ocasión de escándalo”. AL 299.
Y señala limitaciones prácticas a dicha integración, que para buenos entendedores, implican una apertura prácticamente total, aunque se encuentra en tensión con el requisito para la integración ya citado: “evitar cualquier ocasión de escándalo”.
“Obviamente, si alguien ostenta un pecado objetivo como si fuese parte del ideal cristiano, o quiere imponer algo diferente a lo que enseña la Iglesia, no puede pretender dar catequesis o predicar, y en ese sentido hay algo que lo separa de la comunidad (cf. Mt 18,17). Necesita volver a escuchar el anuncio del Evangelio y la invitación a la conversión. Pero aun para él puede haber alguna manera de participar en la vida de la comunidad, sea en tareas sociales, en reuniones de oración o de la manera que sugiera su propia iniciativa, junto con el discernimiento del pastor”. AL 297.
En lo anterior se entiende implícitamente que, si las personas que están en una situación irregular o de pecado objetivo, no hacen ostentación de éste como si fuera el ideal cristiano, podrían incluso dar catequesis y predicar... siempre que, como se dice antes, eso no fuera ocasión de escándalo.
3. No siempre las personas en situaciones irregulares, aunque permanezcan en ese estado, pecan mortalmente.
Se habla sobre todo de los divorciados que viven en nueva unión. No se pone en duda la indisolubilidad del matrimonio, y por tanto se mantiene la doctrina de que una nueva unión tras el divorcio de un matrimonio válido es pecado, y en materia grave.
Pero -y esto no es nada nuevo- se insiste en que para que ese pecado sea imputable en toda su gravedad, hay que atender no sólo a la materia grave que existe, sino también al conocimiento subjetivo de que eso es malo y, sobre todo, a la libertad con que se obra. “[...] tanto en la teología moral como en la práctica pastoral, son bien conocidos los casos en los que un acto grave, por su materia, no constituye un pecado mortal por razón del conocimiento no pleno o del consentimiento no deliberado de quien lo comete” (Veritatis Splendor, 70). En Amoris Laetitia se señala que, hablando de estas situaciones irregulares, puede haber casos en que las malas consecuencias previsibles del acto, podrían limitar la libertad y por tanto la responsabilidad de las personas, y así un pecado en materia grave sería imputable como pecado no grave. La persona podría llegar a estar en gracia, recibir la gracia santificante aun viviendo en ese estado. Dice el Papa:
“Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante”. (AL 301). “A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia”. (AL 305).
No es nuevo el principio general de que no todo el que peca en materia grave peca gravemente; sí es nuevo el especificar su aplicación a estos casos y decir que esa atenuación de responsabilidad puede llegar a hacer que estos pecados en materia grave sean de hecho pecados leves en algunos casos difíciles.
Este es uno de los puntos que más revuelo y disensión ha causado. Hay que tener en cuenta que la Exhortación no dice que la unión posterior al divorcio sea un acto bueno, o que no sea malo. Al contrario, al hablar de atenuantes, necesariamente se reconoce un acto malo. Lo que sí dice es que ese acto malo en materia grave, al ser realizado con una libertad mermada, supone un pecado que podría no ser grave. En concreto, se refiere a una persona que esté divorciada en nueva unión y con hijos, que desea dejar de tener relaciones sexuales (“vivir como hermanos”, como aconseja Familiaris Consortio), pero no se atreve a hacerlo porque se rompería la relación y dañaría a sus hijos de esa unión. Al mermar esa consideración su libertad y no pasar a vivir como hermanos, estaría cometiendo un pecado, pero es posible que no fuera grave. Que el Papa se refiere a esa situación, se entiende en el comentario a una de las citas, la 329:
“Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 84: AAS 74 (1982), 186. En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir «como hermanos» que la Iglesia les ofrece, destacan que si faltan algunas expresiones de intimidad «puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51)”.
4. Lo anterior es relevante para la dirección espiritual y el acceso a los sacramentos.
Sacramento de la Reconciliación: El mayor problema en estas situaciones para poder recibir el perdón de los pecados, es el propósito de enmienda, a menos que la pareja acceda a “vivir como hermanos”, como proponía Familiaris Consortio a parejas que viven en pecado pero no pueden separarse sin dañar gravemente a sus hijos. Sin embargo, la consideración de los atenuantes que se comentan al final del punto anterior, cuando incluso esa opción podría separar la pareja y dañar a la prole, hacen que eso se pudiera considerar, según se sugiere, una propósito de enmienda imperfecto, suficiente para la absolución. Se refiere a esto en la nota 364, que dice lo siguiente sobre este tema:
“Quizás por escrúpulo, oculto detrás de un gran deseo de fidelidad a la verdad, algunos sacerdotes exigen a los penitentes un propósito de enmienda sin sombra alguna, con lo cual la misericordia se esfuma debajo de la búsqueda de una justicia supuestamente pura. Por ello, vale la pena recordar la enseñanza de san Juan Pablo II, quien afirmaba que la previsibilidad de una nueva caída «no prejuzga la autenticidad del propósito»: Carta al Card. William W. Baum y a los participantes del curso anual sobre el fuero interno organizado por la Penitenciaría Apostólica (22 marzo 1996), 5: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 5 de abril de 1996, p. 4”.
Si existe confesión del pecado por la nueva unión, arrepentimiento y propósito de enmienda, aunque imperfecto, la AL parece sugerir la posibilidad de la absolución. Aunque si esto fuera así se darían los elementos para recibir el sacramento y recuperar la unión con Dios, alguien podría pensar que es imposible absolver a quien, por encontrase en un estado estable de desorden grave, se mantendrá irremisiblemente excluido de recibir la gracia santificante. Pero según AL, esto no necesariamente sería así, porque ya hemos leído que, debido a los atenuantes por compromiso de la advertencia o libertad, “no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante”.
Sacramento de la Eucaristía: Una de las primeras advertencias de este capítulo es que:
“Si se tiene en cuenta la innumerable diversidad de situaciones concretas, como las que mencionamos antes, puede comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos” (300).
Puede resultar un tanto confusa, porque no se explicita a qué posibles normas se refiere, prácticamente es necesario remitirse al contexto y el devenir del Sínodo para entenderlo. Si atendemos a eso, parece claro que se refiere a la propuesta de modificar la norma que impide que los divorciados en nueva unión accedan a la Eucaristía. Es decir, esa norma no se cambia. Pero se hace referencia a que no se cambia por la “innumerable diversidad de situaciones concretas”.
La norma se basa en dos situaciones que, en la exhortación Familiaris Consortio, tácitamente se daba por supuesto que van unidas: la situación objetiva que contradice el sacramento del matrimonio y el encontrarse en situación de pecado mortal; estas dos razones impedirían la comunión, unidas a la razón pastoral de no causar escándalo, dando la impresión de que se conculca la indisolubilidad del matrimonio:
La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos» (Familiaris Consorcio, nº 84).
Esa norma, por referirse a una situación objetiva de contradicción del sacramento del matrimonio, no parecía admitir excepciones. Pero AL sugiere que pueden existir casos en que los fieles, aún en esa situación objetiva de contradicción, podrían tener un propósito de enmienda limitado, pero suficiente, para recibir la Reconciliación, y no sería absurdo pensar que puedan quedar libres de pecado mortal. Tendríamos entonces a una persona que podría estar libre de pecado mortal tras la Reconciliación, pero estaría en situación de contradicción objetiva con el Matrimonio. ¿Sería suficiente para plantear una excepción?, ¿sugiere eso la AL, permitiendo el acceso a la Eucaristía?
La Carta de 1998 de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), no descarta esa posibilidad de excepciones, aunque aboga porque deberían ser bien definidas:
“Este asunto exige más estudios y clarificaciones. A fin de evitar arbitrariedades y proteger el carácter público del matrimonio —sustrayéndolo al juicio subjetivo— deberían dilucidarse de modo muy preciso las condiciones para dar por cierta una «excepción»”. A propósito de algunas objeciones contra la doctrina de la Iglesia sobre de la recepción de la Comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar. CDF, Card. Ratzinger, 1998.
Puede decirse que el Sínodo precisamente ha estudiado más este problema. Pero no se han planteado excepciones concretas aportando una normativa complementaria, porque la casuística es muy compleja. Por tanto, se han apuntado algunos criterios y se deja en manos de los fieles y de los pastores su aplicación. Que se plantean excepciones se puede entender aquí:
“Comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano” (AL 307).
Y especialmente aquí (AL 300):
“...puesto que «el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos», las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas”. Y refiere a la cita 336, que dice:
“Tampoco en lo referente a la disciplina sacramental, puesto que el discernimiento puede reconocer que en una situación particular no hay culpa grave”.
Dejar estas situaciones abiertas al discernimiento de los fieles y pastores, contra lo que recomendaba la carta de 2008 de la CDF, que indicaba que deberían dilucidarse de modo muy preciso las condiciones para una posible excepción, se explica en AL por la dificultad de encerrar en una norma toda la casuística, lo cual sería incluso contraproducente:
“Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo, hay que decir que, precisamente por esa razón, aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma. Ello no sólo daría lugar a una casuística insoportable, sino que pondría en riesgo los valores que se deben preservar con especial cuidado” (AL 304).
Esta decisión tan delicada parece explicar la “autojustificación” del Papa:
“Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, «no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino»” (AL 308).
La posibilidad de excepciones acerca de la recepción de la Eucaristía se fundamentaría, en todo caso, en situaciones en que las personas podrían tener conciencia de no estar cometiendo pecado mortal, por lo que queda intacta la doctrina firme de que quien tenga conciencia de pecado mortal no puede recibir la comunión (está sujeto a excomunión defender públicamente lo contrario, desde el Concilio de Trento). La nota 351 de AL, que cita Evangelii Gaudium 49, expone: “Igualmente destaco que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles”. Pero, teniendo en cuenta lo que hemos comentado antes, esto no se debe entender de ningún modo como una permisión indiscriminada de comulgar, sino como una llamada de atención a no caer en el escrúpulo.
La diferencia entre “ley de la gradualidad” (sostenida por la doctrina de la Iglesia con San Juan Pablo II) y una mal entendida “gradualidad de la ley” es importante y se recoge en AL. La “ley de la gradualidad” significa que la Iglesia acoge y orienta a las personas en la situación en que estén, les ayuda y valora que den pasos positivos, aunque en principio esos pasos no satisfagan aún lo necesario para la vida de la gracia santificante. Eso no significa que se acepte la “gradualidad de la ley”, de forma que cualquier disposición favorable ya sea aceptada como un cumplimiento suficiente de las exigencias de la ley de Dios, como si la ley fuera moldeable según los casos y momentos. Un ejemplo explícito de ello es la acogida de novios que quieren contraer matrimonio y tienen una fe y práctica religiosa muy débiles. Aunque están aún necesitados de conversión, Familiaris Consortio (68) reconoce en su voluntad de casarse un “sí” a la voluntad de Dios que es movido por su gracia, como puede leerse en este punto sobre la “celebración del matrimonio y evangelización de los bautizados no creyentes”:
“Precisamente porque en la celebración del sacramento se reserva una atención especial a las disposiciones morales y espirituales de los contrayentes, en concreto a su fe, hay que afrontar aquí una dificultad bastante frecuente, que pueden encontrar los pastores de la Iglesia en el contexto de nuestra sociedad secularizada.En efecto, la fe de quien pide desposarse ante la Iglesia puede tener grados diversos y es deber primario de los pastores hacerla descubrir, nutrirla y hacerla madurar. Pero ellos deben comprender también las razones que aconsejan a la Iglesia admitir a la celebración a quien está imperfectamente dispuesto. El sacramento del matrimonio tiene esta peculiaridad respecto a los otros: ser el sacramento de una realidad que existe ya en la economía de la creación; ser el mismo pacto conyugal instituido por el Creador «al principio». La decisión pues del hombre y de la mujer de casarse según este proyecto divino, esto es, la decisión de comprometer en su respectivo consentimiento conyugal toda su vida en un amor indisoluble y en una fidelidad incondicional, implica realmente, aunque no sea de manera plenamente consciente, una actitud de obediencia profunda a la voluntad de Dios, que no puede darse sin su gracia. Ellos quedan ya por tanto inseridos en un verdadero camino de salvación, que la celebración del sacramento y la inmediata preparación a la misma pueden completar y llevar a cabo, dada la rectitud de su intención” (FC, 68).
5. Las posibles excepciones para el acceso a los sacramentos no se expresan claramente
En realidad, la sugerencia de posibles excepciones al impedimento para recibir la comunión, aunque se lee entre líneas, no es algo que se establezca explícitamente en AL, y podría interpretarse también de otra forma (de hecho, algunos sostienen que no se cambia nada en este tema). Puede pensarse también que tales excepciones, en materia tan grave como la Eucaristía, requerirían un permiso explícito de hacerlas. Incluso se podría interpretar que el Papa se refería a otra cosa, como a acompañar en su camino de conversión a estas personas, sin dar por descontado que están privados de la gracia santificante, pero sin afectar a la recepción de los sacramentos, y por tanto, no dando pasos que no es el momento de dar, como la recepción de la Eucaristía:
“Dado que en la misma ley no hay gradualidad (cf. Familiaris consortio,34), este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia. Para que esto suceda, deben garantizarse las condiciones necesarias de humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y con el deseo de alcanzar una respuesta a ella más perfecta». Estas actitudes son fundamentales para evitar el grave riesgo de mensajes equivocados, como la idea de que algún sacerdote puede conceder rápidamente «excepciones», o de que existen personas que pueden obtener privilegios sacramentales a cambio de favores. Cuando se encuentra una persona responsable y discreta, que no pretende poner sus deseos por encima del bien común de la Iglesia, con un pastor que sabe reconocer la seriedad del asunto que tiene entre manos, se evita el riesgo de que un determinado discernimiento lleve a pensar que la Iglesia sostiene una doble moral” (AL 300).
Parece que en este punto, AL presenta una indefinición voluntaria, que se sabe puede dar lugar a situaciones un tanto dispares. Dice el Papa al principio de AL:
“...la complejidad de los temas planteados nos mostró la necesidad de seguir profundizando con libertad algunas cuestiones doctrinales, morales, espirituales y pastorales. La reflexión de los pastores y teólogos, si es fiel a la Iglesia, honesta, realista y creativa, nos ayudará a encontrar mayor claridad. Los debates que se dan en los medios de comunicación o en publicaciones, y aun entre ministros de la Iglesia, van desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, a la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o derivando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas...
Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada” (AL 2 y 3).
Conclusión
Como decíamos al principio, AL, en su capítulo 8, anima a hacer más para integrar a los divorciados unidos a otra persona. No se cambia la norma por la que se impide la Reconciliación y la Eucaristía, pero se sugieren excepciones, por un consentimiento o advertencia disminuidos. Estas excepciones no se especifican, ni siquiera se afirma claramente su posibilidad, pero se pueden deducir del texto y sus comentarios.
No se altera, en todo caso, la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio y la grave contradicción objetiva entre estas situaciones y la ley de Dios. La relación marital de un divorciado con otra persona es siempre un acto gravemente malo; esto no cambia, de lo contrario, se estaría cayendo en un relativismo moral. Tampoco puede la Iglesia decir quién está o quién no está en gracia de Dios, pero los fieles sí estamos llamados a discernir, aunque nunca lo sepamos con certeza absoluta, si estamos en pecado mortal o no (para confesarnos cuanto antes, para saber si podemos comulgar, etc). Y la Iglesia tiene la función de enseñarnos a hacerlo lo mejor posible, con ayuda de una dirección espiritual cuando sea necesario. Este capítulo apunta algunas ideas en este sentido, aplicables a los divorciados unidos a otra persona.
Las excepciones que se sugieren para acceder a los sacramentos de la Reconciliación y Eucaristía, parecen aplicarse a personas que verdaderamente empiezan un camino de conversión. El caso que se sugiere tácitamente como ejemplo, implicaría acceder primero a la Reconciliación, y para ello, está claro que la persona debe reconocer que su estado es malo y arrepentirse, y estar dispuesto a arreglarlo viviendo “como hermanos”, aun sin llegar a hacerlo por el momento, por miedo a romper la relación y afectar a los hijos.
Hasta aquí, una interpretación de lo que se dice en AL. Se podrá luego cuestionar si esto es más o menos acertado, si es oportuno, si corre el riesgo de permitir una pastoral contradictoria a la doctrina por una aplicación inadecuada, o confusa y desigual, o incluso si es correcto o no. El punto que parece doctrinalmente más novedoso es la cuestión de que actos en materia grave de adulterio, en estas situaciones de dificultad extrema, podrían constituir pecados no graves. El principio general en que se fundamenta está claro, pero puede surgir duda en relación con otra Exhortación post-sinodal, la Recontiliatio et Poenitentia (RP) de San Juan Pablo II, en la cual se entiende que algunos pecados, de ser cometidos sólo con el suficiente consentimiento y advertencia para considerar responsable a la persona, serían siempre graves. Si esta interpretación es correcta, podría indagarse si el adulterio sería uno de estos pecados. Dice RP:
...”algunos pecados, por razón de su materia, son intrínsecamente graves y mortales. Es decir, existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave" (RP, 17) . Este texto refiere una cita del Concilio de Trento que no aborda directamente este tema, pero comenta 1 Cor 6, sobre la exclusión del Reino de Dios de quienes cometen diversos pecados, entre ellos el adulterio, y recuerda que por la gracia de Dios, los fieles pueden abstenerse de caer en ellos.
En Recontiliatio et Poenitentia y en Veritatis Splendor queda claro que hay actos que son siempre gravemente malos. La materia del acto sería mala y grave siempre, por su objeto, independientemente del fin y de las circunstancias. Pero para imputar y calificar a quien lo comete ese pecado como grave, hay que atender, además de esta materia grave (dada por el objeto, fin y circunstancias), al consentimiento deliberado y al conocimiento pleno. Es aquí donde RP va más allá, y afirma que algunos pecados -”intrínsecamente graves y mortales”- son "siempre" culpa grave si el conocimiento y libertad son "suficientes". Atendiendo a AL, este no sería el caso de las relaciones de los divorciados con su nueva pareja.
En cualquier caso, el único objeto de este escrito es aportar una interpretación -forzosamente subjetiva- de lo que expresa la Exhortación post-sinodal.

domingo, 24 de abril de 2016

El plan de Dios sobre la sexualidad

 Dios creó el amor entre el hombre y la mujer como imagen y semejanza del propio Amor que existe en Sí mismo, en la Trinidad. Porque Dios no está solo, es comunión de Amor.

 Hombre y mujer son cuerpo y alma integrados, y por eso se aman con el alma y con el cuerpo. El acto de amor es una entrega total, entre el hombre y la mujer que se unen en comunión de amor, y eso implica un amor único, fiel, para siempre, que da como fruto una familia. Al unirse están restaurando esa unidad del Paraíso, cuando estaban desnudos y no se avergonzaban, porque ambos se miraban limpiamente, como se miran la esposa y el esposo. Esa unión sexual es querida por Dios, es una entrega total entre ambos, les une en todos los sentidos y les hace fecundos. El misterio de la vida está unido a ese misterio del amor, que también viene de Dios.

 Esa es la maravilla que Dios ha creado. En contrario, y por el pecado, del que Cristo ha venido a liberarnos entregando su vida, se da un materialismo sexual, que deshumaniza el sexo, pervierte la intención de Dios y daña a las personas y su dignidad. Además, materializar la sexualidad dificulta vivir esa maravilla que es el matrimonio y la familia con amor fiel. Como hombre y mujer no pueden separar cuerpo y alma, la falsa entrega del cuerpo por puro placer produce heridas espirituales y heridas en el corazón que les dañan y degradan. En cambio, vivir una sexualidad con integridad les ayuda a respetarse como personas y conocerse de verdad, aparta esa dominación del hombre sobre la mujer que se produce como consecuencia del pecado, de la caída.
 
 Por eso, Dios nos advierte contra esa materialización del sexo en el sexto mandamiento: "no cometerás actos impuros", y más aún en el noveno: "no consentirás pensamientos ni deseos impuros". No lo hace parta fastidiarnos, sino para hacernos felices, porque ese camino de integridad es el que nos lleva a la verdadera felicidad y el verdadero disfrute en la unión del hombre y la mujer que Él ha querido. Querer y procurar lo mejor para uno mismo y para aquellos a quienes ama es la verdadera libertad que merece la pena, y conlleva también una renuncia a lo que nos aparta de ello. Se llama "integridad", y en materia sexual, se utiliza una palabra que se ha deformado hasta hacerla parecer algo malo o de la Edad Media -en sentido peyorativo-, cuando es bien para todos: es la "castidad", que significa "pureza", "integridad".

 Jesús nos dice que lo que nos contamina no es lo que entra en nosotros, sino lo que sale de nuestro corazón: "Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones. Estas son las cosas que hacen impuro al hombre, no el comer sin haberse lavado las manos". Mateo 15, 19-20.

 Y por eso, Jesús, que con su Muerte y Resurrección nos da poder por la fe y los sacramentos, para liberarnos del pecado, va más allá incluso que el Antiguo Testamento y nos llama a una integridad mayor: "Habéis oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pero yo os digo: el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón". Mateo 5, 27-28.

 Esto no es un pensamiento de la Edad Media, es una enseñanza del Señor para siempre, porque sólo la verdad nos hace libres, como nos dijo Jesús.
La ley del Señor es perfecta,
reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple.
Los preceptos del Señor son rectos,
alegran el corazón;
los mandamientos del Señor son claros,
iluminan los ojos.
La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos.
Salmo 19, 8-10

jueves, 14 de abril de 2016

El matrimonio es algo mucho más serio de lo que vemos

No os dejéis engañar por falsos profetas


 Hermanos, en este mundo, lleno de prisas, ansias y cachibaches, nos fijamos en la apariencia de las cosas y estamos ciegos para lo espiritual, que es la realidad que penetra todo lo humano.

 Eso nos pasa con el matrimonio. El matrimonio es uno, es fiel, es para unir a los esposos en un amor de toda la vida y para fundar una familia, para tener hijos, criarlos y educarlos. Pero eso, con ser una sublime maravilla, no es todo, porque:

 EL MATRIMONIO ES LA MUESTRA DE LA ALIANZA DE DIOS CON SU PUEBLO

 EN ÉL LATE EL MISTERIO DE LAS BODAS DE CRISTO CON SU IGLESIA

 Por eso, el matrimonio, que parece y es una sublime maravilla, es aún mucho más de lo que parece, y es SAGRADO.

 Eso es muy serio. Es abominable que, con la excusa de la Exhortación del Papa Francisco Amoris Laetitia, que ni pretende cambiar esta doctrina sagrada sobre el matrimonio ni podría cambiarla, algunos estén justificando una segunda unión tras un matrimonio válido.

 Tan serio es esto para Dios, que Jesús fue mucho más allá de la ley de Moisés, y avisó que:

"Quien mira a una mujer casada deseándola, comete adulterio en su corazón".
(Evangelio según San Mateo 5,28)

 Sólo mirar, ¿entendemos? ¿Entendemos con qué extremo y divino celo nos mostró Jesús el respeto debido al sagrado vínculo del matrimonio? Casi nadie en Israel era capaz entonces de escuchar esas duras palabras, y menos en nuestra sociedad alienada, olvidada de las realidades espirituales que subyacen en todo lo humano. Pero es la pura verdad, la pura verdad.

 No, hermanos, no os engañéis, ni os dejéis engañar por falsos profetas, ni por quienes pretenden separar la misericordia de la verdad. Una segunda unión tras un matrimonio válido parece una maravilla, pero es un pecado, pecado de adulterio. En ella puede haber en apariencia casi todo lo que en apariencia hay en un matrimonio verdadero: amor y sacrificio, porque el hombre y la mujer están capacitados para ello; un amor que anhela ser para siempre, porque en ellos late siempre ese anhelo del verdadero amor, una familia e hijos que son amados, cuidados y educados, porque en el padre y la madre está esa naturaleza, herida pero no muerta, que les hace amar y criar a sus hijos con amor. Pero esa segunda unión tras un matrimonio válido no es muestra de alianza de Dios con su pueblo, ni entra en el misterio de las bodas de Cristo con su Iglesia. Todo lo contrario, aunque parezca algo muy bueno, y por mucho que esto sea difícil de escuchar, es un ataque, un gran pecado, un contratestimonio de la alianza fiel de Dios con su Iglesia. No hay fidelidad, porque la verdadera y única fidelidad que deben un hombre o una mujer casados, es con sus respectivos cónyuges verdaderos, pase lo que pase.

 Por supuesto que a veces la convivencia de un matrimonio debe cortarse, por amenazas, maltratos, faltas continuas de respeto, etc. Pero que se rompa la convivencia no permite romper el matrimonio, todo lo contrario.

 Quien esté en la situación de una segunda unión tras un matrimonio válido, está en una situación de pecado grave, y el Señor no puede querer que eso se mantenga. ¿Debe eso apartarle de Dios, aunque por el momento se sienta incapaz de ver una salida a todo ello? Para nada, precisamente quienes tienen más derecho a la misericordia de Dios son los pecadores. Los israelitas tampoco veían salida y Dios les abrió un camino en medio del mar...

 Nosotros no podemos hacer otra cosa que acompañar esa misericordia de Dios. Pero la misericordia no es ni omitir la realidad, ni difuminarla, ni disfrazarla. No es verdadera misericordia decir a los demás lo que creemos que quisieran oír. Tienen derecho, de parte de Dios, a saber la verdad, y la verdad no es otra que esas situaciones no son matrimonio, por mucho que lo parezcan. Son pecado.

 Excepto para los falsos profetas. Para quienes quieran ser engañados, siempre habrá uno o varios profetas dispuestos a halagarles el oído, pero sus palabras desaparecerán mientras ellos caigan. Hoy los medios están repletos de sus palabras. Unas palabras en las que no hay verdadera sabiduría, sólo una falsa compasión y conveniencia.

 El matrimonio es una cosa muy seria, es sagrado. Nadie puede romper lo que Dios unió, y nadie puede llamar bien al pecado ni minimizar su maldad. Nadie. Nunca.

 Por eso, el que se casa, que sepa que es en fidelidad y para siempre, o no se case. Está comprometido a fidelidad de por vida pase lo que pase. Podrá separarse si no hay más remedio, pero deberá ser siempre fiel a ese matrimonio, como Dios es fiel a su pueblo aunque le abandone. Para eso, no le faltará su gracia si se la pide.

 Y por eso es tan importante, para quien está en una de esas situaciones, y merece la pena hacerlo aunque cueste, averiguar y poner de manifiesto si su primer matrimonio fue válido o no.  Porque la relación que está viviendo puede ser una cosa totalmente distinta, y realmente distinta, si el matrimonio primero no existió y esta segunda unión sí puede recibir el sacramento del matrimonio. Si miramos de forma mundana no lo vemos, porque las dos situaciones, estar casado o estar en adulterio, pueden parecerse muchísimo, pero realmente no tienen nada que ver, son opuestas. Discernir la verdad es esencial para saber seguir el camino de Dios, que es el camino de la felicidad para ambos, no sólo en este mundo, sino en el siguiente.

 Ya sé que esto pocos son capaces de escucharlo. En realidad, a nadie le es dado escucharlo, si la gracia de Dios no le abre los ojos. A Jesús, esto mismo no quisieron escuchárselo. Ni sus discípulos le entendieron. Pero siguieron con Él, porque sabían que Jesús les hablaba de la verdad de la salvación. Eso es lo que la Iglesia propone, de parte de Dios, a quienes están en esa situación: que busquen la verdad y se acerquen cada vez más a Jesús, estén como estén, porque Él es nuestro único  y verdadero Salvador.


miércoles, 10 de febrero de 2016

El mal se traga a los que no le temen...

¿A TI YA TE HA TRAGADO?
La forma más usada para justificar el mal es reprimir la conciencia. Si alguien se siente culpable por el mal que ha hecho, o dolido por el mal que le han hecho, no es porque eso sea malo -dicen los modernos brujos de las palabras-, sino porque la sociedad le presiona y le hace sentir mal ante algo que no está mal en sí.
El mensaje es claro: "el mal no existe", toda conciencia de mal es falsa y debe ser eliminada.
- Muchas mujeres -y hombres- que han abortado a sus hijos desarrollan ansiedad, depresión, insomnio, se suicidan... Se dice que es por la presión social, no porque el aborto sea en sí una aberración y les deje un daño psicológico terrible.
- Muchas personas que son consumidores de pornografía están muy mal personalmente y sufren sus relaciones de pareja y su estado mental, además de que derivan a prácticas cada vez más depravadas. Se dice que es por la mala imagen social de la pornografía, y no porque esta sea un mal en sí, que daña a la propia persona que la consume. Y las prácticas cada vez más depravadas -sadismo, etc.- lo parecen solo por la imagen social que tienen, no porque lo sean en sí...
- Muchos homosexuales activos se sienten mal, y aumenta enormemente la tasa de suicidio entre ellos. Se dice que es por la presión del ambiente, no porque las relaciones homosexuales sean malas, y dañen a las personas.
- Muchas personas se sienten culpables, vacías y avergonzadas tras relaciones sexuales de fin de semana. Se dicen a sí mismas que no es que eso esté mal y esas emociones sean avisos de su conciencia, sino que es porque la educación que han recibido les hace sentir mal, y llegan a pensar que tienen una especie de pudor idiota...
Así con todo: el adulterio, la corrupción, el consumismo frívolo mientras los pobres se mueren de hambre, la mentira, la difamación, el abuso de poder... hasta la relación sexual entre miembros de la misma familia, y hasta la pedofilia. Así se justifica todo. Todo.

¿Pedofilia? Sí, la pedofilia también...
Dentro de nada, se dirá que la pedofilia en sí no es mala, que nuestra conciencia, como siempre, nos engaña y que hemos de reprimirla, y que el único problema está en su mala imagen social, puro convencionalismo.
Es más, se dirá que si un niño se siente mal por haber sido víctima de relaciones sexuales, no es porque eso esté mal, sino por la presión social que le hace "creer" que eso está mal.
"Abramos la puerta a todo, reprimamos la conciencia..."
¿Exagero? No, me quedo corto. Si hubiera mostrado la realidad desde el principio, nadie la habría creído: Lo que he dicho sobre la pederastia o pedofilia no es que vaya a pasar, es que ya está ocurriendo. Mira la foto: es la respuesta a una pregunta sobre pedofilia en la red. La respuesta más valorada justifica la pedofilia, precisamente diciendo que el mal percibido incluso por la víctima, está solamente en su falta de aceptación social. Observa la relación entre los votos a esta respuesta: la mayoría son positivos. Hoy, 10 de febrero de 2016, la relación a favor/en contra es de 12 a 5.
¿Cómo hemos llegado a esto?
Reprimiendo la conciencia, ignorando sus avisos.
La conciencia es un sello de Dios en el alma de cada hombre, que nos avisa de lo que está bien, lo que nos hace mejores y más humanos, y lo que está mal, lo que nos daña y deshumaniza. ¿No lo crees? Así nos va. Mañana -si no ya hoy- justificaremos también la pedofilia. Como justificamos todo lo anterior. Ya se está haciendo, con el turismo pedófilo: hombres que van a países pobres para pagar por violar a niños, incluso a bebés. ¿Cómo llegamos a esto? Desde el momento en que reprimimos nuestra conciencia y negamos la existencia del pecado.
Actualmente, la primera causa de la enfermedad mental es la represión, sí, pero la represión de la conciencia.
El mal se traga a los que no le temen; y a muchos les traga sin siquiera darse cuenta. Esto, que dicho hoy escandaliza a casi todos, es la realidad que hemos olvidado en esta estúpida sociedad moderna.



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