domingo, 7 de diciembre de 2008

Contra la mentira del género


Estos días pasados, algunos medios de comunicación han criticado a la Iglesia Católica -o, como algunos dicen, al Vaticano- por, según ellos, "no querer apoyar la despenalización de la homosexualidad", y lo que es peor, algunos que se consideran cristianos les han seguido la estela a estos medios.

Por lo visto, estos autoproclamados cristianos no conocen la doctrina de su propia Iglesia, que en el Catecismo publicado en 1992 ya hablaba del respeto que debemos tener por las personas con tendencias homosexuales, y que no deben ser discriminadas de ninguna forma. Si supieran eso, supongo que habrían investigado un poco más antes de difamar al "Vaticano", lo que por lo visto es el segundo deporte nacional después de ver telebasura, y me temo que ambos están muy relacionados. La Iglesia Católica ya instaba a respetar a los homosexuales, cuando muchos que ahora se rasgan las vestiduras se partían de risa haciendo burlas y chistes de ellos. Y tengo amigos homosexuales que han encontrado en la doctrina católica una verdadera liberación (ver, p. ej., http://www.courage-latino.org/).

Resulta que, en años pasados, la ONU ya ha estado aplicando estrategias para forzar a países pobres, especialmente a nuestros hermanos hispanoamericanos, a que aprueben leyes que incluyan el aborto, bajo amenaza de no concederles ayudas al desarrollo. Sí, no habéis leído mal, en la América más pobre se ha condicionado la ayuda para los que malviven y mueren de hambre o enfermedades a que los gobiernos de sus países aprueben leyes abortistas, como denunció hace pocos años Mercedes Arzú, portavoz de Guatemala ante las Naciones Unidas y como denunció este mismo año el nicaragüense Daniel Ortega. Pues bien, si se aprueba ahora lo que Francia ha propuesto en la ONU, el "Vaticano" -y muchos más- nos tememos que se ejerzan ese tipo de presiones sobre los países pobres que no quieran aprobar en su ordenamiento jurídico leyes que reconozcan a las parejas homosexuales, y castiguen bajo el delito de homofobia lo que no es sino la más simple verdad: que la homosexualidad podrá no ser voluntaria, podrá no ser culpable ni culpabilizada, pero de ninguna forma los actos homosexuales podrán ser vendidos como una forma sana de sexualidad, porque no proceden de una auténtica complementariedad afectiva y sexual, y porque están intrínsecamente cerrados a la procreación.

Sé que al escribir esto me la juego casi tanto como un vasco que se proclama español, pero ya es hora de que nos atrevamos a decir lo que pensamos. La declaración que Francia ha llevado a la ONU, sobre "orientación sexual e identidad de género", no busca sólo evitar las condenas a homosexuales (que aún se dan en países como Cuba y Arabia Saudí), sino que quiere imponer la errónea teoría de género, la misma que se quiere enseñar a nuestros hijos en Educación para la Ciudadanía, es decir, que la sexualidad es algo que se manifiesta de diversas formas, que van desde la homosexualidad absoluta a la heterosexualidada absoluta, pasando por diversos estados intermedios (como reza un libro de la editorial SM).

Detrás de estas políticas internacionales, no lo dudo, lo que hay es una voluntad evidente de desprestigiar a la Iglesia, la única institución que se mantiene firme en la debacle moral de Europa y de lo que nuestra civilización representa.

martes, 11 de noviembre de 2008

Mi vida en nazilandia

"Los verdaderamente malos son pocos, lo más peligroso es la gente corriente" (Primo Levi).

Cuando uno reflexiona sobre lo que ocurrió en la Alemania nazi, siempre viene a la mente la misma pregunta: ¿cómo es posible que todo un pueblo cayera en esa pesadilla, que cerraran los ojos ante la barbarie, ante la detención del vecino del cuarto, del hijo del carnicero, de la familia que vivía en el bajo? ¿Cómo es posible que se callaran ante la desaparición de la abuela en una "residencia"?
¿Y cómo se sentirían los alemanes que sí se daban cuenta de la gravedad de los crímenes que les rodeaban, y que veían cómo sus conocidos, sus hermanos, su amigo/a de toda la vida, el profesor de su hija, hacían la vista gorda ante todo aquello, cuando no lo justificaban con tonterías como "algo habrán hecho" o "eso son mentiras del enemigo"? Para mí es fácil imaginarlo, porque yo me siento exactamente así. Vivo al lado de Auschwitz, un "centro" donde entran dos y sale uno. El otro sale por la noche en una bolsa de basura. Se llama Clínica "El Sur" y se dedica a la "interrupción voluntaria del embarazo". Se anuncia en las "Páginas Amarillas", y la principal operaria viene en un cochazo y despacha veinte abortos en pocas horas. Yo, cuando vuelvo del trabajo, veo esperar a los novios, a las madres-abuelas, a las amigas, mientras se fuman un cigarro y a veces hasta echan unas risas.
Centros como ése, los hay en toda España y casi en todo el mundo. Matan a 75 millones de niños al año, según declara orgullosa la Organización Mundial de la Salud -todo un alivio demográfico-. Ministros de Sanidad y otros políticos presumen satisfechos de cómo han descendido las poblaciones de niños con Síndrome de Down, y hasta hacen de ello un reclamo electoral, como Chaves en Andalucía. Es fácil: se practica un control de calidad a todo niño que va a nacer, y si se detecta que quizá tenga algún defecto de fábrica, se manda a su madre a uno de estos centros donde entran dos y sale uno. Bueno, a veces entran tres y sale uno.
Algunos de los nazis con los que convivo, han pedido a la Organización de las Naciones Unidas que considere el aborto como un derecho humano. Supongo que aquellos nazis antiguos también consideraban un derecho matar a quien les estorbase sin que nadie pudiera protestar, así que no hay nada nuevo bajo el sol. Siempre muerte, la muerte de niños inocentes, de seres humanos a quienes se les impide nacer.
Cuando se mata a una persona, no sólo se mata lo que es, sino lo que habría llegado a ser. Es evidente, pero cientos de millones de personas se han vuelto nazis y son incapaces de verlo, y los pocos que vemos la realidad apenas podemos hacer nada. Eso sí, salvar a los que podamos sabiendo que cada persona cuenta, porque cada vida es sagrada y salvar una sola, salvando además a sus padres y su familia de cometer tal horror y ofensa a Dios, ya tiene un valor infinito.
Dicen que defender la vida prenatal frente al aborto no es cuestión religiosa, sino de moral natural, y quienes eso dicen tienen toda la razón. Yo, apoyado en la mera observación de la realidad, siempre he pensado que el aborto era un crimen, aun en los años en que no aceptaba la existencia de Dios. Pero cuando no era creyente, veía el aborto como la eliminación de un ser humano que no importaba a nadie, que se quedaba en el silencio de la nada. Ahora sé que la vida de ese inocente sí le importa a Alguien, a Dios que le ama y le ha creado; sé que ese inocente asesinado no se quedará en la inexistencia, que vivirá eternamente en el Cielo, que a los padres se les pedirán cuentas de la vida de sus hijos, y a nosotros se nos pedirá cuentas de la vida de cada uno de nuestros hermanos: de cada uno de los más de doscientos que mueren cada día en España, de los más de cien mil que son asesinados aquí cada año sin que los defendamos, de cada uno del más de un millón que hemos masacrado desde que se aprobó la ley del aborto, de cada uno de los 75 millones que mueren injustamente en el mundo cada año. El crimen es el mismo, ahora que soy cristiano, que antes. Pero yo ya no soy el mismo ante ese crimen. El amor de Dios por los que aún no han nacido me hace tomar conciencia del crimen, me interpela y me apremia a denunciarlo y tratar de evitarlo por todos los medios a mi alcance.
Tenía razón Primo Levi: los verdaderamente malos son pocos, pero lo más peligroso es la gente corriente. Sobre todo, cuando esa gente corriente cree que no hay Nadie a quien rendir cuentas del crimen o del silencio. Pero no quiero acabar con un pensamiento triste y negativo, sino con una idea positiva, una idea de acción que acuñó la Madre Teresa en ese mar de sufrimiento que es la pobreza de la India, donde ella apenas podía atender cada día a unos pocos:
"CADA VIDA CUENTA".

sábado, 8 de noviembre de 2008

Algo estamos haciendo mal


Veo lo que ocurre a mi alrededor y hay algo que no me cuadra en la actitud que estamos teniendo los cristianos (hablo sobre todo de los laicos que, en este momento, somos la respuesta más patente de la Iglesia ante los derroteros que está tomando nuestra sociedad). Hay algo que no me convence. Veo que el hecho fundamental de nuestro tiempo es que todos (cristianos y no cristianos) hemos apartado a Dios de nuestras conversaciones, de nuestros argumentos. Y sin embargo, resulta que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), adjunto al poder político y nada sospechoso de tendencia procristiana, hace una encuesta y pregunta a los españoles cómo nos declaramos en materia religiosa y el 85% declaramos que somos católicos, ¡el 85%!

Si tantos compartimos la creencia en un Dios Creador y en Jesucristo como Señor y Salvador, ¿de qué nos avergonzamos? ¿Por qué les borramos de nuestras conversaciones, por qué hemos convertido a Dios en un tabú? ¿Por respeto a los que no creen? ¿Acaso por respeto a los que no creen en la teoría de la evolución tenemos que borrarla de todas las conversaciones y de todos los argumentos?

Pongo por ejemplo el derecho a la vida. En última instancia, el derecho a la vida flaquea si no decimos en qué se basa. Y se basa en que la vida no nos pertenece, nos la ha dado Dios y es sagrada. Cuando no se tiene un sentido sagrado de la existencia, la vida acaba teniendo un precio, y ese precio se acaba comparando con otros precios. ¿Qué vale más, la vida de un no nacido o el "bienestar" de una mujer que se ha quedado embarazada de forma imprevista? Y se acaba aceptando el aborto.

La inmensa mayoría de los cristianos me dirán que ese argumento no lo puedo dar, que no puedo decir que la vida es sagrada y viene de Dios porque ese argumento no les vale a los ateos o a los agnósticos. Pero a esa objeción enfrento yo otras dos: primero, que la ley moral existe y es obligatorio reconocerla incluso antes de argumentarla. Dios la ha puesto como un sello en el corazón de toda persona, lo quiera o no, lo sepa o no, lo reconozca o no, la siga o luche contra ella. La ley moral es así, y punto. El segundo error es que los argumentos no tienen por qué valerles a aquellos que caen en el error de negar la existencia de Dios. Es como si un científico dijera que tenemos que reescribir toda la química para que pueda ser aceptable por los que no creen en la existencia del átomo. Pues lo siento: no puede ser. Si usted no cree en la existencia del átomo, hace mal, y por eso no podrá entender casi nada de química, sólo de forma muy parcial y confusa. Pues con la moral, que es la ley que Dios ha puesto en el corazón del hombre, pasa lo mismo. Es más fácil argumentar la química a quien no cree en el átomo que argumentar la moral a quien no cree en Dios. Si no hay una ley objetiva, ¿qué nos impide ponernos de acuerdo y decidir que los no nacidos, o los niños, o los judíos, o los que no alcanzan determinado nivel intelectual, son sub-humanos y pueden ser eliminados impunemente? Nada. "Si no existe Dios, todo está permitido" -como dice Iván Karamazov en la novela de Dostoievski-.

Pero claro, decir que hay leyes objetivas, decir que nadie tiene derecho a no respetarlas por mucho acuerdo que haya, es tremendamente impopular. Enseguida le tachan a uno -incluso los propios cristianos- de ser un intransigente, de creerse en posesión de la verdad, y eso es lo peor que te pueden decir hoy día. Tratamos de evitar esas descalificaciones a toda costa, y para eso evitamos mencionar a Dios y a la moral objetiva. Todo tratamos de argumentarlo con los elementos compartidos por todos, y esos elementos son tan endebles que son incapaces de sostener nada.

¿No sería mejor exponer la verdad completa, sin prescindir de nada? La verdad tiene un atractivo per se, más allá de la argumentación. Está bien argumentar las cosas, pero no hay que cifrar la verdad en la brillantez de la argumentación. No hay que ser filósofo, basta un cabrero para defender la verdad moral con pleno derecho.

A mí me parece que los cristianos estamos equivocándonos, que estamos hurtando la belleza de la verdad a este mundo tan necesitado de ella. Que estamos aplicando una falsa empatía que nos obliga a acallar lo más esencial de las verdades que conocemos. Que -como dijo Jesús que nos ocurriría- la sal se nos ha vuelto sosa y que así, sólo sirve para echarla al suelo y que la pisen las bestias, que es exactamente lo que está ocurriendo.

Lo peor de la securalización, creo yo, no es lo que están haciendo los no creyentes, sino la autocensura que nos hemos impuesto los cristianos para que no nos llamen intransigentes, intolerantes, etc. ¿Cómo evitarlo? Muy fácil: diciendo la verdad. Decir la verdad puede escandalizar, puede generar rechazo a la propia fe que intentamos trasmitir, puede dejarnos al margen y llevarnos de nuevo a las catacumbas, sí, claro. Decir la verdad tiene riesgos, pero es el único camino para evangelizar. No podemos pasarnos la vida -yo el primero, mea culpa- tratando de adaptar la verdad a lo que los demás pensamos que pueden ser capaces de aceptar, reduciéndola a cuatro formulaciones endeblitas para, al final, no conseguir ni siquiera que acepten algo tan "light".

Por otra parte, tampoco podemos esperar a ser perfectos nosotros para evangelizar. Tenemos el grave deber de ser consecuentes con lo que predicamos, pero también tenemos el grave deber de evangelizar a todos los que tenemos a nuestro alrededor. Al fin y al cabo, la verdad que portamos no nos pertenece, nos ha sido dada por Cristo a través de la Iglesia. Y el propio Dios asume que su tesoro sea llevado en vasijas de barro (2 Cor 4,7).

En fin, que hemos de extirpar la secularización de nuestros corazones cristianos, proclamar la verdad de Cristo y estudiar a su luz todas la realidades que nos rodean, si queremos cumplir con nuestro deber de ser sal de la tierra. Y eso, hasta ahora, no lo estamos haciendo. Quizá por eso, el mundo parece huérfano y perdido, sin presencia cristiana auténtica en la realidad social.

lunes, 13 de octubre de 2008

Hook

CINE-FÓRUM

Steven Spielberg trata en esta película un tema muy interesante, radical. Vivimos una existencia mediocre, rastrera; vivimos para vivir bien, hemos rechazado lo espiritual en nuestra vida. Hemos olvidado que el hombre vuela -porque sí, sí, vuela-, nos hemos olvidado de quiénes somos y así, poco a poco, vamos también dejando de valorar lo mejor de la vida, la esencia de la vida.

Eso le pasaba a Peter Banning, que hasta tiene el nombre cambiado, de forma que no se nota quién es de verdad. Pero tiene una figura materna, una presencia sabia en su vida, que en silencio reza por él y espera que un día llegue su conversión.

En esa vida mezquina nos va bien, creemos tenerlo todo controlado y aceptamos más o menos lo que no podemos controlar. Pero, a veces, la realidad entra por la ventana como un huracán y sacude los cimientos de nuestra vida. Se llevaron a los hijos de Peter Banning. Ya casi no les prestaba atención, pero el poco espacio que ocupaban en su corazón aún serviría de hilo para conectarle con su verdadera realidad, con quién es y para qué ha nacido.

Cuando la realidad te sacude de esa forma, o te rindes definitivamente, o espabilas. Es como si al pájaro que parece haber olvidado volar, le dan un empujoncito al borde del precipicio: o se estrella contra el suelo a plomo, o sale volando. Peter Pan salió volando. La película narra la conversión de este hombre, demasiado adulto, a la fe, que se traduce -cómo no- también en una conversión existencial, puesto que había olvidado lo verdaderamente auténtico de la vida.
La historia que nos cuenta Spielberg se centra en cómo Peter Pan reaprendió a volar, tema que constituye una buena metáfora de la fe, sobre todo en estos tiempos en que la mayoría somos bautizados, hacemos la Primera Comunión, y luego perdemos la fe que teníamos de niños.
Lo primero que se necesita es hacerse como un niño. "Os digo que si no os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos", dice Cristo en Mateo 18, 3. Y lo dijo cogiendo a un niño y abrazándolo, poniéndole de ejemplo ante sus discípulos. Este "hacerse como niños" está fantásticamente explicado en la cena, cuando los niños lo ven todo lleno de manjares y el abogado Peter sólo ve una mesa vacía. Pero llega un momento en que, aún sin ver, empieza a actuar como niño: coge la cuchara - que ante su vista está vacía- y haciendo como si tuviera comida, se la lanza a su oponente -Rufio- usando el cubierto como catapulta. Y eso se traduce en que, sobre la cara de Rufio cae el puré multicolor que Peter antes no veía. Ha actuado como niño y ha sido entonces cuando ha empezado a verlo todo como un niño.

Muchas veces, nos planteamos la fe exactamente al revés. Creemos que Dios nos tiene que dar primero la capacidad de verle -con los ojos de la inteligencia o con el sentimiento- y entonces nosotros empezaremos a vivir teniendo en cuenta que Dios existe. Pues suele ser al contrario; a menudo hay que decir "sí, creo" para que Él nos abra los ojos a su presencia. ¿Y cómo se puede decir "sí, creo" sin verle, sin sentirle? Muy fácil: confiando en Él. Eso es lo que haría un niño, eso es ser como niños. Es un salto en el vacío, pero no tan vacío, porque...

Lo segundo que necesita Peter Pan para volar es un pensamiento alegre. En el vuelo de fe, el pensamiento alegre es que el vacío no está vacío, que somos hijos de un Padre que nos ama y que nos ha creado por amor, un Padre al que aún no conocemos, pero confiamos en su amor y esperamos que nos sostenga en sus brazos cuando saltemos al "vacío" para volar. Un pensamiento no es una certeza de que voy a volar, no es un sentimiento de que voy a volar: es sólo una idea. Pero es una idea por la que puedo ser capaz de arriesgarme y echarme a volar. En la película, el abogado Peter es capaz de arriesgarse por sus hijos: sus hijos son su pensamiento alegre. Es el amor el que nos impulsa. "Antes de conocerte, ya te amaba", dice una canción de Amaral que puede aplicarse perfectamente a este tema. El que va a dar el salto de la fe, lo da por amor a sí mismo, a los demás y, sobre todo, por amor a Dios, aun antes de conocerle, antes de sentir -al menos conscientemente- su presencia en su vida, antes -también- de comprenderle. Dijo San Agustín -y lo dijo en este orden, no al revés-: "creo para comprender, y comprendo para creer mejor".

Hoy desconfiamos de eso. Pensamos que, si damos el salto de la fe, un mecanismo psicológico nos hará ver la quimera que queremos ver, caeremos en el autoengaño y la sugestión... Lo dicho: ¡somos muy adultos! ¿De qué tenemos tanto miedo? Si Dios no existe, nos espera la nada y los gusanos: ¿qué tenemos que perder? Si no nos decidimos a dar el salto hacia Dios, ¡vamos a perder toda la vida esperando que Dios se nos presente de forma indudable! Más vale arriesgarse por el amor de un Padre que permanecer en la seguridad de una existencia sin sentido. "El hombre no se conforma con menos que con Dios" -dice también San Agustín. Eso es o que le impulsa a saltar hacia Él.

Muchas personas que no creen en Dios son agnósticas. Yo mismo lo he sido mucho tiempo, años y años. El agnóstico, ni afirma ni niega la existencia de Dios: reconoce que ese problema le sobrepasa. Pero, si eso fuera verdaderamente así, el agnóstico tendría dos opciones: vivir como si Dios existiese o vivir como si Dios no existiese. Entonces, ¿por qué vamos a elegir vivir como si Dios no existiese? ¡Vivamos como si Dios existiera! Si un agnóstico hace eso y empieza a actuar como niño, a buen seguro que Dios no tardará en hacerle ver como niño.

A cuánta gente le he oído decir: "la fe es un don de Dios y yo no lo tengo". Es como si dijeran: "yo estoy abierto a que Dios se me presente, pero no lo hace y así me he quedado". Pero es que el don de Dios no consiste en meternos la fe en la cabeza ( si así fuera, nos la habría puesto de serie), sino en llamarnos para dar el salto y sostenernos en él. Sin embargo, los que hemos de saltar somos nostros. La fe que Dios nos da como don, no es sino una llamada a la que nosotros tenemos que responder. Dios te llama, Dios te hace amarle, ahora eres tú el que, aun sin verle y sin conocerle, tienes que dar ese salto, ese decir "creo, ayúdame a creer", confiar en Él y saltar, que es vivir contando con la existencia de Dios: hablar con Él, tratarle como Padre, intentar agradarle...

Así es como se vuela, finalmente: volando.

El ejemplo cumbre en el que podemos fijarnos para este vuelo de la fe son las últimas palabras de Cristo en la cruz. Jesús experimentaba la soledad de Dios más absoluta, tanto, que antes se había quejado a voz en grito, citando el Salmo 22": "¡Dios mío, Dios mío...! ¿por qué me has abandonado?" Y finalmente, cuando ya está todo cumplido y antes de exhalar el último suspiro, dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Se abandonó, movido por el amor, hacia su Padre, esperando que su Padre le recogería. Así fue.

Cuando era pequeño, un tío con mala uva me contó una historia fea, de esas que pretenden, precisamente, hacer envejecer a los niños: un padre, viendo que su hijito estaba subido a un árbol, se puso debajo y le dijo: "tírate, que yo te cojo". El niño se tiró, el padre se apartó, y el niño fue a dar con sus huesos en el suelo. Entonces el padre le dijo: "hijo mío, he hecho esto para que aprendas que, en la vida, no debes fiarte ni de tu padre". Qué enseñanza más anticristiana y más falsa. Es precisamente la confianza la que nos mantiene niños, y así es como Jesús nos dijo que fuéramos. Una cosa es madurar y otra envejecer, dejarnos moldear por el mal. P. ej., un amigo te hace daño, y ya no te fías de nadie como amigo. Tienes dos opciones: envejecer y no volver a confiar en nadie, con lo que te pierdes la amistad de quellos que sí serían buenos amigos, o nio dejarte vencer pro el mal y seguir confiando en tus amigos, sabiendo que te puedes llevar algún palo más, pero asumiendo el riesgo y sin dejerte estropear la vida por una mala experiencia. Eso es madurar, y esa es la diferencia entre tener un espíritu maduro pero joven y tener un espíritu decrépito.

En fin, no quiero extenderme más, pero sí quería llamar la atención sobre dos detalles que me han llamado la atención porque coinciden plenamente con la tradición cristiana. El primero es el odio de Garfio a los relojes. Los colecciona para romperlos. ¿Por qué? Por que el triunfo del mal tiene fecha de caducidad: esta vida, a veces incluso antes. Cada segundo que pasa, se acaba el tiempo triunfal del malvado. En cambio, para el que tiene puesta su mira en Dios, cada segundo le acerca a la felicidad plena. Por eso, el reloj simboliza la caducidad de las vanas glorias, placeres y poderes de este mundo en la iconografía cristiana; el tic-tac del reloj presiona al malvado para que se convierta. Garfio no quiere ni oírlos: rechaza la conversión, está bastante atrapado por el mal.

El segundo detalle sale de boca de la hija de Peter, que pide clemencia para Garfio: "¡déjale, sólo es un pirata malo que no tiene madre!" Me hizo recordar la importancia que se le da a la Virgen como ayuda para el arrepentimiento, para volver junto a Dios. María es el rostro maternal, siempre dispuesta a acoger; por eso se la llama "Refugio de los pecadores". Si Garfio tuviera madre, seguro que ya habría cambiado -piensa acertadamente la niña-. En la tradición cristiana se ha señalado -y así lo recoge la película "La Pasión"- cómo, después de renegar de Cristo, Pedro acude a María, ésta le acoge y le ayuda a reconciliarse con Dios y consigo mismo. El ejemplo contrario es Judas, que no va a María, vuelve para quejarse a los fariseos diciéndoles "he entregado sangre inocente" y se va solo; acabaría desesperado y suicidándose. Muy diferente habría sido -pensamos- si hubiera acudido a la Madre: su amor le habría apartado de la desesperación. Ojalá en el último momento abriera su corazón la misericordia de Dios... no lo sabemos.

En fin, que "Hook" me parece una obra maestra de Spielberg. Ha centrado la película en lo importante y la ha llenado de significados riquísimos, que coinciden plenamente con la tradición cristiana. Muy recomendable para niños, niños mayores... y, sobre todo, para los adultos que necesitéis un empujoncito.


El Señor de los Anillos

CINE-FÓRUM

Los "Inkligs", grupo literario de Oxford que se reunía para poner en común sus obras y discutir sobre cualquier tema de interés, al que pertenecían C.S. Lewis, Tolkien, Williams y otros poco conocidos, goza de un gran prestigio entre el público católico más informado. En este comentario voy a "tirarme a la piscina", porque no he leído el libro de Tolkien. De hecho, este texto lo he tenido que reescribir totalmente, corregido por personas que sí lo han leído. Cometí el error de pensar que la película era fiel reflejo del libro, y he visto que no puedo darlo por hecho en mi crítica. Por tanto, comento la historia que he visto en la pantalla, no la obra de Tolkien, que desconozco por completo.
Me parece que El Señor de los Anillos es la historia de una persona que tiene una misión que cumplir, que ha nacido para algo. Como todos nosotros. Cumplir esa misión le resulta doloroso y debe forzarse a sí mismo para seguir adelante. Como todos. Para colmo, ha de cargar con algo que le atrae, que sería capaz de poseerle y desviarle de su camino si se abandonara a ello. Como todos. Tolkien odia las alegorías, pero la realidad es que todo artista, las más de las veces sin quererlo, plasma iconos de la vida, de las grandes preguntas que se hace el ser humano en toda su obra. O eso, o su obra queda en el olvido.

La historia de Frodo es la historia de cada uno de nosotros. Primero, hemos de encontrarnos a nosotros mismos, descubrir que no hemos nacido sólo para comer, trabajar, dormir y pasarlo bien, que todo nuestro ser está preparado para responder a un reto, y que es respondiendo a ese reto como nos encontramos a nosotros mismos. Cuando Frodo pone los pies en el camino, descubre que ha nacido peregrino, que ha nacido para hacer esa peregrinación y que nadie la puede hacer por él. Como todos.

Esa misión conlleva cargar con una cruz. Es dolorosa. Si Frodo se quedara en casa, evitaría la cruz, pero nunca llegaría a ser el verdadero Frodo. La cruz le duele, le desanima, muchas veces tiene que hacerse fuerza a sí mismo para seguir adelante.

Y carga con algo que le hace sufrir, que podría apoderarse de él, que le tienta como una droga y que si se abandonara en ello le transformaría en drogadicto, como le ocurrió a la criatura Gollum que, comida por la confusión, ya ni siquiera sabe quién es. En la teología cristiana, llamamos concupiscencia a la atracción por salirnos del camino que marca la voluntad de Dios, por la atracción del placer, la fama o el poder desordenados. Es una consecuencia del pecado original. Aunque el pecado original es borrado por el Bautismo, éste no elimina esa huella de atracción fatal en el alma. Esto se puede creer o no creer, pero cualquiera que haya comprobado el crecimiento de un niño se dará cuenta de cómo la atracción por el mal constituye, por desgracia, algo innato en el ser humano desde la infancia. El anillo se parece mucho a la concupiscencia. La concupiscencia nos permite "evadirnos" de las dificultades, es como una droga, y cuando más la atendemos, más nos posee.

Sin embargo, ahí mismo encuentro una particularidad negativa de la historia. La concupiscencia -el anillo- de Frodo, en la película se presenta como algo a lo que necesita entregarse para cumplir su misión. Quizá en la obra original, este matiz de radical importancia sea de otra forma. Habría sido aceptable presentar a Frodo cayendo por debilidad en ponerse el anillo, si de alguna forma se dejase claro en la película que eso está mal, que ha de evitarlo para no poner en peligro su misión. En la película, Frodo sabe que ponerse el anillo es malo para él, trata de evitarlo, pero a veces no tiene más remedio que hacerlo... Trasladado esto al terreno moral, significaría que el bien está muy bien y es lo que nos mueve, pero que no tenemos más remedio que "utilizar" de vez en cuando el mal, de una forma controlada, para seguir vivos e incluso para cumplir la misión buena que tenemos encomendada. Esa visión coincide con una interpretación errónea de la existencia, según la cual no se podría optar por el bien puro; el bien puro sería imposible de practicar en este mundo imperfecto y habría que aceptar un cierto grado de mal, aprendiendo a controlarlo.

Pero eso distaría por completo de la moral cristiana, de las enseñanzas de Jesucristo, que nos dice (en Mateo 5,48): "sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto". Esto nos lleva a uno de los puntos más importantes de la moral católica: "el fin no justifica los medios". Esta regla, si se piensa bien, puede llegar a parecer terrible en algunas circunstancias. Implica que yo no debo hacer algo que está mal aunque con ello consiguiera salvar a toda la humanidad. ¿Y por qué? Porque no puede ser voluntad de Dios que yo haga ningún mal, ni siquiera el más pequeño. Si no veo otra solución que esa, debo abstenerme de usarla y abandonarme en sus manos. Si por eso se hunde el mundo, a lo mejor es que tiene que hundirse; pero hacer el mal, jamás. Hay un viejo aforismo cristiano que dice: "con el mal no se dialoga".

Eso nos suena terrible en esta época, en la que creemos que nosotros solos tenemos el control de todo y no nos abandonamos en manos de Dios. La realidad es que, cuando rechazamos el mal y nos abandonamos en Dios, Él suele encontrar medios mejores que los que habíamos pensado para solucionar el problema. O a veces, es que ha de ser así y debemos soportar el problema y sus consecuencias, como Cristo murió en la cruz.

Un ejemplo claro es el uso del preservativo para prevenir el SIDA. Tal como se presentaba la cosa hace 20 años, parecía que el preservativo era necesario para evitar la expansión del SIDA. Aunque la Iglesia señala que su uso no es moralmente lícito, parecía que, ante el riesgo de una enfermedad mortal, había que aceptarlo. Y un santo como Juan Pablo II dijo: no, ése no es el camino, ésa no puede ser la voluntad de Dios para enfrentarnos al terrible problema del SIDA. A él le preocupaban como al que más los enfermos de SIDA, pero sabía que esa solución no era lo que quería Dios. Pues bien, después de más de veinte años, los únicos países africanos que han logrado contener y disminuir la transmisión del SIDA han sido naciones como Uganda o Kenia, que han abandonado la política de repartir preservativos y promover su uso, y se han dedicado a informar sobre el riesgo y a promover la castidad en los solteros y la fidelidad en los casados. Decía el presidente de Uganda que los preservativos les daban una falsa seguridad, mantenían y fomentaban la promiscuidad, y la promiscuidad era lo que les estaba matando. Como cosecuencia de la reducción del SIDA y la protección de la unidad familiar, Uganda ha experimentado un progreso económico espectacular.

Por tanto -a lo que íbamos- la película "El Señor de los Anillos" me parece, en ese punto esencial, una historia "mágica", en la que el hombre, para cumplir su misión, se ve obligado a negociar con el mal, a arriesgarse y ceder a su concupiscencia de forma controlada, y no por la atracción que siente, sino por mera necesidad de supervivencia. Esto es un gran error. El lado oscuro de la magia se basa en esto, en "aprender" a controlar un poder distinto al poder de Dios.

La fantasía también tiene que ser verdad. Creo que esta película falla en eso, pero no sé si refleja verdaderamente la obra de Tolkien. Hay otra cosa que me extraña en una historia fantástica que se fundamenta en una obra escrita por un católico: la casi total ausencia del sentido del humor, de la risa. No sé si es que en el original de Tolkien no aparece -me extrañaría- pero en la película llega a aburrir tanta cara larga. Los personajes son tan arquetípicos como distantes, como si fuesen conscientes de la enorme trascendencia de cada uno de sus actos y palabras. Como diría un paisano: ¡qué estiraos...!

domingo, 12 de octubre de 2008

12 de Octubre: ¡España no se rinde!

Cuenta una ancestral tradición española que, estando el apóstol Santiago un tanto desanimado por el rechazo inicial de los hispanos a la fe de Jesucristo, se recostó a orillas del Ebro para rumiar sus penas y presentárselas a Dios en oración. ¡Qué distinta esta humildad suya de aquella belicosidad inicial, cuando él y su hermano Juan, constatando el rechazo de dos aldeas de Samaría al evangelio, le preguntaron a Jesús si pedían una lluvia de fuego del Cielo que los devorase a todos! Jesús les reprendió -Él, por cierto, llamaba a estos dos hermanos "Boanerges", que significa "hijos del trueno"-. Y parece que ellos aprendieron bien la lección, afortunadamente para los hispanos. Creo que en España se debería rememorar y celebrar con enorme alegría aquella reprimenda de Jesús, que nos evitó acabar como en Pompeya. Curiosamente, sería un mártir zaragozano, San Lorenzo, el que dejándose quemar vivo en una parrilla antes que renegar de Jesucristo, convertiría a medio Imperio con su ejemplo, relatado de aldea en aldea como gesta de cristiana antología. La Providencia siempre deja sus signos, reconocibles para los que tenemos ojos y oídos.

Pues allí, abatido cerca de Cesaraugusta (Zaragoza) se le apareció a Santiago la Virgen María -que aún vivía con San Juan, no sé si en Jerusalem o ya en Éfeso- sobre una roca, lo que recuerda las palabras del Antiguo Testamento: "el Señor me ha coronado, sobre la columna me ha ensalzado". Allí le animó a continuar y, para ello, le dijo que esa piedra sólida era prenda de la fe que prendería en España. Aquella roca es la que sostiene hoy la imagen de la Virgen del Pilar en la basílica zaragozana, durísima, sólo moldeada por el amor de los fieles, cuyos besos le han abierto una oquedad a lo largo de tantos siglos de fe hispana.

Cuando ya se celebraba la Virgen del Pilar el 12 de Octubre, fue precisamente el día del Pilar de 1492 la fecha en que Colón arribó a la isla de Guanahaní, descubriendo el continente Americano y dando inicio a su evangelización.

Hoy tenemos la tentación de andar apesadumbrados, pensando que "todo tiempo pasado fue mejor" y que la fe en España se halla en horas bajas. Yo creo que la fe en España se encuentra de enhorabuena, en la misión que Cristo nos ha encomendado: cargar con la cruz y "no dejarnos vencer por el mal, sino vencer el mal con el bien" -como nos recordó Juan Pablo II-. ¡Qué inmerecida la gracia que Jesús nos ha concedido de luchar donde la batalla es más intensa! No nos ha puesto en retaguardia pelando patatas -aunque todo es necesario-; Él nos ha querido en la infantería, en primera línea... Al final, el "fuego del cielo" nos tocaba, pero de una forma sublimada, penitente y gloriosa como la Cruz: la persecución romana con tropel de mártires hispanos, el arrianismo beligerante de los visigodos, el islam, la sobrehumana tarea de la evangelización de América, la invasión "ilustrada" y napoléonica, las revoluciones y persecuciones religiosas del XIX, el comunismo en el XX, el progresismo masónico y anticristiano, la beligerancia de ZP, la indefinición de Rajoy, el óscar de "Mar Adentro", Educación para la Ciudadanía... Éste es el sino y el signo de la fe hispana, ésta es nuestra cruz... ¡y nuestra gloria! Gracias a Dios. Lo nuestro es la cruz; la victoria y la gloria son de Cristo, pero su Victoria y su Gloria serán también nuestras para siempre si perseveramos, si -como dice la Escritura- la dureza de los tiempos no hace flaquear nuestro amor, si -con la gracia de Dios- no nos dejamos vencer por el mal.

Nuestra bandera, también providencialmente, está muy bien elegida: el rojo de la cruz, de la sangre de los mártires, que enmarca el amarillo de la luz, del sol que reviste a la Virgen. "Vi una mujer vestida de Sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza, una corona de doce estrellas" -es la imagen del Apocalipsis que la iconografía ha tomado para la Virgen María en su Inmaculada Concepción, doctrina siempre defendida animosamente en España-. Rojo y amarillo, sangre y sol, cruz y gloria, conjuntan los colores del fuego, de aquel fuego que forja la fe hispana, traída como santo incendio del cielo por el "hijo del trueno", el Apóstol Santiago. Diceo Cristo (en Lucas 12,49): "He venido a traer fuego a la tierra ), ¡y qué ansias tengo de verla arder!"

Y también me entusiasma -aunque no soy tradicionalista, ni carlista- esa otra bandera que representa en rojo la cruz de San Andrés sobre un campo blanco. Ésa también es una bandera española, que ondeaba ha tiempo sobre las tropas y los navíos españoles. A mí me parece una bandera española de guerra, como si la bandera blanca de la rendición estuviera tachada con sangre de Cristo y nuestra, que representa ese amor ardiente, y significase: "¡ESPAÑA NO SE RINDE!"

¡Viva la Virgen del Pilar! ¡Viva la Hispanidad!

sábado, 11 de octubre de 2008

"JFK" - El gobierno del mundo en la sombra

CINE-FÓRUM
No sé nada del asesinato de JFK y no soy de los que, con cuatro ideas y viendo una película, ya creen tener una idea aproximada de los hechos. "JFK" podría ser un monumental bulo, o una cortina de humo más para confundir sobre la verdadera trama del asesinato de Kennedy. No obstante, me ha gustado mucho esta película-documental de Oliver Stone que ayer vi por primera vez (ya lo sé, no estoy a la moda... qué le vamos a hacer).

Más allá de los posibles culpables concretos que, acertadamente o no, sugiere esta película, se trata el tema de la existencia de poderes en la sombra, poderes que, en realidad, son los que manejarían los hilos de la alta política mientras los ciudadanos vivimos en la ilusión de la democracia. Tenemos derecho a opinar, al menos en el comedor de nuestra casa o en la barra del bar -ya es algo- pero, ¿es suficiente? ¿o nuestras inquietudes, opiniones y votos son como balidos de ovejas?

Para mí, es claro que existen relaciones de cooperación para conseguir objetivos políticos que incluyen grandes intereses económicos occidentales (Club de Bilderberg, Comisión Trilateral, los Rockefeller, los Ford, Bill Gates), potencias comunistas (como la antigua URSS y ahora, China), la masonería y lo que se ha venido llamando "progresismo", que es la máscara con la que todo lo anterior finalmente se presenta ante la opinión pública, -en nuestro país, con el rostro de ZP o el Diario "El País" (verdadero "organo oficial de expresión de los intereses de los grandes capitales mundiales").

Un caso paradigmático de estas relaciones fue la operación de desprestigio orquestada por la KGB contra Pío XII en los años ´60, con la colaboración inestimable de la progresía mediática y política de los países occidentales. Pero hay muchos más, de los que cito unos cuantos: La Marcha Verde de Hassan II sobre el Sáhara contó con el beneplácito internacional y permitió explotar sus inmensas riquezas en fosfatos por parte de multinacionales, mientras los saharauis apenas malviven y mueren en la miseria absoluta. El Memorándum 200 de Seguridad Nacional establece la "necesidad" de controlar las poblaciones de países ricos en materias primas pero subdesarrollados, para mantener los precios de saldo; esta decisión se prefirió a la alternativa de promover su desarrollo. La difusión del SIDA en África se podría haber frenado con fármacos a bajo precio, sin perjuicio de los propietarios de la patente: no se ha querido hacer. Conferencias internacionales auspiciadas por la OMS que han extendido el aborto y otros medios de imperialismo demográfico han sido financiadas por la Fundación Rockefeller y la Fundación Ford. Actualmente, la colaboración con el régimen chino permite la esclavitud de millones de trabajadores bajo el látigo del comunismo, sin derechos laborales ni civiles, a precios de saldo, y sin desarrollar la industria en otros países asiáticos, africanos, etc.

Esta conjunción de intereses (capitalistas-progresistas-comunistas) ha gestado un verdadero "gobierno del mundo en la sombra", como lo denominaba un ensayista sobre la Comisión Trilateral (Luis Capilla, 1993). Su maquiavélico "modus operandi" es del estilo de la masonería, que lleva cambiando gobiernos desde el siglo XVIII con el que es su verdadero lema: "el fin justifica los medios". El fin de la masonería -digámoslo claramente- es acabar con la Iglesia y con todo rastro de la moral objetiva que ha constituido la base de la civilización occidental, cristiana, para crear un "nuevo orden" regido por la inteligencia humana "libre de ataduras y limitaciones": esto permite el aborto, la eutanasia, la ingeniería social y la educación de los niños en la nueva "amoralidad inteligente" y la sumisión al "nuevo orden mundial". Constituye la plasmación política y social de aquel "seréis como dioses" con que el maligno persuade a Eva en el Génesis.

jueves, 9 de octubre de 2008

"No juzguéis y no seréis juzgados"




Esta es una de las enseñanzas del Evangelio que me resultan más útiles en el día a día. Y sin embargo... ¡qué mal la hemos entendido últimamente...! Recuerdo que, cuando mi padre me decía que algo estaba mal y yo no encontraba un argumento mínimamente sólido con el que llevarle la contraria, a veces le repliqué precisamente con esta frase de Jesús: "no juzguéis y no seréis juzgados". En el fondo, yo sabía que había algo en esa contestación que no funcionaba, porque Jesús mismo señaló todo lo que estaba mal a su alrededor, desde el adulterio hasta la hipocresía. Por tanto, no debía referirse a eso. Y además, a mí nunca se me habría ocurrido aplicar esa frase a lo que yo sí asumía como malo. Algo fallaba en mi interpretación.

Una vez, reproché a un amigo que hubiera hecho tal cosa para librarse de hacer tal otra. Él me respondió que yo estaba juzgando sus intenciones y que no tenía derecho a hacerlo. Añadió que yo tenía derecho a juzgar el hecho en sí y decírselo si me parecía mal, pero no a acusarle de que lo había hecho para librarse de tal otra cosa: ¿qué sabía yo? Bien mirado, tuve que reconocer que tenía razón. Muchas veces, vemos a una persona hacer algo y pensamos: "eso es porque quiere tal cosa", y vamos por ahí hablando como si tuviéramos acceso a la mente del otro. Así no hacemos más que equivocarnos, llenar nuestra cabeza de pre-juicios y sembrar cizaña por doquier. Lo hacemos continuamente, pero está mal.

Pues creo que precisamente ésa es la clave para interpretar la frase "no juzguéis y no seréis juzgados". No podemos meternos en la mente del otro, saber qué es lo que hay en su corazón para juzgarle. ¿Qué sabemos nosotros? No sabemos nada. Sólo Dios conoce el corazón de cada uno y sólo Dios sabe si es culpable de algo. Nosotros sabemos lo que está bien y lo que está mal, podemos ver que alguien hace algo malo y podemos decirle que eso está mal. Pero no podemos saber la culpabilidad que tiene en esa acción. Quién sabe el grado de confusión que tiene esa persona, lo que ha sufrido, lo que le ha llevado a hacer tal cosa. Juzgarle no nos corresponde, no somos Dios para conocer su corazón y poder hacerlo, pero además... ¿de qué sirve? Juzgar a los demás sólo nos sirve para situarnos nosotros por encima de ellos, creyéndonos mejores, y no hay nada más peligroso, ni más autodestructivo que ese sentimiento de superioridad. Además, juzgar al otro no le va a ayudar acambiar, sólo le va a causar rechazo ante nuestra prepotencia.

"Si Cristo hubiera usado con el criminal más desalmado la misericordia que ha tenido conmigo, estoy seguro que éste le sería mucho más agradecido que yo" -es una frase de San Francisco de Asís que me impactó cuando leí su biografía. Muchos leen cosas así y dicen: "ah, qué gran santo, qué humilde, decía eso para hacerse de menos". Pues si lo hubiera dicho para hacerse de menos, habría sido una falsa humildad y una mentira. Yo creo que lo dijo porque realmente estaba convencido de que era así. San Francisco veía a alguien que había cometido crímenes y no se sentía por encima de él, porque ¿quién sabe la confusión que Dios ha permitido en la vida de ese hombre o esa mujer para que haya hecho tales cosas? Quién sabe si él, con un simple arrepentirse en medio de toda la confusión de su vida, contentará mucho más a Dios que yo, que he recibido tantas cosas buenas de mi entorno, de Dios, y que apenas ando cumpliendo cuatro cositas que me cuestan bien poco. El Señor pide a cada uno según lo que ha recibido en esta vida, ya lo dijo en la parábola de los talentos. Puede que muchos nos llevemos una sorpresa, porque ya avisó el propio Jesús que "hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos" (Lc 13,30). Y para empezar, Jesús canoniza ya en vida nada menos que a San Dimas, el buén ladrón: "te aseguro que esta misma noche estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23,43).

Por tanto, la cosa está clara: podemos señalar lo que está bien y lo que está mal, pero no podemos juzgar a las personas. Peor aún es condenarlas, rechazarlas de plano como apestadas porque han hecho algo que está mal (otra cosa es la prudencia de no acercarnos a quien nos puede hacer daño). Por ejemplo, en la educación actual, eso se tiene muy claro; los educadores insisten en que, por ejemplo, nunca debemos decir al niño "eres un mentiroso", sino "eso que has dicho no es verdad, eso está mal"; o no debemos decirle "eres un desordenado", sino "tu cuarto está desordenado, tienes que ordenarlo".

Por último, decir que Jesús no sólo nos autoriza a señalar lo que está bien y lo que está mal, sino que nos anima a que lo hagamos: “Si tu hermano peca, llámale la atención a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano" (Mt 18,15). Claro que es más fácil ir por la vida "aceptándolo" todo como si estuviera bien. Hoy mucha gente dice: "para amar a alguien hay que aceptarle tal como es". Es verdad, no hay que rechazarle por lo que haga. Pero eso no quiere decir que tengamos que callarnos a todo lo que nos parece mal. Si un amigo mete la pata y no se lo decimos, me parece que poco amor hay ahí. El amor siempre es educativo, de una persona hacia la otra y al revés.

domingo, 5 de octubre de 2008

Mi memoria histórica (III)





En las primeras entregas, comenté cómo decubrí que el modelo de "demócratas contra fascistas", que nos han hecho tragar a mi generación, no coincide para nada con la Guerra Civil Española. Y analicé éticamente el Alzamiento llegando a la conclusión de que, aunque con muchos riesgos, me parece que fue legítimo moralmente alzarse en armas y dar un golpe de estado en las circunstancias de entonces, que eran realmente desesperadas. Si no hubiera sido así, España podría haber corrido la misma suerte que Polonia como nación aplastada por la URSS, o incluso peor. La mitad de España no se resignó a dejarse aniquilar, a que fueran aplastadas sus creencias y a que se educara a sus hijos en el materialismo y el odio ateos. Muchas tonterías se dicen sobre las guerras que provocó la religión; lo cierto es que la guerra de España la provocó el ateísmo y el anticristinanismo, como todas las grandes matanzas del siglo XX, que se cobraron decenas de millones de muertos y multitud de torturados, mujeres violadas, niños matados de hambre o incluso asesinados ante sus padres, culturas destrozadas, patrimonio histórico incenciado, etc., etc. etc, en la mayor espiral de odio de la historia de la Humanidad. La turquía de principios de siglo XX con el genocidio kurdo, la URSS de Stalin, la China de Mao, Vietnam, Corea... incluido Hitler, loco anticristiano que se proclamaba llamado a acabar con la Iglesia Católica, a la que profesaba un odio sólo superado en la práctica por su antisemitismo, del mismo origen antidivino, realmente satánico.l

Pero, además de la licitud moral del Alzamiento, me pregunto si eso fue lo mejor que se podía hacer. Puede haber varios caminos legítimos y sólo uno de ellos ser el mejor. Ahí, por supuesto, caben muchas opiniones.

Ahora tengo que decir, con todo el dolor de mi corazón, que la "cruzada" contó con demasiadas sombras, como aquella de la que fue testigo horrorizado San Francisco de Asís, y que produjo asesinatos e injusticias terribles en Tierra Santa.

Dije que la decisión de alzarse en armas para solucionar el continuo pisoteo de derechos me parecía legítima, pero la forma en que se hizo no estuvo a la altura de tan dignos fines. En primer lugar porque, desde el principio, se utilizó la represión como arma de guerra para amilanar toda resistencia. Por ejemplo, se asesinó a los jefes militares que, en el cumplimiento de lo que ellos entendían como su deber, no se sumaron al Alzamiento. En segundo lugar, porque hay demasiadas evidencias a lo largo de toda la Guerra, de inmoralidades indignas de una "cruzada": el bombardeo de la población civil, la masacre ignominiosa de Guernika, el ataque a las columnas de exhilados que atravesaban los Pirineos cuando ya todo estaba ganado, las revanchas y los fusilamientos in situ... Tercero y último: la represión de la posguerra, la falta de piedad con los vencidos, que acabó igualando los muertos represaliados en uno y otro bando. Aunque, para ser justos, habría que contar los miles que murieron de muerte "natural", completamente debilitados tras las torturas y padecimientos a que habían sido sometidos por el bando republicano.

No pretendo igualar ambos bandos. Me parece que el grado de crueldad y de barbarie que se dio en el bando republicano es incomparable, muestra de un odio que fue la causa primigenia de la Guerra. Pero todo lo que he citado hace que, aquello que en su intención habría sido considerado en justicia como una cruzada, o al menos como un levantamiento legítimo frente a un Gobierno que había perdido su legitimidad, y que no me cabe duda que así lo entendieron muchos de los que lucharon e incluso dieron su vida en la contienda, fuese demasiadas veces algo distinto, algo que no era digno de aquella idea buena y justa por la que muchos lucharon.

Estoy contando mi memoria histórica y quiero citar algunos hechos que me impresionan. El primero fue, de nuevo, algo que me contó mi madre y que ilustra el día a día tras la victoria nacional. Tras contarme, aquella vez en que vi ocasión para tirarle de la lengua en un desliz suyo, las barbaridades casi inenarrables que los republicanos habían hecho en su pueblo, quizá no quiso que yo me llevara la impresión de que el terror fue patrimonio exclusivo del bando rojo y me contó la siguiente anécdota, impresionante porque revela la espantosa cotidianeidad de lo abominable: Recién acabada la Guerra y de vuelta a su pueblo natal de Córdoba, donde mi abuelo volvió a ejercer como profesor, una mañana su madre -mi abuela- fue a la carnicería. No había existencias -probablemente de pollo, o algo similar- y le preguntó al carnicero: "¿hoy no han matado?". Él respondió: "creo que no, no he oído los camiones". Evidentemente, el buen hombre había entendido mal la pregunta y, en su respuesta, se refirió a los camiones que llevaban a la muerte, de madrugada, a los prisioneros republicanos.

Hay dos historias personales que me han conmovido también. Una es la de Antonio Escobar Huertas, coronel de la Guardia Civil de Barcelona el 18 de Julio de 1936; la otra, precisamente la del abuelo de José Luis Rodríguez Zapatero.

Dicen que Antonio Escobar era católico... no sabemos a ciencia cierta en qué modo o grado. Fue testigo, con pesar, de la quema de iglesias y de los desórdenes que provocaron la respuesta del alzamiento. Cuando éste se produce, como todos los jefes militares, -pero más en su caso, porque es católico y tiene la responsabilidad de una plaza vital para el éxito del golpe- ha de tomar una decisión y la toma: no se suma a los alzados e interviene para sofocar el golpe en Barcelona. Su intervención fue decisiva, y el fracaso del alzamiento en Barcelona es un punto clave para su fracaso en toda España, lo que llevaría a la guerra. Este hombre, sin embargo, no fue capaz de reconocer la ilegitimidad moral del bando republicano tras las terribles masacres y torturas que se sucedieron en sistemáticamente en el mismo y, en su empecinamiento, a pesar de que tuvo varios hijos luchando en el bando nacional, llegó a ser general de la República. Se negó a abandonar España en 1939 y fue condenado y fusilado en Montjuic. Para mí, su caso es un ejemplo de cómo, para una persona honrada, apoyar el Alzamiento en la primera hora no era la única opción legítima, si bien su empecinamiento posterior, cuanto toda posible legitimidad de la República se había perdido para cualquier persona sensata, plantea serias dudas sobre su rectitud de criterio.

El abuelo de José Luis Rodríguez Zapatero no sé si era católico, pero hay muchas probabilidades de que lo fuera, por sus palabras y porque su familia lo era. De todas formas, no es eso lo importante. Antes de seguir quiero dejar claro que el presidente Rodríguez Zapatero cuenta con mi más profundo rechazo. Su acción política me parece un muestrario de sectarismo, inmoralidad, ignorancia, falacia y perversión, y creo que si se mantiene en su puesto es sólo por la decadencia moral del pueblo español y la falta de claridad de principios de sus oponentes políticos.

Pues bien, el capitán Juan Rodríguez Lozano -que así se llamaba el abuelo paterno del presidente Zapatero- ha sido vituperado por su supuesta incoherencia. Eso y un testimonio personal próximo a la familia del presidente, han causado mi interés por su figura y sus hechos. Zapatero ha visto en él la memoria de un antepasado fusilado por rojo. Sus oponentes, por contra, han tachado su supuesta doblez al haber participado en la represión de la revolución de Asturias, aquel otro golpe de estado, totalmente revolucionario e ilegítimo, perpetrado por el PSOE y sus aliados en 1934, que fracasó rápidamente en toda España; sólo en Asturias y Barcelona tuvo consecuencias importantes. Es verdad que el capitán Rodríguez Lozano participó sofocando el golpe socialista en Asturias. Por otra parte, es verdad que, cuando se produce el Alzamiento nacional, Rodríguez Lozano no se suma al mismo y se opone a él. Para mí, lo que mostró aquel hombre fue coherencia: defendió al Gobierno español en 1934, contra el PSOE, y volvió a defenderlo en 1936, contra los alzados. Sólo me merece respeto. Para colmo, me han contado que, antes de morir, dijo a su familia que no tuviera rencor con los que le iban a matar, que aquello era un error. No era un rojo, como insinúa ZP; ni un incoherente, como dicen algunos enemigos de ZP: era simplemente un buen hombre que trató de cumplir con lo que creía era su deber en circunstancias dificilísimas.


Junto a dos historias de militares, otras dos de civiles, como botones de muestra para hacer un panorama de los hechos. Una de ellas es la archiconocida muerte de Federico García Lorca, que no era ningún peligro para nadie. Ya fuera achacable a una venganza personal, ya a otra cosa, parece que sacar a la gente de su casa y pegarle un tiro, sin explicaciones ni juicio, no es lo propio de un alzamiento justo contra el caos. El segundo caso es parecido, pero poco conocido, y sin embargo, sabemos todos los detalles -quién, cómo, dónde, cuándo y por qué-, relatados por alguien sin conflicto de intereses. Fue en Burgos, durante la Guerra. El Opus Dei era aún un proyecto para San Josemaría Escrivá de Balaguer, ya sacerdote. Tras huir del exterminio en el bando rojo, un joven compañero suyo seglar fue apresado en el bando nacional y sometido a juicio. Era hijo de un alcalde socialista en un pueblo de Valencia, y la persona que tenía que dictar sentencia provenía de allí, conocía a su padre y alimentaba deseos de venganza contra su hijo. Se montó una acusación falsa, un juicio esperpéntico y se le condenó a muerte. San Josemaría fue a su despacho para exigirle que pusiera fin a aquella farsa. Ante su negativa, le recordó que en cualquier momento podía morir él mimo y tendría que dar cuentas a Dios por la muerte de ese joven inocente... Nada que hacer. Saliendo de allí San Josemaría, al bajar las escaleras, su acompañante le oyó musitar: "mañana, entierro". El acusador murió inesperadamente aquella misma noche, la pena de muerte no llegó a cumplirse, y finalmente fue liberado el reo al concurrir cirunstancias que pusieron de manifiesto su inocencia. San Josemaría rezó durante toda su vida por el alma de aquel hombre. Este hecho podemos leerlo en una de sus biografías: "Soñad y os quedaréis cortos". Un ejemplo más de cómo las venganzas personales, en demasiadas ocasiones, prostituyeron los ideales de muchos.


Una reseña más en mi memoria: la confesión de un viejo militar, amigo personal, católico que testimonia su coherencia cristiana con su vida y sus escritos. Este hombre, que reconoce sin excusas ni complejos la legitimidad del Alzamiento y lo apoyó, me repitió el siguiente tópico que ya había escuchado alguna vez: "Franco supo ganar la guerra, pero no supo ganar la paz" -refiriéndose a la represión de los vencidos.

Con todo esto, para mí queda clara una cosa: los alzados creyeron que la sublevación era la única opción legítima -o al menos actuaron como si lo fuese-, lo que les daba "derecho" a condenar a todo opositor y a no respetar al enemigo que creía haber cumplido con su deber militar y personal. Creo que eso fue injusto. Por otra parte, si es que el terror, los bombardeos y la represión eran necesarios para la victoria, entonces resulta que el Alzamiento no podía ser mantenido sólo con medios justos y, por tanto, no habría sido legítimo moralmente. Mi impresión es que los jefes militares alzados aceptaron cometer injusticias para evitar que los españoles cargaran con una cruz aún mayor. Cristianamente hablando, ese rechazo de la cruz pagando un precio de injusticia es pecado. Sin embargo, el momento era tremendo. Es verdad que la falta de dureza con los jefes enemigos podría pagarse con miles de vidas inocentes.

Muchos españoles cargaron con la cruz y dieron su vida en martirio: miles de muertos exclusivamente por su fe, perdonando a sus verdugos, y ni una sola apostasía conocida. Pero hubo rechazo de la cruz cuando se usó el terror como arma y cuando se cometieron injusticias para ganar la guerra. Tampoco puedo dejar de lado que, si bien me parece que fue también legítimo no sumarse al Alzamiento y oponerse a él en primera instancia, con el terrible devenir de los acontecimientos, el horror de las checas, sus torturas y asesinatos, las terribles masacres de civiles, la revolución interna en la zona republicana, etc., seguir apoyando al bando Republicano me parece que resultó moralmente insoportable en pocos meses, incluso pocas semanas. Con su terrible crueldad, el bando Republicano perdió la poca legitimidad que le podía quedar -yo creo que objetivamente no tenía ya ninguna-, y en aquella guerra me parece que lo único moralmente justificable era apoyar al bando nacional o, al menos, no colaborar con el mal desatado en la zona roja de ninguna forma. Las personas honradas que se dieron cuenta de esto, como el joven Francisco Castelló Aleu, no tuvieron más remedio que abandonar las armas y a algunas, como es su caso, les costó la vida.



He comentado antes las injusticias que acompañaron en demasiadas ocasiones las acciones meritorias de los alzados durante la Guerra. Juicio aparte merece la "represión", los numerosos fusilamientos con que los vencedores afianzaron el fin de la contienda. La responsabilidad que Franco cargaba sobre sus hombros era tremenda: no era su vida la que protegía, sino la vida de muchísimos otros, hombres, mujeres y niños, que morían a millares por la barbarie que habían sufrido y el hambre que aún soportaban. Moralmente, se podría considerar justo condenar a muerte aquellas personas teniendo en cuenta dos cosas: que fueran culpables de crímenes graves y que no hubiera otro medio de proteger a los inocentes de nuevas matanzas. El fantasma del comunismo y la reactivación de la guerra no se había alejado completamente. Optar por la clemencia con el enemigo, con las penosas consecuencias previsibles que ello traería, quizá no fue una magnanimidad que Franco se creyera con derecho a permitirse. Franco tomó una decisión que ahorró a muchos inocentes soportar una cruz aún mayor, pero de esa forma se hizo un gran daño a las miles de familias de los vencidos, que también tenían esposas e hijos a quienes mantener.

Es más, creo que, por todas aquellas injusticias y también decisiones justas pero durísimas, España sigue teniendo una cuenta pendiente con aquella cruz. Ya la está pagando. En un viaje a Roma, hace pocos años, escuché una homilía muy profunda al cardenal Rouco en la Basílica de San Pablo extramuros. El sitio es providencial también, porque Pablo, después de Santiago, llegó a España para sembrar la semilla de Cristo; y si Pedro yace en el Vaticano, como obispo que fue de Roma, Pablo yace extra-muros, como obispo de tantos pueblos que le deben la semila de la fe que sembró en ellos. Pues bien, decía el Cardenal Rouco que "hoy, a la Iglesia en España, le corresponde cargar con la cruz". Se refería a los prejuicios, la desconfianza y los ataques que recibe hoy la Iglesia en España. También a la decadencia moral a la que nos enfrentamos los católicos españoles, de la que forma parte Zapatero y su Gobierno. Creo que el Cardenal Rouco lleva razón. En relación con esto, me viene a la memoria la idea que tenía Juan Pablo II de que, en esta nueva hora terrible de la historia, los católicos españoles estamos de nuevo llamados a un papel decisivo. También fue Juan Pablo II quien, en otra ocasión y con tono profético, nos avisó de que entrábamos en tiempo de martirio y que debíamos estar preparados para dar testimonio.

Creo que la Providencia le ha concedido a España seguir cargando con aquella cruz. Nos recordaba cómo hacerlo Juan Pablo II, fruto de un país, mi admirada y querida Polonia, que bién cargó -¡y de qué forma!- su cruz en el siglo XX, y que hoy presenta una Iglesia viva, pujante y presente en la vida cotidiana. Al hablar de la cruz del nazismo y el comunismo sobre Polonia, el Papa nos recordaba: "no os dejéis vencer por el mal, venced al mal con el bien". Éste es el reto de los católicos españoles hoy; esto es lo que nos corresponde y probablemente exigirá de nosotros alguna forma de martirio. Que Dios nos ayude a aceptarlo y que, a pesar de nuestras miserias -que nunca faltarán, porque no somos mejores que nuestros padres- sembremos en España el bien, tan necesario para vencer los males que padecemos.


Y no me resisto a repetir aquella frase de una madre a su hijo cuando iban a matarlo, porque es la voz de todo un pueblo que regó España con su sangre y que cargó con la cruz de Cristo como ojalá seamos capaces de hacero nosotros:


- "Hijo mío, mucho valor para morir, pero mucho más amor para perdonar".


El Exorcista

CINE-FÓRUM

Luces y sombras en esta película. Sombras, porque es un máximo exponente del "feísmo", como obra maestra del cine de terror. Luces, por dos aspectos que, acompañando al objetivo principal que es causar miedo, hacen que esta película sea diferente de otras similares.
El primer aspecto positivo es la documentación sobre la acción diabólica y el exorcismo practicado por la Iglesia Católica. Para hacer la película se informaron bien y fueron fieles a la realidad, a esa eralidad tabn desconocida hoy como son las posesiones diabólicas. Sólo el "cinematográfico" final -en el mal sentido de la palabra-, se sale de esta línea. Está basada en un hecho real. El P. Loring, famoso jesuita experto en la Sábana Santa, me contó que, en uno de sus numerosos viajes a EEUU, coincidió con el padre, jesuita también, que había practicado el exorcismo, que fue a un niño (en la película se puso una niña para aumentar la morbosidad).
El segundo y aún mas importante aspecto positivo, es la historia humana de fondo que lleva el peso del relato, una historia que es la historia del hombre actual.
Actualmente, muchas personas viven alejadas de la fe en Dios. Buscan respuestas a los problemas de la vida, a su sentido, en otras partes, al menos mientras son jóvenes y mantienen la ilusión de encontrarlas. Pero pronto se dan cuenta de que los demás saben tanto como ellos, que son ciegos guiando a otros ciegos. Entonces, esas personas se cansan de buscarle un sentido a la vida y tiran la toalla. Piensan aquello de "comamos y bebamos, que mañana moriremos" y viven así el resto de su vida, sin "comerse más el coco".
¿Y si fuera la vida de su hija la que estuviera en juego? ¿Y si la vida de su hija dependiera de encontrar la verdad?, ¿se rendirían entonces?, ¿tirarían la toalla?... ¿o tendrían la humildad de ir a llamar a la única puerta que les queda por tocar, de pensar que su criterio esté equivocado y que dicha puerta no sea una falsa salida?
Eso es lo que hizo la madre de la niña poseída. La ciencia médica había fallado, sólo le quedaba la Iglesia, y ella no era creyente. Podría haberse rendido, haber reconocido que ése era un problema sin solución, haber rechazado la última puerta que le quedaba. Pero no lo hizo, porque el amor no puede conformarse con el fracaso. Cuando todas las puertas se le habían cerrado, su propio criterio le decía que la puerta de la Iglesia era falsa, pero... ¿acaso su criterio no podía equivocarse? ¿Y si, por empecinarse en tal criterio, se estaba perdiendo algo que podía ser vital para su hija? Fue el amor de madre el que hizo saltar por los aires el orgullo de mantenerse en su propio criterio, y esa humildad le permitió preguntar a un sacerdote.
Antes de convertirme, yo mismo estaba en una situación de rendición. Una vez me preguntaron: "¿cuál es el sentido de la vida?", y yo respondí: "hacia adelante". Pero me casé, pensé que pronto tendría hijos y no me conformé con legarles una visión del mundo superflua, sin sentido. Busqué un sentido a la vida que yo no había podido encontrar, y no me quedaba otro camino que preguntar a los que me quedaban, a aquellos que parecían haberlo encontrado; me dejé guiar por ellos -por San Agustín, por la Beata Teresa de Calcuta-, pensando que, si ellos creían haber encontrado un sentido a la vida, quizá yo estuviera perdiéndome algo.
No es que recomiende ver esta película -su feísmo es tremendamente negativo, a veces ofensivo-, pero me ha parecido oportuno señalar esa gran historia de fondo que la sustenta.

Hace poco leí una entrevista a la actriz que hacía el papel de madre. Le preguntaron qué había sido lo peor que le había pasado en toda su vida. Y respondió que era haberse sometido a un aborto cuando era joven, que era un error que le había pesado siempre. Me parece providencial que aquella mutilación en su maternidad fuese compensada, de alguna foma, con la interpretación del papel de una madre que, por amor, no se conforma con menos que con la verdad y que renuncia a todo, incluso a su propio criterio, para dar con la solución que necesita su hija.

sábado, 4 de octubre de 2008

En el Nombre del Padre

CINE-FÓRUM

Guerry Conlom, un joven irlandés -inmaduro, rebelde y delincuente ocasional-, es acusado injustamente de ser el autor de un terrible atentado del IRA en Londres. Bajo enorme y prolongada presión policial, él y un amigo firman una declaración en la que reconocen ser los autores. La policía va aún más lejos y se encarcela a toda su familia, acusada de complicidad, cuando en realidad ni siquiera simpatizaban con el IRA.
En toda esta peripecia vital absolutamente turbulenta, sólo queda un hilo conductor de la película: la figura del padre, encarcelado en la misma celda que el joven Guerry. Es un pobre hombre, con un trabajo insignificante, pero que en todo momento mantiene la rectitud moral y no se hunde, contra viento y marea. El ejemplo supremo aparece cuando el verdadero autor de los atentados ingresa en la misma prisión en que padre e hijo cumplen condena. El terrorista está allí por otros crímenes; ha confesado a la policía que la bomba de Londres la puso él y que los Conlom son inocentes, pero la policía no hace uso de esta información. En la cárcel, el terrorista se acerca a los Conlom, les ofrece ayuda para demostrar su inocencia y les dice que siente que ellos estén allí injustamente. La respuesta del padre es un rechazo inmediato y total hacia él: "no lo sientas por nosotros, siéntelo por las personas inocentes a las que mataste".
En cambio, Guerry, desesperado por todo lo que les ha ocurrido y desengañado de toda idea de justicia, se sentirá avergonzado por esta actitud de su padre, fascinado por este nuevo e influyente "amigo" que le hace ser respetado -por miedo- entre los demás prisioneros. Tardará en darse cuenta de que su "amigo" es un hombre comido por el odio, y entonces constatará que su padre tenía razón. Con este escarmiento, la vida de Guerry se regenera, aún después de la muerte de su padre en prisión. Hasta aquí, el argumento.
Esta película habla de la paternidad, de lo que es ser un buen padre (vale también para las madres). El buen padre de Guerry es alguien que marca siempre el buen camino moral, que no se tuerce por las dificultades ni por las corrientes dominantes. Y así, cuando Guerry le lleva la contraria y acaba fracasando, tiene dónde agarrarse, pues su padre ya le avisó de que ese camino estaba equivocado. La verdad, el padre de Guerry me ha recordado a mi propio padre, que siempre se mantuvo recto aun en mis mayores momentos de rebeldía: le debo muchísimo a esa firmeza suya.
Este mensaje es muy necesario hoy en día. El drama de nuestros jóvenes es no tener padres rectos moralmente, que contra modas y dificultades constituyan un referente moral. La mayoría de los padres actuales, o no tienen una moral recta, o la tienen pero claudican ante la dificultad y la incomprensión de sus hijos. Y así, los jóvenes no tienen un camino al que volver cuando se dan cuenta que se han equivocado. Su vida se tambalea, sufren fracasos y decepciones, sus aspiraciones les resultan inalcanzables, pero no saben por qué, les falta una referencia sólida.
Un buen amigo, dedicado a la enseñanza, comenta siempre que es un tremendo error que los padres claudiquen en sus rectas convicciones morales. "¿Para qué le voy a decir que eso está mal, si le voy me va a tomar por un carca y luego va a hacer lo que quiera?" -ésta suele ser la excusa. Pues sí, hay que decir lo que está bien y lo que está mal, por tres razones:
Primero, porque es posible que, al saber que está mal, el hijo se lo piense dos veces, y no caiga o caiga menos en ello. Una encuesta realizada en un programa de educación a adolescentes (el "Teen Star"), mostró que los jóvenes son menos propensos a mantener relaciones sexuales si saben que sus padres se oponen.
Segundo, porque aunque caigan en hacer lo malo, lo harán sabiendo que sus padres les han dicho que está mal.
Tercero, porque cuando se den cuenta de que han cometido un error y sufran las consecuencias, cuando se den cuenta de que lo mal hecho no satisface, que sólo hastía y te deja vacío, -como cuando Guerry se dio cuenta del odio que movía al terrorista y de su falsa amistad-, se acordarán de lo que les dijeron sus padres, podrán explicarse lo que les ha pasado, será más facil que entiendan qué es lo que han hecho mal y tendrán algo sólido a lo que aferrarse en medio de la turbulencia, un camino que seguir, al que volver. Podrán escarmentar y rectificar, podrán aprender de sus errores.
Pero hoy la mayoría de los padres no son rectos, no son sólidos, sus convicciones morales son flojas, erráticas y se moldean con facilidad. En lugar de aconsejarles que sean castos, se callan, miran para otro lado y hasta les dan un preservativo o la píldora "por si acaso". Sus hijos sufren las turbulencias de la vida y carecen de la referencia de unos padres con la rectitud que tiene el padre de Guerry en la película. Muchos jóvenes de hoy tienen unos padres de "blandi-blu". Y sufren enormemente esa carencia en sus vidas.
Por último, quiero señalar que hay una figura paterna superior a todas: la de Dios Padre, un Padre que nos enseña la Ley moral, que mantiene su rectitud y su justicia para que volvamos a ella cada vez que nos demos cuenta de que hemos errado el camino. Las personas necesitamos eso, necesitamos la referencia sólida de la ley natural, inscrita por Dios en nuestra conciencia, en el sentido de todas las cosas, y escrita por su dedo en los Diez Mandamientos de las Tablas de la Ley que entregó a Moisés en el Sinaí. El Salmo 24 coincide con el mensaje de esta película: la bondad y la rectitud del Padre:
"El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.
Humilde es el que acepta la enseñanza, pero no sólo. También es humilde el que, como Guerry en la película, a pesar de haber rechazado inicialmente esa enseñanza, cuando fracasa en el camino del mal es capaz de reconocer que se ha equivocado y acaba a aceptándola. Y ya abemos que "hay más alegría en el Cielo or un pecador que se convierte que por 99 justos que no lo necesitan".
Al final, Guerry, como persona ya reformada, salvada de su inmadurez y falta de rumbo en la vida proclama: "seguiré adelante en el nombre de mi padre". El final es el título de la película y también su mensaje principal. Todos los actores están bien, pero la interpretación del padre, por Pete Postlethwaite, es de antología. El guión y la dirección -de Jim Sheridan-, lo mismo. La habilidad para hacer desaperecer todo hilo conductor en la turbulencia de la trama y que poco a poco vaya poniéndose de manifiesto, poderosamente, lo único sólido que hila todos los acontecimientos, que es la humilde rectitud del padre... ¡soberbia, sobrehumana! Esto es Cine; esto es verdadero Arte Dramático.

viernes, 3 de octubre de 2008

Mi memoria histórica (II)



Dalí: premonición de la Guerra Civil Española


En la primera entrega, conté cómo descubrí la falsedad de la imagen que nos habían dado de la guerra: "demócratas contra fascistas". Había muchas cosas que no cuadraban en esa versión, y para eso basta ver la crueldad, el odio y en ensañamiento paroxístico y surrealista que derrocharon los republicanos por doquier.

Desde ese momento en que me di cuenta del error del planteamiento "demócratas contra fascistas", me sedujo la posición contraria, la de considerar la Guerra Civil como una cruzada en defensa de la fe y la moral natural, objetiva. Quizá sí lo fue, y cayó en los mismos defectos que otras lamentables cruzadas (no todas).

El golpe de estado de la derecha fue provocado desde la izquierda. La democracia había sido utilizada por socialistas, comunistas y anarquistas mientras convino, pero ya era un estorbo para la verdadera revolución. Fracasado su golpe de estado -la Revolución de Asturias, Cataluña, etc., de 1934- se requería un alzamiento militar que diera nuevo pie a la revolución socialista, dirigida por Stalin a través del PSOE (según se muestra en la información de la KGB) y ansiada también por los anarquistas. El Alzamiento del 18 de Julio se recibió con júbilo desde las filas socialistas, comunistas y anarquistas, que fijaron el 19 de Julio como el día de la Revolución Española.

¿Era legítimo el Alzamiento desde una perspectiva ética? Pues encontramos un criterio justo y perfectamente definido en el Catecismo de la Iglesia Católica, artículo 2243 (pongo entre comillas el texto del Catecismo y a continuación de cada punto escribo mi propia opinión):

"2243 La resistencia a la opresión de quienes gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas sino cuando se reúnan las condiciones siguientes:

1) En caso de violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales". Se expulsa a los jesuitas, luego se prohíben las órdenes religiosas. Pablo Iglesias amenaza de muerte a Maura en el Congreso de los Diputados; al poco tiempo, la amenaza se cumple. Tras arder varios edificios en Granada, el Gobernador Civil se dirige al Gobierno jactándose de haber impedido el acceso a los bomberos. No son hechos aislados, sino pequeñas muestras de un estado continuo y generalizado de las cosas. Este punto se cumple.

"2) Después de haber agotado todos los otros recursos". El primer recurso era impedir políticamente un gobierno controlado por socialistas y comunistas, pero no se consiguió. Las últimas elecciones se celebraron en un clima imposible. Largo Caballero, a la sazón secretario general del PSOE, ya había amenazado con que, si el Frente Popular no ganaba las elecciones, las izquierdas desencadenarían una guerra civil. El segundo recurso era que la policía y el poder judicial hiciesen imperar la ley. En lugar de eso, la policía controlada por sectores de izquierda, se dedicaba incluso a asesinar a sus enemigos políticos (como en el famoso asesinato de Calvo Sotelo) o a impedir el acceso de los bomberos a edificios eclesiásticos en llamas. Este punto se cumple.

"3) Sin provocar desórdenes peores". Un golpe de estado que triunfase y los desórdenes siguientes no podían ser peores que aquello. Si no se triunfaba, la esclavitud de España en manos de los comunistas y su reducción a satélite de Moscú eran hechos ciertos. Teniendo en cuenta los millones de hombres, mujeres y niños asesinados, torturados y matados de hambre en la propia Rusia de Stalin, en la mayor masacre de la historia, está claro que este punto también se cumple. Eso, sin contar con el mal moral de eliminar la Iglesia y convertir el materialismo en religión de Estado. La verdad es que era inimaginable un escenario peor.

"4) Que haya esperanza fundada de éxito". Estaba claro que las tenían, porque se jugaban en ello su vida y la de sus familias. Pero el alzamiento no alcanzó el éxito previsto, fracasando precisamente en Madrid y Barcelona, y por eso se desencadenó la Guerra. Este punto se cumplía; al menos, los alzados estaban convencidos de que se cumplía.

"y 5) Si es imposible prever razonablemente soluciones mejores". Seamos realistas: el caos permitido y fomentado era tal bajo el Gobierno de Azaña que no había nada que hacer razonablemente. A decir verdad, la razón y la palabra en España ya no valían un pimiento. Este punto se cumple.

Por tanto, creo que el Alzamiento fue moralmente legítimo. Pero me hago dos preguntas: 1) ¿Siguió siéndolo? y 2) ¿Fue lo mejor que se podía hacer? Contestaré aquí a la primera pregunta y dejaré la segunda para otra entrega.

El Alzamiento se produjo el 18 de Julio, coordinado y con razonables posibilidades de asumir el poder para derrocar un Gobierno inicuo y poner orden militar en un estado caótico. Pero inmediatamente fracasó. Fracasó en Madrid y Barcelona. Se mermaron mucho las posibilidades de éxito, como exige el punto 4 de la doctrina antes referida. La única posibilidad fundada de éxito pasaba por un enfrentamiento militar. Y aun así, las posibilidades eran remotas, de hecho, nadie daba una perra gorda por los alzados en los primeros meses de la Guerra, y es claro que habrían fracasado si la debilidad del Gobierno Azaña, la revolución interna de las izquierdas y el caos que generó en las filas republicanas no hubieran favorecido el triunfo de los nacionales, mucho más cohesionados y disciplinados.

Tras el fracaso inicial, los alzados se enfrentaban a un terrible dilema moral. Ante la perspectiva de mantener un enfrentamiento militar con todo lo que eso supone -y supuso-, parece que tenían que considerar la posibilidad de rendirse. Pero la situación se hizo más compleja, porque la revolución estallada en la República en respuesta al golpe y con la excusa del golpe, lo aceleraba todo. Aunque se rindieran, España se enfrentaría al odio desatado -y ya armado- de las izquierdas. Eso costaría ríos de sangre a muchas personas inocentes, como ya estaba costando. Cualquier persona con clarividencia y conocimiento realista de la situación -y Franco tenía ambos- sabía que lo que le esperaba a España era una cruenta revolución socialista y convertirse en satélite de la URSS.

Así las cosas, tuvieron que elegir entre seguir adelante provocando una guerra civil de dureza y resultado inciertos, o permitir una revolución socialista. El sacrificio de España había sido acelerado por el golpe fallido, eso parecía irreversible. Se les presentó el terrible dilema entre rendirse o luchar y eligieron la segunda opción; al menos, la lucha ofrecía una posibilidad de solución. Creo que esa opción fue éticamente legítima.

jueves, 2 de octubre de 2008

Haz lo que quieras (no lo que te apetece)


Como casi todo adolescente de mi generación, me eduqué sobre un concepto erróneo de libertad. En plena efervescencia de las libertades civiles recuperadas tras el franquismo, entendimos la libertad como la independencia de todo condicionamiento externo. Los enemigos de nuestra libertad eran las normas pesadas de nuestros padres, las cargas que nos imponía la sociedad, los compromisos familiares o de cualquier tipo, las normas de educación y los convencionalismos. Y en lo intelectual, identificábamos libertad con "libre pensamiento": no acepto nada de lo que me digan, yo sólo seré capaz de encontrale sentido la la vida con mi autosuficiente poder de deducción.

Cuando ya me había "liberado", rechazando todo condicionamiento externo, aprendí por propia experiencia que seguía siendo esclavo. Esclavo del peor amo que se puede tener: uno mismo. No podía hacer lo que quería, porque estaba obligado a hacer lo que me apetecía. Tenía ideales, pero no los podía cumplir porque era incapaz de enfrentarme a mis apetencias de cada momento. Aprendí así, solo, que la libertad, más que algo que se tiene, es algo que se es. Una persona puede estar encarcelada, no tener "libertad", y a pesar de ello ser libre. Y al revés, se pueden rechazar todos los compromisos y deberes, situarse por encima de ellos y vivir en la peor de las esclavitudes.

No es lo mismo hacer lo que quieres -ésa es la verdadera libertad- que hacer lo que te apetece. Quieres sacar un sobresaliente en una asignatura de la carrera, pero no puedes porque no te apetece estudiar y día tras día eres incapaz de forzarte a ti mismo. Quieres, años más tarde, aprobar unas oposiciones que te hacen mucha ilusión, para un trabajo que te encanta, pero no puedes porque, día tras día, "eliges" ver un partido de baloncesto, irte a tomar unas cañas o perder el tiempo descansando de no hacer nada. Quieres hacer bien tu trabajo, pero no puedes porque eres incapaz de esforzarte todo lo que necesitas y cuando lo necesitas. En realidad, eliges esas otras cosas que te apetecen porque eres incapaz de hacer lo que de verdad quieres, que exige un esfuerzo y no te apetece; no eres libre. Quieres no volver a discutir en casa, pero eres incapaz de dominarte y te lamentas luego de haber vuelto a caer a la mínima contrariedad. Así, tú no llevas las riendas de tu vida, son los acontecimientos y tus apetencias las que te dirigen; vas en el coche de tu vida como un secuestrado que va mirando por la ventanilla de atrás, sin saber a dónde le llevan.

La libertad no consiste en hacer lo que te apetece, sino en hacer lo que quieres.

También aprendí que yo sólo no le encontraba sentido a la vida; que había personas que sí se lo habían encontrado, que lo habían demostrado con su propia vida (como Teresa de Calcuta), que no eran tontos ni les faltaba exigencia intelectual, todo lo contrario (como San Agustín). Y comprendí que necesitaba dejarme ayudar por los que habían descubierto el Camino antes que yo. Eso de "caminante no hay camino, se hace camino al andar" es de una poeticidad innegable, pero es mentira: hay Camino, y por eso hay Esperanza.

Salir de ahí es difícil. Yo sólo pude hacerlo con la gracia de Dios, sabiendo que Él me sostiene, que yo sólo tengo que poner todo lo poquito que pueda de mi parte: "saber que se puede, querer que se pueda", como dice la canción... y encomendarse a Dios, añadiría yo. No es una lucha que se gane en un día, es ya una lucha para toda la vida. Pero el que lucha ya está venciendo, aunque pierda batalla tras batalla, porque descubre que ha nacido para luchar. Ésa es la verdadera libertad y el verdadero elixir de la eterna juventud: la lucha, sea con victoria o con derrota. Lo que convierte a alguien en un guerrero no es evitar la derrota, sino levantarse y seguir luchando.
Cuando he querido elegir una imagen que represente la verdadera libertad, me ha parecido que no había otra mejor que Cristo abrazando la Cruz. Eso es ser libre. Ése es el triunfo de la Libertad.

Ojalá mis hijos aprendan a ser libres, ojalá crezcan acostumbrados a vivir en lucha. Ojalá yo siga luchando para ser libre cada día, a pesar de las continuas derrotas. Qué buen nombre, para Cristo, llamarle "el Redentor": "redimir" significa "liberar"; decir que "Él es nuestro Redentor" significa, precisamente, que Él es quien nos hace libres.

lunes, 22 de septiembre de 2008

El aborto NO es libertad
Un cúmulo de injusticias disfrazadas de "libertad"

1. La retórica de la "libertad" esconde la realidad de las coacciones.

2. El aborto es a menudo decidido por otros. El 64% de las mujeres americanas que abortan se sentían presionadas por otros(1).
3. La presión significa que sus decisiones pueden conllevar la pérdida del hogar, el apoyo familiar o esencial, o abusos que pueden llegar a la violencia(2). El homicidio es la principal causa de muerte de las mujeres embarazadas(3).
4. La coacción puede tomar muchas formas, incluyendo información confusa o errónea sobre el
desarrollo fetal y las alternativas disponibles(4).
5. A pesar de que la mayoría se sentían apremiadas e inseguras, el 67% no recibió ningún
asesoramiento, y al 79% no le dieron ninguna alternativa(1).
6. El aborto suele ser la última opción para la mujer, pero la primera para quien abusa de ella(2). Las adolescentes se enfrentan a un riesgo especialmente elevado de ser coaccionadas(5).
7. Muchos de los estadounidenses que han empujado a una mujer a abortar han sido a su vez engañados – por expertos, autoridades o incluso pastores- acerca del desarrollo fetal, alternativas y riesgos(4,6).
8. El riesgo de muerte de una mujer aumenta 3,5 veces tras un aborto(7). La incidencia de suicidio es 6 veces más alta después de un aborto(8).
9. El 65% refieren síntomas de síndrome de estrés postraumático que atribuyen al aborto(1).
10. "Estamos mutilando al menos a una mujer al mes." – Carol Everett, ex-operario de una clínica abortista.

No fue seguro. No fue justo.
No tuvo nada que ver con la libertad.
Infórmese más sobre aborto, injusticia y daño a la mujer: TheUnChoice.com
Referencias
1. VM Rue et. al., "Induced abortion and traumatic stress: A preliminary comparison of American and Russian women," Medical Science Monitor 10(10): SR5-16, 2004.
2. See the special report, Forced Abortion in America at http://www.theunchoice.com/Coerced.htm.
3. I.L. Horton and D. Cheng, "Enhanced Surveillance for Pregnancy-Associated Mortality-Maryland, 1993-1998," JAMA 285(11):1455-1459 (2001); J. Mcfarlane et. al., "Abuse During Pregnancy and Femicide: Urgent Implications for Women’s Health," Obstetrics & Gynecology 100: 27-36 (2002).
4. Melinda Tankard-Reist, Giving Sorrow Words (Springfield, IL: Acorn Books, 2007).
5. Sobie & Reardon, "A Generation at Risk: How Pro-Abortionists Manipulate Vulnerable Teens," The Post-Abortion Review, Vol. 8, No. 1, Jan-Mar. 2000.
6. Carol Everett with Jack Shaw, Blood Money (Sisters, OR: Multnomah Books, 1992). See also Pamela Zekman and Pamela Warwick, "The Abortion Profiteers," Chicago Sun Times special reprint, Dec. 3, 1978 (originally published Nov. 12, 1978), p. 2-3, 33.
7. M Gissler et. al., "Pregnancy Associated Deaths in Finland 1987-1994 — definition problems and benefits of record linkage," Acta Obsetricia et Gynecologica Scandinavica 76:651-657, 1997. See also, DC Reardon et. al., "Deaths Associated With Pregnancy Outcome: A Record Linkage Study of Low Income Women," Southern Medical Journal 95(8):834-41, Aug. 2002.
8. M. Gissler et. al., "Injury deaths, suicides and homicides associated with pregnancy, Finland 1987-2000," European J. Public Health 15(5):459-63, 2005; and M. Gissler, et. al., "Methods for identifying pregnancy-associated deaths: population-based data from Finland 1987-2000," Paediatric Perinatal Epidemiology 18(6): 44855, Nov. 2004.

Traducido de Elliot Institute: AfterAbortion.org ¢ Fact Sheets, Outreach: TheUnChoice.com 7/07
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