jueves, 28 de agosto de 2008

Aquí estoy



Dice la tradición cristiana que a Longinos se le desprendieron sendas escamas de los ojos cuando sobre ellos cayó la sangre y el agua del costado de Cristo, que él acababa de abrir con su lanza. Fue a comprobar la muerte del hombre y recibió la vida de Dios. ¿Cabe algo más inmerecido, más gratuito?

Hoy abre los ojos este blog, en plena madrugada entre Santa Mónica y San Agustín, día de fiesta para los conversos como yo. Agustín buscaba la verdad apasionadamente... Longinos, de alguna forma, también la buscó: buscó, lanza en mano, la verdad sobre si aquel hombre estaba vivo o muerto, para ponerla de manifiesto ante todos. Más aún: su lanza buscó el corazón de Cristo, que es la Verdad. ¿Acaso toda búsqueda sincera de la verdad, incluso la más contraria aparentemente a Dios, se acaba encontrando con su Verdad? ¿Acaso Dios siente debilidad por los que buscan, aunque sea contra Él?

Acaso más bien todo el que busca con sinceridad la verdad, aun sin saberlo le busca a Él, a Cristo, y recibe gratuitamente noticia de su Verdad, una noticia pagada al precio de su Sangre. "El que pide, recibe; el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre" .

Pero aún iré más atrás. Porque yo ni siquiera buscaba ya la verdad y vino a inquietarme para que la buscara. "Nos hiciste, Señor para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti" -dijo San Agustín. La había rechazado, ni siquiera la amaba ya, y vino a seducirme para que la volviera a amar. "El amor no consite en que nosotros amemos a Dios, sino en que Él nos amó primero".

"Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir". Tu sangre cayó sobre mí como sobre Longinos, y "tus heridas nos han curado". Duro era mi entendimiento para creerte, pero tú me cautivaste por el corazón. Te decía que no, pero no podía resistir tu belleza, no vivía sin el sonido de tu nombre.

Aprendí que mi angustia era por Ti. No fue tu presencia la que rindió mi entendimiento, sino tu ausencia: una ausencia que tenía tu silueta, como la huella es recuerdo del pie que se ha ido. Cuando aprendí a distinguir la nada de la ausencia, mi entendimiento me dio permiso para añorarte.

¿De dónde sacaba yo el patrón de la justicia, por el que mis ojos lloraban la injusticia del mundo, sino de la huella que dejaste en mi alma, Tú que eres el Justo? Y me cautivaste también, Señor, por tu justicia, por saber que Tú haces justicia a los inocentes, que los últimos serán los primeros, que los que lloran son tus queridísimos.

Yo no he llorado. He nacido y vivido entre algodones. Y me buscaste, Señor, por el hastío. "Dios nos ha concedido el favor de sentir hastío ante todo lo que no es Él"- dijo el Rey Balduino de Bélgica. Ése fue mi caso. La conversión más inmerecida, la seducción más gratuita. Y "¿quién es el hombre para que te acuerdes de él?", ¿quién era yo, para que te acordaras de mí?

Aliento tuyo era, aliento sobre el barro, como Adán. "Que tu impulso palpita en todo lo que viene" -dijo Dulce María Loynaz. Mi barro, Señor, estaba ya recocido y roto, pero Tú haces nuevas todas las cosas...
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