sábado, 13 de septiembre de 2008

El acto sexual como símbolo


En Antropología, se estudia el valor del símbolo en las diferentes culturas. Pero a mí me interesan especialmente los símbolos porque son el nexo de unión entre el universo espiritual o cognoscitivo, y el universo material. El ser humano, con espíritu y cuerpo, vive inmerso en ambos mundos, y necesita de esos nexos, de esos "puentes" entre ambos mundos. En algo tan prosaico como el tráfico, hemos consensuado unas ideas que lo ordenan, pero necesitamos que esas ideas se plasmen en el mundo material, y para eso inventamos los símbolos de la circulación: la señal de stop, el círculo rojo o verde, la señal de rotonda...

Los símbolos más perfectos, aquellos que forman un puente entre el universo espiritual y el universo físico, son aquellos que contienen verdaderamente lo que significan. Un beso tiene ese valor simbólico, porque contiene físicamente lo que significa espiritualmente: contiene unión, aceptación y exploración del otro, admisión a la intimidad... Y el símbolo natural más perfecto parece el acto sexual, verdadera plasmación física del misterio del amor: contiene una entrega total, una apertura completa de la propia intimidad al otro, una aceptación confiada del otro, una mutua y respetuosa exploración y una unión físca como casi es imposible en este mundo, desafiando el límite de la impenetrabilidad de la materia y haciéndose "una sola carne". Y en ese acto increíble que, sin parangón en este mundo imperfecto, plasma el misterio del Amor, aparece el milagro que fecunda el amor: el misterio de la Vida, la creación de un nuevo ser humano.

Muchos creen que la Iglesia está en contra del sexo, o que el acto sexual tiene algo de transgresión. Incluso hay una corriente gnóstica que piensa que el pecado de Adán y Eva fue el acto sexual. ¡Si Adán y Eva complacían a Dios multiplicándose, haciéndose una sola carne, si fue voluntad suya...! Evitemos los errores del puritanismo, que no tiene nada de católico. Por tanto, no es que la Iglesia vea en el acto sexual nada sucio, ¡todo lo contrario! Lo que ocurre es que la Iglesia le da al sexo el valor maravilloso que tiene, algo inimaginable para la mayoría de nuestros contemporáneos. Por eso, el acto sexual forma parte del casamiento; el matrimonio realmente se consuma cuando los esposos lo realizan. El acto sexual, que une al alma y el cuerpo de los esposos, constituye lo que podríamos llamar un sacramento natural, un símbolo perfecto que contiene plenamente lo que significa: la unión completa de los esposos querida por Dios.

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