domingo, 21 de septiembre de 2008

Mi memoria histórica

Nací en 1968, así que apenas conocí el régimen de Franco. Ni mis padres ni mis abuelos me contaron nunca detalles de la Guerra; aquél era un tema "tabú" entonces. A poco que preguntaras, siempre te respondían lo mismo: que toda guerra es un horror, pero que aquella fue peor, porque fue una guerra entre hermanos; que jamás se debería repetir aquello. Que todos cometieron barbaridades, de un lado y de otro, y que lo mejor que podíamos hacer era olvidarlo y jamás, jamás, ponernos en circunstancias de que algo similar volviera a repetirse. La famosa "guerra entre hermanos"... una expresión clave de lo que se nos quería enseñar: olvido, reconciliación, escarmiento para el futuro.

Pero el olvido se transformó en algo diferente. Ya con 18 años, mi idea sobre la Guerra Civil Española, aprendida tanto en el colegio (religioso, por cierto) como en la televisión y en la calle, correspondía al modelo de "fascistas contra demócratas". Con ese modelo llegué hasta mis 30 años, sin nada que lo contrariase... hasta que, un buen día, llegué a casa de un amigo y, en un libro hojeado por curiosidad, miré la foto que pongo arriba. Monjas exhumadas, expuestas al público y fotografiadas en plena calle de Barcelona; una imagen en la que contemplé el rostro de un odio tremendo e irracional, tan desnudo y oscuro como aquellos cadáveres profanados.

La imagen de "demócratas contra fascistas" seguía en mi cabeza, pero había una foto que no cuadraba.

Pasó el tiempo... varios meses, quizá más de un año, no mucho más. Una tarde de verano, en la terraza del apartamento de mi madre, ojeábamos viejas fotos, antiguas fotos de familia que yo nunca había visto. Mi abuelo materno era profesor y allí había una foto donde se mostraba orgulloso con un buen grupo de alumnos de su pueblo cordobés. Mi madre me contó que él aprobó las oposiciones justo antes de la Guerra y que gracias a eso se fueron a una villa de Asturias, donde apenas oyeron cuatro tiros y de lejos. Me gustó esa foto y me distraje observando las caritas de esos niños tan antiguos. La dejé y había pasado ya a otra cuando mi madre musitó: "los pobres..."

"¿Por qué?" -pregunté. "El abuelo se llevó un disgusto de muerte cuando volvimos a Pozoblanco y apenas quedaba ninguno" -contestó. Por fin se había ido un poco de la lengua. Ahora, sólo había que tirar. Costó un poco, mostró reticencia a hablar de esas cosas, pero luego se desató. Los republicanos habían castigado al pueblo, casa por casa. Habían matado a las familias enteras, mujeres y niños incluidos.

Ya me daba por satisfecho. Aquello era un dato más que añadir al "no cuadra", junto a la foto de las monjas exhumadas. Pero, como un secreto que se ha callado demasiado tiempo, como algo que quema y hay que compartir al fin, me contó algo más. No se habían "limitado" a matar a las familias. Aquellos "hombres" lo habían hecho empezando por los niños y haciendo que los padres contemplaran la espantosa escena de ver cómo mataban a sus hijos. A los niños de teta, los arrancaban de brazos de su madre y les estrellaban la cabeza contra la pared. Luego mataban al padre. La última, para extremar el sufrimiento de la que más sufre, mataban a la madre.

Lo de antes no necesita comentario. Quiso la Providencia que, por aquellas fechas, escuchara dos testimonios más que cuadraban con aquél de mi madre. El primero fue el de una niña a la que dejaron viva, pero sola en la calle, tras obligarla a contemplar la caída de toda su familia, uno a uno, desde el campanario de una iglesia hasta el suelo, a pocos metros de donde ella se hallaba. Tras la "hazaña", los "héroes" se fueron y la dejaron allí solita, en medio de la calle, abandonada, sin familia y con aquella herencia de espanto, dolor y abandono para toda la vida. "¿Qué buscaban con eso?" es una pregunta que permite asomarse, con horror, al abismo de odio que ocupaba el hueco del corazón de aquella gente. El segundo testimonio fue el de aquel cura de Alicante al que fusilaron dos o tres veces en distintas circunstancias. Sobrevivió milagrosamente, y entonces le oí contar su historia en un medio de comunicación.

Algunos años después, con poco indagar sobre el tema, he podido recabar muchos otros testimonios del mismo nivel de crueldad que aquéllos, si bien confieso que la realidad del horror supera con creces la imaginación: un joven sacerdote al que atan junto a sus padres en un árbol de la plaza, y antes de fusilarlos a todos les hacen presenciar la violación múltiple y pública de la hija de la familia; un obispo al que desnudan, apalean, torean con banderillas y antes de matarlo le cortan los testículos y se los meten en la boca; o un catalán católico, que de incógnito y a la fuerza servía en las filas de la República, al que detienen por sospechoso (luego lo fusilarían) puesto que se niega a asesinar, con una ametralladora, a varias familias con sus hijos que le ponen delante, en un patio. Ningún comentario necesita todo esto, salvo que la historia de "fascistas contra demócratas" realmente no cuadraba. O también señalar que, quizá, el silencio en que nos mantuvieron sobre estos hechos fuera más, en el fondo y principalmente, por pudor de contarlos: ¿cómo se le cuentan esas bestialidades a un hijo? ¿cómo se le cuentan a un joven ignorante de todo, nacido entre algodones mucho después de la tragedia? Y por vergüenza: vergüenza de España, y vergüenza del género humano, que cuando desciende por la pendiente del odio es la más nauseabunda de las criaturas de la tierra.

Con el olvido y la reconciliación, que conllevan desde luego una intención encomiable, a toda nuestra generación se la ha privado de la verdad. Y han sido otros los que han aprovechado ese vacío para rellenarlo con mentiras y medias verdades, que no por repetidas llegan a ser consistentes. Quizá la reconciliación sí estaba bien, pero el olvido... quizá el olvido no es virtud en este mundo imperfecto. Quizá sólo la verdad nos hace libres.

El caso es que, curiosamente, para contrarrestar la memoria histórica zapateril no hace falta abrir más tumbas. A mí, me basta mirar las que ya se abrieron en otra ocasión, cuando alguien fotografió aquellos cadáveres exhumados en las calles de Barcelona. Pero de todos los testimonios, me quedo con la frase de una madre enferma a su hijo sacerdote, cuando se lo llevaron de su casa sin acceder a su deseo de que le permitieran, al menos, despedirse de ella. Aquella mujer se levantó de la cama donde estaba postrada y desde lejos le exhortó como última enseñanza: "¡Hijo mío: mucho valor para morir, pero mucho más amor para perdonar!"

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