domingo, 12 de octubre de 2008

12 de Octubre: ¡España no se rinde!

Cuenta una ancestral tradición española que, estando el apóstol Santiago un tanto desanimado por el rechazo inicial de los hispanos a la fe de Jesucristo, se recostó a orillas del Ebro para rumiar sus penas y presentárselas a Dios en oración. ¡Qué distinta esta humildad suya de aquella belicosidad inicial, cuando él y su hermano Juan, constatando el rechazo de dos aldeas de Samaría al evangelio, le preguntaron a Jesús si pedían una lluvia de fuego del Cielo que los devorase a todos! Jesús les reprendió -Él, por cierto, llamaba a estos dos hermanos "Boanerges", que significa "hijos del trueno"-. Y parece que ellos aprendieron bien la lección, afortunadamente para los hispanos. Creo que en España se debería rememorar y celebrar con enorme alegría aquella reprimenda de Jesús, que nos evitó acabar como en Pompeya. Curiosamente, sería un mártir zaragozano, San Lorenzo, el que dejándose quemar vivo en una parrilla antes que renegar de Jesucristo, convertiría a medio Imperio con su ejemplo, relatado de aldea en aldea como gesta de cristiana antología. La Providencia siempre deja sus signos, reconocibles para los que tenemos ojos y oídos.

Pues allí, abatido cerca de Cesaraugusta (Zaragoza) se le apareció a Santiago la Virgen María -que aún vivía con San Juan, no sé si en Jerusalem o ya en Éfeso- sobre una roca, lo que recuerda las palabras del Antiguo Testamento: "el Señor me ha coronado, sobre la columna me ha ensalzado". Allí le animó a continuar y, para ello, le dijo que esa piedra sólida era prenda de la fe que prendería en España. Aquella roca es la que sostiene hoy la imagen de la Virgen del Pilar en la basílica zaragozana, durísima, sólo moldeada por el amor de los fieles, cuyos besos le han abierto una oquedad a lo largo de tantos siglos de fe hispana.

Cuando ya se celebraba la Virgen del Pilar el 12 de Octubre, fue precisamente el día del Pilar de 1492 la fecha en que Colón arribó a la isla de Guanahaní, descubriendo el continente Americano y dando inicio a su evangelización.

Hoy tenemos la tentación de andar apesadumbrados, pensando que "todo tiempo pasado fue mejor" y que la fe en España se halla en horas bajas. Yo creo que la fe en España se encuentra de enhorabuena, en la misión que Cristo nos ha encomendado: cargar con la cruz y "no dejarnos vencer por el mal, sino vencer el mal con el bien" -como nos recordó Juan Pablo II-. ¡Qué inmerecida la gracia que Jesús nos ha concedido de luchar donde la batalla es más intensa! No nos ha puesto en retaguardia pelando patatas -aunque todo es necesario-; Él nos ha querido en la infantería, en primera línea... Al final, el "fuego del cielo" nos tocaba, pero de una forma sublimada, penitente y gloriosa como la Cruz: la persecución romana con tropel de mártires hispanos, el arrianismo beligerante de los visigodos, el islam, la sobrehumana tarea de la evangelización de América, la invasión "ilustrada" y napoléonica, las revoluciones y persecuciones religiosas del XIX, el comunismo en el XX, el progresismo masónico y anticristiano, la beligerancia de ZP, la indefinición de Rajoy, el óscar de "Mar Adentro", Educación para la Ciudadanía... Éste es el sino y el signo de la fe hispana, ésta es nuestra cruz... ¡y nuestra gloria! Gracias a Dios. Lo nuestro es la cruz; la victoria y la gloria son de Cristo, pero su Victoria y su Gloria serán también nuestras para siempre si perseveramos, si -como dice la Escritura- la dureza de los tiempos no hace flaquear nuestro amor, si -con la gracia de Dios- no nos dejamos vencer por el mal.

Nuestra bandera, también providencialmente, está muy bien elegida: el rojo de la cruz, de la sangre de los mártires, que enmarca el amarillo de la luz, del sol que reviste a la Virgen. "Vi una mujer vestida de Sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza, una corona de doce estrellas" -es la imagen del Apocalipsis que la iconografía ha tomado para la Virgen María en su Inmaculada Concepción, doctrina siempre defendida animosamente en España-. Rojo y amarillo, sangre y sol, cruz y gloria, conjuntan los colores del fuego, de aquel fuego que forja la fe hispana, traída como santo incendio del cielo por el "hijo del trueno", el Apóstol Santiago. Diceo Cristo (en Lucas 12,49): "He venido a traer fuego a la tierra ), ¡y qué ansias tengo de verla arder!"

Y también me entusiasma -aunque no soy tradicionalista, ni carlista- esa otra bandera que representa en rojo la cruz de San Andrés sobre un campo blanco. Ésa también es una bandera española, que ondeaba ha tiempo sobre las tropas y los navíos españoles. A mí me parece una bandera española de guerra, como si la bandera blanca de la rendición estuviera tachada con sangre de Cristo y nuestra, que representa ese amor ardiente, y significase: "¡ESPAÑA NO SE RINDE!"

¡Viva la Virgen del Pilar! ¡Viva la Hispanidad!

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