lunes, 13 de octubre de 2008

Hook

CINE-FÓRUM

Steven Spielberg trata en esta película un tema muy interesante, radical. Vivimos una existencia mediocre, rastrera; vivimos para vivir bien, hemos rechazado lo espiritual en nuestra vida. Hemos olvidado que el hombre vuela -porque sí, sí, vuela-, nos hemos olvidado de quiénes somos y así, poco a poco, vamos también dejando de valorar lo mejor de la vida, la esencia de la vida.

Eso le pasaba a Peter Banning, que hasta tiene el nombre cambiado, de forma que no se nota quién es de verdad. Pero tiene una figura materna, una presencia sabia en su vida, que en silencio reza por él y espera que un día llegue su conversión.

En esa vida mezquina nos va bien, creemos tenerlo todo controlado y aceptamos más o menos lo que no podemos controlar. Pero, a veces, la realidad entra por la ventana como un huracán y sacude los cimientos de nuestra vida. Se llevaron a los hijos de Peter Banning. Ya casi no les prestaba atención, pero el poco espacio que ocupaban en su corazón aún serviría de hilo para conectarle con su verdadera realidad, con quién es y para qué ha nacido.

Cuando la realidad te sacude de esa forma, o te rindes definitivamente, o espabilas. Es como si al pájaro que parece haber olvidado volar, le dan un empujoncito al borde del precipicio: o se estrella contra el suelo a plomo, o sale volando. Peter Pan salió volando. La película narra la conversión de este hombre, demasiado adulto, a la fe, que se traduce -cómo no- también en una conversión existencial, puesto que había olvidado lo verdaderamente auténtico de la vida.
La historia que nos cuenta Spielberg se centra en cómo Peter Pan reaprendió a volar, tema que constituye una buena metáfora de la fe, sobre todo en estos tiempos en que la mayoría somos bautizados, hacemos la Primera Comunión, y luego perdemos la fe que teníamos de niños.
Lo primero que se necesita es hacerse como un niño. "Os digo que si no os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos", dice Cristo en Mateo 18, 3. Y lo dijo cogiendo a un niño y abrazándolo, poniéndole de ejemplo ante sus discípulos. Este "hacerse como niños" está fantásticamente explicado en la cena, cuando los niños lo ven todo lleno de manjares y el abogado Peter sólo ve una mesa vacía. Pero llega un momento en que, aún sin ver, empieza a actuar como niño: coge la cuchara - que ante su vista está vacía- y haciendo como si tuviera comida, se la lanza a su oponente -Rufio- usando el cubierto como catapulta. Y eso se traduce en que, sobre la cara de Rufio cae el puré multicolor que Peter antes no veía. Ha actuado como niño y ha sido entonces cuando ha empezado a verlo todo como un niño.

Muchas veces, nos planteamos la fe exactamente al revés. Creemos que Dios nos tiene que dar primero la capacidad de verle -con los ojos de la inteligencia o con el sentimiento- y entonces nosotros empezaremos a vivir teniendo en cuenta que Dios existe. Pues suele ser al contrario; a menudo hay que decir "sí, creo" para que Él nos abra los ojos a su presencia. ¿Y cómo se puede decir "sí, creo" sin verle, sin sentirle? Muy fácil: confiando en Él. Eso es lo que haría un niño, eso es ser como niños. Es un salto en el vacío, pero no tan vacío, porque...

Lo segundo que necesita Peter Pan para volar es un pensamiento alegre. En el vuelo de fe, el pensamiento alegre es que el vacío no está vacío, que somos hijos de un Padre que nos ama y que nos ha creado por amor, un Padre al que aún no conocemos, pero confiamos en su amor y esperamos que nos sostenga en sus brazos cuando saltemos al "vacío" para volar. Un pensamiento no es una certeza de que voy a volar, no es un sentimiento de que voy a volar: es sólo una idea. Pero es una idea por la que puedo ser capaz de arriesgarme y echarme a volar. En la película, el abogado Peter es capaz de arriesgarse por sus hijos: sus hijos son su pensamiento alegre. Es el amor el que nos impulsa. "Antes de conocerte, ya te amaba", dice una canción de Amaral que puede aplicarse perfectamente a este tema. El que va a dar el salto de la fe, lo da por amor a sí mismo, a los demás y, sobre todo, por amor a Dios, aun antes de conocerle, antes de sentir -al menos conscientemente- su presencia en su vida, antes -también- de comprenderle. Dijo San Agustín -y lo dijo en este orden, no al revés-: "creo para comprender, y comprendo para creer mejor".

Hoy desconfiamos de eso. Pensamos que, si damos el salto de la fe, un mecanismo psicológico nos hará ver la quimera que queremos ver, caeremos en el autoengaño y la sugestión... Lo dicho: ¡somos muy adultos! ¿De qué tenemos tanto miedo? Si Dios no existe, nos espera la nada y los gusanos: ¿qué tenemos que perder? Si no nos decidimos a dar el salto hacia Dios, ¡vamos a perder toda la vida esperando que Dios se nos presente de forma indudable! Más vale arriesgarse por el amor de un Padre que permanecer en la seguridad de una existencia sin sentido. "El hombre no se conforma con menos que con Dios" -dice también San Agustín. Eso es o que le impulsa a saltar hacia Él.

Muchas personas que no creen en Dios son agnósticas. Yo mismo lo he sido mucho tiempo, años y años. El agnóstico, ni afirma ni niega la existencia de Dios: reconoce que ese problema le sobrepasa. Pero, si eso fuera verdaderamente así, el agnóstico tendría dos opciones: vivir como si Dios existiese o vivir como si Dios no existiese. Entonces, ¿por qué vamos a elegir vivir como si Dios no existiese? ¡Vivamos como si Dios existiera! Si un agnóstico hace eso y empieza a actuar como niño, a buen seguro que Dios no tardará en hacerle ver como niño.

A cuánta gente le he oído decir: "la fe es un don de Dios y yo no lo tengo". Es como si dijeran: "yo estoy abierto a que Dios se me presente, pero no lo hace y así me he quedado". Pero es que el don de Dios no consiste en meternos la fe en la cabeza ( si así fuera, nos la habría puesto de serie), sino en llamarnos para dar el salto y sostenernos en él. Sin embargo, los que hemos de saltar somos nostros. La fe que Dios nos da como don, no es sino una llamada a la que nosotros tenemos que responder. Dios te llama, Dios te hace amarle, ahora eres tú el que, aun sin verle y sin conocerle, tienes que dar ese salto, ese decir "creo, ayúdame a creer", confiar en Él y saltar, que es vivir contando con la existencia de Dios: hablar con Él, tratarle como Padre, intentar agradarle...

Así es como se vuela, finalmente: volando.

El ejemplo cumbre en el que podemos fijarnos para este vuelo de la fe son las últimas palabras de Cristo en la cruz. Jesús experimentaba la soledad de Dios más absoluta, tanto, que antes se había quejado a voz en grito, citando el Salmo 22": "¡Dios mío, Dios mío...! ¿por qué me has abandonado?" Y finalmente, cuando ya está todo cumplido y antes de exhalar el último suspiro, dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Se abandonó, movido por el amor, hacia su Padre, esperando que su Padre le recogería. Así fue.

Cuando era pequeño, un tío con mala uva me contó una historia fea, de esas que pretenden, precisamente, hacer envejecer a los niños: un padre, viendo que su hijito estaba subido a un árbol, se puso debajo y le dijo: "tírate, que yo te cojo". El niño se tiró, el padre se apartó, y el niño fue a dar con sus huesos en el suelo. Entonces el padre le dijo: "hijo mío, he hecho esto para que aprendas que, en la vida, no debes fiarte ni de tu padre". Qué enseñanza más anticristiana y más falsa. Es precisamente la confianza la que nos mantiene niños, y así es como Jesús nos dijo que fuéramos. Una cosa es madurar y otra envejecer, dejarnos moldear por el mal. P. ej., un amigo te hace daño, y ya no te fías de nadie como amigo. Tienes dos opciones: envejecer y no volver a confiar en nadie, con lo que te pierdes la amistad de quellos que sí serían buenos amigos, o nio dejarte vencer pro el mal y seguir confiando en tus amigos, sabiendo que te puedes llevar algún palo más, pero asumiendo el riesgo y sin dejerte estropear la vida por una mala experiencia. Eso es madurar, y esa es la diferencia entre tener un espíritu maduro pero joven y tener un espíritu decrépito.

En fin, no quiero extenderme más, pero sí quería llamar la atención sobre dos detalles que me han llamado la atención porque coinciden plenamente con la tradición cristiana. El primero es el odio de Garfio a los relojes. Los colecciona para romperlos. ¿Por qué? Por que el triunfo del mal tiene fecha de caducidad: esta vida, a veces incluso antes. Cada segundo que pasa, se acaba el tiempo triunfal del malvado. En cambio, para el que tiene puesta su mira en Dios, cada segundo le acerca a la felicidad plena. Por eso, el reloj simboliza la caducidad de las vanas glorias, placeres y poderes de este mundo en la iconografía cristiana; el tic-tac del reloj presiona al malvado para que se convierta. Garfio no quiere ni oírlos: rechaza la conversión, está bastante atrapado por el mal.

El segundo detalle sale de boca de la hija de Peter, que pide clemencia para Garfio: "¡déjale, sólo es un pirata malo que no tiene madre!" Me hizo recordar la importancia que se le da a la Virgen como ayuda para el arrepentimiento, para volver junto a Dios. María es el rostro maternal, siempre dispuesta a acoger; por eso se la llama "Refugio de los pecadores". Si Garfio tuviera madre, seguro que ya habría cambiado -piensa acertadamente la niña-. En la tradición cristiana se ha señalado -y así lo recoge la película "La Pasión"- cómo, después de renegar de Cristo, Pedro acude a María, ésta le acoge y le ayuda a reconciliarse con Dios y consigo mismo. El ejemplo contrario es Judas, que no va a María, vuelve para quejarse a los fariseos diciéndoles "he entregado sangre inocente" y se va solo; acabaría desesperado y suicidándose. Muy diferente habría sido -pensamos- si hubiera acudido a la Madre: su amor le habría apartado de la desesperación. Ojalá en el último momento abriera su corazón la misericordia de Dios... no lo sabemos.

En fin, que "Hook" me parece una obra maestra de Spielberg. Ha centrado la película en lo importante y la ha llenado de significados riquísimos, que coinciden plenamente con la tradición cristiana. Muy recomendable para niños, niños mayores... y, sobre todo, para los adultos que necesitéis un empujoncito.


1 comentario:

Ciudadano de Sión dijo...

Me ha parecido un artículo excelente, y un blog también excelente. Muy bien. Enhorabuena. Me pasaré más por aquí.

Lukas Romero

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