domingo, 5 de octubre de 2008

Mi memoria histórica (III)





En las primeras entregas, comenté cómo decubrí que el modelo de "demócratas contra fascistas", que nos han hecho tragar a mi generación, no coincide para nada con la Guerra Civil Española. Y analicé éticamente el Alzamiento llegando a la conclusión de que, aunque con muchos riesgos, me parece que fue legítimo moralmente alzarse en armas y dar un golpe de estado en las circunstancias de entonces, que eran realmente desesperadas. Si no hubiera sido así, España podría haber corrido la misma suerte que Polonia como nación aplastada por la URSS, o incluso peor. La mitad de España no se resignó a dejarse aniquilar, a que fueran aplastadas sus creencias y a que se educara a sus hijos en el materialismo y el odio ateos. Muchas tonterías se dicen sobre las guerras que provocó la religión; lo cierto es que la guerra de España la provocó el ateísmo y el anticristinanismo, como todas las grandes matanzas del siglo XX, que se cobraron decenas de millones de muertos y multitud de torturados, mujeres violadas, niños matados de hambre o incluso asesinados ante sus padres, culturas destrozadas, patrimonio histórico incenciado, etc., etc. etc, en la mayor espiral de odio de la historia de la Humanidad. La turquía de principios de siglo XX con el genocidio kurdo, la URSS de Stalin, la China de Mao, Vietnam, Corea... incluido Hitler, loco anticristiano que se proclamaba llamado a acabar con la Iglesia Católica, a la que profesaba un odio sólo superado en la práctica por su antisemitismo, del mismo origen antidivino, realmente satánico.l

Pero, además de la licitud moral del Alzamiento, me pregunto si eso fue lo mejor que se podía hacer. Puede haber varios caminos legítimos y sólo uno de ellos ser el mejor. Ahí, por supuesto, caben muchas opiniones.

Ahora tengo que decir, con todo el dolor de mi corazón, que la "cruzada" contó con demasiadas sombras, como aquella de la que fue testigo horrorizado San Francisco de Asís, y que produjo asesinatos e injusticias terribles en Tierra Santa.

Dije que la decisión de alzarse en armas para solucionar el continuo pisoteo de derechos me parecía legítima, pero la forma en que se hizo no estuvo a la altura de tan dignos fines. En primer lugar porque, desde el principio, se utilizó la represión como arma de guerra para amilanar toda resistencia. Por ejemplo, se asesinó a los jefes militares que, en el cumplimiento de lo que ellos entendían como su deber, no se sumaron al Alzamiento. En segundo lugar, porque hay demasiadas evidencias a lo largo de toda la Guerra, de inmoralidades indignas de una "cruzada": el bombardeo de la población civil, la masacre ignominiosa de Guernika, el ataque a las columnas de exhilados que atravesaban los Pirineos cuando ya todo estaba ganado, las revanchas y los fusilamientos in situ... Tercero y último: la represión de la posguerra, la falta de piedad con los vencidos, que acabó igualando los muertos represaliados en uno y otro bando. Aunque, para ser justos, habría que contar los miles que murieron de muerte "natural", completamente debilitados tras las torturas y padecimientos a que habían sido sometidos por el bando republicano.

No pretendo igualar ambos bandos. Me parece que el grado de crueldad y de barbarie que se dio en el bando republicano es incomparable, muestra de un odio que fue la causa primigenia de la Guerra. Pero todo lo que he citado hace que, aquello que en su intención habría sido considerado en justicia como una cruzada, o al menos como un levantamiento legítimo frente a un Gobierno que había perdido su legitimidad, y que no me cabe duda que así lo entendieron muchos de los que lucharon e incluso dieron su vida en la contienda, fuese demasiadas veces algo distinto, algo que no era digno de aquella idea buena y justa por la que muchos lucharon.

Estoy contando mi memoria histórica y quiero citar algunos hechos que me impresionan. El primero fue, de nuevo, algo que me contó mi madre y que ilustra el día a día tras la victoria nacional. Tras contarme, aquella vez en que vi ocasión para tirarle de la lengua en un desliz suyo, las barbaridades casi inenarrables que los republicanos habían hecho en su pueblo, quizá no quiso que yo me llevara la impresión de que el terror fue patrimonio exclusivo del bando rojo y me contó la siguiente anécdota, impresionante porque revela la espantosa cotidianeidad de lo abominable: Recién acabada la Guerra y de vuelta a su pueblo natal de Córdoba, donde mi abuelo volvió a ejercer como profesor, una mañana su madre -mi abuela- fue a la carnicería. No había existencias -probablemente de pollo, o algo similar- y le preguntó al carnicero: "¿hoy no han matado?". Él respondió: "creo que no, no he oído los camiones". Evidentemente, el buen hombre había entendido mal la pregunta y, en su respuesta, se refirió a los camiones que llevaban a la muerte, de madrugada, a los prisioneros republicanos.

Hay dos historias personales que me han conmovido también. Una es la de Antonio Escobar Huertas, coronel de la Guardia Civil de Barcelona el 18 de Julio de 1936; la otra, precisamente la del abuelo de José Luis Rodríguez Zapatero.

Dicen que Antonio Escobar era católico... no sabemos a ciencia cierta en qué modo o grado. Fue testigo, con pesar, de la quema de iglesias y de los desórdenes que provocaron la respuesta del alzamiento. Cuando éste se produce, como todos los jefes militares, -pero más en su caso, porque es católico y tiene la responsabilidad de una plaza vital para el éxito del golpe- ha de tomar una decisión y la toma: no se suma a los alzados e interviene para sofocar el golpe en Barcelona. Su intervención fue decisiva, y el fracaso del alzamiento en Barcelona es un punto clave para su fracaso en toda España, lo que llevaría a la guerra. Este hombre, sin embargo, no fue capaz de reconocer la ilegitimidad moral del bando republicano tras las terribles masacres y torturas que se sucedieron en sistemáticamente en el mismo y, en su empecinamiento, a pesar de que tuvo varios hijos luchando en el bando nacional, llegó a ser general de la República. Se negó a abandonar España en 1939 y fue condenado y fusilado en Montjuic. Para mí, su caso es un ejemplo de cómo, para una persona honrada, apoyar el Alzamiento en la primera hora no era la única opción legítima, si bien su empecinamiento posterior, cuanto toda posible legitimidad de la República se había perdido para cualquier persona sensata, plantea serias dudas sobre su rectitud de criterio.

El abuelo de José Luis Rodríguez Zapatero no sé si era católico, pero hay muchas probabilidades de que lo fuera, por sus palabras y porque su familia lo era. De todas formas, no es eso lo importante. Antes de seguir quiero dejar claro que el presidente Rodríguez Zapatero cuenta con mi más profundo rechazo. Su acción política me parece un muestrario de sectarismo, inmoralidad, ignorancia, falacia y perversión, y creo que si se mantiene en su puesto es sólo por la decadencia moral del pueblo español y la falta de claridad de principios de sus oponentes políticos.

Pues bien, el capitán Juan Rodríguez Lozano -que así se llamaba el abuelo paterno del presidente Zapatero- ha sido vituperado por su supuesta incoherencia. Eso y un testimonio personal próximo a la familia del presidente, han causado mi interés por su figura y sus hechos. Zapatero ha visto en él la memoria de un antepasado fusilado por rojo. Sus oponentes, por contra, han tachado su supuesta doblez al haber participado en la represión de la revolución de Asturias, aquel otro golpe de estado, totalmente revolucionario e ilegítimo, perpetrado por el PSOE y sus aliados en 1934, que fracasó rápidamente en toda España; sólo en Asturias y Barcelona tuvo consecuencias importantes. Es verdad que el capitán Rodríguez Lozano participó sofocando el golpe socialista en Asturias. Por otra parte, es verdad que, cuando se produce el Alzamiento nacional, Rodríguez Lozano no se suma al mismo y se opone a él. Para mí, lo que mostró aquel hombre fue coherencia: defendió al Gobierno español en 1934, contra el PSOE, y volvió a defenderlo en 1936, contra los alzados. Sólo me merece respeto. Para colmo, me han contado que, antes de morir, dijo a su familia que no tuviera rencor con los que le iban a matar, que aquello era un error. No era un rojo, como insinúa ZP; ni un incoherente, como dicen algunos enemigos de ZP: era simplemente un buen hombre que trató de cumplir con lo que creía era su deber en circunstancias dificilísimas.


Junto a dos historias de militares, otras dos de civiles, como botones de muestra para hacer un panorama de los hechos. Una de ellas es la archiconocida muerte de Federico García Lorca, que no era ningún peligro para nadie. Ya fuera achacable a una venganza personal, ya a otra cosa, parece que sacar a la gente de su casa y pegarle un tiro, sin explicaciones ni juicio, no es lo propio de un alzamiento justo contra el caos. El segundo caso es parecido, pero poco conocido, y sin embargo, sabemos todos los detalles -quién, cómo, dónde, cuándo y por qué-, relatados por alguien sin conflicto de intereses. Fue en Burgos, durante la Guerra. El Opus Dei era aún un proyecto para San Josemaría Escrivá de Balaguer, ya sacerdote. Tras huir del exterminio en el bando rojo, un joven compañero suyo seglar fue apresado en el bando nacional y sometido a juicio. Era hijo de un alcalde socialista en un pueblo de Valencia, y la persona que tenía que dictar sentencia provenía de allí, conocía a su padre y alimentaba deseos de venganza contra su hijo. Se montó una acusación falsa, un juicio esperpéntico y se le condenó a muerte. San Josemaría fue a su despacho para exigirle que pusiera fin a aquella farsa. Ante su negativa, le recordó que en cualquier momento podía morir él mimo y tendría que dar cuentas a Dios por la muerte de ese joven inocente... Nada que hacer. Saliendo de allí San Josemaría, al bajar las escaleras, su acompañante le oyó musitar: "mañana, entierro". El acusador murió inesperadamente aquella misma noche, la pena de muerte no llegó a cumplirse, y finalmente fue liberado el reo al concurrir cirunstancias que pusieron de manifiesto su inocencia. San Josemaría rezó durante toda su vida por el alma de aquel hombre. Este hecho podemos leerlo en una de sus biografías: "Soñad y os quedaréis cortos". Un ejemplo más de cómo las venganzas personales, en demasiadas ocasiones, prostituyeron los ideales de muchos.


Una reseña más en mi memoria: la confesión de un viejo militar, amigo personal, católico que testimonia su coherencia cristiana con su vida y sus escritos. Este hombre, que reconoce sin excusas ni complejos la legitimidad del Alzamiento y lo apoyó, me repitió el siguiente tópico que ya había escuchado alguna vez: "Franco supo ganar la guerra, pero no supo ganar la paz" -refiriéndose a la represión de los vencidos.

Con todo esto, para mí queda clara una cosa: los alzados creyeron que la sublevación era la única opción legítima -o al menos actuaron como si lo fuese-, lo que les daba "derecho" a condenar a todo opositor y a no respetar al enemigo que creía haber cumplido con su deber militar y personal. Creo que eso fue injusto. Por otra parte, si es que el terror, los bombardeos y la represión eran necesarios para la victoria, entonces resulta que el Alzamiento no podía ser mantenido sólo con medios justos y, por tanto, no habría sido legítimo moralmente. Mi impresión es que los jefes militares alzados aceptaron cometer injusticias para evitar que los españoles cargaran con una cruz aún mayor. Cristianamente hablando, ese rechazo de la cruz pagando un precio de injusticia es pecado. Sin embargo, el momento era tremendo. Es verdad que la falta de dureza con los jefes enemigos podría pagarse con miles de vidas inocentes.

Muchos españoles cargaron con la cruz y dieron su vida en martirio: miles de muertos exclusivamente por su fe, perdonando a sus verdugos, y ni una sola apostasía conocida. Pero hubo rechazo de la cruz cuando se usó el terror como arma y cuando se cometieron injusticias para ganar la guerra. Tampoco puedo dejar de lado que, si bien me parece que fue también legítimo no sumarse al Alzamiento y oponerse a él en primera instancia, con el terrible devenir de los acontecimientos, el horror de las checas, sus torturas y asesinatos, las terribles masacres de civiles, la revolución interna en la zona republicana, etc., seguir apoyando al bando Republicano me parece que resultó moralmente insoportable en pocos meses, incluso pocas semanas. Con su terrible crueldad, el bando Republicano perdió la poca legitimidad que le podía quedar -yo creo que objetivamente no tenía ya ninguna-, y en aquella guerra me parece que lo único moralmente justificable era apoyar al bando nacional o, al menos, no colaborar con el mal desatado en la zona roja de ninguna forma. Las personas honradas que se dieron cuenta de esto, como el joven Francisco Castelló Aleu, no tuvieron más remedio que abandonar las armas y a algunas, como es su caso, les costó la vida.



He comentado antes las injusticias que acompañaron en demasiadas ocasiones las acciones meritorias de los alzados durante la Guerra. Juicio aparte merece la "represión", los numerosos fusilamientos con que los vencedores afianzaron el fin de la contienda. La responsabilidad que Franco cargaba sobre sus hombros era tremenda: no era su vida la que protegía, sino la vida de muchísimos otros, hombres, mujeres y niños, que morían a millares por la barbarie que habían sufrido y el hambre que aún soportaban. Moralmente, se podría considerar justo condenar a muerte aquellas personas teniendo en cuenta dos cosas: que fueran culpables de crímenes graves y que no hubiera otro medio de proteger a los inocentes de nuevas matanzas. El fantasma del comunismo y la reactivación de la guerra no se había alejado completamente. Optar por la clemencia con el enemigo, con las penosas consecuencias previsibles que ello traería, quizá no fue una magnanimidad que Franco se creyera con derecho a permitirse. Franco tomó una decisión que ahorró a muchos inocentes soportar una cruz aún mayor, pero de esa forma se hizo un gran daño a las miles de familias de los vencidos, que también tenían esposas e hijos a quienes mantener.

Es más, creo que, por todas aquellas injusticias y también decisiones justas pero durísimas, España sigue teniendo una cuenta pendiente con aquella cruz. Ya la está pagando. En un viaje a Roma, hace pocos años, escuché una homilía muy profunda al cardenal Rouco en la Basílica de San Pablo extramuros. El sitio es providencial también, porque Pablo, después de Santiago, llegó a España para sembrar la semilla de Cristo; y si Pedro yace en el Vaticano, como obispo que fue de Roma, Pablo yace extra-muros, como obispo de tantos pueblos que le deben la semila de la fe que sembró en ellos. Pues bien, decía el Cardenal Rouco que "hoy, a la Iglesia en España, le corresponde cargar con la cruz". Se refería a los prejuicios, la desconfianza y los ataques que recibe hoy la Iglesia en España. También a la decadencia moral a la que nos enfrentamos los católicos españoles, de la que forma parte Zapatero y su Gobierno. Creo que el Cardenal Rouco lleva razón. En relación con esto, me viene a la memoria la idea que tenía Juan Pablo II de que, en esta nueva hora terrible de la historia, los católicos españoles estamos de nuevo llamados a un papel decisivo. También fue Juan Pablo II quien, en otra ocasión y con tono profético, nos avisó de que entrábamos en tiempo de martirio y que debíamos estar preparados para dar testimonio.

Creo que la Providencia le ha concedido a España seguir cargando con aquella cruz. Nos recordaba cómo hacerlo Juan Pablo II, fruto de un país, mi admirada y querida Polonia, que bién cargó -¡y de qué forma!- su cruz en el siglo XX, y que hoy presenta una Iglesia viva, pujante y presente en la vida cotidiana. Al hablar de la cruz del nazismo y el comunismo sobre Polonia, el Papa nos recordaba: "no os dejéis vencer por el mal, venced al mal con el bien". Éste es el reto de los católicos españoles hoy; esto es lo que nos corresponde y probablemente exigirá de nosotros alguna forma de martirio. Que Dios nos ayude a aceptarlo y que, a pesar de nuestras miserias -que nunca faltarán, porque no somos mejores que nuestros padres- sembremos en España el bien, tan necesario para vencer los males que padecemos.


Y no me resisto a repetir aquella frase de una madre a su hijo cuando iban a matarlo, porque es la voz de todo un pueblo que regó España con su sangre y que cargó con la cruz de Cristo como ojalá seamos capaces de hacero nosotros:


- "Hijo mío, mucho valor para morir, pero mucho más amor para perdonar".


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