jueves, 9 de octubre de 2008

"No juzguéis y no seréis juzgados"




Esta es una de las enseñanzas del Evangelio que me resultan más útiles en el día a día. Y sin embargo... ¡qué mal la hemos entendido últimamente...! Recuerdo que, cuando mi padre me decía que algo estaba mal y yo no encontraba un argumento mínimamente sólido con el que llevarle la contraria, a veces le repliqué precisamente con esta frase de Jesús: "no juzguéis y no seréis juzgados". En el fondo, yo sabía que había algo en esa contestación que no funcionaba, porque Jesús mismo señaló todo lo que estaba mal a su alrededor, desde el adulterio hasta la hipocresía. Por tanto, no debía referirse a eso. Y además, a mí nunca se me habría ocurrido aplicar esa frase a lo que yo sí asumía como malo. Algo fallaba en mi interpretación.

Una vez, reproché a un amigo que hubiera hecho tal cosa para librarse de hacer tal otra. Él me respondió que yo estaba juzgando sus intenciones y que no tenía derecho a hacerlo. Añadió que yo tenía derecho a juzgar el hecho en sí y decírselo si me parecía mal, pero no a acusarle de que lo había hecho para librarse de tal otra cosa: ¿qué sabía yo? Bien mirado, tuve que reconocer que tenía razón. Muchas veces, vemos a una persona hacer algo y pensamos: "eso es porque quiere tal cosa", y vamos por ahí hablando como si tuviéramos acceso a la mente del otro. Así no hacemos más que equivocarnos, llenar nuestra cabeza de pre-juicios y sembrar cizaña por doquier. Lo hacemos continuamente, pero está mal.

Pues creo que precisamente ésa es la clave para interpretar la frase "no juzguéis y no seréis juzgados". No podemos meternos en la mente del otro, saber qué es lo que hay en su corazón para juzgarle. ¿Qué sabemos nosotros? No sabemos nada. Sólo Dios conoce el corazón de cada uno y sólo Dios sabe si es culpable de algo. Nosotros sabemos lo que está bien y lo que está mal, podemos ver que alguien hace algo malo y podemos decirle que eso está mal. Pero no podemos saber la culpabilidad que tiene en esa acción. Quién sabe el grado de confusión que tiene esa persona, lo que ha sufrido, lo que le ha llevado a hacer tal cosa. Juzgarle no nos corresponde, no somos Dios para conocer su corazón y poder hacerlo, pero además... ¿de qué sirve? Juzgar a los demás sólo nos sirve para situarnos nosotros por encima de ellos, creyéndonos mejores, y no hay nada más peligroso, ni más autodestructivo que ese sentimiento de superioridad. Además, juzgar al otro no le va a ayudar acambiar, sólo le va a causar rechazo ante nuestra prepotencia.

"Si Cristo hubiera usado con el criminal más desalmado la misericordia que ha tenido conmigo, estoy seguro que éste le sería mucho más agradecido que yo" -es una frase de San Francisco de Asís que me impactó cuando leí su biografía. Muchos leen cosas así y dicen: "ah, qué gran santo, qué humilde, decía eso para hacerse de menos". Pues si lo hubiera dicho para hacerse de menos, habría sido una falsa humildad y una mentira. Yo creo que lo dijo porque realmente estaba convencido de que era así. San Francisco veía a alguien que había cometido crímenes y no se sentía por encima de él, porque ¿quién sabe la confusión que Dios ha permitido en la vida de ese hombre o esa mujer para que haya hecho tales cosas? Quién sabe si él, con un simple arrepentirse en medio de toda la confusión de su vida, contentará mucho más a Dios que yo, que he recibido tantas cosas buenas de mi entorno, de Dios, y que apenas ando cumpliendo cuatro cositas que me cuestan bien poco. El Señor pide a cada uno según lo que ha recibido en esta vida, ya lo dijo en la parábola de los talentos. Puede que muchos nos llevemos una sorpresa, porque ya avisó el propio Jesús que "hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos" (Lc 13,30). Y para empezar, Jesús canoniza ya en vida nada menos que a San Dimas, el buén ladrón: "te aseguro que esta misma noche estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23,43).

Por tanto, la cosa está clara: podemos señalar lo que está bien y lo que está mal, pero no podemos juzgar a las personas. Peor aún es condenarlas, rechazarlas de plano como apestadas porque han hecho algo que está mal (otra cosa es la prudencia de no acercarnos a quien nos puede hacer daño). Por ejemplo, en la educación actual, eso se tiene muy claro; los educadores insisten en que, por ejemplo, nunca debemos decir al niño "eres un mentiroso", sino "eso que has dicho no es verdad, eso está mal"; o no debemos decirle "eres un desordenado", sino "tu cuarto está desordenado, tienes que ordenarlo".

Por último, decir que Jesús no sólo nos autoriza a señalar lo que está bien y lo que está mal, sino que nos anima a que lo hagamos: “Si tu hermano peca, llámale la atención a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano" (Mt 18,15). Claro que es más fácil ir por la vida "aceptándolo" todo como si estuviera bien. Hoy mucha gente dice: "para amar a alguien hay que aceptarle tal como es". Es verdad, no hay que rechazarle por lo que haga. Pero eso no quiere decir que tengamos que callarnos a todo lo que nos parece mal. Si un amigo mete la pata y no se lo decimos, me parece que poco amor hay ahí. El amor siempre es educativo, de una persona hacia la otra y al revés.

2 comentarios:

cristhian7772 dijo...

muy buen comentario amigo

Anónimo dijo...

Me pareció muy bueno el artículo

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