martes, 11 de noviembre de 2008

Mi vida en nazilandia

"Los verdaderamente malos son pocos, lo más peligroso es la gente corriente" (Primo Levi).

Cuando uno reflexiona sobre lo que ocurrió en la Alemania nazi, siempre viene a la mente la misma pregunta: ¿cómo es posible que todo un pueblo cayera en esa pesadilla, que cerraran los ojos ante la barbarie, ante la detención del vecino del cuarto, del hijo del carnicero, de la familia que vivía en el bajo? ¿Cómo es posible que se callaran ante la desaparición de la abuela en una "residencia"?
¿Y cómo se sentirían los alemanes que sí se daban cuenta de la gravedad de los crímenes que les rodeaban, y que veían cómo sus conocidos, sus hermanos, su amigo/a de toda la vida, el profesor de su hija, hacían la vista gorda ante todo aquello, cuando no lo justificaban con tonterías como "algo habrán hecho" o "eso son mentiras del enemigo"? Para mí es fácil imaginarlo, porque yo me siento exactamente así. Vivo al lado de Auschwitz, un "centro" donde entran dos y sale uno. El otro sale por la noche en una bolsa de basura. Se llama Clínica "El Sur" y se dedica a la "interrupción voluntaria del embarazo". Se anuncia en las "Páginas Amarillas", y la principal operaria viene en un cochazo y despacha veinte abortos en pocas horas. Yo, cuando vuelvo del trabajo, veo esperar a los novios, a las madres-abuelas, a las amigas, mientras se fuman un cigarro y a veces hasta echan unas risas.
Centros como ése, los hay en toda España y casi en todo el mundo. Matan a 75 millones de niños al año, según declara orgullosa la Organización Mundial de la Salud -todo un alivio demográfico-. Ministros de Sanidad y otros políticos presumen satisfechos de cómo han descendido las poblaciones de niños con Síndrome de Down, y hasta hacen de ello un reclamo electoral, como Chaves en Andalucía. Es fácil: se practica un control de calidad a todo niño que va a nacer, y si se detecta que quizá tenga algún defecto de fábrica, se manda a su madre a uno de estos centros donde entran dos y sale uno. Bueno, a veces entran tres y sale uno.
Algunos de los nazis con los que convivo, han pedido a la Organización de las Naciones Unidas que considere el aborto como un derecho humano. Supongo que aquellos nazis antiguos también consideraban un derecho matar a quien les estorbase sin que nadie pudiera protestar, así que no hay nada nuevo bajo el sol. Siempre muerte, la muerte de niños inocentes, de seres humanos a quienes se les impide nacer.
Cuando se mata a una persona, no sólo se mata lo que es, sino lo que habría llegado a ser. Es evidente, pero cientos de millones de personas se han vuelto nazis y son incapaces de verlo, y los pocos que vemos la realidad apenas podemos hacer nada. Eso sí, salvar a los que podamos sabiendo que cada persona cuenta, porque cada vida es sagrada y salvar una sola, salvando además a sus padres y su familia de cometer tal horror y ofensa a Dios, ya tiene un valor infinito.
Dicen que defender la vida prenatal frente al aborto no es cuestión religiosa, sino de moral natural, y quienes eso dicen tienen toda la razón. Yo, apoyado en la mera observación de la realidad, siempre he pensado que el aborto era un crimen, aun en los años en que no aceptaba la existencia de Dios. Pero cuando no era creyente, veía el aborto como la eliminación de un ser humano que no importaba a nadie, que se quedaba en el silencio de la nada. Ahora sé que la vida de ese inocente sí le importa a Alguien, a Dios que le ama y le ha creado; sé que ese inocente asesinado no se quedará en la inexistencia, que vivirá eternamente en el Cielo, que a los padres se les pedirán cuentas de la vida de sus hijos, y a nosotros se nos pedirá cuentas de la vida de cada uno de nuestros hermanos: de cada uno de los más de doscientos que mueren cada día en España, de los más de cien mil que son asesinados aquí cada año sin que los defendamos, de cada uno del más de un millón que hemos masacrado desde que se aprobó la ley del aborto, de cada uno de los 75 millones que mueren injustamente en el mundo cada año. El crimen es el mismo, ahora que soy cristiano, que antes. Pero yo ya no soy el mismo ante ese crimen. El amor de Dios por los que aún no han nacido me hace tomar conciencia del crimen, me interpela y me apremia a denunciarlo y tratar de evitarlo por todos los medios a mi alcance.
Tenía razón Primo Levi: los verdaderamente malos son pocos, pero lo más peligroso es la gente corriente. Sobre todo, cuando esa gente corriente cree que no hay Nadie a quien rendir cuentas del crimen o del silencio. Pero no quiero acabar con un pensamiento triste y negativo, sino con una idea positiva, una idea de acción que acuñó la Madre Teresa en ese mar de sufrimiento que es la pobreza de la India, donde ella apenas podía atender cada día a unos pocos:
"CADA VIDA CUENTA".

sábado, 8 de noviembre de 2008

Algo estamos haciendo mal


Veo lo que ocurre a mi alrededor y hay algo que no me cuadra en la actitud que estamos teniendo los cristianos (hablo sobre todo de los laicos que, en este momento, somos la respuesta más patente de la Iglesia ante los derroteros que está tomando nuestra sociedad). Hay algo que no me convence. Veo que el hecho fundamental de nuestro tiempo es que todos (cristianos y no cristianos) hemos apartado a Dios de nuestras conversaciones, de nuestros argumentos. Y sin embargo, resulta que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), adjunto al poder político y nada sospechoso de tendencia procristiana, hace una encuesta y pregunta a los españoles cómo nos declaramos en materia religiosa y el 85% declaramos que somos católicos, ¡el 85%!

Si tantos compartimos la creencia en un Dios Creador y en Jesucristo como Señor y Salvador, ¿de qué nos avergonzamos? ¿Por qué les borramos de nuestras conversaciones, por qué hemos convertido a Dios en un tabú? ¿Por respeto a los que no creen? ¿Acaso por respeto a los que no creen en la teoría de la evolución tenemos que borrarla de todas las conversaciones y de todos los argumentos?

Pongo por ejemplo el derecho a la vida. En última instancia, el derecho a la vida flaquea si no decimos en qué se basa. Y se basa en que la vida no nos pertenece, nos la ha dado Dios y es sagrada. Cuando no se tiene un sentido sagrado de la existencia, la vida acaba teniendo un precio, y ese precio se acaba comparando con otros precios. ¿Qué vale más, la vida de un no nacido o el "bienestar" de una mujer que se ha quedado embarazada de forma imprevista? Y se acaba aceptando el aborto.

La inmensa mayoría de los cristianos me dirán que ese argumento no lo puedo dar, que no puedo decir que la vida es sagrada y viene de Dios porque ese argumento no les vale a los ateos o a los agnósticos. Pero a esa objeción enfrento yo otras dos: primero, que la ley moral existe y es obligatorio reconocerla incluso antes de argumentarla. Dios la ha puesto como un sello en el corazón de toda persona, lo quiera o no, lo sepa o no, lo reconozca o no, la siga o luche contra ella. La ley moral es así, y punto. El segundo error es que los argumentos no tienen por qué valerles a aquellos que caen en el error de negar la existencia de Dios. Es como si un científico dijera que tenemos que reescribir toda la química para que pueda ser aceptable por los que no creen en la existencia del átomo. Pues lo siento: no puede ser. Si usted no cree en la existencia del átomo, hace mal, y por eso no podrá entender casi nada de química, sólo de forma muy parcial y confusa. Pues con la moral, que es la ley que Dios ha puesto en el corazón del hombre, pasa lo mismo. Es más fácil argumentar la química a quien no cree en el átomo que argumentar la moral a quien no cree en Dios. Si no hay una ley objetiva, ¿qué nos impide ponernos de acuerdo y decidir que los no nacidos, o los niños, o los judíos, o los que no alcanzan determinado nivel intelectual, son sub-humanos y pueden ser eliminados impunemente? Nada. "Si no existe Dios, todo está permitido" -como dice Iván Karamazov en la novela de Dostoievski-.

Pero claro, decir que hay leyes objetivas, decir que nadie tiene derecho a no respetarlas por mucho acuerdo que haya, es tremendamente impopular. Enseguida le tachan a uno -incluso los propios cristianos- de ser un intransigente, de creerse en posesión de la verdad, y eso es lo peor que te pueden decir hoy día. Tratamos de evitar esas descalificaciones a toda costa, y para eso evitamos mencionar a Dios y a la moral objetiva. Todo tratamos de argumentarlo con los elementos compartidos por todos, y esos elementos son tan endebles que son incapaces de sostener nada.

¿No sería mejor exponer la verdad completa, sin prescindir de nada? La verdad tiene un atractivo per se, más allá de la argumentación. Está bien argumentar las cosas, pero no hay que cifrar la verdad en la brillantez de la argumentación. No hay que ser filósofo, basta un cabrero para defender la verdad moral con pleno derecho.

A mí me parece que los cristianos estamos equivocándonos, que estamos hurtando la belleza de la verdad a este mundo tan necesitado de ella. Que estamos aplicando una falsa empatía que nos obliga a acallar lo más esencial de las verdades que conocemos. Que -como dijo Jesús que nos ocurriría- la sal se nos ha vuelto sosa y que así, sólo sirve para echarla al suelo y que la pisen las bestias, que es exactamente lo que está ocurriendo.

Lo peor de la securalización, creo yo, no es lo que están haciendo los no creyentes, sino la autocensura que nos hemos impuesto los cristianos para que no nos llamen intransigentes, intolerantes, etc. ¿Cómo evitarlo? Muy fácil: diciendo la verdad. Decir la verdad puede escandalizar, puede generar rechazo a la propia fe que intentamos trasmitir, puede dejarnos al margen y llevarnos de nuevo a las catacumbas, sí, claro. Decir la verdad tiene riesgos, pero es el único camino para evangelizar. No podemos pasarnos la vida -yo el primero, mea culpa- tratando de adaptar la verdad a lo que los demás pensamos que pueden ser capaces de aceptar, reduciéndola a cuatro formulaciones endeblitas para, al final, no conseguir ni siquiera que acepten algo tan "light".

Por otra parte, tampoco podemos esperar a ser perfectos nosotros para evangelizar. Tenemos el grave deber de ser consecuentes con lo que predicamos, pero también tenemos el grave deber de evangelizar a todos los que tenemos a nuestro alrededor. Al fin y al cabo, la verdad que portamos no nos pertenece, nos ha sido dada por Cristo a través de la Iglesia. Y el propio Dios asume que su tesoro sea llevado en vasijas de barro (2 Cor 4,7).

En fin, que hemos de extirpar la secularización de nuestros corazones cristianos, proclamar la verdad de Cristo y estudiar a su luz todas la realidades que nos rodean, si queremos cumplir con nuestro deber de ser sal de la tierra. Y eso, hasta ahora, no lo estamos haciendo. Quizá por eso, el mundo parece huérfano y perdido, sin presencia cristiana auténtica en la realidad social.
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