sábado, 8 de noviembre de 2008

Algo estamos haciendo mal


Veo lo que ocurre a mi alrededor y hay algo que no me cuadra en la actitud que estamos teniendo los cristianos (hablo sobre todo de los laicos que, en este momento, somos la respuesta más patente de la Iglesia ante los derroteros que está tomando nuestra sociedad). Hay algo que no me convence. Veo que el hecho fundamental de nuestro tiempo es que todos (cristianos y no cristianos) hemos apartado a Dios de nuestras conversaciones, de nuestros argumentos. Y sin embargo, resulta que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), adjunto al poder político y nada sospechoso de tendencia procristiana, hace una encuesta y pregunta a los españoles cómo nos declaramos en materia religiosa y el 85% declaramos que somos católicos, ¡el 85%!

Si tantos compartimos la creencia en un Dios Creador y en Jesucristo como Señor y Salvador, ¿de qué nos avergonzamos? ¿Por qué les borramos de nuestras conversaciones, por qué hemos convertido a Dios en un tabú? ¿Por respeto a los que no creen? ¿Acaso por respeto a los que no creen en la teoría de la evolución tenemos que borrarla de todas las conversaciones y de todos los argumentos?

Pongo por ejemplo el derecho a la vida. En última instancia, el derecho a la vida flaquea si no decimos en qué se basa. Y se basa en que la vida no nos pertenece, nos la ha dado Dios y es sagrada. Cuando no se tiene un sentido sagrado de la existencia, la vida acaba teniendo un precio, y ese precio se acaba comparando con otros precios. ¿Qué vale más, la vida de un no nacido o el "bienestar" de una mujer que se ha quedado embarazada de forma imprevista? Y se acaba aceptando el aborto.

La inmensa mayoría de los cristianos me dirán que ese argumento no lo puedo dar, que no puedo decir que la vida es sagrada y viene de Dios porque ese argumento no les vale a los ateos o a los agnósticos. Pero a esa objeción enfrento yo otras dos: primero, que la ley moral existe y es obligatorio reconocerla incluso antes de argumentarla. Dios la ha puesto como un sello en el corazón de toda persona, lo quiera o no, lo sepa o no, lo reconozca o no, la siga o luche contra ella. La ley moral es así, y punto. El segundo error es que los argumentos no tienen por qué valerles a aquellos que caen en el error de negar la existencia de Dios. Es como si un científico dijera que tenemos que reescribir toda la química para que pueda ser aceptable por los que no creen en la existencia del átomo. Pues lo siento: no puede ser. Si usted no cree en la existencia del átomo, hace mal, y por eso no podrá entender casi nada de química, sólo de forma muy parcial y confusa. Pues con la moral, que es la ley que Dios ha puesto en el corazón del hombre, pasa lo mismo. Es más fácil argumentar la química a quien no cree en el átomo que argumentar la moral a quien no cree en Dios. Si no hay una ley objetiva, ¿qué nos impide ponernos de acuerdo y decidir que los no nacidos, o los niños, o los judíos, o los que no alcanzan determinado nivel intelectual, son sub-humanos y pueden ser eliminados impunemente? Nada. "Si no existe Dios, todo está permitido" -como dice Iván Karamazov en la novela de Dostoievski-.

Pero claro, decir que hay leyes objetivas, decir que nadie tiene derecho a no respetarlas por mucho acuerdo que haya, es tremendamente impopular. Enseguida le tachan a uno -incluso los propios cristianos- de ser un intransigente, de creerse en posesión de la verdad, y eso es lo peor que te pueden decir hoy día. Tratamos de evitar esas descalificaciones a toda costa, y para eso evitamos mencionar a Dios y a la moral objetiva. Todo tratamos de argumentarlo con los elementos compartidos por todos, y esos elementos son tan endebles que son incapaces de sostener nada.

¿No sería mejor exponer la verdad completa, sin prescindir de nada? La verdad tiene un atractivo per se, más allá de la argumentación. Está bien argumentar las cosas, pero no hay que cifrar la verdad en la brillantez de la argumentación. No hay que ser filósofo, basta un cabrero para defender la verdad moral con pleno derecho.

A mí me parece que los cristianos estamos equivocándonos, que estamos hurtando la belleza de la verdad a este mundo tan necesitado de ella. Que estamos aplicando una falsa empatía que nos obliga a acallar lo más esencial de las verdades que conocemos. Que -como dijo Jesús que nos ocurriría- la sal se nos ha vuelto sosa y que así, sólo sirve para echarla al suelo y que la pisen las bestias, que es exactamente lo que está ocurriendo.

Lo peor de la securalización, creo yo, no es lo que están haciendo los no creyentes, sino la autocensura que nos hemos impuesto los cristianos para que no nos llamen intransigentes, intolerantes, etc. ¿Cómo evitarlo? Muy fácil: diciendo la verdad. Decir la verdad puede escandalizar, puede generar rechazo a la propia fe que intentamos trasmitir, puede dejarnos al margen y llevarnos de nuevo a las catacumbas, sí, claro. Decir la verdad tiene riesgos, pero es el único camino para evangelizar. No podemos pasarnos la vida -yo el primero, mea culpa- tratando de adaptar la verdad a lo que los demás pensamos que pueden ser capaces de aceptar, reduciéndola a cuatro formulaciones endeblitas para, al final, no conseguir ni siquiera que acepten algo tan "light".

Por otra parte, tampoco podemos esperar a ser perfectos nosotros para evangelizar. Tenemos el grave deber de ser consecuentes con lo que predicamos, pero también tenemos el grave deber de evangelizar a todos los que tenemos a nuestro alrededor. Al fin y al cabo, la verdad que portamos no nos pertenece, nos ha sido dada por Cristo a través de la Iglesia. Y el propio Dios asume que su tesoro sea llevado en vasijas de barro (2 Cor 4,7).

En fin, que hemos de extirpar la secularización de nuestros corazones cristianos, proclamar la verdad de Cristo y estudiar a su luz todas la realidades que nos rodean, si queremos cumplir con nuestro deber de ser sal de la tierra. Y eso, hasta ahora, no lo estamos haciendo. Quizá por eso, el mundo parece huérfano y perdido, sin presencia cristiana auténtica en la realidad social.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El cristiano debe actuar en conciencia, pero ha de tener en cuenta que las leyes son para todos los ciudadanos. La ley civil no está para obligar a los ciudadanos a cumplir los preceptos de la moral cristiana, sino para regular la convivencia común. Así, por ejemplo, San Agustín no es partidario de penalizar la prostitución, sino de regularla: "Cerrad los prostíbulos y la lujuria lo invadirá todo" (Del Orden II,4,12). Esto no quiere decir que San Agustín sea cómplice de la prostitución. El papa Ratzinger presenta así la posición del obispo africano: "Tal y como el hombre está hecho es mejor, en un Estado bien organizado, que eso tenga lugar de manera ordenada" (La sal de la tierra, 2007, 107). La Iglesia debe denunciar el aborto como mal moral, como lacra social; pero debe evitar la tentación del integrismo. El integrismo pretende imponer la propia moral o la propia religión a toda la sociedad.

Emilio Alegre dijo...

¿Cuál es la verdadera imposición, l verdadero integrismo: el de los que pretenden acabar con la vida de los más débiles o el de los que los quieren proteger? Los abolicionistas de la esclavitud, ¿eran integristas?

Si reconocer la vida de todos como algo sagrado, que nadie tiene derecho a despreciar, fuera integrismo, bendito integrismo.

Pero no, el único integrismo, la única imposición, es la de los que desprecian la vida de seres humanos por el mero hecho de ser judíos, negros, ancianos... o muy pequeñitos.

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