sábado, 12 de diciembre de 2009

Militia est vita hominis super terram



La noche del 9 de Diciembre pude dormir poco y mal. Los niños estaban malitos, y constantemente se despertaban tosiendo o llorando. Además, me había acostado tarde, porque la niña tardaba muchísimo en dormirse; y además, llevo un tiempo en que no consigo acostarme pronto; me quedo perdiendo el tiempo, haciendo zapping.

El día 10 salí de Cádiz con el coche a las 7:45, para llegar a la reunión de trabajo que tenía en Granada a las 11h. Llevaba en el coche el cuadro de María Emilia Riquelme (en la foto), pintado por Maribel, mi mujer. Aprovecharía el viaje a Granada para entregárselo a las monjas de su congregación. Maribel no lo había pintado como retrato; en realidad, ella había querido pintar una exaltación de la oración, de aquellas personas que en silencio rezan anónimamente por nosotros. Para pintarlo, se había fijado en una estampa de María Emilia Riquelme, pero ni siquiera sabíamos quién era. Un día, el padre Alejandro, jesuita, vino a casa,  vio el cuadro, y dijo: "¡Esta es María Riquelme!" Nos contó que era la fundadora de unas monjas que había conocido en Granada. Como ya no tenemos sitio en casa para tantos cuadros, nos pareció que podíamos regalárselo a las monjas, así que Maribel las llamó y ellas lo aceptaron. Pasaron muchos meses hasta que se dio la ocasión de llevárselo.

Así que iba en ruta hacia la reunión, y llevaba el cuadro por si no se me hacía muy tarde y me daba tiempo de entregárselo a las monjas. Sólo tenía el teléfono del convento; las llamaría por el móvil y les preguntaría cómo se llegaba.

Tomé el camino de la sierra, que es más corto que el de la autopista. En realidad, se tarda lo mismo, pero la autopista es más aburrida. Llevaba un buen ritmo y estaba ya a mitad de camino. Iba deleitándome con unas canciones que me había dejado nuestra amiga Rocío, de los carismáticos. Llevaba cinco CDs de canciones de alabanza a Dios y adoración. Saliendo de un tramo de curvas de montaña, el coche empezó a trastabillar. Había pinchado. Era la rueda trasera derecha. La carretera era estrecha  y delimitada con quitamiedos, así que tuve que seguir un poco, yendo despacio. Tardé un kilómetro o poco menos en encontrar un lugar donde dejar el coche. Allí, frente a una venta, cambié la rueda por la de repuesto. Pero la rueda de repuesto era un poco más pequeña, y tenía una pegatina naranja que avisaba de que era provisional, y que no se debía circular con ella a más de 80 Km/h. Así que le pregunté a un paisano que iba en tractor cuál era el taller más cercano, y me dijo que se encontraba en Almargen, a unos cinco kilómetros. Era un hombre muy amable.

En Almargen me arreglaron el pinchazo sin desmontar el neumático, introduciendo un churro en el agujero que había dejado el clavo causante del estropicio. Era la primera vez que veía ese sistema. Pagué los 8 euros que me costó, y seguí mi camino, pero... en cuanto entré en carretera y pasé de 60Km/h, el coche empezó a vibrar como si fuera por un pedregal. Así que volví al taller. El chaval que arreglaba los pinchazos había ido a desayunar, así que tuve que esperar. Intenté llamar por el móvil para avisar que llegaría tarde a la reunión, pero no se encendía. Era un nuevo móvil táctil que le habían regalado a mi mujer en la compañía telefónica, y que ella me había pasado a mí porque prefería el suyo antiguo, que tenía mejor agenda. El caso es que el cacharro, que había funcionado hasta entonces y habíamos cargado esa misma noche, no daba señales de vida. Me pareció que era el momento de buscar una cabina, y la encontré en el centro de aquel pequeño pueblo. Mi mujer no paraba de comunicar. La llamé también el móvil, y nada. Insistí, insistí e insistí, pero nada. Me fastidió un poco que Maribel no se diera cuenta, con mi insitencia, de que algo debía pasar, que necesitaba que me cogiera el teléfono. Luego supe que había desactivado el avisador que suena cuando  mientras hablas, tienes una llamada, y que el móvil lo tenía sin sonido. Al final, llamé a su tía y le di el encargo: llamar a Maribel, decirle que había pinchado y que la rueda estaba mal, que ella llamara a mi trabajo, y que la gente de mi trabajo llamara a los de la reunión de Granada y les dijera que iba a llegar más tarde... si llegaba.

Volví al taller y enseguida regresó el mecánico de tomar su café. Me dijo que probablemente el neumático se había deformado durante en tiempo que tuve que conducir pinchado. El problema era que no tenía un neumático como los de mi coche. Me dijo que había un taller en Campillo, que era un pueblo más grande. Así que puse la rueda de repuesto, que al menos no hacía vibrar el coche, y seguí unos 20 Km hasta Campillo, sin pasar de 90Km/h.

Me costó encontrar el taller. Estaba especializado en neumáticos, y a parecer, bien surtido. Pero tampoco tenían mi neumático. El mecánico me dijo que era un modelo muy poco corriente. De todas formas, cuando le dije que entonces me volvería despacio hasta Cádiz, me aseguró que mi rueda de repuesto era muy buena, dándome a entender que podría seguir con ella hasta Granada.

Yendo ahora a más velocidad, seguí hasta Antequera, donde me desvié hacia el pueblo, para buscar un buen taller de neumáticos. Antequera es ya una ciudad, y seguro que allí tendrían el neumático. Antes de entrar  a la localidad, pasé por la capillita al aire libre de la Santa Faz. Allí peregrinan y oran muchas personas del pueblo. Hace años, lo descubrí y, como tenía que ir de vez en cuando a Antquera, siempre paraba allí a hacer alguna pequeña oración, o incluso a rezar un rosario. Una vez me dieron estampitas, que contenían una oración de esperanza en Cristo, para rezar en medio del dolor. Lo que se venera en la capillita es un cuadro de la Santa Faz, el lienzo con que la Verónica secó el sudor y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo en una de sus caídas camino del Calvario, y que recibió la imagen de su cara ensangrentada y sufriente. La estampita se la regalé hace años a mi madre -hacía menos de un año que había muerto mi padre, y luego me dijo que aquella oración para los atribulados le había dado mucho consuelo-. Como me dijo eso, cuando una señora mayor, compañera de trabajo, perdió a su marido, también le di la estampa.

Me dio cargo de conciencia pasar por allí sin parar, pero ya llegaba tardísimo a la reunión. Me resonaba en la conciencia la frase de Jesús "sólo una cosa es necesaria", que fue lo que le dijo a la afanada Marta, agobiada con los preparativos de la visita de Jesús, cuando ésta le reprochó a su hermana María que no la ayudara a preparar las cosas y se quedara embobada escuchándole. Esta idea de pararme en la capilla, ¿era la voluntad de Dios o era un escrúpulo que me iba a retrasar en mis obligaciones? Duda sí, duda no, me pasé el desvío para acceder a la capilla, así que me limité a saludar a Cristo, representado como doliente en la imagen, con una señal de la cruz y un beso lanzado.

Encontré el taller, indicado por una amable chica que atendía una gasolinera, y tuve que esperar a que el jefe dejase de hablar con un policía para que me atendiera. Tampoco tenían mi neumático, pero me ofreció otro -más barato- de la misma medida. Lo malo es que tendría que poner dos (nuevos requisitos de la normativa, que exigen que en cada eje los dos neumáticos lleven el mismo dibujo). Me pareció mucho lo que me pedía -luego comprobé que no era así- y me desanimó ya la hora que era (cerca de la una), así que decidí volverme a Cádiz con la rueda de repuesto. Como pronto, llegaría a las dos. a Granada. La reunión, probablemente estaría acabando, así que haría un poco el ridículo, y quizá eso acabó de decidirme. Di la vuelta y puse rumbo a Cádiz.

Volví a pasar por la capillita de la Santa Faz. Aunque no tenía muchas ganas, ahora no había excusa para detenerme allí un momento, como había hecho tantas veces. Los bancos estaban mojados por la lluvia. En cuanto me puse delante del cuadro, allí de pie, y empecé apenas a introducirme en la presencia de Jesús, noté una certeza interior indudable de que tenía que ir a Granada, y llevar el cuadro a las monjas. Cuando oramos, Dios casi nunca nos contesta con palabras, pero nos contesta sin que nos demos cuenta en el corazón, nos ayuda a cambiar, a darnos cuenta de nuestros fallos... Esta vez, el Señor me hizo consciente de su voluntad en aquella pequeña misión. Además, me llenó de alegría esa certeza, esa moción espiritual, el tener aquel pequeño encargo de parte de Dios.

Como me había sugerido el mecánico de Campillo, podía continuar la marcha con la rueda de repuesto.  Ahora, todas las dificultades me parecían insignificantes. Luego, en Granada, podría cambiar la rueda o volverme a Cádiz sin pisar mucho el acelerador. Acudiría a lo que quedase de la reunión (podría llegar sobre las dos de la tarde). Por el camino, seguí en oración de alguna manera. Había rezado el rosario -hacía meses que había perdido aquella buena costumbre-, y puse los CDs de canciones carismáticas. Canté con ellos, y me introduje tanto en la alabanza, que me daban unas ganas enormes de levantar las manos, cosa que hice a ratos -al menos levanté al Cielo una de ellas, porque la otra iba en el volante-, mientras cantaba, por ejemplo: "piso tierra sagrada, mi Señor, me descalzaré ante Ti..."

Llegué al hospital donde tenía lugar la reunión,  a las dos y cuarto. Mi ángel de la guarda me encontró un aparcamiento en la puerta trasera, y le di las gracias, como siempre. Pero me resultó difícil, una vez dentro, encontrar la sala de reuniones. Aún en la planta baja, pasé junto a una puerta de cristal esmerilado, con un letrero que ponía "capilla". Aunque tenía prisa, esta vez recordé que "una sola cosa es necesaria," y entré". Apretando una vez en un gran botón que había en la pared, se descorrió la puerta, dejando ver un pasillo muy desangelado, en rampa hacia abajo. Al final, llegué a una capilla minúscula, mal proporcionada, que parecía una lata de sardinas. Me indignó cómo habían reducido -pensé- aquel espacio dedicado a Dios, aquel lugar de consuelo para los padres que tienen un hijo ingresado...

La reunión se prolongó hasta las 18:30, así que pude aprovecharla. Luego, el anfitrión de la reunión, muy amable, me acompañó fuera del hospital para indicarme cómo llegar a un taller donde me cambiaran el neumático. Luego, volví a entrar para llamar desde una cabina a las monjas y a Maribel. No tenía nada para apuntar, así que las indicaciones que me dio la monja sobre cómo llegar hasta su casa, se perdieron pronto en mi memoria. Antes de salir del hospital, vi el letrero de la capilla otra vez. Pensé que sería la misma pequeñísima capilla donde entré al llegar pero, en su lugar, encontré una preciosa y gran capilla, con un bonito Sagrario y una digna imagen de la Virgen de las Nieves. Me detuve a orar allí un par de minutos. Me había precipitado antes al juzgar la impiedad de los que habían reducido la pequeña capilla que había encontrado antes... ¡había dos capillas en el edificio, y una de ellas enorme y preciosa...! Cuántas veces pasa que juzgamos a las personas por lo poco que vemos, y no tenemos siquiera ocasión de darnos cuenta del error que hemos cometido...

Al salir, fui a que me cambiaran el neumático. Pero me di cuenta que me había dejado el abrigo en el lugar de reunión, así que, tras esperar un buen rato para que me atendieran, y mientras hacían el cambio de rueda, volví andando rápidamente hacia el hospital a por el abrigo. Tardé tres cuartos de hora en ir y volver, andando a toda velocidad.

Finalmente, me quedaba "sólo" encontrar la residencia de las monjas y entregar el cuadro. Eran las ocho y y había anochecido. Si me daba prisa, podría llegar a casa a medianoche. Pero las indicaciones que recordaba fueron insuficientes, el centro de Granada estaba atascado un viernes por la noche, y las obras del metro impedían llegar  a las zonas hacia donde me indicaban. Además, numerosos paisanos me dieron indicaciones contradictorias. Desesperado, decidí aparcar el coche, cargar con el cuadro, y buscar el sitio a pie. Finalmente, en un convento al que me habían dirigido por error, supieron darme indicación exacta del verdadero lugar. Se llamaba "Residencia Riquelmina", y estaba en un lugar nada visible, en una calle sin tráfico. Había tardado más de dos horas en encontrarla, dando vueltas por centro de Granada. Estaba cansado, pero feliz. Llamé con los nudillos al cristal de la portería, y una monja me abrió la puerta. Era muy tarde y las demás hermanas, mayores, se habían retirado ya a descansar. Le dejé el cuadro y la pobre mujer no sabía cómo corresponderme; alabó el cuadro e hizo todo lo que pudo para mostrarme agradecimiento. Me dio una bolsa con almanaques, estampitas, etc., me tomó el nombre y la dirección, y se lamentó de no poder moverse de allí para darme de cenar, pero yo preferí no verme obligado a aceptar su cortesía, porque tenía prisa por volverme a Cádiz. Llamé desde allí a Maribel, avisándole de que no llegaría, por lo menos, hasta las dos de la madrugada. La monjita de la portería -le pregunté su nombre, pero se me ha olvidado- salió afuera a despedirme e indicarme cómo volver al lugar donde había dejado el coche. "Rece un avemaría por mí, hermana, para que llegue bien a Cádiz" -le dije al despedirme. Ella me respondió que sí, y que rezaría a María Emilia Riquelme -su madre fundadora, la del cuadro de Maribel- porque precisamente ese día era la fecha de su muerte, hacía 69 años. Esta señal espiritual me impresionó, le hice ver mi asombro, y me sentí de sobra pagado y alegre por todos los avatares del día. Es un lujo saber que uno ha cumplido una misión de Dios.

Es curioso ver cómo, en una misión de Dios, tantas cosas pueden volverse en contra. No es verdad que todo "fluya", como dicen los de la "New Age". El mundo está contaminado por la consecuencias del pecado. Luchamos contra nuestra propia debilidad, contra nuestro orgullo, y contra el mismo demonio; todo eso se alía en nuestra contra. Pero unirnos a Dios nos da la fuerza, e incluso la alegría para continuar. Al acabar este día, que para aquellos a los que se lo he contado parece aciago, yo estaba tan contento, que no lo habría cambiado por otro más tranquilo.

Pero bueno, quedaba el viaje de vuelta. Compré una hamburguesa, una cocacola y un paquete de tabaco. Me comí la hamburguesa en el coche, y salí para Cádiz. Tras dar unas cuantas vueltas, salí de Granada sobre las once de la noche. Estaba despierto y alegre, pero cansado, aunque apenas lo notaba, o no quería notarlo. Además, el fin de semana anterior, unido al puente de la Inmaculada, no había descansado porque había tenido guardia en el hospital...

Cantar las canciones de los carismáticos me ayudó mucho a no dormirme al volante, por la autopista solitaria. Volví muchas veces sobre una de las canciones, haciendo voces, haciendo solos estilo "gospel", etc., cantando:

"Arranca de mi pecho el corazón de piedra,
y pon en su lugar un corazón de carne,
que te sepa alabar, que sea para adorarte..."

Cuando ya la hube cantado muchas veces, me faltaba menos de media hora para llegar. Sentí que ya estaba acabando mi jornada, y empecé a pensar en una cosa que se había dicho en la reunión. Mi imaginación empezó a rememorar la ocasión, y sin dame cuenta empecé a entrar en ese estado de pensamiento que precede al sueño. Mis ojos ya no veían la carretera, estaban perdidos en la escena de mi imaginación. De repente, entre la música que llevaba puesta, escuché dos pitidos de un coche que me sobresaltaron y me despertaron: "¡Piiii, piiii!" Miré instantáneamente por el retrovisor de arriba y no vi nada; miré por los de los lados, y a un lado y a otro, y alante: nada... Aquellos dos pitidos me habían salvado de dormirme. Di gracias a mi ángel de la guarda -que es de primera clase, todo un profesional- y a María Emilia Riquelme, mi tocaya y quizá un poco patrona por eso mismo, a la que me había encomendado aquella monjita, rogándome que fuera prudente.

Así que llegué a casa a las dos y media de la noche y le conté todo esto a mi mujer. Al día siguiente , entraba a trabajar a las ocho. Les conté la historia a mis compañeros -sin el detale de los pitidos, pero incluyendo el de la fecha de la muerte de María Emilia Riquelme-, y me pareció tan interesante el día, que he querido escribirlo para que no quede en el olvido. He omitido muchos detalles, sobre todo de personas con las que tuve contacto momentáneo ese día, que fue anteayer. Me acuerdo de casi todas. Y ese día me curé un poco de una temporada en la cual he vivido pensado que el segumiento de Jesús no tenía por qué ser tan incómodo. Sin cruz no hay segumiento de Jesús, pero tampoco hay fuerzas para seguirle sin estar unido a Él, sin que Él mismo nos muestre el camino que debemos seguir. La vida del hombre sobre la tierra es una lucha, y sus días son como los del mercenario (Job 7,1), pero esa carga es ligera, un yugo suave, comparado con el aplastante sinsentido de la vida sin Él. Jesús es nuestra alegría.

De todas formas, este fue un día de gracia, una especie de ejercicios espirituales, un momento en el que el  Espíritu Santo interviene de forma especial para enseñarnos algo. Lo más importante es tomar las claves aprendidas y vividas en este momento de gracia y aplicarlas a nuestra vida cotidiana. La clave principal, la fuente de la alegría de este día, estaba en poder conocer la voluntad de Dios y hacerla. ¿Es esto excepcional? ¡Qué va...! En el día a día, los trabajos más cotidianos que tenemos que realizar son claramente una misión de Dios: cuidar de nuestros hijos, hacer bien nuestro trabajo, preocuparnos por esos detalles que hacen la vida más amable a losque están a nuetsro alrededor... Son cosas que nos cuestan, que nos fastidian, que nos impiden  planes maravillosos, puede que hasta aparentemente heroicos, son cosas que muchas veces nos parecen sin valor y, sin embargo, son precisamente esas cosas  aquéllas en las que podemos estar seguros que hacemos lo que Dios quiere de nosotros. ¿Por qué no nos alegramos al hacerlas, por qué no nos sentimos "realizados", por qué no nos encontramos a nosotros mismos en ellas? Porque nuestra naturaleza está herida por el pecado, y a veces no nos damos cuenta de que el tesoro que buscamos, lo tenemos entre las manos y lo estamos dejando caer.

Y no nos damos cuenta de todo esto, porque estamos muy afanados con las cosas de la vida, y no nos paramos a escuchar a Dios. Si le escucháramos, nos daríamos cuenta de que todas esas cosas que nos "estresan", son realmente un tesoro que merecen de sobra el esfuerzo que nos cuestan y el estrés que nos causan. Pero tenemos que pararnos un poquito, sólo un poquito, lo que podamos, y acudir a Dios. Dijo la Madre Teresa: "El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz". A mí, Dios tuvo que pincharme una rueda para que me parase a escucharle aquel día. A otros, ha tenido hasta que partirles una pierna...

¿Estrés...? ¡La vida del hombre sobre la tierra es una lucha!

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Un vídeo muy interesante sobre esto mismo: "la mujer invisible". Mirad a partir del minuto 2:25 (el resto es también muy interesante). Pinchad AQUÍ




 


jueves, 5 de noviembre de 2009

A mi profesor

Se llamaba don Emilio. Mis padres me llevaron a la primera clase en la Sagrada Familia. Ingresaba yo en segundo de EGB, que así se llamaba entonces la enseñanza primaria. A la puerta del aula, el profesor supervisaba la entrada de los niños. Le dijeron que yo me llamaba Emilio Alegre; entonces se dirigió a mi -un niño de siete años- con aquellas palabras, con aquel cariño y respeto que siempre recordaré: "entonces, somos tocayos". Me puso la mano en la cabeza y me coló entre los chavales que iban pasando a clase.

Yo no sabía lo que significaba ser "tocayo". Aquella fue su primera lección como profesor de Lengua. Con años de lectura y dictados diarios, hizo crecer en mí la autoexigencia por hablar y escribir bien. "Hacer crecer" en todos lo sentidos, ésa era su labor, y ésa es la labor auténtica de todo profesor. Nos hablaba con respeto, llamándonos por el nombre a cada uno de sus cuarenta y cinco alumnos. No era aquélla una virtud rara, la verdad es que era común a la inmensa mayoría de los profesores que tuve a lo largo de los años en aquel colegio. Pero él era especial para mí por dos cosas: primero, porque él era mi profesor, y eso ya era un título suficiente como para respetarle y quererle como uno respeta y quiere a sus padres, aunque de forma distinta. Segundo, porque era un profesor... ¡como la copa de un pino! -perdone, Don Emilio, pero no he encontrado forma de expresarlo mejor con pocas palabras-.

Hoy, cuando tanto problema hay con la autoridad en las aulas, recuerdo que, con don Emilio, la disciplina no era un problema. Era algo que existía sin que se notase. Estaba construida a base de un constante cariño por los alumnos, y una constante exigencia desde el primer día. Nosotros íbamos allí a aprender, y él venía a enseñarnos, que para eso era el profesor. ¡Y vaya si aprendíamos...! Los ejercicios de lenguaje que diariamente él guiaba, hoy parecerían algo imposible para niños de nuestra edad; el nivel que nos pedía era altísimo. Aprendimos a leer en voz alta, día tras día, año tras año, con El Quijote, La Odisea, La Ilíada...Aprendimos a escribir con los dictados cada vez más difíciles, día tras día, año tras año... Aprendimos, en fin, que hay que hacer todas las cosas correctamente.

Qué limitada se me hace esta alabanza para ese profesor, del que mi vida intenta ser un reflejo, lo mismo que podría decir de mis padres, mi madrina, mis abuelos, así como de tantos otros buenos profesores que la Providencia quiso acercarme. Quizá, el mejor homenaje que puedo hacerle, es haberme esforzado por escribir esta nota de agradecimiento sin faltas de ortografía y con un estilo aceptable para mis escasas dotes literarias. A Don Emilio y a tantos otros buenos maestros que tuve, que antes que un niño veían en mí una persona y me trataron como tal, quiero darles hoy las gracias, de todo corazón. Les quiero mucho.

sábado, 24 de octubre de 2009

¿Un referéndum sobre el aborto?



Varios gobiernos, del PSOE y del PP, que no han respetado los derechos humanos fundamentales, con la anuencia del Tribunal Constiticional, nos han impuesto como derecho el asesinato de seres humanos indefensos, bajo la premisa de que algo decidido por un gobierno democrático se convierte automáticamente en moralmente lícito.

Esto sólo pueden pensarlo personas tan engreídas que se creen mejores que todos sus antepasados, y que piensan que por tener un sistema democrático -real o no- estamos a salvo de cometer crueldades tales como las que hemos visto en el siglo XX, el más sangriento de toda la historia de la Humanidad.

No es así. La democracia es un sistema político. Y como simple sistema político, no está por encima del bien y del mal. La democracia se basa en el estado de derecho. Aunque se votase todos los días, si no hubiera estado de derecho, no habría legitimidad posible.

Y un estado de derecho necesariamente ha de reconocer derechos inherentes a la persona, que son preexistentes incluso a cualquier noción política. Un sistema político, por muy democrático que parezca, se convierte en ilegítimo cuando se atribuye poderes que no le corresponden, como el derecho a decidir quién tiene y quién no tiene derecho a la vida. Esto es evidente para cualquiera que piense un poco y conozca la historia. No son extraños a nuestra civilización estados garantistas para una minoría, en los que una gran parte de la población ni tenía derechos ni era considerada siquiera en plano de igualdad humana con los que sí eran ciudadanos.

Así que "democráticamente" -sólo en apariencia- se nos ha impuesto el asesinato. Y alguien propone que por medios supuestamente democráticos -un referéndum- tratemos de revertir la situación. Pero un proceso no se torna democrático sólo porque se pregunte la opinión a los ciudadanos, o porque se utilicen medios propios de la democracia como las urnas y los recuentos. Para que sea verdaderamente democrático, un proceso debe respetar los principios básicos del estado de derecho, y reconocer los derechos propios del ser humano. Lo mismo que no sería democrático plantear un referéndum sobre el derecho de los niños negros a asistir al mismo colegio que los blancos, ni sería democrático siquiera discutir en el Parlamento una enmienda a la Constitución que permitiera tal cosa, tampoco es verdaderamente democrático plantear un referéndum sobre si los niños no nacidos tienen o no derecho a la vida. Simplemente, un estado que no reconoce el derecho de todos a la vida, que lo pervierte torticeramente por motivo de edad, incluso habiéndolo reconocido en su constitución -caso de España-, tiene un grave déficit como estado de derecho, y no puede considerarse plenamente su ordenamiento jurídico como legítimo, al menos en esta cuestión.

La democracia no es la fábrica del bien y del mal, sino un sistema político que sólo puede construirse realmente sobre la base del reconocimiento del derecho natural preexistente; en este caso, de los derechos humanos.

lunes, 12 de octubre de 2009

Begoña y Pilar: España es vasca.

11 de Octubre; la vizcaína Virgen de Begoña precede a la Virgen del Pilar. Como yo también soy de Bilbao -los bilbaínos nacemos donde nos da la gana- voy a referirme brevemente no a la españolidad de los vascos, sino a la vasquidad de los que somos y nos sabemos españoles. Lo vasco, podría decirse que es la quintaesencia de lo español; por eso nos duele tanto Euskadi. Decir vasco es decir persona valiente, sin doblez, que enfrenta los problemas por derecho, que sabe sufrir, amar y cantar al mismo tiempo, amante de lo suyo, amante de sus tradiciones, de su familia, de su pueblo, de su patria chica y de su patria grande, el mejor vasallo cuando tiene buen señor, como dice el Cantar del Mío Cid. Y esa es precisamente la quintaesencia del hombre y la mujer española.

Nadie puede amar de verdad su pueblo si no ama a su familia. Igual se entiende si el pueblo es España y la familia, Euskadi. Pero ha aparecido gentuza que ha emponzoñado esta realidad en beneficio propio, como si amar mucho a Euskadi implicara amar menos a España o viceversa, cuando la realidad es exactamente lo contrario.

La antítesis del vasco, el personaje más despreciable en la esencia humana vasca, es el cizañero, esa persona mezquina que hace de correveidile para provocar una pelea y sacar partido de ella. Eso fue Sabino Arana y eso son tantos como él: cizañeros, correveidiles. Por eso movería a risa, si no fuera reírnos de nosotros mismos, que un pueblo de valientes se transforme en un país de cobardes, de gentes que tuercen mezquinamente las palabras, que llaman paz a una cosa fétida y contemporizan con viles asesinos. Gentes dobladas como los del PNV, incapaces de enfrentarse a un crimen como el aborto, que nunca se sabe de qué lado están. Afortunadamente, pesa muchísimo más el ejemplo de los valientes -verdaderos vascos- que se dejan la vida por defender su verdadera herencia vasca y española, que miles de sinverguenzas peligrosos, que ni son españoles ni vascos, ni saben dónde tienen la mano derecha.

Hoy, noche del día de la Virgen de Begoña, víspera del Pilar, fiesta de España y de toda la Hispanidad, he querido acordarme de que España es también vasca, y que eso jamás nos lo podrán quitar ese atajo de cobardes y cizañeros profesionales:

De un bilbaíno nacido en Cádiz y criado en Madrid, a todos mis compatriotas vascos y españoles, el 11-12 de Octubre: ¡Viva Euskadi y viva España!

miércoles, 7 de octubre de 2009

Cada Vida Importa

Cada Vida Importa. No basta con no hacer el mal. Estoy seguro de que mucha buena gente ve con horror el aborto. Estoy seguro de que reconocen que el bebé, ése por el que todos preguntamos si es niño o niña, es un ser humano, y no deja de serlo porque haya venido “en mal momento”. Él o ella no tiene la culpa de haber aparecido inoportunamente, y hasta parece injusto tachar la existencia de un ser humano de“inoportuna”. La maravilla nunca es inoportuna, y una sola vida humana vale infinitamente más que todas las consideraciones y conveniencias.

Toda esta buena gente no se sorprendería al conocer, como comprobamos los que trabajamos con mujeres embarazadas en dificultades, que el aborto –sobre todo si es provocado- es un mal terrible, un trauma que queda para siempre, como un vacío que duele en el corazón de las chicas que abortan. No se sorprenderían de esto, porque todo el mundo sabe que una mujer no es un electrodoméstico, es una persona que tiene corazón y conciencia, aunque haya caído en la tentación de eliminar a ese hijo en un momento de debilidad y dificultad –y casi siempre, por lo que vemos día a día, sometida a insoportables presiones de su entorno-.
Pero esta buena gente que sabe todo eso, por desgracia muchas veces no llega a tomar la determinación de hacer algo. Pues bien, el próximo 17 de Octubre hay una marcha contra el aborto en Madrid, con el lema: “Cada Vida Importa”. Ojalá estuviésemos todos allí, para defender a los niños y a sus madres, para que se proteja toda vida prenatal y se planifiquen verdaderas ayudas para las madres y padres en situaciones difíciles.
No basta con no hacer el mal, es necesario oponerse a él y defender a los que no pueden defenderse por sí mismos. Muchos se desaniman y desaniman a otros, diciendo que de nada vale señalarse, de nada vale esforzarse y dar la cara, si luego los que mandan no van a cambiar nada, si todo va aseguir igual. Pero se equivocan, porque “lo único verdaderamente necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada” (Edmund Burke).

martes, 6 de octubre de 2009

Por qué no dispenso la píldora del día después



Soy farmacéutico. Cuando, en 2001, un gobierno nacional del PP aprobó la PDD y el gobierno autonómico andaluz del PSOE la ofreció gratuitamente en los centros sanitarios, yo era farmacéutico de un distrito de atención primaria de salud. Estudié el mecanismo de acción de la PDD, y todos los estudios confirmaban lo que dice la propia ficha técnica: que actúa impidiendo la concepción pero con una eficacia baja, del 50%, y que el resto de su efecto se consigue impidiendo la implantación del embrión.



Soy farmacéutico para ayudar a las personas. Creo que todo trabajo, desde el más humilde al más valorado socialmente, tiene que poder darnos la satisfacción de esforzarnos por una sociedad mejor; eso es lo principal. En particular, los profesionales sanitarios tenemos una vocación al cuidado de la salud, y no sólo del que nos lo demanda, sino de la salud de todos. Es decir, tanta responsabilidad tengo yo sobre la salud de la chica que demanda una PDD, como sobre la vida del embrión que puede llevar en su seno. Darle un producto que puede conducir a la muerte de ese ser humano, aún en fase embrionaria, va contra los más elementales principios de la profesión farmacéutica.



Por eso, aunque entonces tenía un contrato precario de obras y servicios y mi sueldo era el único que entraba en casa, tomé la determinación de negarme a cualquier intervención profesional que tuviese algo que ver con la PDD. Cuando cambié de trabajo y fui al hospital, comuniqué la misma decisión a mi jefe de servicio. Y así he actuado siempre que se ha presentado ocasión.
Hoy me encuentro con la barbaridad de que este producto ha sido aprobado para su compra sin receta en las farmacias. No ha parecido importar al Gobierno, que sea un producto que atenta contra la vida humana, ni siquiera el hecho de su inseguridad en administraciones repetidas y en adolescentes, ni que se haya demostrado epidemiológicamente que su disponibilidad no disminuye la incidencia de embarazo imprevisto. Aprobarla y extender su uso son decisiones propagandísticas de una ideología que desprecia la vida humana prenatal, no decisiones sanitarias. Para colmo, el Ministerio de Sanidad engaña a la población diciendo, en un folleto oficial, que no es un abortivo porque no actúa cuando el embrión ya se ha implantado, entrando en un desafortunado juego dialéctico para ocultar la verdad: que impide la implantación del embrión, y por tanto conduce a la eliminación de un ser humano. Ese folleto está colgado tal cual en la web del Consejo General de Colegios de Farmacéuticos, sin pudor alguno. Y ya está aprobada otra píldora (ulipristal) que puede usarse hasta cinco días después.



Si aun esto falla, tenemos el aborto libre y financiado como un derecho con nuestros impuestos. Y como, finalmente, el aborto falla en solucionarles la vida a las adolescentes y sus familias (se la destroza), la vergüenza y la incomprensión acaban imponiendo su fétido silencio sobre la soledad y la tristeza de cientos de miles de mujeres jóvenes, a quienes se ha educado en la falacia del “sexo seguro”.



Algún día, tarde o temprano, alguien se preguntará y nos preguntará cómo pudimos caer tan bajo los farmacéuticos, hasta llegar a constituir un peligro para los padres que quieren dar una educación humana y responsable a sus hijos e hijas, porque se nos reputa capaces de venderles esto, ya incluso sin receta, precisamente a nosotros, que tenemos la responsabilidad ante la sociedad de velar por la salud. La respuesta a cómo hemos caído tan bajo está muy clara, y podemos encontrarla, por analogía, al final de aquella inolvidable película sobre los juicios de Nuremberg: “se llegó a esto cada vez que dispensamos un producto, sabiendo que atentaba contra la salud y la vida humana”. Esa responsabilidad profesional la tenemos y debemos autoexigírnosla. Tarde o temprano, alguien lo hará.



En fin, la respuesta a por qué no dispenso la PDD es simple, y se encuentra ya en la primera frase de este comentario.


lunes, 24 de agosto de 2009

Si Cristo es Dios, ¿por qué hay tan pocos cristianos?

El Jabón

Un cristiano estaba caminando por la calle cuando se encontró con el dueño de una compañía que fabricaba jabones.

Mientras hablaban, el fabricante de jabones dijo: -"El evangelio que usted predica no puede ser muy bueno, porque todavía hay mucha gente mala".

El cristiano notó que había un niño cerca jugando con lodo. El niño estaba manchado de barro de pies a cabeza.

El cristiano dijo a su amigo: -"Su jabón no puede ser muy bueno, porque todavía hay mucho sucio en el mundo".

El hombre respondió: -"Bueno, solamente limpia cuando una persona lo usa".

-"¡Exactamente!... Igual pasa con el Evangelio"- dijo el cristiano.




"¿Señor, por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?"

Esta pregunta es dura y clara, sobre todo conociendo -como hoy conocemos- lo que pasa en todo el mundo. Aproximadamente, (sólo) un 25% de la población mundial está bautizada. Y es visible que muchos de los supuestamente cristianos tampoco parecen o parecemos tener en Cristo el centro de nuestra vida. Entonces, ¿cómo podemos creer que Cristo es Dios? ¿Acaso le parece bien a Dios dejar a las tres cuartas partes de la Humanidad sin saber cuál es el sentido de la vida?

Empezaré por el final, y daré varias razones:

1. Que la mayoría de los cristianos no nos comportemos como debemos, no significa que no seamos cristianos. Cada uno hace lo que puede, y ser cristiano significa también reconocer que uno no es como debiera ser y acogerse a la misericordia de Dios. Por supuesto, debemos exigirnos más coherencia y pedirle a Dios muchísima más fe y más gracia para conseguirlo, pero eso no significa que no seamos cristianos.

2. Cristo también se acerca a los no cristianos, aunque ellos mismos no lo sepan. ¿Se va a presentar Dios sólo a unos pocos? Esta es una pregunta razonable, que ya se le ocurrió a alguien en el siglo I, y se la preguntó a quien podía contestársela. El autor de la pregunta fue el apóstol San Judas Tadeo (no el traidor). El que se la respondió, Jesucristo:

"Judas -no el Iscariote- le dijo: "Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?" Jesús le respondió: "El que me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará; e iremos a él y haremos morada en él" (Juan 14).

Opino que la respuesta que da Jesús entronca con la doctrina sobre la conciencia que cita el Catecismo: "la conciencia es el primer vicario de Cristo" (Cardenal Newmann). Significa que Cristo habla a todos los hombres a través de la conciencia. Quien sigue -de verdad- su conciencia, "guardará su palabra" (la palabra de Cristo, aún sin saber de quién es), y Jesús promete que Él y el Padre "irán a él y harán morada en él". La Iglesia Católica sostiene que Cristo se hace presente también en el alma de los no cristianos, aunque por formas "que Dios conoce", lo cual es una forma de decir que nosotros de momento no sabemos cómo se realiza eso (Decreto "Ad Gentes" del Concilio Vaticano II y Declaración "Dominus Iesus" de la Congregación para la Doctrina de la Fe).

En un libro de doctrina cristiana de los años 50 encontré una muy buena explicación para esto mismo: la Iglesia tendría "cuerpo y alma"; el cuerpo lo formaríamos todos los bautizados; el alma incluiría también a todos aquellos que, sin conocer a Jesús, están unidos a Él porque siguen la voz que Él ha inscrito en su conciencia.

Eso significa que muchos no cristianos pueden salvarse. Se salvan porque, aunque ellos mismos no sean conscientes de ello, están unidos a la Persona de Cristo y pertenecen a su Iglesia.

3. Dios es justo y ve el corazón de las personas. Dice la Declaración "Dominus Iesus", citando a Lumen Gentium, 14 (Concilio Vaticano II), que "es necesario recordar a los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad". Recordemos la parábola de los talentos. Dios exige más a aquél que más "talentos" ha recibido. Haber recibido el mensaje cristiano es un privilegio que conlleva una enorme responsabilidad, porque Cristo será más exigente con nosotros.

4. No reconocer el enorme privilegio que Dios nos ha hecho al revelarnos a Cristo, al revelarnos el sentido exacto de nuestra existencia y nuestra vida, sería una falsa humildad. Muchísimos merecerían por méritos propios ese don mucho más que nosotros, claro está. Pero ¿sería humilde la persona a quien han enseñado a leer, si fuera a un pueblo donde casi nadie sabe leer y viviera como si él tampoco supiera, en lugar de seguirse formando, ayudar y enseñar a los demás con ese don que tiene?

"La humildad es la verdad", no reconocer lo bueno que se tiene es una falsa humildad, tan falsa como la hipocresía. No se es humilde por creerse uno menos de lo que es o lo que tiene; se es humilde por reconocer que no se merece tanto como tiene, y por eso ser consciente de la enorme responsabilidad que significa eso hacia sí mismo y hacia los demás. El que tiene una falsa humildad y se hace el "pobre", es como si cogiera los talentos que Dios le ha dado y los enterrara en el suelo.
Así que... hagamos "recuento": Cristo está salvando a personas que no le conocen pero que siguen su conciencia; a muchos que, en el Tercer Mundo, sufren el hambre, la guerra, la injusticia... ("bienaventurados los pobres, etc., porque de ellos es el Reino de los Cielos"). Cristo está salvando a muchos cristianos que siguen sus enseñanzas... Por tanto, realmente, lo más preocupante debe ser haber recibido el mensaje de Cristo y no acogerlo, o acogerlo pero no serle fiel. Si queremos ampararnos en el número, pensando que muchos otros están igual de alejados de Cristo que nosotros por diversas razones, me temo que algún día veremos como muchos estaban sin saberlo mucho más unidos aCristo, y nosotros, por hacernos los tontos hasta la idiotez, nos hemos quedado "fuera de juego".

Pero aun con todo esto, reconozco que puede ser difícil pensar que tenemos que aceptar la doctrina de Cristo cuando, aparentemente, todos andan a otra cosa. Creer y seguir a Cristo es pensar y vivir a contracorriente. Ya Cristo, en su vida, sufrió el hecho de que le abandonaran la mayoría de sus discípulos. Decían que su doctrina era increíble (se autoproclamaba como proveniente de Dios Padre), que era muy dura (p. ej., no aceptaba el divorcio, y aunque no se trataba de cumplir infinidad de preceptos puntillosos, sus enseñanzas eran más exigentes en realidad que la ley judía), decían que estaba loco (eso de pedirles que comieran de su carne y de su sangre, y decirles que si no lo hacían, no tendrían vida, sonaba "raro")... Muchos no confiaron en Él y se apartaron antes de poder averiguar completamente qué era lo que les quería decir. Entonces, Jesús les preguntó a Pedro y a los que quedaban si también ellos iban a marcharse. Pedro les dijo: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna" (Juan 6, 68). La doctrina de la Iglesia es difícil de creer, más en este mundo actual. Pero es la única explicación que da verdadero sentido a nuestras vidas. O eso, o nos conformamos con vivir una vida sin sentido. Sólo Cristo tiene las palabras de vida eterna que ansía nuestro corazón. "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti" (San Agustín).

Y para el que tenga fe, quisiera recordar un detalle que a mí me sacó de un error: Dudar no es bueno. La duda voluntaria contra lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos propone creer es un pecado contra la fe y el amor a Dios (como dice el Catecismo, art. 2088), y nosotros tenemos el deber de velar por la pureza de nuestra fe y rechazar la duda. Podemos tener muchas dificultades, no comprender, pero "diez mil dificultades no hacen una sola duda" (Cardenal Newmann). Decía Santa Teresita: "Señor, no te entiendo nada, pero te creo todo, porque me fío de Ti". Y San Agustín nos recordó que, la mayoría de las veces, primero es creer, y luego comprender: "Creo para comprender, y comprendo para creer mejor". Así que, aunque sólo fuéramos cuatro los que acogiéramos el mensaje de Cristo, eso no le restaría un ápice de verdad a la realidad de que Él es el Salvador de todos los hombres, que se unirán a Él para siempre si no le rechazan.

viernes, 21 de agosto de 2009

¿Qué es una nación?


Dijo nuestro presidente Zapatero que "nación" era un término discutido y discutible. Y para una vez que ha dicho algo con cierto sentido, muchos se le echaron encima. Yo creo que es verdad, que no hemos profundizado mucho en lo que es una nación, -en lo que es ser español, en nuestro caso-, y creo que hoy necesitamos respuestas más que nunca, sobre todo porque nuestra nación, España, está amenazada, y porque algunos reclaman para otras naciones -Cataluña, Euskalerría... y hasta Andalucía- el reconocimiento de una entidad que reclaman como incompatible con la nación española.

Como españolito de a pie, nada versado en disquisiciones político-filosóficas, mi idea no tiene más valor que la realidad que logre encerrar en ella. De lo poco que he leído, la "Idea de la Hispanidad" del filósofo converso García Morente me ha parecido lo más acertado. Superando la idea de que la nacionalidad es un sentimiento, él plantea la nacionalidad como "estilo", como forma específica de andar por la vida, y en el caso español, como estilo de ser cristiano, tomando al caballero cristiano -retratado en el caballero de la mano en el pecho o en "Las Lanzas" de Velázquez- como paradigma o quintaesencia del ser español. Reconozco que España ha creado un modelo humano impresionante y extendido por todo el mundo. Podemos verlo también en El Quijote, y comprobarlo en personajes reales como San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, y en mujeres como Catalina de Aragón o María Estuardo ("la Reina Mary de los escoceses").

Hablando de Escocia: en un viaje a Edimburgo, precisamente en el castillo donde vivió la Reina Mary, me topé con una imagen que me refirieron como arquetípica del ser escocés. En la iglesia había una ceremonia de tradición militar. De repente, un hombre completamente ataviado a la escocesa y gaita al hombro, salió de forma rápida y firme, ajeno al mundo y con el pensamiento ensimismado. Se dirigió a uno de los riscos que coronan la escarpada montaña que sustenta la fortaleza, y dirigió al viento la melodía de su gaita, sin preocuparse lo más mínimo de lo que sucediera o no a su alrededor. Así estuvo, en un cuadro realmente armónico e impresionante, hasta que se le ocurrió dejar de tocar y volver a la ceremonia. Era el arquetipo de "el gaitero solitario", que por lo visto debe recoger bastante del espíritu, carácter o estilo escocés.

Si buscara un arquetipo inglés, seguramente lo encontraría por ejemplo en los "Inkligs", entre los que se encontraban Tolkien, Lewis, Williams, etc., que se reunían frecuentemente en una taberna a compartir sus inquietudes de todo tipo acompañadas de unas pintas de cerveza, y que dieron algunas de las páginas más constructivas de la moderna literatura de ficción, como Las Crónicas de Narnia o El Señor de los Anillos. En su búsqueda cortés y flemática de la verdad no se apartan nada de esa otra gran figura ejemplar que fue Santo Tomás Moro, capaz de plantarle cara -pero con total flema inglesa y sin despeinarse más de lo necesario- nada menos que al monstruoso Enrique VIII, lo que pagaría con la vida. Y todo, sin aspavientos y con un sentido del humor perenne.

Es verdad, al menos grandes naciones como España e Inglaterra han dado al mundo modelos de persona. Pero ¿es el estilo el que sustenta la nacionalidad? Yo no diría que no, pero no sólo. Creo que la nacionalidad tiene fondo y forma, y que el estilo es la forma. Pero el fondo es lo más desconocido; ¿cuál es la esencia de una nación?

El Catecismo de la Iglesia Católica, sin entrar en este tema, da una pista, una analogía, que yo creo que es la clave para descubrir qué es una nación. Y es que el Catecismo menciona brevemente el amor a la patria como parte de la doctrina sobre el cuarto mandamiento: "honrarás a tu padre y a tu madre". Es decir, la analogía se establece entre la nación, o la patria, y la familia. ¿Y qué es la familia? Es una comunidad que se hace tanto a través de elecciones personales (casamiento, tener hijos), como de hechos que nos son dados (ser hermano, hijo o nieto son dones que no se eligen, que se nace con ellos). Es más, aunque se puede elegir ser padre, nadie elige ser padre de su hijo precisamente. Y aun si tuviéramos que analizar por qué hemos tomado la decisión de amar a tal persona para casarnos con ella entre tantos millones que hay en el mundo, tendríamos que reconocer la intervención de la Providencia en todo. Así que yo creo que, por analogía con la familia, la nación es también una comunidad humana alentada por la Providencia y formada por las acciones de los hombres.

¿Cómo se forma esta comunidad? La observación nos permite ver que "el roce hace el cariño", exactamente igual que en el amor humano. El "eros" abre camino al "agapé", y la nación se va consolidando mientras se comparten vivencias positivas y negativas, ilusiones, victorias y fracasos, "en lo bueno y en lo malo", "en la salud y en la enfermedad", "en la riqueza y en la pobreza". Así, es evidente el nacimiento de España en la Hispania romana, su mantenimiento hasta el florecimiento político y cultural tras la unificación visigótica, especialmente tras la conversión de Recaredo, y su mantenimiento a pesar de hallarse dividida en distintos reinos y el hecho de que gran parte de sus hijos, los mozárabes, vivieran bajo el dominio musulmán. A lo largo de todo este tiempo encontramos también el arquetipo hispánico en San Isidoro, los mártires cordobeses, Fernando III el Santo, Santo Domingo de Guzmán y tantos otros, lo que nos hace ver que el modelo español no nace en el Siglo de Oro, aunque florezca y se internacionalice en él. ¡Pero si hasta en la película "Gladiator" se nos enseña ese arquetipo -todavía en gestación, es verdad-, en el fiel general romano que, reducido a esclavitud y obligado a luchar en el circo, es aclamado por todos como "¡Hispanus, Hispanus!" Esa fidelidad a Roma, a quien ostenta legítimamente la autoridad, creo que es una de las claves del ser hispánico, resumido en el aforismo "¡qué buen vasallo si tuviera buen señor!". Claro, cuando ese Señor ha sido el mismísimo Jesucristo, el modelo español ha dado personajes de la viveza de San Ignacio, San Fernando, Catalina de Aragón o María Estuardo, reina extranjera cantada y admirada aún por los escoceses como si fuera carne de su carne. En esta última vemos que, precisamente, uno de los frutos de encarnar el ideal de una nación es ése: ser capaz de unirse firmemente a personas de otras nacionalidades. La nacionalidad no es excluyente, todo lo contrario. Nacer en una buena familia y encarnar las buenas enseñanzas que recibimos en ella nos facilita la relación y el reconocimiento de los que han nacido en otras familias. María Estuardo es española y escocesa de pies a cabeza, y no hay en ello ninguna contradicción. Dio gloria a su España natal sirviendo lealmente a la Escocia que la adoptó. Y pensar que hay gente a quien ser español le estorba para ser por ejemplo, catalán.... Eso es porque no son realmente ni lo uno ni lo otro. El nacionalismo no es más que una gran mentira, una gran excusa.

Pero no quiero alejarme del argumento principal. He dicho que la nación es una comunidad humana formada mediante la convivencia y la común participación de lo bueno y lo malo. Falta algo en esta idea de lo que es una nación, porque tiene el aspecto "unitivo", pero se nota la ausencia del "procreativo" para que la analogía con el matrimonio sea completa. Es claro que en la unión hay un deseo de compartir objetivos comunes; España se ha unido -aunque imperfectamente- en la lucha contra el Islam; en la colonización y evangelización de América (con defectos y ausencias notables por la parte aragonesa); en la lucha contra Napoleón y en la lucha contra el comunismo. Se ha unido para mantener en el tiempo su propio ser de pueblo autónomo, libre, su soberanía. Esta es una forma de deseo procreativo. ¿Por qué se defendió España?, ¿por una mera cuestión política? No lo creo. La verdadera razón es que esas amenazas ponían en peligro su propio ser, la existencia de una comunidad ya creada, sus costumbres, sus objetivos, su arquetipo humano. Qué difícil es aprehender todo eso en una idea, pero por simplificar podemos llamarlo "herencia". Así, la nación sería una comunidad humana natural alentada por la Providencia divina y formada por las acciones de los hombres, mediante la convivencia y la común participación en circunstancias favorables y adversas, que se hace portadora de una herencia, y cuyo objetivo es la cooperación de sus hijos en la mutua santificación y el mejor servicio a los demás hombres, a mayor gloria de Dios.

Esto último (cooperar en la mutua santificación y servir mejor a los demás hombres, a mayor gloria de Dios) es la finalidad de toda familia, es más, de toda verdadera comunidad humana. Qué le vamos a hacer si eso no dice nada al 99% de nuestros conciudadanos y de mis lectores potenciales. Pero es lo que creo y no puedo traducirlo a términos aceptables por la mayoría. Ya sé que un filósofo debe ser capaz de comunicarse con sus conciudadanos, pero yo no soy filósofo, soy sólo una persona que piensa sobre los problemas que le atañen. Que otros intenten lo "imposible", si es que tienen ánimos y más capacidad para ello que yo...

En todo caso, quiero recordar la Constitución de 1812, que en su artículo 6 decía cosas muy ridiculizadas luego, pero muy profundas y acertadas, según pienso:

Art. 6. "El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, el ser justos y benéficos".

No sólo me refiero al amor a la Patria, sino también a la justicia y la beneficencia. El amor a la Patria es una obligación que se tiene por nacimiento en esta comunidad humana, como el hijo debe amar a como padres a sus padres, y no a otros. Y amar a sus padres como padres no quita nada a la obligación de amar a todos, todo lo contrario. El verdadero amor no es excluyente, y así, el verdadero patriotismo no es excluyente. El que ama a su familia, más fácilmente comprende el amor que debe a todas las familias. Pues por lo mismo, el que ama a su patria, más fácilmente comprende, admira y ama otras nacionalidades. El nacionalismo excluyente que fomenta rencillas y odios internacionales no tiene nada que ver con el verdadero patriotismo. El nacionalista no ama a su patria -a la que las más de las veces desconoce-, sino que la utiliza como excusa para justificar su odio, incluso contra sus propios conciudadanos. ¿Qué les parecerán a los nacionalistas vascos San Ignacio, Elcano, Unamuno...? ¿Y los bilbaínos que clamaban y luchaban a fionales del XIX contra la independencia de los territorios hispanos de ultramar? Los nacionalistas vascos no defienden la auténtica tradición vasca, tanto más vasca cuanto más española, y tanto más española cuanto más vasca. Yo diría que sí que existe una patria vasca, pero integrada en la nación española; tan integrada, que no se puede romper una sin romper la otra. Si los vascos reniegan de España, no sólo dejarán de ser españoles, dejarán de ser vascos. Me parece que puede haber una patria grande, una patria chica y una patria mediana; el amor no siembra discordias y hace posible lo imposible. Lo que siembra discordias es el odio, disfrazado en este caso de patriotismo. El odio siempre utiliza excusas para desvirtuar lo más valioso: el amor a Dios, al amor a la familia, el amor a la patria... así se generan verdaderas imposturas como el fudamentalismo religioso intolerante, los celos y disputas familiares, el nacionalismo excluyente, la xenofobia...

Eso sobre el amor a la Patria. Pero la Constitución de 1812 me parece clarividente al exigir al español ser justo y benéfico; eso es algo que forma parte de una verdadera nacionalidad. No es algo específico, es algo exigible a todo ser humano por el hecho de serlo. Pero el ser español es razón de más para exigírselo, porque el objetivo de una nacionalidad cualquiera, y el de la española en particular, es precisamente, como ya he dicho, cooperar en la mutua santificación de los conciudadanos y servir mejor a los demás hombres. Eso está en la razón de ser de una nación. Si esto no estuviera presente, no sería nación.

Por tanto, la Constitución de 1812 acertó al exigir justicia y beneficencia, porque eso está en línea con el verdadero objetivo de toda nación. Por desgracia, la misma Constitución de 1812 se queda un poco en lo superficial al afirmar que "el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen". El "bienestar" es muy bueno, pero una sociedad no llega a ser nación si se queda ahí. Si el fin de una sociedad "no es otro que el bienestar de sus individuos", podemos afirmar que estamos ante una sociedad decadente. Nadie sacrificaría su vida por su bienestar, y sin embargo, muchos españoles la sacrificaron en la guerra contra Napoleón; no era sólo su bienestar lo que defendían, desde luego.

Con la mera opinión de un católico poco ilustrado, voy sin embargo a tratar de justificar empíricamente la existencia real de una comunidad natural llamada nación. "Natural" es un adjetivo que no he usado por contraposición a "humano", sino por contraposición a "artificial". La familia es una comunidad humana, pero no es una comunidad artificial, es una comunidad de derecho natural. La diferencia es que una comunidad natural es un ente real, es decir, que existe a los ojos de Dios. "Lo que uno es ante Dios, eso es y no más", dijo San Francisco, y puede traerse aquí a colación para aplicarlo a una comunidad humana. ¿Contempla Dios la existencia de las naciones? Ya parece indicarse que sí cuando el Catecismo señala el amor a la Patria como parte del cuarto madamiento, de piedad filial. Pero hay algunos testimonios más que parecen dar fe de ello. Toda la vocación de Santa Juana de Arco, a la que Dios envió expresamente a reponer la amenazada existencia de Francia y a coronar a su rey -por cierto, pese a tratarse de un príncipe pusilánime y disoluto-, parece indicarlo. Es más, a Santa Juana se le aparece como protector de Francia el Arcángel San Miguel.

Todos tenemos un ángel de la guarda que Dios nos asigna para ayudarnos a alcanzar la salvación y la santidad. La tradición popular católica también habla de un "ángel de la guarda "propio de comunidades como el matrimonio y la familia. ¿Acaso tiene también cada nación un ángel protector? Pues atendiendo a las apariciones de Fátima, también parece que sí. Allí se aparece un ángel a los niños pastores que se presenta así: "yo soy vuestro ángel de la guarda, el Ángel de Portugal".

¿Acaso la pertenencia a una comunidad concreta nos hace injustos con los demás? No, todo lo contrario. No hay nada con más garantías de acabar en algo difuso e injusto que un amor vago, inconcreto, supuestamente "absoluto"... Que yo ore por la salud de mi padre enfermo no significa un menosprecio a los demás enfermos del mundo, todo lo contrario; y Dios, que no es tonto, sabe acoger esa oración en su esencia de amor, no es ese mezquino reduccionismo de los que ven en la concreción la antítesis de la perfección. A la perfección se llega por la concreción, como sabemos muy bien los cristianos, porque la Segunda Persona Divina se encarnó y se hizo hombre en Palestina y fundó la Iglesia sobre Pedro, hace unos 2000 años. Una bendición mayor de lo concreto es imposible.

Santa Clara nos da un ejemplo sencillo de esa concreción "patriótica". Caundo las hordas sarracenas de Federico II se dirigen a tomar Asís, todo el pueblo se refugia tras las murallas. Todos... excepto un grupo de monjas que, en su pequeño monasterio de San Damián, a 3 Km de la ciudad fortificada, permenecen en su clausura de oración. En su plegaria, Clara pide a Dios que las libre de sufrir daño, a ellas y a todo el pueblo. La oración es atendida inmediatamente y las tropas, famosas por su dedicación a la profanación anticristiana, la violación, el asesinato y el saqueo, son confundidas y dejan Asís sin atacar. Clara no ora por todo el mundo, ora por la ciudad de Asís, aunque no estuviera en su ánimo, evidentemente, la indiferencia ante el padecimiento de otros pueblos, sino todo lo contrario. Pero ella se ocupa de la realidad en que la Providencia la ha insertado, lo mismo que el hijo se preocupa de la salud de sus padres. En ese sentido, la nación puede ser análoga de nuevo a la propia familia, sin que la concreción implique reduccionismo, todo lo contrario.

En fin, creo que ya he dado algunas ideas sobre lo que pienso que es realmente una nación, y la española lo es, desde luego. No en vano, quiso la Providencia que Colón pisara América el día en que se celebraba ya entonces la fiesta dedicada a la Patrona de España, la Virgen del Pilar, la que le aseguró al Apóstol Santiago, sobre la roca a orillas del Ebro, que aquí habría buenos cristianos hasta el final de los tiempos.

Espero que los amigos que entren aquí no se escandalicen demasiado por la claridad con que abordo estos temas desde una perspectiva sobrenatural. De poco servirá que yo les diga que no me he vuelto loco, que es la sociedad la que hace "tabú" de realidades espirituales como éstas, tan reales como las teclas que mis dedos presionan al escribir; pero en fin... qué le vamos a hacer.

domingo, 16 de agosto de 2009

La mística de Antonio Machado

Campo de Castilla, de Nuria Vicente

"Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino ira?

Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero…
- La tarde cayendo está -.

“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logre arrancármela un día;
ya no siento el corazón.”

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los alamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
quié te volviera a sentir
en el corazón clavada.”

En mi período de post-conversión, me alimentaba con la poesía de los grandes místicos españoles (Santa Teresa, San Juan de la Cruz...), pero también con algunos poemas de Antonio Machado, recogidos con buen criterio por Torcuato Luca de Tena en su estupenda selección de "La Mejor Poesía Cristiana". Éste lo aprendí de memoria y me lo recitaba a mí mismo en el coche, al ir a trabajar, cuando me quedaba solo en casa, etc. Así que me he animado a escribir un análisis de aficionado sobre estos versos, de clara iconografía y mensaje cristianos, escritos por alguien que no había aceptado la fe y se dolía de ello.

"Yo voy soñando caminos de la tarde..." Es la tarde de la vida; el poeta siente que quedó atrás la alborada, la juventud, el tiempo en que se disculpan los desvaríos. El tiempo impone su ultimátum; empieza a ser la hora de la verdad, y eso le hace enfrentarse de nuevo a las preguntas más esenciales para apostar la vida en respuestas que cada vez serán más definitivas. La tarde... "a la tarde, seremos examinado en el amor", había escrito San Juan de la Cruz. El aire castellano del santo parece ser el mismo paisaje físico y espiritual de los versos de Antonio, el poeta moderno. Este campo de Castilla es un paraje límpido donde nada se oculta a la luz del sol; es el lugar de la verdad, donde no se permiten divagaciones, como aquel "desierto" místico del libro de Oseas: "la atraeré al desierto y le hablaré al corazón". Este lugar, inhóspito para el lujo y el desvarío, ha templado a fuego el alma castellana, y es el lugar del encuentro con la verdad para Antonio, el gran poeta moderno de alma andaluza, de la moderna Castilla. No importa si el campo en el que se inspiró Antonio era andaluz o castellano; un campo de mieses doradas, suaves colinas y álamos que denuncian un invisible riachuelo es de hecho el prototipo del campo de Castilla, que desde la épica medieval hasta la poesía de Antonio Machado, pasando por la mística de San Juan, tiene una entidad estética y simbólica propia.

"Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas..." Colinas doradas del trigo agostado de Castilla, y también de las almas cristianas de esta tierra, cosecha de santos. Dorado también de los retablos castellanos, que representan el Cuerpo Místico de Cristo, la unión inseparable de Dios con su Pueblo, la Iglesia. Colinas que son recuerdo de aquella de Jerusalén, donde el grano de trigo venido del Cielo murió para dar fruto, para convertirse en ese Pan que sería vida del mundo. Igual, en las colinas y campos de Castilla, el trigo crece para alimentar físicamente a los pobladores de esta tierra, y también sirve para hacer ese otro pan que se convertirá, en los altares, en el Cuerpo de Cristo.

Antonio no está ciego, ve esas colinas doradas, esa cosecha de cristianos, dorados por el sacrificio, que da esa tierra de Castilla; su presencia le interpela.

Los verdes pinos parecen la antítesis juvenil de las polvorientas encinas: pasión y temperamento frente a madurez y experiencia, también vitalidad frente a la decrepitud de lo polvoriento, casi cruel recordatorio de la vida, de esa angustia que el poeta siente por estar enfilando ya el ocaso. Todo esto enmarca el paisaje de ese elemento clave en la obra de Machado: "el Camino".

"Caminante, no hay camino", exclamará entre decepcionado y resignado en su mayor momento de desesperación, en uno de los poemas más desgarradoramente huérfanos de la modernidad. Pero, en aquel campo castellano, el camino es evidente; Antonio lo contempla, por eso se pregunta: "¿adónde el camino irá?" ¿Qué es este camino? Deberíamos preguntar, mejor, "¿quién es es este camino?" porque no es otro que aquel que dijo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al padre, sino por Mí". Ya en los primeros tiempos del cristianismo, cuando aún no tenían este nombre de cristianos, a esa nueva derivación del judaísmo se le llamó "el camino". Ese es, creo yo, el camino por el que Antonio se pregunta. No sabe si llevará a Dios o será una ilusión, un trabajo inútil; no sabe si esa cosecha dorada de cristianos será recogida por Dios o quedará muerta para pudrirse sobre los campos. En ese momento de su vida, Antonio se siente llamado a decidir, pero no encuentra respuestas.

Llama la atención el deseo de Antonio Machado de encontrar la verdad. Es claro que le atrae el cristianismo, pero no lo abraza porque no sabe si es verdadero. Necesita un permiso intelectual para dejar libre a su corazón en busca de Cristo, pero el permiso no llega, y su tiempo va pasando. Esta es la soledad de Antonio. Yo mismo me he sentido como Antonio en un momento de mi vida. Hablé con un buen amigo y me dijo que si seguía buscando una certeza intelectual, me podía pasar así toda la vida; me animó a "dar el salto" de la fe, porque la fe es a la vez un creer y un confiar. El que nos ayuda a creer es el intelecto, el entendimiento; creer es un acto intelectual. Confiar, en cambio es más un acto de la voluntad. La voluntad, es decir, el acto de la esencia personal de todo ser humano, puede moverse a confiar aún en la falta de evidencia. No contra la razón, no contra el logos, pero sí yendo más allá de la razón.

Concretaré. La certeza sobre la doctrina de Cristo-Dios, que nos habla del amor por el que Dios nos ha creado y de lo que ha hecho para salvarnos del pecado y de la muerte, es un acto al que difícilmente se puede llegar por la razón sola, debido al oscurecimiento de nuestro pensamiento, pero desde luego no es una posibilidad contraria a la razón. Por otra parte, más allá de la existencia de Dios y su bondad, es verdad que la doctrina cristiana revelada es razonable, pero no es demostrable. En esta posibilidad -razonable pero no comprobable con el entendimiento-, parece debatirse Antonio Machado, y parece interrogar a la naturaleza y a la vida, ya cansado, buscando -acaso por última vez- respuestas a su incertidumbre. Sin embargo, la doctrina de Cristo difícilmente puede alcanzarse por el entendimiento solo; es necesario "lanzarse" a confiar en su Palabra transmitida por la Iglesia. Eso no va contra la razón, pero sí que está por encima de la razón. El corazón de Antonio se ve atraído por la belleza del camino, por ese camino de fe cristiana que él ha recibido de sus antepasados "castellanos", pero no se siente avalado por el entendimiento para confiar en la Iglesia y hacerse cristiano.

"Yo voy, cantando, viajero, a lo largo del sendero". El sendero también es la propia vida, las decisiones que vamos tomando. En aquella otra ocasión diría que no hay camino por delante, sólo el que uno mismo se va haciendo por detrás y que no sirve para otros: "estelas en la mar". El sendero es el camino de la vida, pero en tiempo presente, ese tiempo en que todo parece intrascendente, despojado de la relevancia que parece cobrar el pasado y de los anhelos proyectados hacia el futuro, ese momento cuya importancia los débiles y perezosos siempre posponemos, aunque los santos nos avisen con su sabio lema: "¡hoy, no mañana!"

Antonio se ve capaz de vivir sin dejarse aplastar por estas incertidumbres, y hasta es capaz de canturrear alegre. Es capaz de seguir sin desanimarse a pesar de vivir en esta condena, como Sísifo sube una y otra vez la roca colina arriba; pero este poeta se comntempla como un Sísifo alegre, capaz de encontrar ánimo aun en esa contemplación de lo absurdo de la vida, no como Camus, que señaló el suicidio como único tema filosóficamente relevante, tras asumir la vida como un viaje absurdo. Quizá sale en esta ocasión el alma mediterránea, andaluza, de Antonio Machado, el descreído "comamos y bebamos, que mañana moriremos". También en esa otra ocasión, desesperado de la trascendencia, en un canto soberbio a la fortaleza en la aceptación de una vida sin sentido, dirá aquello de "yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón". Está alabando la gradeza de una vida sin más sentido que la vida misma, que acabará con una muerte absoluta; Antonio dice poder vivir alegre sin más perspectiva que ésta. Pero el marco de este poema es Castilla, y Castilla no le dejará engañarse, evadirse, ni siquiera escapándose por el cante andaluz. Lo veremos, pero más adelante.

"La tarde cayendo está". El poema es una gradación de oscuridades. La "madurez" del entendimiento parece dar cada vez menos permiso a la fe, esa fe que San Juan de la Cruz decía que es "tan cierta como oscura". "Bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche", escribiría el gran místico en otra ocasión. Pero para Antonio, esta oscuridad del entendimiento es grave, porque le aparta de la fe. No obstante, orgulloso, se pone a cantar, y su memoria le traicionará, porque le recordará esa fe que intenta desechar:

"En mi corazón tenía la espina de una pasión, logré arrancármela un día, ya no siento el corazón". Habla de tiempos de juventud, y la espina es la cruz de la fe cristiana. Por eso, luego la llamará "espina dorada", del dorado de lo divino, de lo religioso. La canción habla de amores humanos, pero Antonio -y en esto recaba la tradición de los místicos españoles- utiliza el amor humano para hablar del amor del alma y Dios. Fue su entendimiento el que arrancó esa pasión que alegraba su corazón, el carecer de una certeza exclusivamente racional, que le asegurara que ese hermoso idilio no era un mero engaño. También en otro poema, el de "anoche, cuando dormía", nos hablará de su pasado creyente, quizá infantil, con añoranza de su belleza, una belleza que ahora cree que no se puede permitir. Por eso se empeñará en encontrar esa belleza perdida, tan hermosa como esa vida infantil de fe, como esos "recuerdos de un patio de Sevilla", esa belleza que sólo podrá atisbar, desesperado, en la estética de la futilidad, de la "impavidez" ante la muerte, de "gentilidad" de las "pompas de jabón".

Lo cierto es que cuando confiaba en Dios, su corazón estaba vivo, y ahora está como muerto: "logré arrancármela un día, ya no siento el corazón".

La naturaleza se conmueve ante esa verdad involuntariamente pronunciada: "y todo el campo, un momento, se queda mudo, sombrío, meditando"; es más, lo único que la naturaleza se atreve a decir ante esta verdad que acaba de cantar es precisamente para confirmársela: "suena el viento en los álamos del río". ¡Cuánto recuerda esta imagen al ventalle de cedros que abanicaba el encuentro del alma y Dios en el poema de San Juan de la Cruz:

"En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba".

Con siglos de diferencia, ambos poetas comparten el mismo marco físico y espiritual, la misma iconografía, aunque sus almas se comporten de forma distinta. El viento del Espíritu Santo aparece reflejado, aunque en Machado es más lejano, viene desde ese río y no llega propiamente el viento, sino sólo su sonido. No es la propia presencia de Dios, el viento, que inunda y habita el alma con la gracia santificante -en el verso de San Juan de la Cruz-; es el sonido del viento, una forma distinta de actuación del Espíritu, sin entrar en la casa, más bien llamando a la puerta, confirmando los anhelos del corazón de Antonio, ese corazón "traicionero" que le protesta, recordándole la felicidad de la fe...

Hay otro antecedente en el que, por un instante, la naturaleza se para, y el intervalo finaliza con el viento soplando en las copas de los árboles. Se relata en una de las "Florecillas" de San Francisco, y sucede concretamente en el encuentro del pobrecillo de Asís con Santa Clara. Como regalo a Clara, Francisco decide invitarla a comer en los exteriores de SantaMaría de los Ángeles, la iglesia donde ella se había entregado completamente a Dios muchos años antes. Como primer plato, Francisco empieza a hablar del amor de Dios y toda la naturaleza se para, hasta el riachuelo para de correr, en un éxtasis compartido por la naturaleza. El viento sobre las copas de los árboles marcará el final de esta experiencia mística. Antonio Machado, al referirse a la espina clavada en el corazón, que lo vivificaba, también estaba hablando del amor de Dios, y es en esa frase donde cifra la verdad más sólida de su vivencia personal, en esa añoranza del amor de Dios.

Pero, a pesar de reconocer esa añoranza del corazón, la oscuridad del entendimiento se pronuncia aún más. "El corazón tiene razones que la razón no entiende" -había dicho Pascal-, y esto es dramático para el hombre moderno que ha decidido no reconocer nada que la razón sola no le revele; es el drama del positivismo: la hipótesis no demostrada de forma indudable, aunque sea razonable, es desechada. Eso es algo que impide el encuentro místico, la contemplación de Dios tal como la cuenta San Juan de la Cruz:

"Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo..."

Para "entrar donde no se sabe" hace falta una cosa: confianza. Este drama de la falta de confianza ante la oscuridad del entendimiento la encontramos en :"La tarde más se oscurece, y el camino que serpea y débilmente blanquea, se enturbia y desaparece". Es esa supuesta "madurez positivista" del entendimiento la que se opone a la confianza. Ya Cristo nos dijo que teníamos que "ser como niños", y el niño, según San Ambrosio que comenta este pasaje evangélico, "confía en quien le ama". Es una falsa madurez esa que nos invita a desconfiar cuando no tenemos certeza del entendimiento; creo que es también soberbia -no tengo más remedio que decirlo-, pensar que somos autosuficientes para alcanzar toda la verdad que necesitamos para vivir, sólo con nuetsro propio entendimiento y criterio. El gran avance de la historia del hombre, el que nos sacó de las cavernas, no fue tanto el desarrollo de la técnica, ni el fuego, ni siquiera el lenguaje... fue el aprendizaje de otros, la capacidad para confiar en otros sin tener que empezar de cero en cada ser humano. Y una forma, creo que errónea, de entender la vida en la modernidad es precisamente esa pretensión de querer alcanzar toda verdad esencial con nuestro propio y solo intelecto, sin necesidad de confiar en nadie.

El Papa Benedicto XVI, en su discurso en Ratisbona, formuló el problema de forma nueva, y quizá más acertada o comprensible. La cuestión no sería una insuficiencia de la razón para llegar al conocimiento de Dios, sino que en la modernidad se ha ido reduciendo el concepto de razón hasta asimilarlo al tipo de conocimiento propio de las matemáticas y el empirismo aplicados a las ciencias naturales, lo cual ha sido confirmado por el fabuloso desarrollo de la técnica. Pero sería necesario evitar la reducción de ese concepto de razón, con el fin de aplicar correctamente el entendimiento a realidades que van más allá de lo natural, lo cual es posible.

Pero volvamos al poema que nos ocupa porque, además, el camino serpea, no es recto, tiene la forma del mal, de la serpiente. Si al menos fuera recto, sería más fácil seguirlo con la vista, pero la trayectoria de la Iglesia tiene la forma de la debilidad humana, la vida del hombre está marcada por un enorme sufrimiento ante la mirada del Creador, y la propia naturaleza está también contaminada de una crueldad que nos confunde. Es el "mysterium iniquitatis", el misterio del mal, que tanto atormenta al ser humano moderno, que le lleva a veces a pensar que si existe Dios, no puede ser un Dios bueno que nos ama, más bien será un ser egoísta o un "relojero ciego" e insensible, un "gran arquitecto" a lo sumo. Juicio erróneo por desconfianza, porque quien nos dotó con un vivo anhelo de la justicia no puede ser injusto. Más bien habría que confiar en el amor y la justicia divinas, aunque seamos incapaces de explicarnos el mal -por ahora-.

El camino, hay que reconocerlo, blanquea, hay enseñanzas maravillosas, hay personas admirables, ejemplos de santidad que cualquier ser humano reconocería como ejemplares, pero blanquea débilmente y se enturbia. Es la protesta de Machado, que esperaría ver una Iglesia perfecta, pura y sin turbideces. La turbidez parece ser prueba de la falsedad de la Iglesia, de la inexistencia real del camino. Es otro gran pesar moderno la imperfección de la Iglesia, el pecado de los cristianos. Pero Cristo resucitado confirmó el primado de Pedro después de que éste le hubiera negado tres veces. En el fondo, creo que la exigencia de pureza a la Iglesia es una necesidad más de pruebas para creer. porque la Iglesia no es un club de perfectos, más bien es un hospital de pecadores, y jamás ha pretendido ser otra cosa. La Iglesia es santa porque está unida a Cristo, porque en ella actúa el Espíritu, porque es el Pueblo de Dios, pero está necesitada de purificación. Esta exigencia de autenticidad contrasta con la confianza de un campeón de la autenticidad: San Francisco de Asís. A la pregunta de qué haría si supiera que el que estaba celebrando la Misa fuese un sacerdote gravemente pecaminoso e indigno, respondió: "me acercaría al altar y recibiría el Cuerpo de Cristo de sus manos consagradas".

Antonio se escandaliza de lo que ve, por eso el camino "se enturbia y desaparece". El corazón, sin embargo, no se dejará vencer sin quejarse. El poeta reconoce la realidad de su corazón, y llama "plañir", llorar, a ese canto. Reconoce que su alegría es mentira, que no es fiesta, sino protesta de un sentimiento violentado, de un corazón desoído: "mi cantar vuelve a plañir".

"Plañir", "dorada"... el final del poema es el momento de reconocer la verdad, de dar al lector las claves de interpretación.

"Aguda espina dorada". Su corazón llora, la espina era la fe, la confianza en Cristo. Una espina "aguda", que duele y que es ese mismo dolor el que hace sentir vivo, el que mantiene la vigilia e impide el letargo. La espina es aguda como dolorosa es la cruz que acepta el cristiano. Me vienen a la memoria los versos de Jacinto Verdaguer:

"A mi corazón llamaron:
corrí a abrir con vida y alma.
Veo en la puerta a mi Amor
con una cruz que me espanta.
-Pasad, si os place, Señor,
pasad, que ésta es vuestra casa;
si sólo una choza es,
haced de ella vuestro alcázar.
Y, haciendo mi noche día,
Jesús entró en mi morada;
pero al entrar en mi pecho
dejó la cruz en mi espalda".

"Quién te pudiera sentir en el corazón clavada"; quiere el poeta recuperar esos efectos de la fe que la esclavitud de su intelecto le impide renovar. No llega a ser una oración porque no está dirigida a Dios, ni siquiera "a ti Dios que no existes", como proclama una popular oración del ateo. Antonio ni siquiera se permite eso. Pero sí se atreve a reconocer el anhelo de su corazón, que quisiera poder aceptar esa fe. Anhela esa alegría de la cruz, esa felicidad del sacrificio que espera redención. Pero le falta la esperanza liberadora, que su entendimiento se teme que es falsa.

Esa espina, cómo no, es la marca del amor; del amor de hombre y mujer en la canción popular y en la vida amorosa, y también del amor del alma a Dios en la vida espiritual de Machado. Santa Teresita, maestra de la infacia espiritual, nos dejó escrito: "solamente la confianza nos conducirá al amor". Y más aún: "Señor, no te entiendo nada, pero te creo todo, porque me fío de ti".

Esa confianza no es el desprecio de la razón, pero sí el reconocimiento de sus limitaciones, de que el entendimiento necesita apoyarse en la confianza. ¡Si lo tiene que hacer continuamente, incluso en las cuestiones materiales...! ¿O es que todos los químicos han comprobado personalmente la existencia del átomo antes de emprender sus propias investigaciones? San Agustín nos diría: "creo para entender, y entiendo para creer mejor". Dios nos dio la razón, ¿cómo vamos a despreciarla? Sería poco ético creer algo contrario a la razón. Pero lo que no se puede demostrar no es contrario a la razón, es simplemente desconocido para la razón. Creer, confiar en Cristo, no es nada irracional. Nuestro entendimiento, bien empleado, nos daría permiso para confiar en Él. Y para seguir los pasos de otros que han encontrado en Cristo un sentido a su vida.

La ciencia moderna es empírica. Eso quiere decir que no se apoya exclusivamente en el razonamiento, sino que se sustenta en pruebas reales. Muchos medicamentos, que no se sabe cómo actúan ni por qué, son utilizados después de comprobar que sus efectos son beneficiosos en estudios científicos. No hemos deducido ni observado su mecanismo de acción, pero no es contrario a la razón su poder curativo. Y los usamos, porque vemos sus efectos. Yo he sido educado en la experiencia científica moderna, en el empirismo, y vi los efectos de Cristo en personas admirables, como San Agustín y la Madre Teresa de Calcuta. Ellos fueron la prueba empírica que yo necesitaba para abrazar al Cristo que mi corazón anhelaba. Confié.

Ojalá la gracia de Dios iluminase finalmente el intelecto de Antonio Machado y le permitiera abrazar a ese Cristo añorado con el último aliento de su vida, en el nuevo y postrer encuentro que sugiere ese último verso, providencialmente encontrado en su bolsillo, aun en medio de su triste huída como refugiado de guerra gravemente enfermo:

"Estos días azules y este sol de la infancia..."

sábado, 15 de agosto de 2009

El Valiente Desperaux

CINE-FÓRUM

Desde que vi este magnífico cartel, sospeché que ahí podía haber una obra de arte cinematográfico para niños. No me equivocaba. Desperaux es un ratoncito que nada a contracorriente, porque no acepta el miedo que en la comunidad de ratones se enseña a todos desde que son niños. Él no quiere ser un ratón cobarde, él tiene una voz interior irresistible que le llama a ser algo más, y por eso descubre una puerta abierta al encuentro de sí mismo cuando llega a una biblioteca y lee un libro de caballería. Concreta entonces sus aspiraciones y decide convertirse... ¡en un caballero! ¡Valor, honor, verdad... qué alegría oír esas palabras en un cuento para niños! ¡Cuánta falta les hacen!

Desperaux ya es un caballero en potencia, pero la realidad vendrá a buscarle en forma de gesta. Aparece entonces en escena una representación maravillosa del alma y el genio femenino; en el castillo donde vive Desperaux, también vive, prisonera de los miedos sobreprotectores de su padre, herido por la muerte de su esposa, una princesa. En su presentación se desliza una de las sublimes perlas de la película, porque la princesa está prisionera... "aunque nadie es prisionero del todo cuando tiene esperanza" (ahí me dieron ganas de saltar del asiento, aplaudir y vitorear, ¡cuánto necesitamos hoy esa reflexión sobre el poder liberador de la esperanza!).

Y el encuentro del ratoncito con la princesa es de una delicadeza, belleza y verdad que cautivan, una verdadera pieza de arte dramático; cómo uno pregunta por quién es el otro, cómo sintonizan sus almas, y cómo destaca la gradiosidad del espíritu femenino, capaz de inspirar los mayores logros humanos. Estos minutos de la película son absolutamente fascinantes; hacen palidecer el engañoso vistuosismo dramático del encuentro adúltero de los protagonistas de los Puentes de Madisson. ¿Quién ha dicho que los verdaderos valores no pueden inspirar obras de arte mejor resueltas que esos maravillosos engaños progres? En fin, no me resisto a relatarlo por encima:

A la pregunta de la princesa, que inquiere quién está ahí, el ratoncito responde: "¡un caballero!" Cuando da razón de su respuesta, y dice haber jurado defender la verdad, la princesa dulcemente le señala: "ah, entonces no sois un simple cabellero, sois un ilustre caballero", lo que llena de satisfacción a Desperaux, que se encuentra comprendido y valorado mucho más allá de lo que él hubiera soñado. La princesa le ayuda a cerciorarse y a alcanzar la certeza interior de la grandeza a la que está llamado.

En el otro sentido, la princesa también se encuentra escuchada y comprendida por el pequeño caballero. Al relatar su vida y su pesar, no sabe muy bien cómo expresar la desdicha de su encierro, pero el ratón la completa: "¿tenéis anhelos?" ¡Eso es lo que le pasa! Cuando Desperaux le revela que esas cosas las ha aprendido en un libro de caballería que está empezando a leer, la princesa le pide que alivie su encierro yendo a contarle cómo continúa el libro según lo vaya leyendo, algo que entraña sus dificultades... pero en ese reto, señalado por la princesa, encuentra el ratoncito la ocasión para actuar verdaderamente como caballero: "¡esa será mi gesta!", proclama entusiasmado, ante la admiración de la princesa.

No voy a contar más de la película, pero el resto también está marcado por la verdad, por el reconocimiento de la fragilidad de las personas, y por la posibilidad de liberarnos del mal.

Me parece una película maravillosa, con una gran belleza en los dibujos, con un guión realmente valioso, y que a mi hijo le ha encantado. Él, que tiene tres añitos, ha encontrado un modelo estupendo en "el valiente Desperaux", y en casa le nombramos cada vez que él tiene que afrontar alguna adversidad, para darle ánimos. Está ya en vídeo, y os aconsejo que se la pongáis a vuestros hijos, nietos, sobrinos, alumnos, etc.
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