lunes, 24 de agosto de 2009

Si Cristo es Dios, ¿por qué hay tan pocos cristianos?

El Jabón

Un cristiano estaba caminando por la calle cuando se encontró con el dueño de una compañía que fabricaba jabones.

Mientras hablaban, el fabricante de jabones dijo: -"El evangelio que usted predica no puede ser muy bueno, porque todavía hay mucha gente mala".

El cristiano notó que había un niño cerca jugando con lodo. El niño estaba manchado de barro de pies a cabeza.

El cristiano dijo a su amigo: -"Su jabón no puede ser muy bueno, porque todavía hay mucho sucio en el mundo".

El hombre respondió: -"Bueno, solamente limpia cuando una persona lo usa".

-"¡Exactamente!... Igual pasa con el Evangelio"- dijo el cristiano.




"¿Señor, por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?"

Esta pregunta es dura y clara, sobre todo conociendo -como hoy conocemos- lo que pasa en todo el mundo. Aproximadamente, (sólo) un 25% de la población mundial está bautizada. Y es visible que muchos de los supuestamente cristianos tampoco parecen o parecemos tener en Cristo el centro de nuestra vida. Entonces, ¿cómo podemos creer que Cristo es Dios? ¿Acaso le parece bien a Dios dejar a las tres cuartas partes de la Humanidad sin saber cuál es el sentido de la vida?

Empezaré por el final, y daré varias razones:

1. Que la mayoría de los cristianos no nos comportemos como debemos, no significa que no seamos cristianos. Cada uno hace lo que puede, y ser cristiano significa también reconocer que uno no es como debiera ser y acogerse a la misericordia de Dios. Por supuesto, debemos exigirnos más coherencia y pedirle a Dios muchísima más fe y más gracia para conseguirlo, pero eso no significa que no seamos cristianos.

2. Cristo también se acerca a los no cristianos, aunque ellos mismos no lo sepan. ¿Se va a presentar Dios sólo a unos pocos? Esta es una pregunta razonable, que ya se le ocurrió a alguien en el siglo I, y se la preguntó a quien podía contestársela. El autor de la pregunta fue el apóstol San Judas Tadeo (no el traidor). El que se la respondió, Jesucristo:

"Judas -no el Iscariote- le dijo: "Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?" Jesús le respondió: "El que me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará; e iremos a él y haremos morada en él" (Juan 14).

Opino que la respuesta que da Jesús entronca con la doctrina sobre la conciencia que cita el Catecismo: "la conciencia es el primer vicario de Cristo" (Cardenal Newmann). Significa que Cristo habla a todos los hombres a través de la conciencia. Quien sigue -de verdad- su conciencia, "guardará su palabra" (la palabra de Cristo, aún sin saber de quién es), y Jesús promete que Él y el Padre "irán a él y harán morada en él". La Iglesia Católica sostiene que Cristo se hace presente también en el alma de los no cristianos, aunque por formas "que Dios conoce", lo cual es una forma de decir que nosotros de momento no sabemos cómo se realiza eso (Decreto "Ad Gentes" del Concilio Vaticano II y Declaración "Dominus Iesus" de la Congregación para la Doctrina de la Fe).

En un libro de doctrina cristiana de los años 50 encontré una muy buena explicación para esto mismo: la Iglesia tendría "cuerpo y alma"; el cuerpo lo formaríamos todos los bautizados; el alma incluiría también a todos aquellos que, sin conocer a Jesús, están unidos a Él porque siguen la voz que Él ha inscrito en su conciencia.

Eso significa que muchos no cristianos pueden salvarse. Se salvan porque, aunque ellos mismos no sean conscientes de ello, están unidos a la Persona de Cristo y pertenecen a su Iglesia.

3. Dios es justo y ve el corazón de las personas. Dice la Declaración "Dominus Iesus", citando a Lumen Gentium, 14 (Concilio Vaticano II), que "es necesario recordar a los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad". Recordemos la parábola de los talentos. Dios exige más a aquél que más "talentos" ha recibido. Haber recibido el mensaje cristiano es un privilegio que conlleva una enorme responsabilidad, porque Cristo será más exigente con nosotros.

4. No reconocer el enorme privilegio que Dios nos ha hecho al revelarnos a Cristo, al revelarnos el sentido exacto de nuestra existencia y nuestra vida, sería una falsa humildad. Muchísimos merecerían por méritos propios ese don mucho más que nosotros, claro está. Pero ¿sería humilde la persona a quien han enseñado a leer, si fuera a un pueblo donde casi nadie sabe leer y viviera como si él tampoco supiera, en lugar de seguirse formando, ayudar y enseñar a los demás con ese don que tiene?

"La humildad es la verdad", no reconocer lo bueno que se tiene es una falsa humildad, tan falsa como la hipocresía. No se es humilde por creerse uno menos de lo que es o lo que tiene; se es humilde por reconocer que no se merece tanto como tiene, y por eso ser consciente de la enorme responsabilidad que significa eso hacia sí mismo y hacia los demás. El que tiene una falsa humildad y se hace el "pobre", es como si cogiera los talentos que Dios le ha dado y los enterrara en el suelo.
Así que... hagamos "recuento": Cristo está salvando a personas que no le conocen pero que siguen su conciencia; a muchos que, en el Tercer Mundo, sufren el hambre, la guerra, la injusticia... ("bienaventurados los pobres, etc., porque de ellos es el Reino de los Cielos"). Cristo está salvando a muchos cristianos que siguen sus enseñanzas... Por tanto, realmente, lo más preocupante debe ser haber recibido el mensaje de Cristo y no acogerlo, o acogerlo pero no serle fiel. Si queremos ampararnos en el número, pensando que muchos otros están igual de alejados de Cristo que nosotros por diversas razones, me temo que algún día veremos como muchos estaban sin saberlo mucho más unidos aCristo, y nosotros, por hacernos los tontos hasta la idiotez, nos hemos quedado "fuera de juego".

Pero aun con todo esto, reconozco que puede ser difícil pensar que tenemos que aceptar la doctrina de Cristo cuando, aparentemente, todos andan a otra cosa. Creer y seguir a Cristo es pensar y vivir a contracorriente. Ya Cristo, en su vida, sufrió el hecho de que le abandonaran la mayoría de sus discípulos. Decían que su doctrina era increíble (se autoproclamaba como proveniente de Dios Padre), que era muy dura (p. ej., no aceptaba el divorcio, y aunque no se trataba de cumplir infinidad de preceptos puntillosos, sus enseñanzas eran más exigentes en realidad que la ley judía), decían que estaba loco (eso de pedirles que comieran de su carne y de su sangre, y decirles que si no lo hacían, no tendrían vida, sonaba "raro")... Muchos no confiaron en Él y se apartaron antes de poder averiguar completamente qué era lo que les quería decir. Entonces, Jesús les preguntó a Pedro y a los que quedaban si también ellos iban a marcharse. Pedro les dijo: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna" (Juan 6, 68). La doctrina de la Iglesia es difícil de creer, más en este mundo actual. Pero es la única explicación que da verdadero sentido a nuestras vidas. O eso, o nos conformamos con vivir una vida sin sentido. Sólo Cristo tiene las palabras de vida eterna que ansía nuestro corazón. "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti" (San Agustín).

Y para el que tenga fe, quisiera recordar un detalle que a mí me sacó de un error: Dudar no es bueno. La duda voluntaria contra lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos propone creer es un pecado contra la fe y el amor a Dios (como dice el Catecismo, art. 2088), y nosotros tenemos el deber de velar por la pureza de nuestra fe y rechazar la duda. Podemos tener muchas dificultades, no comprender, pero "diez mil dificultades no hacen una sola duda" (Cardenal Newmann). Decía Santa Teresita: "Señor, no te entiendo nada, pero te creo todo, porque me fío de Ti". Y San Agustín nos recordó que, la mayoría de las veces, primero es creer, y luego comprender: "Creo para comprender, y comprendo para creer mejor". Así que, aunque sólo fuéramos cuatro los que acogiéramos el mensaje de Cristo, eso no le restaría un ápice de verdad a la realidad de que Él es el Salvador de todos los hombres, que se unirán a Él para siempre si no le rechazan.

viernes, 21 de agosto de 2009

¿Qué es una nación?


Dijo nuestro presidente Zapatero que "nación" era un término discutido y discutible. Y para una vez que ha dicho algo con cierto sentido, muchos se le echaron encima. Yo creo que es verdad, que no hemos profundizado mucho en lo que es una nación, -en lo que es ser español, en nuestro caso-, y creo que hoy necesitamos respuestas más que nunca, sobre todo porque nuestra nación, España, está amenazada, y porque algunos reclaman para otras naciones -Cataluña, Euskalerría... y hasta Andalucía- el reconocimiento de una entidad que reclaman como incompatible con la nación española.

Como españolito de a pie, nada versado en disquisiciones político-filosóficas, mi idea no tiene más valor que la realidad que logre encerrar en ella. De lo poco que he leído, la "Idea de la Hispanidad" del filósofo converso García Morente me ha parecido lo más acertado. Superando la idea de que la nacionalidad es un sentimiento, él plantea la nacionalidad como "estilo", como forma específica de andar por la vida, y en el caso español, como estilo de ser cristiano, tomando al caballero cristiano -retratado en el caballero de la mano en el pecho o en "Las Lanzas" de Velázquez- como paradigma o quintaesencia del ser español. Reconozco que España ha creado un modelo humano impresionante y extendido por todo el mundo. Podemos verlo también en El Quijote, y comprobarlo en personajes reales como San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, y en mujeres como Catalina de Aragón o María Estuardo ("la Reina Mary de los escoceses").

Hablando de Escocia: en un viaje a Edimburgo, precisamente en el castillo donde vivió la Reina Mary, me topé con una imagen que me refirieron como arquetípica del ser escocés. En la iglesia había una ceremonia de tradición militar. De repente, un hombre completamente ataviado a la escocesa y gaita al hombro, salió de forma rápida y firme, ajeno al mundo y con el pensamiento ensimismado. Se dirigió a uno de los riscos que coronan la escarpada montaña que sustenta la fortaleza, y dirigió al viento la melodía de su gaita, sin preocuparse lo más mínimo de lo que sucediera o no a su alrededor. Así estuvo, en un cuadro realmente armónico e impresionante, hasta que se le ocurrió dejar de tocar y volver a la ceremonia. Era el arquetipo de "el gaitero solitario", que por lo visto debe recoger bastante del espíritu, carácter o estilo escocés.

Si buscara un arquetipo inglés, seguramente lo encontraría por ejemplo en los "Inkligs", entre los que se encontraban Tolkien, Lewis, Williams, etc., que se reunían frecuentemente en una taberna a compartir sus inquietudes de todo tipo acompañadas de unas pintas de cerveza, y que dieron algunas de las páginas más constructivas de la moderna literatura de ficción, como Las Crónicas de Narnia o El Señor de los Anillos. En su búsqueda cortés y flemática de la verdad no se apartan nada de esa otra gran figura ejemplar que fue Santo Tomás Moro, capaz de plantarle cara -pero con total flema inglesa y sin despeinarse más de lo necesario- nada menos que al monstruoso Enrique VIII, lo que pagaría con la vida. Y todo, sin aspavientos y con un sentido del humor perenne.

Es verdad, al menos grandes naciones como España e Inglaterra han dado al mundo modelos de persona. Pero ¿es el estilo el que sustenta la nacionalidad? Yo no diría que no, pero no sólo. Creo que la nacionalidad tiene fondo y forma, y que el estilo es la forma. Pero el fondo es lo más desconocido; ¿cuál es la esencia de una nación?

El Catecismo de la Iglesia Católica, sin entrar en este tema, da una pista, una analogía, que yo creo que es la clave para descubrir qué es una nación. Y es que el Catecismo menciona brevemente el amor a la patria como parte de la doctrina sobre el cuarto mandamiento: "honrarás a tu padre y a tu madre". Es decir, la analogía se establece entre la nación, o la patria, y la familia. ¿Y qué es la familia? Es una comunidad que se hace tanto a través de elecciones personales (casamiento, tener hijos), como de hechos que nos son dados (ser hermano, hijo o nieto son dones que no se eligen, que se nace con ellos). Es más, aunque se puede elegir ser padre, nadie elige ser padre de su hijo precisamente. Y aun si tuviéramos que analizar por qué hemos tomado la decisión de amar a tal persona para casarnos con ella entre tantos millones que hay en el mundo, tendríamos que reconocer la intervención de la Providencia en todo. Así que yo creo que, por analogía con la familia, la nación es también una comunidad humana alentada por la Providencia y formada por las acciones de los hombres.

¿Cómo se forma esta comunidad? La observación nos permite ver que "el roce hace el cariño", exactamente igual que en el amor humano. El "eros" abre camino al "agapé", y la nación se va consolidando mientras se comparten vivencias positivas y negativas, ilusiones, victorias y fracasos, "en lo bueno y en lo malo", "en la salud y en la enfermedad", "en la riqueza y en la pobreza". Así, es evidente el nacimiento de España en la Hispania romana, su mantenimiento hasta el florecimiento político y cultural tras la unificación visigótica, especialmente tras la conversión de Recaredo, y su mantenimiento a pesar de hallarse dividida en distintos reinos y el hecho de que gran parte de sus hijos, los mozárabes, vivieran bajo el dominio musulmán. A lo largo de todo este tiempo encontramos también el arquetipo hispánico en San Isidoro, los mártires cordobeses, Fernando III el Santo, Santo Domingo de Guzmán y tantos otros, lo que nos hace ver que el modelo español no nace en el Siglo de Oro, aunque florezca y se internacionalice en él. ¡Pero si hasta en la película "Gladiator" se nos enseña ese arquetipo -todavía en gestación, es verdad-, en el fiel general romano que, reducido a esclavitud y obligado a luchar en el circo, es aclamado por todos como "¡Hispanus, Hispanus!" Esa fidelidad a Roma, a quien ostenta legítimamente la autoridad, creo que es una de las claves del ser hispánico, resumido en el aforismo "¡qué buen vasallo si tuviera buen señor!". Claro, cuando ese Señor ha sido el mismísimo Jesucristo, el modelo español ha dado personajes de la viveza de San Ignacio, San Fernando, Catalina de Aragón o María Estuardo, reina extranjera cantada y admirada aún por los escoceses como si fuera carne de su carne. En esta última vemos que, precisamente, uno de los frutos de encarnar el ideal de una nación es ése: ser capaz de unirse firmemente a personas de otras nacionalidades. La nacionalidad no es excluyente, todo lo contrario. Nacer en una buena familia y encarnar las buenas enseñanzas que recibimos en ella nos facilita la relación y el reconocimiento de los que han nacido en otras familias. María Estuardo es española y escocesa de pies a cabeza, y no hay en ello ninguna contradicción. Dio gloria a su España natal sirviendo lealmente a la Escocia que la adoptó. Y pensar que hay gente a quien ser español le estorba para ser por ejemplo, catalán.... Eso es porque no son realmente ni lo uno ni lo otro. El nacionalismo no es más que una gran mentira, una gran excusa.

Pero no quiero alejarme del argumento principal. He dicho que la nación es una comunidad humana formada mediante la convivencia y la común participación de lo bueno y lo malo. Falta algo en esta idea de lo que es una nación, porque tiene el aspecto "unitivo", pero se nota la ausencia del "procreativo" para que la analogía con el matrimonio sea completa. Es claro que en la unión hay un deseo de compartir objetivos comunes; España se ha unido -aunque imperfectamente- en la lucha contra el Islam; en la colonización y evangelización de América (con defectos y ausencias notables por la parte aragonesa); en la lucha contra Napoleón y en la lucha contra el comunismo. Se ha unido para mantener en el tiempo su propio ser de pueblo autónomo, libre, su soberanía. Esta es una forma de deseo procreativo. ¿Por qué se defendió España?, ¿por una mera cuestión política? No lo creo. La verdadera razón es que esas amenazas ponían en peligro su propio ser, la existencia de una comunidad ya creada, sus costumbres, sus objetivos, su arquetipo humano. Qué difícil es aprehender todo eso en una idea, pero por simplificar podemos llamarlo "herencia". Así, la nación sería una comunidad humana natural alentada por la Providencia divina y formada por las acciones de los hombres, mediante la convivencia y la común participación en circunstancias favorables y adversas, que se hace portadora de una herencia, y cuyo objetivo es la cooperación de sus hijos en la mutua santificación y el mejor servicio a los demás hombres, a mayor gloria de Dios.

Esto último (cooperar en la mutua santificación y servir mejor a los demás hombres, a mayor gloria de Dios) es la finalidad de toda familia, es más, de toda verdadera comunidad humana. Qué le vamos a hacer si eso no dice nada al 99% de nuestros conciudadanos y de mis lectores potenciales. Pero es lo que creo y no puedo traducirlo a términos aceptables por la mayoría. Ya sé que un filósofo debe ser capaz de comunicarse con sus conciudadanos, pero yo no soy filósofo, soy sólo una persona que piensa sobre los problemas que le atañen. Que otros intenten lo "imposible", si es que tienen ánimos y más capacidad para ello que yo...

En todo caso, quiero recordar la Constitución de 1812, que en su artículo 6 decía cosas muy ridiculizadas luego, pero muy profundas y acertadas, según pienso:

Art. 6. "El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, el ser justos y benéficos".

No sólo me refiero al amor a la Patria, sino también a la justicia y la beneficencia. El amor a la Patria es una obligación que se tiene por nacimiento en esta comunidad humana, como el hijo debe amar a como padres a sus padres, y no a otros. Y amar a sus padres como padres no quita nada a la obligación de amar a todos, todo lo contrario. El verdadero amor no es excluyente, y así, el verdadero patriotismo no es excluyente. El que ama a su familia, más fácilmente comprende el amor que debe a todas las familias. Pues por lo mismo, el que ama a su patria, más fácilmente comprende, admira y ama otras nacionalidades. El nacionalismo excluyente que fomenta rencillas y odios internacionales no tiene nada que ver con el verdadero patriotismo. El nacionalista no ama a su patria -a la que las más de las veces desconoce-, sino que la utiliza como excusa para justificar su odio, incluso contra sus propios conciudadanos. ¿Qué les parecerán a los nacionalistas vascos San Ignacio, Elcano, Unamuno...? ¿Y los bilbaínos que clamaban y luchaban a fionales del XIX contra la independencia de los territorios hispanos de ultramar? Los nacionalistas vascos no defienden la auténtica tradición vasca, tanto más vasca cuanto más española, y tanto más española cuanto más vasca. Yo diría que sí que existe una patria vasca, pero integrada en la nación española; tan integrada, que no se puede romper una sin romper la otra. Si los vascos reniegan de España, no sólo dejarán de ser españoles, dejarán de ser vascos. Me parece que puede haber una patria grande, una patria chica y una patria mediana; el amor no siembra discordias y hace posible lo imposible. Lo que siembra discordias es el odio, disfrazado en este caso de patriotismo. El odio siempre utiliza excusas para desvirtuar lo más valioso: el amor a Dios, al amor a la familia, el amor a la patria... así se generan verdaderas imposturas como el fudamentalismo religioso intolerante, los celos y disputas familiares, el nacionalismo excluyente, la xenofobia...

Eso sobre el amor a la Patria. Pero la Constitución de 1812 me parece clarividente al exigir al español ser justo y benéfico; eso es algo que forma parte de una verdadera nacionalidad. No es algo específico, es algo exigible a todo ser humano por el hecho de serlo. Pero el ser español es razón de más para exigírselo, porque el objetivo de una nacionalidad cualquiera, y el de la española en particular, es precisamente, como ya he dicho, cooperar en la mutua santificación de los conciudadanos y servir mejor a los demás hombres. Eso está en la razón de ser de una nación. Si esto no estuviera presente, no sería nación.

Por tanto, la Constitución de 1812 acertó al exigir justicia y beneficencia, porque eso está en línea con el verdadero objetivo de toda nación. Por desgracia, la misma Constitución de 1812 se queda un poco en lo superficial al afirmar que "el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen". El "bienestar" es muy bueno, pero una sociedad no llega a ser nación si se queda ahí. Si el fin de una sociedad "no es otro que el bienestar de sus individuos", podemos afirmar que estamos ante una sociedad decadente. Nadie sacrificaría su vida por su bienestar, y sin embargo, muchos españoles la sacrificaron en la guerra contra Napoleón; no era sólo su bienestar lo que defendían, desde luego.

Con la mera opinión de un católico poco ilustrado, voy sin embargo a tratar de justificar empíricamente la existencia real de una comunidad natural llamada nación. "Natural" es un adjetivo que no he usado por contraposición a "humano", sino por contraposición a "artificial". La familia es una comunidad humana, pero no es una comunidad artificial, es una comunidad de derecho natural. La diferencia es que una comunidad natural es un ente real, es decir, que existe a los ojos de Dios. "Lo que uno es ante Dios, eso es y no más", dijo San Francisco, y puede traerse aquí a colación para aplicarlo a una comunidad humana. ¿Contempla Dios la existencia de las naciones? Ya parece indicarse que sí cuando el Catecismo señala el amor a la Patria como parte del cuarto madamiento, de piedad filial. Pero hay algunos testimonios más que parecen dar fe de ello. Toda la vocación de Santa Juana de Arco, a la que Dios envió expresamente a reponer la amenazada existencia de Francia y a coronar a su rey -por cierto, pese a tratarse de un príncipe pusilánime y disoluto-, parece indicarlo. Es más, a Santa Juana se le aparece como protector de Francia el Arcángel San Miguel.

Todos tenemos un ángel de la guarda que Dios nos asigna para ayudarnos a alcanzar la salvación y la santidad. La tradición popular católica también habla de un "ángel de la guarda "propio de comunidades como el matrimonio y la familia. ¿Acaso tiene también cada nación un ángel protector? Pues atendiendo a las apariciones de Fátima, también parece que sí. Allí se aparece un ángel a los niños pastores que se presenta así: "yo soy vuestro ángel de la guarda, el Ángel de Portugal".

¿Acaso la pertenencia a una comunidad concreta nos hace injustos con los demás? No, todo lo contrario. No hay nada con más garantías de acabar en algo difuso e injusto que un amor vago, inconcreto, supuestamente "absoluto"... Que yo ore por la salud de mi padre enfermo no significa un menosprecio a los demás enfermos del mundo, todo lo contrario; y Dios, que no es tonto, sabe acoger esa oración en su esencia de amor, no es ese mezquino reduccionismo de los que ven en la concreción la antítesis de la perfección. A la perfección se llega por la concreción, como sabemos muy bien los cristianos, porque la Segunda Persona Divina se encarnó y se hizo hombre en Palestina y fundó la Iglesia sobre Pedro, hace unos 2000 años. Una bendición mayor de lo concreto es imposible.

Santa Clara nos da un ejemplo sencillo de esa concreción "patriótica". Caundo las hordas sarracenas de Federico II se dirigen a tomar Asís, todo el pueblo se refugia tras las murallas. Todos... excepto un grupo de monjas que, en su pequeño monasterio de San Damián, a 3 Km de la ciudad fortificada, permenecen en su clausura de oración. En su plegaria, Clara pide a Dios que las libre de sufrir daño, a ellas y a todo el pueblo. La oración es atendida inmediatamente y las tropas, famosas por su dedicación a la profanación anticristiana, la violación, el asesinato y el saqueo, son confundidas y dejan Asís sin atacar. Clara no ora por todo el mundo, ora por la ciudad de Asís, aunque no estuviera en su ánimo, evidentemente, la indiferencia ante el padecimiento de otros pueblos, sino todo lo contrario. Pero ella se ocupa de la realidad en que la Providencia la ha insertado, lo mismo que el hijo se preocupa de la salud de sus padres. En ese sentido, la nación puede ser análoga de nuevo a la propia familia, sin que la concreción implique reduccionismo, todo lo contrario.

En fin, creo que ya he dado algunas ideas sobre lo que pienso que es realmente una nación, y la española lo es, desde luego. No en vano, quiso la Providencia que Colón pisara América el día en que se celebraba ya entonces la fiesta dedicada a la Patrona de España, la Virgen del Pilar, la que le aseguró al Apóstol Santiago, sobre la roca a orillas del Ebro, que aquí habría buenos cristianos hasta el final de los tiempos.

Espero que los amigos que entren aquí no se escandalicen demasiado por la claridad con que abordo estos temas desde una perspectiva sobrenatural. De poco servirá que yo les diga que no me he vuelto loco, que es la sociedad la que hace "tabú" de realidades espirituales como éstas, tan reales como las teclas que mis dedos presionan al escribir; pero en fin... qué le vamos a hacer.

domingo, 16 de agosto de 2009

La mística de Antonio Machado

Campo de Castilla, de Nuria Vicente

"Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino ira?

Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero…
- La tarde cayendo está -.

“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logre arrancármela un día;
ya no siento el corazón.”

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los alamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
quié te volviera a sentir
en el corazón clavada.”

En mi período de post-conversión, me alimentaba con la poesía de los grandes místicos españoles (Santa Teresa, San Juan de la Cruz...), pero también con algunos poemas de Antonio Machado, recogidos con buen criterio por Torcuato Luca de Tena en su estupenda selección de "La Mejor Poesía Cristiana". Éste lo aprendí de memoria y me lo recitaba a mí mismo en el coche, al ir a trabajar, cuando me quedaba solo en casa, etc. Así que me he animado a escribir un análisis de aficionado sobre estos versos, de clara iconografía y mensaje cristianos, escritos por alguien que no había aceptado la fe y se dolía de ello.

"Yo voy soñando caminos de la tarde..." Es la tarde de la vida; el poeta siente que quedó atrás la alborada, la juventud, el tiempo en que se disculpan los desvaríos. El tiempo impone su ultimátum; empieza a ser la hora de la verdad, y eso le hace enfrentarse de nuevo a las preguntas más esenciales para apostar la vida en respuestas que cada vez serán más definitivas. La tarde... "a la tarde, seremos examinado en el amor", había escrito San Juan de la Cruz. El aire castellano del santo parece ser el mismo paisaje físico y espiritual de los versos de Antonio, el poeta moderno. Este campo de Castilla es un paraje límpido donde nada se oculta a la luz del sol; es el lugar de la verdad, donde no se permiten divagaciones, como aquel "desierto" místico del libro de Oseas: "la atraeré al desierto y le hablaré al corazón". Este lugar, inhóspito para el lujo y el desvarío, ha templado a fuego el alma castellana, y es el lugar del encuentro con la verdad para Antonio, el gran poeta moderno de alma andaluza, de la moderna Castilla. No importa si el campo en el que se inspiró Antonio era andaluz o castellano; un campo de mieses doradas, suaves colinas y álamos que denuncian un invisible riachuelo es de hecho el prototipo del campo de Castilla, que desde la épica medieval hasta la poesía de Antonio Machado, pasando por la mística de San Juan, tiene una entidad estética y simbólica propia.

"Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas..." Colinas doradas del trigo agostado de Castilla, y también de las almas cristianas de esta tierra, cosecha de santos. Dorado también de los retablos castellanos, que representan el Cuerpo Místico de Cristo, la unión inseparable de Dios con su Pueblo, la Iglesia. Colinas que son recuerdo de aquella de Jerusalén, donde el grano de trigo venido del Cielo murió para dar fruto, para convertirse en ese Pan que sería vida del mundo. Igual, en las colinas y campos de Castilla, el trigo crece para alimentar físicamente a los pobladores de esta tierra, y también sirve para hacer ese otro pan que se convertirá, en los altares, en el Cuerpo de Cristo.

Antonio no está ciego, ve esas colinas doradas, esa cosecha de cristianos, dorados por el sacrificio, que da esa tierra de Castilla; su presencia le interpela.

Los verdes pinos parecen la antítesis juvenil de las polvorientas encinas: pasión y temperamento frente a madurez y experiencia, también vitalidad frente a la decrepitud de lo polvoriento, casi cruel recordatorio de la vida, de esa angustia que el poeta siente por estar enfilando ya el ocaso. Todo esto enmarca el paisaje de ese elemento clave en la obra de Machado: "el Camino".

"Caminante, no hay camino", exclamará entre decepcionado y resignado en su mayor momento de desesperación, en uno de los poemas más desgarradoramente huérfanos de la modernidad. Pero, en aquel campo castellano, el camino es evidente; Antonio lo contempla, por eso se pregunta: "¿adónde el camino irá?" ¿Qué es este camino? Deberíamos preguntar, mejor, "¿quién es es este camino?" porque no es otro que aquel que dijo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al padre, sino por Mí". Ya en los primeros tiempos del cristianismo, cuando aún no tenían este nombre de cristianos, a esa nueva derivación del judaísmo se le llamó "el camino". Ese es, creo yo, el camino por el que Antonio se pregunta. No sabe si llevará a Dios o será una ilusión, un trabajo inútil; no sabe si esa cosecha dorada de cristianos será recogida por Dios o quedará muerta para pudrirse sobre los campos. En ese momento de su vida, Antonio se siente llamado a decidir, pero no encuentra respuestas.

Llama la atención el deseo de Antonio Machado de encontrar la verdad. Es claro que le atrae el cristianismo, pero no lo abraza porque no sabe si es verdadero. Necesita un permiso intelectual para dejar libre a su corazón en busca de Cristo, pero el permiso no llega, y su tiempo va pasando. Esta es la soledad de Antonio. Yo mismo me he sentido como Antonio en un momento de mi vida. Hablé con un buen amigo y me dijo que si seguía buscando una certeza intelectual, me podía pasar así toda la vida; me animó a "dar el salto" de la fe, porque la fe es a la vez un creer y un confiar. El que nos ayuda a creer es el intelecto, el entendimiento; creer es un acto intelectual. Confiar, en cambio es más un acto de la voluntad. La voluntad, es decir, el acto de la esencia personal de todo ser humano, puede moverse a confiar aún en la falta de evidencia. No contra la razón, no contra el logos, pero sí yendo más allá de la razón.

Concretaré. La certeza sobre la doctrina de Cristo-Dios, que nos habla del amor por el que Dios nos ha creado y de lo que ha hecho para salvarnos del pecado y de la muerte, es un acto al que difícilmente se puede llegar por la razón sola, debido al oscurecimiento de nuestro pensamiento, pero desde luego no es una posibilidad contraria a la razón. Por otra parte, más allá de la existencia de Dios y su bondad, es verdad que la doctrina cristiana revelada es razonable, pero no es demostrable. En esta posibilidad -razonable pero no comprobable con el entendimiento-, parece debatirse Antonio Machado, y parece interrogar a la naturaleza y a la vida, ya cansado, buscando -acaso por última vez- respuestas a su incertidumbre. Sin embargo, la doctrina de Cristo difícilmente puede alcanzarse por el entendimiento solo; es necesario "lanzarse" a confiar en su Palabra transmitida por la Iglesia. Eso no va contra la razón, pero sí que está por encima de la razón. El corazón de Antonio se ve atraído por la belleza del camino, por ese camino de fe cristiana que él ha recibido de sus antepasados "castellanos", pero no se siente avalado por el entendimiento para confiar en la Iglesia y hacerse cristiano.

"Yo voy, cantando, viajero, a lo largo del sendero". El sendero también es la propia vida, las decisiones que vamos tomando. En aquella otra ocasión diría que no hay camino por delante, sólo el que uno mismo se va haciendo por detrás y que no sirve para otros: "estelas en la mar". El sendero es el camino de la vida, pero en tiempo presente, ese tiempo en que todo parece intrascendente, despojado de la relevancia que parece cobrar el pasado y de los anhelos proyectados hacia el futuro, ese momento cuya importancia los débiles y perezosos siempre posponemos, aunque los santos nos avisen con su sabio lema: "¡hoy, no mañana!"

Antonio se ve capaz de vivir sin dejarse aplastar por estas incertidumbres, y hasta es capaz de canturrear alegre. Es capaz de seguir sin desanimarse a pesar de vivir en esta condena, como Sísifo sube una y otra vez la roca colina arriba; pero este poeta se comntempla como un Sísifo alegre, capaz de encontrar ánimo aun en esa contemplación de lo absurdo de la vida, no como Camus, que señaló el suicidio como único tema filosóficamente relevante, tras asumir la vida como un viaje absurdo. Quizá sale en esta ocasión el alma mediterránea, andaluza, de Antonio Machado, el descreído "comamos y bebamos, que mañana moriremos". También en esa otra ocasión, desesperado de la trascendencia, en un canto soberbio a la fortaleza en la aceptación de una vida sin sentido, dirá aquello de "yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón". Está alabando la gradeza de una vida sin más sentido que la vida misma, que acabará con una muerte absoluta; Antonio dice poder vivir alegre sin más perspectiva que ésta. Pero el marco de este poema es Castilla, y Castilla no le dejará engañarse, evadirse, ni siquiera escapándose por el cante andaluz. Lo veremos, pero más adelante.

"La tarde cayendo está". El poema es una gradación de oscuridades. La "madurez" del entendimiento parece dar cada vez menos permiso a la fe, esa fe que San Juan de la Cruz decía que es "tan cierta como oscura". "Bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche", escribiría el gran místico en otra ocasión. Pero para Antonio, esta oscuridad del entendimiento es grave, porque le aparta de la fe. No obstante, orgulloso, se pone a cantar, y su memoria le traicionará, porque le recordará esa fe que intenta desechar:

"En mi corazón tenía la espina de una pasión, logré arrancármela un día, ya no siento el corazón". Habla de tiempos de juventud, y la espina es la cruz de la fe cristiana. Por eso, luego la llamará "espina dorada", del dorado de lo divino, de lo religioso. La canción habla de amores humanos, pero Antonio -y en esto recaba la tradición de los místicos españoles- utiliza el amor humano para hablar del amor del alma y Dios. Fue su entendimiento el que arrancó esa pasión que alegraba su corazón, el carecer de una certeza exclusivamente racional, que le asegurara que ese hermoso idilio no era un mero engaño. También en otro poema, el de "anoche, cuando dormía", nos hablará de su pasado creyente, quizá infantil, con añoranza de su belleza, una belleza que ahora cree que no se puede permitir. Por eso se empeñará en encontrar esa belleza perdida, tan hermosa como esa vida infantil de fe, como esos "recuerdos de un patio de Sevilla", esa belleza que sólo podrá atisbar, desesperado, en la estética de la futilidad, de la "impavidez" ante la muerte, de "gentilidad" de las "pompas de jabón".

Lo cierto es que cuando confiaba en Dios, su corazón estaba vivo, y ahora está como muerto: "logré arrancármela un día, ya no siento el corazón".

La naturaleza se conmueve ante esa verdad involuntariamente pronunciada: "y todo el campo, un momento, se queda mudo, sombrío, meditando"; es más, lo único que la naturaleza se atreve a decir ante esta verdad que acaba de cantar es precisamente para confirmársela: "suena el viento en los álamos del río". ¡Cuánto recuerda esta imagen al ventalle de cedros que abanicaba el encuentro del alma y Dios en el poema de San Juan de la Cruz:

"En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba".

Con siglos de diferencia, ambos poetas comparten el mismo marco físico y espiritual, la misma iconografía, aunque sus almas se comporten de forma distinta. El viento del Espíritu Santo aparece reflejado, aunque en Machado es más lejano, viene desde ese río y no llega propiamente el viento, sino sólo su sonido. No es la propia presencia de Dios, el viento, que inunda y habita el alma con la gracia santificante -en el verso de San Juan de la Cruz-; es el sonido del viento, una forma distinta de actuación del Espíritu, sin entrar en la casa, más bien llamando a la puerta, confirmando los anhelos del corazón de Antonio, ese corazón "traicionero" que le protesta, recordándole la felicidad de la fe...

Hay otro antecedente en el que, por un instante, la naturaleza se para, y el intervalo finaliza con el viento soplando en las copas de los árboles. Se relata en una de las "Florecillas" de San Francisco, y sucede concretamente en el encuentro del pobrecillo de Asís con Santa Clara. Como regalo a Clara, Francisco decide invitarla a comer en los exteriores de SantaMaría de los Ángeles, la iglesia donde ella se había entregado completamente a Dios muchos años antes. Como primer plato, Francisco empieza a hablar del amor de Dios y toda la naturaleza se para, hasta el riachuelo para de correr, en un éxtasis compartido por la naturaleza. El viento sobre las copas de los árboles marcará el final de esta experiencia mística. Antonio Machado, al referirse a la espina clavada en el corazón, que lo vivificaba, también estaba hablando del amor de Dios, y es en esa frase donde cifra la verdad más sólida de su vivencia personal, en esa añoranza del amor de Dios.

Pero, a pesar de reconocer esa añoranza del corazón, la oscuridad del entendimiento se pronuncia aún más. "El corazón tiene razones que la razón no entiende" -había dicho Pascal-, y esto es dramático para el hombre moderno que ha decidido no reconocer nada que la razón sola no le revele; es el drama del positivismo: la hipótesis no demostrada de forma indudable, aunque sea razonable, es desechada. Eso es algo que impide el encuentro místico, la contemplación de Dios tal como la cuenta San Juan de la Cruz:

"Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo..."

Para "entrar donde no se sabe" hace falta una cosa: confianza. Este drama de la falta de confianza ante la oscuridad del entendimiento la encontramos en :"La tarde más se oscurece, y el camino que serpea y débilmente blanquea, se enturbia y desaparece". Es esa supuesta "madurez positivista" del entendimiento la que se opone a la confianza. Ya Cristo nos dijo que teníamos que "ser como niños", y el niño, según San Ambrosio que comenta este pasaje evangélico, "confía en quien le ama". Es una falsa madurez esa que nos invita a desconfiar cuando no tenemos certeza del entendimiento; creo que es también soberbia -no tengo más remedio que decirlo-, pensar que somos autosuficientes para alcanzar toda la verdad que necesitamos para vivir, sólo con nuetsro propio entendimiento y criterio. El gran avance de la historia del hombre, el que nos sacó de las cavernas, no fue tanto el desarrollo de la técnica, ni el fuego, ni siquiera el lenguaje... fue el aprendizaje de otros, la capacidad para confiar en otros sin tener que empezar de cero en cada ser humano. Y una forma, creo que errónea, de entender la vida en la modernidad es precisamente esa pretensión de querer alcanzar toda verdad esencial con nuestro propio y solo intelecto, sin necesidad de confiar en nadie.

El Papa Benedicto XVI, en su discurso en Ratisbona, formuló el problema de forma nueva, y quizá más acertada o comprensible. La cuestión no sería una insuficiencia de la razón para llegar al conocimiento de Dios, sino que en la modernidad se ha ido reduciendo el concepto de razón hasta asimilarlo al tipo de conocimiento propio de las matemáticas y el empirismo aplicados a las ciencias naturales, lo cual ha sido confirmado por el fabuloso desarrollo de la técnica. Pero sería necesario evitar la reducción de ese concepto de razón, con el fin de aplicar correctamente el entendimiento a realidades que van más allá de lo natural, lo cual es posible.

Pero volvamos al poema que nos ocupa porque, además, el camino serpea, no es recto, tiene la forma del mal, de la serpiente. Si al menos fuera recto, sería más fácil seguirlo con la vista, pero la trayectoria de la Iglesia tiene la forma de la debilidad humana, la vida del hombre está marcada por un enorme sufrimiento ante la mirada del Creador, y la propia naturaleza está también contaminada de una crueldad que nos confunde. Es el "mysterium iniquitatis", el misterio del mal, que tanto atormenta al ser humano moderno, que le lleva a veces a pensar que si existe Dios, no puede ser un Dios bueno que nos ama, más bien será un ser egoísta o un "relojero ciego" e insensible, un "gran arquitecto" a lo sumo. Juicio erróneo por desconfianza, porque quien nos dotó con un vivo anhelo de la justicia no puede ser injusto. Más bien habría que confiar en el amor y la justicia divinas, aunque seamos incapaces de explicarnos el mal -por ahora-.

El camino, hay que reconocerlo, blanquea, hay enseñanzas maravillosas, hay personas admirables, ejemplos de santidad que cualquier ser humano reconocería como ejemplares, pero blanquea débilmente y se enturbia. Es la protesta de Machado, que esperaría ver una Iglesia perfecta, pura y sin turbideces. La turbidez parece ser prueba de la falsedad de la Iglesia, de la inexistencia real del camino. Es otro gran pesar moderno la imperfección de la Iglesia, el pecado de los cristianos. Pero Cristo resucitado confirmó el primado de Pedro después de que éste le hubiera negado tres veces. En el fondo, creo que la exigencia de pureza a la Iglesia es una necesidad más de pruebas para creer. porque la Iglesia no es un club de perfectos, más bien es un hospital de pecadores, y jamás ha pretendido ser otra cosa. La Iglesia es santa porque está unida a Cristo, porque en ella actúa el Espíritu, porque es el Pueblo de Dios, pero está necesitada de purificación. Esta exigencia de autenticidad contrasta con la confianza de un campeón de la autenticidad: San Francisco de Asís. A la pregunta de qué haría si supiera que el que estaba celebrando la Misa fuese un sacerdote gravemente pecaminoso e indigno, respondió: "me acercaría al altar y recibiría el Cuerpo de Cristo de sus manos consagradas".

Antonio se escandaliza de lo que ve, por eso el camino "se enturbia y desaparece". El corazón, sin embargo, no se dejará vencer sin quejarse. El poeta reconoce la realidad de su corazón, y llama "plañir", llorar, a ese canto. Reconoce que su alegría es mentira, que no es fiesta, sino protesta de un sentimiento violentado, de un corazón desoído: "mi cantar vuelve a plañir".

"Plañir", "dorada"... el final del poema es el momento de reconocer la verdad, de dar al lector las claves de interpretación.

"Aguda espina dorada". Su corazón llora, la espina era la fe, la confianza en Cristo. Una espina "aguda", que duele y que es ese mismo dolor el que hace sentir vivo, el que mantiene la vigilia e impide el letargo. La espina es aguda como dolorosa es la cruz que acepta el cristiano. Me vienen a la memoria los versos de Jacinto Verdaguer:

"A mi corazón llamaron:
corrí a abrir con vida y alma.
Veo en la puerta a mi Amor
con una cruz que me espanta.
-Pasad, si os place, Señor,
pasad, que ésta es vuestra casa;
si sólo una choza es,
haced de ella vuestro alcázar.
Y, haciendo mi noche día,
Jesús entró en mi morada;
pero al entrar en mi pecho
dejó la cruz en mi espalda".

"Quién te pudiera sentir en el corazón clavada"; quiere el poeta recuperar esos efectos de la fe que la esclavitud de su intelecto le impide renovar. No llega a ser una oración porque no está dirigida a Dios, ni siquiera "a ti Dios que no existes", como proclama una popular oración del ateo. Antonio ni siquiera se permite eso. Pero sí se atreve a reconocer el anhelo de su corazón, que quisiera poder aceptar esa fe. Anhela esa alegría de la cruz, esa felicidad del sacrificio que espera redención. Pero le falta la esperanza liberadora, que su entendimiento se teme que es falsa.

Esa espina, cómo no, es la marca del amor; del amor de hombre y mujer en la canción popular y en la vida amorosa, y también del amor del alma a Dios en la vida espiritual de Machado. Santa Teresita, maestra de la infacia espiritual, nos dejó escrito: "solamente la confianza nos conducirá al amor". Y más aún: "Señor, no te entiendo nada, pero te creo todo, porque me fío de ti".

Esa confianza no es el desprecio de la razón, pero sí el reconocimiento de sus limitaciones, de que el entendimiento necesita apoyarse en la confianza. ¡Si lo tiene que hacer continuamente, incluso en las cuestiones materiales...! ¿O es que todos los químicos han comprobado personalmente la existencia del átomo antes de emprender sus propias investigaciones? San Agustín nos diría: "creo para entender, y entiendo para creer mejor". Dios nos dio la razón, ¿cómo vamos a despreciarla? Sería poco ético creer algo contrario a la razón. Pero lo que no se puede demostrar no es contrario a la razón, es simplemente desconocido para la razón. Creer, confiar en Cristo, no es nada irracional. Nuestro entendimiento, bien empleado, nos daría permiso para confiar en Él. Y para seguir los pasos de otros que han encontrado en Cristo un sentido a su vida.

La ciencia moderna es empírica. Eso quiere decir que no se apoya exclusivamente en el razonamiento, sino que se sustenta en pruebas reales. Muchos medicamentos, que no se sabe cómo actúan ni por qué, son utilizados después de comprobar que sus efectos son beneficiosos en estudios científicos. No hemos deducido ni observado su mecanismo de acción, pero no es contrario a la razón su poder curativo. Y los usamos, porque vemos sus efectos. Yo he sido educado en la experiencia científica moderna, en el empirismo, y vi los efectos de Cristo en personas admirables, como San Agustín y la Madre Teresa de Calcuta. Ellos fueron la prueba empírica que yo necesitaba para abrazar al Cristo que mi corazón anhelaba. Confié.

Ojalá la gracia de Dios iluminase finalmente el intelecto de Antonio Machado y le permitiera abrazar a ese Cristo añorado con el último aliento de su vida, en el nuevo y postrer encuentro que sugiere ese último verso, providencialmente encontrado en su bolsillo, aun en medio de su triste huída como refugiado de guerra gravemente enfermo:

"Estos días azules y este sol de la infancia..."

sábado, 15 de agosto de 2009

El Valiente Desperaux

CINE-FÓRUM

Desde que vi este magnífico cartel, sospeché que ahí podía haber una obra de arte cinematográfico para niños. No me equivocaba. Desperaux es un ratoncito que nada a contracorriente, porque no acepta el miedo que en la comunidad de ratones se enseña a todos desde que son niños. Él no quiere ser un ratón cobarde, él tiene una voz interior irresistible que le llama a ser algo más, y por eso descubre una puerta abierta al encuentro de sí mismo cuando llega a una biblioteca y lee un libro de caballería. Concreta entonces sus aspiraciones y decide convertirse... ¡en un caballero! ¡Valor, honor, verdad... qué alegría oír esas palabras en un cuento para niños! ¡Cuánta falta les hacen!

Desperaux ya es un caballero en potencia, pero la realidad vendrá a buscarle en forma de gesta. Aparece entonces en escena una representación maravillosa del alma y el genio femenino; en el castillo donde vive Desperaux, también vive, prisonera de los miedos sobreprotectores de su padre, herido por la muerte de su esposa, una princesa. En su presentación se desliza una de las sublimes perlas de la película, porque la princesa está prisionera... "aunque nadie es prisionero del todo cuando tiene esperanza" (ahí me dieron ganas de saltar del asiento, aplaudir y vitorear, ¡cuánto necesitamos hoy esa reflexión sobre el poder liberador de la esperanza!).

Y el encuentro del ratoncito con la princesa es de una delicadeza, belleza y verdad que cautivan, una verdadera pieza de arte dramático; cómo uno pregunta por quién es el otro, cómo sintonizan sus almas, y cómo destaca la gradiosidad del espíritu femenino, capaz de inspirar los mayores logros humanos. Estos minutos de la película son absolutamente fascinantes; hacen palidecer el engañoso vistuosismo dramático del encuentro adúltero de los protagonistas de los Puentes de Madisson. ¿Quién ha dicho que los verdaderos valores no pueden inspirar obras de arte mejor resueltas que esos maravillosos engaños progres? En fin, no me resisto a relatarlo por encima:

A la pregunta de la princesa, que inquiere quién está ahí, el ratoncito responde: "¡un caballero!" Cuando da razón de su respuesta, y dice haber jurado defender la verdad, la princesa dulcemente le señala: "ah, entonces no sois un simple cabellero, sois un ilustre caballero", lo que llena de satisfacción a Desperaux, que se encuentra comprendido y valorado mucho más allá de lo que él hubiera soñado. La princesa le ayuda a cerciorarse y a alcanzar la certeza interior de la grandeza a la que está llamado.

En el otro sentido, la princesa también se encuentra escuchada y comprendida por el pequeño caballero. Al relatar su vida y su pesar, no sabe muy bien cómo expresar la desdicha de su encierro, pero el ratón la completa: "¿tenéis anhelos?" ¡Eso es lo que le pasa! Cuando Desperaux le revela que esas cosas las ha aprendido en un libro de caballería que está empezando a leer, la princesa le pide que alivie su encierro yendo a contarle cómo continúa el libro según lo vaya leyendo, algo que entraña sus dificultades... pero en ese reto, señalado por la princesa, encuentra el ratoncito la ocasión para actuar verdaderamente como caballero: "¡esa será mi gesta!", proclama entusiasmado, ante la admiración de la princesa.

No voy a contar más de la película, pero el resto también está marcado por la verdad, por el reconocimiento de la fragilidad de las personas, y por la posibilidad de liberarnos del mal.

Me parece una película maravillosa, con una gran belleza en los dibujos, con un guión realmente valioso, y que a mi hijo le ha encantado. Él, que tiene tres añitos, ha encontrado un modelo estupendo en "el valiente Desperaux", y en casa le nombramos cada vez que él tiene que afrontar alguna adversidad, para darle ánimos. Está ya en vídeo, y os aconsejo que se la pongáis a vuestros hijos, nietos, sobrinos, alumnos, etc.

Lo que pasa en España

Éste es Zapatero que va por la calle y se encuentra con Jaimito.

Le dice Zapatero: "Ostras, ¿tú eres Jaimito, el de los cuentos?"

Jaimito le contesta: "No, no, el de los cuentos eres tú, yo soy el de los chistes".

Bromas aparte, no sé lo que pasará en España, pero si Dios quiere, es posible que volvamos a tener una parte importante en la Evangelización, aunque ahora parece todo lo contrario.

España se ha enfrentado a poderosos enemigos de la fe, y cuando los ha vencido, ha desempeñado un papel importantísimo. Primero fue el arrianismo, y cuando los godos lo aceptaron, la España visigótica de san Isidoro fue la lumbrera de la cristiandad. Luego fue el Islam: España fue bastión occidental que no sucumbió totalmente, manteniendo la integridad europea, unificándola en el Camino de Santiago. Y, cuando logró reponerse y acabar la Reconquista, emprendió la mayor obra evangelizadora de la historia, en América; mantuvo de nuevo la integridad europea en Lepanto; fue decisiva su aportación intelectual y política frente a la herida y enfermedad que el protestantismo supuso para la cristiandad europea; y dio sustento a los derechos de los indios, creando el concepto de derechos humanos, el reconocimiento político de los derechos naturales de todo hombre, que los tiene por el hecho de serlo, y que nacieron como reconocimiento de deberes de los españoles para con los indios.

En el siglo XIX, España fue invadida y aquí se demostró por primera vez que Napoleón era vencible, asestándole una herida tras la que vendría su definitivo decaimiento.

Y en el siglo XX, España fue la capaz de zafarse del tremendo ataque del comunismo, convirtiéndose de nuevo en un bastión frente a esta bestia que amenazaba con devorar Europa y que lo hizo por el Este, hasta que cayó definitivamente.

Hoy España está de nuevo invadida, en este caso por un progresismo anticristiano e inhumano que promueve el aborto, la inmoralidad sexual, ataca a la familia y quiere hacer tabula rasa de la civilización occidental. Pero quedan en nuestro país españoles que se están organizando, que han salido a la calle ya en defensa de la familia, contra el "matrimonio" gay, por la libertad educativa, contra la negociación con los terroristas, etc. Ahora, aparentemente, es una lucha de David contra Goliath, pero el gigante puede acabar cayendo, y cuando caiga, España será un hervidero de personas comprometidas y bien formadas en el testimonio de los valores cristianos.

Hasta hace poco me he preguntado por qué el progresismo inhumano ganaba la batalla de la intelectualidad y la creación artística. Un ejemplo claro es la bellísima canción de "Alfonsina y el mar", bellísima sólo en sentido estético, porque exalta como un acto de cristalina pureza el tristísimo suicidio de la poetisa Alfonsina Storni. ¿Por qué, los que defendemos los verdaderos valores, y no antivalores como el suicidio, parecíamos incapaces de creaciones como esa? Hoy, eso va dejando de ser verdad. España es un hervidero de personas católicas de gran talla intelectual, capaces de hacer perfectamente frente a la dañina "intelectualidad" progre si tuvieran presencia en medios de comunicación y, en general, en la vida pública española, cerrada a cal y canto por ahora a los mensajes cristianos. Pero esa desventaja también puede vencerse con el tiempo y con mucho esfuerzo.

España está sufriendo el ataque más duro del progresismo, con un partido realmente peligroso como es el PSOE actual, y con una oposición mediocre y anodina que contemporiza -cuando no los comparte- con los antivalores "progresistas" mientras pretende nadar y guardar la ropa. Pero este ataque político y mediático terrible -terrible por lo bien elaborado, por lo atrayente y lo bien disfrazado que está-, está avivando, como quien sopla sobre unas brasas, el poso cristiano de España. Yo creo que, si Dios quiere, nos acabaremos sacudiendo este progresismo como nos sacudimos el Islam, y cuando lo hagamos, podremos ser un foco de recuperación de la civilización cristiana que hemos llamado "occidental", y de misión hacia otras culturas.

Ya la España de Ultramar, Hispanoamérica, se ha convertido en el bastión mundial contra el que se está estrellando el abortismo internacional, con todo su poder. Ni quitándoles las ayudas al desarrollo de la ONU están consiguiendo, en la mayoría de los casos, que los países americanos abran las puertas a la cultura de la muerte. Es posible que haya derrotas en el futuro, pero están plantando cara de forma a veces heroica, incluso personas como el sandinista Daniel Ortega, que ha blindado las leyes de Nicaragua contra el aborto mientras ha denunciado públicamente las amenazas y chantajes abortistas de la ONU. No nos damos cuenta, pero la Hispanidad ya está dando la batalla más dura contra el progresismo a nivel mundial, y esto no ha hecho más que empezar.

La lucha española ha estado siempre ligada a la civilización cristiana occidental. Un signo de esperanza es la Unión Europea, que ha acabado con las luchas intestinas. La Unión Europea, fundada por políticos verdaderamente cristianos como Schumann, Adenauer y de Gasperi, que querían edificar una Europa sobre los verdaderos fundamentos de paz, solidaridad y justicia de la civilización crsitiana occidental, tiene por bandera la corona de doce estrellas de la Virgen María, sobre el azul de la Inmaculada Concepción (tal fue precisamente la inspiración del diseñador de la bandera). Hoy Europa parece un baluarte del progresismo inhumano, pero eso podría cambiar, y España puede ser importante para ello. "Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará" -dijo la Virgen de Fátima. No sabemos cuáles son los designios de Dios, cómo se verificará esta victoria, ni cuándo se llevará a cabo. Es posible que anuncie el final de los tiempos y no una victoria temporal de la Iglesia, sino la Parusía, la segunda venida de Cristo en Majestad que pondrá punto final a la historia. Ojalá. Pero si no es así, creo que los españoles, de un lado y otro del mundo, como apuntó Juan Pablo II, estamos de nuevo llamados a tener un papel protagonista en la evangelización de Europa y del mundo entero.

Vidriera de la Catedral de Estrasburgo que representa a la Virgen coronada como Reina del Cielo y de la Tierra. Nótese la corona de doce estrellas (arriba, sobre fondo azul), propia de la iconografía de la Inmaculada Concepción: "Vi una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza, una corona de doce estrellas" (Apocalipsis de San Juan).

domingo, 9 de agosto de 2009

Fe + Ciencia

La visión acientífica de la naturaleza explicaba de forma imaginativa sus fenómenos. Se caía en una deificación de la misma: la naturaleza estaba controlada por dioses cuyas ocurrencias lo justificaban todo, desde lo sublime a lo catastrófico. Los fenómenos naturales eran caprichos divinos inasequibles al conocimiento.

La Revelación cristiana cambió estas concepciones, que ya habían empezado a ser desechadas por el heroico hambre de Verdad que embargó al mundo griego, en lucha contra la imaginativa oriental y occidental. Para el cristiano, la naturaleza ya no es Dios, sino creación de Dios. Ya no es misteriosa, simplemente es temporalmente desconocida, y por tanto cognoscible, investigable. La búsqueda del conocimiento, de la verdad en la Naturaleza, se fundamenta ya en la idea, enunciada con gran sencillez por Einstein en el S. XX, de que "Dios no juega a los dados". La Naturaleza ya no se imagina sujeta al capricho de los dioses, sino que se entiende y reconoce como creación de un Dios bueno y recto que deja en ella la huella del Logos. El capricho, el caos, da paso a un orden predecible. La fatalidad da paso a la esperanza. Este orden como huella del Logos es aprehensible por el conocimiento humano, cuya inteligencia es imagen del propio Logos Divino.

Ilustración de la Creación, de Jean Fouquet, a finales del S. XV; Biblioteca Nacional Francesa. Obsérvese arriba al Creador con el compás y los ángeles a derecha e izquierda sosteniendo la regla y la escuadra.

Ya nunca más el hombre se conformará con historias para aprehender lo sublime y lo terrible de la Naturaleza; a partir del cristianismo, lo misterioso pasa a ser simplemente desconocido; la perplejidad y la sumisión idolátrica dan paso a la investigación científica. Es el bautismo de la C¡encia, nacida ya en la Antigüedad griega, pero herida antes de fatalidad no resuelta, y curada, liberada, redimida para la esperanza por la Revelación cristiana. Ya la roca de Sísifo no será una condena eterna cuya única justificación es el capricho de los dioses; se trata de un sufrimiento temporal, de la carga del pecado del hombre y de sus consecuencias, asumida por el propio Dios en la persona de Cristo para la liberación definitiva. Es como si Cristo mismo hubiese tomado sobre sus hombros la roca de Sísifo, cargando con el pecado de toda la humanidad, con el fin de que el hombre, una vez cargada su propia roca, su cruz, pudiera liberarse de ella para siempre, alcanzando su plenitud. La Resurrección de Cristo nos revela que la roca no cae eternamente por la pendiente: que el Hijo del hombre ha vencido sobre ese destino fatal y nos muestra el camino para que, donde Él ha vencido, venzamos también nosotros.

"Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más. La muerte ya no tiene dominio alguno sobre él. Porque el morir por el pecado fue sólo de una vez para siempre; pero el vivir ahora, resucitado, es un vivir eterno, para Dios, como Dios" (Ro 6,9-10)

Así, la plenitud del hombre es su perfección como hombre; no es una desintegración de su esencia, no es una disolución en "el Todo", no es un fluir, es un luchar, pero hacia la unión con Dios, con el Otro, sin perder su propia esencia humana, manteniendo y perfeccionando toda su identidad espiritual y corporal.

Una de las mayores liberaciones del cristianismo, que encuentra terreno abonado en la filosofía grecolatina, es hacer al hombre consciente de su grandeza. Ya el paganismo griego veía al hombre como un ser valioso, al que se animaba a no dejarse aplastar por la fatalidad, incluso aunque no hubiera esperanza (el mito de Sísifo). El cristianismo le explica al hombre su grandeza de ser personal, creado por puro designio de amor de Dios, quedando toda la Creación a su servicio, para conocerla con la ciencia, dominarla con la técnica y cuidarla como creación de Dios que es. Y le da la esperanza del Cielo. Le explica que lo terrible de la naturaleza no es querido por Dios, sino una consecuencia de la libertad humana, que dejó entrada al mal por el pecado, pero que un día, por la Redención de Cristo, todo volverá a ser como debe ser, todo volverá a ser "como Dios manda".

Es más, allí donde abundó el pecado, sobreabundará la gracia. La curación será aún mejor que la salud original; la Nueva Creación que nace a partir de la Cruz sobrepasará a la primera Creación; el Cielo, los "cielos nuevos y la tierra nueva", sobrepasarán al Paraíso terrenal, de una forma inimaginable: "Ni ojo vio ni oído oyó lo que mi Padre ha preparado para los que le aman".

Pero volvamos a la naturaleza, porque un frecuente error, quizá resemblanza moderna de los mitos orientales que se empeñan en predicar la completa armonía del Universo, ha sido querer contemplar la naturaleza como huella perfecta de Dios perfecto, cerrando los ojos a la crueldad que existe en ella. Esta falsa idea es cada vez más insostenible, y sobre todo cuando tenemos presente las observaciones sobre la evolución de las especies. Lo cierto es que la naturaleza, el Universo, está tan contaminado por la consecuencia del pecado original como el alma humana está manchada de egoísmo y tendencia al error. No, la naturaleza que contemplamos no es pura ni perfecta, no es totalmente bella, ni buena; en ella, la belleza convive con el espanto, la ternura con la crueldad, etc. De nada sirve cerrar insensiblemente los ojos a esta realidad, ni predicar una armonía absoluta que no existe. En el orden final querido por Dios "jugarán el lobo y el cordero, y un niñito los guiará" (Is 11,6); es decir, el lobo ya no depredará al cordero, la crueldad -que ahora existe- ya no tendrá sitio en la nueva creación.

La idea del desarrollo de las especies mediante la selección natural de los más capaces nos da una visión dramática de cómo la evolución natural se ha producido en una historia durísima de competencia y predación. La creación entera "gime con dolores de parto", un parto que es reflejo de la propia cruz cargada por Cristo y por todo hombre; una cruz que no es producto de la voluntad de Dios, sino del pecado del hombre. Pero, a través de esa cruz "cósmica", se realiza la voluntad del Creador: aparecen admirables especies vegetales y animales, y aparecemos nosotros, el Ser Humano. Darwin lo escribe de forma magistral en el último párrafo de "El Origen de las Especies":

«Hay grandeza en esta concepción de que la vida, con sus diferentes facultades, fue originalmente alentada por el Creador en unas cuantas formas o en una sola, y se han ido desarrollando, a partir de un comienzo tan sencillo, una infinidad de formas cada vez más bellas y maravillosas».

Vayamos a la esencia de la historia universal: El hombre, como rey de la Creación puesto por Dios, podía con su libertad abrazar el bien o permitir la entrada al mal, siguiendo la voluntad de Dios o apartándose de ella. Éste era el gran misterio que confundía al hombre, el "mysterium iniquitatis", el misterio del mal que atormenta al hombre que contempla el mundo, tanto en los fenómenos humanos como en los naturales. Ese "mysterium iniquitatis" es vencido cuando se acepta el misterio de la Cruz, el misterio de la confianza en Dios, que en la persona de Cristo se ha sometido a las consecuencias del pecado. Este es el "mysterium fidei", el misterio de la fe, o quizá de forma aún más clara psicológicamente: el misterio de la confianza, porque la fe no es sólo creer, sino que es fiarse, es decir, creer poniendo toda nuestra persona como aval de aquello en lo que creemos. La fe no es sólo creer que Dios nos recogerá si saltamos a sus brazos ("también los demonios creen, y tiemblan"); la fe es saltar, confiados, a sus brazos.

En resumen, el mal que contemplamos y sufrimos nos puede llevar a pensar erróneamente que el Creador no es justo, y que no nos ama. Pero una mirada más limpia nos llevará a pensar que nuestro propio anhelo de justicia es también creación suya, y que por tanto nuestro anhelo puro de bondad y justicia no es más que un eco imperfecto de la sublime bondad y justicia divinas. Es decir, la humildad ante la creación y su Creador pueden llevarnos a confiar en que debe haber una explicación al mal aunque no la conozcamos, que Dios es bueno y recto, aunque no comprendamos por qué hay mal en el mundo, y que, como es Todopoderoso, la justicia triunfará, reduciendo el actual estado de injustica a una situación pasajera, como el parto da inicio a la vida. Esta es la expresión más esencial, pienso, del paso de la oscuridad a la luz, a la presencia del Logos en el pensamiento: la explicación del mal ya no será algo caprichoso, misterioso; el mal es algo desconocido, que no comprendemos, pero que nos invita a decir "no lo sabemos, pero un día lo comprenderemos", no cayendo en el error de pensar que "el mal es un antojo de un supuesto dios caprichoso, que se divierte jugando y subyugando a los hombres". Este error está movido, en el fondo, por una gran soberbia, por una gran falta de humildad, ya que se basa en asumir que nuestro propio sentido de la justicia es más perfecto que el de Aquél que nos lo ha infundido. Nos creemos tan perfectos, que creemos que podemos juzgar a Dios porque somos más justos o más consecuentes que Él.

La confianza en la bondad divina, en el Logos, se ve confirmada cuando el Logos mismo, Dios encarnado, asume las consecuencias del mal y carga con la cruz que no le correspondía. La cruz no nos regala la comprensión del mal, pero nos muestra que hacemos bien en confiar, porque Cristo mismo, Dios encarnado, el Logos encarnado, nos ha precedido mostrándonos el camino de la confianza sufriente.

No es necesaria la revelación para contemplar el "mysterium iniquitatis", la realidad del mal, presente en la catástrofe natural, la crueldad de la depredación y, más claramente, en los actos de desprecio del hombre por sus semejantes. Tampoco es necesaria la revelación para comprender que todo eso es un desorden y confiar en el imperio de la justicia, en que todo ha de tener un sentido aunque no lo conozcamos, y que merece la pena cargar con la piedra colina arriba confiando en que, a diferencia del mito de Sísifo, el sufrimiento no será eterno, sino en que, de una forma desconocida para nosotros pero sin duda prevista por el Creador, su orden acabará venciendo.

Pero para la fragilidad del hombre es difícil cargar con la roca que supone la experiencia del mal sin verse aplastado, sin renegar de su propia naturaleza, a menos que cuente con la fuerza sobrenatural de Dios. Es casi imposible aferrarse a la verdad sin dejarse aplastar por el "mysterium iniquitatis", el misterio del mal. Nos resulta increíble ver en el pecado el origen del cataclismo cósmico y humano que en realidad es.

Jesús nos anuncia la venida del Espíritu Santo, el Paráclito, y en mi opinión, el fragmento de Juan que escribo a continuación significa también que el Espíritu Santo nos abre los ojos a esta realidad: que el mal que contemplamos brota del pecado, y es pasajero porque ha sido vencido por Cristo, nuestra esperanza. Dice así:

"... Cuando él venga [habla del Paráclito, el Espíritu Santo], convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado". Juan 6, 8-11.

A la derecha, icono de Pentecostés: los Apóstoles, en oración junto con la Virgen María, reciben al Espíritu Santo que desciende como fuego sobre ellos. En la oscura gruta, el viejo rey Cosmos tiende las manos hacia la luz que será predicada por los Apóstoles. Lo explicaremos mejor citando las palabras de un pintor de iconos actual:

"El personaje vestido de rey, en la parte inferior del icono, es el cosmos. Está rodeado de un arco negro, signo de que el universo está prisionero del príncipe de este mundo y de la muerte. El cosmos tiene en sus manos un paño con doce rollos, símbolo de la predicación de los doce apóstoles y de la Iglesia. En el icono hay dos niveles: arriba, está ya la “nueva creación”, realizada por el Espíritu Santo y a la cual aspira la humanidad; abajo, el Espíritu Santo entra en acción con la evangelización para liberar y transformar el cosmos prisionero de la muerte" (Kiko Argüello, Pentecostés 2006).

Espero no haberme apartado en nada de las enseñanzas de la Iglesia Católica. Si en algo lo he hecho, atribuidlo a pura ignorancia por mi parte y no dudéis en decírmelo, porque confío infinitamente más en el criterio de la Iglesia que en el mío propio.
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