domingo, 9 de agosto de 2009

Fe + Ciencia

La visión acientífica de la naturaleza explicaba de forma imaginativa sus fenómenos. Se caía en una deificación de la misma: la naturaleza estaba controlada por dioses cuyas ocurrencias lo justificaban todo, desde lo sublime a lo catastrófico. Los fenómenos naturales eran caprichos divinos inasequibles al conocimiento.

La Revelación cristiana cambió estas concepciones, que ya habían empezado a ser desechadas por el heroico hambre de Verdad que embargó al mundo griego, en lucha contra la imaginativa oriental y occidental. Para el cristiano, la naturaleza ya no es Dios, sino creación de Dios. Ya no es misteriosa, simplemente es temporalmente desconocida, y por tanto cognoscible, investigable. La búsqueda del conocimiento, de la verdad en la Naturaleza, se fundamenta ya en la idea, enunciada con gran sencillez por Einstein en el S. XX, de que "Dios no juega a los dados". La Naturaleza ya no se imagina sujeta al capricho de los dioses, sino que se entiende y reconoce como creación de un Dios bueno y recto que deja en ella la huella del Logos. El capricho, el caos, da paso a un orden predecible. La fatalidad da paso a la esperanza. Este orden como huella del Logos es aprehensible por el conocimiento humano, cuya inteligencia es imagen del propio Logos Divino.

Ilustración de la Creación, de Jean Fouquet, a finales del S. XV; Biblioteca Nacional Francesa. Obsérvese arriba al Creador con el compás y los ángeles a derecha e izquierda sosteniendo la regla y la escuadra.

Ya nunca más el hombre se conformará con historias para aprehender lo sublime y lo terrible de la Naturaleza; a partir del cristianismo, lo misterioso pasa a ser simplemente desconocido; la perplejidad y la sumisión idolátrica dan paso a la investigación científica. Es el bautismo de la C¡encia, nacida ya en la Antigüedad griega, pero herida antes de fatalidad no resuelta, y curada, liberada, redimida para la esperanza por la Revelación cristiana. Ya la roca de Sísifo no será una condena eterna cuya única justificación es el capricho de los dioses; se trata de un sufrimiento temporal, de la carga del pecado del hombre y de sus consecuencias, asumida por el propio Dios en la persona de Cristo para la liberación definitiva. Es como si Cristo mismo hubiese tomado sobre sus hombros la roca de Sísifo, cargando con el pecado de toda la humanidad, con el fin de que el hombre, una vez cargada su propia roca, su cruz, pudiera liberarse de ella para siempre, alcanzando su plenitud. La Resurrección de Cristo nos revela que la roca no cae eternamente por la pendiente: que el Hijo del hombre ha vencido sobre ese destino fatal y nos muestra el camino para que, donde Él ha vencido, venzamos también nosotros.

"Cristo resucitado de entre los muertos ya no muere más. La muerte ya no tiene dominio alguno sobre él. Porque el morir por el pecado fue sólo de una vez para siempre; pero el vivir ahora, resucitado, es un vivir eterno, para Dios, como Dios" (Ro 6,9-10)

Así, la plenitud del hombre es su perfección como hombre; no es una desintegración de su esencia, no es una disolución en "el Todo", no es un fluir, es un luchar, pero hacia la unión con Dios, con el Otro, sin perder su propia esencia humana, manteniendo y perfeccionando toda su identidad espiritual y corporal.

Una de las mayores liberaciones del cristianismo, que encuentra terreno abonado en la filosofía grecolatina, es hacer al hombre consciente de su grandeza. Ya el paganismo griego veía al hombre como un ser valioso, al que se animaba a no dejarse aplastar por la fatalidad, incluso aunque no hubiera esperanza (el mito de Sísifo). El cristianismo le explica al hombre su grandeza de ser personal, creado por puro designio de amor de Dios, quedando toda la Creación a su servicio, para conocerla con la ciencia, dominarla con la técnica y cuidarla como creación de Dios que es. Y le da la esperanza del Cielo. Le explica que lo terrible de la naturaleza no es querido por Dios, sino una consecuencia de la libertad humana, que dejó entrada al mal por el pecado, pero que un día, por la Redención de Cristo, todo volverá a ser como debe ser, todo volverá a ser "como Dios manda".

Es más, allí donde abundó el pecado, sobreabundará la gracia. La curación será aún mejor que la salud original; la Nueva Creación que nace a partir de la Cruz sobrepasará a la primera Creación; el Cielo, los "cielos nuevos y la tierra nueva", sobrepasarán al Paraíso terrenal, de una forma inimaginable: "Ni ojo vio ni oído oyó lo que mi Padre ha preparado para los que le aman".

Pero volvamos a la naturaleza, porque un frecuente error, quizá resemblanza moderna de los mitos orientales que se empeñan en predicar la completa armonía del Universo, ha sido querer contemplar la naturaleza como huella perfecta de Dios perfecto, cerrando los ojos a la crueldad que existe en ella. Esta falsa idea es cada vez más insostenible, y sobre todo cuando tenemos presente las observaciones sobre la evolución de las especies. Lo cierto es que la naturaleza, el Universo, está tan contaminado por la consecuencia del pecado original como el alma humana está manchada de egoísmo y tendencia al error. No, la naturaleza que contemplamos no es pura ni perfecta, no es totalmente bella, ni buena; en ella, la belleza convive con el espanto, la ternura con la crueldad, etc. De nada sirve cerrar insensiblemente los ojos a esta realidad, ni predicar una armonía absoluta que no existe. En el orden final querido por Dios "jugarán el lobo y el cordero, y un niñito los guiará" (Is 11,6); es decir, el lobo ya no depredará al cordero, la crueldad -que ahora existe- ya no tendrá sitio en la nueva creación.

La idea del desarrollo de las especies mediante la selección natural de los más capaces nos da una visión dramática de cómo la evolución natural se ha producido en una historia durísima de competencia y predación. La creación entera "gime con dolores de parto", un parto que es reflejo de la propia cruz cargada por Cristo y por todo hombre; una cruz que no es producto de la voluntad de Dios, sino del pecado del hombre. Pero, a través de esa cruz "cósmica", se realiza la voluntad del Creador: aparecen admirables especies vegetales y animales, y aparecemos nosotros, el Ser Humano. Darwin lo escribe de forma magistral en el último párrafo de "El Origen de las Especies":

«Hay grandeza en esta concepción de que la vida, con sus diferentes facultades, fue originalmente alentada por el Creador en unas cuantas formas o en una sola, y se han ido desarrollando, a partir de un comienzo tan sencillo, una infinidad de formas cada vez más bellas y maravillosas».

Vayamos a la esencia de la historia universal: El hombre, como rey de la Creación puesto por Dios, podía con su libertad abrazar el bien o permitir la entrada al mal, siguiendo la voluntad de Dios o apartándose de ella. Éste era el gran misterio que confundía al hombre, el "mysterium iniquitatis", el misterio del mal que atormenta al hombre que contempla el mundo, tanto en los fenómenos humanos como en los naturales. Ese "mysterium iniquitatis" es vencido cuando se acepta el misterio de la Cruz, el misterio de la confianza en Dios, que en la persona de Cristo se ha sometido a las consecuencias del pecado. Este es el "mysterium fidei", el misterio de la fe, o quizá de forma aún más clara psicológicamente: el misterio de la confianza, porque la fe no es sólo creer, sino que es fiarse, es decir, creer poniendo toda nuestra persona como aval de aquello en lo que creemos. La fe no es sólo creer que Dios nos recogerá si saltamos a sus brazos ("también los demonios creen, y tiemblan"); la fe es saltar, confiados, a sus brazos.

En resumen, el mal que contemplamos y sufrimos nos puede llevar a pensar erróneamente que el Creador no es justo, y que no nos ama. Pero una mirada más limpia nos llevará a pensar que nuestro propio anhelo de justicia es también creación suya, y que por tanto nuestro anhelo puro de bondad y justicia no es más que un eco imperfecto de la sublime bondad y justicia divinas. Es decir, la humildad ante la creación y su Creador pueden llevarnos a confiar en que debe haber una explicación al mal aunque no la conozcamos, que Dios es bueno y recto, aunque no comprendamos por qué hay mal en el mundo, y que, como es Todopoderoso, la justicia triunfará, reduciendo el actual estado de injustica a una situación pasajera, como el parto da inicio a la vida. Esta es la expresión más esencial, pienso, del paso de la oscuridad a la luz, a la presencia del Logos en el pensamiento: la explicación del mal ya no será algo caprichoso, misterioso; el mal es algo desconocido, que no comprendemos, pero que nos invita a decir "no lo sabemos, pero un día lo comprenderemos", no cayendo en el error de pensar que "el mal es un antojo de un supuesto dios caprichoso, que se divierte jugando y subyugando a los hombres". Este error está movido, en el fondo, por una gran soberbia, por una gran falta de humildad, ya que se basa en asumir que nuestro propio sentido de la justicia es más perfecto que el de Aquél que nos lo ha infundido. Nos creemos tan perfectos, que creemos que podemos juzgar a Dios porque somos más justos o más consecuentes que Él.

La confianza en la bondad divina, en el Logos, se ve confirmada cuando el Logos mismo, Dios encarnado, asume las consecuencias del mal y carga con la cruz que no le correspondía. La cruz no nos regala la comprensión del mal, pero nos muestra que hacemos bien en confiar, porque Cristo mismo, Dios encarnado, el Logos encarnado, nos ha precedido mostrándonos el camino de la confianza sufriente.

No es necesaria la revelación para contemplar el "mysterium iniquitatis", la realidad del mal, presente en la catástrofe natural, la crueldad de la depredación y, más claramente, en los actos de desprecio del hombre por sus semejantes. Tampoco es necesaria la revelación para comprender que todo eso es un desorden y confiar en el imperio de la justicia, en que todo ha de tener un sentido aunque no lo conozcamos, y que merece la pena cargar con la piedra colina arriba confiando en que, a diferencia del mito de Sísifo, el sufrimiento no será eterno, sino en que, de una forma desconocida para nosotros pero sin duda prevista por el Creador, su orden acabará venciendo.

Pero para la fragilidad del hombre es difícil cargar con la roca que supone la experiencia del mal sin verse aplastado, sin renegar de su propia naturaleza, a menos que cuente con la fuerza sobrenatural de Dios. Es casi imposible aferrarse a la verdad sin dejarse aplastar por el "mysterium iniquitatis", el misterio del mal. Nos resulta increíble ver en el pecado el origen del cataclismo cósmico y humano que en realidad es.

Jesús nos anuncia la venida del Espíritu Santo, el Paráclito, y en mi opinión, el fragmento de Juan que escribo a continuación significa también que el Espíritu Santo nos abre los ojos a esta realidad: que el mal que contemplamos brota del pecado, y es pasajero porque ha sido vencido por Cristo, nuestra esperanza. Dice así:

"... Cuando él venga [habla del Paráclito, el Espíritu Santo], convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado". Juan 6, 8-11.

A la derecha, icono de Pentecostés: los Apóstoles, en oración junto con la Virgen María, reciben al Espíritu Santo que desciende como fuego sobre ellos. En la oscura gruta, el viejo rey Cosmos tiende las manos hacia la luz que será predicada por los Apóstoles. Lo explicaremos mejor citando las palabras de un pintor de iconos actual:

"El personaje vestido de rey, en la parte inferior del icono, es el cosmos. Está rodeado de un arco negro, signo de que el universo está prisionero del príncipe de este mundo y de la muerte. El cosmos tiene en sus manos un paño con doce rollos, símbolo de la predicación de los doce apóstoles y de la Iglesia. En el icono hay dos niveles: arriba, está ya la “nueva creación”, realizada por el Espíritu Santo y a la cual aspira la humanidad; abajo, el Espíritu Santo entra en acción con la evangelización para liberar y transformar el cosmos prisionero de la muerte" (Kiko Argüello, Pentecostés 2006).

Espero no haberme apartado en nada de las enseñanzas de la Iglesia Católica. Si en algo lo he hecho, atribuidlo a pura ignorancia por mi parte y no dudéis en decírmelo, porque confío infinitamente más en el criterio de la Iglesia que en el mío propio.

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