domingo, 16 de agosto de 2009

La mística de Antonio Machado

Campo de Castilla, de Nuria Vicente

"Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino ira?

Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero…
- La tarde cayendo está -.

“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logre arrancármela un día;
ya no siento el corazón.”

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los alamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
quié te volviera a sentir
en el corazón clavada.”

En mi período de post-conversión, me alimentaba con la poesía de los grandes místicos españoles (Santa Teresa, San Juan de la Cruz...), pero también con algunos poemas de Antonio Machado, recogidos con buen criterio por Torcuato Luca de Tena en su estupenda selección de "La Mejor Poesía Cristiana". Éste lo aprendí de memoria y me lo recitaba a mí mismo en el coche, al ir a trabajar, cuando me quedaba solo en casa, etc. Así que me he animado a escribir un análisis de aficionado sobre estos versos, de clara iconografía y mensaje cristianos, escritos por alguien que no había aceptado la fe y se dolía de ello.

"Yo voy soñando caminos de la tarde..." Es la tarde de la vida; el poeta siente que quedó atrás la alborada, la juventud, el tiempo en que se disculpan los desvaríos. El tiempo impone su ultimátum; empieza a ser la hora de la verdad, y eso le hace enfrentarse de nuevo a las preguntas más esenciales para apostar la vida en respuestas que cada vez serán más definitivas. La tarde... "a la tarde, seremos examinado en el amor", había escrito San Juan de la Cruz. El aire castellano del santo parece ser el mismo paisaje físico y espiritual de los versos de Antonio, el poeta moderno. Este campo de Castilla es un paraje límpido donde nada se oculta a la luz del sol; es el lugar de la verdad, donde no se permiten divagaciones, como aquel "desierto" místico del libro de Oseas: "la atraeré al desierto y le hablaré al corazón". Este lugar, inhóspito para el lujo y el desvarío, ha templado a fuego el alma castellana, y es el lugar del encuentro con la verdad para Antonio, el gran poeta moderno de alma andaluza, de la moderna Castilla. No importa si el campo en el que se inspiró Antonio era andaluz o castellano; un campo de mieses doradas, suaves colinas y álamos que denuncian un invisible riachuelo es de hecho el prototipo del campo de Castilla, que desde la épica medieval hasta la poesía de Antonio Machado, pasando por la mística de San Juan, tiene una entidad estética y simbólica propia.

"Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas..." Colinas doradas del trigo agostado de Castilla, y también de las almas cristianas de esta tierra, cosecha de santos. Dorado también de los retablos castellanos, que representan el Cuerpo Místico de Cristo, la unión inseparable de Dios con su Pueblo, la Iglesia. Colinas que son recuerdo de aquella de Jerusalén, donde el grano de trigo venido del Cielo murió para dar fruto, para convertirse en ese Pan que sería vida del mundo. Igual, en las colinas y campos de Castilla, el trigo crece para alimentar físicamente a los pobladores de esta tierra, y también sirve para hacer ese otro pan que se convertirá, en los altares, en el Cuerpo de Cristo.

Antonio no está ciego, ve esas colinas doradas, esa cosecha de cristianos, dorados por el sacrificio, que da esa tierra de Castilla; su presencia le interpela.

Los verdes pinos parecen la antítesis juvenil de las polvorientas encinas: pasión y temperamento frente a madurez y experiencia, también vitalidad frente a la decrepitud de lo polvoriento, casi cruel recordatorio de la vida, de esa angustia que el poeta siente por estar enfilando ya el ocaso. Todo esto enmarca el paisaje de ese elemento clave en la obra de Machado: "el Camino".

"Caminante, no hay camino", exclamará entre decepcionado y resignado en su mayor momento de desesperación, en uno de los poemas más desgarradoramente huérfanos de la modernidad. Pero, en aquel campo castellano, el camino es evidente; Antonio lo contempla, por eso se pregunta: "¿adónde el camino irá?" ¿Qué es este camino? Deberíamos preguntar, mejor, "¿quién es es este camino?" porque no es otro que aquel que dijo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al padre, sino por Mí". Ya en los primeros tiempos del cristianismo, cuando aún no tenían este nombre de cristianos, a esa nueva derivación del judaísmo se le llamó "el camino". Ese es, creo yo, el camino por el que Antonio se pregunta. No sabe si llevará a Dios o será una ilusión, un trabajo inútil; no sabe si esa cosecha dorada de cristianos será recogida por Dios o quedará muerta para pudrirse sobre los campos. En ese momento de su vida, Antonio se siente llamado a decidir, pero no encuentra respuestas.

Llama la atención el deseo de Antonio Machado de encontrar la verdad. Es claro que le atrae el cristianismo, pero no lo abraza porque no sabe si es verdadero. Necesita un permiso intelectual para dejar libre a su corazón en busca de Cristo, pero el permiso no llega, y su tiempo va pasando. Esta es la soledad de Antonio. Yo mismo me he sentido como Antonio en un momento de mi vida. Hablé con un buen amigo y me dijo que si seguía buscando una certeza intelectual, me podía pasar así toda la vida; me animó a "dar el salto" de la fe, porque la fe es a la vez un creer y un confiar. El que nos ayuda a creer es el intelecto, el entendimiento; creer es un acto intelectual. Confiar, en cambio es más un acto de la voluntad. La voluntad, es decir, el acto de la esencia personal de todo ser humano, puede moverse a confiar aún en la falta de evidencia. No contra la razón, no contra el logos, pero sí yendo más allá de la razón.

Concretaré. La certeza sobre la doctrina de Cristo-Dios, que nos habla del amor por el que Dios nos ha creado y de lo que ha hecho para salvarnos del pecado y de la muerte, es un acto al que difícilmente se puede llegar por la razón sola, debido al oscurecimiento de nuestro pensamiento, pero desde luego no es una posibilidad contraria a la razón. Por otra parte, más allá de la existencia de Dios y su bondad, es verdad que la doctrina cristiana revelada es razonable, pero no es demostrable. En esta posibilidad -razonable pero no comprobable con el entendimiento-, parece debatirse Antonio Machado, y parece interrogar a la naturaleza y a la vida, ya cansado, buscando -acaso por última vez- respuestas a su incertidumbre. Sin embargo, la doctrina de Cristo difícilmente puede alcanzarse por el entendimiento solo; es necesario "lanzarse" a confiar en su Palabra transmitida por la Iglesia. Eso no va contra la razón, pero sí que está por encima de la razón. El corazón de Antonio se ve atraído por la belleza del camino, por ese camino de fe cristiana que él ha recibido de sus antepasados "castellanos", pero no se siente avalado por el entendimiento para confiar en la Iglesia y hacerse cristiano.

"Yo voy, cantando, viajero, a lo largo del sendero". El sendero también es la propia vida, las decisiones que vamos tomando. En aquella otra ocasión diría que no hay camino por delante, sólo el que uno mismo se va haciendo por detrás y que no sirve para otros: "estelas en la mar". El sendero es el camino de la vida, pero en tiempo presente, ese tiempo en que todo parece intrascendente, despojado de la relevancia que parece cobrar el pasado y de los anhelos proyectados hacia el futuro, ese momento cuya importancia los débiles y perezosos siempre posponemos, aunque los santos nos avisen con su sabio lema: "¡hoy, no mañana!"

Antonio se ve capaz de vivir sin dejarse aplastar por estas incertidumbres, y hasta es capaz de canturrear alegre. Es capaz de seguir sin desanimarse a pesar de vivir en esta condena, como Sísifo sube una y otra vez la roca colina arriba; pero este poeta se comntempla como un Sísifo alegre, capaz de encontrar ánimo aun en esa contemplación de lo absurdo de la vida, no como Camus, que señaló el suicidio como único tema filosóficamente relevante, tras asumir la vida como un viaje absurdo. Quizá sale en esta ocasión el alma mediterránea, andaluza, de Antonio Machado, el descreído "comamos y bebamos, que mañana moriremos". También en esa otra ocasión, desesperado de la trascendencia, en un canto soberbio a la fortaleza en la aceptación de una vida sin sentido, dirá aquello de "yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón". Está alabando la gradeza de una vida sin más sentido que la vida misma, que acabará con una muerte absoluta; Antonio dice poder vivir alegre sin más perspectiva que ésta. Pero el marco de este poema es Castilla, y Castilla no le dejará engañarse, evadirse, ni siquiera escapándose por el cante andaluz. Lo veremos, pero más adelante.

"La tarde cayendo está". El poema es una gradación de oscuridades. La "madurez" del entendimiento parece dar cada vez menos permiso a la fe, esa fe que San Juan de la Cruz decía que es "tan cierta como oscura". "Bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche", escribiría el gran místico en otra ocasión. Pero para Antonio, esta oscuridad del entendimiento es grave, porque le aparta de la fe. No obstante, orgulloso, se pone a cantar, y su memoria le traicionará, porque le recordará esa fe que intenta desechar:

"En mi corazón tenía la espina de una pasión, logré arrancármela un día, ya no siento el corazón". Habla de tiempos de juventud, y la espina es la cruz de la fe cristiana. Por eso, luego la llamará "espina dorada", del dorado de lo divino, de lo religioso. La canción habla de amores humanos, pero Antonio -y en esto recaba la tradición de los místicos españoles- utiliza el amor humano para hablar del amor del alma y Dios. Fue su entendimiento el que arrancó esa pasión que alegraba su corazón, el carecer de una certeza exclusivamente racional, que le asegurara que ese hermoso idilio no era un mero engaño. También en otro poema, el de "anoche, cuando dormía", nos hablará de su pasado creyente, quizá infantil, con añoranza de su belleza, una belleza que ahora cree que no se puede permitir. Por eso se empeñará en encontrar esa belleza perdida, tan hermosa como esa vida infantil de fe, como esos "recuerdos de un patio de Sevilla", esa belleza que sólo podrá atisbar, desesperado, en la estética de la futilidad, de la "impavidez" ante la muerte, de "gentilidad" de las "pompas de jabón".

Lo cierto es que cuando confiaba en Dios, su corazón estaba vivo, y ahora está como muerto: "logré arrancármela un día, ya no siento el corazón".

La naturaleza se conmueve ante esa verdad involuntariamente pronunciada: "y todo el campo, un momento, se queda mudo, sombrío, meditando"; es más, lo único que la naturaleza se atreve a decir ante esta verdad que acaba de cantar es precisamente para confirmársela: "suena el viento en los álamos del río". ¡Cuánto recuerda esta imagen al ventalle de cedros que abanicaba el encuentro del alma y Dios en el poema de San Juan de la Cruz:

"En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba".

Con siglos de diferencia, ambos poetas comparten el mismo marco físico y espiritual, la misma iconografía, aunque sus almas se comporten de forma distinta. El viento del Espíritu Santo aparece reflejado, aunque en Machado es más lejano, viene desde ese río y no llega propiamente el viento, sino sólo su sonido. No es la propia presencia de Dios, el viento, que inunda y habita el alma con la gracia santificante -en el verso de San Juan de la Cruz-; es el sonido del viento, una forma distinta de actuación del Espíritu, sin entrar en la casa, más bien llamando a la puerta, confirmando los anhelos del corazón de Antonio, ese corazón "traicionero" que le protesta, recordándole la felicidad de la fe...

Hay otro antecedente en el que, por un instante, la naturaleza se para, y el intervalo finaliza con el viento soplando en las copas de los árboles. Se relata en una de las "Florecillas" de San Francisco, y sucede concretamente en el encuentro del pobrecillo de Asís con Santa Clara. Como regalo a Clara, Francisco decide invitarla a comer en los exteriores de SantaMaría de los Ángeles, la iglesia donde ella se había entregado completamente a Dios muchos años antes. Como primer plato, Francisco empieza a hablar del amor de Dios y toda la naturaleza se para, hasta el riachuelo para de correr, en un éxtasis compartido por la naturaleza. El viento sobre las copas de los árboles marcará el final de esta experiencia mística. Antonio Machado, al referirse a la espina clavada en el corazón, que lo vivificaba, también estaba hablando del amor de Dios, y es en esa frase donde cifra la verdad más sólida de su vivencia personal, en esa añoranza del amor de Dios.

Pero, a pesar de reconocer esa añoranza del corazón, la oscuridad del entendimiento se pronuncia aún más. "El corazón tiene razones que la razón no entiende" -había dicho Pascal-, y esto es dramático para el hombre moderno que ha decidido no reconocer nada que la razón sola no le revele; es el drama del positivismo: la hipótesis no demostrada de forma indudable, aunque sea razonable, es desechada. Eso es algo que impide el encuentro místico, la contemplación de Dios tal como la cuenta San Juan de la Cruz:

"Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo..."

Para "entrar donde no se sabe" hace falta una cosa: confianza. Este drama de la falta de confianza ante la oscuridad del entendimiento la encontramos en :"La tarde más se oscurece, y el camino que serpea y débilmente blanquea, se enturbia y desaparece". Es esa supuesta "madurez positivista" del entendimiento la que se opone a la confianza. Ya Cristo nos dijo que teníamos que "ser como niños", y el niño, según San Ambrosio que comenta este pasaje evangélico, "confía en quien le ama". Es una falsa madurez esa que nos invita a desconfiar cuando no tenemos certeza del entendimiento; creo que es también soberbia -no tengo más remedio que decirlo-, pensar que somos autosuficientes para alcanzar toda la verdad que necesitamos para vivir, sólo con nuetsro propio entendimiento y criterio. El gran avance de la historia del hombre, el que nos sacó de las cavernas, no fue tanto el desarrollo de la técnica, ni el fuego, ni siquiera el lenguaje... fue el aprendizaje de otros, la capacidad para confiar en otros sin tener que empezar de cero en cada ser humano. Y una forma, creo que errónea, de entender la vida en la modernidad es precisamente esa pretensión de querer alcanzar toda verdad esencial con nuestro propio y solo intelecto, sin necesidad de confiar en nadie.

El Papa Benedicto XVI, en su discurso en Ratisbona, formuló el problema de forma nueva, y quizá más acertada o comprensible. La cuestión no sería una insuficiencia de la razón para llegar al conocimiento de Dios, sino que en la modernidad se ha ido reduciendo el concepto de razón hasta asimilarlo al tipo de conocimiento propio de las matemáticas y el empirismo aplicados a las ciencias naturales, lo cual ha sido confirmado por el fabuloso desarrollo de la técnica. Pero sería necesario evitar la reducción de ese concepto de razón, con el fin de aplicar correctamente el entendimiento a realidades que van más allá de lo natural, lo cual es posible.

Pero volvamos al poema que nos ocupa porque, además, el camino serpea, no es recto, tiene la forma del mal, de la serpiente. Si al menos fuera recto, sería más fácil seguirlo con la vista, pero la trayectoria de la Iglesia tiene la forma de la debilidad humana, la vida del hombre está marcada por un enorme sufrimiento ante la mirada del Creador, y la propia naturaleza está también contaminada de una crueldad que nos confunde. Es el "mysterium iniquitatis", el misterio del mal, que tanto atormenta al ser humano moderno, que le lleva a veces a pensar que si existe Dios, no puede ser un Dios bueno que nos ama, más bien será un ser egoísta o un "relojero ciego" e insensible, un "gran arquitecto" a lo sumo. Juicio erróneo por desconfianza, porque quien nos dotó con un vivo anhelo de la justicia no puede ser injusto. Más bien habría que confiar en el amor y la justicia divinas, aunque seamos incapaces de explicarnos el mal -por ahora-.

El camino, hay que reconocerlo, blanquea, hay enseñanzas maravillosas, hay personas admirables, ejemplos de santidad que cualquier ser humano reconocería como ejemplares, pero blanquea débilmente y se enturbia. Es la protesta de Machado, que esperaría ver una Iglesia perfecta, pura y sin turbideces. La turbidez parece ser prueba de la falsedad de la Iglesia, de la inexistencia real del camino. Es otro gran pesar moderno la imperfección de la Iglesia, el pecado de los cristianos. Pero Cristo resucitado confirmó el primado de Pedro después de que éste le hubiera negado tres veces. En el fondo, creo que la exigencia de pureza a la Iglesia es una necesidad más de pruebas para creer. porque la Iglesia no es un club de perfectos, más bien es un hospital de pecadores, y jamás ha pretendido ser otra cosa. La Iglesia es santa porque está unida a Cristo, porque en ella actúa el Espíritu, porque es el Pueblo de Dios, pero está necesitada de purificación. Esta exigencia de autenticidad contrasta con la confianza de un campeón de la autenticidad: San Francisco de Asís. A la pregunta de qué haría si supiera que el que estaba celebrando la Misa fuese un sacerdote gravemente pecaminoso e indigno, respondió: "me acercaría al altar y recibiría el Cuerpo de Cristo de sus manos consagradas".

Antonio se escandaliza de lo que ve, por eso el camino "se enturbia y desaparece". El corazón, sin embargo, no se dejará vencer sin quejarse. El poeta reconoce la realidad de su corazón, y llama "plañir", llorar, a ese canto. Reconoce que su alegría es mentira, que no es fiesta, sino protesta de un sentimiento violentado, de un corazón desoído: "mi cantar vuelve a plañir".

"Plañir", "dorada"... el final del poema es el momento de reconocer la verdad, de dar al lector las claves de interpretación.

"Aguda espina dorada". Su corazón llora, la espina era la fe, la confianza en Cristo. Una espina "aguda", que duele y que es ese mismo dolor el que hace sentir vivo, el que mantiene la vigilia e impide el letargo. La espina es aguda como dolorosa es la cruz que acepta el cristiano. Me vienen a la memoria los versos de Jacinto Verdaguer:

"A mi corazón llamaron:
corrí a abrir con vida y alma.
Veo en la puerta a mi Amor
con una cruz que me espanta.
-Pasad, si os place, Señor,
pasad, que ésta es vuestra casa;
si sólo una choza es,
haced de ella vuestro alcázar.
Y, haciendo mi noche día,
Jesús entró en mi morada;
pero al entrar en mi pecho
dejó la cruz en mi espalda".

"Quién te pudiera sentir en el corazón clavada"; quiere el poeta recuperar esos efectos de la fe que la esclavitud de su intelecto le impide renovar. No llega a ser una oración porque no está dirigida a Dios, ni siquiera "a ti Dios que no existes", como proclama una popular oración del ateo. Antonio ni siquiera se permite eso. Pero sí se atreve a reconocer el anhelo de su corazón, que quisiera poder aceptar esa fe. Anhela esa alegría de la cruz, esa felicidad del sacrificio que espera redención. Pero le falta la esperanza liberadora, que su entendimiento se teme que es falsa.

Esa espina, cómo no, es la marca del amor; del amor de hombre y mujer en la canción popular y en la vida amorosa, y también del amor del alma a Dios en la vida espiritual de Machado. Santa Teresita, maestra de la infacia espiritual, nos dejó escrito: "solamente la confianza nos conducirá al amor". Y más aún: "Señor, no te entiendo nada, pero te creo todo, porque me fío de ti".

Esa confianza no es el desprecio de la razón, pero sí el reconocimiento de sus limitaciones, de que el entendimiento necesita apoyarse en la confianza. ¡Si lo tiene que hacer continuamente, incluso en las cuestiones materiales...! ¿O es que todos los químicos han comprobado personalmente la existencia del átomo antes de emprender sus propias investigaciones? San Agustín nos diría: "creo para entender, y entiendo para creer mejor". Dios nos dio la razón, ¿cómo vamos a despreciarla? Sería poco ético creer algo contrario a la razón. Pero lo que no se puede demostrar no es contrario a la razón, es simplemente desconocido para la razón. Creer, confiar en Cristo, no es nada irracional. Nuestro entendimiento, bien empleado, nos daría permiso para confiar en Él. Y para seguir los pasos de otros que han encontrado en Cristo un sentido a su vida.

La ciencia moderna es empírica. Eso quiere decir que no se apoya exclusivamente en el razonamiento, sino que se sustenta en pruebas reales. Muchos medicamentos, que no se sabe cómo actúan ni por qué, son utilizados después de comprobar que sus efectos son beneficiosos en estudios científicos. No hemos deducido ni observado su mecanismo de acción, pero no es contrario a la razón su poder curativo. Y los usamos, porque vemos sus efectos. Yo he sido educado en la experiencia científica moderna, en el empirismo, y vi los efectos de Cristo en personas admirables, como San Agustín y la Madre Teresa de Calcuta. Ellos fueron la prueba empírica que yo necesitaba para abrazar al Cristo que mi corazón anhelaba. Confié.

Ojalá la gracia de Dios iluminase finalmente el intelecto de Antonio Machado y le permitiera abrazar a ese Cristo añorado con el último aliento de su vida, en el nuevo y postrer encuentro que sugiere ese último verso, providencialmente encontrado en su bolsillo, aun en medio de su triste huída como refugiado de guerra gravemente enfermo:

"Estos días azules y este sol de la infancia..."

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