viernes, 21 de agosto de 2009

¿Qué es una nación?


Dijo nuestro presidente Zapatero que "nación" era un término discutido y discutible. Y para una vez que ha dicho algo con cierto sentido, muchos se le echaron encima. Yo creo que es verdad, que no hemos profundizado mucho en lo que es una nación, -en lo que es ser español, en nuestro caso-, y creo que hoy necesitamos respuestas más que nunca, sobre todo porque nuestra nación, España, está amenazada, y porque algunos reclaman para otras naciones -Cataluña, Euskalerría... y hasta Andalucía- el reconocimiento de una entidad que reclaman como incompatible con la nación española.

Como españolito de a pie, nada versado en disquisiciones político-filosóficas, mi idea no tiene más valor que la realidad que logre encerrar en ella. De lo poco que he leído, la "Idea de la Hispanidad" del filósofo converso García Morente me ha parecido lo más acertado. Superando la idea de que la nacionalidad es un sentimiento, él plantea la nacionalidad como "estilo", como forma específica de andar por la vida, y en el caso español, como estilo de ser cristiano, tomando al caballero cristiano -retratado en el caballero de la mano en el pecho o en "Las Lanzas" de Velázquez- como paradigma o quintaesencia del ser español. Reconozco que España ha creado un modelo humano impresionante y extendido por todo el mundo. Podemos verlo también en El Quijote, y comprobarlo en personajes reales como San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, y en mujeres como Catalina de Aragón o María Estuardo ("la Reina Mary de los escoceses").

Hablando de Escocia: en un viaje a Edimburgo, precisamente en el castillo donde vivió la Reina Mary, me topé con una imagen que me refirieron como arquetípica del ser escocés. En la iglesia había una ceremonia de tradición militar. De repente, un hombre completamente ataviado a la escocesa y gaita al hombro, salió de forma rápida y firme, ajeno al mundo y con el pensamiento ensimismado. Se dirigió a uno de los riscos que coronan la escarpada montaña que sustenta la fortaleza, y dirigió al viento la melodía de su gaita, sin preocuparse lo más mínimo de lo que sucediera o no a su alrededor. Así estuvo, en un cuadro realmente armónico e impresionante, hasta que se le ocurrió dejar de tocar y volver a la ceremonia. Era el arquetipo de "el gaitero solitario", que por lo visto debe recoger bastante del espíritu, carácter o estilo escocés.

Si buscara un arquetipo inglés, seguramente lo encontraría por ejemplo en los "Inkligs", entre los que se encontraban Tolkien, Lewis, Williams, etc., que se reunían frecuentemente en una taberna a compartir sus inquietudes de todo tipo acompañadas de unas pintas de cerveza, y que dieron algunas de las páginas más constructivas de la moderna literatura de ficción, como Las Crónicas de Narnia o El Señor de los Anillos. En su búsqueda cortés y flemática de la verdad no se apartan nada de esa otra gran figura ejemplar que fue Santo Tomás Moro, capaz de plantarle cara -pero con total flema inglesa y sin despeinarse más de lo necesario- nada menos que al monstruoso Enrique VIII, lo que pagaría con la vida. Y todo, sin aspavientos y con un sentido del humor perenne.

Es verdad, al menos grandes naciones como España e Inglaterra han dado al mundo modelos de persona. Pero ¿es el estilo el que sustenta la nacionalidad? Yo no diría que no, pero no sólo. Creo que la nacionalidad tiene fondo y forma, y que el estilo es la forma. Pero el fondo es lo más desconocido; ¿cuál es la esencia de una nación?

El Catecismo de la Iglesia Católica, sin entrar en este tema, da una pista, una analogía, que yo creo que es la clave para descubrir qué es una nación. Y es que el Catecismo menciona brevemente el amor a la patria como parte de la doctrina sobre el cuarto mandamiento: "honrarás a tu padre y a tu madre". Es decir, la analogía se establece entre la nación, o la patria, y la familia. ¿Y qué es la familia? Es una comunidad que se hace tanto a través de elecciones personales (casamiento, tener hijos), como de hechos que nos son dados (ser hermano, hijo o nieto son dones que no se eligen, que se nace con ellos). Es más, aunque se puede elegir ser padre, nadie elige ser padre de su hijo precisamente. Y aun si tuviéramos que analizar por qué hemos tomado la decisión de amar a tal persona para casarnos con ella entre tantos millones que hay en el mundo, tendríamos que reconocer la intervención de la Providencia en todo. Así que yo creo que, por analogía con la familia, la nación es también una comunidad humana alentada por la Providencia y formada por las acciones de los hombres.

¿Cómo se forma esta comunidad? La observación nos permite ver que "el roce hace el cariño", exactamente igual que en el amor humano. El "eros" abre camino al "agapé", y la nación se va consolidando mientras se comparten vivencias positivas y negativas, ilusiones, victorias y fracasos, "en lo bueno y en lo malo", "en la salud y en la enfermedad", "en la riqueza y en la pobreza". Así, es evidente el nacimiento de España en la Hispania romana, su mantenimiento hasta el florecimiento político y cultural tras la unificación visigótica, especialmente tras la conversión de Recaredo, y su mantenimiento a pesar de hallarse dividida en distintos reinos y el hecho de que gran parte de sus hijos, los mozárabes, vivieran bajo el dominio musulmán. A lo largo de todo este tiempo encontramos también el arquetipo hispánico en San Isidoro, los mártires cordobeses, Fernando III el Santo, Santo Domingo de Guzmán y tantos otros, lo que nos hace ver que el modelo español no nace en el Siglo de Oro, aunque florezca y se internacionalice en él. ¡Pero si hasta en la película "Gladiator" se nos enseña ese arquetipo -todavía en gestación, es verdad-, en el fiel general romano que, reducido a esclavitud y obligado a luchar en el circo, es aclamado por todos como "¡Hispanus, Hispanus!" Esa fidelidad a Roma, a quien ostenta legítimamente la autoridad, creo que es una de las claves del ser hispánico, resumido en el aforismo "¡qué buen vasallo si tuviera buen señor!". Claro, cuando ese Señor ha sido el mismísimo Jesucristo, el modelo español ha dado personajes de la viveza de San Ignacio, San Fernando, Catalina de Aragón o María Estuardo, reina extranjera cantada y admirada aún por los escoceses como si fuera carne de su carne. En esta última vemos que, precisamente, uno de los frutos de encarnar el ideal de una nación es ése: ser capaz de unirse firmemente a personas de otras nacionalidades. La nacionalidad no es excluyente, todo lo contrario. Nacer en una buena familia y encarnar las buenas enseñanzas que recibimos en ella nos facilita la relación y el reconocimiento de los que han nacido en otras familias. María Estuardo es española y escocesa de pies a cabeza, y no hay en ello ninguna contradicción. Dio gloria a su España natal sirviendo lealmente a la Escocia que la adoptó. Y pensar que hay gente a quien ser español le estorba para ser por ejemplo, catalán.... Eso es porque no son realmente ni lo uno ni lo otro. El nacionalismo no es más que una gran mentira, una gran excusa.

Pero no quiero alejarme del argumento principal. He dicho que la nación es una comunidad humana formada mediante la convivencia y la común participación de lo bueno y lo malo. Falta algo en esta idea de lo que es una nación, porque tiene el aspecto "unitivo", pero se nota la ausencia del "procreativo" para que la analogía con el matrimonio sea completa. Es claro que en la unión hay un deseo de compartir objetivos comunes; España se ha unido -aunque imperfectamente- en la lucha contra el Islam; en la colonización y evangelización de América (con defectos y ausencias notables por la parte aragonesa); en la lucha contra Napoleón y en la lucha contra el comunismo. Se ha unido para mantener en el tiempo su propio ser de pueblo autónomo, libre, su soberanía. Esta es una forma de deseo procreativo. ¿Por qué se defendió España?, ¿por una mera cuestión política? No lo creo. La verdadera razón es que esas amenazas ponían en peligro su propio ser, la existencia de una comunidad ya creada, sus costumbres, sus objetivos, su arquetipo humano. Qué difícil es aprehender todo eso en una idea, pero por simplificar podemos llamarlo "herencia". Así, la nación sería una comunidad humana natural alentada por la Providencia divina y formada por las acciones de los hombres, mediante la convivencia y la común participación en circunstancias favorables y adversas, que se hace portadora de una herencia, y cuyo objetivo es la cooperación de sus hijos en la mutua santificación y el mejor servicio a los demás hombres, a mayor gloria de Dios.

Esto último (cooperar en la mutua santificación y servir mejor a los demás hombres, a mayor gloria de Dios) es la finalidad de toda familia, es más, de toda verdadera comunidad humana. Qué le vamos a hacer si eso no dice nada al 99% de nuestros conciudadanos y de mis lectores potenciales. Pero es lo que creo y no puedo traducirlo a términos aceptables por la mayoría. Ya sé que un filósofo debe ser capaz de comunicarse con sus conciudadanos, pero yo no soy filósofo, soy sólo una persona que piensa sobre los problemas que le atañen. Que otros intenten lo "imposible", si es que tienen ánimos y más capacidad para ello que yo...

En todo caso, quiero recordar la Constitución de 1812, que en su artículo 6 decía cosas muy ridiculizadas luego, pero muy profundas y acertadas, según pienso:

Art. 6. "El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, el ser justos y benéficos".

No sólo me refiero al amor a la Patria, sino también a la justicia y la beneficencia. El amor a la Patria es una obligación que se tiene por nacimiento en esta comunidad humana, como el hijo debe amar a como padres a sus padres, y no a otros. Y amar a sus padres como padres no quita nada a la obligación de amar a todos, todo lo contrario. El verdadero amor no es excluyente, y así, el verdadero patriotismo no es excluyente. El que ama a su familia, más fácilmente comprende el amor que debe a todas las familias. Pues por lo mismo, el que ama a su patria, más fácilmente comprende, admira y ama otras nacionalidades. El nacionalismo excluyente que fomenta rencillas y odios internacionales no tiene nada que ver con el verdadero patriotismo. El nacionalista no ama a su patria -a la que las más de las veces desconoce-, sino que la utiliza como excusa para justificar su odio, incluso contra sus propios conciudadanos. ¿Qué les parecerán a los nacionalistas vascos San Ignacio, Elcano, Unamuno...? ¿Y los bilbaínos que clamaban y luchaban a fionales del XIX contra la independencia de los territorios hispanos de ultramar? Los nacionalistas vascos no defienden la auténtica tradición vasca, tanto más vasca cuanto más española, y tanto más española cuanto más vasca. Yo diría que sí que existe una patria vasca, pero integrada en la nación española; tan integrada, que no se puede romper una sin romper la otra. Si los vascos reniegan de España, no sólo dejarán de ser españoles, dejarán de ser vascos. Me parece que puede haber una patria grande, una patria chica y una patria mediana; el amor no siembra discordias y hace posible lo imposible. Lo que siembra discordias es el odio, disfrazado en este caso de patriotismo. El odio siempre utiliza excusas para desvirtuar lo más valioso: el amor a Dios, al amor a la familia, el amor a la patria... así se generan verdaderas imposturas como el fudamentalismo religioso intolerante, los celos y disputas familiares, el nacionalismo excluyente, la xenofobia...

Eso sobre el amor a la Patria. Pero la Constitución de 1812 me parece clarividente al exigir al español ser justo y benéfico; eso es algo que forma parte de una verdadera nacionalidad. No es algo específico, es algo exigible a todo ser humano por el hecho de serlo. Pero el ser español es razón de más para exigírselo, porque el objetivo de una nacionalidad cualquiera, y el de la española en particular, es precisamente, como ya he dicho, cooperar en la mutua santificación de los conciudadanos y servir mejor a los demás hombres. Eso está en la razón de ser de una nación. Si esto no estuviera presente, no sería nación.

Por tanto, la Constitución de 1812 acertó al exigir justicia y beneficencia, porque eso está en línea con el verdadero objetivo de toda nación. Por desgracia, la misma Constitución de 1812 se queda un poco en lo superficial al afirmar que "el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen". El "bienestar" es muy bueno, pero una sociedad no llega a ser nación si se queda ahí. Si el fin de una sociedad "no es otro que el bienestar de sus individuos", podemos afirmar que estamos ante una sociedad decadente. Nadie sacrificaría su vida por su bienestar, y sin embargo, muchos españoles la sacrificaron en la guerra contra Napoleón; no era sólo su bienestar lo que defendían, desde luego.

Con la mera opinión de un católico poco ilustrado, voy sin embargo a tratar de justificar empíricamente la existencia real de una comunidad natural llamada nación. "Natural" es un adjetivo que no he usado por contraposición a "humano", sino por contraposición a "artificial". La familia es una comunidad humana, pero no es una comunidad artificial, es una comunidad de derecho natural. La diferencia es que una comunidad natural es un ente real, es decir, que existe a los ojos de Dios. "Lo que uno es ante Dios, eso es y no más", dijo San Francisco, y puede traerse aquí a colación para aplicarlo a una comunidad humana. ¿Contempla Dios la existencia de las naciones? Ya parece indicarse que sí cuando el Catecismo señala el amor a la Patria como parte del cuarto madamiento, de piedad filial. Pero hay algunos testimonios más que parecen dar fe de ello. Toda la vocación de Santa Juana de Arco, a la que Dios envió expresamente a reponer la amenazada existencia de Francia y a coronar a su rey -por cierto, pese a tratarse de un príncipe pusilánime y disoluto-, parece indicarlo. Es más, a Santa Juana se le aparece como protector de Francia el Arcángel San Miguel.

Todos tenemos un ángel de la guarda que Dios nos asigna para ayudarnos a alcanzar la salvación y la santidad. La tradición popular católica también habla de un "ángel de la guarda "propio de comunidades como el matrimonio y la familia. ¿Acaso tiene también cada nación un ángel protector? Pues atendiendo a las apariciones de Fátima, también parece que sí. Allí se aparece un ángel a los niños pastores que se presenta así: "yo soy vuestro ángel de la guarda, el Ángel de Portugal".

¿Acaso la pertenencia a una comunidad concreta nos hace injustos con los demás? No, todo lo contrario. No hay nada con más garantías de acabar en algo difuso e injusto que un amor vago, inconcreto, supuestamente "absoluto"... Que yo ore por la salud de mi padre enfermo no significa un menosprecio a los demás enfermos del mundo, todo lo contrario; y Dios, que no es tonto, sabe acoger esa oración en su esencia de amor, no es ese mezquino reduccionismo de los que ven en la concreción la antítesis de la perfección. A la perfección se llega por la concreción, como sabemos muy bien los cristianos, porque la Segunda Persona Divina se encarnó y se hizo hombre en Palestina y fundó la Iglesia sobre Pedro, hace unos 2000 años. Una bendición mayor de lo concreto es imposible.

Santa Clara nos da un ejemplo sencillo de esa concreción "patriótica". Caundo las hordas sarracenas de Federico II se dirigen a tomar Asís, todo el pueblo se refugia tras las murallas. Todos... excepto un grupo de monjas que, en su pequeño monasterio de San Damián, a 3 Km de la ciudad fortificada, permenecen en su clausura de oración. En su plegaria, Clara pide a Dios que las libre de sufrir daño, a ellas y a todo el pueblo. La oración es atendida inmediatamente y las tropas, famosas por su dedicación a la profanación anticristiana, la violación, el asesinato y el saqueo, son confundidas y dejan Asís sin atacar. Clara no ora por todo el mundo, ora por la ciudad de Asís, aunque no estuviera en su ánimo, evidentemente, la indiferencia ante el padecimiento de otros pueblos, sino todo lo contrario. Pero ella se ocupa de la realidad en que la Providencia la ha insertado, lo mismo que el hijo se preocupa de la salud de sus padres. En ese sentido, la nación puede ser análoga de nuevo a la propia familia, sin que la concreción implique reduccionismo, todo lo contrario.

En fin, creo que ya he dado algunas ideas sobre lo que pienso que es realmente una nación, y la española lo es, desde luego. No en vano, quiso la Providencia que Colón pisara América el día en que se celebraba ya entonces la fiesta dedicada a la Patrona de España, la Virgen del Pilar, la que le aseguró al Apóstol Santiago, sobre la roca a orillas del Ebro, que aquí habría buenos cristianos hasta el final de los tiempos.

Espero que los amigos que entren aquí no se escandalicen demasiado por la claridad con que abordo estos temas desde una perspectiva sobrenatural. De poco servirá que yo les diga que no me he vuelto loco, que es la sociedad la que hace "tabú" de realidades espirituales como éstas, tan reales como las teclas que mis dedos presionan al escribir; pero en fin... qué le vamos a hacer.

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