martes, 6 de octubre de 2009

Por qué no dispenso la píldora del día después



Soy farmacéutico. Cuando, en 2001, un gobierno nacional del PP aprobó la PDD y el gobierno autonómico andaluz del PSOE la ofreció gratuitamente en los centros sanitarios, yo era farmacéutico de un distrito de atención primaria de salud. Estudié el mecanismo de acción de la PDD, y todos los estudios confirmaban lo que dice la propia ficha técnica: que actúa impidiendo la concepción pero con una eficacia baja, del 50%, y que el resto de su efecto se consigue impidiendo la implantación del embrión.



Soy farmacéutico para ayudar a las personas. Creo que todo trabajo, desde el más humilde al más valorado socialmente, tiene que poder darnos la satisfacción de esforzarnos por una sociedad mejor; eso es lo principal. En particular, los profesionales sanitarios tenemos una vocación al cuidado de la salud, y no sólo del que nos lo demanda, sino de la salud de todos. Es decir, tanta responsabilidad tengo yo sobre la salud de la chica que demanda una PDD, como sobre la vida del embrión que puede llevar en su seno. Darle un producto que puede conducir a la muerte de ese ser humano, aún en fase embrionaria, va contra los más elementales principios de la profesión farmacéutica.



Por eso, aunque entonces tenía un contrato precario de obras y servicios y mi sueldo era el único que entraba en casa, tomé la determinación de negarme a cualquier intervención profesional que tuviese algo que ver con la PDD. Cuando cambié de trabajo y fui al hospital, comuniqué la misma decisión a mi jefe de servicio. Y así he actuado siempre que se ha presentado ocasión.
Hoy me encuentro con la barbaridad de que este producto ha sido aprobado para su compra sin receta en las farmacias. No ha parecido importar al Gobierno, que sea un producto que atenta contra la vida humana, ni siquiera el hecho de su inseguridad en administraciones repetidas y en adolescentes, ni que se haya demostrado epidemiológicamente que su disponibilidad no disminuye la incidencia de embarazo imprevisto. Aprobarla y extender su uso son decisiones propagandísticas de una ideología que desprecia la vida humana prenatal, no decisiones sanitarias. Para colmo, el Ministerio de Sanidad engaña a la población diciendo, en un folleto oficial, que no es un abortivo porque no actúa cuando el embrión ya se ha implantado, entrando en un desafortunado juego dialéctico para ocultar la verdad: que impide la implantación del embrión, y por tanto conduce a la eliminación de un ser humano. Ese folleto está colgado tal cual en la web del Consejo General de Colegios de Farmacéuticos, sin pudor alguno. Y ya está aprobada otra píldora (ulipristal) que puede usarse hasta cinco días después.



Si aun esto falla, tenemos el aborto libre y financiado como un derecho con nuestros impuestos. Y como, finalmente, el aborto falla en solucionarles la vida a las adolescentes y sus familias (se la destroza), la vergüenza y la incomprensión acaban imponiendo su fétido silencio sobre la soledad y la tristeza de cientos de miles de mujeres jóvenes, a quienes se ha educado en la falacia del “sexo seguro”.



Algún día, tarde o temprano, alguien se preguntará y nos preguntará cómo pudimos caer tan bajo los farmacéuticos, hasta llegar a constituir un peligro para los padres que quieren dar una educación humana y responsable a sus hijos e hijas, porque se nos reputa capaces de venderles esto, ya incluso sin receta, precisamente a nosotros, que tenemos la responsabilidad ante la sociedad de velar por la salud. La respuesta a cómo hemos caído tan bajo está muy clara, y podemos encontrarla, por analogía, al final de aquella inolvidable película sobre los juicios de Nuremberg: “se llegó a esto cada vez que dispensamos un producto, sabiendo que atentaba contra la salud y la vida humana”. Esa responsabilidad profesional la tenemos y debemos autoexigírnosla. Tarde o temprano, alguien lo hará.



En fin, la respuesta a por qué no dispenso la PDD es simple, y se encuentra ya en la primera frase de este comentario.


2 comentarios:

Guillermo dijo...

Si tienes una famacia, estás sometido a regulación estatal, así como a las leyes y a la constitución. Desde mi punto de vista, si no hay liberalización del sector, no hay objeción: O consientes que alguien monte una farmacia en un local contiguo a la tuya y la industria farmacéutica se someta a las leyes de la oferta y la demanda o vendes la píldora.

Longinos dijo...

Creo que te equivocas en cuatro planos: el legal, el profesional, el moral y el personal.

En el plano legal, la objeción de conciencia del farmacéutico está reconocida por abundante jurisprudencia, incluida sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía.

En el plano profesional, la farmacia se concede a un farmacéutico, que es un servidor público con autonomía profesional en bien de sus pacientes y obligaciones deontológicas. Dentro de esas obligaciones está el no intervenir de njingún modo en actividades que pongan en peligro la vida humana.

En el plano moral, la vida humana merece ser respetada, y ésta empieza en la fecundación. Por tanto, ninguna otra consideración puede anteponerse al valor infinito de la vida humana, ni naie puede obligarme a colaborar en su muerte, alegando ninguna razón.

En el plano personal, si te has leído mi escrito, yo no tengo farmacia, sino que trabajo en la farmacia de un hospital.

Y finalmente, te diré que resulta penoso ver cómo alguien busca excusas para obligar a otros a ser tan despreciativo con la vida humana indefensa como lo es él mismo.

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