jueves, 5 de noviembre de 2009

A mi profesor

Se llamaba don Emilio. Mis padres me llevaron a la primera clase en la Sagrada Familia. Ingresaba yo en segundo de EGB, que así se llamaba entonces la enseñanza primaria. A la puerta del aula, el profesor supervisaba la entrada de los niños. Le dijeron que yo me llamaba Emilio Alegre; entonces se dirigió a mi -un niño de siete años- con aquellas palabras, con aquel cariño y respeto que siempre recordaré: "entonces, somos tocayos". Me puso la mano en la cabeza y me coló entre los chavales que iban pasando a clase.

Yo no sabía lo que significaba ser "tocayo". Aquella fue su primera lección como profesor de Lengua. Con años de lectura y dictados diarios, hizo crecer en mí la autoexigencia por hablar y escribir bien. "Hacer crecer" en todos lo sentidos, ésa era su labor, y ésa es la labor auténtica de todo profesor. Nos hablaba con respeto, llamándonos por el nombre a cada uno de sus cuarenta y cinco alumnos. No era aquélla una virtud rara, la verdad es que era común a la inmensa mayoría de los profesores que tuve a lo largo de los años en aquel colegio. Pero él era especial para mí por dos cosas: primero, porque él era mi profesor, y eso ya era un título suficiente como para respetarle y quererle como uno respeta y quiere a sus padres, aunque de forma distinta. Segundo, porque era un profesor... ¡como la copa de un pino! -perdone, Don Emilio, pero no he encontrado forma de expresarlo mejor con pocas palabras-.

Hoy, cuando tanto problema hay con la autoridad en las aulas, recuerdo que, con don Emilio, la disciplina no era un problema. Era algo que existía sin que se notase. Estaba construida a base de un constante cariño por los alumnos, y una constante exigencia desde el primer día. Nosotros íbamos allí a aprender, y él venía a enseñarnos, que para eso era el profesor. ¡Y vaya si aprendíamos...! Los ejercicios de lenguaje que diariamente él guiaba, hoy parecerían algo imposible para niños de nuestra edad; el nivel que nos pedía era altísimo. Aprendimos a leer en voz alta, día tras día, año tras año, con El Quijote, La Odisea, La Ilíada...Aprendimos a escribir con los dictados cada vez más difíciles, día tras día, año tras año... Aprendimos, en fin, que hay que hacer todas las cosas correctamente.

Qué limitada se me hace esta alabanza para ese profesor, del que mi vida intenta ser un reflejo, lo mismo que podría decir de mis padres, mi madrina, mis abuelos, así como de tantos otros buenos profesores que la Providencia quiso acercarme. Quizá, el mejor homenaje que puedo hacerle, es haberme esforzado por escribir esta nota de agradecimiento sin faltas de ortografía y con un estilo aceptable para mis escasas dotes literarias. A Don Emilio y a tantos otros buenos maestros que tuve, que antes que un niño veían en mí una persona y me trataron como tal, quiero darles hoy las gracias, de todo corazón. Les quiero mucho.

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