sábado, 12 de diciembre de 2009

Militia est vita hominis super terram



La noche del 9 de Diciembre pude dormir poco y mal. Los niños estaban malitos, y constantemente se despertaban tosiendo o llorando. Además, me había acostado tarde, porque la niña tardaba muchísimo en dormirse; y además, llevo un tiempo en que no consigo acostarme pronto; me quedo perdiendo el tiempo, haciendo zapping.

El día 10 salí de Cádiz con el coche a las 7:45, para llegar a la reunión de trabajo que tenía en Granada a las 11h. Llevaba en el coche el cuadro de María Emilia Riquelme (en la foto), pintado por Maribel, mi mujer. Aprovecharía el viaje a Granada para entregárselo a las monjas de su congregación. Maribel no lo había pintado como retrato; en realidad, ella había querido pintar una exaltación de la oración, de aquellas personas que en silencio rezan anónimamente por nosotros. Para pintarlo, se había fijado en una estampa de María Emilia Riquelme, pero ni siquiera sabíamos quién era. Un día, el padre Alejandro, jesuita, vino a casa,  vio el cuadro, y dijo: "¡Esta es María Riquelme!" Nos contó que era la fundadora de unas monjas que había conocido en Granada. Como ya no tenemos sitio en casa para tantos cuadros, nos pareció que podíamos regalárselo a las monjas, así que Maribel las llamó y ellas lo aceptaron. Pasaron muchos meses hasta que se dio la ocasión de llevárselo.

Así que iba en ruta hacia la reunión, y llevaba el cuadro por si no se me hacía muy tarde y me daba tiempo de entregárselo a las monjas. Sólo tenía el teléfono del convento; las llamaría por el móvil y les preguntaría cómo se llegaba.

Tomé el camino de la sierra, que es más corto que el de la autopista. En realidad, se tarda lo mismo, pero la autopista es más aburrida. Llevaba un buen ritmo y estaba ya a mitad de camino. Iba deleitándome con unas canciones que me había dejado nuestra amiga Rocío, de los carismáticos. Llevaba cinco CDs de canciones de alabanza a Dios y adoración. Saliendo de un tramo de curvas de montaña, el coche empezó a trastabillar. Había pinchado. Era la rueda trasera derecha. La carretera era estrecha  y delimitada con quitamiedos, así que tuve que seguir un poco, yendo despacio. Tardé un kilómetro o poco menos en encontrar un lugar donde dejar el coche. Allí, frente a una venta, cambié la rueda por la de repuesto. Pero la rueda de repuesto era un poco más pequeña, y tenía una pegatina naranja que avisaba de que era provisional, y que no se debía circular con ella a más de 80 Km/h. Así que le pregunté a un paisano que iba en tractor cuál era el taller más cercano, y me dijo que se encontraba en Almargen, a unos cinco kilómetros. Era un hombre muy amable.

En Almargen me arreglaron el pinchazo sin desmontar el neumático, introduciendo un churro en el agujero que había dejado el clavo causante del estropicio. Era la primera vez que veía ese sistema. Pagué los 8 euros que me costó, y seguí mi camino, pero... en cuanto entré en carretera y pasé de 60Km/h, el coche empezó a vibrar como si fuera por un pedregal. Así que volví al taller. El chaval que arreglaba los pinchazos había ido a desayunar, así que tuve que esperar. Intenté llamar por el móvil para avisar que llegaría tarde a la reunión, pero no se encendía. Era un nuevo móvil táctil que le habían regalado a mi mujer en la compañía telefónica, y que ella me había pasado a mí porque prefería el suyo antiguo, que tenía mejor agenda. El caso es que el cacharro, que había funcionado hasta entonces y habíamos cargado esa misma noche, no daba señales de vida. Me pareció que era el momento de buscar una cabina, y la encontré en el centro de aquel pequeño pueblo. Mi mujer no paraba de comunicar. La llamé también el móvil, y nada. Insistí, insistí e insistí, pero nada. Me fastidió un poco que Maribel no se diera cuenta, con mi insitencia, de que algo debía pasar, que necesitaba que me cogiera el teléfono. Luego supe que había desactivado el avisador que suena cuando  mientras hablas, tienes una llamada, y que el móvil lo tenía sin sonido. Al final, llamé a su tía y le di el encargo: llamar a Maribel, decirle que había pinchado y que la rueda estaba mal, que ella llamara a mi trabajo, y que la gente de mi trabajo llamara a los de la reunión de Granada y les dijera que iba a llegar más tarde... si llegaba.

Volví al taller y enseguida regresó el mecánico de tomar su café. Me dijo que probablemente el neumático se había deformado durante en tiempo que tuve que conducir pinchado. El problema era que no tenía un neumático como los de mi coche. Me dijo que había un taller en Campillo, que era un pueblo más grande. Así que puse la rueda de repuesto, que al menos no hacía vibrar el coche, y seguí unos 20 Km hasta Campillo, sin pasar de 90Km/h.

Me costó encontrar el taller. Estaba especializado en neumáticos, y a parecer, bien surtido. Pero tampoco tenían mi neumático. El mecánico me dijo que era un modelo muy poco corriente. De todas formas, cuando le dije que entonces me volvería despacio hasta Cádiz, me aseguró que mi rueda de repuesto era muy buena, dándome a entender que podría seguir con ella hasta Granada.

Yendo ahora a más velocidad, seguí hasta Antequera, donde me desvié hacia el pueblo, para buscar un buen taller de neumáticos. Antequera es ya una ciudad, y seguro que allí tendrían el neumático. Antes de entrar  a la localidad, pasé por la capillita al aire libre de la Santa Faz. Allí peregrinan y oran muchas personas del pueblo. Hace años, lo descubrí y, como tenía que ir de vez en cuando a Antquera, siempre paraba allí a hacer alguna pequeña oración, o incluso a rezar un rosario. Una vez me dieron estampitas, que contenían una oración de esperanza en Cristo, para rezar en medio del dolor. Lo que se venera en la capillita es un cuadro de la Santa Faz, el lienzo con que la Verónica secó el sudor y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo en una de sus caídas camino del Calvario, y que recibió la imagen de su cara ensangrentada y sufriente. La estampita se la regalé hace años a mi madre -hacía menos de un año que había muerto mi padre, y luego me dijo que aquella oración para los atribulados le había dado mucho consuelo-. Como me dijo eso, cuando una señora mayor, compañera de trabajo, perdió a su marido, también le di la estampa.

Me dio cargo de conciencia pasar por allí sin parar, pero ya llegaba tardísimo a la reunión. Me resonaba en la conciencia la frase de Jesús "sólo una cosa es necesaria", que fue lo que le dijo a la afanada Marta, agobiada con los preparativos de la visita de Jesús, cuando ésta le reprochó a su hermana María que no la ayudara a preparar las cosas y se quedara embobada escuchándole. Esta idea de pararme en la capilla, ¿era la voluntad de Dios o era un escrúpulo que me iba a retrasar en mis obligaciones? Duda sí, duda no, me pasé el desvío para acceder a la capilla, así que me limité a saludar a Cristo, representado como doliente en la imagen, con una señal de la cruz y un beso lanzado.

Encontré el taller, indicado por una amable chica que atendía una gasolinera, y tuve que esperar a que el jefe dejase de hablar con un policía para que me atendiera. Tampoco tenían mi neumático, pero me ofreció otro -más barato- de la misma medida. Lo malo es que tendría que poner dos (nuevos requisitos de la normativa, que exigen que en cada eje los dos neumáticos lleven el mismo dibujo). Me pareció mucho lo que me pedía -luego comprobé que no era así- y me desanimó ya la hora que era (cerca de la una), así que decidí volverme a Cádiz con la rueda de repuesto. Como pronto, llegaría a las dos. a Granada. La reunión, probablemente estaría acabando, así que haría un poco el ridículo, y quizá eso acabó de decidirme. Di la vuelta y puse rumbo a Cádiz.

Volví a pasar por la capillita de la Santa Faz. Aunque no tenía muchas ganas, ahora no había excusa para detenerme allí un momento, como había hecho tantas veces. Los bancos estaban mojados por la lluvia. En cuanto me puse delante del cuadro, allí de pie, y empecé apenas a introducirme en la presencia de Jesús, noté una certeza interior indudable de que tenía que ir a Granada, y llevar el cuadro a las monjas. Cuando oramos, Dios casi nunca nos contesta con palabras, pero nos contesta sin que nos demos cuenta en el corazón, nos ayuda a cambiar, a darnos cuenta de nuestros fallos... Esta vez, el Señor me hizo consciente de su voluntad en aquella pequeña misión. Además, me llenó de alegría esa certeza, esa moción espiritual, el tener aquel pequeño encargo de parte de Dios.

Como me había sugerido el mecánico de Campillo, podía continuar la marcha con la rueda de repuesto.  Ahora, todas las dificultades me parecían insignificantes. Luego, en Granada, podría cambiar la rueda o volverme a Cádiz sin pisar mucho el acelerador. Acudiría a lo que quedase de la reunión (podría llegar sobre las dos de la tarde). Por el camino, seguí en oración de alguna manera. Había rezado el rosario -hacía meses que había perdido aquella buena costumbre-, y puse los CDs de canciones carismáticas. Canté con ellos, y me introduje tanto en la alabanza, que me daban unas ganas enormes de levantar las manos, cosa que hice a ratos -al menos levanté al Cielo una de ellas, porque la otra iba en el volante-, mientras cantaba, por ejemplo: "piso tierra sagrada, mi Señor, me descalzaré ante Ti..."

Llegué al hospital donde tenía lugar la reunión,  a las dos y cuarto. Mi ángel de la guarda me encontró un aparcamiento en la puerta trasera, y le di las gracias, como siempre. Pero me resultó difícil, una vez dentro, encontrar la sala de reuniones. Aún en la planta baja, pasé junto a una puerta de cristal esmerilado, con un letrero que ponía "capilla". Aunque tenía prisa, esta vez recordé que "una sola cosa es necesaria," y entré". Apretando una vez en un gran botón que había en la pared, se descorrió la puerta, dejando ver un pasillo muy desangelado, en rampa hacia abajo. Al final, llegué a una capilla minúscula, mal proporcionada, que parecía una lata de sardinas. Me indignó cómo habían reducido -pensé- aquel espacio dedicado a Dios, aquel lugar de consuelo para los padres que tienen un hijo ingresado...

La reunión se prolongó hasta las 18:30, así que pude aprovecharla. Luego, el anfitrión de la reunión, muy amable, me acompañó fuera del hospital para indicarme cómo llegar a un taller donde me cambiaran el neumático. Luego, volví a entrar para llamar desde una cabina a las monjas y a Maribel. No tenía nada para apuntar, así que las indicaciones que me dio la monja sobre cómo llegar hasta su casa, se perdieron pronto en mi memoria. Antes de salir del hospital, vi el letrero de la capilla otra vez. Pensé que sería la misma pequeñísima capilla donde entré al llegar pero, en su lugar, encontré una preciosa y gran capilla, con un bonito Sagrario y una digna imagen de la Virgen de las Nieves. Me detuve a orar allí un par de minutos. Me había precipitado antes al juzgar la impiedad de los que habían reducido la pequeña capilla que había encontrado antes... ¡había dos capillas en el edificio, y una de ellas enorme y preciosa...! Cuántas veces pasa que juzgamos a las personas por lo poco que vemos, y no tenemos siquiera ocasión de darnos cuenta del error que hemos cometido...

Al salir, fui a que me cambiaran el neumático. Pero me di cuenta que me había dejado el abrigo en el lugar de reunión, así que, tras esperar un buen rato para que me atendieran, y mientras hacían el cambio de rueda, volví andando rápidamente hacia el hospital a por el abrigo. Tardé tres cuartos de hora en ir y volver, andando a toda velocidad.

Finalmente, me quedaba "sólo" encontrar la residencia de las monjas y entregar el cuadro. Eran las ocho y y había anochecido. Si me daba prisa, podría llegar a casa a medianoche. Pero las indicaciones que recordaba fueron insuficientes, el centro de Granada estaba atascado un viernes por la noche, y las obras del metro impedían llegar  a las zonas hacia donde me indicaban. Además, numerosos paisanos me dieron indicaciones contradictorias. Desesperado, decidí aparcar el coche, cargar con el cuadro, y buscar el sitio a pie. Finalmente, en un convento al que me habían dirigido por error, supieron darme indicación exacta del verdadero lugar. Se llamaba "Residencia Riquelmina", y estaba en un lugar nada visible, en una calle sin tráfico. Había tardado más de dos horas en encontrarla, dando vueltas por centro de Granada. Estaba cansado, pero feliz. Llamé con los nudillos al cristal de la portería, y una monja me abrió la puerta. Era muy tarde y las demás hermanas, mayores, se habían retirado ya a descansar. Le dejé el cuadro y la pobre mujer no sabía cómo corresponderme; alabó el cuadro e hizo todo lo que pudo para mostrarme agradecimiento. Me dio una bolsa con almanaques, estampitas, etc., me tomó el nombre y la dirección, y se lamentó de no poder moverse de allí para darme de cenar, pero yo preferí no verme obligado a aceptar su cortesía, porque tenía prisa por volverme a Cádiz. Llamé desde allí a Maribel, avisándole de que no llegaría, por lo menos, hasta las dos de la madrugada. La monjita de la portería -le pregunté su nombre, pero se me ha olvidado- salió afuera a despedirme e indicarme cómo volver al lugar donde había dejado el coche. "Rece un avemaría por mí, hermana, para que llegue bien a Cádiz" -le dije al despedirme. Ella me respondió que sí, y que rezaría a María Emilia Riquelme -su madre fundadora, la del cuadro de Maribel- porque precisamente ese día era la fecha de su muerte, hacía 69 años. Esta señal espiritual me impresionó, le hice ver mi asombro, y me sentí de sobra pagado y alegre por todos los avatares del día. Es un lujo saber que uno ha cumplido una misión de Dios.

Es curioso ver cómo, en una misión de Dios, tantas cosas pueden volverse en contra. No es verdad que todo "fluya", como dicen los de la "New Age". El mundo está contaminado por la consecuencias del pecado. Luchamos contra nuestra propia debilidad, contra nuestro orgullo, y contra el mismo demonio; todo eso se alía en nuestra contra. Pero unirnos a Dios nos da la fuerza, e incluso la alegría para continuar. Al acabar este día, que para aquellos a los que se lo he contado parece aciago, yo estaba tan contento, que no lo habría cambiado por otro más tranquilo.

Pero bueno, quedaba el viaje de vuelta. Compré una hamburguesa, una cocacola y un paquete de tabaco. Me comí la hamburguesa en el coche, y salí para Cádiz. Tras dar unas cuantas vueltas, salí de Granada sobre las once de la noche. Estaba despierto y alegre, pero cansado, aunque apenas lo notaba, o no quería notarlo. Además, el fin de semana anterior, unido al puente de la Inmaculada, no había descansado porque había tenido guardia en el hospital...

Cantar las canciones de los carismáticos me ayudó mucho a no dormirme al volante, por la autopista solitaria. Volví muchas veces sobre una de las canciones, haciendo voces, haciendo solos estilo "gospel", etc., cantando:

"Arranca de mi pecho el corazón de piedra,
y pon en su lugar un corazón de carne,
que te sepa alabar, que sea para adorarte..."

Cuando ya la hube cantado muchas veces, me faltaba menos de media hora para llegar. Sentí que ya estaba acabando mi jornada, y empecé a pensar en una cosa que se había dicho en la reunión. Mi imaginación empezó a rememorar la ocasión, y sin dame cuenta empecé a entrar en ese estado de pensamiento que precede al sueño. Mis ojos ya no veían la carretera, estaban perdidos en la escena de mi imaginación. De repente, entre la música que llevaba puesta, escuché dos pitidos de un coche que me sobresaltaron y me despertaron: "¡Piiii, piiii!" Miré instantáneamente por el retrovisor de arriba y no vi nada; miré por los de los lados, y a un lado y a otro, y alante: nada... Aquellos dos pitidos me habían salvado de dormirme. Di gracias a mi ángel de la guarda -que es de primera clase, todo un profesional- y a María Emilia Riquelme, mi tocaya y quizá un poco patrona por eso mismo, a la que me había encomendado aquella monjita, rogándome que fuera prudente.

Así que llegué a casa a las dos y media de la noche y le conté todo esto a mi mujer. Al día siguiente , entraba a trabajar a las ocho. Les conté la historia a mis compañeros -sin el detale de los pitidos, pero incluyendo el de la fecha de la muerte de María Emilia Riquelme-, y me pareció tan interesante el día, que he querido escribirlo para que no quede en el olvido. He omitido muchos detalles, sobre todo de personas con las que tuve contacto momentáneo ese día, que fue anteayer. Me acuerdo de casi todas. Y ese día me curé un poco de una temporada en la cual he vivido pensado que el segumiento de Jesús no tenía por qué ser tan incómodo. Sin cruz no hay segumiento de Jesús, pero tampoco hay fuerzas para seguirle sin estar unido a Él, sin que Él mismo nos muestre el camino que debemos seguir. La vida del hombre sobre la tierra es una lucha, y sus días son como los del mercenario (Job 7,1), pero esa carga es ligera, un yugo suave, comparado con el aplastante sinsentido de la vida sin Él. Jesús es nuestra alegría.

De todas formas, este fue un día de gracia, una especie de ejercicios espirituales, un momento en el que el  Espíritu Santo interviene de forma especial para enseñarnos algo. Lo más importante es tomar las claves aprendidas y vividas en este momento de gracia y aplicarlas a nuestra vida cotidiana. La clave principal, la fuente de la alegría de este día, estaba en poder conocer la voluntad de Dios y hacerla. ¿Es esto excepcional? ¡Qué va...! En el día a día, los trabajos más cotidianos que tenemos que realizar son claramente una misión de Dios: cuidar de nuestros hijos, hacer bien nuestro trabajo, preocuparnos por esos detalles que hacen la vida más amable a losque están a nuetsro alrededor... Son cosas que nos cuestan, que nos fastidian, que nos impiden  planes maravillosos, puede que hasta aparentemente heroicos, son cosas que muchas veces nos parecen sin valor y, sin embargo, son precisamente esas cosas  aquéllas en las que podemos estar seguros que hacemos lo que Dios quiere de nosotros. ¿Por qué no nos alegramos al hacerlas, por qué no nos sentimos "realizados", por qué no nos encontramos a nosotros mismos en ellas? Porque nuestra naturaleza está herida por el pecado, y a veces no nos damos cuenta de que el tesoro que buscamos, lo tenemos entre las manos y lo estamos dejando caer.

Y no nos damos cuenta de todo esto, porque estamos muy afanados con las cosas de la vida, y no nos paramos a escuchar a Dios. Si le escucháramos, nos daríamos cuenta de que todas esas cosas que nos "estresan", son realmente un tesoro que merecen de sobra el esfuerzo que nos cuestan y el estrés que nos causan. Pero tenemos que pararnos un poquito, sólo un poquito, lo que podamos, y acudir a Dios. Dijo la Madre Teresa: "El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz". A mí, Dios tuvo que pincharme una rueda para que me parase a escucharle aquel día. A otros, ha tenido hasta que partirles una pierna...

¿Estrés...? ¡La vida del hombre sobre la tierra es una lucha!

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Un vídeo muy interesante sobre esto mismo: "la mujer invisible". Mirad a partir del minuto 2:25 (el resto es también muy interesante). Pinchad AQUÍ




 


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