jueves, 23 de diciembre de 2010

¡Feliz Navidad!

Feliz Navidad para todos los que leen este blog y para sus familias. Que el Niño Jesús os llene de su Amor, os guíe y bendiga vuestros pasos en el 2011.



Nos ha nacido el Salvador, ¡Aleluya!

domingo, 19 de diciembre de 2010

Demostrado: Dios existe


I) Todas las cosas que existen, empezaron a existir en algún momento, o provienen de otras que empezaron a existir en algún momento. La ciencia nos muestra que existe un principio del Universo, que es el Big-Bang, y que ése es el principio no sólo de la materia-energía, sino también del espacio y del tiempo.

Y es imposible que algo empiece a existir de la nada por sí solo. Eso es absurdo. Por eso, sólo hay dos opciones, o renunciar a toda lógica y conocimiento, o aceptar la existencia de un ser creador, que no está sometido al tiempo ni al espacio, que existe con independencia a todo condicionamiento concreto, y que creó el Universo: Dios, el que le dijo al Moisés en la zarza ardiente, cuando le preguntó su nombre: Yo Soy El Que Soy. "Yo Soy", en hebreo se dice "YAHVEH". Por eso, cuando los soldados van con Judas a prender a Jesús, y Jesús les dice "YO SOY", todos caen a tierra espantados.

II) Pero, es más, aceptemos que la materia-energía y el espacio-tiempo existen, sin preguntarnos por qué. Sin embargo, observamos que sus movimientos no son caóticos, que siguen unas pautas que se mantienen a lo largo del tiempo, que pueden ser estudiadas por los científicos; es decir: todo está ordenado por leyes físicas. No hay caos, sino que hay orden. Y el orden es muestra de la inteligencia. Sin una inteligencia creadora (Dios), lo natural sería el caos. Si tú vas a una isla desierta y ves una hilera de palos plantados en tierra, puede que ni siquiera sepas que hacen ahí, pero ya sabes una cosa: la isla no está desierta. Pues el Universo es una Isla completamente ordenada, y Dios es quien lo ha ordenado.

III) En ese Universo, aparecemos nosotros. Imaginemos que sólo hay espacio-tiempo y materia-energía, y por una serie de acontecimientos, los que sean, acaban apareciendo seres vivos inteligentes, como nosotros. Muy bien: esos seres actúan, cazan, huyen, se reproducen, mueren, todo como nosotros, como autómatas construidos de materiales biológicos y sujetos a las leyes físico-químicas, pero: ¿serían conscientes de su propia existencia? ¿Tendrían verdaderamente un YO? Y sin embargo, yo soy consciente de mi propia existencia -te lo aseguro, amigo lector-. Es más, yo no puedo demostrarte que yo soy consciente de mi propia existencia, puedo ser un autómata, pero tú que lees esto, sí sabes que eres consciente de tu propia existencia. ¿Cómo ha aparecido eso? Entiendo que haya aparecido tu cuerpo, incluso las reacciones bioquímicas de tu pensamiento, pero... ¿y tu YO? Porque tú existes como ser individual, sufres, te alegras, etc. Tus reacciones de sufrimiento no son sólo reacciones que te hacen huir, sino que tú mismo eres sujeto de esas reacciones, tienes un YO que sufre. Eso, que es el alma, no puede provenir de la propia materia. Por muy perfectos ordenadores que hagamos, nunca sabermos cómo hacerles conscientes de su propia existencia. Nuncan tendrán un YO.

IV) Somos libres. Si fuéramos sólo una serie de reacciones químicas, no seríamos ni libres ni responsables. Pero lo somos. Nuestra libertad está condicionada por muchas cosas que nos la coartan, pero somos capaces de rascarnos la oreja derecha cuando la que nos pica es la izquierda. ¿Por qué? Porque nos da la gana. Nuestra libertad es una de las pruebas de que somos más que materia y energía ordenadas: somos seres espirituales que no podemos haber nacido de la mera materia, alguien (Alguien) nos ha dado origen y nos ha creado libres. Eso es lo que signifiac que estamos hechos a su imagen y semejanza: las piedras sólo pueden seguir la ley de la gravedad, los animales siguen sus instintos, pero nosotros somos LIBRES como Dios. Tenemos VOLUNTAD.

Bueno, pues estas son algunas de las pruebas que, como científico, más me convencen de la existencia de Dios. A los científicos en general, la prueba que más les ha convencido de la existencia de Dios creo que es la segunda: ver tanto orden, tanta perfección, confiar en que hay una ley debajo de cada movimiento, d ecada realidada que se investiga, ha movido a muchos científicos a contactar con la realidad de la existencia de Dios. Además del orden, otra prueba que ha movido a muchos es la belleza, la perfección, sobre todo a los que estudian las ciencias naturales, o por ejemplo, a los oftalmólogos, que se maravillan de la perfección del ojo humano, una perfección que en alguna forma también es bella. Y es que la belleza es en sí algo no meramente natural, es de índole sobrenatural, es un signo de la presencia de algo que está más allá de la materia y la energía.Últimamente, con la teoría del Big-Bang, teoría en la que se contempla el inicio de la Creación, también el argumento de la necesidad del Creador está convenciendo a algunos, como Fred Hoyle, que defendía la idea de que el Universo existía desde siempre (la llamada "hipótesis del Universo estacionario"), hasta que esta hipótesis fue desechada por la teoría físca y la observación experimental. Él fue quien llamó al inicio "Gran Pum" (Big Bang), riéndose escépticamente de él. Y resultó que esta hipótesis se comprobó, y la que él defendía fue desechada. Pero tuvo el coraje de reconocerlo y afrontar las consecuencias; eso cambió su cosmovisión completamente.

Cuando yo me convertí, y dije "creo en Ti, Señor, sontén mi fe, que yo por mí solo no puedo", el Señor me dio una visión impresionante. Contemplé como en mi corazón, todas las leyes que sostienen el movimiento de los astros, y los movimientos de lo pequeño. Me di cuenta de que ese orden era huella de Dios. Se me hizo tan evidente, que me sorprendió, no comprendía cómo era posible que no me hubiera dado cuenta hasta entonces. Sabía que esa visión espiritual se iba a acabar, pero me dije: Emilio, acuérdate de la certeza con la que estás viendo todo esto; aunque esta claridad desaparezca, acuérdate siempre de esta certeza con la que el Señor te está mostrando todas estas cosas. Así que eso no me lo quita nadie. Yo creí y vi. Vi verdaderamente la huella de Dios en el orden del Universo.

Pero, en el fondo, yo creo que esto es evidente para muchos, lo que pasa es que les incomoda -como me incomodaba a mí- creer en Dios. No está bien visto, parece de tontos... no es la moda. Por eso, muchos que no creen en Dios, renuncian al conocimiento y a la lógica, dicen que no tiene sentido preguntarse por la razón de la existencia, que simplemente estamos aquí y punto, que nosotros no podemos saber nada de eso, ni falta que nos hace, que el único sentido de la vida es "hacia adelante" -como los burros que llevan dos piezas de cuero para que no puedan mirar más que lo que está delante de ellos-. ¿Por qué hacemos eso, por qué llegamos incluso a reprimir totalmente nuestro ansia de conocimiento, y mentirnos a nosotros mismos, diciéndonos que no podemos saber nada...? Porque en el momento en que aceptemos la pregunta y la razón como sistema para llegar a la verdad, la única respuesta a nuestra existencia, nuestra consciencia y nuestra voluntad libre es: Dios existe. Y no nos damos cuenta de que esa respuesta es verdaderamente liberadora para nosotros, porque Dios nos ama y nos quiere libres, para eso nos ha hecho.

Ojalá tú encuentres también la respuesta, amigo o amiga. No temas a la realidad, porque sólo la verdad nos hace libres. "Cree para comprender, y comprende para creer mejor" (San Agustín). Brindo por ello. Rezo por ti.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Dejad que los niños se acerquen a Mí

 Muchas veces pensamos en los niños como si fueran sólo un proyecto de adulto, pero no es así. Son personas completas, desde el primer momento, y tienen necesidad de Dios, desde el primer momento. Yo, desde que me entero que mi mujer está embarazada, lo primero que hago es bendecir al niño y hacerle la señal de la cruz sobre la barriguita de mamá. Lo primero que hago cuando viene al mundo es hacerle la señal de la cruz en la cabeza, para librarle de malos espíritus y pedir sobre él la protección de Dios. Enseguida, bautizarles. Y luego, educarlos para que puedan relacionarse ellos con Dios. Mis hijos, ambos con menos de un año, se ponían a hacer monerías ante un cuadro de la Virgen: se reían, miraban atentamente, etc.; ella les hablaba, como se habla con un niño chiquitito, y ellos reaccionaban. Para dormirles, les acunaba en mis brazos, andando por el pasillo, con la Salve Regina, la Salve Marinera o el Veni Creator Spiritus, y a ellos les encanta, sobre todo la Salve Regina en gregoriano; muchas veces me piden que se la cante. Y mi niño estaba jugando con los juguetes y canturreaba ..."misericordes oculos..."

No digamos lo que disfrutan con los pasos de Semana Santa, o viendo las imágenes de las iglesias. Una vez, el niño se puso a lanzarle besos a la Virgen en una procesión: al llegar, cuando estaba delante, y cuando se alejaba, mientras estaba en mis brazos. Se pasó un cuarto de hora echándole besos sin parar, hasta que dejó de verse.

Y por supuesto, en casa, rezamos al levantarnos toda la familia, al comer, al acostarnos, y cuando hay alguna necesidad, por ejemplo, cuando su madre acude al rescate de alguna chica embarazada que se plantea abortar, o cuando hay alguien enfermo, etc...

En nuestra peregrinación a Fátima, los niños sacaron un provecho enorme. El niño, de 4 años, está entusiasmado con toda la historia de los pastorcitos y la Virgen, se ha unido mucho a ellos. Le encanta ver la película de Fátima. Es curioso, porque pensábamos que se iban a aburrir un poco, y hacíamos con ellos actividades alternativas: piscina, montar en un trenecito, ir a ver una cueva... se lo pasaron muy bien. Pues cuando nos íbamos, le pregunté al mayor qué era lo que más le había gustado: ¡el Via Crucis por la senda de los pastorcitos!

La niña, de dos años, está entusiasmada con los cantos carismáticos, le encanta levantar los brazos y bailar. Yo le canto canciones con la guitarra y ella baila y se pone contentísima. Le gustan mucho "Shemá Israel", "Las murallas de Jericó", "El trenecito (de la Iglesia)", etc. El niño, hace poco, en una adoración que hicimos ante el Santísimo Sacramento expuesto en una mesa, con la comunidad alrededor, se acercó con mucha reverencia y allí estuvo de pie, mirándole muy sereno, sin moverse, sabiendo perfectamente que estaba ante el Señor.

Los niños están maduros para la fe. La acción del Bautismo les abre el corazón a la realidad de Dios: son santos por el Bautismo; por él, tienen a Dios Uno y Trino viviendo en su corazón, y debemos darles en cada momento lo que necesitan para vivir esa santidad, para que en todo momento estén listos para el Cielo.

Luego, en la educación, además de vivirlo todo providencialmente, en comunión con los ángeles y los santos, de mostrarles la belleza de la Creación como obra y palabra de Dios que nos ama, Jesús es una ayuda indispensable. El niño pegaba en el colegio: acudimos al sagrario y le pedimos al Señor que le ayude a no pegar, y eso se soluciona completamente. Otro niño le pegaba: rezamos por él para que se porte bien y no pegue, y también se va solucionando. Y cuando se enfadan, les decimos que se les ha perdido la sonrisa, que miren al cuadro de la Virgen y ya verán como les vuelve la sonrisa. Al principio no quieren hacerlo, porque quieren seguir enfadados, pero al final lo hacen, ¡y la sonrisa vuelve inmediatamente, con la alegría!

Evitamos que vean cosas feas en la tele (tampoco las vemos nosotros), seleccionamos los dibujitos, y buscamos programas de TV que les ayuden en la fe, como los de EWTN. Les encanta (y a nosotros) "La casita sobre la Roca". Son unas marionetas maravillosas, con muy buenas canciones, que les explican la Palabra de Dios y presentan al alegría de la fe. También vamos haciendo recopilación de buenas novelas y películas, para cuando sean más mayores, que tengan en casa buen alimento disponible. Y les hemos buscado un colegio en el que la formación cristiana y moral está en sintonía con nosotros, sin disimulos, con fidelidad a la Iglesia Católica.

Y claro, rezamos por ellos (en realidad por todos, unos por otros, y por nosotros mismos, que falta nos hace). Yo les bendigo cada vez que se acuestan y cada vez que salgo de casa por la mañana; a menudo les impongo las manos sobre la cabecita y le pido al Señor que les sane de todo lo malo. Nada de todo esto es forzado, ni muy pensado. Simplemente, somos cristianos, vivimos así, no vamos a disimular ante nuestros hijos; al contrario, vivimos la relación con Cristo en familia, con alegría y con su Amor.

Los niños son personas muy espirituales. Da mucha pena que en las familias no se les alimente con lo que necesitan. Así están alegres, felices, son capaces de luchar contra sus problemillas...

La fe vivida en familia es una enorme bendición. ¡Que el Señor sea alabado! ¡Bendito seas, precioso Dios chiquitito, en la barriguita de la Virgen María!

viernes, 19 de noviembre de 2010

Evangelizar a bautizados


La evangelización actual en países cristianos, se distingue de aquella predicación de los primeros apóstoles en una cosa: aquellos a quienes va dirigida, en su mayoría han sido ya bautizados.

Las personas que han recibido el bautismo pero no aceptan a Cristo en sus vidas, pueden haber perdido la gracia, pero algunos no han perdido la fe que recibieron como un don en el sacramento. Esa fe está en ellos, o bien aplastada por el pecado, o bien como una semilla que no llegó a germinar porque no recibieron una verdadera formación en la fe. La recibieron de pequeños como un regalo que conservan pero que no han abierto. Muchos otros sí la han perdido; han conocido a Cristo en la catequesis, le han recibido sacramentalmente en la Primera Comunión... pero antes o después han apostatado, han rechazado a Cristo y a su Cuerpo Místico, que esla Iglesia. Incluso puede que crean en Dios, pero con una creencia puramente humana, no con la fe de la Iglesia, no reconociéndole como su Señor y Salvador, no relacionándose con Jesucristo Resucitado. No obstante, esas personas están ya selladas por el Bautismo. Han sido inhabitadas por la Trinidad y eso ha dejado un hueco en el alma. No puedo evitar acordarme aquí de las palabras de Jesús (Lc 11, 24): "Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: "Volveré a mi casa, de donde salí". Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio".



Aquella antigua evangelización anunciaba a Cristo como "buena nueva", y Pablo predica en el areópago de Atenas sobre "el Dios desconocido". En el areópago moderno, a nosotros nos toca predicar sobre "el Dios que habéis rechazado". Para nuestros contemporáneos, tener que acoger la predicación de Cristo como verdad sería una "mala noticia": "ese Dios que no nos gusta, es verdad" -pensarían.

Sin embargo, se parece a la predicación de Pedro en Pentecostés, cuando él habla a los judíos de aquél a quien habían crucificado. San Pedro hace entonces dos cosas: confirmarles la majestad divina de Aquél al que rechazaron y mataron, y ofrecerles su perdón.

Esto que hace San Pedro en Pentecostés, es lo que hace el Espíritu Santo. Viene a nosotros para "convencernos del pecado"; viene a darnos una mala noticia, pero que es verdad: estamos enfangados en el pecado. Sin embargo, a la vez que nos da esa mala noticia, nos consuela -es el Consolador- y nos dice que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, que Cristo ha pagado nuestro pecado, que Dios nos ama y nos dará fuerzas para esforzarnos en la perseverancia.

Ayer, llegué a casa después de tres días de no ver a mis hijos, por asuntos de trabajo. La pequeña dejó enseguida la manualidad que estaban haciendo y vino contenta a recibirme y darme un beso. El mayor, siguió como si nada. A pesar de que para llegar hasta él tenía que atravesar un paso estrecho entre sillas, me llegué a él y le di un beso, pero él no se inmutó. Así que le dejé, y volví a salir por el paso estrecho. Al cabo de menos de un minuto, le dio pena de no haberme dado el beso, y quiso dármelo; pero esta vez, no me pareció que estuviera bien que fuese yo de nuevo hasta él, pasando entre las sillas, para darle el beso, así que le exigí que fuese él quien se levantara de donde estaba e hiciera el esfuerzo de venir hasta mí para darme el beso que me debía. Al principio se resistió, se tomo mal que yo no volviera a ir hacia él, pero luego se dio cuenta y vino él a darme el beso.

Pensé que esa es la diferencia entre el Bautismo y la Confesión. En el Bautismo, Cristo hace el esfuerzo que deberíamos haber hecho nosotros, pero que no podemos hacer por el pecado, y viene a rescatarnos; pasa Él por el camino estrecho -la expiación- que nos correspondería a nosotros. A veces, después de recibir el Bautismo, rechazamos a Jesús y necesitamos su reconciliación. Entonces, el Señor nos mueve a ser nosotros los que vayamos a Él, reavivando en nosotros esa fe que ya tenemos (ya hemos "gustado" a Dios y llevamos su sello) y moviéndonos a acercarnos al confesonario, aceptando la penitencia. Aunque, por supuesto, en la Reconciliación, también somos perdonados por los méritos del Señor, no por los nuestros.

Me queda algo de confusión en esto, a ver si en próximos días aprendo algo más y lo voy perfilando...

martes, 9 de noviembre de 2010

Mi vocación al sacerdocio

Desde que me convertí, hace más de diez años, sentí una vocación tan fuerte, tan fuerte, como si Dios me llamara al sacerdocio, aunque claramente no era a eso, pues ni siquiera me veo de diácono, y podría serlo estando casado. Durante años, esta vocación me ha desvelado, pues sentía claramente que Dios me llamaba, pero no escuchaba a qué me llamaba. No le escuchaba... a pesar de que Él no paraba de decírmelo, ahora lo veo.

Escuchaba que el Señor me llamaba a la santidad, a la entrega, a la oración por los demás, por su conversión, a luchar contra mis pasiones desordenadas... Pero pensaba que todo esto era un medio, algo que Él me pedía para ayudarme, para prepararme a esa otra vocación oculta que yo esperaba. No le daba la importancia que tenía; no me daba cuenta de que mi vocación misma estaba en esas llamadas.

Lo escuché subiendo las escalinatas del Santuario de Fátima: "Jesús pide almas que se ofrezcan a sufrir con Él..." Por su Iglesia, por toda la humanidad, por la conversión de los que le rechazan, de los que no le conocen, en expiación por nuestros pecados y los del mundo entero, en reparación por las ofensas al Inmaculado Corazón de María..." Yo le dije que sí, aun lleno de miedo; no pude negarme a esa oferta, como el soldado que da un paso al frente cuando piden voluntarios: él oye esa oferta dirigida a todos, pero la escucha como si fuese sólo para él.

"Es necesario morir..." -me decía una canción de nuestras oraciones de alabanza... "no basta sólo con querer... es necesario morir". En una oración, hace poco, mi esposa y una amiga oraron por mí, imponiéndome las manos; nuestra amiga pidió al Señor que por donde yo pisara, por donde hollara con mi bastón, fuera haciendo mella para que germinase el fruto de la verdad. Y el otro día, tan confiado como cansado de no encontrar la respuesta a mi vocación, con audacia de hijo le pedí a Papá que me dijese por fin qué quiere de mí. Me contestó sencilla y claramente con ésta antífona de la oración de completas: "Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo". Es del 2º Libro de los Macabeos.

Jesús no me pide que haga ninguna cosa en particular, -ahora lo sé-; lo que quiere es que me entregue a Él, a sufrir con Él. Eso no es un medio para otra cosa, sino el fin de mi vida, mi vocación. Es una vocación plenamente sacerdotal, un ofrecimiento personal en favor del Pueblo de Dios. Un sacerdocio que se desarrolla a través de la entrega concreta a mi esposa, a mi familia, a mi trabajo, a mis amigos, a todos los que encuentre en mi camino. En Cristo, toda entrega cobra valor. Dice San Josemaría Escrivá que Dios añade dimensiones insospechadas a la vida de aquellos que le aman...

Ser sacerdote en mi matrimonio, a través de él... Es una vocación sólida, a una entrega radical a Dios y a la Iglesia. El sacerdote ordenado no puede dedicarse plenamente a su sacerdocio estando casado, y por eso se le exige el celibato... pero yo sí puedo cumplir plenamente con mi vocación sacerdotal -la que me viene por el Bautismo y la Confirmación- estando casado, porque en mi dedicación a mi esposa y a mis hijos, unida a Cristo, estoy ofreciendo a Dios un sacrificio de alabanza en favor de toda su Iglesia.

¿Por qué digo que "es necesario morir"? Porque hacer la voluntad de Dios cuesta, aun en las cosas sencillas de cada día; hay que mantener una continua y verdadera batalla para que el Señor nos conceda la victoria en las pequeñas cosas cotidianas. Jesús nos da la gracia para vencer, pero es la gracia de esforzarnos, de sufrir con Él. Es verdad que luchar y vencer con Él es tan dulce, llena tanto de alegría, que a veces se parece más al "camino ancho y real" que decía Santa Teresa, al "yugo suave" que dijo Jesús, que a la "senda estrecha" de la que también habla Él mismo. Y es que la alegría brota entre esas estrecheces, es que no hay contradicción entre el "dar hasta que duela" de Teresa de Calcuta y el "dar con alegría" de los pastorcitos de Fátima. Aunque parezca increíble, es en la lucha sufrida contra nosotros mismos por hacer la voluntad de Dios, en donde el Señor nos da la única y verdadera alegría.

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

domingo, 31 de octubre de 2010

San Longinos en el Cantar del Mío Cid

Manuscrito de Per Abat (año 1207); Cuaderno 2, folio 8r
"...estando en la cruz obraste un prodigio grande:
Longinos era ciego, que no vio nunca jamás,
te dio con la lanza en el costado, del que salió la sangre,
corrió por el astil abajo, las manos se fue a manchar,
las alzó hacia arriba, se las llevó a la faz,
abrió los ojos, miró a todas partes,
en ti creyó entonces, por eso se salvó del mal..."
Cantar del Mío Cid
versos 150 y siguientes
(edición modernizada de Alberto Montaner).


La historia de San Longinos, el soldado romano que según la tradición se convirtió al caer sobre él la sangre y el agua de Jesucristo después de la lanzada, es una enseñanza sobre la gracia que recibimos por los méritos de Cristo. "Sus heridas nos han curado" (1 Pe 2, 25; Is 53, 5)

Juan Pablo II lo explicó de forma maravillosa citando a san Ambrosio, padre de la Iglesia:

Al contemplar las llagas de Cristo con las que hemos sido salvados, san Ambrosio decía: «No tengo nada en mis obras de las que pueda gloriarme, no tengo nada de qué enorgullecerme y, por tanto, me gloriaré en Cristo. No me gloriaré porque soy justo, sino porque he sido redimido. No me gloriaré porque estoy exento de pecados, sino porque se me han perdonado. No me gloriaré porque he ayudado ni porque me han ayudado, sino porque Cristo ha sido mi abogado ante el Padre, porque la sangre de Cristo fue derramada por mí. Mi culpa se convirtió para mí en el precio de la redención, a través de la cual Cristo me ha salido al encuentro. Cristo padeció la muerte por mí. Tiene más ventajas la culpa que la inocencia. La inocencia me había hecho arrogante, la culpa me ha hecho humilde».

Gracias, Señor, porque tus heridas me han curado. Gracias, porque viniste a salvar a los pecadores, y porque mi pecado me valió tu redención. Señor, dame tu amor para que yo te ame como Tú mereces.

jueves, 28 de octubre de 2010

Alabarte nos sana, Señor

Cuánto me acuerdo de la frase de Santo Tomás, que dice que el fin del hombre es la gloria de Dios... y de San Agustín, que dijo que la mayor obra del hombre es alabar a Dios. La alabanza nos ordena por dentro, basta alabar a Dios y parece que todo en el interior de uno se va encajando, todo lo que chirriaba se va poniendo en su sitio; la alabanza nos sana espiritualmente. Es una gran alegría ver que uno funciona, porque el ser humano funciona cuando alaba al Señor.

"Y como brotan manantiales de la roca, como caen con su fuerza las cascadas, así manará mi boca en alabanzas".

¡Alabado sea el Señor, bendito sea! ¡Bendito, Adonai! ¡Aleluya!
Tú eres mi Dios, mi Roca, mi Bienhechor, mi Alcázar,
todo mi ser de barro tus manos abarcan.

martes, 26 de octubre de 2010

El camino de Cristo

De la carta de San Luis María Grignion de Monfort a los Amigos de la Cruz (copiado de scholaveritatis.org)



Queridos cofrades, ahí tenéis los dos bandos con los que a diario nos encontramos: el de Jesucristo y el del mundo (Jn 15,19; 17,14.16).

A la derecha, el de nuestro amado Salvador (+Mt 25,33). Sube por un camino que, por la corrupción del mundo, es más estrecho y angosto que nunca. Este Maestro bueno va delante, descalzo, la cabeza coronada de espinas, el cuerpo completamente ensangrentado, y cargado con una pesada Cruz. Sólo le siguen una pocas personas, si bien son las más valientes, sea porque no se oye su voz suave en medio del tumulto del mundo, o sea porque falta el valor necesario para seguirle en su pobreza, en sus dolores, en sus humillaciones y en sus otras cruces, que es preciso llevar para servirle todos los días de la vida (+Lc 9,23).

A la izquierda (+Mt 25,33), el bando del mundo o del demonio. Es el más numeroso, y el más espléndido y brillante, al menos en apariencia. Allí corre todo lo más selecto del mundo. Se apretujan, y eso que los caminos son anchos, y que están más ensanchados que nunca por la muchedumbre que, como un torrente, los recorre. Están sembrados de flores, llenos de placeres y juegos, cubiertos de oro y plata (7,13-14).

A la derecha, el pequeño rebaño (Lc 12,32) que sigue a Jesucristo sólo sabe de lágrimas y penitencias, oraciones y desprecios del mundo. Entre sollozos, se oye una y otra vez: «suframos, lloremos, ayunemos, oremos, ocultémonos, humillémonos, empobrezcámonos, mortifiquémonos (+Jn 16,20). Pues el que no tiene el espíritu de Jesucristo, que es un espíritu de cruz, no es de Cristo (Rm 8,9), ya que los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus concupiscencias (Gál 5,24). O nos configuramos como imagen viva de Jesucristo (Rm 8,29) o nos condenamos. ¡Animo!, gritan, ¡valor! Si Dios está por nosotros, en nosotros y delante de nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (8,31). El que está con nosotros es más fuerte que el que está en el mundo (1Jn 4,4). No es mayor el siervo que su señor (Jn 13,16; 15,20). Un instante de ligera tribulación produce un peso eterno de gloria (2Cor 4,17). El número de los elegidos es menor de lo que se piensa (Mt 20,16). Sólo los valientes y esforzados arrebatan el cielo por la fuerza (Mt 11,12). Nadie será coronado sino aquél que haya combatido legítimamente según el Evangelio (2Tim 2,5), y no según el mundo. ¡Luchemos, pues, con todo valor!».

Éstas son algunas de las palabras divinas con las que los Amigos de la Cruz se animan mutuamente.
Los mundanos, por el contrario, para animarse a perseverar en su malicia sin escrúpulo, claman todos los días: «¡Vivir, vivir! ¡Paz, paz! ¡Alegría, alegría! ¡Comamos, bebamos, cantemos, dancemos, juguemos! Dios es bueno, Dios no nos ha creado para condenarnos. Dios no prohíbe las diversiones; no vamos a ser condenados por eso. ¡Fuera escrúpulos! ¡"No moriréis" (Gén 3,4)!»

Acordaos, mis queridos cofrades, de que nuestro buen Jesús os está mirando ahora, y os dice a cada uno en particular: «Ya ves que casi toda la gente me abandona en el camino real de la Cruz. Los idólatras, cegados, se burlan de mi Cruz como de una locura; los judíos, en su obstinación, se escandalizan de ella (+1Cor 1,23), como si fuera un objeto de horror; los herejes la destrozan y derriban como cosa despreciable. Pero -y lo digo con lágrimas y con el corazón atravesado de dolor- mis propios hijos, criados a mis pechos e instruidos en mi escuela, los propios miembros míos que he animado con mi espíritu, me han abandonado y despreciado, haciéndose enemigos de mi Cruz (+Is 1,2; Flp 3,18). "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67). ¿También vosotros queréis abandonarme, huyendo de mi Cruz, como los mundanos, que son en esto verdaderos anticristos (1Jn 2,18)? ¿Es que queréis vosotros, para conformaros con el siglo presente (Rm 12,2), despreciar la pobreza de mi Cruz, para correr tras las riquezas; evitar el dolor de mi Cruz, para buscar los placeres; odiar las humillaciones de mi Cruz, para ambicionar los honores? En apariencia, tengo yo muchos amigos, que aseguran amarme, pero que, en el fondo, me odian, porque no aman mi Cruz; tengo muchos amigos de mi mesa, y muy pocos de mi Cruz» [Imitación de Cristo II, 11,1].

Ante esta llamada de Jesús tan amorosa, elevémonos por encima de nosotros mismos, y no nos dejemos seducir por nuestros sentidos, como Eva (+Gén 3,6). Miremos solamente al autor y consumador de nuestra fe, Jesús crucificado (Heb 12,2). Huyamos de la depravada concupiscencia de este mundo corrompido (2Pe 1,4). Amemos a Jesucristo de la manera más alta, es decir, a través de toda clase de cruces. Meditemos bien las admirables palabras de nuestro amado Maestro, que sintetizan toda la perfección de la vida cristiana: «Si alguno quiere venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga» (Mt 16,24).

domingo, 17 de octubre de 2010

In hoc signo vinces!



"In hoc signo vinces" -con este signo vencerás-. Esta fue la visión de Constantino, referida al signo de la cruz, antes de la batalla del puente Milvio, que le daría la entrada victoriosa a Roma.

Pero en otro sentido mucho más esencial, en la cruz está nuestra victoria. En la obediencia de la cruz. En hacer la voluntad de Dios está nuestra victoria.

Tenemos que cambiar nuestro modo de pensar: "éxito-fracaso". Medimos nuestra evangelización y nuestras acciones por esta humana distinción: éxito-fracaso. En nuestra falta de humildad, no reconocemos que los resultados no dependen de nosotros; lo único que depende de nosotros es hacer la voluntad de Dios. Y en hacer la voluntad de Dios, ens ervirle, está nuestro éxito, pase lo que pase después. Cada vez que servimos a Dios, Cristo vence. Cada vez que hablamos a alguien de Cristo, Cristo vence, pase lo que pase. Cada vez que hablamos con una chica embarazada para ayudarla y que no aborte, Cristo vence, pase lo que pase. Cada vez que decimos una verdad difícil de decir, Cristo vence, pase lo que pase. A menudo, eso que nosotros llamamos fracaso es un triunfo de Dios. Porque para Dios, no pasa desapercibido ninguno de nuestros desvelos, ninguna de nuestras acciones. Y el valor de las acciones no es el que nosotros les damos, sino lo que valen para Dios.

Nostros valoramos las acciones por sus resultados, y eso es un tremendo error. Las acciones tienen valor en sí mismas ante Dios. Luego, la victoria es suya, no nos pertenece. Dios vencerá cuando y donde quiera: Cristo ya ha vencido. En lo que a nosotros respecta, cada vez que hacemos su voluntad, Cristo vence, Dios triunfa. No debemos preocuparnos de más, sólo de conocer y hacer su voluntad. Sólo de aceptar la obediencia de la cruz, el yugo suave de Cristo.

Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat!

miércoles, 6 de octubre de 2010

Demos vítores a la Roca que nos salva

 
He leído en el libro "Alabaré a mi Señor", de un jesuita carismático, una idea que me ha parecido impresionante. Habla de la aclamación ("teruwa" en hebreo) del pueblo de Israel antes de la batalla en la que Yahvé le había prometido la victoria. ¡Era una oración de acción de gracias por la victoria, antes de entablar la batalla! Era una aclamación a voz en grito dirigida al Señor de los ejércitos, un grito de victoria acompañado de trompetas, ANTES de la batalla. ¡Una oración verdaderamente de fe, en un momento que para otro pueblo sería la hora de máxima expectación ante una prueba de resultado incierto!

No sé si os habéis parado a pensar lo que es esto, intentad poneros en el sitio: Soy un israelita, dispuesto a la batalla, enfrente de un ejército superior armado hasta los dientes. Hoy nos jugamos la vida, ahora mismo. Es el momento. Entonces, todo mi pueblo y yo con él, lanzamos un grito jubiloso de victoria y agradecimiento al Señor de los Ejércitos, Yahvé Sebaot, por la victoria que nos va a dar ante el enemigo...

Esto me ha dado luz sobre una frase del Nuevo Testamento, que no entendía bien. Es ésta: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe". (Efesios 2,8-9).

No me extraña de esta frase que San Pablo diga que la salvación es un regalo de Dios, por medio de la fe en Jesucristo; esa es doctrina que conozco bien, pues viene en el Catecismo de la Iglesia Católica. Los protestantes también la conocen muy bien, y eso les honra, aunque parece que se olvidan de que no hay fe viva sin perseverancia en las buenas obras, y de que podemos caer en la tentación del pecado.

Lo que sí me extrañaba de esta frase era precisamente que San Pablo -mejor dicho, el Espíritu Santo por medio de él- llamara ya "salvos" a los que aún no se sabía si iban a rechazar la fe y la gracia en el resto de su vida. Jesús advierte que quien no persevere en el bien irá a parar a las tiniebas exteriores, y muestra claramente que el fin de los que no ayudan a su prójimo es el infierno... Todo el Nuevo Testamento está lleno de llamadas a perseverar en la fe que obra por la caridad. ¿Cómo, entonces, llama Pablo "salvos" a aquellos que no se sabe si van a perseverar, que no se sabe si "van a caer en la tentación" del pecado, rechazando la fe de Dios? Fijaos incluso en que las traducciones aprobadas por la Iglesia, utilizan el participio pasivo "salvos", que sugiere una mayor identificación entre el sujeto y la acción que recibe, la salvación...

Pues esto se entiende desde ese clamor de agradecimiento por la victoria antes de la batalla, desde la esperanza de Israel. "¡Dichoso el pueblo que sabe aclamarte!" (Salmo 89, 16). Creo que, desde la fe, la esperanza y la caridad, todos podemos y debemos hacer, con el Espíritu Santo, esa aclamación de agradecimiento a Dios antes de la batalla contra el demonio, que es la vida que nos queda por delante. Sabemos que la gracia de Dios no nos faltará, y que si nosotros peleamos con perseverancia, la victoria es ya nuestra, porque Dios nos la ha prometido como regalo al creer en Él, en Cristo, que es nuestro Señor, mi Señor, que ha muerto por mí y ha resucitado, liberándome del pecado y de la muerte.

Así que mi corazón grita agradecido: ¡¡¡Gracias, Señor, porque has vencido a la muerte y al pecado!!! ¡¡¡Bendito Yahvé, mi roca, que adiestra mis dedos para la pelea, mis manos, para el combate!!! ¡¡¡Gracias, Señor, porque me has salvado!!! ¡¡¡Por la fe en Ti que me has dado, Señor, soy salvo!!! ¡¡Aró, aró, aró; Aró, Adonai!! ¡Aró arabarai aró...!

sábado, 25 de septiembre de 2010

Sobre la felicidad



Llevo mucho tiempo pensando sobre este tema; aparece a veces en mi oración y en momentos providenciales. Ya para colmo, hace dos días mi mujer me regaló el pequeño libro "La Vida Feliz" de San Agustín", y ayer mismo un amigo nos hablaba de la felicidad, y nos decía que Dios quiere que seamos felices.


Parece que toda persona anhela la felicidad, aunque no tenga una idea clara de qué es ni dónde puede encontrarla.

Sin embargo, desde un punto de vista intrascendente, lo que se suele decir "ser feliz", lo identificamos con estar contento y satisfecho de la vida. Pues ocurre una cosa: pienso que ésa no es la mayor aspiración del ser humano, ¿no os parece? ¿No os parece que hay muchas personas que son capaces de sacrificar su alegría y su satisfacción por aquello que creen más valioso, aunque les suponga sufrimientos, e incluso la muerte? Y si uno es capaz de dejarse matar por algo, es que para él lo más importante no es el contento y la satisfacción de la vida: para él hay algo más importante, sea lo que sea aquello por lo que es capaz de morir.

Entonces, ¿qué es la verdadera felicidad, aquella que constituye en anhelo supremo de todo ser humano? ¿Podemos alcanzarla en la tierra? ¿Dónde está?


San Agustín hace una pregunta que ayuda mucho en esta investigación: ¿puede ser alguien feliz si teme perder la felicidad?


¿No os parece que eso no es posible, que no se puede ser feliz si se teme perder la felicidad? Recuerdo ahora uno de los momentos más placenteros de mi vida. No recuerdo si fue en Covadonga o en Montserrat, porque fue hace muchos años. Sí recuerdo que bajaba por la montaña en Julio, con una sed de varias horas bajo el sol andando; creo que nunca he tenido tanta sed. Al llegar, varios caños de agua cristalina de la sierra manaban un chorro horizontal de agua fresca, que  parecía sólido y transparente. Beber esa agua era tan maravilloso... pero mientras la bebía sentía pena porque iba a dejar de tener sed en unos segundos, y esa enorme satisfacción momentánea iba a acabarse.


No hay verdadera felicidad si tememos perderla. Y claro está que todo lo material o mundano podemos perderlo con facilidad: las satisfacciones, los triunfos que pronto caen en el olvido, hasta podemos perder la familia, la salud... Sólo Dios permanece.


Si la felicidad es el máximo anhelo del ser huumano, y no puede haber felicidad si tememos perderla, entonces es que eso que llamamos felicidad sólo puede ser una cosa: Dios. Eso que anhelamos entre tinieblas, sin saber muchas veces qué es ni dónde está, es Dios.


Por eso dice San Agustín: "el hombre no se conforma con menos que con Dios". Y también, en sus Confesiones: "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti".

Además, creo que hay un "test" para saber si algo que se nos presenta como felicidad es o no la verdadera felicidad (esto lo digo ya como cristiano). Veréis: si yo soy cristiano, creo que Dios existe, es justo y nos ama. Y si Dios es justo y llamamos felicidad a aquello que todos anhelamos, entonces todos debemos poder ser felices; porque Dios no puede habernos creado a unos para la felicidad, y a otros para la infelicidad y la desgracia.
Recordad ahora, por ejemplo, aquel eslógan ateo que pusieron en algunos autobuses de Londres: "Probablemente, Dios no existe. No te preocupes y disfruta de la vida". Puede servir para una persona a la que le va todo bien. Pero imaginaos  ahora -éste es el test- a una madre que sale del hospital después de cuidar a su hijo que se está muriendo, y que casi sin dormir tiene que ir a fregar suelos en una casa. Y lee ese eslógan: "Probablemente, Dios no existe. No te preocupes y disfruta de la vida". ¿No resulta ridículamente cruel? Si ésa es la felicidad, el difrute intrascendente de la vida, desde luego hay millones y millones de personas que no están invitadas.

Ahora voy a poner otro ejemplo de alguien "opuesto", el beato Juan XXIII, que en su "decálogo de la felicidad" tiene este propósito, que leí hace poco grabado en Fátima:


"Sólo por hoy seré feliz, en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también".


Imaginaos que esa madre cuyo hijo se está muriendo, lee esto. Y piensa: "¿Cómo voy a ser feliz "hoy"?" Parece otra estupidez, como la de los ateos. Esta madre puede creer en Dios y esperar ser feliz en el Cielo, pero... ¿en la tierra?, ¿hoy, que mi hijo se está mjuriendo y yo, reventada y casi sin haber dormido, tengo que ir a fregar suelos para poder vivir? ¿ser feliz "hoy"? ¡imposible...!


Por ahí no encontramos respuesta. Pero vamos a tratar de buscarla por el otro camino que dejamos antes... Quedamos en que uno no puede ser feliz si teme perder su felicidad.Y si es así, como lo único permanente es Dios, entonces la felicidad que buscamos es Dios. Queremos a Dios, no nos conformamos con menos.


Pero, ¿es posible en la tierra tener a Dios sin temer perderle? Si yo tengo fe en Dios, si estoy unido hoy a Él, ¿puedo estar seguro de no perderle? Pues la verdad es que no, porque yo puedo rechazar a Dios mañana. Yo me temo a mí mismo, temo caer en el pecado, temo perderle por mi culpa, que es la única forma de perderle, porque Él nunca nos rechazará a nosotros. Y por eso, porque somos débiles y podemos rechazarle, nos dice San Pablo que le sirvamos "con temor y temblor". Y Jesús no para de decirnos: "estad vigilantes", "rogad para que no caigáis en tentación", "¡velad!", etc. Así que lo más cerca que yo puedo estar de Dios en esta vida es en esa unión aún temerosa y vigilante que Cristo nos pide... ¿Nos vale con eso?


Hace dos años, mi hermana y otros amigos hicieron una tertulia literaria sobre el tema de "la felicidad". Ella me preguntó qué podría llevar como texto y no sé qué le contesté, seguramente no fui capaz de decirle gran cosa. Pero ahora han pasado ya dos años y he tenido tiempo de hacer acopio. Naturalmente, yo buscaba en fuentes cristianas una pedagogía sobre la felicidad. Primero pensé en el Catecismo, y busqué "felicidad" en el índice de términos, pero no encontré nada. Luego pensé en cosas que había leído, y sólo recordaba haber leído sobre la felicidad en San Agustín y en la filosofía de Karol Wojtyla, antes de ser Papa. Pero no me pareció que la palabra "felicidad" estuviera muy presente en los escritos cristianos. Así que busqué otra palabra que la sustituyera, y pensé en "alegría". Y entonces recordé algo que luego me ha ido pareciendo una obra maestra de la literatura universal, y es la "florecilla" sobre "la alegría perfecta" de San Francisco de Asís. La puse hace poco en el blog; cada vez que la leo, me dice más.


Pero con el tiempo, caí en la cuenta de lo tonto que había sido... La palabre "felicidad" no sólo aparece en la doctrina cristiana, sino que está presente en todo el centro de la predicación de Cristo. Me di cuenta entonces de que "felicidad" tiene un sinónimo, que es "dicha". Es una palabra que se ha quedado un poco anticuada, pero significa lo mismo. Y entonces encontré el mejor tratado sobre la felicidad que jamás se ha pronunciado y escrito:

"Jesús les enseñaba diciendo:
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos ese día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo".


Ahí se ve que aquello a lo que Jesús llama "felicidad" es algo diferente: Él le dice a los que lloran -como aquella madre sufriente que salía del hospital- que ellos son felices porque serán consolados. La razón de su felicidad no está en hoy, en la tierra, sino en el Cielo.

Otra cita que me parece reveladora son las palabras de la Virgen a Bernadette Soubirous en una de las apariciones de Lourdes. Le dice:

- "Yo te prometo que serás muy feliz; no en este mundo, sino en el otro".

Pero... ¿y qué pasa hoy? ¿Cuál es mi felicidad "hoy"? Mi "felicidad" hoy es que voy a ser plenamente feliz en el Cielo; que este sufrimiento de hoy tiene sentido, aunque yo no lo conozca. Esa es la "felicidad de la tierra", que como tal "felicidad" no se la nombra mucho, porque es aún, no la felicidad en sí, sino un adelanto. Y además, en "cristiano" tiene otro nombre: ESPERANZA.


Así que yo creo que la felicidad, esa felicidad que todos buscamos, la tendremos plenamente cuando estemos unidos a Dios en el Cielo. La "felicidad" que todo hombre ansía es Dios.Y esa prenda o "anticipo" de la felicidad que gozamos ya en la tierra, ésa a la que se refería Juan XXIII, y que sirve para todos, porque todos podemos tenerla -incluso aquella pobre madre que salía del hospital-, se llama "esperanza". ¿No os parece?

sábado, 18 de septiembre de 2010

Para evangelizar de verdad...

Unidos al único sacrificio redentor, el de Cristo, nuestros sacrificios -que por sí solos no son nada- cobran auténtico valor insertados en él, para la salvación de todos. Con lo que dice el apóstol San Pablo, ponemos lo que falta al sacrificio de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia. Esta preciosa doctrina se convierte en realidad cuando el sacerdote eleva a Dios las ofrendas, entre las que se encuentran, insertos en el pan y el vino que van a ser transformados en Cuerpo y Sangre, nuestros propios sacrificios que van a ser transformados en sacrificio redentor del Cuerpo Total de Cristo, Cristo y su Iglesia. Por eso, en algunas misas solemnes, en el ofertorio se llevan, además del pan y el vino, algunos símbolos adicionales del ofrecimiento espiritual de los fieles allí congregados. Y el sacerdote dice de ese pan y ese vino que son "fruto del sudor y del trabajo del hombre..." Y dice algo más: "...que recibimos de tu generosidad..." Porque nuestros propios sacrificios los recibimos de la generosidad Dios, son fruto de la gracia que nos viene por el sacrificio de Cristo, y de nuestra acogida a esa gracia de Dios: "¡todo es gracia!"

La oración sobre las ofrendas de este Domingo XXIV del tiempo ordinario enuncia esta maravillosa doctrina de forma clara:

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
"Sé propicio a nuestras súplicas, Señor, y recibe con bondad las ofrendas de tus siervos, 
para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre 
sirva para la salvación de todos. 
Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén".
Misal Romano

Por eso, si queremos evangelizar, el paso nº1 es ofrecernos a Cristo en sacrificio para la salvación de todos

jueves, 16 de septiembre de 2010

El yugo liberador

Es una penosa esclavitud estar cada minuto del día buscando la comodidad, el mínimo esfuerzo, el disfrute personal. Lo sé por experiencia. Eso no sólo esclaviza, sino que nos llena de insatisfacción, nos hace entrar en continuo conflicto con los que tenemos más cerca, nos impide amar de verdad, con obras.
Y no hay mayor liberación de esa esclavitud que aceptar el yugo suave de Jesús: buscar la incomodidad, el esfuerzo, el sacrificio... buscar la cruz. Ese es el misterio de la alegría en esta tierra: buscar la cruz, abrazar la cruz, amar la cruz de Cristo por amor a Cristo y para el bien de todos. Nuestro sacrificio es lo más valioso que podemos ofrecer. Esto es un misterio, es increíble, pero es así. Nos lo dice Cristo, nos lo dicen los santos, nos lo dice la Virgen María, nos lo dice la Iglesia. Oír esto nos produce normalmente tal rechazo, que nos parece propio de locos, de gente amargada por alguna psicopatía pseudorreligiosa... Nos parece que Dios nos puede querer nuestro sacrificio, que él querrá que vivamos lo mejor posible, siendo "buenas personas", pero sin necesidad de autoinmolarse... ¡qué espanto!

Pero no es así, Dios nos ama y por eso nos enseña por Jesús el camino de la cruz, y nos dice que es por ahí, que no tengamos miedo, que sufriremos pero su gracia nos alegrará, nos dará la paz en medio de la tribulación. El otro camino es muchísimo peor; parece bonito, es la senda ancha, pero lleva al desconsuelo y a la infelicidad, ya en esta tierra.

Desengáñate: la cruz de Cristo tiene abajo una flecha hacia el Cielo que indica "es por aquí". No queremos verlo, no queremos oírlo, nos repugna y nos espanta, pero es así. Y ese camino sólo podemos tomarlo pidiendo la gracia de Dios para sacrificarnos con Cristo, ofreciéndonos, ofreciendo constantemente sacrificios de expiación por nuestros pecados y por todo el mundo, en reparación por las ofensas al Inmaculado Corazón de María y por la conversión de los que rechazan a Cristo. No me preguntéis por qué es ése el camino, no podría explicarlo, me parece un misterio, pero es ése. Una legión de santos, la Virgen María y el propio Cristo así lo indican. No hay madurez humana ni cristiana sin la cruz de Cristo. Por eso nuestra sociedad se ha quedado en la edad del pavo, por eso nos pasamos la vida buscando deleites inútiles mientras nos amargamos por dentro. Hay que romper con eso, hay que pedir a Dios que nos dé gracia para romper para siempre con eso. Esa es la verdadera esclavitud; en cambio, la cruz, nuestra cruz unida a la Cruz de Cristo es el yugo de nuestra liberación.

Tu Sangre cae y se derrama
por el madero hasta el suelo,
mientras una voz del Cielo
nos dice: "¡Ved cómo se ama!"

Nuestras mentiras y vicios
te hemos cargado, Señor,
y a cambio, al fin, de tu amor,
te hacemos estos servicios...
Por todos tus sacrificios
la creación entera clama
diciendo: "¡Ved cómo se ama!"

De tu madre la pureza
y hermosura virginal,
con un dolor sin igual
inundamos de tristeza.
Mas nos vence la certeza
que su corazón proclama
y ésta es: "Ved cómo se ama".

Si tan mal te hemos querido
como bien nos has amado,
¡qué amor tan desmesurado
al fin nos has ofrecido...!
Arde el mundo así prendido,
pues tu corazón lo inflama
diciendo: "¡Ved cómo se ama!"

Ved, por tanto, pecadores,
cómo así el amor nos llama:
se incendia, y en una llama,
ama muriendo de amores.

En la cruz de los dolores
una verdad se proclama
y ésta es: "Ved cómo se ama".


Cómo San Francisco enseñó al hermano León en qué consiste la alegría perfecta
 Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Ángeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:
-- ¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta.
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
-- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).
A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

"Jesús, es por tu amor" (mensaje de Fátima)

Hemos estado en Fátima. Al llegar tarde, estuvimos por la noche del Jueves en la procesión de las velas, que junto al Jesús Sacramentado recorre la gran explanada de Cova da Iría (los demás días de la semana, la procesión es con la Virgen). Entre la multitud, pausadamente, este pensamiento voluntarioso: "Sí lo creo; creo que te apareciste aquí, Madre, a esos tres pastorcitos". Pero al punto, me asaltó esta cuestión, este materno reproche: "Entonces, ¿por qué no haces lo que ellos dicen?, ¿por qué no vives como ellos vivieron?"

El mensaje de Fátima, como el de todas las apariciones marianas modernas (Lourdes, Medjugorje), es un mensaje de penitencia, ayuno, oración... expiación.

Al día siguiente, me levanté temprano para ir a misa en la capillita de las apariciones, con un grupo de Czestokowa, el santuario polaco de la Virgen, frente a cuyo icono Juan Pablo II hizo la consagración a María: "Totus tuus ego sum!" (soy todo tuyo). La hice mía varias veces en estos días. Luego subí la amplia escalinata que lleva al Santuario, donde están enterrados los pastorcitos Jacinta y Francisco, que la Virgen se llevó aún niños al Cielo. Una gran pancarta, quizá vestigio de la visita de Benedicto XVI, decía: "Compartid con alegría, como Jacinta" (una de las pastorcitas). Subiendo, alguien decía que Jesús necesitaba personas que se ofrecieran totalmente a sufrir con Él. ¡Qué espanto! Dije que sí con todas las reservas de mi corazón, poniendo mi miseria en manos de María... ¡Señor, aumenta mi fe!

Poco más tarde, ya con mi mujer y los niños, hicimos el Via Crucis (era Viernes), por el camino que en su día seguían los pastorcitos. Allí leí, en un mural, esas palabras que luego me han dado fuerza. Por ese camino, a los pastorcitos se les apareció un día la Virgen, y tres veces se les apareció el ángel. Este ángel les dijo que ofrecieran oraciones y sacrificios, muchos, y más tarde la Virgen les indicó que dijeran siempre: "Jesús, es por tu amor". También que era en expiación por sus pecados y los de todo el mundo, en reparación por las ofensas al Corazón Inmaculado de María, y por la conversión de los pecadores. "Jesús, es por tu amor".

Me siento mal, como un escéptico, ante las muestras de fe sencilla. Mi mujer me da una lección de simplicidad cristiana. Yo me complico con demasiadas prevenciones y me pierdo la maravilla. Ante la tumba de los pastorcitos, sobre todo de Francisco, oro pidiendo esa simplicidad, la confianza, la infancia espiritual. Repudio mis prevenciones, mi complicación, mi falta de sencillez, mi desconfianza y mis resabios...

Al día siguiente, confesión antes de la Misa, muy sentida, con voluntad de cambiar totalmente para siempre y fe en que Cristo puede concedérmelo. Lo que más repudio es hacer daño a mi mujer y a mis hijos. En penitencia, además de un gesto de amor a mi familia, un rosario en la capillita, que luego buscaría tiempo para rezar. Tras la Misa y todo el día -Sábado- un gran pesar por mi vida de pecado, de egoísmo constante y habitual, de huida continua ante la cruz de Cristo.

Por la noche, en la capillita, con mi mujer, hacemos su penitencia, que necesito: renovación de los votos matrimoniales. ¡Es nuestro aniversario! Por eso hemos venido a Fátima. 28 de Agosto, San Agustín, mi padre en la fe, cuya vida me trajo a la conversión hace doce años. Conversión del entendimiento, pero conversión incompletísima del corazón. Luego, en la capillita, todo se tercia para que me quede más de una hora en soledad ante la Virgen. Rezo el rosario como Santa Teresa rezó a su crucifijo, prometiendo que no se levantaría de allí hasta que no la convirtiera de verdad. Afortunadamente, yo estoy casado y tenía obligación de levantarme para no dejar a mi mujer sola con los niños... No me importa nadie de alrededor, no me importa lo que piensen de mí, yo me quedo de rodillas rezando el rosario. Por dos veces, el sacerdote que me confesó pasa frente a mí. La segunda vez queda de pie frente a mí, espeando la procesión. Seguro que ha rezado por mí, por mi conversión.

Por la noche, en la habitación, sigo rezando el rosario y haciendo penitencia, repitiendo: "Jesús, es por tu amor... por la expiación de mis (muchos) pecados y los del mundo entero, en reparación de las ofensas al Inmaculado Corazón de María, y por la conversión de los pecadores. El Domingo, mi mujer va misa a las 6:30 de la mañana y yo me quedo rezando y haciendo penitencia; pido por algunas personas muy próximas que necesitan conversión, pido mi propia conversión y la santificación de mi familia. Luego voy a Misa solo, en la Basílica grande. Finalmente, nos despedimos de Fátima y volvemos. Por el camino, sigo cayendo en las tentaciones cotidianas que entorpecen nuestro matrimonio, pero al menos, acepto los justos reproches con algo más de humildad. He visto mis pecados en Fátima, no puedo negar mi culpa. Poco a poco, voy estrenando una fortaleza desconocida para vencer la tentación, para ofrecer oración y expiación, recurriendo a un apoyo que me quita la tristeza del sacrificio: "Jesús, es por tu amor..."

Ahora, alegría, temor y temblor. Alegría porque algo se ha renovado en mi corazón. Temor y temblor porque no quiero caer de nuevo en el desagradecimiento y la ofensa de rechazar las gracias del Espíritu Santo.

Todo esto es un misterio; ¿por qué hemos de cargar la cruz? Y sin embargo, en ella está la única verdadera alegría. "Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz, y me siga". El mensaje de Fátima nos ayuda a aceptar este misterio. La gracia que Cristo derrama  nuestros corazones por medio de María, nos ayuda a cumplirlo, por amor a Él.

Jesús, es por tu amor...

Y ahora mismo, mi mujer me da esta oración, que viene en la hoja de Agosto de nuestro almanaque carmelitano, por la parte de atrás. Es de Juan Pablo II:


Oh Virgen Santísima, Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, míranos clemente en esta hora.

Virgen fiel, ruega por nosotros. Enséñanos a creer como has creído tú. Haz que nuestra fe en Dios, en Cristo, en la Iglesia, sea siempre límpida, serena, valiente, fuerte, generosa. 


Madre amable, Madre del Amor Hermoso, ¡ruega por nosotros!  Enséñanos a amar a Dios y a nuestros hermanos como les amaste tú; haz que nuestro amor a los demás sea siempre paciente, benigno, respetuoso.


Causa de nuestra alegría, ¡ruega por nosotros! Enséñanos a saber captar, en la fe, la paradoja de la alegría cristiana, que nace y florece en el dolor, en la renuncia, en la unión con tu Hijo crucificado. ¡Haz que nuestra alegría sea siempre auténtica y plena para podérsela comunicar a todos! Amén.

domingo, 22 de agosto de 2010

Arrepentirse también es amar

 Magdalena penitente. Pedro de Mena. Museo del Prado.

Señor, Tú sabes que la inmensa mayoría de las veces, ando rehuyendo tu cruz. Y aún así me soportas y no me abandonas. Sé que mi vida es un continuo tentarte, una llamada continua a tu misericordia. Día tras día, compruebo y lamento mi debilidad.

Pero, día tras día, tú pagas mi arrepentimiento como pagarías el amor. ¡Parece que te da igual! Yo no quiero seguir arrepintiéndome, quiero amarte y demostrártelo, quiero tomar la cruz que me tiendes amorosamente cada día, pero soy tan débil... Tengo vocación de guerrero, pero a la hora de la verdad, casi siempre me falta el valor, y cuando no me falta, es porque Tú me lo das todo. Yo quisiera ir "de victoria en victoria", como tu humilde Santa Teresita, pero mi camino de amor es "de derrota en derrota" y "de arrepentimiento en arrepentimiento", Tú lo sabes. El arrepentimiento es la sábana que me arropa cada noche, Señor, como las buenas intenciones son mi despertador de cada mañana. El arrepentimiento es prácticamente el único acto de amor que tengo para darte.

Quizá sea éste el camino de amor que tienes para mí, Señor. Yo no soy humilde como Santa Teresita, y sabes que me inflaría si consiguiera, con tu fortaleza, asir la leve cruz que me tiendes cada día. Pero yo no puedo conformarme con esto, Señor; yo quiero no fallarte, porque Tú no te lo mereces. Y sin embargo, escucho a Teresita que me dice: "ahora no tengo ya ningún deseo, si no es el de amar a Jesús con locura". Así quiero yo amarte, Señor. Que nunca me aparte de tu lado, Señor; que, al menos, siempre luche, aunque sea para caer derrotado; y sobre todo, que siempre me arrepienta, que siempre acuda a tu misericordia con esta confianza, que sería abusiva si Tú mismo no te prestases a ello. Sí, Tú me lo dices: arrepentirme también es amarte. No tengo otra obra mejor que ofrecerte en esta noche, Jesús: toma mi arrepentimiento de hoy y mi propósito de tomar la cruz mañana.

Pero la carta a los Romanos me responde: "¿Acaso desprecias la riqueza de la bondad de Dios, de su tolerancia y de su paciencia, sin reconocer que esa bondad te debe llevar a la conversión?" (Romanos 2,4) ¿Y qué camino me muestras para alcanzar la conversión del corazón? Sólo éste: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá, porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre" (Mateo 7,7). Pedir... te pido que me conviertas, Señor, como te pedía santa Teresa de Jesús, la grande, con esa "determinada determinación de no salir sin ello... así se hunda el mundo".

domingo, 8 de agosto de 2010

Manual del hereje contemporáneo


 Ayer leí uno de esos libritos desviados que tratan de minar la doctrina de la Iglesia (lo leí on-line, yo no gasto un duro en esas cosas). Como he observado que estos autores siguen un patrón común, me he decidido a desenmascararlo, para que nos resulte más fácil detectar estas peligrosas tomaduras de pelo. En concreto, este libro trataba sobre la multiplicación de los panes y los peces (Juan 6, 1-14), para decir que aquello no había sido un milagro. La sistemática que siguen muchos de estos textos, y que podemos resumir como el "manual del perfecto hereje contemporáneo", es la siguiente:

1. Demonizar a los que defienden la ortodoxia, mostrándoles como antipáticos e intolerantes. P. ej., diciendo: "hay gente que se escandaliza y responde agresivamente cuando uno trata de preguntarse qué es lo que se produjo allí, si fue un milagro o fue un hecho prodigioso de otra naturaleza". Con eso ya se muestra su intención de apelar a las "vísceras" y no a la razón.

2. "Reconocer" que en la Iglesia, hasta ahora, no "hemos" sabido explicar bien esto. Usan hipócritamente la primera persona del plural, porque luego el autor sí pretende explicarlo bien; así que lo que realmente se entiende es: "la Iglesia ha explicado mal esto, pero no se preocupe, que para eso estoy yo".

3. Hacer preguntas capciosas con falsas disyuntivas, que te obligan a elegir entre A o B. Por ejemplo: "¿qué nos enseña este pasaje, que Jesús multiplicó unos panes y unos pocos peces, o nos enseña a amarnos unos a otros y a compartir lo que tenemos?" El pasaje nos enseña ambas cosas, pero si uno no se da cuenta de que la pregunta tiene trampa, porque ambas cosas son posibles a la vez, uno, bajo una forma aparentemente tolerante como es responder a una pregunta, sin que ni siquiera el autor haya afirmado ni negado nada, se ha visto OBLIGADO a desechar una interpretación que es verdadera, como es el hecho de que Jesús hizo un milagro.

4. En la falsa disyuntiva, la opción sobrenatural se muestra de la forma más antipática y fría posible, y la opción natural se muestra adornada al máximo, apelando a la bondad y el buen gusto del lector para que no elija la otra. Se utiliza un bien (en este caso la enseñanza de compartir) no por sí mismo, sino como excusa para oponerlo a otro bien (el milagro) que se desea menospreciar. Esto es un clásico: hemos visto como muchos, para apoyar el aborto, han criticado que la Iglesia no se manifieste contra la pobreza y el hambre. ¿Lo hacen por su preocupación por los pobres? Evidentemente no, se usa esa excusa para mostrar su rechazo a que la Iglesia defienda la vida prenatal: se usa un bien (la ayuda contra el hambre) no por sí mismo, sino para oponerlo a otro bien que se trata de menospreciar subliminalmente: la defensa de la vida prenatal.

De hecho, se puede interpretar este fragmento de la multiplicación también en clave solidaria, ya lo hemos dicho antes: el muchacho que tenía los cinco panes y los dos peces, da todo lo que tenía para comer, para que Jesús pueda repartirlo. Esta interpretación la podemos leer, p. ej., al P. Cantalamessa, en una estupenda homilía: http://www.fluvium.org/textos/lectura/lectura764.htm. Pero esto no satisface a los desviados. No les sirve la solidaridad, si no es para negar el milagro. En realidad, como tantas veces, están utilizando a los pobres, el amor, la solidaridad, etc., no porque esto les importe un pito, sino para rechazar la enseñanza de la Iglesia.

5. Se da mucha importancia a lo que interesa, por poco relevante que sea. Por ejemplo, se dice que en los evangelios no aparece la palabra "multiplicación", como si, por no decir esa palabra, no se hablase claramente de una multiplicación. También se da mucha importancia a que Jesús partió los panes, diciendo que si los iba a multiplicar, para qué los partía. Se omite el hecho de que precisamente esa era la costumbre en el cabeza de familia, y que eso es lo que repetiría Jesús mismo en la Santa Cena. Pero todo vale cuando se trata de arrimar el ascua a su sardina. En cambio...

6. En cambio, los hechos que estorban, se omiten sin más. Se omite, por ejemplo, que el mismo Jesús les recuerda la escena luego para que tengan conciencia del poder de Dios y no se preocupen tanto de los asuntos materiales (Mt 16, 5-12; Mc 8 14-21). Estos autores desviados "cuelan el mosquito y se tragan el camello"...

7. El autor se presenta, sin decirlo, como un auténtico experto, señalando detalles que enmarcan el acontecimiento. A menudo son puras invenciones. En el que leí ayer, se decía que, como muchos eran pescadores, sabían los riesgos del mar, y como ya estaba cayendo la tarde y probablemente había subido la marea, se daban cuenta de que sería peligroso volver en ese momento. No sé si es que el autor cree que la marea sube por las tardes, y cree que el mar es más peligroso con marea llena que con marea vacía, pero da igual, porque el Mar de Galilea en realidad es un lago grande, y no hay mareas. Pura imaginación del autor.

8. El autor no se pronuncia claramente. No dice: "no hubo milagro". Eso sería una grosería, pretender "estar en posesión de la verdad". Todo se hace con una apariencia de tolerancia, de humildad, como si el autor no se atreviera a dar una opinión tajante sobre el hecho. Es el lector el que tiene que responderse las preguntas. Sin embargo, todo en el texto le dice cuál de las opciones tiene que escoger para no ser un cenutrio, sino una persona culta y sensata.

9. Y, por supuesto, no se cita ni el Magisterio de la Iglesia, ni las interpretaciones de los Santos Padres de la Iglesia, ni cualquier otra cosa que pueda oler a Tradición eclesial.

10. En cualquier caso, se dice, "lo importante no es si hubo milagro o no". Esto se dice hipócritamente, porque cada frase y cada coma del texto están puestas para conducir al lector a la negación del milagro, a la negación de la interpretación del Evangelio en la clave católica, es decir, correcta. En este caso, la intención verdadera que late en todo es negar la existencia del milagro, mostrando unas enseñanzas y una figura de Jesús que no van más allá de lo natural. Cada vez que me encuentro estas afirmaciones, como "lo importante no es si hubo milagro o no", pienso: si no es importante, ¿por qué dedica usted tanto esfuerzo a sembrar dudas sobre la interpretación que siempre ha dado la Iglesia? Si no es importante, cuando esté usted seguro, presente a los teólogos y a la Iglesia sus averiguaciones; y mientras tanto, ¡no nos maree, hombre! Porque, en el fondo, al final de todo eso, lo que se pretende es llegar a decir que no es importante si Jesús es Dios o no.

En realidad, todas esas afirmaciones son pura hipocresía, porque es evidente que esos textos se escriben claramente con la intención de decir que no hubo milagro en este caso, minando la enseñanza de la Iglesia. Un edificio tan sólidamente edificado como es la doctrina cristiana, sabe el Maligno que no lo puede derribar con ataques frontales. Por eso estimula esta labor de zapa, de ir minando, destruyendo poco a poco, etc. 
Al final, en estos textos desviados, no se ha afirmado nada manifiestamente incorrecto, nada a lo que un posible crítico, con la razón en la mano, pueda agarrarse para rebatirlo. Todo se hace en forma de preguntas; el texto es escurridizo y nebuloso... Pero el mensaje, sin decirlo, es clarísimo: no hubo ningún milagro. Argumentos, no se ha dado ninguno, todo ha sido apelar a los sentimientos, al hecho de que las personas que leen esas cosas quieren responder a una imagen de cultos, tolerantes y solidarios, que es lo que ofrece subliminalmente el autor al que acepte sus subliminales postulados, para no ser un insolidario, un intolerante, un inculto...
 
Para colmo, el que se ha leído el libro, se cree que sabe algo, a pesar de que el comentario, además de errado, es paupérrimo: ni una palabra sobre el significado alegórico, ni el anagógico. Claro, si precisamente lo que se intenta evitar es que el Evangelio sea algo trascendente...

En fin... pura bazofia. En realidad, todo esto es la "New Age": hippismo puro; contracultura vs. Teología.

martes, 13 de julio de 2010

¿De qué te sirve ganar el mundo entero, si pierdes tu alma?

 
El 11 de Julio de 2010, España se proclama ganadora del Mundial de fútbol. El 5 de Julio de 2010 el aborto, ya ampliamente extendido en España, se convierte en un "derecho".

Estamos muy alegres, pero somos un país donde la vida de los que aún no han nacido no vale nada. No es para alegrarse, es para llorar amargamente. Millones de españoles deberían estar avergonzados de sí mismos, pensando como van a justificarse ante sí mismos y ante Dios, porque cuando España acabó de convertirse en un país que mataba a sus hijos, ellos estaban tan contentos celebrando la Copa del Mundo sin haberse preocupado de nada más.

No quiero menospreciar la victoria de nuestra selección. España está bien representada en ese espíritu de equipo, de unión, de constancia que nuestros jugadores y su entrenador han tenido para ser merecidamente campeones del Mundo. España es ese país en el que cientos de miles salieron a la calle para defender la vida de los más indefensos. El de esos que ahora se alegran justamente con el Mundial porque el resto del año han trabajado por la justicia. España es ese país de solidaridad, de misioneros, en definitiva: de amor a la verdad de Cristo. En cambio, España no está bien representada por quienes aprueban leyes abortistas. Un Gobierno como éste, que aprueba una ley que atenta contra la vida de los más indefensos e inocentes, pierde toda autoridad y legitimidad moral, por muchos que le hayan votado. Un Rey que firma esa ley contra los más indefensos e inocentes, no se ha comportado verdaderamente como Rey de España. Esa ley espantosamente injusta, en nada nos obliga; lo que es obligatorio es desobedecerla si uno se precia de ser español y persona de bien.

¡Viva España!

miércoles, 7 de julio de 2010

Stabat Mater



Cuando, hablando con un hermano protestante, tratamos el tema de la Corredención de María, leí "Redemptoris Mater". Y en esta encíclica suya, Juan Pablo II insistía en el sufrimiento de María como algo específico de ella, que tenía parte importante en su maternidad y en su corredención. Cada vez que leo el Magisterio de Juan Pablo II, me impresiona más, late en sus textos la idea de que hay bajo esas enseñanzas mucho más de lo que parece, que es sólo una parte lo que se ha llegado a expresar.

Pues ese dolor de María, un dolor materno, específico, inimaginable, el dolor que ya profetizó Simeón ("y a ti, una espada te atravesará el alma") es importantísimo en la corredención. El "Amén" de Jesús a la voluntad del Padre es acompañado del Amén de María, ya contenido en aquel primer "Amén" (hágase en mí según tu palabra).

Es una maravilla cómo se refleja esto en la película "La Pasión". Jesús va cargando la Cruz por la Via Dolorosa y María se compunge de dolor en un callejón. Cuando era pequeño y Él se caía o se asustaba, Ella le tomaba en sus manos de Madre y le consolaba (esto se refleja de forma maravillosa y trascendente en el icono del "Perpetuo Socorro", que presenta a María como "Consoladora de los Afligidos"). Decía que, de pequeño, ella consolaba a Jesús, pero ahora, en la Vía Dolorosa... ¡no puede hacer nada! ¡Es su hijo y no puede hacer nada!, ¡le están matando, y no puede hacer nada! Pero se da cuenta de que, como Madre, su papel es ESTAR, ESTAR Y SOPORTAR, ESTAR Y SUFRIR CON ÉL. La piedad popular ha puestod e relieve este misterio en la figura mariana conocida como "Stabat Mater". María, llena del Espíritu Santo, sufre con Cristo en la Cruz. Es más, Ella aún sufre algo que Él ya no sufre: la lanzada de Longinos, el colmo del desgarrador sufrimiento de La Pasión. De esa lanzada en el costado de Cristo, ("dormido" como Adán, y de cuyo costado abierto nace su Esposa), de ése último estallido de dolor en las entrañas de María, nace la Iglesia como en un parto, entre Sangre y Agua: el Agua del Bautismo y la Sangre de la Eucaristía y el Perdón de los pecados, como señaló San Juan Crisóstomo.

La Iglesia, necesaria para interpretar las Escrituras

 San Jerónimo escribiendo el prólogo de la Biblia traducida al latín -la "Vulgata"- 
(el cuadro es de Caravaggio)

Para preparar una reunión sobre la Sagrada Escritura, estuve leyendo el prólogo de una Biblia que había en casa de mi madre. Hablaba de Marcos 16, 15, donde Jesús Resucitado les dice a los once apóstoles: "Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda criatura".

El Catecismo usa precisamente esta cita para anunciar esta misión de enseñar de la Iglesia, que es encomendada a los obispos (artículo 888), que son los sucesores de los Apóstoles. Esta cita es realmente la base del mandato de Jesús, que envía a su Iglesia a enseñar a través del mandato a los apóstoles. Hace notar ese magnífico prólogo que Jesús no les manda enseñar con Escrituras o sin Escrituras, que es la Iglesia la que, en el devenir de su enseñanza e inspirada por el Espíritu Santo, pone por escrito parte de esas enseñanzas, de ese Evangelio que Jesús le manda anunciar, y proclama que esas Escrituras son inspiradas, y no otras. Es decir, el "titular" de la enseñanza no son las Escrituras: es la Iglesia, que enseña el Evangelio vivo. Y no la Iglesia de cualquier manera: es la Iglesia jerárquica, con la autoridad y el mandato que Jesús le dio en la persona de sus Apóstoles.

Es impresionante cómo el Catecismo llega a afirmar que las Escrituras, sin que Cristo nos abra el entendimiento por el Espíritu Santo, son LETRA MUERTA -art. 108-  (una vez les dije esto a unos Testigos de Jehová que vinieron a casa, y los pobres salieron escandalizados...)

Sobre esto, me gusta mucho, porque me parece muy aleccionador, y así lo consideraron los Padres de la Iglesia, el episodio de Felipe y el eunuco etíope (Hechos 8, 26-40). El eunuco iba leyendo las Escrituras, y Felipe le pregunta: ¿entiendes lo que lees? A LO QUE EL EUNUCO RESPONDE: "¿CÓMO VOY A ENTENDERLO SI NADIE ME LO EXPLICA?"

(Por cierto, OJO porque el versículo 37, presente en la Vulgata, falta en muchas versiones de la Biblia, y la Vulgata es expresamente reconocida por la Iglesia. Es un versículo riquísimo en significado: "Dijo Felipe: si crees de todo corazón, es posible [que seas bautizado]. Respodió el eunuco: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios")
.

Bueno, pues este fragmento nos hace ver cómo la Iglesia, en la persona del apóstol Felipe representada, es NECESARIA para interpretar la Escritura. Dice San Jerónimo: "Yo no soy ni más estudioso ni más santo que aquel eunuco... y he aquí que llega Felipe, le muestra a Jesús que estaba como aprisionado en la letra, y el eunuco cree, se bautiza, es fiel y santo... Te lo digo para que veas que SIN UNA GUÍA QUE VAYA POR DELANTE MOSTRÁNDOTE EL CAMINO, NO PODRÁS ENTRAR EN LAS ESCRITURAS SANTAS". (Epistolae 53, 5-6). Lo dice nada menos que San Jerónimo, que algo sabía de las Sagradas Escrituras... Aunque lo que más cualifica a San Jerónimo en cuanto a su enseñanza no es su sabiduría bíblica ni su genio, sino que la Iglesia le encuadra entre los llamados "Padres de la Iglesia", cuyas enseñanzas coincidentes son consideradas por la propia Iglesia como una parte de la Tradición, del depósito de la Revelación entregado por Cristo a su Iglesia para que lo custodie y lo enseñe. Y, especialmente, las enseñanzas de los Padres de la Iglesia son apreciadas por la propia Iglesia, para interpretar correctamente la Escritura.

jueves, 24 de junio de 2010

"La Iglesia, columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3, 15)

Lo siguiente es un comentario personal a esta expresión de la Biblia, basado en el Magisterio de la Iglesia; fundamentalmente, en el Catecismo y tres constituciones dogmáticas del Concilio Vaticano II citadas en él: Lumen Gentium, Dei Verbum, y Sacrosanctum Concilium.

San Pablo le está hablando a su amigo y discípulo, el sacerdote Timoteo, y le está diciendo cómo hay que comportarse en la Iglesia. Está hablando de la Iglesia como institución visible, y esta Iglesia, formada por hombres pecadores pero vivificada por el Espíritu Santo, dice que es -nada menos- que la columna y fundamento de la Verdad. Es decir, como los discípulos podían fiarse de Cristo mientras estaba enseñando en medio de ellos, nosotros podemos fiarnos de la Iglesia como del mismo Cristo, cuando nos enseña. Esto es lo que nos dice el Espíritu Santo, por boca del Apóstol San Pablo. Es impresionante.

Es impresionante, porque Dios se ha compadecido de nosotros, para que no anduviéramos perdidos como ovejas sin pastor. En su designio de amor, permitiendo que llevemos el tesoro de la Palabra de Dios en vasijas de barro, nos ha dado el carisma de la verdad en el Espíritu; se lo ha dado a la Iglesia, institución visible. La Iglesia nos muestra la Revelación recibida de Cristo, conserva y nos muestra esa Revelación en las Escrituras y la Tradición, nos señala qué es la verdadera Tradición y qué no, nos delimita cuáles son verdaderas Escrituras reveladas y cuáles no. Y, además, nos ayuda a interpretarlas, porque con su enseñanza, interpreta auténticamente las Escrituras y la Tradición. A esa enseñanza de la Iglesia le llamamos "Magisterio".

Así, la "Iglesia, columna y fundamento de la verdad", nos enseña con la Verdad de Cristo, y nos enseña con la Autoridad de Cristo, de forma que quien escucha a la Iglesia por medio de sus apóstoles, escucha al mismo Cristo; quien rechaza su enseñanza, rechaza al mismo Cristo que ha ido a enseñarle.

Esto implica que, por mucho que los miembros de la Iglesia seamos débiles, pecadores, infieles, indignos, aunque el Papa mismo dejase mucho que desear en su vida cristiana, la Verdad que nos enseña la Iglesia está a salvo de nuestra debilidad, de nuestro pecado. Podemos atender confiados a todo lo que la Iglesia nos enseña en su Magisterio, cuyo resumen pedagógico se encuentra en el Catecismo.

Por supuesto, aunque podamos confiar en que lo que nos enseña la Iglesia es la Verdad de Cristo, si los hombres que formamos la Iglesia no somos responsables y fieles a ese tesoro que se nos ha encomendado, si no predicamos esa verdad, si la adulteramos, la deformamos, si la predicamos sin dar ejemplo, o la predicamos sin amor, violentamente, etc., será más difícil para los demás escuchar y creer la Verdad que Dios quiere revelarles a través de nosotros. Es una gran responsabilidad la que Jesús dejó en nuestras manos al fundar la Iglesia, al enviarnos a predicar a todos su Evangelio. Pero por muchos defectos y pecados que tengamos, una cosa es segura: la enseñanza de la Iglesia nos muestra la Verdad, desviarnos de ella es confundirnos seguro;  fiarnos de ella, es fiarnos del mismo Cristo, del Espíritu Santo que la garantiza, del Padre que nos la ha dado en su designio de amor. Cristo, que es Dios, no ha fundado la Iglesia para equivocarnos, para que nos volviéramos locos y viviéramos en la confusión: nos la ha dado para que su Verdad permaneciera plenamente con nosotros, y el Espíritu de la Verdad nos ayuda a penetrar en ella cada vez mejor, de forma más clara y explícita.

Hay varias imágenes de la realidad de la Iglesia que me parece que concuerdan bien con esta expresión maravillosa de San Pablo: "la Iglesia, columna y fundamento de la Verdad". Una de ellas, es la custodia en la que se expone el Cuerpo de Cristo, la Sagrada Eucaristía. Cristo es la Verdad, y la custodia -imagen de la Iglesia- le sostiene ante la vista de todos. Otro es el cáliz, vaso sagrado que contiene a Cristo, como la Iglesia custodia el depósito de la fe, de la Verdad Revelada: la Tradición y las Escrituras. Otra es el propio Sacerdote, cuando levanta el Cuerpo y la Sangre de Cristo, primero para presentarle en Sacrificio al Padre, y luego para que le vean todos los fieles. Él mismo, con sus brazos, hace las veces de Iglesia, que sostiene la Verdad, para que todos se acerquen a ella, para que la propia Verdad atraiga a todos hacia ella, como Cristo cuando es levantado en la Cruz.

Finalmente, una imagen preciosa de la "Iglesia, columna y fundamento de la Verdad" es la Virgen María, que se representa a veces sentada y mostrando a todos sobre su regazo al Niño Jesús, mientras éste levanta los dos dedos porque nos está enseñando la Verdad. Los tres dedos restantes (meñique y anular, sostenidos por el pulgar) representan la Santísima Trinidad. Esta imagen de María, que sostiene en sus brazos al Niño para que nos enseñe, toma a veces el nombre de "Sedes Sapientiae" (Trono de la Sabiduría), uno de los nombres místicos que se dan a la Virgen en las Letanías Lauretanas (de Loreto), que provienen de los "grafitti" que, como piropos, el pueblo fiel pintó en la casa de María, en Loreto.

Cuando Cristo se sienta en su trono y nos enseña -por ejemplo, en la oración-, es hora de recostarse en su regazo y escuchar, como hizo San Juan en la Santa Cena. Pero en la vida cotidiana, nos ha encargado a nosotros mismos que nos sentemos en su Trono y enseñemos, evangelizando en su Nombre con la Verdad.

lunes, 21 de junio de 2010

¿Sólo los eruditos pueden salvarse?


 Actualmente, los cristianos a menudo nos enfrentamos con cuestiones eruditas que afectan a las traducciones, la autoría, el contexto histórico, etc. de las Escrituras. Pero nosotros no podemos ser a la vez arqueólogos, filólogos, traductores de griego... Nunca vamos a poder estar a la altura de comprender argumentos eruditos, aprobarlos o desaprobarlos con nuestro propio criterio. Reconocer que no estamos a esa altura es necesario para buscar la verdad con prudencia.

No podemos saber de todo. Tenemos que confiar. Y ¿en quién confiar? Pues precisamente de eso habla la Constitución Dogmática "Dei Verbum" del Concilio Vaticano II, citada en el Catecismo: en el depósito de la fe que nos ha sido dado por la tradición escrita y oral (Escrituras y Tradición), interpretado por el Magisterio de la Iglesia. Es decir: podemos confiar en lo que la Iglesia nos enseña. Para eso la fundó Cristo, no para desviarnos: la fundó porque nos ama, para que no vagáramos "como ovejas son pastor".

Muchas veces, discusiones más propias de las cátedras teológicas y arqueológicas que del pueblo fiel, minusvaloran la tradición de la Iglesia. Son un lastre para la verdadera evangelización, por varias razones:

1. Porque sin que los cristianos podamos realmente saber si lo que nos dicen es cierto o no, se está minando nuestra confianza en lo que la Iglesia cree y enseña.

2. Porque perdemos el tiempo en discutir sobre la inmortalidad del cangrejo, en lugar de compartir el sencillo mensaje evangélico de Jesús.

3. Porque muchos se llevan la impresión de que, para poder evangelizar, hay que ser un experto y un erudito, lo cual es una chorrada como un piano. Los mejores evangelizadores han sido personas como el Santo Cura de Ars, que no necesitaban ser grandes entendidos para reconocer la verdad que cada uno necesitaba y que todos tenemos al alcance de la mano.

4. Porque resulta ridículo que todo el mundo pretenda dilucidar cuestiones filológicas, o de traducción de griego clásico, o sobre las costumbres domésticas de la gentilidad en la baja Macedonia a finales del siglo I. Tanta "ciencia" no hace más que hincharnos como globos. La mayoría de las veces, se generan discusiones en las que nadie tiene verdadera idea de lo que está diciendo, todo son ideas leídas en el último libro y cogidas con alfileres. Se parecen mucho a las discusiones futboleras sobre la mejor estrategia que debe seguir el entrenador de tal o cual equipo, cuando los contertulios no distinguen un defensa central de un medio volante. ¡Seamos sensatos!


Creo que debemos recordar una y otra vez las palabras de Jesús: "Bendito seas, Padre, Señor de Cielo y Tierra, que has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has mostrado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido mejor" (Lucas 10, 21).

Así que yo me fío de la Iglesia, y ruego a los señores teólogos, exégetas, etc. (algunos párrocos incluidos), que se pongan de acuerdo entre sí y con el Magisterio de la Iglesia, antes de llenarnos la cabeza de pájaros. A lo mejor alguien debe recordarles que su éxito consistirá en evangelizar, no en vender libros y hacerse famosos: "lo que uno es ante Dios, eso es, y no más" -dijo San Francisco de Asís.

Y, por supuesto, les recomiendo que, antes de escribir algún libro o pronunciar una conferencia u homilía, se estudien las enseñanzas de la Iglesia y no nos desvíen. Los fieles tenemos derecho a ser evangelizados con la doctrina de la Iglesia que Cristo fundó. No nos engañemos: sobre esta columna, se construye la verdadera Teología.
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