viernes, 22 de enero de 2010

¿Qué es la fe? (IV). Creer en Dios Creador es razonable.

¿Acaso no es increíble la propia vida?

 Que creer en Dios Creador sea razonable significa dos cosas:

- Primero, que la existencia de Dios no es un absurdo. Por ejemplo, sería absurdo pensar que la materia, sujeta a los condicionamientos de tiempo y espacio, se ha dado existencia a sí misma, o que la conciencia que tenemos de nuestra propia existencia emana espontáneamente de la materia. Nadie defiende eso, porque es absurdo. Hay quien dice que no sabe cómo ha aparecido la materia, o que no sabe cómo aparece la consciencia, pero nadie dice que aparezcan por generación espontánea (decir "nadie" diempre es exagerar un poco, claro; "hay gente pa tó", como dijo el torero). Para aceptar la generación espontánea del universo y de la consciencia, hay que aceptar efectos sin causa, hay que aceptar el absurdo. También se puede aceptar el absurdo, pero entonces se renuncia al conocimiento lógico. Y esa es precisamente la definición de algo no razonable: no razonable es aquella idea que, para aceptarla, hay que renunciar a la lógica.

- En segundo lugar, decir que la existencia de un Dios Creador es razonable implica que incluso se pueden dar razones que apunten hacia su existencia. Son pruebas lógicas de la existencia de Dios. No son pruebas en el sentido de las ciencias naturales, son de una naturaleza más etérea, y por supuesto, son discutibles:

1. Vemos que existe un mundo sometido a limitaciones, concreto, que no puede haber salido de la nada, ya que de la nada, no sale nada. Luego puede haber sido creado por un Ser no limitado, cuya esencia es existir. Puede parecer increíble, pero no se nos ocurre otra explicación. Y un Ser no limitado, cuya esencia es existir, no necesita haber sido creado: existe. Cuando Dios mismo se le presenta a Moisés en la zarza ardiente, éste le pregunta quién es, y Dios le dice: "Yo soy EL QUE SOY". Y añade que, cuando les hable de Él a los israelitas, les diga: "YO SOY me envía a vosotros..." De hecho, "YO SOY" se dice en hebreo YAVEH. En hebreo, el nombre con que se designa a Dios, significa "El Que Es". Y cuando Jesús es arrestado, le preguntan por su identidad, y responde: "YO SOY". Y todos caen despavoridos atrás, a tierra. Es una presentación de la divinidad de Jesucristo, que sus captores por un momento han vislumbrado. Pero bueno, esto ya son cuestiones de fe que van más allá de lo que nos ocupa ahora.

2. Vemos que somos conscientes de nuestra existencia, que tenemos un ser espiritual que va más allá de la materia. Nuestros átomos cambian y se reponen, pero yo sigo siendo yo, y tú sigues siendo tú, consciente de tu identidad. Esta consciencia espiritual no puede aparecer espontáneamente de la sola materia, ni aparecer espontáneamente de la nada, y por tanto, parece posible que sea creada por el mismo Ser Creador.

3. El mundo está ordenado por leyes físicas constantes. La ley supone un orden, cuando lo puramente natural sería el caos. El orden es la huella de la inteligencia, lo que los cristianos -y los antiguos griegos- llamamos la huella del Logos, que es el Creador inteligente.

Por todo esto, la creencia en Dios es razonable. Que sea razonable no quiere decir que para muchos no pueda parecer "increíble". Para mí también es "increíble", la verdad, y eso que soy creyente.

Voy a ilustrarlo con un cuento. Por ejemplo, vemos una cosa que nos deja estupefactos (como estupefactos nos deja la existencia): un niño de ocho años nos entrega unos pentagramas donde se cifra una música polifónica "secreta" que sólo se puede oír en el Vaticano, y de la que está prohibida la circulación de copia alguna. Ese niño fue el pasado Domingo al Vaticano, y es posible que oyera aquella pieza en la Misa. Explicación: no se nos ocurre otra, que el niño haya memorizado la pieza, y la haya escrito al llegar a casa. Es razonable, pero para muchos es tan maravilloso, que es increíble. Es verdad, es increíble, pero no más increíble que encontrarnos un niño que nos enseña una obra de la que no circula ninguna copia.

Hay muchas personas que no es que nieguen a Dios, pero les resulta completamente increíble: la historia de un Dios Creador parece demasiado maravillosa, demasiado... increíble, no hay otra palabra mejor. Pero... ¡si toda nuestra existencia es increíble, si el universo es increíble, si cada nueva personita que viene al mundo es increíble...! ¿Nos vamos a extrañar de que la explicación a toda esta maravilla increíble, no sea a su vez algo maravilloso e increíble...? ¡Si vivimos instalados de lleno en el milagro!


El relato es verídico, por cierto. El niño es Mozart, y la obra, el Miserere de Allegri, una obra impresionante.

El Dios verdadero (contra el panteísmo "New Age") - II


- "... Pues yo no veo ninguno" -replicó el inocente recluta.
- "Amigo, si los ves... es que no son apaches" (John Wayne)

Una de las características más señaladas del "dios-cosmos" (lo escribo ya en minúscula porque ha quedado claro que me refiero a un falso dios, a un ídolo), es que es abarcable por el conocimiento. Ese dios es la conciencia del universo, y por tanto uno cree que ya ha dado con la clave de lo que otros llaman "Dios". "En fin, claro, pues si los cristianos lo quieren llamar "Dios", que lo llamen, lo mismo que los mahometanos o los judíos, el caso es que yo ya sé lo que es" -piensa uno equivocadamente, situándose como el que ha desvelado el misterio que otros con tanta reverencia adoran, como algo oculto.

Nada que ver, sin embargo, con el Dios verdadero. Dios, en verdad, es infinito, es inasequible... Nuestro conocimiento puede morir de alegría en su descubrimiento, que cuanto más conozcamos de Él, más nos quedará por conocer.

No podemos ni imaginar su bondad. Me acuerdo de una frase de Santa Teresita: "te aseguro que Dios es mucho mejor de lo que piensas". "A Dios nadie lo ha visto jamás. Cristo, Hijo Unigénito del Padre, es Quien nos lo ha dado a conocer" (Evangelio según San Juan).

Por eso, creo que están más cerca de Dios aquellos que no lo ven, que aquellos que creen verlo, como me pasaba a mí. Parafraseando a John Wayne: "amigo, si lo ves... es que no es Dios".

¿Qué es la fe? (III)

"Pater, in manos tuas commendo spiritum meum"
- "Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu"-
(últimas palabras de Cristo en la Cruz)


Cuando elegí creer en Cristo y rechazar la duda, no había alcanzado una certeza humana absoluta de la existencia de Dios, de que Cristo era la Verdad. Pero es que la certeza meramente humana, no puede ser absoluta. Nunca será absoluta sin la fe. Y menos cuando se refiere a algo tan inmaterial -pero tan esencial para vivir- como el hecho de que en Dios está el sentido de nuestra vida, nuestra razón de existir y nuestra meta.

Antes de dar el salto de la fe, yo esperaba en vano ir alcanzando certeza absoluta de la verdad de Dios para creer definitivamente en Él, para vivir contando con Él. No era consciente de que tuviera que dar un paso más. Afortunadamente, un buen amigo me sacó de mi error, y me dijo al go así: "si esperas llegar a creer verdaderamente en Dios con sólo el entendimiento, te puedes pasar así toda la vida; tienes que dar el paso".

Hace poco leí un escrito de José Luis Martín Descalzo sobre la vocación, que yo voy a aplicar a la fe: Hay personas que dirían: "¿cómo puedo estar seguro de que Cristo es la Verdad?" La verdad es que no puedes estar seguro antes de creer -tendría que contestarles. La única forma de estar seguro es dar el paso de creer, decirle a Dios: "Señor, creo en Ti, ayúdame a creer". Y tener esperanza en que Él mismo sostendrá nuestra fe.

Esto último también es muy importante: la esperanza. Damos el salto de creer, un salto que vemos imposible para nuestras humanas y pequeñas fuerzas. La fe es un salto absoluto del entendimiento hacia lo Absoluto, y eso que nuestro entendimiento es limitado. Sí, el entendimiento es limitado, es decir: alcanza una certeza limitada y se aplica a objetos limitados. Sin embargo, pretendemos que el entendimiento conozca a Dios, lo que supone alcanzar una certeza absoluta sobre Dios, que es el Absoluto. Por eso, dar el salto de la fe es absurdo sin la esperanza de que Dios nos recoja y sea Él mismo el que nos infunda la fe.


¿Y qué nos da esa esperanza? El amor de Dios, que nos llama interiormente. Saltamos al vacío porque ya le estamos oyendo, porque nuestro corazón vibra con su palabra, arde cuando nos susurra, porque algo en lo más profundo de nosotros reconoce su Voz, o incluso porque, por el Bautismo, tenemos ya en la sangre los genes de nuestro Padre, que gritan por encontrarle. ¡Y saltas...! Y dices: ¡creo en Ti, ayúdame, sontén mi fe!  ...Porque te has llevado toda la vida, sin saberlo, queriendo hacerlo, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, perdidas buscándole donde no estaba...

¿Qué es la fe? (II)

V
É
R
CH Á R  I  T  A  S  
T
A
S

Algunos científicos han evidenciado el átomo; todos los demás, les creemos sin que nos haya sido demostrado. Y aun lo que ves con tus propios ojos, o mides con un aparato, puede engañarte y lo sabes, por lo que, realmente, nunca estás absolutamente seguro de ello.

La fe es distinta, y eso es lo que he tratado de explicar partiendo de esta frase, que es de Santo Tomás de Aquino: "la certeza que proporciona la luz de la fe es mayor que la que nos proporciona la razón natural". Lo que yo afirmo e interpreto en esa frase es que la luz de la fe nos da una seguridad inalcanzable por la razón natural. Yo estoy al 99,9999999 por 100 seguro de que existen los átomos, pero estoy al 100 por 100 seguro de que Dios nos ama. Y es que esa forma de conocimiento es distinta.

Se puede tener una creencia humana en la existencia de Dios y no tener fe. Y se puede tener ambas, o incluso se puede tener fe y no tener la creencia humana, como les ha pasado a muchos santos en fases de su vida, en lo que se conoce como "la noche oscura del alma", tomando el título del poema de San Juan de la Cruz. Los mayores místicos han atravesado la noche oscura.

Santo Tomásde Aquino ha definido la fe así: "creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia". Fíjate, amigo que lees esto, en una cosa: "por imperio de la voluntad". Yo tengo fe porque quiero creer, porque he decidido creer. Aunque eso se queda corto: yo podría haberme quedado en "querer creer", pero he dado el paso, he creído, he dicho "Señor, creo en Ti, ayúdame".

Si me hubiera quedado en el mero entendimiento humano, podría tener dudas, pero he dado un paso más, que es la fe, y he optado absolutamente por creer, me he entregado en manos de Dios y he rechazado la duda. Eso es un acto del entendimiento movido por la voluntad. Confío más en Dios que en mi propio entendimiento, y eso, porque quiero, porque a quererlo me ha movido la gracia de Dios. Eso es muy distinto a la razón natural. Yo, además, también llego a Dios con la razón natural, y puedo dar razón de su existencia, pero de lo que vivo es de la fe, y lo que me da una certeza absoluta, es la fe, una fe que, repito, he querido tener por propia voluntad.

La fe es así, y es una pena que esto se diga y se reconozca tan poco actualmente. Supongo que es porque no está de moda en un mundo racionalista, donde la duda metódica es el primer mandamiento de la ley social. Yo también dudo de todo, excepto de Dios y su Revelación. O creo en Dios, o no creo, pero dudar de Dios, de mi Creador, que me ha creado por Amor y le debo todo, que me ama más que yo mismo... dudar de Él, confiar más en mi criterio falible que en su verdad, sería un gran pecado. Por eso nos dice la doctrina católica que la duda voluntaria es pecado. Por eso, el primer mandamiento de la Ley de Dios es éste: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas". En el amor no cabe la duda.

El que elige creer en el átomo, confía en los científicos que saben más que él. Ha elegido confiar. Pero le cabe duda, aunque sea mínima, porque incluso miles de científicos pueden equivocarse. Yo he elegido creer en la Dios y en su Iglesia, he elegido confiar en la Iglesia de Dios. Pero hay una diferencia con el átomo, porque ¿qué es lo que creo? En Dios, que es la Verdad. Y si he creído en Dios, que es la Verdad, puedo dudar de mi criterio si se ofusca y me plantea dificultades extremas para creer en Dios, pero ya no puedo dudar de la Verdad, ya no puedo dudar de Dios, porque dudar de la Verdad es un absurdo. Para el que elige creer en Dios, es decir, para el que tiene fe, dudar es un pecado contra el amor y contra la verdad.

Ya, ya sé que no me explico bien... Vamos a ver: la diferencia reside en el objeto del conocimiento, que puede ser Dios o puede ser otra cosa. Cuando el objeto del conocimiento es Dios como Verdad, la duda no cabe: o creo en Dios sin dudar, o no creo. La creencia en Dios como Verdad absoluta no puede quedarse en mero cálculo probabilístico, que es lo que nos proporciona una creencia puramente humana, puesto que admite siempre la duda. Sería absurdo decir: "estoy casi casi seguro de que Dios es la Verdad absoluta". Si no estás absolutamente seguro, es que no la tienes por Verdad absoluta. En cambio, puedo enunciar perfectamente, sin caer en ninguna contradicción: "estoy casi casi seguro de que la materia está formada por átomos". Los átomos son una idea cualquiera, que mi entendimiento puede aceptar a medias, confiando en la posibilidad de su existencia.

Y si Dios nos ama, ¿cómo podemos dudar de Él? Si creo que me ama, no puedo dudar, no puedo poner mi criterio, falible y poco digno de confianza, por encima de su amor. Permitirme la duda voluntaria es rechazar su amor, que es la causa de que yo exista.

Cuando se cree en Dios, se debe rechazar toda duda, así se hunda el mundo, por agradecimiento al Amor y por respeto a la Verdad. Podrán surgir muchas consideraciones que dificulten la fe, pero, como dijo el Cardenal Newmann y recuerda el Catecismo, "diez mil dificultades no hacen una sola duda".

miércoles, 20 de enero de 2010

¿Qué es la fe?



La certeza que da la luz de la fe es mayor que la que proviene de la razón natural. Generalmente, los no creyentes se confunden sobre lo que es la fe. Piensan que la fe es un sentimiento de que algo es cierto, pero eso no es la fe, eso es la simple creencia humana, la misma que tengo yo cuando creo en la existencia del átomo, aunque no lo haya visto. Pienso que, por los testimonios que he recibido sobre el átomo, lo más probable es que exista.

Pero la fe es algo más. La fe no es contraria a la razón, y puede partir del entendimiento de que la existencia de Dios, el Dios que nos anuncia la Iglesia, no es contraria a la razón, o que es muy razonable, o incluso que Dios es la única causa capaz de explicar nuestra existencia y nuestra realidad humana. Puede, además, darse el sentimiento de que la existencia de Dios es probable, o incluso que es muy posible. Pero desde ahí hasta la fe, hay un abismo. Es difícil explicar ese salto de la fe, pero es como una respuesta de amor a Dios, un saltar hacia sus brazos, confiando, a pesar de la incertidumbre, en que no te dejará caer.

Recuerdo una vez que hice "rappel" por un peñasco. Sabes que la cuerda está bien sujeta, sientes que puedes fiarte de quien lo ha hecho antes y te está enseñando, pero eso es una cosa, y otra muy distinta dar el primer paso de espaldas al vacío. Hay que arriesgarse: no basta creer o saber que la cuerda te sujeta, no basta confiar en quien te esnseña... ¡tienes que apostar tu vida por ello! Eso es el rappel. La fe es igual, y a veces parte incluso de un convencimiento o seguridad más pobre que el que tenemos en la firmeza de una cuerda. Pero esa creencia pasa a ser fe cuando se da el paso de pensar y vivir apostando por ella, porque es entonces cuando Dios te recoge en sus brazos y te llena de su gracia. Tamaña locura sólo se hace por una cosa: por una respuesta de amor al amor previo de Dios.

Muchas personas han pasado por épocas en que no sentían la existencia de Dios, y a pesar de eso, su fe se ha mantenido firme. Sí, se puede tener fe incluso cuando el sentimiento trata de engañar a nuestro entendimiento, quitándonos la certeza humana en la existencia de Dios. Diez mil dificultades no hacen una sola duda, y los cristianos sabemos en Quién hemos puesto nuestra fe, Alguien en Quien podemos confiar más que en nuestro propio criterio. Muchos han sido los que han dado y siguen dando testimonio de Dios, de Cristo, incluso con su vida, sellando con el amor a sus verdugos la identificación con Jesús Resucitado. Con ello han demostrado, de la forma más absoluta que puede hacerlo un ser humano, hasta qué punto confiaban en Dios.

martes, 19 de enero de 2010

La Iglesia Católica y el nazismo

Foto que circula por Internet en la que se muestra a el joven Joseph Ratzinger haciendo supuestamente "el saludo nazi". La foto no está centrada... porque está cortada. En el lado derecho de la foto, se aprecia, en leve sombra, cómo el otro brazo está también levantado: el joven sacerdote Joseph no está saludando a lo nazi, sino invocando al Espíritu Santo, probablemente sobre el pan y el vino, para que se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo (VER FOTO AL FINAL DE ESTA ENTRADA).

Algunos creen que la Iglesia Católica no se opuso al nazismo, incluso que lo favoreció. Siento mucho que tengan esa opinión, pero creo que la Iglesia Católica fue uno de los mayores enemigos del nazismo dentro y fuera de Alemania. También lo fue de otros regímenes no menos sanguinarios, como los de Stalin y Mao.

Como sabes, querido lector, Hitler subió al poder en unas elecciones. Pures bien, el partido nazi no ganó en ninguna de las circunscripciones ("lander") católicas. Al principio, Hitler ocultaba sus intenciones hacia los católicos, pero en privado se jactaba de que, gracias a su origen católico (era austríaco, y la católica es la religión mayoritaria en Austria), sabía cómo acabar con la Iglesia. No sólo odiaba a la Iglesia Católica, sino al cristianismo en general: "se es alemán o cristiano" -llegó a afirmar rotundamente.

Los Nacionalsolialistas no consiguieron ganar en las circunscripciones de mayor fracción católica, donde salió victorioso el partido "Zentrum".

La educación católica fue el mayor enemigo interno del nazismo, que se dedicó a quitar de todos los puestos de responsabilidad a los católicos, amenazando su supervivencia. En esa situación, sólo unos meses después del ascenso al poder de Hitler (1933) Pío XI firmó con el Gobierno nazi un concordato para tratar de blindar las instituciones católicas, que eran la única fuerza viva capaz de frenar el nazismo. Eugenio Pacelli -futuro Pío XII, entonces nuncio en Berlín- se mostró contrario a la firma, porque ya había calado a Hitler (a diferencia de la mayoría de grandes líderes europeos, que andaban en las nubes) y sabía que no lo cumpliría. Así fue; con el Concordato firmado, Hitler se dedicó a extirpar de la sociedad y de todos los puestos relevantes a los católicos, y a realizar una labor de asedio contra la escuela católica, cuyos alumnos difícilmente caían en las garras del nacionalsocialismo. Las Juventudes Nacionalsocialistas se enfrentaban con los grupos de jóvenes católicos, iban a buscarles los domingos a la puerta de la Iglesia y les asediaban de mil formas.


Visto lo visto, cuando aún las sociedades judías trataban de calmar el miedo de sus correligionarios para que no emigrasen de Alemania, Pío XI se dio cuenta del peligro que suponía la locura megalómana y diabólica de Hitler, y pensó que debía avisar de ello a todo el mundo y especialmente a los alemanes, sobre todo a los católicos, en un país donde hacer circular una carta del Papa podría ser ya peligroso. Escribió una encíclica en alemán ("Mit Brenender Sorge" - "Con honda preocupación"), en gran parte atribuible a Eugenio Pacelli, que como ya he dicho era Nuncio en Berlín y futuro Pío XII. La encíclica trataba a Hitler de payaso megalómano y peligroso. Para burlar el control nazi, la encíclica se imprimió en secreto y se repartió en bicicletas la noche del sábado. El domingo, en todas las parroquias del Reich (unas once mil) se leyó a la vez la encíclica, pillando por sorpresa a los nazis. 

Ese golpe fue el desencadenante de la violencia posterior. "Ahora van a conocer nuestra dureza" -escribió Goebbels en su diario. En una noche, los líderes de juventudes católicas fueron atacados y muchos pasados a cuchillo; se disolvieron los grupos católicos y se obligó a los jóvenes católicos a ingresar en las Juventudes Hitlerianas para intentar lavarles el cerebro a la fuerza (entre ellos, Joseph Ratzinger). Baden-Powell, católico fundador del escultismo (así se denomina el movimiento Scout), que en 1933 se había reunido con Pío XI, escribe en sus últimos días en Kenya: "En muchos casos los nazis han podado los arbustos locales [se refiere a los grupos Scout] hasta el propio suelo y tratado de reemplazarlos con otras plantas, como la Juventudes Hitlerianas y los Balilla. ¡Pero las raíces todavía están allí!" Mussolini y Stalin también prohibieron los Scout.


Luego vino la escalada de violencia nazi, donde la peor parte la llevaron los judíos. Pío XII comprobó cómo toda declaración de la Iglesia contra Hitler costaba terribles represalias y vidas humanas a católicos y judíos. A menudo se desconoce la oposición interna que tuvo Hitler. La tremenda represión de los nazis a todos sus opositores hizo que ésta haya pasado desapercibida. Es verdad que la Alemania de 1930 era un país que había perdido gran parte de su espiritualidad e identidad cristiana, que las filosofías orientales y el panteísmo, la increencia y la superstición habían minado la fe y la propia cultura e identidad, como se denuncia en la encíclica de Pío XI, y que una sociedad desculturizada fue más fácilmente manipulable hacia un falso patriotismo. Pero, a pesar de ello, había muchas personas que aún pudieron mantenerse firmes y enfrentarse al vendaval; entre ellos, muchos católicos y protestantes firmes en su fe y sus convicciones. Más de cien mil alemanes fueron asesinados por su oposición al nazismo, y fueron en total más de un millón los que sufrieron alguna forma de represalia por esta razón: detenciones por la Gestapo, interrogatorios, torturas, internamiento en campos de concentración, etc. Un bello ejemplo es el del grupo juvenil "La Rosa Blanca", intregrada por católicos y protestantes, cuyos cabecillas fueron guillotinados.

El odio contra los católicos se manifestó sobre todo fuera de Alemania, donde por ejemplo a las SS se les daba permiso la noche de Navidad, con la instrucción expresa de sacar de sus casa y violar a cuantas chicas encontrasen, "engendrando hijos para el Reich". En Holanda, el enfrentamiento popular y del propio Rey, así como de la Iglesia Católica, contra las leyes antijudías provocó una mayor dureza aún en represalia, con la decisión de considerar judíos también a los cristianos de ascendencia judía. Una de las víctimas de ello fue Edith Stein (Santa Teresa Benedicta de la Cruz), monja carmelita alemana de raza judía, extraída de la clausura de Holanda para morir gaseada en Auschwitz. Otra famosa víctima holandesa fue el también carmelita Beato TitoBrandsma, que como periodista defendió la libertad con sus artículos, y fue internado en el campo de concentración de Dachau, donde murió asesinado por inyección letal (abajo).
En las católicas Polonia y Hungría, la dureza fue mayor aún, y muchos sacerdotes polacos acabaron sus días en Auschwitz, como San Maximiliano Kolbe (a la izquierda), que se ofreció a morir de hambre y sed en un búnker sustituyendo a un padre de familia desconsolado. Dicen que al entrar en el campo, les espetaban a los prisioneros: "Aquí los judíos duran cuatro semanas, los curas, ocho, y los polacos, doce; la salida es por la chimenea" (no recuerdo si los tiempos eran esos, pero era aproximadamente así). Murieron millones de ciudadanos no judíos (católicos en su inmensa mayoría) en las matanzas del Este de Europa. Conforme fue avanzando la guerra, Hitler se permitió cada vez más dureza dentro de la propia Alemania, pues los que podían escandalizarse y retirarle su apoyo estaban ocupados en el frente. Seminarios enteros fueron trasladados al campo de concentración de Dachau. Allí había también obispos, y en la clandestinidad se ordenaron sacerdotes entre los seminaristas que estaban ya preparados. Varios celebraron allí su primera y última misa; fueron beatificados por Juan Pablo II (en la foto de abajo, uno de ellos, el Beato Karl Leissner).

Mientras tanto, Pío XII, viendo que toda condena era inútil y costaba aún más vidas humanas en represalia directa y explícita, decidió dar instrucciones a todos los católicos para que ayudaran y escondieran a los judíos. Franco hizo lo propio, reclamándole a Hitler a todos los judíos sefardíes, que consideraba súbditos españoles. En las listas de sefardíes se apuntaron sefardíes y no sefardíes, y así se salvaron muchos. El diplomático español Sanz-Briz salvó así a unos 5.000 judíos húngaros. En total, según una exposición-homenaje de la Casa Sefarad-Israel, los cónsules y funcionarios españoles contribuyeron a salvar unos 60.000 judíos, lo que convierte a España en el principal cauce de huída a principios de los '40. Por su parte, los conventos de la Italia ocupada se apresuraron a esconder judíos, y el problema empezó a ser alimentarlos. La comida les llegaba en camiones marcados como valija diplomática con el escudo de la Santa Sede: patatas, legumbres... En Roma, el propio pontífice escondió en el Vaticano a los judíos, uno de ellos el rabino de Roma. Pío XII renunció a la calefacción porque sus huéspedes no podían tenerla, y renunció al café, que él necesitaba casi para vivir, porque tampoco tenían café para los judíos escondidos. Al acabar todo, el rabino de Roma se haría cristiano, y se haría bautizar "Eugenio" -de apellido Zolli- en reconocimiento al Papa, que se llamaba precisamente Eugenio (Pacelli). Eugenio Zolli (en la foto de arriba, junto a Pío XII) era alemán, y en su autobiografía espiritual "Antes del Alba" relata ese enfrentamiento de la cultura y comunidad educativa  judeo-cristiana con el nazismo.

Muchos colaboradores de Pío XII han recibido el título de "Justo entre los Gentiles", reconocimiento de los israelitas a los que ayudaron heroicamente en el salvamento de judíos. Muchos de ellos declararon que no habían hecho más que obedecer las órdenes de Pío XII, el cual no escatimó un segundo de su tiempo en hacer todo lo posible para salvar judíos del Holocausto. Se cuentan multitud de anécdotas y peripecias de aquella época, protagonizadas por inocentes monjas italianas que tomaron el pelo de mil y una formas a los resabiados oficiales nazis que buscaban judíos escondidos. El último del que tuve noticia fue el de un judío recogido siendo aún un niño, en un convento romano. Recordaba con agradecimiento el amor de las monjas, que en el día de mayor peligro, entraron en la habitación que servía de escondite con un cartel de la Virgen, y les dijeron: "miren, nosotras respetamos su fe, pero si no les importa, nos gustaría poner en la puerta este cuadro, para que les proteja". Esa misma noche fue un oficial alemán con una patrulla y registró todo el convento, acompañado por dos monjas. Volviendo de revisar la azotea, señaló la pared del escondrijo y dijo: "¿Qué hay aquí detrás?" Aquella monja tuvo la gallardía e inspiración de volverse inmediatamente y mandarle callar con el dedo, diciendo en voz baja: "¡Sssssch... Aquí hay veinte personas durmiendo!". El oficial alemán bajó el tono de voz y pasó de largo. Claro, que a la otra monja casi le da un infarto...

Otros, en cambio, fueron descubiertos. Es el caso de los 12 cartujos de Farneta, fusilados en 1944 junto con los 32 civiles que encontraron escondidos en su convento. También hay muchos ejemplos de personas de a pie que se jugaron la vida por ayudar a los judíos, en diversos países, como el que se retrata en la película "La lista de Schindler". Un ejemplo muy hermoso es el de Irena Sendlerowa,  "el ángel de Varsovia", una enfermera polaca que salvó a cientos de niños judíos, sacándolos a escondidas del guetto, desde donde habrían partido a una muerte segura. Se organizó una red de familias de acogida, y ella apuntó en papelitos, que guardó enterrados bajo un manzano, dónde estaba cada niño, para que pudieran volver a sus familias cuando acabara todo. Fue detectada y torturada sin piedad, hasta dejarla moribunda, pero no reveló dónde estaban los niños. Afortunadamente, fue salvada con vida.

Nadie osó acusar a Pío XII de nada -todo lo contrario- hasta finales de los años 60, cuando él ya había muerto años atrás. Era públicamente reconocida su preocupación hacia la causa judía. Hacia el año 2004, salieron a la luz instrucciones de la KGB de finales de los 60. La URSS veía una amenaza a su expansión y subsistencia en la Iglesia Católica (con razón, como luego se vio), y se trazó un plan para desprestigiar al Vaticano. El plan consistió en desacreditar la figura de Pío XII, y hacer aparecer su silencio forzoso durante la Guerra como una colaboración con el nazismo y el Holocausto. Para ello se contactó con propagandistas occidentales fieles a la causa anticapitalista, y ese fue el nacimiento de la leyenda negra, falsa e injustísima, contra Pío XII, que apareció como por arte de magia a finales de los 60 y principios de los 70 (novelas, obras de teatro, películas, artículos... todo una maniobra de intoxicación). Tengo muy próximo a un amigo sacerdote que le conoció en persona, y le admira y venera como un santo. Espero que no tarde mucho en subir a los altares, porque creo que se lo merece y su vida nos enseñaría mucho a todos.

Bien es verdad que muchos católicos no vieron el peligro que se avecinaba al principio... ni católicos, ni protestantes, ni judíos, ni ingleses, ni franceses... al principio, muchas almas cándidas aceptaron el nacionalsocialismo como remedio a los males sociales y económicos de Alemania y como barrera a la seria amenaza que representaba el comunismo, pero no tardaron en darse cuenta de su error. Algunos, por desgracia, fueron más allá y colaboraron con el nazismo por cobardía o ceguera. Hitler, además, supo descabezar de líderes al pueblo católico alemán; los católicos "amodorrados" no tenían nada que temer, eran las personas con liderazgo y los católicos comprometidos a los que fue quitando progresivamente de enmedio, cada vez con mayor dureza.

Creo que esa es la realidad. Es bastante distinta a lo que algunos creen. Y me dejo muchísimas cosas en el tintero. Ojalá, querido lector, tengas la paciencia de leértelo detenidamente, porque creo que te agradará conocer todo esto. Basta leer testimonios de esa época -y la propia encíclica "Mit Brenender Sorge" contra el nazismo-, para comprobar que es cierto.

sábado, 2 de enero de 2010

El Dios verdadero


Después de abandonar la fe en Cristo y antes de reconvertirme al cristianismo, pasé por una fase de creencia panteísta. Aparte de mis lecturas y experiencias juveniles con la religiones orientales, me condujo a esta creencia panteísta un análisis pseudocientífico y pseudofilosófico sobre las realidades que contemplamos. Me explicaré.

Observaba yo la consciencia que tenemos los seres humanos, nuestra capacidad para darnos cuenta de nuestra propia existencia. Evidentemente, esto es algo que no puede provenir de la pura materia inanimada que conforma nuestro cuerpo. Entonces, existe la posibilidad de que esa consciencia sea creada por el Creador en el mismo instante en que venimos al mundo, como sostiene la Iglesia Católica. Yo rechacé de plano esa posibilidad, por eso digo que mi aproximación panteísta no era verdaderamente científica ni verdaderamente filosófica, pues no es lógico rechazar sin más una posibilidad.

Si rechazamos la posibilidad de que haya un agente exterior capaz de crear la consciencia y unirla a la materia, animándola, entonces tenemos que pensar que la consciencia ya existía antes en la materia "inanimada", y que lo que se produce al aparecer un ser vivo es sólo una forma de "crecimiento" de la consciencia de esa materia "aparentemente" inanimada. Así, la frontera esencial entre lo inanimado y lo vivo se difumina. La materia "inanimada" tendría consciencia. El átomo tendría una forma básica de consciencia. Haciendo un salto gratuito y nada lógico, tan sólo apoyado en una analogía defectuosa con el cuerpo humano, asumí que todo el Cosmos podría tener consciencia, lo mismo que nosotros tenemos consciencia y estamos formados, a nuestra vez, por células que podrían tener "consciencia", -eso si no admitiéramos que la célula es más bien como un autómata que hace todo eso sin una identidad viva interior-.

Por tanto, el Cosmos tendría consciencia, y sería un organismo animado, en cuyo interior aparecen, viven y desaparecen miríadas de organismos animados temporalmente, como nosotros. Entonces, me sentí portador de una solución al problema religioso, portador de un conocimiento que explicaba, de forma "científica" y "filosófica" -falso- lo que tantas religiones no habían hecho sino vislumbrar -salvo el budismo y el hinduismo, claro-. Pensé que eso a lo que otras religiones llaman "Dios" era en realidad el Cosmos, o mejor dicho, "la conciencia del Cosmos". Esto estaba ya inventado: era puro gnosticismo.

Pero la verdad es que mis relaciones con "la consciencia del Cosmos" dejaron mucho que desear. En primer lugar, no conseguí entusiasmar a nadie con esta idea, ni siquiera a los que me parecían más próximos a las religiones orientales (gracias tengo que dar a mi amigo Jesús, por mirarme con cara de nada cuando le expuse esto, y cambiar de tema cuando acabé). En segundo lugar, mi vida continuó un camino lento pero seguro de degradación moral; me sentía aplastado por mis debilidades. Finalmente, sin mucho esfuerzo, llegué al inmanentismo, y así, cuando una vez me preguntaron cuál era el sentido de la vida, respondí orgulloso y engreído, haciendo un juego de palabras: "¡hacia adelante!"

Luego pasé al agnosticismo. Pasar de creer sólo en la "conciencia del Universo" (panteísmo) a no negar ni afirmar la existencia de Dios Creador (agnosticismo) fue, ahora me doy cuenta, un paso adelante hacia la fe. Fue un paso de racionalidad, de honestidad intelectual. Por primera vez, no rechacé aquella premisa que había rechazado para llegar al panteísmo, y que era la existencia de un Dios Creador, distinto de nosotros y de todo lo creado. Por tanto, sostengo que el panteísmo está más lejos de la fe en Dios que el agnosticismo. Hay que caer en la cuenta de que el panteísmo no sólo identifica al Cosmos con Dios, sino que dice, en el fondo, que "no hay más Dios que el Cosmos". Por tanto, esta pseudo-religión aparentemente tan "humilde" y "positiva", encierra una trampa muy negativa: el rechazo del Dios Creador. El panteísmo es una forma de ateísmo, incluso más peligrosa que éste, porque disfraza la soledad del ser humano que enuncia el ateísmo, y le dificulta darse cuenta de que, en realidad, está rechazando a Dios.

En fin, estaba ya en el agnosticismo... Pero Jesús me llamaba. Mi intelecto -mal utilizado- le rechazaba -cada vez menos-, pero mi corazón ya le amaba. Si no sabía si Dios existía o no, ¿por qué obligarme a vivir como si no existiera? ¿Por qué no vivir "como si Dios existiera"? Quería irme con Él, así que mi corazón obligó a mi razón a no desecharle gratuitamente, a dar el salto de la fe y a reconocerle como Dios, esperando que Él me sostuviera. En ese momento, Dios, el Dios verdadero, me cambió la vida, y sigue cambiándomela. Me sorprende, me riñe, me anima, en dos palabras: ¡vive conmigo! Es otro, es el gran Otro, la Persona con quien puedo compartir mi vida, que lo sabe todo de mí y me ama, y trata de guiarme a pesar de las debilidades de mi naturaleza caída. Porque Él hizo el Cosmos y me hizo a mí, y Él, y no el Cosmos, es el Dios verdadero.

Además, quiso Dios abrir mi entendimiento y mostrarme, para que yo lo entendiera mejor, que su huella, la huella del Logos, está presente en las leyes que rigen el devenir de la materia del Cosmos. Las leyes de la naturaleza, las que rigen la órbita de los astros, la química, la física atómica, son el orden producto de su Inteligencia. Una vez le reconocí como Creador, quiso darme esta experiencia mística de contemplar, no ya sólo de entender, cómo "todas las cosas fueron hechas por Él -por el Logos- y sin Él no se hizo nada de cuento ha sido hecho" (Juan, 1). Cuando contemplé esta realidad, tan sencilla, tan asequible al entendimiento, me dije a mí mismo y a Él: "¡Dios mío!, ¿cómo no me he dado cuenta antes de esto, de que el orden que observamos es ya en sí extraordinario, milagroso, obra tuya? ¡Estaba ciego y ahora veo toda esta maravilla...!" De aquella contemplación mística, no agotada completamente cuando concluyó, sigo alimentándome a menudo.
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