sábado, 27 de febrero de 2010

Jesús entró en mi vida

Me pregunta un lector cómo entró Jesús en mi vida, y cómo sabía yo que era Él. Responder brevemente es muy difícil, porque cada persona y cada historia de conversión son un mundo, pero voy a intentarlo.

Yo había sido educado en una familia católica y, de pequeño, Dios era importante en mi vida. A los diecisiete años, cuando habría necesitado madurar en la fe, un mal sacerdote me desvió -a mí y a muchos- hacia una doctrina distinta de la católica, en la que Jesús no era Dios, sino un líder social que murió por enfrentarse a los poderosos; la Iglesia era una mera estructura de poder inventada por hombres, etc.

Por entonces, un amigo y yo hablábamos mucho del sentido de la vida, de encontrar la verdad sobre Dios. Acudíamos a un templo budista, leímos varios libros (Erich Fromm y Herman Hesse) que nos desviaron aún más del cristianismo... Un día, hablando del año 2000, pensé que, cuando llegara, yo tendría 31 años, que probablemente estaría casado y con hijos, y que podría enseñarles "el sentido de la vida", porque para entonces, yo habría encontrado el camino de la verdad.

Queriendo avanzar en la búsqueda de la verdad, como Cristo era una referencia humana para mí, leí detenidamente el Evangelio de San Juan. Comprobé que Jesús no se presentaba como un mero líder social, sino como un enviado directo de Dios; hacía milagros para demostrarlo, y poco a poco iba mostrándose a lo largo del Evangelio como Hijo de Dios y como Dios mismo. Así que la imagen que aquel mal sacerdote nos había dado de Jesús era falsa: o Jesús era Dios, o era el tipo más engreído de la historia de la Humanidad, porque hablaba atribuyéndose la autoridad de Dios; esto era algo evidente en el Evangelio.

Como yo ya no aceptaba que Jesús fuera Dios, me aparté completamente de la Iglesia, y me hice panteísta, es decir, pensaba que no había más Dios que el Universo, que el Cosmos. Pero como esa religión mía no me ayudaba nada, muy pronto me dejé caer en el consumismo que antes rechazaba; abandoné unas clases que daba a chicos con problemas en una barriada marginal y me dediqué a las juergas nocturnas; dejé de tomarme las cosas en serio y me aboné a una vida frívola... Así durante cinco años.

Un buen día, me cansé de eso -aunque no del todo-. Encontré a mi futura esposa y me casé. Acabé mi residencia como farmacéutico en un hospital y, como había una gran crisis económica, me quedé un año en paro, mientras vivíamos en Madrid. Finalmente, encontré un trabajo estupendo en el sitio donde nosotros queríamos: en Cádiz. Me habría ido a cualquier sitio a trabajar, pero el primer trabajo que surgió fue precisamente allí. Así que nos mudamos a una preciosa casa de alquiler, y luego compramos un piso a pie de playa, con una vista imponente. Quería mucho a mi mujer y lo tenía todo en la vida, hasta un barco de vela de mi padre que yo podía sacar a navegar cuando quisiera... ya estábamos buscando nuestro primer hijo...

Pero sentía un hastío terrible. Había alcanzado mis sueños y, sin embargo, nada me llenaba. No encontraba razones para levantarme cada mañana. Un día, hablando de esto con mi primo por la calle, se cruzaron unos testigos de Jehová o mormones, no sé. Le dije a mi primo que sentía una envidia tremenda de ellos, que, al menos, ellos tenían una explicación para la vida, no como yo, que vivía en un sinsentido absoluto. ¿Cómo podía tomar decisiones en mi vida, si no sabía cuál era su sentido, para qué vivía, con qué objetivo? Pronto podía venir al mundo mi primer hijo: ¿cómo le iba a educar, qué le iba a decir su padre, si su padre no tenía ni idea de para qué estamos aquí?

Tenía envidia de los testigos de Jehová, pero tampoco quería engañarme. Si Dios existía, yo quería saberlo, pero si no existía, no quería engañarme a mí mismo, prefería vivir sin sentido que calmar mi ansia con una falsa respuesta que me tranquilizara. Había aprendido a vivir sin otro sentido que "hacia adelante", aunque cada vez parecía que me costaba más...

Hacía ya años que no encontraba ningún libro que me interesara. Una vez soñé que estaba en la farmacia del hospital, pero era una biblioteca, llena de miles de libros magníficos, que tenía mucho interés por leer. Ahora comprendo que fue una premonición. Otro día fui a bucear, a pesar de que hacía mucho viento y no se veía nada. Tuve que salirme, fue algo un poco tonto y arriesgado. En la solitaria playa, me crucé con un vagabundo que me dijo: "El mar se traga a los que no le temen. A ti ya te ha tragado". Estas misteriosas palabras me causaron bastante impresión. Yo me había dejado llevar por la frivolidad y por la buena vida... y esa vida mundana me había tragado.

Mi mujer sí era creyente, aunque se había alejado de la Iglesia. De alguna forma, íntimamente, tenía yo el convencimiento de que su fe acabaría siendo más fuerte que mi increencia... En cualquier caso, es curioso, porque aunque formalmente yo me decía a mí mismo que no creía en Dios, en momentos importantes de mi vida, hablaba con Jesús. Cuando una vez sentí languidecer mi amor de novio, le pedí a Jesús que me diera el amor para amar a mi novia como se merecía, con un amor sincero y eterno... y me dio un amor "a prueba de bomba"; hubo clarísimamente un antes y un después de aquella petición. Ahora, al escribir esto, me he dado cuénta de dónde tuvo lugar: fue sentado en un banco, enfrente de la Iglesia de San Francisco, donde nos casaríamos algo más de un año después.

Pero bueno, esto eran destellos en medio de una vida de increencia. Yo anhelaba una vida con sentido, pero no encontraba el camino. Era como si, alguna vez, hubiera perdido el barco hacia mi verdadera vida. Necesitaba estar atento por si volvía a tener una segunda oportunidad...

Una noche, a las doce, antes de acostarnos, sentí como si Dios me avisara de que iba a tener ocasión de negarle, y me pedía solamente que no le negara; fue como si Él me lo dijera, pero con mi propia voz interior, no es fácil de explicar. A las cuatro de la madrugada, nos despertó el teléfono: la abuela de mi mujer se había muerto, tras varios meses en la cama de un hospital. A las ocho de la mañana, yo estaba en la Misa de funeral por ella, con mi mujer. No sólo no rechacé entrar a la ceremonia, sino que recé el "padrenuestro" lo mejor que supe, después de muchos años. Eso no significa que ya aceptase creer en Dios, fue sólo una impresión momentánea. Para mí, las explicaciones de todo esto podían ser muchas, claro, cualquiera sabía qué capacidades mentales o qué capacidad de engaño tenemos en nosotros mismos... Luego volví a mi increencia, pero, hablando con unos amigos -ella atea, y él, agnóstico-, les dije que me parecía más correcta la actitud de él, que, como agnóstico, ni negaba, ni afirmaba la existencia de Dios. Yo me apunté a eso, y para mí fue un paso adelante no negar la existencia de Dios, ni pensar, como antes pensaba, que no había más Dios que el Cosmos.

Unas navidades fuimos a Madrid a casa de mis padres. Almorzando, mi padre me contó que estaba leyendo la vida de San Agustín, un libro que se titulaba "Corazón Inquieto". Me dijo que Agustín era un chico que buscaba la verdad, que había llevado una vida rebelde, pero que buscaba un sentido a todo, y no se conformaba con lo que había ido encontrando; que había adoptado una filosofía o religión que llamaban "maniqueísmo", pero que tampoco se había sentido satisfecho con eso; y que finalmente se había convertido al cristianismo y había sido obispo y santo. Al oír esto, mi corazón dio un vuelco. Tuve que reprimirme para que no se me notara. Antes de volvernos a Cádiz, mi padre me regaló el libro. Fue su último regalo.

Cuatro meses después, mi padre yacía en la cama de una unidad de cuidados intensivos, moribundo tras una operación fallida de un tumor cerebral que le acababan de detectar. Antes de la operación, soñé con él. Entraba en camilla en el quirófano, sabiendo que quizá no saldría. Pero en su corazón había una gran paz: se entregaba por completo en las manos de Dios. Eso fue lo que soñé; luego, su confesor nos dijo a la familia que esa había sido justamente su actitud antes de la operación. La noche antes de la operación, leí las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, en un librito que había por casa de mis padres. Parece lúgubre hacer esa lectura antes de la operación, pero esa poesía me llenaba, me hacía contemplar un sentido de todo... seguramente, me mostraba algo más, algo de lo que yo carecía.

La mañana en que mi padre sufrió una hemorragia cerebral con daño irreversible, nos lo comunicaron a mi madre y a mí. Fue un golpe durísimo, porque parecía que ya había salido todo bien. Ella se deshizo y preguntaba: "¿qué voy a hacer yo ahora?" Yo me vi absolutamente impotente, pero a la vez sentí una fuerza tremenda que me impulsó a contestarle: "Dios te ayudará". Lo dije completamente convencido; en ese momento, sentí una certeza  que no venía de dentro de mí, pero que me daba la seguridad de que eso era verdad; no habría dicho algo tan importante si pensara que era falso. Fue como si el cielo se abriera, como si una nueva vida empezara para mí, como si por fin fuese realmente yo mismo. Mi padre murió a los tres días.

Pero tampoco entonces comencé a creer en Dios. De nuevo fue éste un episodio puntual, y luego volví a mi agnosticismo, aunque ahora estaba más comprometido a "investigar" por el camino cristiano. Cada vez tenía más interés por no "perderme" a Dios, si es que existía. En esto fue decisivo el libro de San Agustín, que me impresionó, y quise leer luego sus famosas "Confesiones", en las que él mismo cuenta su vida y su conversión. No entendí nada, pero me inspiró mucha confianza lo que leí, San Agustín me pareció una persona sincera, que contaba todo tal como él lo vivía, y además, era verdad lo que me había dicho mi padre: San Agustín no se conformaba con cualquier cosa. Y pensé que tal vez, al no creer en Jesucristo, me estaba perdiendo algo. Tenía que comprobarlo por mí mismo, no iba a seguir mirando hacia otro lado.

Mi madre me había dado la medalla de la Virgen del Carmen de mi padre. Yo no pensaba quitármela nunca, como ella misma me había pedido. Pero pocos días después, bañándome en la playa, una ola me revolcó y la perdí. Quizá hubo dos mensajes en eso: el primero, que no merecía llevarla; el segundo, que yo no era mi padre, y que, de alguna forma, tenía que encontrar mi propio camino.

Se acercaba el año 2000, tenía ya treinta años, y me acordé de lo que había pensado hacía muchos años: que para entonces, ya habría encontrado el camino de la verdad. Me di cuenta de que había fracasado. No sabía nada del sentido de la vida. Vi que por mí mismo no había llegado a nada, y no podía seguir así siempre. Decidí dejarme guiar por personas que habían encontrado un sentido a la vida, aunque manteniendo la prevención de no dejarme engañar, ni hacer nada con lo que yo mismo no estuviera convencido. San Agustín me pareció un buen guía, podía confiar en él. Escribí a un amigo de la infancia: "he decidido aprovechar el camino que otros han hecho". Si Jesús era Dios, si Él era la verdad, yo quería saberlo, tenía que comprobarlo.

Pero me quedé de nuevo empantanado. Quería llegar a una certeza absoluta sobre la existencia de Dios, antes de dar el paso de vivir contando con Él. Un buen amigo y su esposa acababan de convertirse, habían vuelto a ir a Misa los domingos y se iban a casar por la Iglesia. Él me dijo que por qué no iba yo también a Misa. Le confesé que me sentía muy atraído por Cristo, que había llegado a la conclusión de que era posible -sólo posible- que Él fuera verdad, que fuera Dios, pero que no quería tomar atajos, que tenía que alcanzar la certeza de que era así. El me dijo que podría pasarme toda la vida así y no llegar a esa certeza. Comprendí que era verdad. Podía pasarme toda la vida así, y entonces ocurriría que, aun siendo Jesús verdad, yo me lo perdería. "Tienes que dar el paso" -me dijo. Para mí, esa conversación fue crucial; no logré contener las lágrimas, quizá porque, en el fondo, estaban cayendo los muros que me apartaban de la verdad que yo anhelaba, que había anhelado desde hacía tantos años.

Podría decirle a Dios: "creo", y vivir contando con Él. Si yo no sabía si existía o no, ¿por qué vivir como si no existiera?, ¿por qué no vivir "como si existiera"? Claro, que podría engañarme, pero ya me parecía preferible engañarme arriesgándome hacia Él, que equivocarme por no querer arriesgarme. Era una cuestión de confianza: tenía que confiar en Dios, echarme en sus brazos. De todas formas, nadie me iba a obligar a nada que yo no quisiera...

Un día, salí solo en el barco de vela que me había dejado mi padre, el "Aldebarán". Hacía buen tiempo y poco viento. De repente a cuatro o cinco metros por encima del palo, vi un pájaro de mar, parecido a una pequeña gaviota, quizá un charrancillo. Justo ahí, le atacó otra ave grande y poderosa, de color gris oscuro, quizá un págalo, como un halcón de mar. El ataque hizo volar plumas; el charrancillo aleteaba desesperadamente en una dirección y otra, mientras la rapaz le atacaba una y otra vez, con una fuerza impresionante. Pero el charrancillo no dejaba de luchar por su vida y, cuando todo parecía ya perdido para él, el págalo se cansó y se fue, con un vuelo rectilíneo e impresionante, alcanzando gran velocidad sin mover un ala. La lucha por su propia supervivencia, le había dado al débil la victoria. Me identifiqué con aquel charrancillo y pensé que me gustaría ser un luchador como él....

Mi amigo me había prestado un CD de música polifónica, de Tomás Luis de Victoria. Lo escuché solo en casa. En un pasaje, la letra en latín narraba la Pasión de Cristo, y el coro estaba cantando sus últimas palabras en la cruz. Tras decir "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" -una frase que quince años antes había llenado mi mente de dudas hacia su divinidad-, Jesús había pronunciado estas últimas palabras que aquel coro bordaba a fuego en mi corazón: "Pater, in manos tuas commendo spiritum meum". Era aquella absoluta confianza final con que mi padre había entrado en el quirófano, y era el paso que yo mismo podía dar, esa era mi ocasión: me uní al coro, a mi padre y a Cristo, para decir con Él: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Seguí: "creo en Ti, ¡ayúdame a creer!, ¡recógeme!" Temía perder inmediatamente la fe si Dios no me ayudaba a mantenerla. Pero claro que me ayudó...

"¿Y ahora, qué hago?" -pensé. Pues recé el Padre nuestro, Ave María y Gloria, como hacía de niño por las noches, y mi corazón se llenaba en cada palabra; fue una experiencia mística tremenda en la que recuperé mi fe de la infancia, retomándola intacta y pura. Casi sin saber qué hacer, pero con el corazón ardiendo, llegué a echarme en la cama. Entonces fue como si viera el sol, los planetas, las galaxias, girando en sus órbitas perfectamente ordenadas por unas leyes dadas por Dios. Contemplé cómo todo en la naturaleza estaba ordenado por Él. Cuando se desvaneció la contemplación, fue como si hubiera visto claramente la huella de Dios en la Creación, y temí que aquello se me pudiera olvidar. Aunque la contemplación pasa y no se puede retener, no me he olvidado de la impresión que me causó lo que en aquel momento vi de forma clara e indudable. Era algo tan sencillo, que no me explicaba no haberlo visto antes: el Universo está ordenado porque hay un Creador que lo ha ordenado. Pero una cosa es entenderlo, otra asimilarlo, y otra contemplarlo, que es como verlo directamente.

A partir de entonces,  vino todo rodado. No es como cuando tienes sed y bebes agua, con lo que se te quita la sed. La fe es "tener la sed y el agua juntas" -como dijo Pemán-. Es un agua que te llena y que cada vez quieres más. Me leí docenas de libros, incluido el Catecismo y muchas más vidas de santos: encontré aquella "biblioteca" con la que había soñado, años antes, y pasé años devorando esos libros con una enorme avidez por conocer más y más de Cristo y su Iglesia; la Providencia me ponía en las manos lo que necesitaba para aprender. Volví por supuesto a Misa, y poco a poco, como pude y supe, me fui reintegrando a la práctica católica. Había aceptado a Jesús como Dios, y por tanto, tenía claro que Él me quería en la Iglesia, la Iglesia no podía ser una equivocación, ni podía haberse desviado; si no, no la habría fundado. Pero aún sentía mucha animadversión por la Iglesia, tenía muchos prejuicios, muchos tópicos me apartaban de ella. Una tarde, fui a una parroquia de Jerez a protestar por algo que me pareció indignante; me encontré con un viejo sacerdote moribundo que, aún al frente de su parroquia, me recibió con total amabilidad. Vi en él un tesoro que nunca antes había comprendido; estaba muriéndose, pero estaba más vivo que nadie que hubiera conocido. El asunto que tanto me indignaba tenía una explicación sencilla y maravillosa que enseguida comprendí y pasó a un segundo plano. De nuevo recibí una gracia, y fue la de contemplar el tesoro espiritual de la Iglesia en la persona de aquel viejo sacerdote con su pobre sotana negra. Yo había ido a esa parroquia a protestar, y volví en el coche, de noche y lloviendo, llorando a lágrima viva, de alegría ante la belleza de lo que acababa de descubrir, y prometiéndole a Dios que, en adelante, consagraría mi vida a mostrarles a los demás el tesoro escondido de la Iglesia.

Unos días más tarde, fijé los ojos providencialmente en una esquela del Diario de Cádiz: era la de aquel sacerdote, que había muerto esa misma semana.

Mi guía para en encuentro con Jesús había sido San Agustín, al que considero mi padre en la fe, igual que a mi amigo David, que me precedió y me ayudó, mi propio padre, mi madre, mi madrina, mi abuela, tantas personas que rezaban por mí... Pronto, mi mujer también venció sus prejuicios y volvió a ir a Misa. Íbamos ya los dos juntos, unidos a ese otro joven matrimonio de amigos que se habían convertido poco antes. Llegó la fiesta de nuestro aniversario de boda; era el 28 de Agosto: ¡San Agustín! Hasta entonces, no me había dado cuenta. Fuimos a celebrarlo, como después hemos hecho cada año, a la parroquia de San Agustín, en Cádiz.

Y hasta ahora, no han dejado de sucedernos "aventuras", aunque no exentas de algunos sinsabores. Lo que más duele es haber encontrado este tesoro y no poder compartirlo con todos, como repetía San Juan de la Cruz: "¡el Amor no es amado, el Amor no es amado...!" Pero sé que todo está en manos de Dios. Él sabe más.

Espero haber respondido un poco a la pregunta. Y ¿cómo sabía yo que era Jesucristo quien me llamaba? Creo que ya se ve en lo que he escrito que no lo sabía, es que me sentía atraído hacia Él. Esa atracción la sentía en mí, pero sólo después me he dado cuenta de que era Él mismo quien me estaba llamando. Yo ya tenía en mi alma su "figura", por el Bautismo que había recibido siendo un recién nacido, y por la fe que me habían enseñado de pequeño, pero esa atracción era nueva. Y no me encontré verdaderamente con Él hasta que no me arriesgué a confiar en Dios. Pero ¡cómo no confiar, con tantas llamadas y tantas bendiciones que me envió y luego me siguió enviando! ¡Cuántas personas se habrían convertido mucho antes...! Todo esto es un misterio, una gracia inmerecida, ¿por qué yo? ¿por qué a mí?...

Sólo cabe el agradecimiento, reconociendo que todo ha sido un regalo inmerecido.

¡Que Jesucristo sea alabado!

miércoles, 24 de febrero de 2010

La búsqueda del bien (II): ¿Qué es la conciencia íntima?

La conciencia íntima es el sentimiento que nos hace rechazar el mal y apreciar el bien. Está grabada a fuego en el corazón de todo ser humano. Es el medio más sencillo por el que el hombre busca a Dios, que es el mayor Bien.

En español, existe mucha confusión, porque llamamos conciencia a dos cosas distintas. En primer lugar, está la conciencia íntima, ese sentimiento moral que todos tenemos, aunque nadie nos haya dicho lo que está bien y lo que está mal. En segundo lugar, también llamamos conciencia a ese "tribunal" que tenemos en nuestro interior, que recibe los sentimientos de la conciencia íntima, pero también las experiencias, los razonamientos y las enseñanzas, los procesa y toma una decisión final. Esta "conciencia personal" -la llamo así para distinguirla de la conciencia íntima- sí necesita ser formada, no todos la tenemos igual.

Pues bien, la conciencia íntima es lo que aquí tratamos, ese sentimiento moral que es común a todos. ¿Cómo se dispara ese sentimiento? Por contemplación directa. Cuando yo contemplo lo más cercanamente posible un hecho bueno, siento satisfacción por él. Cuanto más cerca esté, más admiración sentiré, más deseo levantará en mí de hacerlo. Por ejemplo, si me entero de que hay unas monjas que cuidan de unos niños en Paraguay -como hace la Pequeña Compañía de Jesús-, siento admiración por ese bien. Si me enseñan fotos de los niños y de las monjas que los cuidan, sentiré mucha más. Si me voy a la misión y veo directamente el cariño y dedicación con que una monja se ocupa de un niño pobre, me atraerá todavía más. Y si he conocido a uno de esos niños en su miseria, he podido ver cómo le rescatan y se ocupan amorosamente de él,  me sentiré fuertemente llamado a hacer yo cosas parecidas.

Lo mismo que pasa con la atracción por el bien, sucede con el rechazo al mal. Saber que una madre va a abortar al niño que lleva en su vientre nos produce cierto desasosiego interior. Si vemos al niño en una ecografía, el rechazo por esa acción será mayor. Y si vemos directamente el aborto, cómo extraen al niño en pedacitos, una mano por aquí, una piernecita por allá, llegaremos a sentir verdero pavor por ese aborto.

Por tanto, la conciencia íntima se dispara con el contacto con el objeto, con los elementos de la acción. Por eso, una de las formas preferidas de concienciar a las personas sobre un hecho es ponerles en contacto lo más directo posible con él. Eso es lo que se hace a través de reportajes audiovisuales, o invitando a personas a que vean aquello hacia lo que les queremos concienciar, positiva o negativamente. Por ejemplo, cuando una ONG quiere concienciar a unos posibles donantes para que ofrezcan una gran cantidad de dinero, intenta mostrarles lo más directamente posible el buen fin que se está persiguiendo. Otro ejemplo, en este caso de concienciación contra el mal, es el de los campos de exterminio nazis: han impactado nuestra conciencia gracias a la difusión de las fotos y grabaciones que nos han concienciado sobre lo que allí ocurrió. En cambio, Stalin cometió otrogenocidio en Ucrania, privando al pueblo de todo medio de subsistencia, impidiéndole la huida y matándolos de hambre en sus propias tierras, por oponerse al comunismo. Murieron millones de hombres, mujeres y niños; él se "gloriaba" de haber acabado con diez millones, y lo que es seguro es que no fueron menos de cinco millones. Pero nadie se concienciará de lo terrible de este genocidio por unas palabras, aunque se las crea, hasta que no vea una película que muestre a una madre desesperada al contemplar como van muriendo todos sus hijos de hambre, o al menos vea las fotos correspondientes (que por cierto están colgadas en la red).

Este rechazo directo del mal y amor por el bien, estimulados por la contemplación directa, encuentran eco en nuestra alma. En nuestro corazón hay cuerdas que nadie ha puesto, sólo Dios, que resuenan al contemplar el bien y el mal, reconociéndolos. Puesto que el bien es el camino hacia Dios, y el mal son los caminos que nos apartan de Él, podemos decir que la conciencia íntima es una brújula interior que todos tenemos, que nos marca el camino para encontrarnos con nuestro Creador. Así, dice el cardenal Newman: "la conciencia (se refiere a esta conciencia íntima) es el primero de los vicarios de Cristo", porque es la misma voz de Cristo repetida dentro de nosotros, que nos llama a su encuentro a través de las acciones, pensamientos y palabras de cada día. Cada momento de nuestra vida es una encrucijada, donde podemos elegir el camino del encuentro con Dios. Y Él nos ha dado una brújula infalible.

lunes, 22 de febrero de 2010

La búsqueda del bien moral (I)


El bien moral es el objetivo de cada ser humano, es un objetivo grabado a fuego en nuestra alma por Dios, para que le busquemos a Él, que es el sumo bien. Por el bien, nos encontramos con el Bien. Todo ser humano anhela ser bueno, aunque a veces no lo sea, aunque acabe idolatrando otras cosas.

Ante cada día, ante cada situación, la persona necesita saber qué está bien y qué está mal. El bien y el mal no son una cuestión cultural o social, son cualidades objetivas y permanentes de los actos humanos. Y la persona necesita buscar la verdad moral para poder actuar bien.

¿Y cómo saber lo que está bien y lo que está mal? Pues pensando un poco, vemos que el ser humano tienen al menos cuatro formas de saberlo:

1. La conciencia íntima. Es un sentimiento, o incluso más aún, una contemplación directa, común a todo ser humano que gusta el bien y rechaza el mal.
2. La razón. Conocido el fin último de la existencia humana querido por Dios, es posible razonar qué es favorable y qué es desfavorable al desarrollo pleno de la persona humana.
3. La observación de las consecuencias. Es la experiencia sobre el bien producido por el bien y el mal producido por el mal.
4. El ejemplo y enseñanza de otros. Se obtiene por la confianza en personas o instituciones que son un referente moral: Cristo y su Iglesia, nuestros padres, los profesores, los amigos, las personas que son un referente moral...

Estas vías de conocimiento moral, en esencia no difieren de las vías por las que conocemos otras realidades de la vida. Cuando las cuatro nos dan la misma información, podemos juzgar moralmente una acción con muchas garantías de éxito. En cambio, si nos dan resultados contradictorios, es que alguna de ellas nos está equivocando, y tenemos que perfeccionar nuestra búsqueda de la verdad.

Más adelante intentaré ir ampliando este tema y aplicándolo a cuestiones reales. Es algo muy útil para los problemas de cada día.

sábado, 20 de febrero de 2010

Interpretar la Escritura (I) El Espíritu Santo.

 
Pentecostés: como Cristo anunció, 
el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia.

Jesús enseñó a sus discípulos con su palabra y con su vida. Ayudados por la gracia del Espíritu Santo, los cristianos celebraron, oraron y vivieron lo que habían aprendido de Él, "con un solo corazón y una sola alma". Algunos pusieron por escrito la vida de Cristo, otros relataron los primeros años de la evangelización, muchos se escribieron cartas entre sí. En las celebraciones de los tres primeros siglos, todo esto, junto con las oraciones y libros sagrados del pueblo hebreo, se leía en las celebraciones Eucarísticas. Cuando se propusieron reunir todos los libros y textos que consideraban inspirados por Dios, encontraron una unanimidad providencial, porque todos, desde una punta a la otra del Mediterráneo, leían las mismas cosas en la Misa. Así actúa el Espíritu Santo en la Iglesia.Y así se recopilaron todos los textos que todos consideraban inspirados por el Espíritu Santo, formando la Biblia, la Sagrada Escritura. La Sagrada Escritura es una de las vías por la que nos ha llegado lo que Dios ha querido enseñarnos. La otra vía, tan importante como la Escritura, es precisamente la Tradición de la Iglesia, la transmisión boca a boca de lo que se enseña, se vive y se celebra; la que sirvió, por ejemplo, para recopilar la propia Escritura. Por eso, si alguien reconoce como inspirada la Biblia, tiene que reconocer igualmente como inspirada la Tradición que la recopiló.

Ahora bien, cualquiera puede leer la Sagrada Escritura, que está toda ella inspirada por el Espíritu Santo de Dios, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, desde "En el principio creó Dios los cielos y la tierra", hasta "la gracia del Señor Jesucristo sea con todos. Amén". La Escritura ha hablado durante siglos a muchos, creyentes y ateos, devotos y pecadores. La Palabra de Dios nos habla al corazón cuando Él quiere y nosotros escuchamos. Pero no todos pueden interpretar correctamente la Palabra de Dios cuando se proponen hacerlo. Para interpretar correctamente la Escritura y la Tradición de la Iglesia, lo que Dios nos dice a través de ellas, es necesario hacerlo con el mismo Espíritu que las inspira, con el Espíritu Santo enviado por Dios a su Iglesia. Y, como dice el Concilio Vaticano II  (en Dei Verbum, 10), la interpretación auténtica de la Palabra de Dios corresponde al Magisterio de la Iglesia: al Papa y a los Obispos en comunión con él.

Así que ésta es una primera clave, la clave del Espíritu Santo. Es la más fácil, la que nos llega a todos, independientemente de nuestra formación teológica o nuestra vida espiritual. La Iglesia, que es Una con Cristo, nos interpreta las Escrituras, como hizo Jesús con los discípulos de Emaús. La propia Biblia nos dice que la Iglesia es "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3, 15).

Muchas personas, incluidos los hermanos protestantes, quieren interpretar las Escrituras sin tener en cuenta esto, y por eso se equivocan con facilidad, divergen entre ellos, y hacen cada uno su interpretación particular y distinta. En consecuencia, así los cristianos se dividen, porque cada uno cree que el Espíritu Santo le ilumina para dar una interpretación distinta a la Escritura. Pero el Espíritu Santo no puede dar interpretaciones distintas a unos y a otros, por lo que se deduce que esa pretensión de que cada uno puede interpretar la Revelación por su cuenta ayudado por el Espíritu, es contraria a la voluntad de Dios y lleva al error y a la división, y la división es fruto del que divide, el diablo (dia-bolos significa división).

El Espíritu Santo actúa en cada uno de nosotros y puede ayudarnos a interpretar la Escrituras, darnos luz sobre lo que Dios nos quiEre decir a través de ellas (o a través de los acontecimientos, o de los Sacramentos, o de las palabras de otra persona, etc.). Pero nosotros no somos puros e inmaculados, y a veces deformamos lo que Dios nos susurra, porque preferimos variantes que se adecuan más a nuestras expectativas humanas y miopes. Otras veces, creemos que viene de Dios lo que nosotros mismos nos imaginamos porque nos conviene, o incluso lo que el demonio nos quiere meter en le cabeza. Así que no podemos estar seguros plenamente de que nuestra interpretación de la Escritura es correcta. El Misterio de la Cruz parece escandaloso para unos, necedad para otros, y al final, si nos fiamos de nuestras propias fuerzas para discernir lo que viene de Dios y lo que no, fácilmente acabamos engañados por el demonio. Pero, si aceptamos la guía de la Iglesia, nuestra Madre y Maestra, que nos ama y enseña porque así se lo ha encargado Cristo Dios, no nos equivocaremos y permaneceremos unidos, como en la metáfora de la vid y los sarmientos unidos a la vid.

Por tanto, podemos conocer lo que quiere decirnos el Señor en las Escrituras, si no nos salimos de la guía de la Iglesia. Muchos se desvían y acaban creyendo tonterías que no son más que producto de sus apetencias, o ideas del maligno, porque interpretan las Escrituras de forma contraria a la Tradición y Magisterio de la Iglesia.

El Magisterio de la Iglesia es, por así decirlo, su "doctrina oficial". El mejor compendio que podemos tener los cristianos de a pie, lo encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica, una obra que todo cristiano con capacidad para leer y entender un libro así, debería leer. Uno debe tener una formación doctrinal que esté a la altura de su formación en otras áreas de la vida; a menudo encontramos cristianos cultos en Historia, Arte, Ciencias, etc., que sin embargo tienen una formación doctrinal deficiente: serán cristianos cojos, prestos a desviaciones, dudas y mil debilidades.

Pero hay muchos cristianos sencillos, que no tienen capacidad para estudiarse el Catecismo. La doctrina oficial la reciben de su párroco... o la deberían recibir. Por eso es fundamental que los sacerdotes sean fieles a la doctrina de la Iglesia. En sus manos ha puesto Cristo la formación en la fe de sus fieles, y Cristo tiene palabras durísimas para el que enseñe mal una parte de su doctrina. Los fieles tenemos derecho a que se nos predique una fe coincidente totalmente con el Magisterio de la Iglesia.

Así que la clave primera para entender las Escrituras es interpretarlas con la fe de la Iglesia, de acuerdo siempre a sus enseñanzas, nunca en contra de su doctrina.

viernes, 19 de febrero de 2010

Guía para buscadores


 Cuando aún no tenía fe, hubo una pregunta clave en mi búsqueda de la verdad. Yo me decía a mí mismo que quería conocer la verdad, comprender lo que me rodeaba... La Iglesia me ponía ante los ojos la idea de Dios, y yo la rechazaba. Pero hubo un momento en que surgió en mi cabeza una pregunta importante:

- ¿De verdad quieres saber la verdad... sea cual sea?

Es más:

- ¿De verdad quieres saber la verdad... aunque sea que Dios existe?

Me daba cuenta de que la existencia de Dios podría traerme problemas. Si Dios existía, mi vida probablemente tendría que cambiar.

Y es más: la Iglesia ponía ante mis ojos a Cristo, Dios y Hombre, y me preguntaba:

- ¿De verdad quieres saber la verdad... aunque esta verdad fuera... Cristo?

Si Cristo era verdad, mi vida iba a tener que cambiar mucho. Si Cristo era Dios, Él fundó la Iglesia, y Dios me quería en ella. No era lógico pensar que Dios fundara la Iglesia por equivocación, o que Cristo-Dios vieniera a este mundo y permitiera que luego una panda de alucinados se inventasen la Iglesia y contasen una sarta de mentiras sobre Él, para quedar su enseñanza en el limbo de lo ignorado. Eso no tenía sentido.

Así que la pregunta insistía:

- Te dices a ti mismo que buscas la verdad, pero... ¿estás dispuesto a encajarla, sea cual sea? ¿Aunque la verdad fuera Cristo-Dios?

Mi respuesta no fue inmediata, me quedé un poco estupefacto, pero enseguida me respondí:

- Sí, estoy dispuesto a aceptarla, sea cual sea. Pero tampoco quiero engañarme. Si la verdad no es Dios, si la verdad no es Cristo, yo no quiero engañarme. Pero si Cristo fuese la verdad, si Dios existiera de verdad, yo querría saberlo, yo querría conocerle.

Creo que esa es una de las claves para encontrar la verdad: querer conocerla, sea cual sea.

Después de convertirme, supe que San Agustín había dicho que hay tres cosas acertadas para encontrarse con Dios:

1. Querer conocer la verdad, sea cual sea.

2. Poner toda nuestra capacidad (poca o mucha) en el intento.

3. Dejarse enseñar por los que conocen a Dios.

Esta última parece una trampa, pero no lo es. Es evidente que si yo quería saber si Dios era verdad o mentira, tenía que conocer qué era Dios. Si me hubiera quedado en el conocimiento de mi Primera Comunión, no estaría poniendo todo mi empeño. No podía rechazar la idea de la existencia de Dios sin conocer suficientemente en qué consistía.

Muchos rechazan a Dios sin querer siquiera conocerle, porque si acaso fuera verdad, sería una verdad incómoda para sus vidas. Es un miedo corto de miras, porque la verdad siempre te hace más libre, aunque acarree responsabilidad. Otros rechazan a Cristo-Dios porque creen conocerle, pero tienen una idea limitada y confundida de Dios, de Cristo y de su Iglesia, porque no ponen empeño alguno en el intento. Se conforman con cuatro "topicazos" que les sirven de excusa para rechazarlo, pero no tienen ni idea, los pobres, como yo no tenía ni idea de la verdadera doctrina católica hasta que leí el Catecismo. Pero algunos parece que prefieren seguir en su ignorancia. Por último, algunos emplean mucho empeño en conocer a Dios, a Cristo, pero quieren hacerlo todo por sí mismos, no son capaces de reconocer que necesitan ayuda de los que ya le conocen. No son capaces de escuchar a la Iglesia, a ver qué tiene que decir, para luego decidir por sí mismos si les convence o no. Y para escuchar a la Iglesia hay que conocer su doctrina auténtica, oficial.

En fin, esta creo que es la mejor guía para buscadores: no tener miedo de encontrarse con la verdad, sea cual sea. Quien la busca, la encuentra.

lunes, 15 de febrero de 2010

San Longinos (recreación de la lanzada)

Longinos fue el soldado romano que abrió con su lanza el costado de Cristo para comprobar su muerte.

Me imagino aquella escena de espantoso dolor. María, la Virgen, madre de Jesús, vio cómo le alzaban clavado en el madero, desnudo, con su Cuerpo inocente a merced de todos, mientras por su alrededor pasaban soldados con sus lanzas... Ella lo vería allí, con la misma inocencia que cuando siendo un bebé, le tomaba en sus brazos y le hacía muecas de cariño. Y ahora estaba ante ella, de nuevo desnudo, pero arrebatado de sus brazos de madre, con su pecho igual de puro e inocente, abierto a las ofensas, a que cualquier soldado en un descuido pudiera herirlo con su lanza... ¡Qué aparente contrasentido! Le estaban matando en un suplicio horrendo, su corazón de madre se resquebraajaba por dentro, y aún le cabía dolor para preocuparse, para tener el corazón en la boca cada vez que le pasaba cerca la lanza de un soldado, no fuera a herirle...

Entre gemidos y palabras de perdón -él no era capaz de otra cosa- pasaron tres terribles horas de suplicio. El horror aumentó cuando Pilatos ordenó que acabaran pronto, y con unos palos empezaron a golpear a los condenados para partirles las piernas, que se desplomaran y se asfixiaran al colgar ya sólo de los brazos. Jesús había muerto ya. Longinos quiso ahorrarle a su madre la crueldad de que le partieran brutalmente las piernas... Tenía en sus manos la lanza que había sido la compañera su vida militar. Él podía evitarle ese sufrimiento. Con decisión, abrió el costado de Cristo... ¡pero eso acabó de colmar el dolor de la Virgen! ¡No era eso lo que él había pretendido, todo lo contrario! ¡Cómo había sido tan insensible!...-se preguntó, espantado de sí mismo. "¿Qué acabo de hacer?" -pensó deconcertado, mientras volvía sus ojos hacia ella. Todo le daba vueltas... No había notado que la sangre y el agua que manaban del corazón de Jesús le estaban cayendo encima, como una lluvia que le empapó el cabello y le corrió por la frente, hasta llegarle a los ojos...

Saliendo del desconcierto, se encontró a sí mismo estupefacto. Volvió la cabeza y alzó la vista hasta el costado de Jesús. Ya apenas manaba la herida. Longinos no podía decir palabra... "aquella mujer... aquella pobre mujer..."

Cuando todo pasó, Longinos se dio cuenta de que estaba curado de una afección que tenía en la vista. Y empezó a ver claro, en todos los sentidos. Sólo pensaba en una cosa: encontrar a aquella pobre mujer y disculparse. Acabó encontrándola, junto a los discípulos de Jesús, y se fue con ellos.

Al cabo del tiempo, acabaron admitiéndole en la Iglesia. Fue un miembro conocido de la primera comunidad cristiana en Palestina. Luego fue a Roma. Allí predicó el Evangelio y murió mártir. Sus restos fueron enterrados con veneración en un pueblecito cerca de la gran urbe. El pueblo se llamó después -y se sigue llamando- "Lanciano", que significa "el Lancero".

Creo que este lancero (venerado como santo por la Iglesia) puede ser el modelo de muchos que hemos vuelto a Cristo después de abrir su corazón con nuestros pecados. San Longinos, ¡ayúdanos a ver la Verdad!

Mytos y Logos: el Mito verdadero




Cuadro de Cranach el Viejo que representa la Creación en su bondad querida por Dios, justo antes de la entrada del mal en ella a consecuencia del pecado original.





Generalmente, entendemos que "mito" y "verdad" son dos términos antagónicos. Sin embargo, no es necesariamente así. El lenguaje mítico puede proporcionarnos la imagen más acorde a la realidad.

El lenguaje mítico es necesario cuando nuestra capacidad intelectual no puede aprehender la realidad directamente. Platón usó el ejemplo de la caverna para explicar el entendimiento humano, y creo que puede servir también para ilustrar esto. Para Platón, el hombre vive como en una caverna, y sobre la pared de la caverna ve proyectadas sombras que son imágenes imperfectas de la realidad que hay fuera. El entendimiento humano no puede ver la realidad de fuera, pero puede conocerla imperfectamente por medio de las sombras.

Pues bien, el "mito verdadero" puede ser como una sombra perfeccionada, una imagen más cercana a la realidad que la propia sombra que arroja el objeto real. El mito puede ser una imagen más completa que la imagen que nos da la propia ciencia, que estudia directamente la sombra. El mito, como en el caso del Génesis, nos proporciona una imagen que nos explica la Naturaleza, mientras que la ciencia nos la describe lo más exactamente posible. Así, el mito y la ciencia no son antagónicos, sino complementarios.

Un ejemplo que nos puede ayudar a entender esto, es la comparación entre un retrato fotográfico y un buen cuadro. El retrato fotográfico es "científico", nos muestra la imagen tal como es proyectada por la luz en el objetivo. El cuadro es "mítico", no se ajusta milimétricamente a la realidad, es una imagen interpretada por un artista, pero a veces es capaz de darnos información que no sería capaz de darnos la fotografía. El cuadro es capaz de retratar algo más que ni directamente se ve. Por eso, si quiero conocer lo mejor posible la realidad, un buen cuadro y una buena fotografía no son antagónicos, sino complementarios. Es lo que pasa con la ciencia y el mito verdadero.

Otra característica del mito verdadero es que es válido para todos. Una persona sin conocimiento científico puede tener en el mito verdadero (por ejemplo en el relato de la Creación del Génesis) una respuesta a sus necesidades de saber por qué estamos aquí y qué nos ha pasado. La persona con conocimiento científico del Big-Bang, la génesis de estrellas y planetas, la evolución de las especies, etc., necesita también el mito para saber no sólo lo que pasó (eso nos lo dice la ciencia), sino por qué y para qué. La ciencia nos describe la Naturaleza y su lógica interna, pero no puede darnos esas respuestas. La ciencia nos muestra los árboles, pero el mito verdadero nos muestra el bosque.

Y ya se sabe que a veces los árboles no nos dejan ver el bosque... La tentación de quedarnos sólo con la ciencia nos cercena una vía de conocimiento necesaria para comprender la realidad, nos deja a solas con las sombras de la pared. Por otra parte, la tentación opuesta, el fundamentalismo, nos lleva a buscar en el mito respuestas que corresponden a la ciencia. Esto es un reduccionismo del mito, una concepción que nos lleva a no comprender su función. El mito verdadero no niega la imagen objetiva de la realidad: la trasciende, va más allá, como el cuadro.

Finalmente, otra aproximación equivocada al mito es entenderlo como un cuento. No, el mito es una imagen de la realidad, y para que surta su efecto sobre nuestro conocimiento debe ser reconocido como verdad, porque lo es. No se trata de un simple cuento, se trata de la imagen verdadera de una realidad que nos resulta no completamente accesible, por no decir misteriosa.


El mito puede compararse a un mensaje que recibe el hombre del fondo de la caverna. Un ser que vive fuera, que conoce la realidad, decide transmitirle al hombre de la cueva un mensaje que le pinta la realidad, mostrándole aspectos que apenas puede vislumbrar en la sombra proyectada sobre su pared. El mito verdadero supone un reto para este hombre, que se ve llamado a confiar en el mensajero, y siente en su alma la llamada a reconocer como verdad la imagen que se le presenta en el mito, sabiendo que el mito no es es sí la realidad misma, pero sí, quizá, la imagen más perfecta que su visión es capaz de recibir. Más perfecta incluso que la que le transmiten las sombras proyectadas en el fondo de la cueva. Pero en todo caso, con un lenguaje distinto que no supone antagonismo, sino complementariedad. Desde este punto de vista, Mytos y Logos no son opuestos, sinoque ambos nos ayudan a aproximarnos lo máximo posible a la realidad... hasta que un día podamos salir de la cueva y verla tal cual es.

sábado, 13 de febrero de 2010

Como científico, creo en Dios



Máquina para volar de Leonardo da Vinci. Leonardo usa una aproximación inductivo-deductiva, característica de la ciencia y técnica modernas. Eso supone reconocer que difícilmente encontrará por sí mismo la lógica interna del vuelo para diseñar una máquina original, así que copia a los que ya vuelan: los pájaros.



 No, no voy a decir que se llega a Dios como resultado de investigaciones científicas. Hay personas que creen que se llega a Dios por la ciencia, y otros que creen que la ciencia niega a Dios. Mi opinión personal es que unos y otros andan un poco despistados sobre Dios, sobre la ciencia, o sobre ambos. Sí es verdad que la contemplación del orden de la Naturaleza puede llevar a un científico a Dios (y ha llevado a algunos, como Einstein), pero eso es harina de otro costal: ni el Big Bang demuestra la Creación por Dios, ni la Teoría de la Evolución la niega.

Pero mi formación es profundamente técnico-científica. Como farmacéutico, me da igual que me cuenten las propiedades bioquímicas maravillosas de una substancia, su capacidad para interaccionar con el receptor MU del dolor, si luego se la das a los pacientes y les sigue doliendo igual. En cambio, prefiero no saber nada de una sustancia si se la das al paciente y le quita el dolor.

La ciencia se habría quedado en un conocimiento platónico si no hubiera tomado el atajo (buen atajo) del conocimiento inductivo. Hoy no tendnríamos el arsenal de fármacos que tenemos si nos hubiésemos esperado a conocer perfectamente las enfermedades a nivel molecular para diseñar medicamentos específicos para curarlas. En vez de eso, nos hemos dedicado a probar miles de sustancias, hasta dar con algunas que curan. Una vez que sabemos que curan, ya tenemos una solución, y entonces ya tenemos más facilidad para averiguar por qué curan y -entonces sí- diseñar otras que se les parezcan. Yo soy una persona formada en ese tipo de conocimiento inductivo, científico-técnico. Por otra parte, ése es el tipo de conocimiento (primero inductivo y luego deductivo) que ha hecho avanzar más la propia ciencia y que se conoce como razonamiento inductivo-deductivo. En el Renacimiento, apareció un ansia por conocer directamente la naturaleza, antes de comprenderla: conocer para luego comprender, no al revés, como en la Edad Media. Curiosamente, esto tiene mucha relación con la fe tal como la expresa San Agustín: "creo para comprender, y comprendo para creer mejor".

A ese tipo de conocimiento, partiendo del conocimiento diercto de lo concreto para luego poder comprenderlo, se debe la tremenda aceleración de la ciencia a partir del Renacimiento. No es que en la Edad Media no hubiera ciencia, es que quedaba ralentizada en la pureza del pensamiento deductivo, correctísimo, pero muy lento. La vida del hombre es muy corta, muchos problemas apremian solución, y hace falta despabilar. Esa búsqueda ansiosa de una verdad que se necesita es la razón de la aplicación prolífica del método inductivo-deductivo a la ciencia a partir del Renacimiento y del avance tremendo de la técnica y la historia natural, y luego de la ciencia, por ese orden. No olvidemos que primero, el hombre construyó barcos, y luego averiguó por qué flotaban. Intentarlo al revés habría supuesto una lentitud desesperante.

¡Uf...! Prometí brevedad y me he enrollado como una persiana, pero es que el tema es tan apasionante... Ya voy a tratar la aplicación de esto a mi conversión.

El caso es que yo, desde mi adolescencia, incluso desde antes, quería encontrar un sentido profundo a la existencia. Una vez, creo que en 1982, con 14 años, imaginé que en el año 2000, yo tendría 31 años, estaría casado, probablemente tendría hijos y habría encontrado una respuesta profunda a la vida que enseñarles a mis hijos. La busqué partiendo de cero a partir de los 17-19 años, época en que abandoné progresivamente la Iglesia, después de recibir una formación desviada de la doctrina católica por un sacerdote franciscano, que luego resultó más preocupado por satisfacer su libido que por llevar almas a Cristo. Así que, como dije, me enfrenté al problema de la existencia partiendo de mi propia capacidad de razonamiento. Así di mil vueltas, hasta que llegó el año 2000 y me encontré casado, probablemente pronto tendría hijos... y no tenía ni idea de para qué narices era la vida. Me acordé de lo que había pensado en 1982, y me di cuenta de que mi búsqueda había sido un total fracaso: había empezado de 0, y en 0 seguía.

Así que tenía prisa por buscar una solución, no podía seguir toda mi vida así. Cada vez me costaba más trabajo encontrar fuerzas para levantarme cada mañana; necesitaba saber para qué. El anhelo por la verdad me apremió. Me harté de la pureza del conocimiento deductivo, y me dije: aquí hay que usar el razonamiento inductivo, como en la ciencia: vamos a buscar a alguien que viva una vida con sentido, que ya luego habrá tiempo de averiguar el sentido de la vida a partir de lo que me enseñe esa persona. Prefiero arriesgarme a equivocarme, que mantenerme toda la vida en una perfecta nada: voy a abandonar el 0, y voy a partir de lo que otros hacen. Entonces, la verdad, me resultaba difícil encontrar referencias satisfactorias. Una persona que vi muy clara como referencia fue Teresa de Calcuta: yo me daba con un canto en los dientes si mi vida le llegaba a la suya a la suela del zapato. ¿Qué veía en ella? Autenticidad. Luego, mi padre me regaló una biografia de San Agustín, que me impactó y quise leer sus Confesiones... Confieso que no entendí nada, pero de nuevo encontré en él sinceridad; podía fiarme de él y sabía que, acertado o equivocado, no me engañaba. Otra referencia, menos comprensible si se quiere, más de sentimientos, la encontraba en Juan Pablo II. Yo no estaba entonces nada de acuerdo con muchas de las cosas que él defendía, pero me inspiraba un profundo respeto como de padre bueno, también encontraba en él esa autenticidad que anhelaba.

Así que, si Teresa de Calcuta y San Agustín eran para mí un modelo, y ellos eran cristianos, no podía desechar ese camino, tenía que conocerlo. Escribí a un amigo (fue uno de mis primeros e-mails): "he decidido aprovechar el polvo levantado por tantas personas antes que nosotros, e intentar caminar por la vereda que han ido dejando". Y cuando puse los pies en el Camino, encontré lo que yo era: peregrino.

En fin, así es como mi formación técnico-científica, amante del pensamiento inductivo-deductivo, me hizo acercarme a Cristo. Escribiendo esto, me he dado cuenta de que Cristo es la máxima expresión de ese tipo de conocimiento. Dios no quiso que vagáramos buscando respuestas, sino que le conociéramos partiendo de lo concreto: para eso se hizo Hombre y se nos dio en la realidad concreta de Jesucristo. Y yo me encontré con Jesucristo en su Iglesia (Teresa de Calcuta, San Agustín, Juan Pablo II). Porque, como dijo Juana de Arco, "Cristo y la Iglesia son Uno".

En fin, temo que no me he explicado demasiado bien, pero creo que lo principal sí lo he aclarado un poco.
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