sábado, 20 de febrero de 2010

Interpretar la Escritura (I) El Espíritu Santo.

 
Pentecostés: como Cristo anunció, 
el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia.

Jesús enseñó a sus discípulos con su palabra y con su vida. Ayudados por la gracia del Espíritu Santo, los cristianos celebraron, oraron y vivieron lo que habían aprendido de Él, "con un solo corazón y una sola alma". Algunos pusieron por escrito la vida de Cristo, otros relataron los primeros años de la evangelización, muchos se escribieron cartas entre sí. En las celebraciones de los tres primeros siglos, todo esto, junto con las oraciones y libros sagrados del pueblo hebreo, se leía en las celebraciones Eucarísticas. Cuando se propusieron reunir todos los libros y textos que consideraban inspirados por Dios, encontraron una unanimidad providencial, porque todos, desde una punta a la otra del Mediterráneo, leían las mismas cosas en la Misa. Así actúa el Espíritu Santo en la Iglesia.Y así se recopilaron todos los textos que todos consideraban inspirados por el Espíritu Santo, formando la Biblia, la Sagrada Escritura. La Sagrada Escritura es una de las vías por la que nos ha llegado lo que Dios ha querido enseñarnos. La otra vía, tan importante como la Escritura, es precisamente la Tradición de la Iglesia, la transmisión boca a boca de lo que se enseña, se vive y se celebra; la que sirvió, por ejemplo, para recopilar la propia Escritura. Por eso, si alguien reconoce como inspirada la Biblia, tiene que reconocer igualmente como inspirada la Tradición que la recopiló.

Ahora bien, cualquiera puede leer la Sagrada Escritura, que está toda ella inspirada por el Espíritu Santo de Dios, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, desde "En el principio creó Dios los cielos y la tierra", hasta "la gracia del Señor Jesucristo sea con todos. Amén". La Escritura ha hablado durante siglos a muchos, creyentes y ateos, devotos y pecadores. La Palabra de Dios nos habla al corazón cuando Él quiere y nosotros escuchamos. Pero no todos pueden interpretar correctamente la Palabra de Dios cuando se proponen hacerlo. Para interpretar correctamente la Escritura y la Tradición de la Iglesia, lo que Dios nos dice a través de ellas, es necesario hacerlo con el mismo Espíritu que las inspira, con el Espíritu Santo enviado por Dios a su Iglesia. Y, como dice el Concilio Vaticano II  (en Dei Verbum, 10), la interpretación auténtica de la Palabra de Dios corresponde al Magisterio de la Iglesia: al Papa y a los Obispos en comunión con él.

Así que ésta es una primera clave, la clave del Espíritu Santo. Es la más fácil, la que nos llega a todos, independientemente de nuestra formación teológica o nuestra vida espiritual. La Iglesia, que es Una con Cristo, nos interpreta las Escrituras, como hizo Jesús con los discípulos de Emaús. La propia Biblia nos dice que la Iglesia es "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3, 15).

Muchas personas, incluidos los hermanos protestantes, quieren interpretar las Escrituras sin tener en cuenta esto, y por eso se equivocan con facilidad, divergen entre ellos, y hacen cada uno su interpretación particular y distinta. En consecuencia, así los cristianos se dividen, porque cada uno cree que el Espíritu Santo le ilumina para dar una interpretación distinta a la Escritura. Pero el Espíritu Santo no puede dar interpretaciones distintas a unos y a otros, por lo que se deduce que esa pretensión de que cada uno puede interpretar la Revelación por su cuenta ayudado por el Espíritu, es contraria a la voluntad de Dios y lleva al error y a la división, y la división es fruto del que divide, el diablo (dia-bolos significa división).

El Espíritu Santo actúa en cada uno de nosotros y puede ayudarnos a interpretar la Escrituras, darnos luz sobre lo que Dios nos quiEre decir a través de ellas (o a través de los acontecimientos, o de los Sacramentos, o de las palabras de otra persona, etc.). Pero nosotros no somos puros e inmaculados, y a veces deformamos lo que Dios nos susurra, porque preferimos variantes que se adecuan más a nuestras expectativas humanas y miopes. Otras veces, creemos que viene de Dios lo que nosotros mismos nos imaginamos porque nos conviene, o incluso lo que el demonio nos quiere meter en le cabeza. Así que no podemos estar seguros plenamente de que nuestra interpretación de la Escritura es correcta. El Misterio de la Cruz parece escandaloso para unos, necedad para otros, y al final, si nos fiamos de nuestras propias fuerzas para discernir lo que viene de Dios y lo que no, fácilmente acabamos engañados por el demonio. Pero, si aceptamos la guía de la Iglesia, nuestra Madre y Maestra, que nos ama y enseña porque así se lo ha encargado Cristo Dios, no nos equivocaremos y permaneceremos unidos, como en la metáfora de la vid y los sarmientos unidos a la vid.

Por tanto, podemos conocer lo que quiere decirnos el Señor en las Escrituras, si no nos salimos de la guía de la Iglesia. Muchos se desvían y acaban creyendo tonterías que no son más que producto de sus apetencias, o ideas del maligno, porque interpretan las Escrituras de forma contraria a la Tradición y Magisterio de la Iglesia.

El Magisterio de la Iglesia es, por así decirlo, su "doctrina oficial". El mejor compendio que podemos tener los cristianos de a pie, lo encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica, una obra que todo cristiano con capacidad para leer y entender un libro así, debería leer. Uno debe tener una formación doctrinal que esté a la altura de su formación en otras áreas de la vida; a menudo encontramos cristianos cultos en Historia, Arte, Ciencias, etc., que sin embargo tienen una formación doctrinal deficiente: serán cristianos cojos, prestos a desviaciones, dudas y mil debilidades.

Pero hay muchos cristianos sencillos, que no tienen capacidad para estudiarse el Catecismo. La doctrina oficial la reciben de su párroco... o la deberían recibir. Por eso es fundamental que los sacerdotes sean fieles a la doctrina de la Iglesia. En sus manos ha puesto Cristo la formación en la fe de sus fieles, y Cristo tiene palabras durísimas para el que enseñe mal una parte de su doctrina. Los fieles tenemos derecho a que se nos predique una fe coincidente totalmente con el Magisterio de la Iglesia.

Así que la clave primera para entender las Escrituras es interpretarlas con la fe de la Iglesia, de acuerdo siempre a sus enseñanzas, nunca en contra de su doctrina.

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