sábado, 27 de febrero de 2010

Jesús entró en mi vida

Me pregunta un lector cómo entró Jesús en mi vida, y cómo sabía yo que era Él. Responder brevemente es muy difícil, porque cada persona y cada historia de conversión son un mundo, pero voy a intentarlo.

Yo había sido educado en una familia católica y, de pequeño, Dios era importante en mi vida. A los diecisiete años, cuando habría necesitado madurar en la fe, un mal sacerdote me desvió -a mí y a muchos- hacia una doctrina distinta de la católica, en la que Jesús no era Dios, sino un líder social que murió por enfrentarse a los poderosos; la Iglesia era una mera estructura de poder inventada por hombres, etc.

Por entonces, un amigo y yo hablábamos mucho del sentido de la vida, de encontrar la verdad sobre Dios. Acudíamos a un templo budista, leímos varios libros (Erich Fromm y Herman Hesse) que nos desviaron aún más del cristianismo... Un día, hablando del año 2000, pensé que, cuando llegara, yo tendría 31 años, que probablemente estaría casado y con hijos, y que podría enseñarles "el sentido de la vida", porque para entonces, yo habría encontrado el camino de la verdad.

Queriendo avanzar en la búsqueda de la verdad, como Cristo era una referencia humana para mí, leí detenidamente el Evangelio de San Juan. Comprobé que Jesús no se presentaba como un mero líder social, sino como un enviado directo de Dios; hacía milagros para demostrarlo, y poco a poco iba mostrándose a lo largo del Evangelio como Hijo de Dios y como Dios mismo. Así que la imagen que aquel mal sacerdote nos había dado de Jesús era falsa: o Jesús era Dios, o era el tipo más engreído de la historia de la Humanidad, porque hablaba atribuyéndose la autoridad de Dios; esto era algo evidente en el Evangelio.

Como yo ya no aceptaba que Jesús fuera Dios, me aparté completamente de la Iglesia, y me hice panteísta, es decir, pensaba que no había más Dios que el Universo, que el Cosmos. Pero como esa religión mía no me ayudaba nada, muy pronto me dejé caer en el consumismo que antes rechazaba; abandoné unas clases que daba a chicos con problemas en una barriada marginal y me dediqué a las juergas nocturnas; dejé de tomarme las cosas en serio y me aboné a una vida frívola... Así durante cinco años.

Un buen día, me cansé de eso -aunque no del todo-. Encontré a mi futura esposa y me casé. Acabé mi residencia como farmacéutico en un hospital y, como había una gran crisis económica, me quedé un año en paro, mientras vivíamos en Madrid. Finalmente, encontré un trabajo estupendo en el sitio donde nosotros queríamos: en Cádiz. Me habría ido a cualquier sitio a trabajar, pero el primer trabajo que surgió fue precisamente allí. Así que nos mudamos a una preciosa casa de alquiler, y luego compramos un piso a pie de playa, con una vista imponente. Quería mucho a mi mujer y lo tenía todo en la vida, hasta un barco de vela de mi padre que yo podía sacar a navegar cuando quisiera... ya estábamos buscando nuestro primer hijo...

Pero sentía un hastío terrible. Había alcanzado mis sueños y, sin embargo, nada me llenaba. No encontraba razones para levantarme cada mañana. Un día, hablando de esto con mi primo por la calle, se cruzaron unos testigos de Jehová o mormones, no sé. Le dije a mi primo que sentía una envidia tremenda de ellos, que, al menos, ellos tenían una explicación para la vida, no como yo, que vivía en un sinsentido absoluto. ¿Cómo podía tomar decisiones en mi vida, si no sabía cuál era su sentido, para qué vivía, con qué objetivo? Pronto podía venir al mundo mi primer hijo: ¿cómo le iba a educar, qué le iba a decir su padre, si su padre no tenía ni idea de para qué estamos aquí?

Tenía envidia de los testigos de Jehová, pero tampoco quería engañarme. Si Dios existía, yo quería saberlo, pero si no existía, no quería engañarme a mí mismo, prefería vivir sin sentido que calmar mi ansia con una falsa respuesta que me tranquilizara. Había aprendido a vivir sin otro sentido que "hacia adelante", aunque cada vez parecía que me costaba más...

Hacía ya años que no encontraba ningún libro que me interesara. Una vez soñé que estaba en la farmacia del hospital, pero era una biblioteca, llena de miles de libros magníficos, que tenía mucho interés por leer. Ahora comprendo que fue una premonición. Otro día fui a bucear, a pesar de que hacía mucho viento y no se veía nada. Tuve que salirme, fue algo un poco tonto y arriesgado. En la solitaria playa, me crucé con un vagabundo que me dijo: "El mar se traga a los que no le temen. A ti ya te ha tragado". Estas misteriosas palabras me causaron bastante impresión. Yo me había dejado llevar por la frivolidad y por la buena vida... y esa vida mundana me había tragado.

Mi mujer sí era creyente, aunque se había alejado de la Iglesia. De alguna forma, íntimamente, tenía yo el convencimiento de que su fe acabaría siendo más fuerte que mi increencia... En cualquier caso, es curioso, porque aunque formalmente yo me decía a mí mismo que no creía en Dios, en momentos importantes de mi vida, hablaba con Jesús. Cuando una vez sentí languidecer mi amor de novio, le pedí a Jesús que me diera el amor para amar a mi novia como se merecía, con un amor sincero y eterno... y me dio un amor "a prueba de bomba"; hubo clarísimamente un antes y un después de aquella petición. Ahora, al escribir esto, me he dado cuénta de dónde tuvo lugar: fue sentado en un banco, enfrente de la Iglesia de San Francisco, donde nos casaríamos algo más de un año después.

Pero bueno, esto eran destellos en medio de una vida de increencia. Yo anhelaba una vida con sentido, pero no encontraba el camino. Era como si, alguna vez, hubiera perdido el barco hacia mi verdadera vida. Necesitaba estar atento por si volvía a tener una segunda oportunidad...

Una noche, a las doce, antes de acostarnos, sentí como si Dios me avisara de que iba a tener ocasión de negarle, y me pedía solamente que no le negara; fue como si Él me lo dijera, pero con mi propia voz interior, no es fácil de explicar. A las cuatro de la madrugada, nos despertó el teléfono: la abuela de mi mujer se había muerto, tras varios meses en la cama de un hospital. A las ocho de la mañana, yo estaba en la Misa de funeral por ella, con mi mujer. No sólo no rechacé entrar a la ceremonia, sino que recé el "padrenuestro" lo mejor que supe, después de muchos años. Eso no significa que ya aceptase creer en Dios, fue sólo una impresión momentánea. Para mí, las explicaciones de todo esto podían ser muchas, claro, cualquiera sabía qué capacidades mentales o qué capacidad de engaño tenemos en nosotros mismos... Luego volví a mi increencia, pero, hablando con unos amigos -ella atea, y él, agnóstico-, les dije que me parecía más correcta la actitud de él, que, como agnóstico, ni negaba, ni afirmaba la existencia de Dios. Yo me apunté a eso, y para mí fue un paso adelante no negar la existencia de Dios, ni pensar, como antes pensaba, que no había más Dios que el Cosmos.

Unas navidades fuimos a Madrid a casa de mis padres. Almorzando, mi padre me contó que estaba leyendo la vida de San Agustín, un libro que se titulaba "Corazón Inquieto". Me dijo que Agustín era un chico que buscaba la verdad, que había llevado una vida rebelde, pero que buscaba un sentido a todo, y no se conformaba con lo que había ido encontrando; que había adoptado una filosofía o religión que llamaban "maniqueísmo", pero que tampoco se había sentido satisfecho con eso; y que finalmente se había convertido al cristianismo y había sido obispo y santo. Al oír esto, mi corazón dio un vuelco. Tuve que reprimirme para que no se me notara. Antes de volvernos a Cádiz, mi padre me regaló el libro. Fue su último regalo.

Cuatro meses después, mi padre yacía en la cama de una unidad de cuidados intensivos, moribundo tras una operación fallida de un tumor cerebral que le acababan de detectar. Antes de la operación, soñé con él. Entraba en camilla en el quirófano, sabiendo que quizá no saldría. Pero en su corazón había una gran paz: se entregaba por completo en las manos de Dios. Eso fue lo que soñé; luego, su confesor nos dijo a la familia que esa había sido justamente su actitud antes de la operación. La noche antes de la operación, leí las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, en un librito que había por casa de mis padres. Parece lúgubre hacer esa lectura antes de la operación, pero esa poesía me llenaba, me hacía contemplar un sentido de todo... seguramente, me mostraba algo más, algo de lo que yo carecía.

La mañana en que mi padre sufrió una hemorragia cerebral con daño irreversible, nos lo comunicaron a mi madre y a mí. Fue un golpe durísimo, porque parecía que ya había salido todo bien. Ella se deshizo y preguntaba: "¿qué voy a hacer yo ahora?" Yo me vi absolutamente impotente, pero a la vez sentí una fuerza tremenda que me impulsó a contestarle: "Dios te ayudará". Lo dije completamente convencido; en ese momento, sentí una certeza  que no venía de dentro de mí, pero que me daba la seguridad de que eso era verdad; no habría dicho algo tan importante si pensara que era falso. Fue como si el cielo se abriera, como si una nueva vida empezara para mí, como si por fin fuese realmente yo mismo. Mi padre murió a los tres días.

Pero tampoco entonces comencé a creer en Dios. De nuevo fue éste un episodio puntual, y luego volví a mi agnosticismo, aunque ahora estaba más comprometido a "investigar" por el camino cristiano. Cada vez tenía más interés por no "perderme" a Dios, si es que existía. En esto fue decisivo el libro de San Agustín, que me impresionó, y quise leer luego sus famosas "Confesiones", en las que él mismo cuenta su vida y su conversión. No entendí nada, pero me inspiró mucha confianza lo que leí, San Agustín me pareció una persona sincera, que contaba todo tal como él lo vivía, y además, era verdad lo que me había dicho mi padre: San Agustín no se conformaba con cualquier cosa. Y pensé que tal vez, al no creer en Jesucristo, me estaba perdiendo algo. Tenía que comprobarlo por mí mismo, no iba a seguir mirando hacia otro lado.

Mi madre me había dado la medalla de la Virgen del Carmen de mi padre. Yo no pensaba quitármela nunca, como ella misma me había pedido. Pero pocos días después, bañándome en la playa, una ola me revolcó y la perdí. Quizá hubo dos mensajes en eso: el primero, que no merecía llevarla; el segundo, que yo no era mi padre, y que, de alguna forma, tenía que encontrar mi propio camino.

Se acercaba el año 2000, tenía ya treinta años, y me acordé de lo que había pensado hacía muchos años: que para entonces, ya habría encontrado el camino de la verdad. Me di cuenta de que había fracasado. No sabía nada del sentido de la vida. Vi que por mí mismo no había llegado a nada, y no podía seguir así siempre. Decidí dejarme guiar por personas que habían encontrado un sentido a la vida, aunque manteniendo la prevención de no dejarme engañar, ni hacer nada con lo que yo mismo no estuviera convencido. San Agustín me pareció un buen guía, podía confiar en él. Escribí a un amigo de la infancia: "he decidido aprovechar el camino que otros han hecho". Si Jesús era Dios, si Él era la verdad, yo quería saberlo, tenía que comprobarlo.

Pero me quedé de nuevo empantanado. Quería llegar a una certeza absoluta sobre la existencia de Dios, antes de dar el paso de vivir contando con Él. Un buen amigo y su esposa acababan de convertirse, habían vuelto a ir a Misa los domingos y se iban a casar por la Iglesia. Él me dijo que por qué no iba yo también a Misa. Le confesé que me sentía muy atraído por Cristo, que había llegado a la conclusión de que era posible -sólo posible- que Él fuera verdad, que fuera Dios, pero que no quería tomar atajos, que tenía que alcanzar la certeza de que era así. El me dijo que podría pasarme toda la vida así y no llegar a esa certeza. Comprendí que era verdad. Podía pasarme toda la vida así, y entonces ocurriría que, aun siendo Jesús verdad, yo me lo perdería. "Tienes que dar el paso" -me dijo. Para mí, esa conversación fue crucial; no logré contener las lágrimas, quizá porque, en el fondo, estaban cayendo los muros que me apartaban de la verdad que yo anhelaba, que había anhelado desde hacía tantos años.

Podría decirle a Dios: "creo", y vivir contando con Él. Si yo no sabía si existía o no, ¿por qué vivir como si no existiera?, ¿por qué no vivir "como si existiera"? Claro, que podría engañarme, pero ya me parecía preferible engañarme arriesgándome hacia Él, que equivocarme por no querer arriesgarme. Era una cuestión de confianza: tenía que confiar en Dios, echarme en sus brazos. De todas formas, nadie me iba a obligar a nada que yo no quisiera...

Un día, salí solo en el barco de vela que me había dejado mi padre, el "Aldebarán". Hacía buen tiempo y poco viento. De repente a cuatro o cinco metros por encima del palo, vi un pájaro de mar, parecido a una pequeña gaviota, quizá un charrancillo. Justo ahí, le atacó otra ave grande y poderosa, de color gris oscuro, quizá un págalo, como un halcón de mar. El ataque hizo volar plumas; el charrancillo aleteaba desesperadamente en una dirección y otra, mientras la rapaz le atacaba una y otra vez, con una fuerza impresionante. Pero el charrancillo no dejaba de luchar por su vida y, cuando todo parecía ya perdido para él, el págalo se cansó y se fue, con un vuelo rectilíneo e impresionante, alcanzando gran velocidad sin mover un ala. La lucha por su propia supervivencia, le había dado al débil la victoria. Me identifiqué con aquel charrancillo y pensé que me gustaría ser un luchador como él....

Mi amigo me había prestado un CD de música polifónica, de Tomás Luis de Victoria. Lo escuché solo en casa. En un pasaje, la letra en latín narraba la Pasión de Cristo, y el coro estaba cantando sus últimas palabras en la cruz. Tras decir "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" -una frase que quince años antes había llenado mi mente de dudas hacia su divinidad-, Jesús había pronunciado estas últimas palabras que aquel coro bordaba a fuego en mi corazón: "Pater, in manos tuas commendo spiritum meum". Era aquella absoluta confianza final con que mi padre había entrado en el quirófano, y era el paso que yo mismo podía dar, esa era mi ocasión: me uní al coro, a mi padre y a Cristo, para decir con Él: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Seguí: "creo en Ti, ¡ayúdame a creer!, ¡recógeme!" Temía perder inmediatamente la fe si Dios no me ayudaba a mantenerla. Pero claro que me ayudó...

"¿Y ahora, qué hago?" -pensé. Pues recé el Padre nuestro, Ave María y Gloria, como hacía de niño por las noches, y mi corazón se llenaba en cada palabra; fue una experiencia mística tremenda en la que recuperé mi fe de la infancia, retomándola intacta y pura. Casi sin saber qué hacer, pero con el corazón ardiendo, llegué a echarme en la cama. Entonces fue como si viera el sol, los planetas, las galaxias, girando en sus órbitas perfectamente ordenadas por unas leyes dadas por Dios. Contemplé cómo todo en la naturaleza estaba ordenado por Él. Cuando se desvaneció la contemplación, fue como si hubiera visto claramente la huella de Dios en la Creación, y temí que aquello se me pudiera olvidar. Aunque la contemplación pasa y no se puede retener, no me he olvidado de la impresión que me causó lo que en aquel momento vi de forma clara e indudable. Era algo tan sencillo, que no me explicaba no haberlo visto antes: el Universo está ordenado porque hay un Creador que lo ha ordenado. Pero una cosa es entenderlo, otra asimilarlo, y otra contemplarlo, que es como verlo directamente.

A partir de entonces,  vino todo rodado. No es como cuando tienes sed y bebes agua, con lo que se te quita la sed. La fe es "tener la sed y el agua juntas" -como dijo Pemán-. Es un agua que te llena y que cada vez quieres más. Me leí docenas de libros, incluido el Catecismo y muchas más vidas de santos: encontré aquella "biblioteca" con la que había soñado, años antes, y pasé años devorando esos libros con una enorme avidez por conocer más y más de Cristo y su Iglesia; la Providencia me ponía en las manos lo que necesitaba para aprender. Volví por supuesto a Misa, y poco a poco, como pude y supe, me fui reintegrando a la práctica católica. Había aceptado a Jesús como Dios, y por tanto, tenía claro que Él me quería en la Iglesia, la Iglesia no podía ser una equivocación, ni podía haberse desviado; si no, no la habría fundado. Pero aún sentía mucha animadversión por la Iglesia, tenía muchos prejuicios, muchos tópicos me apartaban de ella. Una tarde, fui a una parroquia de Jerez a protestar por algo que me pareció indignante; me encontré con un viejo sacerdote moribundo que, aún al frente de su parroquia, me recibió con total amabilidad. Vi en él un tesoro que nunca antes había comprendido; estaba muriéndose, pero estaba más vivo que nadie que hubiera conocido. El asunto que tanto me indignaba tenía una explicación sencilla y maravillosa que enseguida comprendí y pasó a un segundo plano. De nuevo recibí una gracia, y fue la de contemplar el tesoro espiritual de la Iglesia en la persona de aquel viejo sacerdote con su pobre sotana negra. Yo había ido a esa parroquia a protestar, y volví en el coche, de noche y lloviendo, llorando a lágrima viva, de alegría ante la belleza de lo que acababa de descubrir, y prometiéndole a Dios que, en adelante, consagraría mi vida a mostrarles a los demás el tesoro escondido de la Iglesia.

Unos días más tarde, fijé los ojos providencialmente en una esquela del Diario de Cádiz: era la de aquel sacerdote, que había muerto esa misma semana.

Mi guía para en encuentro con Jesús había sido San Agustín, al que considero mi padre en la fe, igual que a mi amigo David, que me precedió y me ayudó, mi propio padre, mi madre, mi madrina, mi abuela, tantas personas que rezaban por mí... Pronto, mi mujer también venció sus prejuicios y volvió a ir a Misa. Íbamos ya los dos juntos, unidos a ese otro joven matrimonio de amigos que se habían convertido poco antes. Llegó la fiesta de nuestro aniversario de boda; era el 28 de Agosto: ¡San Agustín! Hasta entonces, no me había dado cuenta. Fuimos a celebrarlo, como después hemos hecho cada año, a la parroquia de San Agustín, en Cádiz.

Y hasta ahora, no han dejado de sucedernos "aventuras", aunque no exentas de algunos sinsabores. Lo que más duele es haber encontrado este tesoro y no poder compartirlo con todos, como repetía San Juan de la Cruz: "¡el Amor no es amado, el Amor no es amado...!" Pero sé que todo está en manos de Dios. Él sabe más.

Espero haber respondido un poco a la pregunta. Y ¿cómo sabía yo que era Jesucristo quien me llamaba? Creo que ya se ve en lo que he escrito que no lo sabía, es que me sentía atraído hacia Él. Esa atracción la sentía en mí, pero sólo después me he dado cuenta de que era Él mismo quien me estaba llamando. Yo ya tenía en mi alma su "figura", por el Bautismo que había recibido siendo un recién nacido, y por la fe que me habían enseñado de pequeño, pero esa atracción era nueva. Y no me encontré verdaderamente con Él hasta que no me arriesgué a confiar en Dios. Pero ¡cómo no confiar, con tantas llamadas y tantas bendiciones que me envió y luego me siguió enviando! ¡Cuántas personas se habrían convertido mucho antes...! Todo esto es un misterio, una gracia inmerecida, ¿por qué yo? ¿por qué a mí?...

Sólo cabe el agradecimiento, reconociendo que todo ha sido un regalo inmerecido.

¡Que Jesucristo sea alabado!

15 comentarios:

Pablo Martínez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Emilio Alegre dijo...

He eliminado este comentario equivocadamente y no he podido recuperarlo, aunque no lo eliminé permanentemente.

Decía textualmente, si mal no recuerdo: "Muy interesante tu comentario. ¿Decidiste creer en un dios porque te sentías solo?"

Contesto: No, realmente no me sentía solo, me sentía hastiado, como ya he comentado, pero eso no me hizo creer "en un dios", ni en Dios.

Además, ya había creído antes en "un dios", yo creía en el falso dios "Cosmos", como otros creen en dios dinero o en el dios fama, o en el dios "Yo". Creer en ese falso dios no me había servido para nada.

En primer lugar, fui convenciéndome de que creer en Dios no era algo contrario a la razón, era razonable. Y claramente me sentí atraído por Él. Creo que en el texto se explica mejor, pero siempre es difícil que otros te entiendan en vivenciastan personales. Ahora mismo no se me ocurre cómo explicarlo mejor.

The Dark Avenger dijo...

En ningún momento mas sido no-creyente.

Deja de engañarte, Emilio...

Emilio Alegre dijo...

No sé por qué dices eso. En primer lugar, el panteísmo ya fue una forma de increencia, peor que el agnosticismo. En segundo lugar, pasé al agnosticismo, que supone no afirmar ni negar la existencia de Dios.

Es más, durante mucho tiempo me dije que, para afirmar si creía en Dios o no, necesitaba que alguien me lo definiera, y como no admitía ninguna definición como buena, así eludía la pregunta.

Por otra parte, decía que, si no se demostraba la existencia de Dios, no tenía sentido creer en Él, ya que no podemos estar creyendo en todo lo que se nos ocurre que podría existir.

Por tanto, yo no era creyente, y ahora lo soy. Afortunadamente, he conocido a muchas otras personas como yo, cada uno con una historia distinta. Prácticamente, en nuestra generación, casi ninguno quedó siendo creyente, pues no nos trasmitieron muy bien la fe, y la presión del ambiente materialista y hedonista no pudimos soportarla. Y ahora estamos volviendo poco a poco muchos.

The Dark Avenger dijo...

El Panteísmo no es una increencia, Emilio. Es creencia, sólo que no es tan dogmática.

Que tienes en contra del hedonismo? De hecho debemops seguir lo apolíneo, siempre lo apolíneo...

Emilio Alegre dijo...

Dark Avenger: ¿comamos y bebamos que mañana moriremos? Si esa es la perspectiva, estoy de acuerdo con Mario Camus: la única pregunta filosófica es por qué no suicidarse. He vivido así, y esa vida no vale nada. El hedonismo te hace esclavo de tus apetencias. El que hace siempre lo que le apetece, acaba sin poder hacer lo que quiere, que eso es la verdadera libertad. Acaba incluso sin saber lo que quiere, porque es incapaz siquiera de planteárselo. El hedonismo es la esclavitud de las propias apetencias, que no dependen de uno.

Por otra parte, el panteísmo es verdad que es una creencia, pero es una creencia que niega a Dios. El panteísmo no requiere fe: consiste, sólo, en llamar "Dios" al Cosmos. Sobre esto he escrito algunas otras entradas, por ejemplo: http://longinos-opinionesdeunconverso.blogspot.com/2010/01/el-dios-verdadero.html

FBM dijo...

Tú envidiabas a los testigos de Jehová. Yo te envidio a tí.

Emilio Alegre dijo...

No sé por qué me envidias, FBM, pero creo que no tienes nada que envidiar, porque Jesús te ama personalmente hasta el extremo, y no te dejará solo. Y fuera de eso, no hay nada que envidiar que merezca la pena.

Muchas gracias por tu comentario y tu amabilidad.

Mento dijo...

Vengo del blog de Maria del Rayo. Tu testimonio me fascina, parecido a los testimonios de todos los que el Señor llama y nos resistimos sin saberlo con todas nuestras fuerzas a ver la verdad aunque la tenemos delante de nuestras narices. me ha alegrado conocer este blog. Y ver que no pocos somos los pobres aducidos por el ritmo de la vida y que Dios misericordioso no deja en nuestra ignorancia, sino que con persintencia y paciencia se mantiene a nuestro lado hasta que un dia al fin podemos verle realmente y disfrutar de su amor.
Un abrazo en Cristo.

Bruce dijo...

Bonito testimonio de conversión. Yo tengo fe, así que no te envidio por eso, pero te envidio por vivir en Cádiz y encima a pie de playa, quién pudiera!

De hecho hace poco que le pedí a Dios que si fuera posible trabajar y vivir en Cádiz otra vez, así sucediera como hace 15 años que ya lo hice en Chipiona.

Un saludo y que Dios te bendiga!

PD: También vengo del blog de María del Rayo y del de Mento.Me voy a poner como seguidor del tuyo.

Longinos dijo...

Muchas gracias, Mento, tú y yo sabemos hasta qué punto es real la parábola del hijo pródigo: cómo el Padre sale corriendo, se te echa al cuello, te llena de besos... ¡Gloria a Dios, me encanta conocer hermanos pródigos! Y los que no son "pródigos", también han recibido esa gracia preventivamente, la de no abandonar al Señor, ¡qué maravilla!

Bruce, si el Señor quiere, que te traiga, nos hacen falta buenos fichajes por aquí. Muchas bendiciones y muchas gracias (en todo su sentido).

Gran Visigoda dijo...

También yo vengo del blog de María del Rayo.
Según iba leyendo tu testimonio empece a adivinar el final... ese final en que tu mismo das la clave:
Fuiste desde primera hora escogido... Él te busco a ti primero...Él te llevó de la mano todo el tiempo...
Un saludo.

Longinos dijo...

Sí, es verdad, "Gran Visigoda".

Ahora, aun a riesgo de parecerte un poco antipático... qué poco me gusta a mí Gosvinda, qué mujer tan terrible y llena de odio... Fue una madre desnaturalizada, que movió a su marido a matar a su propio hijo, San Hermenegildo. Creo que no te mereces ese nombre, porque ella se aferró a sus creencias, que no tienen nada que ver con la fe en Cristo que tú has recibido.

Una mujer muchísimo más admirable me parece su nuera, que con su dulzura ganó a Hermenegildo para Cristo, y con él a España. Ésa sí que cambió la Historia, porque fue un verdadero instrumento de Cristo. No me cabe duda de que Recaredo se vio luego movido por el testimonio martirial de su hermano para abrazar la fe. Entonces fue cuando los visigodos asombraron al mundo, dando un Reino que fue la luz de toda la cristiandad.

Anónimo dijo...

Muchas gracias por tu testimonio. Sobre el Escapulario del Carmen, es un regalo de nuestra Madre de un valor que nunca llegaremos a comprender.
Un abrazo
Jero

octóvilo Mateos Matilla dijo...

Pues yo sí te agradezco que hayas accedido a dar este testimonio. Sin duda, por tu expresión sencilla y directa, se nota que es sincera. No has pasado en balde por la vida, siempre buscando, claro, llegaste a encontrar... A mí me dijo una monja de clausura, en una visita ocasional a un convento, cuando yo atravesaba uno de mis momentos difíciles: "sabes qué te digo, que tú estás buscando, y algún día encontrarás lo que buscas". Creo que acertó, aunque desde entonces haya tenido que pasar muchas, muchas pruebas. Tampoco me he sentido solo. Y esto creo que se debe, precisamente, como bien dices, a la fe que recibimos en nuestra familia. Mis padres, a los que no siempre traté con el respeto que merecían... hoy siguen siendo dos modelos extraordinarios.
Gracias por compartir este episodio trascendental de tu vida, aunque te cueste hablar de ti, como parece. Eso te honra y aún puede hacer un bien mayor.

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