sábado, 13 de febrero de 2010

Como científico, creo en Dios



Máquina para volar de Leonardo da Vinci. Leonardo usa una aproximación inductivo-deductiva, característica de la ciencia y técnica modernas. Eso supone reconocer que difícilmente encontrará por sí mismo la lógica interna del vuelo para diseñar una máquina original, así que copia a los que ya vuelan: los pájaros.



 No, no voy a decir que se llega a Dios como resultado de investigaciones científicas. Hay personas que creen que se llega a Dios por la ciencia, y otros que creen que la ciencia niega a Dios. Mi opinión personal es que unos y otros andan un poco despistados sobre Dios, sobre la ciencia, o sobre ambos. Sí es verdad que la contemplación del orden de la Naturaleza puede llevar a un científico a Dios (y ha llevado a algunos, como Einstein), pero eso es harina de otro costal: ni el Big Bang demuestra la Creación por Dios, ni la Teoría de la Evolución la niega.

Pero mi formación es profundamente técnico-científica. Como farmacéutico, me da igual que me cuenten las propiedades bioquímicas maravillosas de una substancia, su capacidad para interaccionar con el receptor MU del dolor, si luego se la das a los pacientes y les sigue doliendo igual. En cambio, prefiero no saber nada de una sustancia si se la das al paciente y le quita el dolor.

La ciencia se habría quedado en un conocimiento platónico si no hubiera tomado el atajo (buen atajo) del conocimiento inductivo. Hoy no tendnríamos el arsenal de fármacos que tenemos si nos hubiésemos esperado a conocer perfectamente las enfermedades a nivel molecular para diseñar medicamentos específicos para curarlas. En vez de eso, nos hemos dedicado a probar miles de sustancias, hasta dar con algunas que curan. Una vez que sabemos que curan, ya tenemos una solución, y entonces ya tenemos más facilidad para averiguar por qué curan y -entonces sí- diseñar otras que se les parezcan. Yo soy una persona formada en ese tipo de conocimiento inductivo, científico-técnico. Por otra parte, ése es el tipo de conocimiento (primero inductivo y luego deductivo) que ha hecho avanzar más la propia ciencia y que se conoce como razonamiento inductivo-deductivo. En el Renacimiento, apareció un ansia por conocer directamente la naturaleza, antes de comprenderla: conocer para luego comprender, no al revés, como en la Edad Media. Curiosamente, esto tiene mucha relación con la fe tal como la expresa San Agustín: "creo para comprender, y comprendo para creer mejor".

A ese tipo de conocimiento, partiendo del conocimiento diercto de lo concreto para luego poder comprenderlo, se debe la tremenda aceleración de la ciencia a partir del Renacimiento. No es que en la Edad Media no hubiera ciencia, es que quedaba ralentizada en la pureza del pensamiento deductivo, correctísimo, pero muy lento. La vida del hombre es muy corta, muchos problemas apremian solución, y hace falta despabilar. Esa búsqueda ansiosa de una verdad que se necesita es la razón de la aplicación prolífica del método inductivo-deductivo a la ciencia a partir del Renacimiento y del avance tremendo de la técnica y la historia natural, y luego de la ciencia, por ese orden. No olvidemos que primero, el hombre construyó barcos, y luego averiguó por qué flotaban. Intentarlo al revés habría supuesto una lentitud desesperante.

¡Uf...! Prometí brevedad y me he enrollado como una persiana, pero es que el tema es tan apasionante... Ya voy a tratar la aplicación de esto a mi conversión.

El caso es que yo, desde mi adolescencia, incluso desde antes, quería encontrar un sentido profundo a la existencia. Una vez, creo que en 1982, con 14 años, imaginé que en el año 2000, yo tendría 31 años, estaría casado, probablemente tendría hijos y habría encontrado una respuesta profunda a la vida que enseñarles a mis hijos. La busqué partiendo de cero a partir de los 17-19 años, época en que abandoné progresivamente la Iglesia, después de recibir una formación desviada de la doctrina católica por un sacerdote franciscano, que luego resultó más preocupado por satisfacer su libido que por llevar almas a Cristo. Así que, como dije, me enfrenté al problema de la existencia partiendo de mi propia capacidad de razonamiento. Así di mil vueltas, hasta que llegó el año 2000 y me encontré casado, probablemente pronto tendría hijos... y no tenía ni idea de para qué narices era la vida. Me acordé de lo que había pensado en 1982, y me di cuenta de que mi búsqueda había sido un total fracaso: había empezado de 0, y en 0 seguía.

Así que tenía prisa por buscar una solución, no podía seguir toda mi vida así. Cada vez me costaba más trabajo encontrar fuerzas para levantarme cada mañana; necesitaba saber para qué. El anhelo por la verdad me apremió. Me harté de la pureza del conocimiento deductivo, y me dije: aquí hay que usar el razonamiento inductivo, como en la ciencia: vamos a buscar a alguien que viva una vida con sentido, que ya luego habrá tiempo de averiguar el sentido de la vida a partir de lo que me enseñe esa persona. Prefiero arriesgarme a equivocarme, que mantenerme toda la vida en una perfecta nada: voy a abandonar el 0, y voy a partir de lo que otros hacen. Entonces, la verdad, me resultaba difícil encontrar referencias satisfactorias. Una persona que vi muy clara como referencia fue Teresa de Calcuta: yo me daba con un canto en los dientes si mi vida le llegaba a la suya a la suela del zapato. ¿Qué veía en ella? Autenticidad. Luego, mi padre me regaló una biografia de San Agustín, que me impactó y quise leer sus Confesiones... Confieso que no entendí nada, pero de nuevo encontré en él sinceridad; podía fiarme de él y sabía que, acertado o equivocado, no me engañaba. Otra referencia, menos comprensible si se quiere, más de sentimientos, la encontraba en Juan Pablo II. Yo no estaba entonces nada de acuerdo con muchas de las cosas que él defendía, pero me inspiraba un profundo respeto como de padre bueno, también encontraba en él esa autenticidad que anhelaba.

Así que, si Teresa de Calcuta y San Agustín eran para mí un modelo, y ellos eran cristianos, no podía desechar ese camino, tenía que conocerlo. Escribí a un amigo (fue uno de mis primeros e-mails): "he decidido aprovechar el polvo levantado por tantas personas antes que nosotros, e intentar caminar por la vereda que han ido dejando". Y cuando puse los pies en el Camino, encontré lo que yo era: peregrino.

En fin, así es como mi formación técnico-científica, amante del pensamiento inductivo-deductivo, me hizo acercarme a Cristo. Escribiendo esto, me he dado cuenta de que Cristo es la máxima expresión de ese tipo de conocimiento. Dios no quiso que vagáramos buscando respuestas, sino que le conociéramos partiendo de lo concreto: para eso se hizo Hombre y se nos dio en la realidad concreta de Jesucristo. Y yo me encontré con Jesucristo en su Iglesia (Teresa de Calcuta, San Agustín, Juan Pablo II). Porque, como dijo Juana de Arco, "Cristo y la Iglesia son Uno".

En fin, temo que no me he explicado demasiado bien, pero creo que lo principal sí lo he aclarado un poco.

No hay comentarios:

Se ha producido un error en este gadget.