lunes, 15 de febrero de 2010

San Longinos (recreación de la lanzada)

Longinos fue el soldado romano que abrió con su lanza el costado de Cristo para comprobar su muerte.

Me imagino aquella escena de espantoso dolor. María, la Virgen, madre de Jesús, vio cómo le alzaban clavado en el madero, desnudo, con su Cuerpo inocente a merced de todos, mientras por su alrededor pasaban soldados con sus lanzas... Ella lo vería allí, con la misma inocencia que cuando siendo un bebé, le tomaba en sus brazos y le hacía muecas de cariño. Y ahora estaba ante ella, de nuevo desnudo, pero arrebatado de sus brazos de madre, con su pecho igual de puro e inocente, abierto a las ofensas, a que cualquier soldado en un descuido pudiera herirlo con su lanza... ¡Qué aparente contrasentido! Le estaban matando en un suplicio horrendo, su corazón de madre se resquebraajaba por dentro, y aún le cabía dolor para preocuparse, para tener el corazón en la boca cada vez que le pasaba cerca la lanza de un soldado, no fuera a herirle...

Entre gemidos y palabras de perdón -él no era capaz de otra cosa- pasaron tres terribles horas de suplicio. El horror aumentó cuando Pilatos ordenó que acabaran pronto, y con unos palos empezaron a golpear a los condenados para partirles las piernas, que se desplomaran y se asfixiaran al colgar ya sólo de los brazos. Jesús había muerto ya. Longinos quiso ahorrarle a su madre la crueldad de que le partieran brutalmente las piernas... Tenía en sus manos la lanza que había sido la compañera su vida militar. Él podía evitarle ese sufrimiento. Con decisión, abrió el costado de Cristo... ¡pero eso acabó de colmar el dolor de la Virgen! ¡No era eso lo que él había pretendido, todo lo contrario! ¡Cómo había sido tan insensible!...-se preguntó, espantado de sí mismo. "¿Qué acabo de hacer?" -pensó deconcertado, mientras volvía sus ojos hacia ella. Todo le daba vueltas... No había notado que la sangre y el agua que manaban del corazón de Jesús le estaban cayendo encima, como una lluvia que le empapó el cabello y le corrió por la frente, hasta llegarle a los ojos...

Saliendo del desconcierto, se encontró a sí mismo estupefacto. Volvió la cabeza y alzó la vista hasta el costado de Jesús. Ya apenas manaba la herida. Longinos no podía decir palabra... "aquella mujer... aquella pobre mujer..."

Cuando todo pasó, Longinos se dio cuenta de que estaba curado de una afección que tenía en la vista. Y empezó a ver claro, en todos los sentidos. Sólo pensaba en una cosa: encontrar a aquella pobre mujer y disculparse. Acabó encontrándola, junto a los discípulos de Jesús, y se fue con ellos.

Al cabo del tiempo, acabaron admitiéndole en la Iglesia. Fue un miembro conocido de la primera comunidad cristiana en Palestina. Luego fue a Roma. Allí predicó el Evangelio y murió mártir. Sus restos fueron enterrados con veneración en un pueblecito cerca de la gran urbe. El pueblo se llamó después -y se sigue llamando- "Lanciano", que significa "el Lancero".

Creo que este lancero (venerado como santo por la Iglesia) puede ser el modelo de muchos que hemos vuelto a Cristo después de abrir su corazón con nuestros pecados. San Longinos, ¡ayúdanos a ver la Verdad!

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