martes, 30 de marzo de 2010

¿Qué se gana al aceptar la fe de la Iglesia?

El otro día, en un programa de radio de COPE Cádiz al que me invitaron, estuvimos hablando de la fe unos momentos. El presentador nos hizo una pregunta a la que contestamos de forma muy incompleta, por eso me he decidido a contestarla mejor aquí. Nos preguntó qué ganábamos los que teníamos fe. Yo contesté que lo que se ganaba era tener un sentido en la vida, o encontrar el sentido que tiene la vida. Eso es verdad, pero es muy incompleto, porque falta lo principal.

En realidad, lo que uno gana cuando tiene fe es a Dios. Por la fe de la Iglesia, uno se abre a comunicarse con esta Persona que es el origen y causa de todo, que es nuestro Creador y Salvador, y es esta Persona la que te cambia la vida. Si te cambia la vida conocer a tu esposa o esposo, o tener un hijo, y te la llena de alegría precisamente por eso mismo, porque son personas que te llenan la vida, mucho más te la cambia conocer a esa Persona que es Dios, que te llena la vida en un sentido muchísimo más radical, porque te ayuda y porque empieza una relación de amor con Él, que es el "Amigo que nunca falla".

Claro, esta contestación puede sonarle lejana a quien no tiene fe, pero pienso que no por eso hay que ocultarla o irse a cuestiones secundarias. Creo que la verdad tiene un poder en sí misma, y que toda persona tiene dentro de sí la capacidad de reconocerla, aunque esa capacidad esté tapada por miles de razonamientos equivocados, miedos, rechazos, prejuicios, etc. Por eso he querido contarlo aquí tal como es.

Por otra parte, los no creyentes se preguntarán qué querrá decir eso de tener contacto con esa Persona. ¿Cómo podemos tener contacto con Dios? ¿Acaso puede respondernos, contestar a nuestros problemas, etc.? ¿Cómo podemos comunicarnos con Dios, si Él no nos habla? ¿Acaso llamamos "comunicación" a un simple monólogo, en el que nosotros hablamos, pedimos, preguntamos... y Él da la callada por respuesta?

Pues precisamente, esa comunicación con Dios es la mística. Todos los cristianos somos místicos, todos mantenemos esa comunicación de ida y vuelta con Dios. Lo penoso es cuando el cristianismo se convierte en mera ideología o cultura, y se vive un cristianismo de "cumplimiento", en el que ni siquiera se busca ya esa comunicación, se actúa por inercia. Pero eso no es tan frecuente como parece desde fuera, porque muchas personas disimulan su relación con Dios. El problema es que, como la mística parece cosa de locos en plena modernidad o post-modernidad, muchos cristianos han sentido vergüenza de hablar de su comunicación con Dios, y desde fuera parece que su cristianismo es puro cumplimiento, cuando no lo es. Ellos hablan con Dios y reciben su comunicación de vuelta, pero no se lo dicen a nadie, ni siquiera a sus más allegados, y disimulan su relación íntima con Dios. Este fenómeno es parte de los que se ha llamado "secularización", y creo que es el principal culpable de que la transmisión de la fe haya sido tan pobre y tan mala.

Por eso, a aquel presentador de la radio le contestamos de forma tan pobre, diciéndole que lo que ganábamos era el sentido de la vida: porque, en público, quizá nos daba un poco de vergüenza -acaso ni siquiera nos lo planteábamos, como cosa de locos que nos parece- decir que lo que en realidad ganamos gracias a la fe es conocer a Dios y convivir con Él, y que eso es precisamente lo que nos cambia la vida y nos hace contemplar un sentido en todo, en lo bueno y en lo malo, nos llena de alegría y nos da esperanza de felicidad y vida eterna.

Y ¿cómo nos responde Dios? Bueno, en realidad, lo primero que hay que decir es que el primero que habla es Él. Nosotros respondemos a su llamada en nuestro corazón. Dios nos habla de muchas formas, y todo eso es la mística. A cada uno le habla de formas distintas, y cambia de forma de hacerlo en cada momento. Él puede hablarnos directamente con palabras que oímos como quien oye a una persona, pero lógicamente eso sucede poco, que yo sepa. A mí me sucedió una vez. Otras veces, recibimos su comunicación a través de mociones interiores; Él nos hace sensibles a cosas que antes nos pasaban desapercibidas. Pueden ser realidades del mundo, o realidades espirituales, etc. A veces nos damos cuenta de que algo que hacemos no está bien, o que estaría bien hacer esto otro... La variedad de formas en que Dios nos habla es tanta, que es difícil nombrarlas todas así, de forma abstracta. Él también nos habla a través de los acontecimientos, y a través de otras personas, y entonces nos da también la capacidad de darnos cuenta de que es Él quien nos habla. A veces, eso no se produce de inmediato, y nos damos cuenta luego de que una intervención de alguien o un acontecimiento de nuestra vida estuvieron movidos por la Providencia de Dios. Precisamente, llamamos Providencia a esa actuación y comunicación de Dios con nosotros a través de los hechos y personas que nos encontramos cada día... A veces, también, nos habla con símbolos personales, cosas que para otros no significan nada o muy poco, pero que para nosotros son importantes y nos hacen ver su acción en nuestra vida.

Muchas veces oramos a Dios y luego vemos cómo en nuestro corazón y en nuestra vida, sin que nos haya respondido con palabras, obtenemos respuesta a las preguntas y peticiones que le hacemos. Unas veces, la respuesta es más directamente espiritual, la notamos de forma más sensible en nuestro corazón, tanto que a veces es irresistible la claridad y belleza de lo que nos comunica y eso nos hace llorar de emoción. Pero muchas otras veces, nos va cambiando interiormente de forma casi imperceptible. Y muchas veces nos dice cosas que no hemos preguntado y que ni nos imaginábamos. Nosotros le pedíamos que nos abriera una puerta, y Él nos la cierra y abre otra... Otras veces, nos sorprende de forma completamente inesperada... Y aún hay otras en que nos rompe imágenes falsas y prejuicios inconscientes que teníamos sobre Él y sobre su Iglesia. Es, a todos los efectos, el encuentro con una Persona viva y activa, que es nuestro Creador y Salvador, el mejor consejero y amigo que podemos tener, nuestro Padre y Señor, que nos ama con locura, hasta el extremo de que ha querido venir al mundo, hacerse hombre, sufrir lo que nosotros sufrimos y hasta morir en una cruz por nosotros.

Y por supuesto, una de las formas por las que nos habla -la más impopular hoy en día, pero cierta- es a través de la Iglesia, a través de los sacramentos, a través de su doctrina, a través de la Tradición que recibimos por medio de ella, a través de la Palabra de Dios que la Iglesia nos presenta en la Sagrada Escritura, la Biblia compilada por la Tradición de la Iglesia. Para eso fundó Dios la Iglesia, y es dentro de ella donde mejor se comunica con nosotros.

Decir que Dios se comunica con nosotros es decir poco, porque no es ya que Dios nos hable, es aún más: Dios se nos da por completo, Dios se nos entrega. Parece que Dios no sabe hacer llegar palabras solamente a nuestro corazón, quiere darse Él, quiere hacerse presente en nuestro corazón, habitarlo, ayudarnos a transformarlo, si le dejamos y colaboramos con Él. Esto es lo que llamamos con una palabra misteriosa, porque misteriosa es esa realidad y difícil de explicar: se llama "gracia". cuando decimos que por medio de los sacramentos recibimos su gracia, nos referimos a que Él mismo actúa haciéndose presente en nuestro corazón, porque nosotros le hemos abierto la puerta y le hemos pedido que entre y nos ayude. Hasta le ha parecido poco una unión espiritual, y como somos alma y cuerpo, ha querido dársenos en cuerpo y alma, a través de la Eucaristía.

Pero no voy a irme sólo a las alturas de la máxima unión con Dios, porque Dios también habla a los que ni siquiera creen en Él, a los que le rechazan, a los que ni quieren oír hablar de que existe. Lo que pasa es que, el que no cree en Dios, no reconoce que es Él quien le está hablando. Dios no entra en el corazón de quien no quiere, pero sí actúa en él de alguna forma, respetando siempre su libertad. Por ejemplo, Dios nos puede hacer sentir hastío hacia cosas que nosotros amamos pero que nos alejan de Él: ese hastío ya es una acción de Dios. También lo es la conciencia íntima, que nos empuja a hacer el bien y rechazar el mal. Muchas personas se sienten llamadas a hacer el bien sin saber que es Dios quien les empuja a ello, y que, en última instancia, les conducirá hasta Él si siguen ese camino. En realidad, todo anhelo de búsqueda de la verdad, el bien y la belleza, en cualquier tema de que se trate, es una llamada de Dios. Hasta el incrédulo que no cree en un milagro y que lo estudia esperando poder rechazarlo con argumentos, si lo hace con honradez y veracidad, responde a una llamada de Dios, y puede que ésa sea la vía por la que Dios le llama. Por eso pienso también que, ese aprecio por la belleza que muchas personas alejadas de Dios sienten hacia las procesiones de Semana Santa, son respuesta a una llamada de Dios, que mediante ese anhelo por lo bello les está llamando a un encuentro más profundo con Él.
 
En fin, hablar de todo esto daría para muchísimo, porque no hay tema con más riqueza y diversidad que éste. Casi todo el arte realmente digno de ese nombre es, en una forma u otra, un relato místico, una plasmación de la búsqueda y el encuentro de Dios con el ser humano. Sé que todo esto lo he planteado de forma muy desordenada, y espero que no demasiado confusa. Lo principal, lo que sí quiero dejar claro, es que lo que ganamos con la fe, verdaderamente, es a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Es que la fe es eso...! Por eso me gusta y repito tanto esa frase de San Agustín que dice: "el hombre no se conforma con menos que con Dios", y esta otra: "nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti".

Y claro -perdonadme ahora los no creyentes que hable para los creyentes-, si le estamos ocultando al "comprador"del "producto" su verdadera "ventaja", ¿cómo queremos que nos lo compre? Es decir, si a los no creyentes -¡incluso a nuestros hijos, cónyuges y amigos...!- les ocultamos nuestro propio encuentro con la Persona de Dios, y hasta disimulamos para que parezca que no lo tenemos, y les transmitimos el "cristianismo" como si fuera una ideología, un mero conjunto de razonamientos y formas de ver la vida, ¿cómo queremos que se interesen por Él? ¡La secularización nos ha vuelto idiotas, y no nos damos cuenta!

En fin, creo que le tengo que estar muy agradecido a ese presentador de radio, mi amigo Antonio, por esa pregunta suya: vino de Dios, y me ha hecho reflexionar sobre la experiencia mística y sobre nuestro silencio sobre ella. Casi siempre, la clave para dar con la verdad es precisamente hacer buenas preguntas. En ciencia, se dice una frase que me gusta mucho: "el 99% del avance de la ciencia consiste en hacer la pregunta correcta". Esto sirve no sólo para la ciencia, sino para todo. Dios actúa a veces también así: haciéndonos preguntas. Es una manía que tiene...

sábado, 27 de marzo de 2010

¿Cómo puede depender la salvación de la fe?

 Constelación de Orión, "el Guerrero"
Quizá esté ahí para recordarnos para qué estamos nosotros aquí

Voy a tratar de responder a esta pregunta desde la experiencia personal, porque creo que lo que me pasó a mí es reflejo de lo que les pasa a muchos de nuestros contemporáneos.

Hay muchas personas que no creen en Cristo, que permanecen en la incredulidad. Contemplando lo que les pasa, puede parecer incomprensible que Dios les exija la fe, creer en una historia tan increíble para una persona que se mueve en la sociedad de hoy. Y sin embargo, el primero y el más importante mandamiento de la ley de Dios, según el propio Jesucristo, es el amor a Dios:


"Maestro: ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Él le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente". (Mateo 22, 36-37).

No pretendo con esto decir que todo el que, habiéndosele anunciado a Cristo, no crea, se va a condenar. Eso sólo Dios lo sabe de cada uno; sólo Él puede saber qué dificultades interiores tiene para creer, hasta qué punto le ha llegado o no el verdadero mensaje de Jesucristo, hasta qué punto ha sido engañado, si de verdad le rechaza a Él o rechaza la imagen deformada que ha recibido o malentendido, etc. Pero sí es verdad que la fe, es más, el amor a Dios, es algo necesario para acoger la salvación que recibimos por Jesucristo.

¿Cómo puede ser necesaria la fe en algo tan "difícil" de creer? Para responder a esto, más bien tendríamos que enfocar el problema de otra forma: ¿Por qué, a tantas personas, Cristo no les atrae interiormente? ¿Es que no les llama? ¿Es que se ha olvidado de ellos? No, por supuesto. Dios, Cristo, nos llama a todos, de una forma u otra que sólo Él sabe. Los bautizados, además, le hemos recibido ya, y Él no va a abandonarnos. Lo que ocurre es que no le escuchamos. Si le escucháramos, muchas dificultades aparentes serían vencidas con facilidad.


Creo que hay dos razones por las que hoy en día muchas personas no
escuchan a Jesucristo cuanso les llama. Todos tenemos dentro la llamada de la Verdad, que también es la llamada de Cristo, porque Cristo es la Verdad. Todos queremos saber para qué vivimos, por qué, para qué estamos aquí. Pero unos se cansan de buscar y se conforman con pensar que es imposible conocer la Verdad, y otros encuentran falsas "verdades" con las que calman sus ansias, y se quedan empantanados en ellas, autoconvenciéndose a duras penas de que ya han llegado.

Esto último es lo que les pasa a los que, -como a mí me pasó un tiempo-, caen en una falsa espiritualidad "cósmica", gnóstica, creyendo que no hay más Dios que el universo, abonándose a una especie de panteísmo "New Age". Así, todas las gracias que Dios les da, no las atribuyen al Dios creador que les ama y les busca, sino que se imaginan que son fruto de esa falsa trascendencia "cósmica". Es ésta una falsa religión; porque "religión", que viene de "re-ligare", que significa "re-unir", implica unión de la persona con Dios, y esa falsa religión no les une con Dios, sino que les separa de Él. Por eso, ya expliqué en otra entrada que estaba más cerca de Dios cuando me hice agnóstico que cuando era panteísta y pensaba que no había más Dios que el "cosmos". La falsa espiritualidad "New Age" no es una creencia inocua, es una vía muerta espiritual; es una idolatría muy dañina, que desperdicia las gracias recibidas de Dios:

"Porque dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua". (Jeremías 2,13).

... Y estas personas sufren, porque no se explican por dónde se les escapa el agua. Quieren creer que han encontrado la verdad, y se autoimponen ser felices y positivos, pero no llegan a estar saciados y sufren por ello, sin explicarse qué les pasa,echando una y otra vez miserables gotas de superstición en sus cisternas agrietadas.
Además, los que creen en este falso "dios-cosmos" piensan incluso que esa creencia engloba todas las religiones, que en el fondo, el cristianismo, el judaísmo y el islam son formas primitivas de acercarse a ese dios-cosmos, y que ellos están cercanos al supremo conocimiento, un conocimiento "no dogmático" -dicen-, totalmente "positivo", en el que "todo fluye". Lo sé bien porque era lo que yo creía. Y hasta algunos creen en Jesucristo, pero no en el auténtico Dios vivo bajado del Cielo, sino en que no era más que una persona que entró muy en contacto con ese "dios-cosmos", y que lo que significa que Jesús es Dios es simplemente que estuvo completamente unido a esa corriente de "energía unirversal". Pero es una pura patraña. Cristo existía antes de que el universo existiera, Él lo hizo, y vino en un momento histórico, haciéndose hombre, para dar su vida y mostrar su amor por nosotros, salvándonos del pecado y de la muerte. El encuentro personal con Cristo resucitado es el cristianismo, y es algo diametralmente opuesto a esos cuentos chinos de energías cósmicas y demás chorradas, propias de gente sin respeto por la verdad. Hablo no sólo por conocimiento, sino por experiencia propia. Los judíos, musulmanes y cristianos creemos en el mismo y verdadero Dios que nos ha creado, aunque judíos y musulmanes lo conozcan de forma imperfecta, sin llegar a recibir la auténtica revelación del amor que Dios nos tiene, que Jesús nos ha mostrado en la Cruz.

El segundo error que comentaba es parecido a éste. Es el de los que se cansan de luchar por la verdad y se dedican a una vida relajada. Muchos se engañan pensando que el hombre no es capaz de conocer la verdad y se abonan al lema "comamos y bebamos, que mañana moriremos" (Isaías 2, 13). Así, dejan de buscar la verdad, dejan de buscar el sentido de la vida, e idolatran el placer y el bienestar, el "carpe diem", disfrutar de cada momento sin más preocupaciones. Se conforman con poco y rechazan la lucha que es la vida del hombre sobre la tierra: "militia est vita hominis super terram" (Job 7, 1).

"Me parece que nunca he buscado más que la verdad"

(Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia)


A la izquierda, Teresa, representando a su admirada Santa Juana de Arco, en la obra que ella misma escribió.


Tanto en un caso como en otro, lo que ha pasado con esa persona es que se ha cansado o ha dejado de luchar por la verdad. Tanto en un caso como en otro, cae en una de las mayores desviaciones contemporáneas: el ser humano no se da cuenta de lo que vale, de que es el señor de la Creación, la única criatura sobre la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, salvada por Jesucristo, Dios y Hombre, al precio de su propia sangre. El pecado de tales personas no es simplemente que no crean, es que se autoincapacitan para creer, porque han dejado de escuchar la llamada de Dios, han ahogado el ansia que mueve a su alma hacia el encuentro con el Dios Vivo, que le busca. Si no hicieran esto, todas las dificultades para creer se disiparían como la niebla ante la llamada de Cristo, ante su Luz iluminando sus vidas.

Vuestra fortaleza ha de emanar del gran poder del Señor, que está en vosotros. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis resistir con firmeza las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra seres de carne y hueso, sino contra potestades y autoridades, contra los que gobiernan las tinieblas de este mundo y también contra los espíritus malignos que habitan regiones celestiales. Revestíos de la armadura completa de Dios, para que podáis resistir los ataques enemigos en el día malo; así, cuando la batalla termine, vosotros seguiréis en pie. Permaneced firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, vestidos con la coraza de la rectitud y calzados y aprestados vuestros pies con el evangelio de la paz. Embrazad, sobre todo, el escudo de la fe, para que en él podáis apagar todas las flechas ardientes del maligno. Cubríos la cabeza con el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. (Efesios 6, 10-17).

"No creo en pacifistas que no están en guerra consigo mismos" (San Josemaría Escrivá)

Una tercera vía de escape a la escucha de Cristo es el ateísmo, pero bastante minoritaria. El ateísmo es un rechazo consciente a la llamada de Dios. Viendo la militancia de muchos ateos, resulta evidente que Dios les interpela, pero se empeñan en luchar contra él. Es como si no necesitaran más verdad que negar la existencia de Dios. Y sin embargo, creo que deberían preguntarse que si Dios no existe, ¿cuál es entonces el sentido de todo? En el fondo, creo que muchos acaban negando su propia capacidad para conocer ese sentido, pero sí creen saber una cosa: que la existencia y el amor de Dios es una idea falsa y que hace mucho daño. En el fondo, como los anteriores, también están renegando de su propia grandeza como seres humanos capaces de conocer y amar la Verdad, y abandonando la responsabilidad que eso implica de buscar la verdad y seguirla. Hablando con ellos, muchas veces me he encontrado con que para ellos parece que todo vale, con tal de negar a Dios, a Cristo y a su Iglesia; su respeto por la verdad deja muchísimo que desear. Y la falta de respeto por la verdad es lo que más aparta de Dios, que es la Verdad.


Hay además un denominador común a todas estas desviaciones: el rechazo del pecado como realidad universal que afecta y amenaza al hombre. Por eso, lo que está pasando es propio de una sociedad desarrollada, rica, donde creemos que todo debe ser "de color de rosa", donde no contemplamos el sufrimiento como parte de la vida. No se acepta la propia responsabilidad, no se acepta la realidad de que el hombre está afectado por el pecado y tiene que curarse. Para unos, "todo fluye, no hay pecado, sólo estados de conocimiento imperfecto, no hay verdadera responsabilidad personal" (patraña New Age). Para otros, nada tiene sentido, así que el único sentido de todo es el que cada uno quiera darle. Por supuesto, sí, hay que ser coherentes y seguir la propia conciencia, -piensan-. Pero eso es tan débil y subjetivo que fácilmente se acaba aceptando el crimen cuando conviene, y ahí tenemos la fétida realidad del aborto para demostrarlo. En el fondo, es que se está dispuesto a aceptar cualquier cosa, excepto lo que implique sacrificio, lucha, reconocimiento de responsabilidad, compromiso. Hay una guerra y Jesús nos llama a la batalla, pero a veces preferimos seguir en nuestro bienestar, negando la existencia de la guerra... Sin embargo, cuando aceptas su llamada, decubres que has nacido para ser guerrero, no para perder el tiempo con frivolidades y engaños.

El hombre no se conforma con menos que con Dios (San Agustín)

No quiero condenar a nadie, pero sí decir que Dios nos da la capacidad de conocerle, y que muchos no le conocen porque no quieren, como no quería yo durante una etapa de mi vida. Es importante tener respeto por la verdad, no dejar de buscarla, luchar por ella, y no conformarse con una vida sin sentido, indigna de la grandeza del ser humano. El respeto y búsquedad de la verdad es ya una correspondencia del ser humano a la llamada de Cristo, aunque aún se encuentre aparentemente lejos de Él.

Estamos llamados a compartir la gloria de Dios, nada menos. La clave para encontarse con Dios es no conformarse con menos; porque conformarse con menos es indigno de nosotros. Pero eso implica lucha y compromiso, aceptar una cruz que, sin embargo, es muchísimo más llevadera y productiva que el hastío de una vida sin sentido, o que la frustración de una vida volcada en supersticiones estériles.

  Cristo con el abba (padre) Menas. Icono copto (cristiano egipcio) del siglo VI-VII. 
Obsérvese cómo Cristo, el Dios vivo, pasa su brazo por el hombro de su amigo. 
Por ese gesto de confianza, a éste se le ha llamado "el icono de la amistad".

jueves, 25 de marzo de 2010

Abusos sexuales a niños y adolescentes

Juan Pablo II y Joseph Ratzinger, cuando aún era cardenal, 
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. 

Me parece que la actitud del Papa en este terrible drama está siendo adecuada. En la carta que ha dirigido a los irlandeses, se ha mostrado exigente, pidiendo que nunca se oculte la verdad y que se proceda con todo el rigor, tanto civil como eclesiástico, contra los culpables.

El motivo que me ha animado a escribir esto es denunciar también dos noticias falsas que están lanzándose contra la Iglesia. El lunes pasado se dijo que el Papa, en relación con este tema, había recordado las palabras de Jesús: "quien esté libre de pecado que tire la primera piedra". Es falso. El Papa, el lunes, comentó el Evangelio que tocaba ese día, y no habló para nada de los casos de abusos. El Evangelio que tocaba ese día era el de la mujer adúltera, y eso es lo que dice Jesús en ese Evangelio. Televisión Española ha manipulado la noticia para hacer parecer que el Papa justificaba a los corruptores de menores, lo cual es falso.

La segunda noticia falsa es la que habla sobre el caso Murphy de Milwaukee, sacerdote que se estima que abusó de más de 200 niños sordos. El caso lo publica el New York Times y se hacen eco muchos medios de comunicación: hoy lo he oído en SER radio, aderezado con la imaginación que suelen. La noticia dice que este sacerdote abusador fue trasladado a otro sitio y no se dijo nada, hasta que murió 20 años después, en 1998, y que el Cardenal Ratzinger fue informado como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y no hizo nada, alegando que el indigno sacerdote estaba enfermo. Se omite así una información clave: sí, el cardenal Raztinger fue informado, pero no en los años 70, sino a finales de los años 90, cuando el P. Murphy estaba enfermo y moriría poco después. En los 70, se llevó a cabo una investigación policial y el caso fue sobreseído. Cuando en los 90 se informó al cardenal Ratzinger, se hizo en relación con las penas eclesiásticas que debían ser aplicadas, porque este mal sacerdote además profanaba el sacramento de la Confesión para realizar sus crímenes, motivo por el que además del propio Obispo de Milwaukee correspondía informar a esta Congregación que vela por la integridad de la fe y los sacramentos. La Congregación respondió efectivamente señalando los puntos del derecho eclesiástico que debían utilizarse para castigar al sacerdote. Y efectivamente, la parte del proceso eclesiástico que se refería al sacrilegio cometido, no siguió más adelante, porque este nefasto representante de Cristo estaba ya muy enfermo y moriría poco después. Así que Benedicto XVI no encubrió nada, al contrario.

Yo creo que Benedicto XVI está actuando bien y con todo el rigor posible, como corresponde en estos casos que son verdaderamente una vergüenza y un horror.

En mi opinión, estos casos son fruto de la desviación doctrinal y de la relajación moral que hubo en demasiados seminarios e instituciones religiosas desde los años 60. Fruto de ello, algunos homosexuales encontraron en el sacerdocio una forma de vida "oculta" y hasta de "caza" de víctimas. Por desgracia, conocí a uno de ellos cuando yo era adolescente; un mal sacerdote, muy "moderno", "liberado" y penosamente admirable para los jóvenes rebeldes, que siempre decía barbaridades contra la Iglesia y cuyas incongruencias y malas enseñanzas contribuyeron a que me apartara de la propia Iglesia y de Cristo (y muchos más, como yo). Era lo suficientemente listo como para evitar la más leve acción o palabra que pudiera ser usada como prueba en su contra, así que también comprendo lo difícil que a veces resulta desenmascarar a estos impostores, salvo que, con el tiempo, vaya apareciendo su rastro de víctimas, muchas de las cuales, además, probablemente no denuncian por temor o vergüenza.

Por cierto, con todo esto, muchos ahora se apuntan -cómo no- a decir que la culpa es del celibato, pero la realidad es que la pederastia (sexo con niños) y la efebofilia (sexo homosexual masculino con adolescentes) son desórdenes psicológicos que no tienen que ver con el celibato, y sí con la homosexualidad, sobre todo en el caso de la efebofilia (la clásica "corrupción de menores"). En los heterosexuales, lo que se da con más frecuencia es el abuso de niñas menores, como por desgracia sucede en el seno de algunas familias, sobre todo cuando están desestructuradas y lo que hay es un padrastro que no es el padre de las niñas. Y este no es el caso de los abusos que se han producido. Yo no tengo nada contra el matrimonio de los sacerdotes, pero es una tradición de la Iglesia que teológicamente tiene un gran fundamento, y da a los sacerdotes una libertad y dedicación plena a la Iglesia que si no, sería imposible. En las diócesis católicas de rito oriental hay sacerdotes casados, y muchos sacerdotes de los primeros siglos fueron casados, así que no digo que el matrimoni de los sacerdotes sea anatema, pero sí que es una tradición valiosísima que me parece inspirada por el Espíritu Santo. Y además, es que no hay ninguna relación entre el celibato de una persona heterosexual y los casos que se han producido, las cosas como son. Es penoso cómo algunos se apuntan a sacar petróleo de casos tan tristes... Penoso.

Creo que es imposible vacunar a los sacerdotes contra el pecado, pero creo que estos pecados tan terribles se habrían evitado con seminarios e institutos religiosos fieles a la doctrina de la Iglesia y en donde se enseñara a los futuros sacerdotes a vivir en la disciplina y ascetismo propios de su estado, sin relajaciones ni desviaciones. Así, difícilmente alguien sin auténtica vocación y espíritu de servicio habría encontrado en el sacerdocio su "armario" o su "puesto de caza" particular, y difícilmente sacerdotes con verdadera vocación se podrían desviar de forma tan terrible. Por desgracia, aunque ya no tanto, algunos seminarios e institutos religiosos siguen desviados, y creo que esto habría que corregirlo con más urgencia y menos contemplaciones.

Por supuesto, la inmensa mayoría de los sacerdotes son personas admirables, que viven de forma ejemplar los sacrificios y exigencias de una vida dedicada por amor al servicio de los demás, incluidos los más pequeñitos. Y no obstante, también hay que decir que Judas habrá siempre, por desgracia, pero no podemos tolerar esas acciones. Los sacerdotes, además, están especialmente atacados por Satanás, que quiere convertirlos en siervos suyos, y a veces lo consigue. Por eso, también tenemos todos los cristianos la responsabilidad de orar por todos los sacerdotes, para que cosas como éstas no sucedan.


"Siempre habrá escándalos, pero ¡ay de aquél que escandalice a uno de estos pequeñitos! ¡Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo echaran al mar!" (Lc 17,1-2).

Y por último, esto nos debe hacer ver a todos la miseria humana, el mal a que todos estamos expuestos si no perseveramos en la lucha. Los sacerdotes que han caído en estos crímenes no son en esencia peores que nosotros, y todos podemos caer en el mal, y en males terribles, si no perseveramos en Cristo. "Así que, el que piense estar firme, tenga cuidado, no caiga" (1 Cor 10, 12). Son tan espantosos estos crímenes, tan bestiales, que en ellos parecen verse directamente los ojos del maligno. El mal es una realidad de la que ninguno estamos libres, y no hay victoria frente a él sin lucha, acogiéndonos a la salvación de Cristo.


Como cristiano, pido perdón a Dios, a los afectados y a todos por estos sacerdotes indignos, pido perdón también porque no he orado por los sacerdotes como debiera, y pido para que estos niños y jóvenes, muchos ya adultos, puedan sanarse espiritualmente y encontarse con el amor fiel y limpio de Jesucristo. También deseo y pido a Dios que los culpables se den cuenta del terrible mal que han causado y se arrepientan, y que nunca se vuelvan a valorar siquiera estrategias que no sean la de esclarecer los hechos, castigar a los culpables como se merecen, e impedirles que mancillen el nombre de la Iglesia de Cristo, a la que tan mal representan. También pido a Dios y a todos que se respete la sexualidad en su valor auténtico y sagrado, y que salga a la luz, para quepodamos luchar contra ella en todos los ambientes, esa lacra oculta de la pederastia y la corrupción de menores, tan espantosa.

miércoles, 24 de marzo de 2010

La búsqueda del bien (IV): el anhelo de confesión


 He hablado de los componentes de la conciencia íntima, que es una de las vías, la más directa, para encontrar el bien moral. Estos componentes son el remordimiento, el anhelo de confesión, el anhelo de reparación y el anhelo de curación o conversión. Estos son los componentes que se desatan frente a un acto malo, pero frente a un acto bueno, estos mismos componentes también actúan, pero de otra forma, suscitando en nosotros otros cuatro sentimientos: la admiración (por el bien), el anhelo de transmisión o de "predicación", el agradecimiento o reconocimiento y la emulación (deseo de realizar nosotros el mismo bien que hemos contemplado).

Una vez he hablado del primer componente, el remordimiento por el mal o admiración por el bien, voy a pasar al segundo: el anhelo de confesión. Cuando uno realiza un acto malo, tiene sentimientos que le impelen a compartir esa carga con otros. Reprimírselos y guardarse esa mala experiencia para sí mismo, ocultarla a todos, incluso a los más queridos y cercanos, es fuente ampliamente reconocida de numerosos problemas psicológicos.

¿Por qué estamos hechos así? La razón parece clara: el herido necesita buscar ayuda para ser sanado. El que a sí mismo se ha dañado, necesita a otro para curarse. Generalmente, uno acude a aquellos que sabe que le aman y en quienes confía. Por eso, "quien tiene un amigo tiene un tesoro", y un amigo no es el que siempre te dice lo bien que lo has hecho, sino aquél que es capaz incluso de jugarse tu amistad para decirte la verdad, para decirte que lo que has hecho está mal.

Y si buscamos ayuda en quienes nos aman, los cristianos tenemos un Amigo que nunca falla: Cristo. Por eso, el anhelo de confesión nos lleva a contarle a Él lo que hemos hecho mal, o incluso aquello que no reconocemos aún que está mal, pero que nos inquieta, para buscar su ayuda. Aquí se ve la sabiduría que impregna el sacramento de la Confesión, donde podemos ser aconsejados, seguros del secreto, por un sacerdote, un asesor espiritual que es representante del propio Jesucristo.

Este componente de la conciencia íntima está sujeto a riesgos internos y externos. El riesgo externo es dar con malos consejeros, que nos dicen que lo que hemos hecho está bien, aunque esté muy mal. Eso no nos ayudará a encontrar paz interior, porque el remordimiento seguirá, así que cada vez estaremos más confrontados. A veces, somos nosotros mismos a sabiendas los que buscamos malos consejeros y rechazamos los buenos...

El peligro interior es nuestro propio autoconvencimiento, alegando falsas razones o excusas, de que lo que hemos hecho está muy bien, aunque nos remuerda la conciencia. Pero lo dramático del caso es que el anhelo de confesión seguirá dentro de nosotros, y nos forzaremos a nosotros mismos incluso a contarlo, pero alardeando de ello, violentando con autoengaños nuestra propia conciencia. Por eso vemos a tantas personas que han cometido actos reprobables alardear de ello y pretender que los demás les aplaudan. Estas personas están en tremenda lucha interior, y por eso difícilmente son capaces de difundir tranquilamente sus puntos de vista, y exhiben su odio, de forma unas veces más evidente y otras más velada pero igualmente reconocible,  contra los que pretenden decir que eso de lo que ellos alardean no es para sentirse orgulloso. Y eluden un diálogo profundo, o lo dinamitan consciente o inconscientemente, pero de forma efectiva.

Ante el bien, el anhelo de confesión adquiere la forma de anhelo de transmisión o de "predicación". Quien se encuentra con el bien, no puede guardarlo para sí, necesita ir a todos y contárselo. Y, en el sentido sobrenatural, esto es parte de lo que nos impulsa a los cristianos a la misión: nos hemos encontrado con el amor de Cristo, y sentimos urgencia por transmitírselo a los demás. "Charitas Christi urget nos" (el amor de Cristo nos apremia; 2 Cor 5, 14).

martes, 23 de marzo de 2010

25 de Marzo: ORACIÓN POR LA VIDA



 El día 25 de Marzo, día de la Anunciación, los cristianos vamos a orar especialmente por la vida. ¿Por qué?

Por los niños abortados, para que el Señor los reciba en el Cielo.
Por las madres y padres que abortan, para que se conviertan, acojan la misericordia de Dios y cambien su dolor por alegría y esperanza de encontrarse con sus hijos en el Cielo.
Por los médicos, enfermeras, farmacéuticos, empresarios, etc., que colaboran con su acción o su silencio en el aborto, en la dispensación de abortivos, píldora del día siguente, etc., para que arrepìentan de lo que hacen y se unan a nosotros en la causa de la vida.
Por los grupos provida y por todos los que trabajan en la causa de la vida.
Por todos los que integramos esta sociedad ciega y sorda ante el holocausto del aborto, que desprecia la vida de los más inocentes e indefensos.
Por los políticos y jefes de estado, para que reconozcan y trabajen por el derecho de todos a la vida.
Por la Iglesia, para que nuca deje de gritar, cada vez com mayor ímpetu, que aquí no sobra nadie, que cada vida importa.
Porque el aborto provoca un dolor inmenso y oculto en nuestra sociedad. Para que nos sensibilicemos y luchemos contra todas las amenazas a la vida: el aborto, la violencia, el hambre, la guerra...
¡Y porque rezar no es lo único que podemos hacer, pero sí lo más importante, porque sin Cristo no podemos nada, pero en Él todo se renueva!

Por eso, el Jueves 25 de Marzo, día de la Anunciación, vamos a rezarle juntos al Dios de la Vida.

Únete a nosotros en la oración. ES LO MÁS IMPORTANTE.

CARTA PASTORAL DE D. ANTONIO CEBALLOS, OBISPO DE CÁDIZ, con motivo de la Oración por la Vida, 25 de Marzo de 2010. En Cádiz, la oración será en San Agustín, alas 7 de la tarde.

domingo, 21 de marzo de 2010

La conversión de Mateo

"No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mateo 9, 13)
Cuadro: La vocación de San Mateo (del Caravaggio)

 Mateo (Leví) era un publicano, un recaudador de impuestos para el invasor romano. El Pueblo de Dios, cuyos profetas, patriarcas y guías habían hablado directamente con el Señor de los Ejércitos, capaz de detener el sol para darles la victoria, de apartar el mar para que pasaran por él, éste pueblo, por culpa de su infidelidad, estaba sometido por paganos que adoraban ídolos de piedra. Y no bastando con esa humillación, tenía que soportar que algunos de entre los suyos colaboraran con el invasor, extorsionándoles con impuestos. Unas sucias monedas valían más para ellos que toda la tradición de sus mayores, que toda la benevolencia de su Dios, que saberse hijos de un pueblo elegido por el único Dios verdadero.

Leví era uno de estos sucios traidores. Metido en su negocio, contaba las monedas de su pecado, las baratijas que día a día ponían precio a su alma. Ellas eran todo para él. Y hay veces que "todo" es una miseria.

Pero ese día, Jesús vino a su mesa de recaudador y le dijo: "Sígueme". La luz de la esperanza entró en su vida sin esperarlo. Lo vio claro: Jesús era todo misericordia, y la misericordia de Dios es la única fuerza capaz de renovarlo todo por completo, de hacer nuevas todas las cosas, de rehacer un cacharro completamente roto, lo mismo que el fuego funde la arena desparramada por el desierto y la transforma en vidrio, en un vaso capaz de contener líquidos preciosos, de dejar pasar la luz a su través, de ser útil y tener sentido. La misericordia de Jesús es nuestra esperanza de ser nosotros mismos, de encontranos a nosotros mismos en la misión para la que Jesús nos quiere y nos llama.

Leví se levantó y se fue con Él. Abandonó con alegría esas bagatelas que antes habían constituido su tesoro y le habían hecho esclavo. Se quitó sin más aquella asquerosa carga de encima, y aceptó el yugo suave y la carga ligera del Maestro. Y se fue con Él. Aquel día nació un hombre nuevo: San Mateo, apóstol de Jesucristo, Evangelista, mártir, padre de muchedumbres de cristianos... amigo de Jesús, hijo amado de Dios que siempre fue, pero ahora devuelto a sus brazos.

Gracias, Señor, por tu misericordia. Sólo Tú haces nuevas todas las cosas. Gracias, porque viniste a llamarnos a nosotros: a los pecadores.


Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: "¿Por qué vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?". Jesús, que había oído, respondió: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Id y aprended qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. (Evangelio según San Mateo 9, 9-13).


 Icono de San Mateo, en el que se muestra al Apóstol escribiendo el Evangelio. La casa representa la Iglesia de Dios. Antes, Mateo se sentaba en la mesa de la recaudación, y anotaba en un libro las deudas pagadas por los pobres al pueblo extranjero que les oprimía. Ahora, sentado en la Iglesia, anota en un libro los excesos de la misericordia de Cristo, que vino a entregarse a sí mismo, voluntariamente, en pago excesivo por nuestros pecados, saldando la deuda contraída por nuestra infidelidad, la opresión de Satanás que nos esclavizaba. San Mateo da fe de ello, y no ya como esbirro del opresor, sino como notario del Dios vivo en favor del pueblo libertado.

jueves, 18 de marzo de 2010

Kyrie Eleison!



Preguntaba un amigo en su blog por la razón por la que muchos médicos y otros sanitarios no alzan con más fuerza su voz frente a imposiciones de la contracultura de la muerte. Él llamaba a este hecho "síndrome de Lavoisier", por el miedo a acabar como el químico francés, guillotinado por los hipócritas defensores de la fraternité.

Esta pregunta me ha ayudado a pensar sobre mí mismo para contestarle. Cuando yo era agnóstico, tenía la misma idea que tengo ahora sobre el inicio de la vida. Sabía que nuestra vida empieza en la concepción. Si a mí me hubieran matado cuando era un embrión, no estaría escribiendo esto. Es así de sencillo. Sin embargo, yo, que ahora me afirmo y lucho contra toda imposición proabortista, entonces callé. Una vez dispensé el método Yuzpe, parecido a la actual píldora del día después. No sabía muy bien cómo funcionaba, aunque lo intuía; pero la ignorancia es un potente anestésico para el sentido de la responsabilidad...

Y varias veces, como cargo intermedio del Servicio Andaluz de Salud, firmé autorizaciones administrativas para abortos, registrando la prescripción de los médicos. Seguramente, la mayoría de ellos se acogían fraudulentamente al supuesto de peligro para la salud psíquica de la madre. Era más fácil no comprobar nada...

¿Qué es lo que ha cambiado en mi? Es verdad que antes ya sabía que la vida humana empezaba en la concepción, pero como no creía en una vida tras la muerte, me consolaba pensando que aquella vida era robada a alguien que nunca se daría cuenta del robo. Era un crimen, pero quedaba oculto en el "limbo" de la nada... Es fácil encontrar excusas para eludir una responsabilidad que no se quiere asumir.

La razón por la que ahora ya no busco excusas es que ahora soy creyente, y he recibido la gracia de Dios, que me da fuerzas para buscar la verdad, y aceptar la responsabilidad que conlleva; es decir, me hace libre. Antes era una marioneta que hacía lo que otros querían que hiciera. Ahora soy yo el que responde por mí mismo.

Es verdad que el aborto no es cuestión de religión. Que la vida humana empieza en la concepción es un hecho, y que la vida humana debe ser respetada es una realidad presente en todas las conciencias. Pero también es verdad que, sin la gracia de Dios, es muy difícil tener la fortaleza suficiente como para aceptar la verdad que nos libera, la fortaleza que nos hace libres. Por eso, la inmensa mayoría de los que luchan de verdad por la vida son católicos practicantes y fervientes.

Por eso, muchos colegios de médicos se han callado ante la ley del aborto, aunque sabemos que están en contra. Ya dijo Dostoievski: "el Occidente ha perdido a Cristo, y por eso perecerá". Por eso, se está secando la cultura que tiene su raíz en Cristo. Aunque, la verdad, yo espero que se recupere:

“He aquí su sueño: soñó que oía voces y tumultos, truenos, terremotos y gran alboroto en la tierra, cuando dos grandes dragones prestos a acometerse uno a otro, dieron fuertes rugidos, y a su voz se prepararon para la guerra todas las naciones de la tierra, a fin de combatir contra la nación de los justos. Fue aquel día, día de tinieblas, de obscuridad, de tribulación y de angustia, de oprobio y de turbación grandes sobre la tierra. Toda la nación justa se turbó ante el temor de sus males, y se disponía a perecer. Pero clamaron a Dios, y a su clamor una fuentecilla se hizo un río caudaloso, de muchas aguas, y apareció una lumbrerita que se hizo sol, y fueron ensalzados los humildes y devoraron a los gloriosos” (Ester, 11, 4-10).

Perdónanos, Señor. Kyrie Eleison!

domingo, 14 de marzo de 2010

¿Arriesgarse o no?

Esta entrada se la dedico a mi amigo Manu, que me hizo valorar la valentía de afrontar el riesgo. Con él empecé a hacer algunos pinitos en la música; él tocaba la batería y yo el bajo. Durante un tiempo, estuve tocando con otro grupo, ensayando en unos locales de la calle General Perón, de Madrid, y recuerdo que él criticaba al batería de aquel grupo, que nunca se equivocaba... porque no arriesgaba. Nunca se salía de lo previsible, siempre se quedaba con lo fácil...

Cuando, después de eso, toqué varios años con Manu a la batería, pude comprobar lo que quería decir. Aparte de que siempre me ha gustado el estilo de Manu y que el bajo y la batería iban completamente unidos, él siempre se atrevía a buscar algo más, a probar, a intentar dar el máximo. Al final, ese mensaje mil veces repetido caló muy hondo en mi forma de ver la vida: más vale caer por arriesgarse a lo mejor, que  quedarnos sin saber lo que podríamos haber hecho.

Eso me valió, y mucho, para encontrar a Dios, para dar el salto de la fe. Como agnóstico, no me sentía capaz de afirmar ni negar la existencia de Dios. Y como ya he contado, en un momento me pareció que había sólo dos alternativas:

1. Tratar de encontrarme con Dios dando el salto de la fe. El riesgo: creer y que fuera mentira, caer en un autoengaño psicológico, en una sugestión inútil.

2. Quedarme viviendo siempre como si Dios no existiera. El riesgo: perderme a Dios, perderme el sentido de la vida, si es que era ése.

Y total, para mantenerme viviendo sin un sentido... Preferí arriesgarme a lo más alto. Y me encontré con Dios. Él salió a mi encuentro como el padre en la parábola del hijo pródigo, que le ve a lo lejos, sale a su encuentro y le abraza casi sin escuchar el discurso que tenía preparado, y le recibe con toda suerte de honores inmerecidos.

Claro, muchos pensarán que toda esa experiencia mística es sólo un autoengaño, una autosugestión.  Por supuesto, yo sé que no lo es, pero lo único que puedo decirles es... ¡que salten! Que se dejen en manos de Dios y Él les recogerá como Padre que es. Que confíen. Sólo la confianza nos lleva a Dios. Merece la pena arriesgarse a confiar en Dios, en Cristo.

domingo, 7 de marzo de 2010

Creo que los niños abortados están en el Cielo

 "Antes de que te formaras en el vientre, te conocí.
Antes de que nacieras, te elegí". (Jer 1)

Aunque muchos estamos contra el aborto, creo que poquísimos sabemos el verdadero horror que es un aborto en sí, el sometimiento y la impotencia con los que la inmensa mayoría de mujeres acceden a practicarse un aborto, el profundísimo dolor que les causa y el daño casi irreparable y espantoso que supone para su psicología femenina.

En cuanto a los bebés, los que no creen en Dios piensan que, aunque se les ha robado la vida, nunca habrá un ser capaz de darse cuenta de lo que se le ha quitado, y eso mitiga su preocupación hacia la causa del aborto. Lo sé, desgraciadamente, por propia experiencia. Por eso, aunque hay muchísimos ateos y agnósticos que saben que la vida humana empieza en la concepción, y que al matar a un bebé no nacido no sólo se le roba lo que es, sino lo que podría haber sido, muy pocos adoptan actitudes de protección hacia la vida prenatal.

Sin embargo, los que creemos en Dios, sabemos que esos bebés siguen viviendo. Afortunadamente, ya se ha rechazado esa opinión destructiva que decía que los bebés muertos sin bautismo iban al "limbo", o sea, que no podían gozar plenamente de la gloria de Dios. Esta opinión, aunque muy generalizada entre muchos católicos, no era ni había sido nunca doctrina católica "oficial", es decir, nunca había formado parte del Magisterio de la Iglesia. De hecho, ya el Catecismo decía que esos niños eran confiados a la misericordia de Aquél que dijo "dejad que los niños se acerquen a Mí".

Pero yo iría más allá. En la arena del circo romano, murieron muchos catecúmenos que querían hacerse cristianos pero aún no habían recibido el Bautismo. La Iglesia comprendió que el martirio había sido su "Bautismo de sangre", tan válido para abriles la puerta de la salvación por la gracia de Cristo, como el que se administra con agua en la pila bautismal. Por el martirio, en la arena no moría un simple catecúmeno, sino que entregaba el alma a Dios un cristiano.

El aborto es fruto del desprecio del Demonio y de aquellos seducidos por él, hacia la vida humana más inocente, la de los niños inocentes e indefensos que aún ni siquiera han nacido. Ellos sufren en su cuerpecito el odio contra Dios, lo mismo que en sus carnes sufrieron los Santos Inocentes el odio de Satanás y el desprecio de Herodes, y la Iglesia los ha venerado como santos, aunque no recibieran el Bautismo del agua.

Por eso, aplicando por analogía lo que nos muestra la Sagrada Tradición de la Iglesia y la Escritura, yo creo que los niños abortados pueden recibir en el aborto su Bautismo de sangre, lo mismo que los catecúmenos mártires del circo recibían el suyo. Es verdad que ellos son tan pequeños que no pudieron desear ni pedir el Bautismo, pero la Iglesia es Madre que sí puede pedirlo para ellos. Con ese bautismo de sangre, los niños abortados irán al Cielo: seguro. En cuerpo y alma, pero libres ya de las limitaciones corporales, con un cuerpo glorioso como el de Cristo Resucitado, en el Cielo podrán gozar de la visión beatífica de Dios tan plenamente como cualquiera de nosotros, si llegamos a ir, con su misericordia.

Y aun si no fuera por el bautismo de sangre, el mismo con el se conmemora como mártires a los Santos Inocentes, aún pueden recibir el bautismo de intención. Cuando un niño muere sin que se le haya podido administrar el Bautismo, por ejemplo por una muerte súbita, la Iglesia nos enseña que la intención de bautizarlo que tenían sus padres ya le vale como bautismo que les abre la puerta del Cielo. Se podrá replicar: "Pero los bebés abortados no están en ese caso, porque sus padres no han tenido intención de bautizarlos". Es posible, pero pueden arrepentirse y tenerla luego. Y sobre todo, ¿acaso no es también Madre la Iglesia, para desear el Bautismo de esos hijos suyos, a quienes hasta sus padres han rechazado? ¿Es que va a permitir la Iglesia que los más pobres entre los pobres no gocen de su maternidad? Claro que no, no lo permitirá. La Iglesia, como Madre, puede expresar la intención de Bautismo hacia estos hijitos suyos, los más pequeños de los pequeños. Y así oiremos un día de labios de Cristo: "lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanitos más pequeños, conmigo lo hicisteis".

Esto no es doctrina de la Iglesia ni lo pretendo, pero es lo que yo creo como cristiano, y creo que al pensarlo así puedo estar aplicando bien la doctrina de la Iglesia. Si me equivoco en algo, seré el primero en desear corregirme. Pero si no, ojalá la doctrina de la Iglesia vaya profundizando cada vez más por este camino.

En cualquier caso, me gustaría que los cristianos ofreciéramos misas de funeral por estos niños, y por todos los que mueren sin llegar a nacer, por una u otra causa, y que los bautizáramos al menos en intención, para que así, la Iglesia, como Madre, los entregue en manos de su Padre que les espera. Es algo que se podría hacer, al menos una vez al año, en todas las diócesis, en la catedral. También sería muy provechoso que, con motivo de esas misas de funeral por los no nacidos, se abrieran antes los confesonarios de las catedrales, especialmente para oír en confesión a las madres, padres, familiares, médicos, enfermeras, farmacéuticos, políticos, asesores, etc., que han tenido de alguna forma algo que ver en proceso de aborto provocado, uso de píldoras abortivas, manipulación de embriones, etc., para que recibieran el perdón de Dios y de la Iglesia, que se levantara la excomunión sobre los que han incurrido en ella, y que pudieran convertirse al Evangelio de la Vida. Además, sería una ayuda inestimable para la sanación psicológica de las muchísimas madres, padres, familiares, etc. que sufren en sus vidas el insoportable peso de un aborto provocado. Hay mucho dolor que sanar, muchos corazones que deben perdonarse a sí mismos y ser perdonados por Dios y por la Iglesia.

Rezo para que así sea, y rezo y bautizo de intención, como cristiano, a todos los niños abortados, a los que no llegan a nacer por causas naturales, y alos que mueren antes de ser bautizados. Y pido a la Santísima Virgen que implore la gracia de Dios sobre los que han participado en abortos, para que se conviertan, y sobre todo, sobre los padres y madres, para que puedan reunirse un día con sus hijos en el Cielo y compartir por fin su amor. Amén.

lunes, 1 de marzo de 2010

La búsqueda del bien (III): la conciencia íntima y sus partes

 
Orestes perseguido por las Erinias después de matar a su madre

Decíamos que la conciencia íntima es ese sentido interior que nos permite contemplar el bien, produciendo un sentimiento de atracción por el bien y rechazo por el mal. Tiene esas dos partes, la positiva que se desarrolla ante el bien, y la negativa, que se desarrolla ante la ausencia de bien, que es el mal.

Budziszewski, en su magnífico libro "Lo que no podemos ignorar", relaciona los componentes negativos de la conciencia íntima con la Erinias, fieras que en la tragedia griega perseguían al criminal. Si buscamos un poco entre los mecanismos psicológicos del que comete un delito, encontramos disparados estos sentimientos, que a veces se traducen en anhelos o deseos:

1. Remordimiento
2. Anhelo de confesión
3. Anhelo de reparación
4. Anhelo de conversión

Realizar el mal hiere nuestra naturaleza buena. Por eso, estos son cuatro mecanismos que nos hacen tender a recobrar la salud. El primero, el remordimiento, es como el dolor que nos señala la herida, que nos hace perder la paz hasta que no la curemos. Si el herido no tuviera dolor, si el criminal tuviera paz en su corazón, su herida se pudriría, su mal le devoraría, le vencería. Por eso, el remordimiento es fundamental para la sanación espiritual, que incluye la sanación psicológica. El remordimiento, en aquella persona que ha obrado mal, es la puerta de su futura salud. Es verdad que también hay un remordimiento falso e insano, pero veremos por qué más adelante.

El fruto del remordimiento es el arrepentimiento. El arrepentimiento ya es principio de salud. En primer lugar, al que se arrepiente, su pecado ya no sigue dañándole. El crimen no sólo es como una herida, es más bien como un parásito, un gusano que nos devora la herida que él mismo ha abierto. El arrepentimiento mata al gusano, que ya no nos hará más daño. Sin embargo, la herida y sus secuelas más o menos importantes, aún quedan. Para curar las secuelas, el arrepentimiento fortalecerá y ayudará a los otros componentes de la conciencia íntima.

Algunos psicólogos han caído en el error nefasto de creer que el remordimiento es malo, nocivo, causa de enfermedad mental. Todo lo contrario, el verdadero remordimiento es lo que nos permite cambiarnos a nostros mismos y llegar a la verdadera paz. La ausencia de paz interior es muchas veces consecuencia del mal que hemos hecho, y es necesario reconocerlo, arrepentirnos y empezar a cambiar.

No obstante, sí hay un falso remordimiento, que es malo, insano. Y es que, a veces, afloran sentimientos que se parecen a la conciencia íntima, pero son falsos y pueden hacernos mucho daño. Se llaman "escrúpulos" de conciencia. La enfermedad de los escrúpulos nos hace sentir rechazo ante algo que realmente no está mal, o nos hace sentir remordimiento ante algo que realmente no es un crimen. Puesto que son sentimientos falsos, generan un conflicto en nuestro interior, que se agrava porque nuestra conciencia íntima no nos genera remordimiento. Así, sentimos rechazo de nostros mismos ante un acto del que no somos culpables o que no está mal, y nos sentimos aún peor porque a la vez comprobamos que no nos genera un verdadero remordimiento. Como todo es falso, no hay arrepentimiento ni curación. Un ejemplo claro de escrúpulo es cuando muere un hermano y su otro hermano se siente culpable de su muerte, sin serlo; o cuando unos padres se separan y los hijos pequeños e inocentes, se sienten culpables de la separación. Otro tipo de escrúpulos se da cuando, por ejemplo, una madre se siente "mala madre" por no hacerlo todo perfecto, cuando ya hace prácticamente todo lo que buenamente puede (siempre habrá defectos inevitables en los actos humanos).

Hay una forma, en principio sencilla, de diferenciar el sano remordimiento del falso remordimiento, es decir, de los escrúpulos. Es simplemente, cotejar su causa con la moral objetiva. Si una persona tiene remordimiento por ser pobre y no poder ayudar a su padre anciano como quisiera, obviamente eso es un escrúpulo. Si tiene remordimiento porque podría cuidar a su padre anciano y no lo hace, eso es un sano remordimiento. Si al primero le hacemos ver que él no es culpable y que tiene que aceptar sus limitaciones sin pedirse excesivas cuentas, le estamos ayudando. Pero si al segundo le decimos lo mismo, le hundiremos cada vez más, porque su conciencia íntima le seguirá señalando un camino que le acerca a la salud espiritual: cumplir con su obligación de hijo de cuidar a su padre anciano. En este caso, para ayudarle, habría que facilitarle tomar conciencia de lo que le pasa y por qué. Esto lo hacían los confesores, y quizá lo hacen pocos psicólogos actuales. Quizá por eso, sus consultas están cada vez más llenas de personas que no se curan, o que acaban necesitando pastillas para vivir.

Por supuesto, un arrepentimiento pleno necesita identificar la causa del remordimiento. El remordimiento es un desasosiego en el que, a veces, la causa puede permanecer inconsciente, sobre todo cuando hay mecanismos importantes de negación, por ejemplo, por el insistente autoconvencimiento de que lo que está mal no está mal. Esto sucede, por ejemplo, con el aborto. Son frecuentes depresiones y angustias en la fecha en que habría nacido el niño abortado, o ante el contacto con niños pequeños, etc., sin que la mujer que las sufre identifique que se siente mal precisamente por haber abortado. Los mecanismos conectores (fecha, niños, etc.) pueden ser evidentes para el que observa desde fuera, pero no para quien lo sufre. Mientras no se identifique la razón del desasosiego, no se dará cuenta de que es un remordimiento, y no podrá transformarse en arrepentimiento.

Y el arrepentimiento no es ya un sentimiento, sino que es un acto de la voluntad. La persona arrepentida decide rechazar el mal que ha cometido. Así, se cierra un mecanismo: sentimiento (se siente desasosiego) - entendimiento (se averigua que el desasosiego es debido al acto, es decir, se identifica como remordimiento por algo, y además luego se identifica como propio y como malo) - voluntad (se decide rechazar ese acto que se ha cometido: eso es el arrepentimiento).

Pero habíamos dicho que no hay arrepentimiento completo si no se identifica la causa del remordimiento. Y ése es uno de los mayores problemas de la persona afectada por la frivolidad y la secularización: no se identifica plenamente la causa del remordimiento. En primer lugar, el mal no es simplemente un daño a otro, es, más profundamente, un daño contra uno mismo, que lo ha cometido. Al realizar el mal nos estamos autoinfligiendo una herida en nuestra naturaleza buena; hemos de reconocerlo y arrepentirnos de ello; quizá porque nos falta eso, a veces es más fácil sentirse perdonado por otros que perdonarse uno mismo: porque no nos hemos arrepentido del daño que nos hemos hecho a nosotros mismos, no nos hemos pedido perdón, no hemos reconocido que nosotros mismos no nos merecíamos esa ofensa. A esto ayuda la gran frivolidad del pensamiento contemporáneo: ¡el ser humano no se da cuenta de lo que vale!

Y, en segundo lugar, el mal no es simple mal humano, como nos malenseña una sociedad secularizada; el mal es también pecado, es decir, ofensa a Dios que nos ama. Con suerte, muchas personas llegan a darse cuenta del mal que le han hecho a su marido, a su hijo o a un vecino, pero no se dan cuenta del mal que, en ese mismo acto, le han causado a Dios. Se arrepentirán de lo que han hecho mal por el daño causado a otra persona, pero no se darán cuenta del desagradecimiento que suponen los actos malos para con Dios.  Eso, sin duda, será una fuente de remordimientos que quedarán enquistados, que no llevarán a la sanación espiritual -que, como ya he comentado, comprende la sanación psicológica-. Sólo un arrepentimiento pleno, reconociendo y rechazando el mal causado tanto a Dios como al prójimo y a nosotros mismos, nos llevará a la curación completa.

Más adelante, seguiremos con los demás componentes de la conciencia íntima.
Se ha producido un error en este gadget.