domingo, 14 de marzo de 2010

¿Arriesgarse o no?

Esta entrada se la dedico a mi amigo Manu, que me hizo valorar la valentía de afrontar el riesgo. Con él empecé a hacer algunos pinitos en la música; él tocaba la batería y yo el bajo. Durante un tiempo, estuve tocando con otro grupo, ensayando en unos locales de la calle General Perón, de Madrid, y recuerdo que él criticaba al batería de aquel grupo, que nunca se equivocaba... porque no arriesgaba. Nunca se salía de lo previsible, siempre se quedaba con lo fácil...

Cuando, después de eso, toqué varios años con Manu a la batería, pude comprobar lo que quería decir. Aparte de que siempre me ha gustado el estilo de Manu y que el bajo y la batería iban completamente unidos, él siempre se atrevía a buscar algo más, a probar, a intentar dar el máximo. Al final, ese mensaje mil veces repetido caló muy hondo en mi forma de ver la vida: más vale caer por arriesgarse a lo mejor, que  quedarnos sin saber lo que podríamos haber hecho.

Eso me valió, y mucho, para encontrar a Dios, para dar el salto de la fe. Como agnóstico, no me sentía capaz de afirmar ni negar la existencia de Dios. Y como ya he contado, en un momento me pareció que había sólo dos alternativas:

1. Tratar de encontrarme con Dios dando el salto de la fe. El riesgo: creer y que fuera mentira, caer en un autoengaño psicológico, en una sugestión inútil.

2. Quedarme viviendo siempre como si Dios no existiera. El riesgo: perderme a Dios, perderme el sentido de la vida, si es que era ése.

Y total, para mantenerme viviendo sin un sentido... Preferí arriesgarme a lo más alto. Y me encontré con Dios. Él salió a mi encuentro como el padre en la parábola del hijo pródigo, que le ve a lo lejos, sale a su encuentro y le abraza casi sin escuchar el discurso que tenía preparado, y le recibe con toda suerte de honores inmerecidos.

Claro, muchos pensarán que toda esa experiencia mística es sólo un autoengaño, una autosugestión.  Por supuesto, yo sé que no lo es, pero lo único que puedo decirles es... ¡que salten! Que se dejen en manos de Dios y Él les recogerá como Padre que es. Que confíen. Sólo la confianza nos lleva a Dios. Merece la pena arriesgarse a confiar en Dios, en Cristo.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

"Claro, muchos pensarán que toda esa experiencia mística es sólo un autoengaño, una autosugestión."
De acuerdo contigo

Emilio Alegre dijo...

No, yo no estoy de acuerdo con quienes piensan eso. Yo creo en Jesús, creo que Él es la verdad, y sé que no es autoengaño ni sugestión. Mi confianza está toda en Él.

Alonso Gracián dijo...

No es un autoengaño, según pueden pensar los que no han confiado en alcanzar la fe, sino una CERTEZA, la mayor y objetiva que puede existir en el entendimiento, pues tiene origen sobrenatural y ha sido introducida en la inteligencia por la acción de la Gracia. Por eso la fe es una virtud teologal, (no una creencia humana) [ Teo (que procede de Dios) y logal (instalada en el conocimiento)] Las dudas posteriores a la adquisición de la fe sólo puede provenir de dos sitios: del maligno (San Jerónimo lo llama el Mono Engañador) o del pecado (que pone un velo de inquietud sobre la certeza).

Emilio Alegre dijo...

Tienes razón, Alonso. Realmente, no lo sé explicar, pero la fe no es como cuando uno cree que existe el átomo, que eso es verdad. Ni siquiera es como cuando uno confía en alguien que le ama. Ni siquiera es ese salto en el vacío, ese poner la vida en manos de Dios. Todo eso lleva a la fe, quizá es incluso ya una primicia de la fe, pero la fe es algo más. Verdaderamente es algo que se recibe, algo que Dios te pregunta si lo quieres y tú dices que sí, se lo pides y entonces te lo da. Caigo en la cuenta de que ese es precisamente el rito del Bautismo, en el que el que va a ser bautizado pide la fe.

De hecho, la fe se recibe, -o al menos yo la recibí así-, con sorpresa. Sorpresa, porque es algo impropio de uno mismo. Uno piensa que nunca será capaz de mantener por sí mismo la creencia en Dios, y resulta que recibe la fe, que no viene de uno mismo, que no es una creencia como muy bien dices, sino algo que uno recibe de Otro pero que mueve nuestra voluntad y coocimiento.

La verdad es que ahora me doy cuenta de que algunas de las cosas que he escrito sobre la fe no son tal como las he descrito... La gracia se entrelaza tanto con nuestras propias facultades y acciones y hasta las precede, que resulta difícil saber qué pone uno y qué pone Dios.

Alonso Gracián dijo...

Yo creo que tú has descrito bastante bien la parte humana de la conversión, en lo que tiene de correspondencia voluntaria a la Gracia. Lo que tú has descrito es como tú vivías ese don de Dios, como tú vivías eso que Dios quería hacer contigo. Recuerdo esa sorpresa maravillosa de tener fe, lo hemos hablado tantas veces... Dios nos manda la fe, pero el ser humano debe querer recibirla, hay que pedirla y entonces te la da, como dices.

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