lunes, 1 de marzo de 2010

La búsqueda del bien (III): la conciencia íntima y sus partes

 
Orestes perseguido por las Erinias después de matar a su madre

Decíamos que la conciencia íntima es ese sentido interior que nos permite contemplar el bien, produciendo un sentimiento de atracción por el bien y rechazo por el mal. Tiene esas dos partes, la positiva que se desarrolla ante el bien, y la negativa, que se desarrolla ante la ausencia de bien, que es el mal.

Budziszewski, en su magnífico libro "Lo que no podemos ignorar", relaciona los componentes negativos de la conciencia íntima con la Erinias, fieras que en la tragedia griega perseguían al criminal. Si buscamos un poco entre los mecanismos psicológicos del que comete un delito, encontramos disparados estos sentimientos, que a veces se traducen en anhelos o deseos:

1. Remordimiento
2. Anhelo de confesión
3. Anhelo de reparación
4. Anhelo de conversión

Realizar el mal hiere nuestra naturaleza buena. Por eso, estos son cuatro mecanismos que nos hacen tender a recobrar la salud. El primero, el remordimiento, es como el dolor que nos señala la herida, que nos hace perder la paz hasta que no la curemos. Si el herido no tuviera dolor, si el criminal tuviera paz en su corazón, su herida se pudriría, su mal le devoraría, le vencería. Por eso, el remordimiento es fundamental para la sanación espiritual, que incluye la sanación psicológica. El remordimiento, en aquella persona que ha obrado mal, es la puerta de su futura salud. Es verdad que también hay un remordimiento falso e insano, pero veremos por qué más adelante.

El fruto del remordimiento es el arrepentimiento. El arrepentimiento ya es principio de salud. En primer lugar, al que se arrepiente, su pecado ya no sigue dañándole. El crimen no sólo es como una herida, es más bien como un parásito, un gusano que nos devora la herida que él mismo ha abierto. El arrepentimiento mata al gusano, que ya no nos hará más daño. Sin embargo, la herida y sus secuelas más o menos importantes, aún quedan. Para curar las secuelas, el arrepentimiento fortalecerá y ayudará a los otros componentes de la conciencia íntima.

Algunos psicólogos han caído en el error nefasto de creer que el remordimiento es malo, nocivo, causa de enfermedad mental. Todo lo contrario, el verdadero remordimiento es lo que nos permite cambiarnos a nostros mismos y llegar a la verdadera paz. La ausencia de paz interior es muchas veces consecuencia del mal que hemos hecho, y es necesario reconocerlo, arrepentirnos y empezar a cambiar.

No obstante, sí hay un falso remordimiento, que es malo, insano. Y es que, a veces, afloran sentimientos que se parecen a la conciencia íntima, pero son falsos y pueden hacernos mucho daño. Se llaman "escrúpulos" de conciencia. La enfermedad de los escrúpulos nos hace sentir rechazo ante algo que realmente no está mal, o nos hace sentir remordimiento ante algo que realmente no es un crimen. Puesto que son sentimientos falsos, generan un conflicto en nuestro interior, que se agrava porque nuestra conciencia íntima no nos genera remordimiento. Así, sentimos rechazo de nostros mismos ante un acto del que no somos culpables o que no está mal, y nos sentimos aún peor porque a la vez comprobamos que no nos genera un verdadero remordimiento. Como todo es falso, no hay arrepentimiento ni curación. Un ejemplo claro de escrúpulo es cuando muere un hermano y su otro hermano se siente culpable de su muerte, sin serlo; o cuando unos padres se separan y los hijos pequeños e inocentes, se sienten culpables de la separación. Otro tipo de escrúpulos se da cuando, por ejemplo, una madre se siente "mala madre" por no hacerlo todo perfecto, cuando ya hace prácticamente todo lo que buenamente puede (siempre habrá defectos inevitables en los actos humanos).

Hay una forma, en principio sencilla, de diferenciar el sano remordimiento del falso remordimiento, es decir, de los escrúpulos. Es simplemente, cotejar su causa con la moral objetiva. Si una persona tiene remordimiento por ser pobre y no poder ayudar a su padre anciano como quisiera, obviamente eso es un escrúpulo. Si tiene remordimiento porque podría cuidar a su padre anciano y no lo hace, eso es un sano remordimiento. Si al primero le hacemos ver que él no es culpable y que tiene que aceptar sus limitaciones sin pedirse excesivas cuentas, le estamos ayudando. Pero si al segundo le decimos lo mismo, le hundiremos cada vez más, porque su conciencia íntima le seguirá señalando un camino que le acerca a la salud espiritual: cumplir con su obligación de hijo de cuidar a su padre anciano. En este caso, para ayudarle, habría que facilitarle tomar conciencia de lo que le pasa y por qué. Esto lo hacían los confesores, y quizá lo hacen pocos psicólogos actuales. Quizá por eso, sus consultas están cada vez más llenas de personas que no se curan, o que acaban necesitando pastillas para vivir.

Por supuesto, un arrepentimiento pleno necesita identificar la causa del remordimiento. El remordimiento es un desasosiego en el que, a veces, la causa puede permanecer inconsciente, sobre todo cuando hay mecanismos importantes de negación, por ejemplo, por el insistente autoconvencimiento de que lo que está mal no está mal. Esto sucede, por ejemplo, con el aborto. Son frecuentes depresiones y angustias en la fecha en que habría nacido el niño abortado, o ante el contacto con niños pequeños, etc., sin que la mujer que las sufre identifique que se siente mal precisamente por haber abortado. Los mecanismos conectores (fecha, niños, etc.) pueden ser evidentes para el que observa desde fuera, pero no para quien lo sufre. Mientras no se identifique la razón del desasosiego, no se dará cuenta de que es un remordimiento, y no podrá transformarse en arrepentimiento.

Y el arrepentimiento no es ya un sentimiento, sino que es un acto de la voluntad. La persona arrepentida decide rechazar el mal que ha cometido. Así, se cierra un mecanismo: sentimiento (se siente desasosiego) - entendimiento (se averigua que el desasosiego es debido al acto, es decir, se identifica como remordimiento por algo, y además luego se identifica como propio y como malo) - voluntad (se decide rechazar ese acto que se ha cometido: eso es el arrepentimiento).

Pero habíamos dicho que no hay arrepentimiento completo si no se identifica la causa del remordimiento. Y ése es uno de los mayores problemas de la persona afectada por la frivolidad y la secularización: no se identifica plenamente la causa del remordimiento. En primer lugar, el mal no es simplemente un daño a otro, es, más profundamente, un daño contra uno mismo, que lo ha cometido. Al realizar el mal nos estamos autoinfligiendo una herida en nuestra naturaleza buena; hemos de reconocerlo y arrepentirnos de ello; quizá porque nos falta eso, a veces es más fácil sentirse perdonado por otros que perdonarse uno mismo: porque no nos hemos arrepentido del daño que nos hemos hecho a nosotros mismos, no nos hemos pedido perdón, no hemos reconocido que nosotros mismos no nos merecíamos esa ofensa. A esto ayuda la gran frivolidad del pensamiento contemporáneo: ¡el ser humano no se da cuenta de lo que vale!

Y, en segundo lugar, el mal no es simple mal humano, como nos malenseña una sociedad secularizada; el mal es también pecado, es decir, ofensa a Dios que nos ama. Con suerte, muchas personas llegan a darse cuenta del mal que le han hecho a su marido, a su hijo o a un vecino, pero no se dan cuenta del mal que, en ese mismo acto, le han causado a Dios. Se arrepentirán de lo que han hecho mal por el daño causado a otra persona, pero no se darán cuenta del desagradecimiento que suponen los actos malos para con Dios.  Eso, sin duda, será una fuente de remordimientos que quedarán enquistados, que no llevarán a la sanación espiritual -que, como ya he comentado, comprende la sanación psicológica-. Sólo un arrepentimiento pleno, reconociendo y rechazando el mal causado tanto a Dios como al prójimo y a nosotros mismos, nos llevará a la curación completa.

Más adelante, seguiremos con los demás componentes de la conciencia íntima.

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