domingo, 21 de marzo de 2010

La conversión de Mateo

"No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mateo 9, 13)
Cuadro: La vocación de San Mateo (del Caravaggio)

 Mateo (Leví) era un publicano, un recaudador de impuestos para el invasor romano. El Pueblo de Dios, cuyos profetas, patriarcas y guías habían hablado directamente con el Señor de los Ejércitos, capaz de detener el sol para darles la victoria, de apartar el mar para que pasaran por él, éste pueblo, por culpa de su infidelidad, estaba sometido por paganos que adoraban ídolos de piedra. Y no bastando con esa humillación, tenía que soportar que algunos de entre los suyos colaboraran con el invasor, extorsionándoles con impuestos. Unas sucias monedas valían más para ellos que toda la tradición de sus mayores, que toda la benevolencia de su Dios, que saberse hijos de un pueblo elegido por el único Dios verdadero.

Leví era uno de estos sucios traidores. Metido en su negocio, contaba las monedas de su pecado, las baratijas que día a día ponían precio a su alma. Ellas eran todo para él. Y hay veces que "todo" es una miseria.

Pero ese día, Jesús vino a su mesa de recaudador y le dijo: "Sígueme". La luz de la esperanza entró en su vida sin esperarlo. Lo vio claro: Jesús era todo misericordia, y la misericordia de Dios es la única fuerza capaz de renovarlo todo por completo, de hacer nuevas todas las cosas, de rehacer un cacharro completamente roto, lo mismo que el fuego funde la arena desparramada por el desierto y la transforma en vidrio, en un vaso capaz de contener líquidos preciosos, de dejar pasar la luz a su través, de ser útil y tener sentido. La misericordia de Jesús es nuestra esperanza de ser nosotros mismos, de encontranos a nosotros mismos en la misión para la que Jesús nos quiere y nos llama.

Leví se levantó y se fue con Él. Abandonó con alegría esas bagatelas que antes habían constituido su tesoro y le habían hecho esclavo. Se quitó sin más aquella asquerosa carga de encima, y aceptó el yugo suave y la carga ligera del Maestro. Y se fue con Él. Aquel día nació un hombre nuevo: San Mateo, apóstol de Jesucristo, Evangelista, mártir, padre de muchedumbres de cristianos... amigo de Jesús, hijo amado de Dios que siempre fue, pero ahora devuelto a sus brazos.

Gracias, Señor, por tu misericordia. Sólo Tú haces nuevas todas las cosas. Gracias, porque viniste a llamarnos a nosotros: a los pecadores.


Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: "¿Por qué vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?". Jesús, que había oído, respondió: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Id y aprended qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. (Evangelio según San Mateo 9, 9-13).


 Icono de San Mateo, en el que se muestra al Apóstol escribiendo el Evangelio. La casa representa la Iglesia de Dios. Antes, Mateo se sentaba en la mesa de la recaudación, y anotaba en un libro las deudas pagadas por los pobres al pueblo extranjero que les oprimía. Ahora, sentado en la Iglesia, anota en un libro los excesos de la misericordia de Cristo, que vino a entregarse a sí mismo, voluntariamente, en pago excesivo por nuestros pecados, saldando la deuda contraída por nuestra infidelidad, la opresión de Satanás que nos esclavizaba. San Mateo da fe de ello, y no ya como esbirro del opresor, sino como notario del Dios vivo en favor del pueblo libertado.

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