viernes, 30 de abril de 2010

Pequeña escuela de Teología: ¿Bienhechor o Padre?



Hoy estaba con los niños en casa de mi madre. María, la pequeñita, que cumplirá 2 años en unos días, le ha dado un golpe a una caja de juegos llena de pequeñas piezas de cartón, y las ha desparramado por el suelo. Su hermano ha aprovechado para decirle lo que algunas veces tenemos que decirle a él: "¡muy mal, María!" -le ha reprochado... Le he dicho que ella no había tenido la culpa, y era verdad. Había tirado la caja sin querer.

Iba yo a decirle a María que recogiera las piezas, pero he visto que para ella era una misión prácticamente imposible, ¡es aún tan chiquita...! De todas formas, ella no había sido verdaderamente responsable del desaguisado. En fin, es verdad, puede que se me caiga un poco la baba con María Beatriz...

Así que me he puesto a recoger las piezas yo mismo. Iba a recoger la última, y he visto a María tan bien dispuesta... Habría acabado antes recogiendo yo aquella pieza, pero he preferido decirle que la recogiera ella, para que se sintiera útil y contenta. Ella lo ha hecho encantada y, muy sonriente, ha cogido su piececita, la última, y la ha colocado en su cajita.

Entonces, yo la he alabado mucho, y he dicho a todos los presentes y a ella misma: "¡Eso, muy bien! ¡MARÍA HA COLABORADO!"

Inmediatamente me he quedado parado, pensativo. Como en otra dimensión, la pequeñita se asomaba a mí y me llamaba a gritos, pero su papá estaba ensimismado saboreando esa última frase: "¡María ha colaborado!"

Aquello era justo lo que el Padre había hecho con la Virgen María al decirle que fuera la Madre del Redentor. No la necesitaba, pero le ha parecido mejor hacerlo así, hacerla participar como colaboradora en su obra de Redención. Fue un gesto grandioso, magnánimo, digno de Él, digno de su misericordia para con todo el género humano, incluirnos -al incluir a María- en la propia obra de nuestra recuperación para la Vida...

Eso es lo que distingue a un bienhechor de un Padre. O, visto desde otro ángulo: Dios puede hacer las cosas más fáciles, pero como es Dios y es Padre, no puede resistirse a hacerlas lo mejor posible, y lo más amorosamente posible. Y la forma mejor y más amorosa de realizar la Redención era pedirle a María que colaborase en ella, por ella misma y en representación de todo el género humano. Por Eva nos vino la muerte, por María, la Vida. ¡Y la alegría!

AÑADO: Esa participación que Dios es su bondadosa paternidad le concede a María en la Redención de todo el género humano, es análoga a la que nos concede a cada uno en nuestra propia salvación y en la de nuestros hermanos. El sacrificio de Jesús, que nos redime, es por sí único y superabuendante; sin embargo, Dios, Padre bueno, nos concede la gracia de participar activamente en nuestra propia liberación, lo que es acorde con la dignidad de hijos que nos concede, no por nosotros solos, sino "por Cristo, con Él y en Él". El Padre, por su bondad, y por los méritos superabundantes de Cristo, concede a nuestra cooperación un verdadero mérito.


Por eso, nosotros podemos unirnos a la ofrenda de Cristo al Padre, cuando el sacerdote, en la Eucaristía, proclama, levantando el Cuerpo y la Sangre de Cristo:


"Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente, en la Unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos"...

Y todos nos unimos diciendo: "Amén". San Agustín insistía en que éste "Amén" era el centro de la vida cristiana y de la Iglesia, y quería que todos los fieles lo pronunciaran bien alto, haciendo retumbarel templo y hasta el mundo entero.

lunes, 26 de abril de 2010

"El mejor predicador, Fray Ejemplo" (o "la importancia de la Tradición viva")


 2 Tesalonicenses 2, 15: "Así pues, hermanos, sed constantes y mantened firmemente las tradiciones en que fuistes adoctrinados, ya sea de viva voz, ya sea por carta nuestra".

El Espíritu Santo, por medio de San Pablo, nos dice que ha dado unas enseñanzas por carta y otras oralmente. Y dice a los cristianos de Tesalónica que las guarden todas como tradición. Las que dio por carta, en la Biblia están; las que no dio por carta, no están en la Biblia, y les dijo que las guardaran y las transmitieran igualmente. Eso es lo que significa "tradición": es algo de lo que eres portador; tiene un sentido de transmisión. ¿A quién? A la generación siguiente, y así sucesivamente. La Biblia es una tradición escrita. Otras enseñanzas son tradiciones orales. Un ejemplo de tradición oral: la Liturgia. Lo que decían los apóstoles al celebrar la Eucaristía.

Otra forma importantísima de tradición no escrita, es el ejemplo. El ejemplo es tan rico que no todo se puede contar o escribir, es Cristo mismo encarnado en cada persona: cómo hablaba San Pablo a los niños, cómo se relacionaba con las mujeres, cómo aprovechaba las ocasiones para evangelizar en una cena, o en un encuentro, cómo cuidaba su pureza personal, cuándo y cómo oraba o ayunaba... Todo eso les cuestionaría su propias costumbres a los cristianos de Antioquía, o a los de Tesalónica, o a los de Éfeso, y ellos aprenderían de ese ejemplo, y lo viviría cada uno según su propia personalidad, impulsado por el Espíritu; y sus hijos lo aprendieron de ellos, etc.

Hoy sabemos algunas cosas de cómo se comportaban los Apóstoles por los hechos y las cartas, pero todo lo demás no lo sabemos concretamente. Sin embargo, esa escuela ha pervivido desde entonces en la tradición viva de los cristianos, reavivándose a cada generación con ayuda del Espíritu Santo: una tradición de amabilidad, de tolerancia bien entendida, de austeridad, de sencillez... ejemplos que se quedan bastante reducidos al escribirlos, pero que son valiosísimos, y que se van viendo luego reflejados en las vidas de aquellas personas que han seguido a Cristo de forma admirable y heroica. El mejor predicador es Fray Ejemplo. Una persona vivificada por Cristo, como Teresa de Calcuta, aprende en la Escritura a orientar cada aspecto de su vida, pero aprende también de esa tradición viva que se transmite de generación en generación y que se remonta hasta aquellos primeros cristianos.

Por eso, en la formación de un cristiano, son necesarios lo ejemplos de los santos. Entre líneas, una persona puede leer en sus vidas la Palabra de Dios, en forma de esa tradición de ejemplos, reavivada por el Espíritu. Ahora comprendo por qué, en mi conversión y en el período de formación siguiente, fueron tan importantes las biografías de santos: fueron fundamentales, porque a través de ellas también pude percibir y recibir la Revelación de Dios.

Otro aspecto que fue importantísimo en mi conversión fue la Liturgia. Esta forma de tradición viva y revelada la recibí, la primera vez tras mi conversión, de forma mística. La primera vez que fui a Misa, después de tanto tiempo, me fue dado escuchar al sacerdote como si fuera Jesús mismo. Las palabras de la Liturgia oficiada por aquel buen sacerdote -el padre José Carlos Muñoz- las oía en boca de Jesús y estaban dichas para mí: se me clavaban una a una en el alma, respondían a preguntas muy interiores, me llenaban de consolación, de alegría, me mostraban el amor inconmensurable de Dios por mí, por mis cosas, por mis preocupaciones, por mi historia personal. Pocas veces he vuelto a tener una experiencia así en la Misa, y nunca tan duradera, aunque una vez fue aún más intensa. Pero en la Liturgia de cada día, sin percibirlo de esa forma sensible en que entonces lo percibí, sigo escuchando la Palabra viva de Dios, transmitida por medio de su Iglesia. Y antes, en el momento mismo de mi conversión, fue la oración vocal -otra forma de tradición- la que me unió a Cristo. Y la música de Tomás Luis de Victoria, que entonando la Escritura -"Pater in manos tuas commendo Spiritum meum!"- la envuelve también de esa tradición de adoración eclesial, de una forma que no se puede expresar con palabras. Fue la tradición contemplada por mí en la sotana remendada de aquel viejo sacerdote moribundo, y en su increíble amabilidad en medio del padecimiento que sufría, la que me hizo contemplar, con la ayuda del Espíritu Santo, lo que verdaderamente es la Iglesia Católica, Una con Cristo.


Pero hablábamos del ejemplo de vida, y decíamos que esa tradición viva y vivida, renovada a cada generación por el Espíritu Santo, se remonta hasta aquellos primeros cristianos... ¡y de ellos a Cristo! Por eso es verdadera Revelación. Negarla para quedarse con sólo la Escritura es reducir la Revelación.

Algunas personas pueden tener una mal entendida pretensión de "pureza" de fe, y temerosos de fiarse del Espíritu Santo, y agarrándose a certezas puramente humanas, se quedan sólo con Escritura, porque la Escritura parece como más "segura" humanamente hablando: lo escrito, escrito está, y no cabe duda. En cambio, la tradición puede ser más "etérea": tal cosa o tal otra, ¿procede realmente de Cristo, o es un invento humano? Está claro que identificar e interpretar la tradición tiene sus dificultades, para separar el grano de la paja. Pero no porque esa parte de la Revelación tenga dificultades, debemos renunciar a conocerla y aplicarla. Para eso nos envió Jesús al Espíritu Santo, para que pudiéramos segregar el grano de la paja. ¿Es difícil? Por supuesto. La verdad es trabajosa en este mundo. ¿Es posible para el hombre hacerlo él solo sin equivocarse? No; lo mismo que es imposible interpretar la Escritura sin equivocarse, sin contar con la ayuda del Espíritu que la inspiró.

Y quienes, por otra parte, se fian de seguridades humanas al aceptar la Escritura y rechazar la Tradición, también se suelen fiar de seguridades humanas al interpretar las Escrituras sin contar con la Iglesia, contando con su propio criterio o el criterio de aquellos que les convencen, que es lo mismo: se fian sólo de sus propias opiniones y sentimientos al rechazar la ayuda de la Iglesia que Cristo fundó. El que dice "sólo la Escritura", en realidad está afirmando: "sólo Yo". ¡Rechacemos el "sólo yo" y acojamos el "todo Cristo"!

De hecho, uno de los primeros trabajos de esa tradición fue precisamente identificar la propia Escritura. El canon de las Escrituras, la Biblia, es hija de la Tradición. Aparte de las incluidas en la Biblia, hay más cartas atribuidas a los apóstoles, más las cartas de Policarpo, etc. Primero, los cristianos se dieron cuenta de que había Escrituras inspiradas y escrituras muy piadosas pero no inspiradas, y hasta otras equivocadas. ¿Cómo se dieron cuenta? Por el "sensus ecclesiae", el "sentido de toda la Iglesia", que tenía por inspirado esos libros. La tradición viva y la ayuda del Espíritu les ayudó a notar, primero, que había grano y paja; y segundo, les ayudó a discernir el grano de la paja. Ellos sabían lo que era ser cristiano por ciencia transmitida y ciencia infusa, y por eso paladeaban la Palabra de Cristo en los escritos inspirados. Así los reunieron, y los obispos en comunión con el obispo de Roma, utilizaron una vez más su autoridad para enseñar, sin ningún género de duda o error, que había una Escritura que era Palabra Revelada, y que a ella pertenecían tales libros y no otros, por piadosos y correctos que fueran, como las otras cartas apostólicas, las de Policarpo, las de Ignacio, u otros escritos que se leían en distintos lugares de la cristiandad.

Por eso, es importante conocer que la Revelación de Dios la recibimos por medio de dos fuentes que mutuamente se complementan: la Tradición viva de la Iglesia y las Sagradas Escrituras. ¡Gracias a Dios!

"Trae acá tu dedo..." (Juan, 19)
"La incredulidad de Santo Tomás".- Caravaggio

domingo, 18 de abril de 2010

La Verdad, crucificada.



Hablaré ahora de la Verdad crucificada. Ésta es la respuesta a un cierto "puritanismo" que, frustrado por no encontrar una verdad pura, sencilla y evidente para todos, una verdad que convence por sí sola, desespera de su existencia.

Esta idea equivocada, proclama que "no existen verdades absolutas". Puesto que esta frase constituye en sí una supuesta verdad absoluta, su enunciado más correcto sería: "no existen verdades absolutas, ni siquiera ésta". Y puesto que ésta, de nuevo, es una pretendida verdad absoluta, habría que añadir también -"ni siquiera ésta", y de nuevo -"ni siquiera ésta"... y así ad infinitum.

Si hablamos de nuevo con estas personas, nos dirán que "las cosas no son blancas o negras, que tienen matices". Es verdad que tienen matices, pero esos matices forman parte de la verdad. La propia frase -"las cosas no son blancas o negras"- nos muestra por qué estas personas reniegan de la verdad absoluta: porque esperan encontrar una verdad blanca o negra, es decir, que les convenza por sí sola; perfecta, simple, supuestamente "digna de Dios". No hablo de suposiciones o de oídas, sino de lo que yo mismo asumí durante un tiempo.

Es cierto, la verdad no nos aparece como algo simple y evidente, aparece oscura, difícil de aprehender, como si se nos escapara. Cuanto más nos aproximamos a ella, descubrimos que nos falta aún más por conocer. Y es que nuestra naturaleza buena, está sin embargo caída, afectada por lo que llamamos "el pecado original". Todo dogma, todo enunciado de una verdad absoluta, es en sí oscuro, no sencillamente asequible, abiertamente luminoso o evidente. Aceptarlo es aceptar el yugo del misterio, es aceptar convivir con el misterio, es más, supone fundamentar nuestra vida sobre el misterio.

Pero el yugo de la confusión es mil veces peor. Y renunciar a la verdad conduce a la confusión, a esa triste sucesión de desesperanza: "no existen verdades absolutas -ni siquiera esta, -ni siquiera ésta, -ni siquiera ésta..." y nos deja en la esterilidad, nos aleja de la Vida. La oscuridad del dogma es, sin embargo, mucho más luminosa; nos acerca a la Vida, nos hace fecundos.  "La necedad de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres" (1 Co 1,23-25).

Es cierto que aceptar la verdad absoluta tiene peligros. Es evidente el peligro de engreimiento, de sentirse superior; o el de equivocarnos, o el del fanatismo, que tanto mal ha traído al mundo, al intentar hacer justicia por la fuerza. Sobre eso, existe en la Sagrada Escritura una frase muy sarcástica y elocuente: "como el eunuco que pretende desflorar a una doncella, es el que pretende hacer justicia por la fuerza" (Sirácida 20, 2). No significa que no haya que proteger al débil incluso empleando la fuerza si es preciso -a eso también nos enseña la Sagrada Escritura-, pero nos previene del fanatismo que lleva a diversos tipos de violencia. Esto también es complicado, difuso, matizable... como la propia verdad, como todo lo que nos espera en este mundo. Como esta misma reflexión, pues aunque con ella acertase, nunca llegaría a convencer plenamente, siempre habrá oscuridades, equívocos, matices...

Frente a la frase "no existen verdades absolutas", yo opondría esta otra: "Existen verdades absolutas; pero en este mundo, la verdad no se nos aparecerá como algo evidente, que convence totalmente por sí solo, sino como algo trabajoso y siempre en estado de vía". Se nos aparecerá crucificada, anegada en ese misterio del mal y, sin embargo, llevando ya en sí la semilla de la Resurrección. Se nos aparecerá en la Vía Dolorosa, en la oscuridad de la Pasión, que constituye -paradójicamente- la fuente de toda Luz, y el espejo de nuestra propia verdad.

No porque algo bueno tenga peligros, hay que renunciar a ello. Si el camino que nos lleva a la felicidad está plagado de riesgos y sinsabores, habrá que sortearlos, soportarlos, sufrirlos, equivocarnos, caernos y levantarnos, pero no por eso renunciar a él, abandonarnos en la confusión. “Porque siete veces cae el justo y se vuelve a levantar; pero los impíos se hunden en la desgracia” (Proverbios 24:16). Éste es el camino de la Verdad. Cristo mismo es el Camino.

El error puritano es, en realidad, una pataleta propia de quienes, como yo, hemos vivido y nos hemos criado en un mundo "de color de rosa", lejano a la muerte y al sufrimiento. Desesperamos de lo aparentemente imperfecto, no asumimos que todo, en este mundo, es sufrimiento y sacrificio, que la vida del hombre sobre la tierra es una lucha (Job 7, 1). Queremos una verdad que nos convenza... ¡y la queremos ahora! Nos negamos a aceptar el misterio del pecado original, y nos hacemos incapaces de reconocer que la cruz es la bendición que nos permite resucitar con Cristo. "Si no es perfecto, no lo quiero" -podría ser el lema de esta generación confundida entre algodones. Es necesario madurar... madurar con Cristo, madurar en Cristo. . Como Él le dijo a Pedro: "Cuando eras más mozo, te ceñías, e ibas donde querías; mas cuando ya fueres viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras" (Juan 21, 18). Es necesario aceptar la cruz del misterio, aceptar de Jesús su yugo suave y su carga ligera, como Jesús nos dijo (Mateo 11, 30). Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14, 6).

El misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo está presente en todo, también en la verdad que conocemos y a la vez perseguimos, una verdad que nos resulta trabajosa: "creo para comprender y comprendo para creer mejor" (san Agustín)... hasta que entremos en la presencia de Dios y le veamos cara a cara. La verdad se nos aparecerá entonces simple, evidente, indudable; pero eso no será en este mundo. A menos que Cristo nos permita, durante un instante y por su infinita sabiduría, subir con Él al monte Tabor y contemplarlo todo y a Él mismo transfigurados, es decir, en su auténtica realidad. Pero hasta para eso, parece que hay que hacer primero caso a Cristo y subir la pendiente del Tabor, lo mismo que san Juan Diego tuvo que subir la pendiente del Tepeyac para coger las rosas que probarían la presencia de la Virgen guadalupana.

"¡Que bien sé yo la fonte que mana y corre...aunque es de noche!" (San Juan de la Cruz).

jueves, 15 de abril de 2010

"Ellas han escogido la mejor parte, y no se la quitarán"


¿Sabéis que más de la mitad de las monjas clausura del mundo -el 60%- están en Europa?

¿Y que, de ellas, casi la mitad -el 43%- están en España? ¡En España están más de la cuarta parte de las religiosas contemplativas del mundo...!

¿Y sabéis que no paran de orar día y noche por nosotros y por España? (Y por todo el mundo, claro, sobre todo por los que más lo necesitan).

A mí me impresiona y me emociona cada vez que lo pienso. Si las conociérais, si supiérais cómo son... Son casi un trocito de Cielo. ¡Tenemos un deber muy grande de corresponder a esa gracia! Y también de ayudarlas en sus necesidades... ellas dependen de la Providencia de Dios, que actúa también por medio de nosotros.

De la santa madre Maravillas de Jesús, encontraron un manuscrito que decía:

"Aquí quiero que tú y esas otras almas escogidas de mi Corazón me hagáis una casa en que tenga mis delicias. Mi corazón necesita ser consolado, y este Carmelo quiero que sea el bálsamo que cure las heridas que me abren los pecadores. España se salvará por la oración".

En total, hay 50.470 monjas de clasura en el mundo: Europa 30.435 (13.000 en España), América 14.479, Asia 3.400, África 1.926, y Oceanía 230.

¡Que Dios las bendiga a todas por el bien que nos hacen! Y a todos los que rezan por nosotros.

 "Marta, Marta... tú te afanas y te inquietas por muchas cosas, 
pero sólo una es necesaria. 
María ha elegido la mejor parte, y no se la quitarán" (Lucas 10, 42).

domingo, 11 de abril de 2010

La infantería de Cristo

"Bendito Yahvé, mi Roca, 
que adiestra mis dedos para la pelea,
mis manos, para el combate"
(Salmo 143)

Cristo guarda sus mejores unidades para la mayor prueba, para pelear allí donde todos los demás abandonarían. Son luchadores aguerridos, tan curtidos y dados a padecer, que podría decirse que tienen poco de perder, y eso les hace aún más peligrosos para el enemigo. No les importa el desprecio, ni la persecución, ni la mofa.

El Señor de los ejércitos reserva sus cuerpos para la batalla. Sus dolores expulsaron las herejías; son los cruzados que derrotaron al Turco, las divisiones que arrasaron la Unión Soviética, en respuesta a la pregunta jocosa y prepotente de Stalin: "¿cuántas divisiones tiene el Papa?"


Sus dedos están prestos para la pelea, acostumbrados al combate, cuenta tras cuenta. Son una unidad de élite camuflada, aparentemente débil, deficiente, defectuosa... No aparece en los flamentes catálogos de armas de la Iglesia, ni es fotografiada en las revistas religiosas al uso. Pero la fortaleza de la Iglesia está precisamente en la debilidad, donde Dios pone su fortaleza. Fernando III el Santo lo sabía bien, cuando le pidieron que aumentara los impuestos: "¡Temo más la maldición de una viejecita de mi Reino, que a todos los moros del África!" Juan Pablo II también conocía su potencia, cuando afirmó que los designios del mundo no se deciden en los grandes centros del poder mundial, sino en las capillitas donde se reza.

Son fieles a Cristo y su Iglesia hasta los tuétanos. Sus debilidades podrán ser a veces demasiado evidentes, pero seguramente no encontraríamos más debilidad en ellas que la que se ve, porque en su pecho late un corazón de fuego. Como Cristo, parece que han venido al mundo a incendiarlo, y que no se marcharán hasta que esté ardiendo. Allí donde todos se avergüenzan frente a lo socialmente correcto, o se hartan y se van a la menor contrariedad, ellas seguirán, contra lo que les echen. Como aquella pobre viuda que alabó Jesucristo, darán hasta el último aliento y la última gota de su sangre por el Reino de Dios. Cuando Jesús dijo aquello de que "los últimos serán los primeros", seguramente pensaba en muchas de ellas. Son la Infantería de Cristo, elegidas una por una para lo más encarnizado de la batalla, y no le defraudarán. El mismísimo Satanás tiembla cada vez que uno de sus arrugados dedos se posa sobre una cuenta de su rosario.

Algunos se mofan de que las iglesias estén "llenas de viejas". Pobres, no saben distinguir a un verdadero guerrero de Cristo ni aunque lo tengan delante. Yo estoy seguro de que mi conversión se la debo, sobre todo, a ellas y a tantas monjas que hacen lo mismo en el silencio del claustro, conocidas y desconocidas por mí; invisibles, desapercibidas... ¡constantes!

A todas ellas (y ellos, que también hay), les doy las gracias desde lo más profundo de mi corazón. Que Dios les bendiga el bien que me han hecho y me siguen haciendo, y que les pague en el Cielo como se merecen. Para mí sería un honor sentarme detrás de ellas en el banquete del Señor.

domingo, 4 de abril de 2010

El origen de la Creación y del Hombre

Todo acercamiento a la verdad (también al bien y a la belleza), en el terreno que sea, es un acercamiento a Dios. Por tanto, sólo la mala ciencia, la que confunde y no lleva a la realidad, puede ser criticable; la verdadera ciencia siempre es un logro. En este sentido, yo creo que hay muchas observaciones científicas que nos permiten vislumbrar cómo podemos haber llegado hasta aquí. Sin embargo, hay que reconocer que se trata de pruebas circunstanciales más o menos confluyentes, nada más. Por tanto, todo lo que a continuación expongo está completamente sujeto a discusión, tanto en el origen del Cosmos como en la evolución de las especies y la aparición del hombre. Cuando a continuación hable de que sabemos tal o cual cosa, no me refiero a la certeza propia del empirismo científico, sino a especulaciones que creo acertadas y compatibles con las observaciones realizadas, pero que son completamente discutibles.

El origen del Cosmos

Hoy sabemos que el Universo empezó en el Big Bang, un comienzo no sólo del universo material, sino también del espacio y del tiempo, una aparición del universo de la nada, dotado de orden mediante leyes físicas, es decir, con ninguna libertad intrínseca. Sabemos que de eso a la aparición del Sol y de la Tierra pasaron miles de millones de años, lo que ya de por sí invalida una lectura literal del Génesis, en el que la Creación se produce en seis días. La doctrina católica acepta esto perfectamente. Alguien dijo que la Biblia no nos dice cómo va el cielo, sino cómo se va al Cielo. Con el Big Bang se ha venido abajo la teoría favorita de muchos ateos: el universo estacionario; un universo que hubiera existido desde siempre. Se ha demostrado lo contrario. Fred Hoyle, que se reía de la hipótesis del estallido inicial, al que él impuso jocosamente el nombre de “Big Bang”, tuvo que recapitular y acabó convertido. Los físicos que descubrieron la radiación fósil, eco del Big Bang, dijeron que la ciencia había llegado al principio del universo y se había encontrado con los teólogos, que llevaban siglos allí. El Universo apareció de la nada, en un enorme estallido de luz. Por supuesto, que de la nada pueda salir algo es imposible, nosotros sabemos Quién lo hizo, y ya se cuenta en el Génesis: “Fiat lux!” (¡Hágase la Luz!).

El origen de la vida

La ciencia ha rechazado prácticamente, hace 15 años, para la aparición de la vida en la Tierra, la hipótesis del caldo primitivo de Oparin. Parece imposible, a juzgar por la atmósfera que tenía la Tierra. A día de hoy, la ciencia no tiene ni la más remota idea de cómo pudo aparecer la vida sobre la Tierra. La hipótesis de que alguien o algo puso la vida en la Tierra es muy posible, de hecho se investiga la posibilidad de que viniera en un meteorito. ¿Apareció por intervención directa de Dios? No lo sabemos. Quizá. No necesariamente. Pero tampoco me resisto a pensar que pudo ser así. No lo sé.


La evolución de las especies

Sabemos que las especies han evolucionado desde formas de vida sencillísimas, y la huella del ADN está confirmando lo que se sospechaba por los hallazgos paleontológicos. La existencia de variabilidad genética y selección natural propuesta por Darwin como mecanismo evolutivo es una observación completamente comprobada, sólo queda saber si ese es el único mecanismo o puede haber otros.

El origen del hombre

El cuerpo del hombre aparece por evolución de una rama de primates homínidos, y como Homo sapiens puede tener unos 200.000 años de antigüedad. El rastro de ADN mitocondrial (trasmitido por la mujer) nos conduce a que todos los hombres actuales descenderíamos de una pareja que no se remonta más allá de 100.000-200.000 años. Sin embargo, por el rastreo del cromosoma "Y", parece que un antepasado masculino común a toda la humanidad vivió hace unos 70.000 años. Una hipótesis para explicarlo es la de un cataclismo (que pudo ser producido por el estallido del volcán Toba en Indonesia) que habría producido un invierno continuo por la nube de cenizas lanzada a la atmósfera, y que habría dejado muy pocos seres humanos sobre la tierra.

En un momento dado, el animal con cuerpo de hombre empieza a ser hombre. Está en discusión la cualidad que indica que el hombre ya es hombre; los paleoantropólogos se centran más bien en cifrarla en la capacidad de pensamiento abstracto, y como hallazgo relevante, se fijan en la aparición de culto religioso, como los enterramientos. Creo que eso nos haría denominar al hombre "Homo sapiens orans".

Pero, como cristiano, sé lo que hace hombre al hombre: la libertad. El alma con voluntad libre que es creación directa de Dios, que no se transmite de padres a hijos, sino que Dios la crea en cada ser humano que viene al mundo. El alma libre es como un "software" que corre en el "hardware" del cerebro humano. Donde antes sólo había impulsos predeterminados y completamente predecibles, ahora hay un "Yo" que decide. Eso es lo que hace que el animal que por instinto se rascaba la oreja derecha cuando le picaba, ahora se rasca la que no le pica si le da la real gana, para llevar la contraria al instinto. Por eso se denota como rey de la Creación. Por eso, está creado a imagen y semejanza de Dios: porque tiene voluntad propia, no sujeta a las meras leyes de la física y la bioquímica. Una voluntad que le permite amar por voluntad propia a su Creador, a sus semejantes y a toda la Creación.

Conclusión y discusión

Creo que es una maravilla conocer toda esta obra de Dios. Tan obra de Dios es poner los planetas en su sitio directamente, como crear el Cosmos en el Big Bang y dar a la materia y la energía unas leyes por las que, indefectiblemente, va a quedar cada planeta en su sitio tal como Dios lo tiene planeado. Y lo mismo pasa con el origen de la vida y la evolución de las especies. Las leyes naturales no dejan ningún grado de libertad, ni a la materia inanimada, ni a los seres vivos. Cada mordisquillo de un ratón campestre estuvo ya determinado en el instante incial de la Creción, porque no hay efecto sin causa.

La libertad sólo llega a la Creación con la creación directa del alma humana por Dios. Hasta entonces, todo estaba completamente predeterminado por las leyes físicas.

Contra esta opinión mía, en nada contraria a la fe de la Iglesia -según creo, en caso contrario, desecharía inmediatamente mi opinión-, hay dos posibles objeciones por parte de los creyentes (puede haber otras):

1) La primera es el falso concepto de “azar creador” como sustituto de Dios, aplicado a la evolución de las especies. Esto es una patraña que no proviene de la ciencia, sino de filósofos ateos, que han retorcido la ciencia en su propio interés. En el estudio de la Biología, el azar puro (efecto sin causa) no se considera. Muchos rechazan la ciencia porque le atribuyen patochadas que no son nada científicas.

2) La segunda, más profunda, es que el mecanismo de la evolución por selección natural es cruel, y no parece digno del Creador. Sin embargo, hay que recordar que la naturaleza está también afectada por las consecuencias del pecado original, que genera un "cataclismo cósmico". El plan de Dios no se ve por eso truncado, pero tiene lugar a través de la cruz. De hecho, la depredación de un antílope por un león, es cruel, y no es digna de Dios. Por eso dice la Escritura: “pastará el león con el cordero, y un niñito los guiará”, refiriéndose a la Nueva Creación. No olvidemos que, como también dice la Escritura, "la Creación entera gime con dolores de parto".

Esto que sucede con el acercamiento a la verdad y al bien, -es decir, que no debemos olvidar que, en este mundo, son siempre verdad y bien crucificados-, lo asumimos quizá más fácilmente cuando lo contemplamos respecto a la belleza. Por eso, la belleza que admiramos no es siempre una belleza platónica, sino también la belleza del Crucificado, que se nos muestra "sin aspecto atrayente, que ni parecía hombre". Sobre la manifestación bellísima de Cristo, en la Transfiguración, planea la sombra de la Cruz, que Pedro quiere olvidar "haciendo tres tiendas", "porque no sabía lo que se decía". No seamos platónicos, tampoco, en la búsqueda de la verdad y del bien. Si la verdad no estuviera también crucificada, sería sencillísima, directamente aprehensible de una vez por todas; sin embargo, a menudo vemos que la verdad es una verdad compleja, en la que tenemos que aplicar toda nuestra capacidad para sortear el mal, y aún así, nos vemos dificultados para degustarla en plenitud. No exijamos un bien, una verdad y una belleza platónicos a una Creación crucificada. En la Creación hay bien, verdad y belleza, pero crucificados, en estado de vía hacia la plenitud de la Nueva Creación. Pedir que toda la Creación sea buena en su sentido primigenio es como pensar que nuestra vida tiene que estar libre de sufrimiento, como la de Adán y Eva antes de la caída.
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