domingo, 11 de abril de 2010

La infantería de Cristo

"Bendito Yahvé, mi Roca, 
que adiestra mis dedos para la pelea,
mis manos, para el combate"
(Salmo 143)

Cristo guarda sus mejores unidades para la mayor prueba, para pelear allí donde todos los demás abandonarían. Son luchadores aguerridos, tan curtidos y dados a padecer, que podría decirse que tienen poco de perder, y eso les hace aún más peligrosos para el enemigo. No les importa el desprecio, ni la persecución, ni la mofa.

El Señor de los ejércitos reserva sus cuerpos para la batalla. Sus dolores expulsaron las herejías; son los cruzados que derrotaron al Turco, las divisiones que arrasaron la Unión Soviética, en respuesta a la pregunta jocosa y prepotente de Stalin: "¿cuántas divisiones tiene el Papa?"


Sus dedos están prestos para la pelea, acostumbrados al combate, cuenta tras cuenta. Son una unidad de élite camuflada, aparentemente débil, deficiente, defectuosa... No aparece en los flamentes catálogos de armas de la Iglesia, ni es fotografiada en las revistas religiosas al uso. Pero la fortaleza de la Iglesia está precisamente en la debilidad, donde Dios pone su fortaleza. Fernando III el Santo lo sabía bien, cuando le pidieron que aumentara los impuestos: "¡Temo más la maldición de una viejecita de mi Reino, que a todos los moros del África!" Juan Pablo II también conocía su potencia, cuando afirmó que los designios del mundo no se deciden en los grandes centros del poder mundial, sino en las capillitas donde se reza.

Son fieles a Cristo y su Iglesia hasta los tuétanos. Sus debilidades podrán ser a veces demasiado evidentes, pero seguramente no encontraríamos más debilidad en ellas que la que se ve, porque en su pecho late un corazón de fuego. Como Cristo, parece que han venido al mundo a incendiarlo, y que no se marcharán hasta que esté ardiendo. Allí donde todos se avergüenzan frente a lo socialmente correcto, o se hartan y se van a la menor contrariedad, ellas seguirán, contra lo que les echen. Como aquella pobre viuda que alabó Jesucristo, darán hasta el último aliento y la última gota de su sangre por el Reino de Dios. Cuando Jesús dijo aquello de que "los últimos serán los primeros", seguramente pensaba en muchas de ellas. Son la Infantería de Cristo, elegidas una por una para lo más encarnizado de la batalla, y no le defraudarán. El mismísimo Satanás tiembla cada vez que uno de sus arrugados dedos se posa sobre una cuenta de su rosario.

Algunos se mofan de que las iglesias estén "llenas de viejas". Pobres, no saben distinguir a un verdadero guerrero de Cristo ni aunque lo tengan delante. Yo estoy seguro de que mi conversión se la debo, sobre todo, a ellas y a tantas monjas que hacen lo mismo en el silencio del claustro, conocidas y desconocidas por mí; invisibles, desapercibidas... ¡constantes!

A todas ellas (y ellos, que también hay), les doy las gracias desde lo más profundo de mi corazón. Que Dios les bendiga el bien que me han hecho y me siguen haciendo, y que les pague en el Cielo como se merecen. Para mí sería un honor sentarme detrás de ellas en el banquete del Señor.

3 comentarios:

Alonso Gracián dijo...

Qué hermoso y profundo!

Emilio Alegre dijo...

Muchas gracias, Alonso. Te iba a contar algo más, y al final he escrito otra entrada entera.

Alonso Gracián dijo...

Sobre la Roca que es Cristo.
La forma de que tiene Cristo de ser piedra angular es una forma petrina. La roca que es Cristo, y la roca que es Pedro, es la misma roca. Cristo es piedra angular de manera petrina.

Se ha producido un error en este gadget.