domingo, 18 de abril de 2010

La Verdad, crucificada.



Hablaré ahora de la Verdad crucificada. Ésta es la respuesta a un cierto "puritanismo" que, frustrado por no encontrar una verdad pura, sencilla y evidente para todos, una verdad que convence por sí sola, desespera de su existencia.

Esta idea equivocada, proclama que "no existen verdades absolutas". Puesto que esta frase constituye en sí una supuesta verdad absoluta, su enunciado más correcto sería: "no existen verdades absolutas, ni siquiera ésta". Y puesto que ésta, de nuevo, es una pretendida verdad absoluta, habría que añadir también -"ni siquiera ésta", y de nuevo -"ni siquiera ésta"... y así ad infinitum.

Si hablamos de nuevo con estas personas, nos dirán que "las cosas no son blancas o negras, que tienen matices". Es verdad que tienen matices, pero esos matices forman parte de la verdad. La propia frase -"las cosas no son blancas o negras"- nos muestra por qué estas personas reniegan de la verdad absoluta: porque esperan encontrar una verdad blanca o negra, es decir, que les convenza por sí sola; perfecta, simple, supuestamente "digna de Dios". No hablo de suposiciones o de oídas, sino de lo que yo mismo asumí durante un tiempo.

Es cierto, la verdad no nos aparece como algo simple y evidente, aparece oscura, difícil de aprehender, como si se nos escapara. Cuanto más nos aproximamos a ella, descubrimos que nos falta aún más por conocer. Y es que nuestra naturaleza buena, está sin embargo caída, afectada por lo que llamamos "el pecado original". Todo dogma, todo enunciado de una verdad absoluta, es en sí oscuro, no sencillamente asequible, abiertamente luminoso o evidente. Aceptarlo es aceptar el yugo del misterio, es aceptar convivir con el misterio, es más, supone fundamentar nuestra vida sobre el misterio.

Pero el yugo de la confusión es mil veces peor. Y renunciar a la verdad conduce a la confusión, a esa triste sucesión de desesperanza: "no existen verdades absolutas -ni siquiera esta, -ni siquiera ésta, -ni siquiera ésta..." y nos deja en la esterilidad, nos aleja de la Vida. La oscuridad del dogma es, sin embargo, mucho más luminosa; nos acerca a la Vida, nos hace fecundos.  "La necedad de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres" (1 Co 1,23-25).

Es cierto que aceptar la verdad absoluta tiene peligros. Es evidente el peligro de engreimiento, de sentirse superior; o el de equivocarnos, o el del fanatismo, que tanto mal ha traído al mundo, al intentar hacer justicia por la fuerza. Sobre eso, existe en la Sagrada Escritura una frase muy sarcástica y elocuente: "como el eunuco que pretende desflorar a una doncella, es el que pretende hacer justicia por la fuerza" (Sirácida 20, 2). No significa que no haya que proteger al débil incluso empleando la fuerza si es preciso -a eso también nos enseña la Sagrada Escritura-, pero nos previene del fanatismo que lleva a diversos tipos de violencia. Esto también es complicado, difuso, matizable... como la propia verdad, como todo lo que nos espera en este mundo. Como esta misma reflexión, pues aunque con ella acertase, nunca llegaría a convencer plenamente, siempre habrá oscuridades, equívocos, matices...

Frente a la frase "no existen verdades absolutas", yo opondría esta otra: "Existen verdades absolutas; pero en este mundo, la verdad no se nos aparecerá como algo evidente, que convence totalmente por sí solo, sino como algo trabajoso y siempre en estado de vía". Se nos aparecerá crucificada, anegada en ese misterio del mal y, sin embargo, llevando ya en sí la semilla de la Resurrección. Se nos aparecerá en la Vía Dolorosa, en la oscuridad de la Pasión, que constituye -paradójicamente- la fuente de toda Luz, y el espejo de nuestra propia verdad.

No porque algo bueno tenga peligros, hay que renunciar a ello. Si el camino que nos lleva a la felicidad está plagado de riesgos y sinsabores, habrá que sortearlos, soportarlos, sufrirlos, equivocarnos, caernos y levantarnos, pero no por eso renunciar a él, abandonarnos en la confusión. “Porque siete veces cae el justo y se vuelve a levantar; pero los impíos se hunden en la desgracia” (Proverbios 24:16). Éste es el camino de la Verdad. Cristo mismo es el Camino.

El error puritano es, en realidad, una pataleta propia de quienes, como yo, hemos vivido y nos hemos criado en un mundo "de color de rosa", lejano a la muerte y al sufrimiento. Desesperamos de lo aparentemente imperfecto, no asumimos que todo, en este mundo, es sufrimiento y sacrificio, que la vida del hombre sobre la tierra es una lucha (Job 7, 1). Queremos una verdad que nos convenza... ¡y la queremos ahora! Nos negamos a aceptar el misterio del pecado original, y nos hacemos incapaces de reconocer que la cruz es la bendición que nos permite resucitar con Cristo. "Si no es perfecto, no lo quiero" -podría ser el lema de esta generación confundida entre algodones. Es necesario madurar... madurar con Cristo, madurar en Cristo. . Como Él le dijo a Pedro: "Cuando eras más mozo, te ceñías, e ibas donde querías; mas cuando ya fueres viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras" (Juan 21, 18). Es necesario aceptar la cruz del misterio, aceptar de Jesús su yugo suave y su carga ligera, como Jesús nos dijo (Mateo 11, 30). Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14, 6).

El misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo está presente en todo, también en la verdad que conocemos y a la vez perseguimos, una verdad que nos resulta trabajosa: "creo para comprender y comprendo para creer mejor" (san Agustín)... hasta que entremos en la presencia de Dios y le veamos cara a cara. La verdad se nos aparecerá entonces simple, evidente, indudable; pero eso no será en este mundo. A menos que Cristo nos permita, durante un instante y por su infinita sabiduría, subir con Él al monte Tabor y contemplarlo todo y a Él mismo transfigurados, es decir, en su auténtica realidad. Pero hasta para eso, parece que hay que hacer primero caso a Cristo y subir la pendiente del Tabor, lo mismo que san Juan Diego tuvo que subir la pendiente del Tepeyac para coger las rosas que probarían la presencia de la Virgen guadalupana.

"¡Que bien sé yo la fonte que mana y corre...aunque es de noche!" (San Juan de la Cruz).

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