jueves, 24 de junio de 2010

"La Iglesia, columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3, 15)

Lo siguiente es un comentario personal a esta expresión de la Biblia, basado en el Magisterio de la Iglesia; fundamentalmente, en el Catecismo y tres constituciones dogmáticas del Concilio Vaticano II citadas en él: Lumen Gentium, Dei Verbum, y Sacrosanctum Concilium.

San Pablo le está hablando a su amigo y discípulo, el sacerdote Timoteo, y le está diciendo cómo hay que comportarse en la Iglesia. Está hablando de la Iglesia como institución visible, y esta Iglesia, formada por hombres pecadores pero vivificada por el Espíritu Santo, dice que es -nada menos- que la columna y fundamento de la Verdad. Es decir, como los discípulos podían fiarse de Cristo mientras estaba enseñando en medio de ellos, nosotros podemos fiarnos de la Iglesia como del mismo Cristo, cuando nos enseña. Esto es lo que nos dice el Espíritu Santo, por boca del Apóstol San Pablo. Es impresionante.

Es impresionante, porque Dios se ha compadecido de nosotros, para que no anduviéramos perdidos como ovejas sin pastor. En su designio de amor, permitiendo que llevemos el tesoro de la Palabra de Dios en vasijas de barro, nos ha dado el carisma de la verdad en el Espíritu; se lo ha dado a la Iglesia, institución visible. La Iglesia nos muestra la Revelación recibida de Cristo, conserva y nos muestra esa Revelación en las Escrituras y la Tradición, nos señala qué es la verdadera Tradición y qué no, nos delimita cuáles son verdaderas Escrituras reveladas y cuáles no. Y, además, nos ayuda a interpretarlas, porque con su enseñanza, interpreta auténticamente las Escrituras y la Tradición. A esa enseñanza de la Iglesia le llamamos "Magisterio".

Así, la "Iglesia, columna y fundamento de la verdad", nos enseña con la Verdad de Cristo, y nos enseña con la Autoridad de Cristo, de forma que quien escucha a la Iglesia por medio de sus apóstoles, escucha al mismo Cristo; quien rechaza su enseñanza, rechaza al mismo Cristo que ha ido a enseñarle.

Esto implica que, por mucho que los miembros de la Iglesia seamos débiles, pecadores, infieles, indignos, aunque el Papa mismo dejase mucho que desear en su vida cristiana, la Verdad que nos enseña la Iglesia está a salvo de nuestra debilidad, de nuestro pecado. Podemos atender confiados a todo lo que la Iglesia nos enseña en su Magisterio, cuyo resumen pedagógico se encuentra en el Catecismo.

Por supuesto, aunque podamos confiar en que lo que nos enseña la Iglesia es la Verdad de Cristo, si los hombres que formamos la Iglesia no somos responsables y fieles a ese tesoro que se nos ha encomendado, si no predicamos esa verdad, si la adulteramos, la deformamos, si la predicamos sin dar ejemplo, o la predicamos sin amor, violentamente, etc., será más difícil para los demás escuchar y creer la Verdad que Dios quiere revelarles a través de nosotros. Es una gran responsabilidad la que Jesús dejó en nuestras manos al fundar la Iglesia, al enviarnos a predicar a todos su Evangelio. Pero por muchos defectos y pecados que tengamos, una cosa es segura: la enseñanza de la Iglesia nos muestra la Verdad, desviarnos de ella es confundirnos seguro;  fiarnos de ella, es fiarnos del mismo Cristo, del Espíritu Santo que la garantiza, del Padre que nos la ha dado en su designio de amor. Cristo, que es Dios, no ha fundado la Iglesia para equivocarnos, para que nos volviéramos locos y viviéramos en la confusión: nos la ha dado para que su Verdad permaneciera plenamente con nosotros, y el Espíritu de la Verdad nos ayuda a penetrar en ella cada vez mejor, de forma más clara y explícita.

Hay varias imágenes de la realidad de la Iglesia que me parece que concuerdan bien con esta expresión maravillosa de San Pablo: "la Iglesia, columna y fundamento de la Verdad". Una de ellas, es la custodia en la que se expone el Cuerpo de Cristo, la Sagrada Eucaristía. Cristo es la Verdad, y la custodia -imagen de la Iglesia- le sostiene ante la vista de todos. Otro es el cáliz, vaso sagrado que contiene a Cristo, como la Iglesia custodia el depósito de la fe, de la Verdad Revelada: la Tradición y las Escrituras. Otra es el propio Sacerdote, cuando levanta el Cuerpo y la Sangre de Cristo, primero para presentarle en Sacrificio al Padre, y luego para que le vean todos los fieles. Él mismo, con sus brazos, hace las veces de Iglesia, que sostiene la Verdad, para que todos se acerquen a ella, para que la propia Verdad atraiga a todos hacia ella, como Cristo cuando es levantado en la Cruz.

Finalmente, una imagen preciosa de la "Iglesia, columna y fundamento de la Verdad" es la Virgen María, que se representa a veces sentada y mostrando a todos sobre su regazo al Niño Jesús, mientras éste levanta los dos dedos porque nos está enseñando la Verdad. Los tres dedos restantes (meñique y anular, sostenidos por el pulgar) representan la Santísima Trinidad. Esta imagen de María, que sostiene en sus brazos al Niño para que nos enseñe, toma a veces el nombre de "Sedes Sapientiae" (Trono de la Sabiduría), uno de los nombres místicos que se dan a la Virgen en las Letanías Lauretanas (de Loreto), que provienen de los "grafitti" que, como piropos, el pueblo fiel pintó en la casa de María, en Loreto.

Cuando Cristo se sienta en su trono y nos enseña -por ejemplo, en la oración-, es hora de recostarse en su regazo y escuchar, como hizo San Juan en la Santa Cena. Pero en la vida cotidiana, nos ha encargado a nosotros mismos que nos sentemos en su Trono y enseñemos, evangelizando en su Nombre con la Verdad.

lunes, 21 de junio de 2010

¿Sólo los eruditos pueden salvarse?


 Actualmente, los cristianos a menudo nos enfrentamos con cuestiones eruditas que afectan a las traducciones, la autoría, el contexto histórico, etc. de las Escrituras. Pero nosotros no podemos ser a la vez arqueólogos, filólogos, traductores de griego... Nunca vamos a poder estar a la altura de comprender argumentos eruditos, aprobarlos o desaprobarlos con nuestro propio criterio. Reconocer que no estamos a esa altura es necesario para buscar la verdad con prudencia.

No podemos saber de todo. Tenemos que confiar. Y ¿en quién confiar? Pues precisamente de eso habla la Constitución Dogmática "Dei Verbum" del Concilio Vaticano II, citada en el Catecismo: en el depósito de la fe que nos ha sido dado por la tradición escrita y oral (Escrituras y Tradición), interpretado por el Magisterio de la Iglesia. Es decir: podemos confiar en lo que la Iglesia nos enseña. Para eso la fundó Cristo, no para desviarnos: la fundó porque nos ama, para que no vagáramos "como ovejas son pastor".

Muchas veces, discusiones más propias de las cátedras teológicas y arqueológicas que del pueblo fiel, minusvaloran la tradición de la Iglesia. Son un lastre para la verdadera evangelización, por varias razones:

1. Porque sin que los cristianos podamos realmente saber si lo que nos dicen es cierto o no, se está minando nuestra confianza en lo que la Iglesia cree y enseña.

2. Porque perdemos el tiempo en discutir sobre la inmortalidad del cangrejo, en lugar de compartir el sencillo mensaje evangélico de Jesús.

3. Porque muchos se llevan la impresión de que, para poder evangelizar, hay que ser un experto y un erudito, lo cual es una chorrada como un piano. Los mejores evangelizadores han sido personas como el Santo Cura de Ars, que no necesitaban ser grandes entendidos para reconocer la verdad que cada uno necesitaba y que todos tenemos al alcance de la mano.

4. Porque resulta ridículo que todo el mundo pretenda dilucidar cuestiones filológicas, o de traducción de griego clásico, o sobre las costumbres domésticas de la gentilidad en la baja Macedonia a finales del siglo I. Tanta "ciencia" no hace más que hincharnos como globos. La mayoría de las veces, se generan discusiones en las que nadie tiene verdadera idea de lo que está diciendo, todo son ideas leídas en el último libro y cogidas con alfileres. Se parecen mucho a las discusiones futboleras sobre la mejor estrategia que debe seguir el entrenador de tal o cual equipo, cuando los contertulios no distinguen un defensa central de un medio volante. ¡Seamos sensatos!


Creo que debemos recordar una y otra vez las palabras de Jesús: "Bendito seas, Padre, Señor de Cielo y Tierra, que has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has mostrado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido mejor" (Lucas 10, 21).

Así que yo me fío de la Iglesia, y ruego a los señores teólogos, exégetas, etc. (algunos párrocos incluidos), que se pongan de acuerdo entre sí y con el Magisterio de la Iglesia, antes de llenarnos la cabeza de pájaros. A lo mejor alguien debe recordarles que su éxito consistirá en evangelizar, no en vender libros y hacerse famosos: "lo que uno es ante Dios, eso es, y no más" -dijo San Francisco de Asís.

Y, por supuesto, les recomiendo que, antes de escribir algún libro o pronunciar una conferencia u homilía, se estudien las enseñanzas de la Iglesia y no nos desvíen. Los fieles tenemos derecho a ser evangelizados con la doctrina de la Iglesia que Cristo fundó. No nos engañemos: sobre esta columna, se construye la verdadera Teología.
Se ha producido un error en este gadget.