lunes, 21 de junio de 2010

¿Sólo los eruditos pueden salvarse?


 Actualmente, los cristianos a menudo nos enfrentamos con cuestiones eruditas que afectan a las traducciones, la autoría, el contexto histórico, etc. de las Escrituras. Pero nosotros no podemos ser a la vez arqueólogos, filólogos, traductores de griego... Nunca vamos a poder estar a la altura de comprender argumentos eruditos, aprobarlos o desaprobarlos con nuestro propio criterio. Reconocer que no estamos a esa altura es necesario para buscar la verdad con prudencia.

No podemos saber de todo. Tenemos que confiar. Y ¿en quién confiar? Pues precisamente de eso habla la Constitución Dogmática "Dei Verbum" del Concilio Vaticano II, citada en el Catecismo: en el depósito de la fe que nos ha sido dado por la tradición escrita y oral (Escrituras y Tradición), interpretado por el Magisterio de la Iglesia. Es decir: podemos confiar en lo que la Iglesia nos enseña. Para eso la fundó Cristo, no para desviarnos: la fundó porque nos ama, para que no vagáramos "como ovejas son pastor".

Muchas veces, discusiones más propias de las cátedras teológicas y arqueológicas que del pueblo fiel, minusvaloran la tradición de la Iglesia. Son un lastre para la verdadera evangelización, por varias razones:

1. Porque sin que los cristianos podamos realmente saber si lo que nos dicen es cierto o no, se está minando nuestra confianza en lo que la Iglesia cree y enseña.

2. Porque perdemos el tiempo en discutir sobre la inmortalidad del cangrejo, en lugar de compartir el sencillo mensaje evangélico de Jesús.

3. Porque muchos se llevan la impresión de que, para poder evangelizar, hay que ser un experto y un erudito, lo cual es una chorrada como un piano. Los mejores evangelizadores han sido personas como el Santo Cura de Ars, que no necesitaban ser grandes entendidos para reconocer la verdad que cada uno necesitaba y que todos tenemos al alcance de la mano.

4. Porque resulta ridículo que todo el mundo pretenda dilucidar cuestiones filológicas, o de traducción de griego clásico, o sobre las costumbres domésticas de la gentilidad en la baja Macedonia a finales del siglo I. Tanta "ciencia" no hace más que hincharnos como globos. La mayoría de las veces, se generan discusiones en las que nadie tiene verdadera idea de lo que está diciendo, todo son ideas leídas en el último libro y cogidas con alfileres. Se parecen mucho a las discusiones futboleras sobre la mejor estrategia que debe seguir el entrenador de tal o cual equipo, cuando los contertulios no distinguen un defensa central de un medio volante. ¡Seamos sensatos!


Creo que debemos recordar una y otra vez las palabras de Jesús: "Bendito seas, Padre, Señor de Cielo y Tierra, que has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has mostrado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido mejor" (Lucas 10, 21).

Así que yo me fío de la Iglesia, y ruego a los señores teólogos, exégetas, etc. (algunos párrocos incluidos), que se pongan de acuerdo entre sí y con el Magisterio de la Iglesia, antes de llenarnos la cabeza de pájaros. A lo mejor alguien debe recordarles que su éxito consistirá en evangelizar, no en vender libros y hacerse famosos: "lo que uno es ante Dios, eso es, y no más" -dijo San Francisco de Asís.

Y, por supuesto, les recomiendo que, antes de escribir algún libro o pronunciar una conferencia u homilía, se estudien las enseñanzas de la Iglesia y no nos desvíen. Los fieles tenemos derecho a ser evangelizados con la doctrina de la Iglesia que Cristo fundó. No nos engañemos: sobre esta columna, se construye la verdadera Teología.

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