domingo, 22 de agosto de 2010

Arrepentirse también es amar

 Magdalena penitente. Pedro de Mena. Museo del Prado.

Señor, Tú sabes que la inmensa mayoría de las veces, ando rehuyendo tu cruz. Y aún así me soportas y no me abandonas. Sé que mi vida es un continuo tentarte, una llamada continua a tu misericordia. Día tras día, compruebo y lamento mi debilidad.

Pero, día tras día, tú pagas mi arrepentimiento como pagarías el amor. ¡Parece que te da igual! Yo no quiero seguir arrepintiéndome, quiero amarte y demostrártelo, quiero tomar la cruz que me tiendes amorosamente cada día, pero soy tan débil... Tengo vocación de guerrero, pero a la hora de la verdad, casi siempre me falta el valor, y cuando no me falta, es porque Tú me lo das todo. Yo quisiera ir "de victoria en victoria", como tu humilde Santa Teresita, pero mi camino de amor es "de derrota en derrota" y "de arrepentimiento en arrepentimiento", Tú lo sabes. El arrepentimiento es la sábana que me arropa cada noche, Señor, como las buenas intenciones son mi despertador de cada mañana. El arrepentimiento es prácticamente el único acto de amor que tengo para darte.

Quizá sea éste el camino de amor que tienes para mí, Señor. Yo no soy humilde como Santa Teresita, y sabes que me inflaría si consiguiera, con tu fortaleza, asir la leve cruz que me tiendes cada día. Pero yo no puedo conformarme con esto, Señor; yo quiero no fallarte, porque Tú no te lo mereces. Y sin embargo, escucho a Teresita que me dice: "ahora no tengo ya ningún deseo, si no es el de amar a Jesús con locura". Así quiero yo amarte, Señor. Que nunca me aparte de tu lado, Señor; que, al menos, siempre luche, aunque sea para caer derrotado; y sobre todo, que siempre me arrepienta, que siempre acuda a tu misericordia con esta confianza, que sería abusiva si Tú mismo no te prestases a ello. Sí, Tú me lo dices: arrepentirme también es amarte. No tengo otra obra mejor que ofrecerte en esta noche, Jesús: toma mi arrepentimiento de hoy y mi propósito de tomar la cruz mañana.

Pero la carta a los Romanos me responde: "¿Acaso desprecias la riqueza de la bondad de Dios, de su tolerancia y de su paciencia, sin reconocer que esa bondad te debe llevar a la conversión?" (Romanos 2,4) ¿Y qué camino me muestras para alcanzar la conversión del corazón? Sólo éste: "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá, porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre" (Mateo 7,7). Pedir... te pido que me conviertas, Señor, como te pedía santa Teresa de Jesús, la grande, con esa "determinada determinación de no salir sin ello... así se hunda el mundo".

2 comentarios:

Longinos dijo...

Había quitado esta entrada porque me di cuenta que estaba cometiendo un error. Pero como le gustó el título a Alonso, la he corregido y vuelvo a ponerla.

Alonso Gracián dijo...

Te lo agradezco. Esta reflexión muestra una idea muy importante. Vale la pena. Con la correción ha quedado bien encauzada.

El arrepentimiento, sin duda, es el primer abrazo que damos al Señor.

Se ha producido un error en este gadget.