sábado, 25 de septiembre de 2010

Sobre la felicidad



Llevo mucho tiempo pensando sobre este tema; aparece a veces en mi oración y en momentos providenciales. Ya para colmo, hace dos días mi mujer me regaló el pequeño libro "La Vida Feliz" de San Agustín", y ayer mismo un amigo nos hablaba de la felicidad, y nos decía que Dios quiere que seamos felices.


Parece que toda persona anhela la felicidad, aunque no tenga una idea clara de qué es ni dónde puede encontrarla.

Sin embargo, desde un punto de vista intrascendente, lo que se suele decir "ser feliz", lo identificamos con estar contento y satisfecho de la vida. Pues ocurre una cosa: pienso que ésa no es la mayor aspiración del ser humano, ¿no os parece? ¿No os parece que hay muchas personas que son capaces de sacrificar su alegría y su satisfacción por aquello que creen más valioso, aunque les suponga sufrimientos, e incluso la muerte? Y si uno es capaz de dejarse matar por algo, es que para él lo más importante no es el contento y la satisfacción de la vida: para él hay algo más importante, sea lo que sea aquello por lo que es capaz de morir.

Entonces, ¿qué es la verdadera felicidad, aquella que constituye en anhelo supremo de todo ser humano? ¿Podemos alcanzarla en la tierra? ¿Dónde está?


San Agustín hace una pregunta que ayuda mucho en esta investigación: ¿puede ser alguien feliz si teme perder la felicidad?


¿No os parece que eso no es posible, que no se puede ser feliz si se teme perder la felicidad? Recuerdo ahora uno de los momentos más placenteros de mi vida. No recuerdo si fue en Covadonga o en Montserrat, porque fue hace muchos años. Sí recuerdo que bajaba por la montaña en Julio, con una sed de varias horas bajo el sol andando; creo que nunca he tenido tanta sed. Al llegar, varios caños de agua cristalina de la sierra manaban un chorro horizontal de agua fresca, que  parecía sólido y transparente. Beber esa agua era tan maravilloso... pero mientras la bebía sentía pena porque iba a dejar de tener sed en unos segundos, y esa enorme satisfacción momentánea iba a acabarse.


No hay verdadera felicidad si tememos perderla. Y claro está que todo lo material o mundano podemos perderlo con facilidad: las satisfacciones, los triunfos que pronto caen en el olvido, hasta podemos perder la familia, la salud... Sólo Dios permanece.


Si la felicidad es el máximo anhelo del ser huumano, y no puede haber felicidad si tememos perderla, entonces es que eso que llamamos felicidad sólo puede ser una cosa: Dios. Eso que anhelamos entre tinieblas, sin saber muchas veces qué es ni dónde está, es Dios.


Por eso dice San Agustín: "el hombre no se conforma con menos que con Dios". Y también, en sus Confesiones: "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti".

Además, creo que hay un "test" para saber si algo que se nos presenta como felicidad es o no la verdadera felicidad (esto lo digo ya como cristiano). Veréis: si yo soy cristiano, creo que Dios existe, es justo y nos ama. Y si Dios es justo y llamamos felicidad a aquello que todos anhelamos, entonces todos debemos poder ser felices; porque Dios no puede habernos creado a unos para la felicidad, y a otros para la infelicidad y la desgracia.
Recordad ahora, por ejemplo, aquel eslógan ateo que pusieron en algunos autobuses de Londres: "Probablemente, Dios no existe. No te preocupes y disfruta de la vida". Puede servir para una persona a la que le va todo bien. Pero imaginaos  ahora -éste es el test- a una madre que sale del hospital después de cuidar a su hijo que se está muriendo, y que casi sin dormir tiene que ir a fregar suelos en una casa. Y lee ese eslógan: "Probablemente, Dios no existe. No te preocupes y disfruta de la vida". ¿No resulta ridículamente cruel? Si ésa es la felicidad, el difrute intrascendente de la vida, desde luego hay millones y millones de personas que no están invitadas.

Ahora voy a poner otro ejemplo de alguien "opuesto", el beato Juan XXIII, que en su "decálogo de la felicidad" tiene este propósito, que leí hace poco grabado en Fátima:


"Sólo por hoy seré feliz, en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también".


Imaginaos que esa madre cuyo hijo se está muriendo, lee esto. Y piensa: "¿Cómo voy a ser feliz "hoy"?" Parece otra estupidez, como la de los ateos. Esta madre puede creer en Dios y esperar ser feliz en el Cielo, pero... ¿en la tierra?, ¿hoy, que mi hijo se está mjuriendo y yo, reventada y casi sin haber dormido, tengo que ir a fregar suelos para poder vivir? ¿ser feliz "hoy"? ¡imposible...!


Por ahí no encontramos respuesta. Pero vamos a tratar de buscarla por el otro camino que dejamos antes... Quedamos en que uno no puede ser feliz si teme perder su felicidad.Y si es así, como lo único permanente es Dios, entonces la felicidad que buscamos es Dios. Queremos a Dios, no nos conformamos con menos.


Pero, ¿es posible en la tierra tener a Dios sin temer perderle? Si yo tengo fe en Dios, si estoy unido hoy a Él, ¿puedo estar seguro de no perderle? Pues la verdad es que no, porque yo puedo rechazar a Dios mañana. Yo me temo a mí mismo, temo caer en el pecado, temo perderle por mi culpa, que es la única forma de perderle, porque Él nunca nos rechazará a nosotros. Y por eso, porque somos débiles y podemos rechazarle, nos dice San Pablo que le sirvamos "con temor y temblor". Y Jesús no para de decirnos: "estad vigilantes", "rogad para que no caigáis en tentación", "¡velad!", etc. Así que lo más cerca que yo puedo estar de Dios en esta vida es en esa unión aún temerosa y vigilante que Cristo nos pide... ¿Nos vale con eso?


Hace dos años, mi hermana y otros amigos hicieron una tertulia literaria sobre el tema de "la felicidad". Ella me preguntó qué podría llevar como texto y no sé qué le contesté, seguramente no fui capaz de decirle gran cosa. Pero ahora han pasado ya dos años y he tenido tiempo de hacer acopio. Naturalmente, yo buscaba en fuentes cristianas una pedagogía sobre la felicidad. Primero pensé en el Catecismo, y busqué "felicidad" en el índice de términos, pero no encontré nada. Luego pensé en cosas que había leído, y sólo recordaba haber leído sobre la felicidad en San Agustín y en la filosofía de Karol Wojtyla, antes de ser Papa. Pero no me pareció que la palabra "felicidad" estuviera muy presente en los escritos cristianos. Así que busqué otra palabra que la sustituyera, y pensé en "alegría". Y entonces recordé algo que luego me ha ido pareciendo una obra maestra de la literatura universal, y es la "florecilla" sobre "la alegría perfecta" de San Francisco de Asís. La puse hace poco en el blog; cada vez que la leo, me dice más.


Pero con el tiempo, caí en la cuenta de lo tonto que había sido... La palabre "felicidad" no sólo aparece en la doctrina cristiana, sino que está presente en todo el centro de la predicación de Cristo. Me di cuenta entonces de que "felicidad" tiene un sinónimo, que es "dicha". Es una palabra que se ha quedado un poco anticuada, pero significa lo mismo. Y entonces encontré el mejor tratado sobre la felicidad que jamás se ha pronunciado y escrito:

"Jesús les enseñaba diciendo:
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos ese día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo".


Ahí se ve que aquello a lo que Jesús llama "felicidad" es algo diferente: Él le dice a los que lloran -como aquella madre sufriente que salía del hospital- que ellos son felices porque serán consolados. La razón de su felicidad no está en hoy, en la tierra, sino en el Cielo.

Otra cita que me parece reveladora son las palabras de la Virgen a Bernadette Soubirous en una de las apariciones de Lourdes. Le dice:

- "Yo te prometo que serás muy feliz; no en este mundo, sino en el otro".

Pero... ¿y qué pasa hoy? ¿Cuál es mi felicidad "hoy"? Mi "felicidad" hoy es que voy a ser plenamente feliz en el Cielo; que este sufrimiento de hoy tiene sentido, aunque yo no lo conozca. Esa es la "felicidad de la tierra", que como tal "felicidad" no se la nombra mucho, porque es aún, no la felicidad en sí, sino un adelanto. Y además, en "cristiano" tiene otro nombre: ESPERANZA.


Así que yo creo que la felicidad, esa felicidad que todos buscamos, la tendremos plenamente cuando estemos unidos a Dios en el Cielo. La "felicidad" que todo hombre ansía es Dios.Y esa prenda o "anticipo" de la felicidad que gozamos ya en la tierra, ésa a la que se refería Juan XXIII, y que sirve para todos, porque todos podemos tenerla -incluso aquella pobre madre que salía del hospital-, se llama "esperanza". ¿No os parece?

sábado, 18 de septiembre de 2010

Para evangelizar de verdad...

Unidos al único sacrificio redentor, el de Cristo, nuestros sacrificios -que por sí solos no son nada- cobran auténtico valor insertados en él, para la salvación de todos. Con lo que dice el apóstol San Pablo, ponemos lo que falta al sacrificio de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia. Esta preciosa doctrina se convierte en realidad cuando el sacerdote eleva a Dios las ofrendas, entre las que se encuentran, insertos en el pan y el vino que van a ser transformados en Cuerpo y Sangre, nuestros propios sacrificios que van a ser transformados en sacrificio redentor del Cuerpo Total de Cristo, Cristo y su Iglesia. Por eso, en algunas misas solemnes, en el ofertorio se llevan, además del pan y el vino, algunos símbolos adicionales del ofrecimiento espiritual de los fieles allí congregados. Y el sacerdote dice de ese pan y ese vino que son "fruto del sudor y del trabajo del hombre..." Y dice algo más: "...que recibimos de tu generosidad..." Porque nuestros propios sacrificios los recibimos de la generosidad Dios, son fruto de la gracia que nos viene por el sacrificio de Cristo, y de nuestra acogida a esa gracia de Dios: "¡todo es gracia!"

La oración sobre las ofrendas de este Domingo XXIV del tiempo ordinario enuncia esta maravillosa doctrina de forma clara:

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
"Sé propicio a nuestras súplicas, Señor, y recibe con bondad las ofrendas de tus siervos, 
para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre 
sirva para la salvación de todos. 
Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén".
Misal Romano

Por eso, si queremos evangelizar, el paso nº1 es ofrecernos a Cristo en sacrificio para la salvación de todos

jueves, 16 de septiembre de 2010

El yugo liberador

Es una penosa esclavitud estar cada minuto del día buscando la comodidad, el mínimo esfuerzo, el disfrute personal. Lo sé por experiencia. Eso no sólo esclaviza, sino que nos llena de insatisfacción, nos hace entrar en continuo conflicto con los que tenemos más cerca, nos impide amar de verdad, con obras.
Y no hay mayor liberación de esa esclavitud que aceptar el yugo suave de Jesús: buscar la incomodidad, el esfuerzo, el sacrificio... buscar la cruz. Ese es el misterio de la alegría en esta tierra: buscar la cruz, abrazar la cruz, amar la cruz de Cristo por amor a Cristo y para el bien de todos. Nuestro sacrificio es lo más valioso que podemos ofrecer. Esto es un misterio, es increíble, pero es así. Nos lo dice Cristo, nos lo dicen los santos, nos lo dice la Virgen María, nos lo dice la Iglesia. Oír esto nos produce normalmente tal rechazo, que nos parece propio de locos, de gente amargada por alguna psicopatía pseudorreligiosa... Nos parece que Dios nos puede querer nuestro sacrificio, que él querrá que vivamos lo mejor posible, siendo "buenas personas", pero sin necesidad de autoinmolarse... ¡qué espanto!

Pero no es así, Dios nos ama y por eso nos enseña por Jesús el camino de la cruz, y nos dice que es por ahí, que no tengamos miedo, que sufriremos pero su gracia nos alegrará, nos dará la paz en medio de la tribulación. El otro camino es muchísimo peor; parece bonito, es la senda ancha, pero lleva al desconsuelo y a la infelicidad, ya en esta tierra.

Desengáñate: la cruz de Cristo tiene abajo una flecha hacia el Cielo que indica "es por aquí". No queremos verlo, no queremos oírlo, nos repugna y nos espanta, pero es así. Y ese camino sólo podemos tomarlo pidiendo la gracia de Dios para sacrificarnos con Cristo, ofreciéndonos, ofreciendo constantemente sacrificios de expiación por nuestros pecados y por todo el mundo, en reparación por las ofensas al Inmaculado Corazón de María y por la conversión de los que rechazan a Cristo. No me preguntéis por qué es ése el camino, no podría explicarlo, me parece un misterio, pero es ése. Una legión de santos, la Virgen María y el propio Cristo así lo indican. No hay madurez humana ni cristiana sin la cruz de Cristo. Por eso nuestra sociedad se ha quedado en la edad del pavo, por eso nos pasamos la vida buscando deleites inútiles mientras nos amargamos por dentro. Hay que romper con eso, hay que pedir a Dios que nos dé gracia para romper para siempre con eso. Esa es la verdadera esclavitud; en cambio, la cruz, nuestra cruz unida a la Cruz de Cristo es el yugo de nuestra liberación.

Tu Sangre cae y se derrama
por el madero hasta el suelo,
mientras una voz del Cielo
nos dice: "¡Ved cómo se ama!"

Nuestras mentiras y vicios
te hemos cargado, Señor,
y a cambio, al fin, de tu amor,
te hacemos estos servicios...
Por todos tus sacrificios
la creación entera clama
diciendo: "¡Ved cómo se ama!"

De tu madre la pureza
y hermosura virginal,
con un dolor sin igual
inundamos de tristeza.
Mas nos vence la certeza
que su corazón proclama
y ésta es: "Ved cómo se ama".

Si tan mal te hemos querido
como bien nos has amado,
¡qué amor tan desmesurado
al fin nos has ofrecido...!
Arde el mundo así prendido,
pues tu corazón lo inflama
diciendo: "¡Ved cómo se ama!"

Ved, por tanto, pecadores,
cómo así el amor nos llama:
se incendia, y en una llama,
ama muriendo de amores.

En la cruz de los dolores
una verdad se proclama
y ésta es: "Ved cómo se ama".


Cómo San Francisco enseñó al hermano León en qué consiste la alegría perfecta
 Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Ángeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:
-- ¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta.
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
-- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).
A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

"Jesús, es por tu amor" (mensaje de Fátima)

Hemos estado en Fátima. Al llegar tarde, estuvimos por la noche del Jueves en la procesión de las velas, que junto al Jesús Sacramentado recorre la gran explanada de Cova da Iría (los demás días de la semana, la procesión es con la Virgen). Entre la multitud, pausadamente, este pensamiento voluntarioso: "Sí lo creo; creo que te apareciste aquí, Madre, a esos tres pastorcitos". Pero al punto, me asaltó esta cuestión, este materno reproche: "Entonces, ¿por qué no haces lo que ellos dicen?, ¿por qué no vives como ellos vivieron?"

El mensaje de Fátima, como el de todas las apariciones marianas modernas (Lourdes, Medjugorje), es un mensaje de penitencia, ayuno, oración... expiación.

Al día siguiente, me levanté temprano para ir a misa en la capillita de las apariciones, con un grupo de Czestokowa, el santuario polaco de la Virgen, frente a cuyo icono Juan Pablo II hizo la consagración a María: "Totus tuus ego sum!" (soy todo tuyo). La hice mía varias veces en estos días. Luego subí la amplia escalinata que lleva al Santuario, donde están enterrados los pastorcitos Jacinta y Francisco, que la Virgen se llevó aún niños al Cielo. Una gran pancarta, quizá vestigio de la visita de Benedicto XVI, decía: "Compartid con alegría, como Jacinta" (una de las pastorcitas). Subiendo, alguien decía que Jesús necesitaba personas que se ofrecieran totalmente a sufrir con Él. ¡Qué espanto! Dije que sí con todas las reservas de mi corazón, poniendo mi miseria en manos de María... ¡Señor, aumenta mi fe!

Poco más tarde, ya con mi mujer y los niños, hicimos el Via Crucis (era Viernes), por el camino que en su día seguían los pastorcitos. Allí leí, en un mural, esas palabras que luego me han dado fuerza. Por ese camino, a los pastorcitos se les apareció un día la Virgen, y tres veces se les apareció el ángel. Este ángel les dijo que ofrecieran oraciones y sacrificios, muchos, y más tarde la Virgen les indicó que dijeran siempre: "Jesús, es por tu amor". También que era en expiación por sus pecados y los de todo el mundo, en reparación por las ofensas al Corazón Inmaculado de María, y por la conversión de los pecadores. "Jesús, es por tu amor".

Me siento mal, como un escéptico, ante las muestras de fe sencilla. Mi mujer me da una lección de simplicidad cristiana. Yo me complico con demasiadas prevenciones y me pierdo la maravilla. Ante la tumba de los pastorcitos, sobre todo de Francisco, oro pidiendo esa simplicidad, la confianza, la infancia espiritual. Repudio mis prevenciones, mi complicación, mi falta de sencillez, mi desconfianza y mis resabios...

Al día siguiente, confesión antes de la Misa, muy sentida, con voluntad de cambiar totalmente para siempre y fe en que Cristo puede concedérmelo. Lo que más repudio es hacer daño a mi mujer y a mis hijos. En penitencia, además de un gesto de amor a mi familia, un rosario en la capillita, que luego buscaría tiempo para rezar. Tras la Misa y todo el día -Sábado- un gran pesar por mi vida de pecado, de egoísmo constante y habitual, de huida continua ante la cruz de Cristo.

Por la noche, en la capillita, con mi mujer, hacemos su penitencia, que necesito: renovación de los votos matrimoniales. ¡Es nuestro aniversario! Por eso hemos venido a Fátima. 28 de Agosto, San Agustín, mi padre en la fe, cuya vida me trajo a la conversión hace doce años. Conversión del entendimiento, pero conversión incompletísima del corazón. Luego, en la capillita, todo se tercia para que me quede más de una hora en soledad ante la Virgen. Rezo el rosario como Santa Teresa rezó a su crucifijo, prometiendo que no se levantaría de allí hasta que no la convirtiera de verdad. Afortunadamente, yo estoy casado y tenía obligación de levantarme para no dejar a mi mujer sola con los niños... No me importa nadie de alrededor, no me importa lo que piensen de mí, yo me quedo de rodillas rezando el rosario. Por dos veces, el sacerdote que me confesó pasa frente a mí. La segunda vez queda de pie frente a mí, espeando la procesión. Seguro que ha rezado por mí, por mi conversión.

Por la noche, en la habitación, sigo rezando el rosario y haciendo penitencia, repitiendo: "Jesús, es por tu amor... por la expiación de mis (muchos) pecados y los del mundo entero, en reparación de las ofensas al Inmaculado Corazón de María, y por la conversión de los pecadores. El Domingo, mi mujer va misa a las 6:30 de la mañana y yo me quedo rezando y haciendo penitencia; pido por algunas personas muy próximas que necesitan conversión, pido mi propia conversión y la santificación de mi familia. Luego voy a Misa solo, en la Basílica grande. Finalmente, nos despedimos de Fátima y volvemos. Por el camino, sigo cayendo en las tentaciones cotidianas que entorpecen nuestro matrimonio, pero al menos, acepto los justos reproches con algo más de humildad. He visto mis pecados en Fátima, no puedo negar mi culpa. Poco a poco, voy estrenando una fortaleza desconocida para vencer la tentación, para ofrecer oración y expiación, recurriendo a un apoyo que me quita la tristeza del sacrificio: "Jesús, es por tu amor..."

Ahora, alegría, temor y temblor. Alegría porque algo se ha renovado en mi corazón. Temor y temblor porque no quiero caer de nuevo en el desagradecimiento y la ofensa de rechazar las gracias del Espíritu Santo.

Todo esto es un misterio; ¿por qué hemos de cargar la cruz? Y sin embargo, en ella está la única verdadera alegría. "Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz, y me siga". El mensaje de Fátima nos ayuda a aceptar este misterio. La gracia que Cristo derrama  nuestros corazones por medio de María, nos ayuda a cumplirlo, por amor a Él.

Jesús, es por tu amor...

Y ahora mismo, mi mujer me da esta oración, que viene en la hoja de Agosto de nuestro almanaque carmelitano, por la parte de atrás. Es de Juan Pablo II:


Oh Virgen Santísima, Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, míranos clemente en esta hora.

Virgen fiel, ruega por nosotros. Enséñanos a creer como has creído tú. Haz que nuestra fe en Dios, en Cristo, en la Iglesia, sea siempre límpida, serena, valiente, fuerte, generosa. 


Madre amable, Madre del Amor Hermoso, ¡ruega por nosotros!  Enséñanos a amar a Dios y a nuestros hermanos como les amaste tú; haz que nuestro amor a los demás sea siempre paciente, benigno, respetuoso.


Causa de nuestra alegría, ¡ruega por nosotros! Enséñanos a saber captar, en la fe, la paradoja de la alegría cristiana, que nace y florece en el dolor, en la renuncia, en la unión con tu Hijo crucificado. ¡Haz que nuestra alegría sea siempre auténtica y plena para podérsela comunicar a todos! Amén.
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