jueves, 16 de septiembre de 2010

El yugo liberador

Es una penosa esclavitud estar cada minuto del día buscando la comodidad, el mínimo esfuerzo, el disfrute personal. Lo sé por experiencia. Eso no sólo esclaviza, sino que nos llena de insatisfacción, nos hace entrar en continuo conflicto con los que tenemos más cerca, nos impide amar de verdad, con obras.
Y no hay mayor liberación de esa esclavitud que aceptar el yugo suave de Jesús: buscar la incomodidad, el esfuerzo, el sacrificio... buscar la cruz. Ese es el misterio de la alegría en esta tierra: buscar la cruz, abrazar la cruz, amar la cruz de Cristo por amor a Cristo y para el bien de todos. Nuestro sacrificio es lo más valioso que podemos ofrecer. Esto es un misterio, es increíble, pero es así. Nos lo dice Cristo, nos lo dicen los santos, nos lo dice la Virgen María, nos lo dice la Iglesia. Oír esto nos produce normalmente tal rechazo, que nos parece propio de locos, de gente amargada por alguna psicopatía pseudorreligiosa... Nos parece que Dios nos puede querer nuestro sacrificio, que él querrá que vivamos lo mejor posible, siendo "buenas personas", pero sin necesidad de autoinmolarse... ¡qué espanto!

Pero no es así, Dios nos ama y por eso nos enseña por Jesús el camino de la cruz, y nos dice que es por ahí, que no tengamos miedo, que sufriremos pero su gracia nos alegrará, nos dará la paz en medio de la tribulación. El otro camino es muchísimo peor; parece bonito, es la senda ancha, pero lleva al desconsuelo y a la infelicidad, ya en esta tierra.

Desengáñate: la cruz de Cristo tiene abajo una flecha hacia el Cielo que indica "es por aquí". No queremos verlo, no queremos oírlo, nos repugna y nos espanta, pero es así. Y ese camino sólo podemos tomarlo pidiendo la gracia de Dios para sacrificarnos con Cristo, ofreciéndonos, ofreciendo constantemente sacrificios de expiación por nuestros pecados y por todo el mundo, en reparación por las ofensas al Inmaculado Corazón de María y por la conversión de los que rechazan a Cristo. No me preguntéis por qué es ése el camino, no podría explicarlo, me parece un misterio, pero es ése. Una legión de santos, la Virgen María y el propio Cristo así lo indican. No hay madurez humana ni cristiana sin la cruz de Cristo. Por eso nuestra sociedad se ha quedado en la edad del pavo, por eso nos pasamos la vida buscando deleites inútiles mientras nos amargamos por dentro. Hay que romper con eso, hay que pedir a Dios que nos dé gracia para romper para siempre con eso. Esa es la verdadera esclavitud; en cambio, la cruz, nuestra cruz unida a la Cruz de Cristo es el yugo de nuestra liberación.

Tu Sangre cae y se derrama
por el madero hasta el suelo,
mientras una voz del Cielo
nos dice: "¡Ved cómo se ama!"

Nuestras mentiras y vicios
te hemos cargado, Señor,
y a cambio, al fin, de tu amor,
te hacemos estos servicios...
Por todos tus sacrificios
la creación entera clama
diciendo: "¡Ved cómo se ama!"

De tu madre la pureza
y hermosura virginal,
con un dolor sin igual
inundamos de tristeza.
Mas nos vence la certeza
que su corazón proclama
y ésta es: "Ved cómo se ama".

Si tan mal te hemos querido
como bien nos has amado,
¡qué amor tan desmesurado
al fin nos has ofrecido...!
Arde el mundo así prendido,
pues tu corazón lo inflama
diciendo: "¡Ved cómo se ama!"

Ved, por tanto, pecadores,
cómo así el amor nos llama:
se incendia, y en una llama,
ama muriendo de amores.

En la cruz de los dolores
una verdad se proclama
y ésta es: "Ved cómo se ama".


Cómo San Francisco enseñó al hermano León en qué consiste la alegría perfecta
 Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Ángeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:
-- ¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta.
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
-- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).
A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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