miércoles, 1 de septiembre de 2010

"Jesús, es por tu amor" (mensaje de Fátima)

Hemos estado en Fátima. Al llegar tarde, estuvimos por la noche del Jueves en la procesión de las velas, que junto al Jesús Sacramentado recorre la gran explanada de Cova da Iría (los demás días de la semana, la procesión es con la Virgen). Entre la multitud, pausadamente, este pensamiento voluntarioso: "Sí lo creo; creo que te apareciste aquí, Madre, a esos tres pastorcitos". Pero al punto, me asaltó esta cuestión, este materno reproche: "Entonces, ¿por qué no haces lo que ellos dicen?, ¿por qué no vives como ellos vivieron?"

El mensaje de Fátima, como el de todas las apariciones marianas modernas (Lourdes, Medjugorje), es un mensaje de penitencia, ayuno, oración... expiación.

Al día siguiente, me levanté temprano para ir a misa en la capillita de las apariciones, con un grupo de Czestokowa, el santuario polaco de la Virgen, frente a cuyo icono Juan Pablo II hizo la consagración a María: "Totus tuus ego sum!" (soy todo tuyo). La hice mía varias veces en estos días. Luego subí la amplia escalinata que lleva al Santuario, donde están enterrados los pastorcitos Jacinta y Francisco, que la Virgen se llevó aún niños al Cielo. Una gran pancarta, quizá vestigio de la visita de Benedicto XVI, decía: "Compartid con alegría, como Jacinta" (una de las pastorcitas). Subiendo, alguien decía que Jesús necesitaba personas que se ofrecieran totalmente a sufrir con Él. ¡Qué espanto! Dije que sí con todas las reservas de mi corazón, poniendo mi miseria en manos de María... ¡Señor, aumenta mi fe!

Poco más tarde, ya con mi mujer y los niños, hicimos el Via Crucis (era Viernes), por el camino que en su día seguían los pastorcitos. Allí leí, en un mural, esas palabras que luego me han dado fuerza. Por ese camino, a los pastorcitos se les apareció un día la Virgen, y tres veces se les apareció el ángel. Este ángel les dijo que ofrecieran oraciones y sacrificios, muchos, y más tarde la Virgen les indicó que dijeran siempre: "Jesús, es por tu amor". También que era en expiación por sus pecados y los de todo el mundo, en reparación por las ofensas al Corazón Inmaculado de María, y por la conversión de los pecadores. "Jesús, es por tu amor".

Me siento mal, como un escéptico, ante las muestras de fe sencilla. Mi mujer me da una lección de simplicidad cristiana. Yo me complico con demasiadas prevenciones y me pierdo la maravilla. Ante la tumba de los pastorcitos, sobre todo de Francisco, oro pidiendo esa simplicidad, la confianza, la infancia espiritual. Repudio mis prevenciones, mi complicación, mi falta de sencillez, mi desconfianza y mis resabios...

Al día siguiente, confesión antes de la Misa, muy sentida, con voluntad de cambiar totalmente para siempre y fe en que Cristo puede concedérmelo. Lo que más repudio es hacer daño a mi mujer y a mis hijos. En penitencia, además de un gesto de amor a mi familia, un rosario en la capillita, que luego buscaría tiempo para rezar. Tras la Misa y todo el día -Sábado- un gran pesar por mi vida de pecado, de egoísmo constante y habitual, de huida continua ante la cruz de Cristo.

Por la noche, en la capillita, con mi mujer, hacemos su penitencia, que necesito: renovación de los votos matrimoniales. ¡Es nuestro aniversario! Por eso hemos venido a Fátima. 28 de Agosto, San Agustín, mi padre en la fe, cuya vida me trajo a la conversión hace doce años. Conversión del entendimiento, pero conversión incompletísima del corazón. Luego, en la capillita, todo se tercia para que me quede más de una hora en soledad ante la Virgen. Rezo el rosario como Santa Teresa rezó a su crucifijo, prometiendo que no se levantaría de allí hasta que no la convirtiera de verdad. Afortunadamente, yo estoy casado y tenía obligación de levantarme para no dejar a mi mujer sola con los niños... No me importa nadie de alrededor, no me importa lo que piensen de mí, yo me quedo de rodillas rezando el rosario. Por dos veces, el sacerdote que me confesó pasa frente a mí. La segunda vez queda de pie frente a mí, espeando la procesión. Seguro que ha rezado por mí, por mi conversión.

Por la noche, en la habitación, sigo rezando el rosario y haciendo penitencia, repitiendo: "Jesús, es por tu amor... por la expiación de mis (muchos) pecados y los del mundo entero, en reparación de las ofensas al Inmaculado Corazón de María, y por la conversión de los pecadores. El Domingo, mi mujer va misa a las 6:30 de la mañana y yo me quedo rezando y haciendo penitencia; pido por algunas personas muy próximas que necesitan conversión, pido mi propia conversión y la santificación de mi familia. Luego voy a Misa solo, en la Basílica grande. Finalmente, nos despedimos de Fátima y volvemos. Por el camino, sigo cayendo en las tentaciones cotidianas que entorpecen nuestro matrimonio, pero al menos, acepto los justos reproches con algo más de humildad. He visto mis pecados en Fátima, no puedo negar mi culpa. Poco a poco, voy estrenando una fortaleza desconocida para vencer la tentación, para ofrecer oración y expiación, recurriendo a un apoyo que me quita la tristeza del sacrificio: "Jesús, es por tu amor..."

Ahora, alegría, temor y temblor. Alegría porque algo se ha renovado en mi corazón. Temor y temblor porque no quiero caer de nuevo en el desagradecimiento y la ofensa de rechazar las gracias del Espíritu Santo.

Todo esto es un misterio; ¿por qué hemos de cargar la cruz? Y sin embargo, en ella está la única verdadera alegría. "Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz, y me siga". El mensaje de Fátima nos ayuda a aceptar este misterio. La gracia que Cristo derrama  nuestros corazones por medio de María, nos ayuda a cumplirlo, por amor a Él.

Jesús, es por tu amor...

Y ahora mismo, mi mujer me da esta oración, que viene en la hoja de Agosto de nuestro almanaque carmelitano, por la parte de atrás. Es de Juan Pablo II:


Oh Virgen Santísima, Madre de Dios, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia, míranos clemente en esta hora.

Virgen fiel, ruega por nosotros. Enséñanos a creer como has creído tú. Haz que nuestra fe en Dios, en Cristo, en la Iglesia, sea siempre límpida, serena, valiente, fuerte, generosa. 


Madre amable, Madre del Amor Hermoso, ¡ruega por nosotros!  Enséñanos a amar a Dios y a nuestros hermanos como les amaste tú; haz que nuestro amor a los demás sea siempre paciente, benigno, respetuoso.


Causa de nuestra alegría, ¡ruega por nosotros! Enséñanos a saber captar, en la fe, la paradoja de la alegría cristiana, que nace y florece en el dolor, en la renuncia, en la unión con tu Hijo crucificado. ¡Haz que nuestra alegría sea siempre auténtica y plena para podérsela comunicar a todos! Amén.

5 comentarios:

Alonso Gracián dijo...

El Agua de la Gracia no se acaba, basta que la pidas y te acerques a beber de las manos del Señor.

Nuestra debilidad no debe nunca incitarnos a pensar que no podemos ser santos.

Todo lo podemos en aquel que nos conforta, y Dios nunca permite que nos tienten más allá de nuestras fuerzas.

Emilio Alegre dijo...

Lo he cambiado, ya pensaba cambiarlo, porque ya sospechaba, pensando luego sobre ello, que eso no estaba bien. Gracias.

Alonso Gracián dijo...

Una vez que me hallaba atribulado por mi debilidad, pensé:

nada, ni nadie, puede obligarme a perder la Vida de Cristo en mí.

Y esto me infundió una gran fuerza.

Alonso Gracián dijo...

Tomemos la decisión de renunciar absolutamente al pecado venial deliberado, y combatamos nuestras debilidades con la Gracia, oración constante, mortificación, y sacrificios de amor por los que no rodean.

¡Dios no nos va a desamparar! Pedid y se os dará. Pidamos la fortaleza de Dios, que es Cristo.

Y cuando la debilidad nos atormente digamos a Cristo:

Hazme esclavo tuyo y santifícame, y crucifícame contigo.

Alonso Gracián dijo...

Leyendo de nuevo la entrada, creo que Dios te está purificando con el fuego del dolor, quiere que aflore por completo en ti el hombre interior, para que seas nuevo en Cristo, y comiences un camino de mayor contemplación, de unión con él. Creo que pasas por una especie de noche. Te quedas solo con tu limitación, para que veas más claro el Monte que has de seguir subiendo, los senderos que quiere que atravieses.

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