sábado, 18 de septiembre de 2010

Para evangelizar de verdad...

Unidos al único sacrificio redentor, el de Cristo, nuestros sacrificios -que por sí solos no son nada- cobran auténtico valor insertados en él, para la salvación de todos. Con lo que dice el apóstol San Pablo, ponemos lo que falta al sacrificio de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia. Esta preciosa doctrina se convierte en realidad cuando el sacerdote eleva a Dios las ofrendas, entre las que se encuentran, insertos en el pan y el vino que van a ser transformados en Cuerpo y Sangre, nuestros propios sacrificios que van a ser transformados en sacrificio redentor del Cuerpo Total de Cristo, Cristo y su Iglesia. Por eso, en algunas misas solemnes, en el ofertorio se llevan, además del pan y el vino, algunos símbolos adicionales del ofrecimiento espiritual de los fieles allí congregados. Y el sacerdote dice de ese pan y ese vino que son "fruto del sudor y del trabajo del hombre..." Y dice algo más: "...que recibimos de tu generosidad..." Porque nuestros propios sacrificios los recibimos de la generosidad Dios, son fruto de la gracia que nos viene por el sacrificio de Cristo, y de nuestra acogida a esa gracia de Dios: "¡todo es gracia!"

La oración sobre las ofrendas de este Domingo XXIV del tiempo ordinario enuncia esta maravillosa doctrina de forma clara:

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
"Sé propicio a nuestras súplicas, Señor, y recibe con bondad las ofrendas de tus siervos, 
para que la oblación que ofrece cada uno en honor de tu nombre 
sirva para la salvación de todos. 
Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén".
Misal Romano

Por eso, si queremos evangelizar, el paso nº1 es ofrecernos a Cristo en sacrificio para la salvación de todos

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