sábado, 25 de septiembre de 2010

Sobre la felicidad



Llevo mucho tiempo pensando sobre este tema; aparece a veces en mi oración y en momentos providenciales. Ya para colmo, hace dos días mi mujer me regaló el pequeño libro "La Vida Feliz" de San Agustín", y ayer mismo un amigo nos hablaba de la felicidad, y nos decía que Dios quiere que seamos felices.


Parece que toda persona anhela la felicidad, aunque no tenga una idea clara de qué es ni dónde puede encontrarla.

Sin embargo, desde un punto de vista intrascendente, lo que se suele decir "ser feliz", lo identificamos con estar contento y satisfecho de la vida. Pues ocurre una cosa: pienso que ésa no es la mayor aspiración del ser humano, ¿no os parece? ¿No os parece que hay muchas personas que son capaces de sacrificar su alegría y su satisfacción por aquello que creen más valioso, aunque les suponga sufrimientos, e incluso la muerte? Y si uno es capaz de dejarse matar por algo, es que para él lo más importante no es el contento y la satisfacción de la vida: para él hay algo más importante, sea lo que sea aquello por lo que es capaz de morir.

Entonces, ¿qué es la verdadera felicidad, aquella que constituye en anhelo supremo de todo ser humano? ¿Podemos alcanzarla en la tierra? ¿Dónde está?


San Agustín hace una pregunta que ayuda mucho en esta investigación: ¿puede ser alguien feliz si teme perder la felicidad?


¿No os parece que eso no es posible, que no se puede ser feliz si se teme perder la felicidad? Recuerdo ahora uno de los momentos más placenteros de mi vida. No recuerdo si fue en Covadonga o en Montserrat, porque fue hace muchos años. Sí recuerdo que bajaba por la montaña en Julio, con una sed de varias horas bajo el sol andando; creo que nunca he tenido tanta sed. Al llegar, varios caños de agua cristalina de la sierra manaban un chorro horizontal de agua fresca, que  parecía sólido y transparente. Beber esa agua era tan maravilloso... pero mientras la bebía sentía pena porque iba a dejar de tener sed en unos segundos, y esa enorme satisfacción momentánea iba a acabarse.


No hay verdadera felicidad si tememos perderla. Y claro está que todo lo material o mundano podemos perderlo con facilidad: las satisfacciones, los triunfos que pronto caen en el olvido, hasta podemos perder la familia, la salud... Sólo Dios permanece.


Si la felicidad es el máximo anhelo del ser huumano, y no puede haber felicidad si tememos perderla, entonces es que eso que llamamos felicidad sólo puede ser una cosa: Dios. Eso que anhelamos entre tinieblas, sin saber muchas veces qué es ni dónde está, es Dios.


Por eso dice San Agustín: "el hombre no se conforma con menos que con Dios". Y también, en sus Confesiones: "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti".

Además, creo que hay un "test" para saber si algo que se nos presenta como felicidad es o no la verdadera felicidad (esto lo digo ya como cristiano). Veréis: si yo soy cristiano, creo que Dios existe, es justo y nos ama. Y si Dios es justo y llamamos felicidad a aquello que todos anhelamos, entonces todos debemos poder ser felices; porque Dios no puede habernos creado a unos para la felicidad, y a otros para la infelicidad y la desgracia.
Recordad ahora, por ejemplo, aquel eslógan ateo que pusieron en algunos autobuses de Londres: "Probablemente, Dios no existe. No te preocupes y disfruta de la vida". Puede servir para una persona a la que le va todo bien. Pero imaginaos  ahora -éste es el test- a una madre que sale del hospital después de cuidar a su hijo que se está muriendo, y que casi sin dormir tiene que ir a fregar suelos en una casa. Y lee ese eslógan: "Probablemente, Dios no existe. No te preocupes y disfruta de la vida". ¿No resulta ridículamente cruel? Si ésa es la felicidad, el difrute intrascendente de la vida, desde luego hay millones y millones de personas que no están invitadas.

Ahora voy a poner otro ejemplo de alguien "opuesto", el beato Juan XXIII, que en su "decálogo de la felicidad" tiene este propósito, que leí hace poco grabado en Fátima:


"Sólo por hoy seré feliz, en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en este también".


Imaginaos que esa madre cuyo hijo se está muriendo, lee esto. Y piensa: "¿Cómo voy a ser feliz "hoy"?" Parece otra estupidez, como la de los ateos. Esta madre puede creer en Dios y esperar ser feliz en el Cielo, pero... ¿en la tierra?, ¿hoy, que mi hijo se está mjuriendo y yo, reventada y casi sin haber dormido, tengo que ir a fregar suelos para poder vivir? ¿ser feliz "hoy"? ¡imposible...!


Por ahí no encontramos respuesta. Pero vamos a tratar de buscarla por el otro camino que dejamos antes... Quedamos en que uno no puede ser feliz si teme perder su felicidad.Y si es así, como lo único permanente es Dios, entonces la felicidad que buscamos es Dios. Queremos a Dios, no nos conformamos con menos.


Pero, ¿es posible en la tierra tener a Dios sin temer perderle? Si yo tengo fe en Dios, si estoy unido hoy a Él, ¿puedo estar seguro de no perderle? Pues la verdad es que no, porque yo puedo rechazar a Dios mañana. Yo me temo a mí mismo, temo caer en el pecado, temo perderle por mi culpa, que es la única forma de perderle, porque Él nunca nos rechazará a nosotros. Y por eso, porque somos débiles y podemos rechazarle, nos dice San Pablo que le sirvamos "con temor y temblor". Y Jesús no para de decirnos: "estad vigilantes", "rogad para que no caigáis en tentación", "¡velad!", etc. Así que lo más cerca que yo puedo estar de Dios en esta vida es en esa unión aún temerosa y vigilante que Cristo nos pide... ¿Nos vale con eso?


Hace dos años, mi hermana y otros amigos hicieron una tertulia literaria sobre el tema de "la felicidad". Ella me preguntó qué podría llevar como texto y no sé qué le contesté, seguramente no fui capaz de decirle gran cosa. Pero ahora han pasado ya dos años y he tenido tiempo de hacer acopio. Naturalmente, yo buscaba en fuentes cristianas una pedagogía sobre la felicidad. Primero pensé en el Catecismo, y busqué "felicidad" en el índice de términos, pero no encontré nada. Luego pensé en cosas que había leído, y sólo recordaba haber leído sobre la felicidad en San Agustín y en la filosofía de Karol Wojtyla, antes de ser Papa. Pero no me pareció que la palabra "felicidad" estuviera muy presente en los escritos cristianos. Así que busqué otra palabra que la sustituyera, y pensé en "alegría". Y entonces recordé algo que luego me ha ido pareciendo una obra maestra de la literatura universal, y es la "florecilla" sobre "la alegría perfecta" de San Francisco de Asís. La puse hace poco en el blog; cada vez que la leo, me dice más.


Pero con el tiempo, caí en la cuenta de lo tonto que había sido... La palabre "felicidad" no sólo aparece en la doctrina cristiana, sino que está presente en todo el centro de la predicación de Cristo. Me di cuenta entonces de que "felicidad" tiene un sinónimo, que es "dicha". Es una palabra que se ha quedado un poco anticuada, pero significa lo mismo. Y entonces encontré el mejor tratado sobre la felicidad que jamás se ha pronunciado y escrito:

"Jesús les enseñaba diciendo:
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos ese día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo".


Ahí se ve que aquello a lo que Jesús llama "felicidad" es algo diferente: Él le dice a los que lloran -como aquella madre sufriente que salía del hospital- que ellos son felices porque serán consolados. La razón de su felicidad no está en hoy, en la tierra, sino en el Cielo.

Otra cita que me parece reveladora son las palabras de la Virgen a Bernadette Soubirous en una de las apariciones de Lourdes. Le dice:

- "Yo te prometo que serás muy feliz; no en este mundo, sino en el otro".

Pero... ¿y qué pasa hoy? ¿Cuál es mi felicidad "hoy"? Mi "felicidad" hoy es que voy a ser plenamente feliz en el Cielo; que este sufrimiento de hoy tiene sentido, aunque yo no lo conozca. Esa es la "felicidad de la tierra", que como tal "felicidad" no se la nombra mucho, porque es aún, no la felicidad en sí, sino un adelanto. Y además, en "cristiano" tiene otro nombre: ESPERANZA.


Así que yo creo que la felicidad, esa felicidad que todos buscamos, la tendremos plenamente cuando estemos unidos a Dios en el Cielo. La "felicidad" que todo hombre ansía es Dios.Y esa prenda o "anticipo" de la felicidad que gozamos ya en la tierra, ésa a la que se refería Juan XXIII, y que sirve para todos, porque todos podemos tenerla -incluso aquella pobre madre que salía del hospital-, se llama "esperanza". ¿No os parece?

49 comentarios:

Antonio M. Sánchez dijo...

Felicidad-des, por este artículo y muchas gracias. Es didáctico y clarificador. ¡Que ejemplos más buenos!
Persona feliz es sinónimo de santo. Santo es el que se ha econtrado con Cristo y ha dejado que Él transforme su vida, haciéndola feliz. Felicidad es estar en presencia de Dios, felicidad total es la eternidad. Ahora, en este periódo de nuestra vida tenemos la posibilidad de acercarnos a la felicidad, seremos más felices cuanto más cerca de Dios estemos, en la oración, en los sacramentos, en la Palabra, en la ayuda a las personas necesitadas. "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". Que se salven significa que sean felices. San Ignacio comienza su libro de los Ejercicios diciendo: "El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios; y mediante esto salvar su alma. Salvar su alma significa ser feliz. Sólo asi, desde la cercanía de Dios, podremos poner en práctica las bienaventuranzas, es decir, el catálogo para ser feliz.
Ayudar a otros a ser felicez, es ayudarles a ser santos; es un acto de caridad. El cristianismo es caridad, es ser testimonios o instrumentos del amor de Dios en el mundo. Todo es caridad y proclamar la verdad es parte de la caridad.
Gracias, de nuevo y no dejes de compartir tus reflexiones.

Alonso Gracián dijo...

Creo que lo que debemos perseguir en este mundo no es desde luego la felicidad, sino la santidad, que son cosas distintas.

La felicidad es el premio eterno, la corona que se da al vencedor, y no en esta vida.

Buscar la felicidad aquí en la tierra supone en muchos casos negar el Plan que tiene Dios pensado para nosotros, Plan que incluye dolor, sacrificio, cruz y más cruz.

Quien quiera seguir a Jesús debe coger su Cruz y negarse a sí mismo. Hacerse víctima propiciatoria. Negar todos los deseos excepto el de ofrendarse a Cristo. Nada para mí. Todo para Cristo.

En el concepto actual de felicidad no cabe que haya que negarse a uno mismo, lo que uno quiere, lo que anhela, lo que desea.

Por ser felices y realizarse la gente de hoy comete todo tipo de pecados y maldades.

Alonso Gracián dijo...

El deseo de felicidad terrena es un obstáculo enorme en el camino de santidad. Nuestros deseo de felicidad debe limitarse exclusivamente a la Bienaventuranza eterna.

Ir al Cielo debe ser nuestro único y exclusivo deseo de felicidad.

Alonso Gracián dijo...

Por otra parte, si Dios inserta en nosotros el deseo de felicidad, es únicamente para que nos preocupemos por alcanzar la Bienaventuranza eterna.

Para que el deseo de felicidad sea bueno, por tanto, en nuestra naturaleza herida por el pecado, es necesaria la Gracia que lo purifique y lo oriente a su único fin, que es la unión con Dios.

Dios nos hace para Sí, y el deseo de felicidad, reorientado a Dios, se vuelve motor de sufrimiento, esfuerzo, lucha y combate por cumplir la voluntad de Dios y abrazarse a la Cruz, negarse en todo, y ofrecerse como víctima.

Lo expresas bien al final de la entrada:

"La "felicidad" que todo hombre ansía es Dios"

Todo lo demás es paja, que será probada por el fuego.

Esta vida pasajera, que dura sólo un momento, tiene una sola cosa que vale las pena: la Gracia.

estar en Gracia es lo único importante, y por estar en Gracia hay que sacrificar todo, hasta la propia vida. Pues la Gracia es ese anticipo de la felicidad eterna que es la Gloria, nuestro fin.

Emilio Alegre dijo...

Muchas gracias, Antonio y Alonso. Creo que buscar la felicidad en la tierra es perder el tiempo y que, sin embargo, Dios nos da, ya aquí, una fuente de alegría que supera todas las "felicidades" mundanas, y que es la esperanza, prenda de la felicidad eterna. La esperanza nos permite desterrar la tristeza, que viene del Enemigo. La esperanza es la estrella que nos guía en la noche oscura, el ancla que nos mantiene seguros en la tempestad, y también el vino que llena nuestra copa en los días de fiesta. Es verdad que la felicidad plena está en el Cielo, pero el ser humano no puede vivir sin saborear ya una prenda de esa felicidad en su corazón, no puede cargar su cruz él solo, en desolación. Esa prenda de felicidad que ya saboreamos es la esperanza.

¿No creéis que renunciar por completo a la dicha, ya en la tierra, va contra nuestra propia naturaleza buena, querida por Dios? Lo que pasa es que, por el pecado original, por la caída de neustra naturaleza, no podemos alcanzar aquí la felicidad de unión con Dios para la que fuimos creados, y la concupiscencia, que también nos viene por el pecado original, nos hace buscar esa "felicidad" en donde no está, es decir, fuera de Dios.

Pero estamos heridos, no muertos. Dios, que es nuestro Padre, a menudo se apiada de nuetra debilidad y nos concede la consolación; e incluso, en los momento de prueba, nos concede la esperanza, el ancla que nos permite resistir la tempestad. Tras el "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" está el: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". En contramos la consolación en el propio Jesucristo, consolado por los ángeles en el huerto de los olivos. La encontramos en la vida de los santos y en la vida de la Iglesia, que ora por los enfermos para que se sanen, por los pobres para que puedan comer... Consolar al triste es obra de misericordia, es algo que se realiza en nombre de Dios.

Santa Teresita habla de la consolación, y dice que "cuando Dios quiere dar, no sería delicado negarse". En los carismáticos (el próximo domingo tenemos asamblea en Sevilla, y los que queráis estáis invitados), la alabanza nos hace olvidarnos de nosotros mismos, centrarnos en Dios y prepararnos para recibir su consolacióny su alegría. La Misa está llena de alabanza y consuelo, así como el sacramento de la Confesión, en el que el Padre nos abraza unidos a Cristo y derrama sobre nosotros su Espíritu Santo. Sin esas prendas de felicidad eterna, sin ese don de esperanza, ¿cómo podríamos cargar nuestra cruz? Pero nuestro Padre conoce nuestra debilidad, y nos sostiene a cada uno según lo que sabe que necesitamos. Aquí se puede aplicar también la enseñanza de Jesús: "buscad el Reino de Dios y su justicia, y los demás se os dará por añadidura".

Emilio Alegre dijo...

¿Habéis leído detenidamente esto que dice Benedicto XVI en "Spes salvi"? Fijaos en las dos ideas: es necesario cargar con la cruz - eso sólo lo podemos hacer gracias a la esperanza.

"Pero en las pruebas verdaderamente graves, en las cuales tengo que tomar mi decisión definitiva de anteponer la verdad al bienestar, a la carrera, a la posesión, es necesaria la verdadera certeza, la gran esperanza de la que hemos hablado. Por eso necesitamos también testigos, mártires, que se han entregado totalmente, para que nos lo demuestren día tras día. Los necesitamos en las pequeñas alternativas de la vida cotidiana, para preferir el bien a la comodidad, sabiendo que precisamente así vivimos realmente la vida. Digámoslo una vez más: la capacidad de sufrir por amor de la verdad es un criterio de humanidad. No obstante, esta capacidad de sufrir depende del tipo y de la grandeza de la esperanza que llevamos dentro y sobre la que nos basamos. Los santos pudieron recorrer el gran camino del ser hombre del mismo modo en que Cristo lo recorrió antes de nosotros, porque estaban repletos de la gran esperanza".

Alonso Gracián dijo...

La felicidad que Dios quiere que vivamos en la tierra es sin duda la Gracia, la vida de su Hijo, anticipo de la Bienaventuranza eterna.

La Gracia nos identifica con Cristo. ¿Se puede desear otra cosa que Cristo?

No es ya la cercanía de Dios, que decía Antonio, sino la vida misma de Cristo dentro nuestra divinizándonos.

La felicidad a la que Dios quiere que aspiremos no puede ser otra que esta.

Alonso Gracián dijo...

Sigo reflexionando sobre este importante tema. Recuerdo que una vez estuvimos hablando un buen rato sobre él.

Ocurre que Dios inserta en nosotros deseo de felicidad.

Nosotros debemos concertarlo con nuestro deseo de identificación con Cristo, para hacer la Voluntad del Padre (nunca la nuestra, sino la de Él), con la fuerza del Espíritu.

Si éste deseo de felicidad personal coincide absolutamente con nuestro deseo de unión máxima con Dios -la santidad-, y nuestra voluntad y la de Dios se identifican, se puede decir que somos dichosos.

Porque nuestro fin se ha cumplido.

Por eso creo que es mejor, (siguiendo el camino de "nada, sino cruz a secas" de San Juan de la cruz), bajo el punto de vista ascético, ser absolutamente indiferentes a si somos felices o no, o si esto o aquello me hace feliz, etc., y centrarme en vivir para Dios, en unirme a Él, en ofrendarle, como víctima, toda mi existencia.

Y como bien dices, lo demás se dará por añadidura.

Emilio Alegre dijo...

Bueno, pero es que precisamente estamos hablando de "lo demás". Es que realmente, Dios no nos deja "a secas" sino que nos da la esperanza. Jesús no dijo: "buscad el Reino de Dios y su justicia, que es lo único que necesitáis". No, Él sabe que necesitamos el alimento y el vestido en esta tierra, y nos lo promete por añadidura, en la medida de nuestra necesidad.

Jesús no nos anunció un yugo áspero y una carga pesada, sino su "yugo suave" y su "carga ligera". Eso no quiere decir que nosotros rebajemos la exigencia de tomar la cruz, pero sí que, para tomar la cruz, sepamos que vamos a contar con Él, que no dependemos de nuestra fuerza ni nuestra resistencia, que en Él encontraremos nuestro consuelo y nuestro deleite.

Si a mí me dices que me espera la cruz a secas, salgo corriendo en dirección opuesta. Soy cristiano, no supermán. Si el Señor no me sostiene en la prueba, si no me mueve en lo que puedo y pone aquello que yo no puedo, si Él no es mi consuelo, ¿qué puedo yo? Nada.

¿No es María "consoladora de los afligidos"? ¿No la vemos en el icono del Perpetuo Socorro consolando a Jesús niño, asustado ante la visión de los instrumentos de su futura Pasión?

Ante una persona que sufre, que está apunto de caer en la desesperación, aunque su sufrimiento no tenga remedio, ¿no le decimos: "Dios te ayudará?" Y no porque se vaya a solucionar su enfermedad y su dolor, sino porque Jesús mismo la sostendrá si ella acude a Él, porque Él mismo llama a los cansados y agobiados para aliviar su carga. Él sabe que necesitamos su consuelo, y no nos dice que lo rechacemos, como la desdichada Raquel, que no quería consuelo porque ya no le quedaba esperanza, y el único sentido que le quedaba era seguir sumida en su tristeza. Jesús mismo nos ofrece el consuelo, que es también "nuestro pan de cada día", que Él sabe que lo necesitamos. Sí nos pide, eso sí, que nuestro afán no sea nuestro propio consuelo, sino el amor a Dios por encima de todo.

Creo que hay un orden en los bienes: muchos buscaban a Jesús, como el paralítico, en razón de su curación, del alivio de su sufrimiento. Y Jesús curaba, incluso alababa la fe de quienes se le acercaban así. Pero les enseñaba "un camino mejor", un orden nuevo; por eso, antes de curar a aquél paralítico al que bajan en camilla desde el tejado, le perdona sus pecados. Es bueno y es loable acudir a Jesús en busca de médico y consolador; Él lo es, y nosotros tenemos necesidad de eso. Pero más importante y primero es amar al Señor.

"Anhelad los carismas mejores... pero os voy a enseñar un camino mejor": la caridad -nos enseña el Espíritu Santo por medio de San Pablo. Además, entre la fe, la esperanza y la caridad, la primera es la caridad. Pero la esperanza es también necesaria y, es más, como dice Benedicto XVI, nuestra caridad, nuestro sacrificio por amor, será posible sólo en la medida de nuestra esperanza.

Emilio Alegre dijo...

Bueno, creo que así es también en San Juan de la Cruz. Cuando empiezan las difamaciones contra él para expulsarle del Carmelo, y también su enfermedad, dice esa frase de "ha llegado el momento de probar la cruz a secas, que es linda cosa". Es curioso que use precisamemente ese adjetivo sensual de "linda". Entiendo precisamente que la esperanza había convertido para él la propia perspectiva de la cruz en algo gozoso, aun en medio de la prueba.

El propio San Pablo dice: "si Cristo no ha resucitado... somos los más desdichados de los hombres". Si no tenemos una felicidad futura con la que alegrarnos ya en esta vida, ¿qué va a ser de nosotros? Sí, porque el amor a nosotros mismos es también virtud. No hay que rechazarlo, sino ordenarlo, poner primero el amor a Dios. Por eso Dios no nos da sólo la fe y la caridad, sino que añade la esperanza, que nos dilata el corazón [ya ahora] en espera de la bienaventuranza eterna, nos protege del desaliento y corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de cada hombre, como dice el Catecismo.

Es más, me parece que el modernismo y la secularización han atacado, sobre todo, la virtud de la esperanza. El demonio parece que se dice: "déjales que crean en Dios y hasta que le amen, que si minamos su esperanza, su fe y su caridad no tardarán en desvanecerse". Hoy es más fácil confesar sin pudor que uno cree en Dios -eso se acepta más o menos-, que confesar que uno cree que será eternamente feliz con Dios en el Cielo (eso es tabú).

La esperanza nos alegra (ya, ahora), en prenda de la felicidad eterna. Nos proporciona la alegría interna en medio del sufrimiento, el gozo en la prueba: "Con la alegría de la esperanza, constantes en la tribulación" (Romanos 12, 12). Sin esa alegría, no podremos ser constantes en la tribulación; es un don de Dios, como la fe, que no debemos rechazar. Como decía Santa Teresita: "cuando el Señor quiere dar, no sería delicado negarse".

Alonso Gracián dijo...

Sí, en este sentido cuanto dices es verdad. Tienes razón y lo expones con bellas palabras.

Está claro que el consuelo, la ayuda, el gozo es bueno pedirlo y recibirlo. Sin duda. Tal vez me he excedido. Hay que pedir ayuda a Dios constantemente. Orar sin descanso.

Lo que quería decir es que debemos liberarnos del deseo de ese gozo, de ese consuelo. Si nos lo manda, no es delicado rechazarlo. Pero si no nos lo manda, y nos deja en cruz a secas, que sea Su Voluntad. beberemos también de ese cáliz. Le pediremos fuerzas y nos dará fuerzas para cruz a secas

Porque si Dios tiene a bien retirar el consuelo, retirar el gozo de su presencia, ¿qué hacemos?

Dejar que el Señor nos envíe o no el gozo si es su voluntad.

Es bueno el consuelo de Dios, su apoyo. Pero lo fundamental es la Gracia: "Sin Mí no podéis hacer nada" (Juan 15, 5)

Muchas veces, creo que el Señor nos da la Gracia (la ayuda) pero no el consuelo, no el gozo. No le encontramos gusto a la oración, ni a los sacramentos, la soledad nos invade, y sin embargo sentimos un fuego devorador de amor, un ansia incontenible de amar y entregarnos a Cristo.

e buscamos sin descanso, y no le encontramos: ¿Señor, dónde vives?

Quiere depurar nuestro amor. Se hace el encontradizo. Salimos a buscarle de madrugada, y no le hallamos y volvemos con las manos vacías.

"¿Por qué me has abandonado? Que sea tu Voluntad. Con tu presencia, o sin ella. Te Amaré tanto cuando me agasajas con tu favor como cuando parece que te vas, y te llamo y no me respondes"

La clave es, como bien dices, la esperanza, virtud teologal. Y la Gracia Santificante, que no puede falta nunca. Porque todo es Gracia.

Pero no el consuelo, el gozo, la alegría de estar con Él. ëstos son buenos para nosotros solamente cuando Dios estima que los necesitamos.

Cuando venga todo ello bien, y cuando no, Él sabrá por qué lo retira. Nunca nos deja solos, pero se oculta, aunque nos ve desde donde no le sentimos ni le gustamos.

La esperanza permanece en la cruz, cuando a veces Dios parece abandonarnos. Pero la esperanza puede subsistir intacta sin el gozo, sin la consolación.

Alonso Gracián dijo...

Lo que dices de la virtud de la esperanza es verdad, desde luego.

Emilio Alegre dijo...

Lo has planteado muy claramente. Ese es el momento del "abandono sensible" que sufrió Cristo en la cruz, la "noche oscura del alma", que San Juan de la Cruz, Santa Teresita y tantos santos sufrieron, y por los que nosotros a veces también pasamos en cierta medida: la ausencia de consolación.

Como muy bien dices, la ausencia de consolación deja intacta la esperanza. Santa Teresita, en su noche oscura, hablaba de ella como de una estrella que la dirigía en medio de una noche tempestuosa.

Imagínate que no estuviera esa estrella... pues eso existe, y se llama desesperación. Voy a expresarlo defectuosamente, pero creo que no incorrectamente: cuando crees que no hay gozo sensible en tu corazón, aún hay un gozo más profundo, provocado por la esperanza, que te está librando de la desesperación que a todos nos correspondía por el pecado.

Creo que no es necesario ni bueno liberarnos del deseo de gozo y consuelo. No somos budistas (ni protestantes, por cierto, que también andan mal relacionados con el amor propio y con la virtud de la esperanza). Lo que tenemos que hacer es ponerlo en orden, "buscar primero el Reino de Dios y su justicia". Ese deseo de gozo va a verse también negado y crucificado en nosotros, y el propio grito de Jesús en la cruz ("Elí, Elí, lama sabactaní") es testimonio de su propio anhelo de consolación, y del sufrimiento que le ha acarreado su negación. Y, a continuación ("Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu"), se testimonia la esperanza intacta de su alma. Jesús mismo deseó el consuelo con su penúltimo aliento, y porque existió ese deseo, pudo ser también un deseo crucificado.

En Jesús existió el deseo de consuelo, como existió el deseo de salud, etc. Pero bien ordenados, porque, por encima de todo, existió en Él el deseo supremo de amar al Padre por encima de todos esos otros deseos, sacrificándolos todos si fuera necesario -que lo fue- en amor obediente al Padre. Creo que cuando se dice que Jesús "bebió el cáliz hasta las heces", esas "heces" fueron precisamente ese abandono de la consolación del Padre.

Claro, que entiendo que cuando dices que no debemos desear el consuelo, te refieres a que no debemos desearlo más que a Dios mismo, y que, por tanto, debemos ofecérselo en sacrificio a Dios, junto a nuestra salud, nuestra comodidad, nuestro éxito, etc. Podemos decirle con Cristo: "Padre, si es posible, no nos quites la salud, ni la comodidad, ni el consuelo, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".

Los budistas, para evitar la cruz, dirían que debemos aniquilar el deseo, para no sufrir. Lutero y Calvino dirían que mientras deseemos el gozo que Dios nos da, o incluso mientras deseemos la bienaventuranza eterna, es porque no le amamos de verdad. Pero la tradicion cristiana nos enseña, en cambio, que ese deseo es bueno, que la consolación es buena, que el anhelo del premio eterno es bueno, que el sentimiento es bueno... que el amor propio es bueno, y que nada de eso debe ser aniquilado ni vilipendiado, sino rectamente ordenado a mayor gloria de Dios.

"Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos" (Mateo 5,12)

"Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!" (Filipenses 4,4).

Emilio Alegre dijo...

Claro, que tal vez podemos ir más allá. Sabemos que el Señor reclama almas que se ofrezcan por amor a Él, en sacrificio voluntario por la conversión de los pecadores, y en expiación de las ofensas de nuestros propios pecados y los de todo el mundo, además de reparar las ofensas al Corazón Inmaculado de María. Si queremos ser santos y nos damos por aludidos con esa llamada, podemos ofrecernos, ofreciéndole a Dios nuestra comodidad, nuestra salud y hasta nuestra vida si quiere tomarla, y por supuesto, la propia consolación.

Y sin embargo, algunas de las cosas que le ofrecemos son necesarias para la vida que Él quiera darnos. Sabemos que debemos comer (aunque podamos ayunar parcialmente), que debemos vestirnos, dormir, cuidar nuestra salud... todo eso debemos hacerlo porque es necesario, aunque se lo ofrezcamos a Él. ¿Y no debemos cuidar nuestra alegría? ¿Debemos rechazar de antemano su consolación, no buscándola? Porque en esta vida, el pan nos cuesta trabajo ganarlo, y si esperamos a que nos lo sirvan, nos moriremos de hambre (salvo milagro). Lo mismo, el gozo y la consolación de Dios, no las recibimos si nos las buscamos, ni si las rechazamos.

Cuando digo que debemos cuidar nuestra alegría, no digo que debamos cuidar de tomarnos de vez en cuando una cervecita en un bar, creyendo que de eso depende nuestra alegría. Eso sería un gran error. Pero... ¿y buscar la consolación de Dios?

Yo tiendo a pensar que la consolación es necesaria para vivir, lo mismo que el alimento. Una forma de consolación, por ejemplo, es la belleza, tanto de la naturaleza, como del arte, como de nuestros hijos, por ejemplo. ¿Es espiritualmente saludable vivir renunciando totalmente al arte, a la belleza natural, a disfrutar de la belleza de nuestros hijos, ofreciéndoselo todo a Dios? ¿No sería eso como dejar de comer totalmente y ofrecérselo a Dios? Y si, en cambio, hacemos el esfuerzo para buscar un momento paseando por la playa, o por la montaña, o contemplando la naturaleza de cualquier forma... ¿por qué no hacemos el esfuerzo de disfrutar directamente de la consolación de Dios en la oración? Al fin y al cabo, eso nos lo va a dar Él directamente, y podemos estar seguros de que nos lo dará sólo si nos conviene.

Alonso Gracián dijo...

Estas hablando de cosas buenas: la belleza, la contemplación de los hijos, la alegría, el disfrute de la belleza de la naturaleza. Todo es bueno si nos proyectamos a Dios a través de eso. Pero aunque sea bueno, para perfeccionar nuestra unión con Dios y avanzar debemos desnudar el alma y desprendernos de todo, para amar desinteresadamente a Dios.

No digo que no sea bueno todo eso. Por supuesto que lo es.

Pero el camino de la santidad es un camino de amor al sufrimiento.

Y si queremos progresar hay que avanzar en el amor al sufrimiento. No desear el gozo, sino desear el sufrimiento. No porque el gozo sea malo, sino porque es más perfecto el sufrimiento.


Estamos hablando de ser santos. Es preciso desarrollar un profundo y sobrenatural amor al dolor, para progresar y no quedarnos atados al gozo, y estancados.

Lo que nos parece necesario en un momento de nuestra entrega a Dios, no tiene por qué serlo a continuación, cuando el Señor nos llama a la cruz. Necesario sólo es Dios.

Y el Señor es claro: hay que negarse a sí mismo. Difícilmente podremos negarnos a nosotros mismos si no negamos nuestros deseos, no como un fin, por ser malos, como dice el budismo, sino como un medio, como una purificación para desapegarnos completamente de las cosas de la tierra.

Nuestro desprendimiento debe ser total, para amar a Cristo en desnudez.

"Procure siempre inclinarse no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido. No a lo más gustoso, sino a lo que da menos gusto. No a lo que es consuelo, sino al desconsuelo".

No porque sea malo el gusto, el consuelo, el sabor de las cosas creadas. Sino para purificar la voluntad y desembarazarla de todo excepto de Dios, y hacerla absolutamente desinteresada.

¿Por qué? Porque estamos heridos por el apetito concupiscente, que enturbia la pureza de las pasiones y los deseos, y debemos purificarnos de forma completa.

Fíjate lo que dice sor Isabel de la Trinidad en su Diario: "Basta un deseo cualquiera para impedir la perfecta unión con Dios"

No dice para impedir la unión con Dios, sino la perfecta unión con Dios. Porque hay cosas buenas que deseamos (como la contemplación de la belleza) que actúan, cuando nuestra alma se para en ellas, como un hilo muy delgado que impide que el alma vuele libre a Dios.

Alonso Gracián dijo...
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Emilio Alegre dijo...

Si te fijas, estamos hablando de eros y agapé referidos a Dios. Pero no me voy a adelantar...

Dentro de las cosas buenas, hay varias categorías. Hay cosas buenas a las que Dios nos llama a renunciar voluntariamente por amor a Él y a los demás, ofreciéndoselas en sacrificio. Son buenas, pero no necesarias. Ofrecérselas a Dios tiene gran valor para nosotros y para los demás. Ése es el cimiento de la oración y del apostolado: hablo del ayuno, de privarse de una cervea en un bar, de renunciar a comodidades, de ofrecer continuamente a Dios sacrificios, etc.

Hay una segunda categoría de cosas que también son buenas, y además son naturalmente necesarias: hablo del alimento, el vestido, la salud, etc. Estas podemos ofrecérselas a Dios cuando nos faltan contra nuestra voluntad, pero Dios no quiere que nos privemos de ellas voluntariamente. Al contrario, Dios quiere que cuidemos nuestra salud, y que trabajemos para procurarnos el alimento y el vestido. Y que "ya comamos, ya bebamos, lo hagamos todo a mayor gloria de Dios".

Hay otro grupo de bienes que son además sobrenaturalmente necesarios. Porque "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Ejemplos claros son la Eucaristía, que es Dios mismo,la oración, etc. Está claro que, aunque podemos ofrecérselas a Dios cuando nos faltan (p.ej., los cristianos encarcelados por su fe que se ven privados de la Eucaristía), tenemos que hacer también todo lo posible para que no nos falten.

Emilio Alegre dijo...

Ahora bien, la cuestión es si esa relación con Dios que nos proporciona consuelo entra enre las cosas prescindibles o las cosas imprescindibles. Si el contactocon el arte, la naturaleza o ola contemplación de nuestros hijos, entran entre lascosas prescindibles a las que es virtuoso renunciar voluntariamente, o son cosas de las que Dios no quiere que nos despeguemos voluntariamente, sino que quiere que las frecuentemos, porque sirven de alimento para nuestro espíritu, porque la palabra de Dios está en ellas. Y, en tal caso, sería un error prescindir de ellas, como es un error desprendernos del alimento necesario (no del superfluo).

Las citas de San Juan de la Cruz y de Isabel de la Trinidad que citas, creo que deben ser interpretadas en el contexto de la tradición de la Iglesia en este sentido. ¿Todo lo que nos produce gozo es susceptible de apartarnos de Dios? ¿Y cuando el gozo nos lo produce Dios mismo en la oración, o en la contemplación de la naturaleza? ¿No se referirán San Juan de la Cruz e Isabel de la Trinidad a los gozos que nos desvían de Dios, y no a los que nos vienen de Él?

"Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado".

... Da la impresión de todo lo contrario, de que San Juan ha abandonado todo gozo distinto y acepta descuidado, en cambio, el gozo que le da, ya en la tierra, la unión con Dios.

Ahora ya voy a enunciarlo de otra forma, porque ya está la fruta madura: ¿Hay que renunciar voluntariamente al eros de Dios para entrar en el ágape? ¿Hay que dejar de buscar y saborear lo que nos da para amarle de verdad...?

Creo que no, creo que a semejanza del amor humano, el eros nos conduce y nos ayuda al ágape, y si Dios nos lo ofrece es porque lo necesitamos. Creo que no es algo a lo que debamos renunciar, creo que es algo bueno y necesario. Distinto es que, cuando, a pesar de buscarlo, nos falte el gozo, sercapaces de ofrecérselo a Dios y saber que esto es también parte de su pedagogía paternal, que quiere que le amemos principalmente por que Él es digno de ser amado (ágape), y no sólo porque Él nos hace el bien (eros).

La doctrina de la Iglesia nos enseña que el gozo espiritual, juanto a la caridad y la paz, son frutos (muy relacionados entre sí), que nos da el Espíritu Santo. Y claramente es bueno y necesario anhelar y trabajar por los frutos del Espíritu Santo.

Hay un ejemplo de deseo espiritual que ha sido tratado por la doctrina de la Iglesia. Se trata precisamente del deseo de bienaventuranza eterna. Puede parecernos que amar a Dios porque nos promete la felicidad eterna (una forma de eros) podría alejarnos del amor puro a Dios por ser Él quien és, que sinduda es lo principal. Al menos, eso pensaban Lutero y Calvino, y luego de forma más mitigada Miguel de Molinos y otros, que decían que había que desapegarse del deseo de felicidad eterna para amar a Dios con un "amor puro".

El Concilio de Trento advirtió de la falsedad de esta doctrina. Si bien es primordial amar a Dios por quien es, es de necios enseñar que debemos olvidarnos de la esperanza que nos da para amarle. Eso va contra la propia naturaleza que el Señor nos ha dado. Fíjate cómo el protestantismo proscribe casi todo lo que forma parte del "eros" de la doctrina cristiana, y queda una religión sombría y llena de sospechas, triste y penosa. Y precisamente la rama del protestantismo que más está volviendo a aceptar ese "eros", pidiendo y recibiendo el gozo del Señor, es precisamente la que más cerca está del ecumenismo con los católicos.

Emilio Alegre dijo...

Y además, este gozo no es un gozo "automático", sino que nos viene de Dios. Es decir, Dios nos lo da cuando Él quiere. Nosotros podemos ir a buscarlo, como el que quiere beber agua va y pone el vaso debajo del caño. Si Dios quiere, abrirá el grifo y nos dará el agua. Y si cree que es mejor para nosotros no dárnosla, para fortalecer nuestro amor desinteresado, no nos la dará.

Esta imagen recurdo que la leí en un libro de oración basado en la experiencia de Santa Teresa (Oración Mental según Santa Teresa). En la vida de Santa Teresa, se ve el gran gozo que ella recibía como fruto en la oración, que la fortalecía frente al resto de sinsabores que tuvo que soportar y padecer en su vida. Ella, sin embargo, había pasado por una época de oración en que tal fruto no existía, en la que ella se encontraba desolada en la oración. Y decía que precisamente en ese época era en la que el Señor la había preparado, haciéndola desasirse de todo interés, para alcanzar luego la oración contemplativa, en la que sí recibía gozo, paz y caridad. Pero el que modula los tiempos es Dios, no nosotros. Sería un error sentirnos desilusionados o desalentados, como si la oración no sirviera de nada, cuando Dios no quiere darnos el gozo. La oración y la alabanza a Dios no se hace por los frutos, sino porque Dios es Dios. Pero creo que sería también un error renunciar de antemano, no pedir esos frutos y no trabajar para ponernos en situación de recibirlos. Eso es ponernos delante de la fuente y no poner debajo el vaso, diciéndole a Dios: "renuncio al gozo que me das por amor a ti". Creo que Él nos pondría de nuevo el vaso en la mano y nos diría con condescendencia: "tú no dejes de buscar los bienes que yo quiero darte y que tú necesitas, que ya te los quitaré yo cuando vea que s bueno privarte de ellos".

Emilio Alegre dijo...

Me viene a la memoria una frase bastante graciosa de San Vicente de Paúl a sus monjas: "¡Procuren no adelantarse a la Divina Providencia!"

Alonso Gracián dijo...

Bueno, no estoy hablando del gozo en cuanto don del Espíritu Santo,

sino en cuanto una de las pasiones (gozo, temor...), que hay que depurar y reorientar (no aniquilar).

Está claro que los dones del Espíritu hay que pedirlos para poder santificarnos y, precisamente, purificar las pasiones. Los frutos de esos dones nos ayudarán a desprendernos de todo cuanto no sea la mayor gloria de Dios.

Esta purificsción de los deseos se realiza en un plano ascético. Es una pedagogía de la cruz cuyo fin es amar a Dios por sí mismo, no por lo que nos da y nos gratifica.

Mira lo que dice San Juan de la cruz en otro pasaje:

"Más estima Dios en ti el inclinarte a la sequedad y al padecer por su amor, que todas las consolaciones y visiones espirituales y meditaciones que puedas tener".

Es una pedagogía, un depuración para hallar de verdad la fuente pura, el auténtico deseo de Dios, que se nubla por nuestras imperfecciones y deseos no purificados:

"Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón. ¿Qué sabes tú si tu apetito es según Dios?"

Recuerdo que cuando mi padre venía de permiso de estar embarcado, nos traía siempre unos regalos preciosos de los países exóticos a que viajaba. Recuerdo la ilusión con que esperaba esos regalos... Una noche, llegó de madrugada. Nos despertó, fuimos a verlo al salón, yo le pregunté emocionado qué me había traído, estaba expectante. Cuando me dijo que no me había traído nada, me desilusioné mucho y me enfadé. Hacía meses que no le veía, pero me disgusté y no fui capaz de alegrarme lo mismo al verle.

Esto es un ejemplo de lo que sucede con las consolaciones. Cuando Dios nos gratifica, estamos muy bien, y es bueno aceptar sus regalos, por supuesto, y disfrutarlo. Pero a veces no nos trae nada, para que aprendamos a amarlo por quien es, y no por lo que nos trae, y hagamos nuestro amor más desinteresado.

Por esto digo que el deseo de esos regalos puede oscurecer el amor por Él, y a veces (a mí al menos me pasa) hace que nos disgustemos porque nuestras expectativas no se cumplen.

Alonso Gracián dijo...

Por eso creo, aunque tal vez me equivoque, que es mejor pedirle a Dios que nos de lo que Él tenga a bien darnos.

Si nos quiere dar consolación, bien, si nos quiere dar desierto y sequedad, bien igualmente. Desear lo que Él quiera darnos, que sabe lo que necesitamos, y no lo nosotros creemos que deseamos (podemos equivocarnos)

A veces deberíamos tal vez desear padecer, y por debilidad deseamos un bien que, en ese momento, no nos conviene aunque sea un bien y, por definición, no sea malo.

Por eso Dios sabe mejor que nosotros lo que debemos desear en cada momento, lo que nuestro corazón auténticamente desea.

Como bien dices, no hay que adelantarse a la Divina Providencia.

Alonso Gracián dijo...

De todas formas, Dios modela la voluntad de las personas según sus planes, no los nuestros. Quiza sea un poco absurdo que me ponga a pensar sobre qué hay que desear o no de Dios.

Emilio Alegre dijo...

Bueno, creo que hay que delimitar un poco mejor de qué estamos hablando: yo estoy hablando de aquellas cosas buenas que Dios nos concede ya en esta tierra, y que son un anticipo de la felicidad eterna. Quiero decir con esto, y con lo que he dicho antes de la esperanza, que ese anhelo de felicidad que Dios ha puesto en nosotros, no sólo es algo que nos espera en el futuro, sino que ya hoy la propia esperanza nos ofrece un consuelo, y esos otros "anticipos" que Dios nos da son también fuente de consuelo para nosotros. Jesús es médico del alma, su consuelo nos acerca a Dios, nos cura, nos hace arder en amor a Él. Y cuando ascendió al Cielo, nos prometió OTRO Paráclito, el Espíritu Santo. Como sabes, Paráclito se ha traducido por "Consolador". El consuelo es necesario para nuestra alma herida, y nos acerca más a Dios. Y creo que no es algo que se recibe pasivamente, sino que podemos pedir, buscar, etc. Dice el Salmo: "Señor, no me ocultes tu rostro". ¿No está pidiendo la consolación?

Por supuesto que corremos el riesgo de valorar las consolaciones como mérito nuestro, cuando son dones de Dios. Un solo acto pequeñito de virtud vale más que todas las consolaciones; es que realmente las consolaciones no valen nada, si no nos sirven de ayuda para crecer en la virtud.

El Catecismo habla poco de los frutos del Espíritu Santo, pero lo que dice es muy revelador:

"1832 Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: “caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Ga 5,22-23, vulg.)."

Fíjete: son primicias de la gloria eterna. Por tanto, junto con la esperanza, responden a nuestro anhelo de felicidad.

Creo, por tanto, que los frutos nos ayudan a cercarnos a Dios, es el mismo Espíritu Santo quien los dispensa (por medio de María Inmaculada, no me cabe duda), y creo que es bueno anhelarlos, pedirlos y trabajar por ellos; creo que no es acto de virtud apartarse de ellos para ofrecerle esa renuncia al Padre, lo mismo que no es acto de virtud olvidarse del premio eterno para amar mejor al Padre (eso lo decía el molinismo). Como hijos, nuestro sitio es tomar el alimento que nos da, alabándole también por ello.

Alonso Gracián dijo...

Entonces estábamos hablando de cosas distintas, yo me referia sobre todo del gozo en cuanto una de las pasiones y de los deseos en cuanto movimientos del apetito, o sea afecciones de la voluntad

Emilio Alegre dijo...

Creo que es el mismo apetito, sólo que bien encauzado: donde antes había anhelo y placer por cosas que no nos llevan a Dios, ahora hay anhelo de ver el rostro de Dios, de disfrutar de sus beneficios, de su paz, de su alegría, de su sanación espiritual... Es verdad que a Dios no hay que quererle sólo por sus beneficios (eros), sino porque es Dios y es digno de ser amado (ágape). Pero Dios nos conoce (y nos ha hecho) y ha querido atraernos por el eros hacia el ágape. Aquí también puede aplicarse la frase de Oseas: "con cuerdas humanas te guié, con lazos de amor". Aunque es verdad que de cuando Él quiere, nos retira sus beneficios sensibles para probar y purificar nuestro amor (hoy se hace en la Iglesia la lectura del santo Job, precisamente, que es un ejemplo de esto).

No es de extrañar que en el Cantar de los Cantares, el amor humano de pareja sea modelo alegórico del amor entre Dios y el alma, o el de Cristo y su Iglesia. Gracias a una canción me acuerdo de este precioso fragmento:

"Negra soy, como las tiendas de Quedar. Y si mi amado bella me vio, no reparéis en mi negrura. De lino blanco me engalanó. Decidle que estoy enferma de amor".

La amada anhela la presencia del amado. "Mira que la dolencia de amor ya no se cura, si no es con la presencia y la figura" -diría San Juan de la Cruz; y también: "acaba ya si quieres, rasga la tela de este dulce encuentro". El objeto de la contemplación es buscar -ya aquí- el rostro de Dios, que nos llena de paz y alegría.

Alonso Gracián dijo...

Las cosas que dices, desde luego, son verdad. Es indudable.

Vamos pues a intentar llegar a algunas conclusiones y a clarificar las cosas.

Vamos a empezar con lo que comúnmente se llaman "consuelos o consolaciones" y a centrarnos en esto.

Podemos decir que las consolaciones "sensibles" (porque se sienten, afectan a nuestro cuerpo, afectos, sentimientos, y pueden entrar por los sentidos)

son emociones de alguna manera gratas que afectan a la sensibilidad (nos hacen saltar lágrimas, nos estremecemos,conmovemos, etc.)

y nos hacen experimentar un profundo "contento" espiritual.

¿Estamos de acuerdo en esta definición?

Emilio Alegre dijo...

Sí, aunque falta decir que vienen de Dios.

Alonso Gracián dijo...

Es verdad, falta decir eso.

Emilio Alegre dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Emilio Alegre dijo...

Bueno, no hagas mucho caso a lo que acabo de escribir y ahora he borrado. Puede que pareciera bonito, pero a lo mejor confunde. Prefiero que sigas por ese camino.

Alonso Gracián dijo...

No he llegado a leerlo.

Alonso Gracián dijo...

Esta consolación sensible es buena, nos lleva a Dios, nos sacude desde dentro. La sentimos, por ejemplo, gracias al arte. Nos eleva.

Como sabes, yo siento una admiración muy grande por la Polifonía. Recuerdo que en Sevilla estuve en una Misa según el rito extraordinario. El olor y la visión de los inciensos, la lengua latina recitada, la belleza de las ropas litúrgicas, la solemnidad emocionante, fervorosa, de todos los movimientos y gestos de cara al Sagrario resplandeciente, la multitud de gestos, genuflexiones, reverencias, la exaltación de la Hostia y la presencia del altar barroco contemplado y celebrado...

Y encima, la sublime polifonía de Victoria. Me sentía enfervorizado, elevado, se me saltaban las lágrimas y prometía a Cristo toda mi vida...

Poco después, aquí, un domingo, fui a Misa a una iglesia del centro. El prosaísmo en los gestos, la falta de fervor del celebrante y sus ayudantes... todo eso me molestaba y distraía, porque lo comparaba con la Liturgia preciosa y fervorosísima que había vivido en Sevilla, y para colmo un señor al micrófono, cantando canciones ñoñas con voz desafinada...

No pude concentrarme, me sentía frío, y molesto por lo mal que cantaba el acólito, por aquellas canciones tan "poquita cosa"...No aproveché bien la Misa.

Me di cuenta de que la ausencia de ese gozo espiritual tan grande que sentía en la Misa de Sevilla me estaba produciendo una especie de gula espiritual. Quería más belleza, más, como aquel día. Quería estremecerme igual. Me sentía frío, era como no si no "viera" la Misa...

Entonces comprendí que estaba atado a la belleza de la Polifonía y del rito extraordinario, mi alma se había detenido en aquel consuelo, en aquel gozo, y quería volver a disfrutarlo, y ese querer volver a disfrutar aquello tan hermoso y grande que sentí con aquella sublime Liturgia me estaba cerrando los ojos a la Liturgia de Cristo, que en aquella Misa, mientras cantaban desafinando, estaba siendo inmolado por nuestros pecados.

La consolación sensible tan hermosa y profunda que sentí es buena, maravillosa, y tiene efectos poderosos en las almas, produce conversiones, hay que promoverla en bien de las almas, pero si nos "detenemos" en el gozo, como yo me detuve, no nos movemos hacia el Dios que envía el gozo.

Entonces le prometí al Señor que cuando fuera a Misa no iba a querer sentir esa consolación, salvo que Él me la mandase, en cuyo caso no la despreciaría, pero que renunciaba a ella para estar siempre igualmente unido a Él.

Creo que lo que me propuse fue algo así como, en Misa, renunciar al gozo espiritual, pero no dspreciarlo si el Señor me lo mandare.

A lo mejor es esto demasiado simple, parece un poco de perogrullo...pero bueno, es un ejemplo.

Alonso Gracián dijo...

En fin, la idea es que no sé cómo se puede progresar en santidad si, aparte de no cometer lo malo, no renunciamos no ya a lo lícito, o a lo bueno, sino a lo muy bueno, porque, entonces, ¿qué es mortificarse en verdad, qué es crucificarse?

Se renuncia a lo muy bueno, se niega lo muy bueno para padecer mucho por Cristo, que es el Bien Sumo

Si me mortifico, renuncio al bienestar físico durante la mortificación. El bienestar físico es bueno, pero lo niego, para conseguir un bien mayor, que es el padecimiento sobrenatural y el desapego de la carne.

(Renunciar a lo bueno pero sin despreciarlo si el Señor lo manda, claro, porque lo bueno no se debe minusvalorar ni rechazar, pues viene de Dios y nos favorece, y si Dios quiere que nos consolemos y gocemos en Él, no es delicado rechazarle, sin duda, como bien has dicho en otras ocasiones)

En fin, tampoco es que tenga un empeño especial en defender esta negación, (porque pienso que es posible me esté excediendo en esta argumentación) y se encuentre algún tipo de vanidad peligrosa en ella, y porque hay que saber que a veces la renuncia conlleva desprecio, y entonces no está bien, es pecado despreciar los regalos de Dios.

Pero si se consigue renunciar a lo bueno sin despreciarlo, para mortificar esa gula espiritual que a veces puede atenazarnos, creo que puede ser un buen camino de padecimiento agradable a Dios

Emilio Alegre dijo...

Pero no es virtuoso rechazar todo lo bueno. Por ejemplo, no es virtuoso rechazar lo necesario, como el alimento, el abrigo, etc... de forma que lleguemos a enfermar.

Pero no sólo eso. Por ejemplo, ¿sería virtuoso acudir siempre a una Misa minimalista, en lugar de otra muy bien celebrada? ¿O evitar una Misa en la que el sacerdote predica muy bien en lugar de otra en la que el sacerdote hace lo que puede, pero es mal predicador, aunque no sea desviado?

En fin, lo que dices puede tener sentido, y he encontrado algún texto en internet que comenta a San Juan de la Cruz poniendo verdes a los que buscan consuelos espirituales y se deleitan en las cosas de Dios. Lo que pasa es que cogen trozos de San Juan de la Cruz y no el texto entero, y me gustaría ver el contexto y a qué se está respondiendo en esas afirmaciones. Quizá se refiera, no a buscar consuelo en Dios, sino a subirse a un pedestal por el hecho de recibirlo. Justo antes del puerto de Dios está el último y más peligroso de los obstáculos, que es la isla del orgullo, y muchos se suben a ella cuando están apunto de llegar al puerto, y desde ella van diciendo a los demás cómo se llega. La metáfora es de San Agustín.

A mí me extraña un poco todo eso que he leído comentando a san Juan de la Cruz; instintivamente me suena un poco "cátaro" o "budista", y hasta he leído que para amar totalmente a Dios hay que olvidarse del propio destino eterno, cuando creo que eso está rechazado por la Iglesia en el Concilio de Trento y en la condena del Molinismo. Creo que, en general, la doctrina cristiana no suele significar acabar con ninguna faceta humana, sino reconducirla bien.

Sin embargo, ayer mismo leí un panegírico de una monja que decía que no quedaba en ella nada de amor propio, y por el contexto no parece que hablase del orgullo, sino del amor a sí misma. La verdad, me parece una noción que puede estar equivocada, porque el propio Jesús resumió los mandamientos diciendo "...amarás a tu prójimo como a ti mismo". El propio San Agustín tiene palabras alabando el amor a uno mismo, explicando cómo debemos amarnos verdaderamente a nosotros mismos.

Emilio Alegre dijo...

Y además, si es virtud renunciar a los beneficios de Dios, ¿por qué nos dice Cristo: "venid a Mí todos los que estéis cansados y agobiados y Yo os aliviaré"? ¿Por qué Él mismo "anheló" el consuelo del Padre en la cruz y se lamentó de su falta, "reprochándole" al Padre su aparente abandono? Y si me atrevo a decir eso es porque el propio Benedicto XVI lo expresó en una homilía sobre el sufrimiento; sin embargo, no es nada nuevo, pues como sabes esas palabras ya las dijo el salmista en el salmo 22. La propia vida de la Iglesia está llena de beneficios y favores del Cielo: ¿podemos decir que no es virtuoso, p. ej., pedir la curación de una enfermedad? Sin embargo, Jesús alabó la fe de los que se acercaban a pedirle la sanación.

Sí nos enseña Dios a poner su voluntad por encima de todo,lo cual nos hace anhelarle, no por sus beneficios, sino por Él mismo.

Además, yo diría otra cosa: si es voluntad de Dios concedernos p. ej., el consuelo en la oración, sentirnos felices por contemplar algún atisbo de su gloria, ¿acaso él nos lo concedería si no fuera bueno para nosotros? A lo mejor se trata de que hay que distinguir entre el consuelo humano o estético, y el que realmente proviene de Dios.

Todo esto lo digo sin estar muy seguro de nada, quizá haya mucho que se me escapa...

Creo que hay cosas que nos consuelan, pero que si nos consuelan es porque recibimos aquello que necesitamos para ser mejores, para unirnos más a Dios. Me extraña que renunciar a eso pueda ser virtuoso. Sería como si Santa Teresa renunciase a la oración contemplativa y se hubiese dedicado sólo a rezar el rosario para evitar sus consolaciones y "engolfamientos" (como ella los llamaba).

Lo que me extraña, por otro lado, son esas palabras tan duras de San Juan de la Cruz, dichas por cierto en tono un poco agrio. Me gustaría conocer el contexto para comprobar exactamente a qué caso se refieren y responden. No conozco nada similar de otros autores sagrados... ¿quizá algo de Santa Maravillas?

Emilio Alegre dijo...

Creo que he caído en la cuenta de algo que puede ayudarnos. Hagamos una analogía con la mortificación física, como es el ayuno, y con la curación de una enfremedad.

El ayuno es una mortificación agradable a Dios, de eso no cabe duda. Sin embargo, debe practicarse con moderación (no con tanta como yo, claro). ¿En qué consiste la moderación? En no privarnos de lo necesario para la salud y para cumplir bien nuestras obligaciones. Así que hay que tener cuidado de no pasarse, porque lo que está bien, llega a un punto en el que está mal.

La curación de una enfermedad está bien, desde luego. Rechazar las medicinas no sólo puede no ser virtuoso, sino que puede ser incluso un acto malo. No parece que sea acto de virtud no procurarse las medicinas curativas.

Hasta ahora he dicho dos cosas: que es virtuoso privarse de lo bueno, pero no de lo necesario, y que es siempre virtuoso luchar contra lo dañino, y carente de virtud no enfrentarse a ello.

¿Qué ocurre cuando el bien es espiritual, el alimento del alma? Porque lo mismo que necesitamos fuerza y lucidez para trabajar, necesitamos fortaleza, alegría, etc., para acercarnos cada vez más a Dios, para evangelizar, etc. A veces nos viene bien ver un poco el rostro de Dios, contemplar un atisbo de su gloria, o recabar una mayor certeza sobre su voluntad. Privarnos de buscar todo consuelo espiritual, por tanto, a buen seguro que nos priva no sólo de lo superfluo, sino también de lo necesario. Y no creo que pueda ser virtuoso.

Pero hay una cosa más: los bienes sobrenaturales, nos los da Dios, mientras que los naturales los recibimos automáticamente cuando nos los procuramos. Es decir, si yo voy a una marisquería y me pego un atracón de marisco, voy a obtener un disfrute automático. Pero si voy con mi vaso de agua a la fuente de la oración, sólo voy a botener el consuelo si Dios me lo da. Y Dios sólome lo darási es bueno para mí. Entonces, ¿qué temor puede haber en anhelar y pedir el consuelo de Dios? Es más el consuelo lo es, precisamente por notar la presencia de Dios. Lo que anhelamos, realmente, al anhelar el consuelo, no es el sentimiento per se, sino como efecto de la presencia de Dios. Si alguien me pudiera asegurar que ese consuelo no viene de Dios, yo huiría de él, desde luego.

Vamos ahora al rechazo de lomalo. Pedirle a Dios la curación es claramente un acto bueno, porque es un acto de confianza en Él. Es importante no exigírselo, sino aceptar de antemano su voluntad de concedérnoslo o no. ¿Es posible que, para personas muy unidas a Dios, sea un acto de virtud no pedir la curación de una enfermedad? No estoy seguro. Pero hay una cosa que me induce a pensar que no es virtud dejar de pedir a Dios la sanación: si una persona que tiene una enfermedad hace mal en no ir al médico, que le ayudará con los medios naturales, ¿por qué va a estar bien que no se lo pida a Dios, que le puede ayudar con un remedio sobrenatural? Más bien parece un acto de omisión no pedirle a Dios que nos cure, o de piedad mal entendida. Parece de buenos hijos que, puesto que el plan de Dios original sobre la creación es que estemos sanos, le pidamos a Él la curación, y no sólo al médico. Dios ya nos la dará si nos conviene y no nos la dará si no nos conviene.

Emilio Alegre dijo...

Pero también hay enfermedades del alma, y no me refiero sólo a las psiquiáticas: hay rencores, duelos, tristezas, debilidades, desasosiegos, temores, complejos... De todo eso es médico Jesús. De todo eso nos libra con su consuelo, con esa seguridad que ponemos en Él y no en nosotros mismos, con esa presencia a veces sensible en nosotros ... y entre nosotros, porque también hay enfermedades "comunitarias" en las familias, las sociedades de la Iglesia, etc. A veces necesitamos la presencia sensible de Dios para curarnos, Él nos la da porque quiere, y hacemos bien en pedir el remedio de todo eso. Es más, haríamos mal en no pedirlo. Y si sabemos que haciendo esto o lo otro nos ponemos en mejor disposición para que Dios actúe de esa forma sensible que otras veces nos ha hecho bien, hacemos mal en evitarlo, no parece virtud evitarlo.

Alonso Gracián dijo...

Bueno, creo que, como te dije, no se trata de rechazar, o de no pedir.

Sino de renunciar "sin despreciar".

Está claro que es bueno pedir. Pedid y se os dará, dice el Señor.

Yo creo que cuanto pidamos a Dios, hay que pedirlo de forma condicional, es decir, si es su Voluntad.

Lo bueno es lo que Dios quiere. Si Dios permite que caiga enfermo, veo eso como mandado por Dios, y le pido me cure, pero sólo si es su Voluntad que me cure.


Es bueno pedir la salud, pero es mejor pedir la salud si es voluntad de Dios.

Creo que lo bueno para nosotros es la Voluntad de Dios, y no las cosas buenas en sí mismas,que puede Dios quererlas o no para nosotros.

Si Dios quiere que yo esté árido, yo quiero estar árido. Si Dios quiere que tenga consuelo, yo quiero tener consuelo. Yo puedo decirle a Dios: Señor, mándame consuelo, y es bueno, pero es mejor decir "mándame consuelo si quieres que sea consolado, porque si quieres que sufra, yo quiero sufrir"

Emilio Alegre dijo...

Con eso estoy de acuerdo, lo que pasa es que la palabra "renuncia" parece que implica "no pedir". Mñas ue renunciar, que en sí no es una palabra que implique un objeto, yo diría "confiar en Dios" o "abandonarse a la voluntad de Dios", la vez que no rechazamos sus bienes, sino que se los pedimos y TRABAJAMOS por ellos. Sería absurdo pedirle a Dios el alimento si no nos llevamos la cuchara a la boca. Por lo mismo, sería absurdo pedirle a Dios su consuelo espiritual si no nos ponemos en disposición de recibirlo.

Pero, por supuesto, todo lo que se pida a Dios debe ser condicionado a si ésa es su voluntad, como Cristo en el huerto de los olivos.

Alonso Gracián dijo...

Abandonarse en Dios. Esto implica olvido de uno mismo. Por aquí creo yo que va el tema.

Y en ofrecerse como víctima propiciatoria. Identificarse con Jesús crucificado abandonado en la Cruz.

Alonso Gracián dijo...

Por otra parte, la palabra renuncia tiene un profundo sabor cristiano, como negación. Creo que reflejan bien una actitud de desprendimiento de la voluntad propia, de crucifixión, de mortificación.

Alonso Gracián dijo...

En fin, parece que no nos ponemos de acuerdo en los términos, más que en las ideas en sí.

Emilio Alegre dijo...

A mí no me gustan mucho esas palabras, aunque pueden ser bien insertadas en una frase dinámica hacia Dios, y entonces su significado se modifica sustancialmente. Pero como términos en sí, creo que son mejores palabras no "estáticas", sino "dinámicas", que ya en sí refieren necesariamente a un objeto que les da sentido (en este caso, Dios), como ofrecimiento, oblación, abnegación, consagración, entrega, sacrificio... En el Opus Dei usan mucho la palabra "ofrecer", creo que es muy didáctica, y como todo lenguaje bien usado, seguro que les ayuda a "moldearse por dentro"; así, cuando "renuncian" a algo no se quedan pensando que la esencia de ese acto parte de aquello a lo que se renuncia, sino que parte del fin al que se dirige: Dios que nos ama y al que queremos amar como se merece. Al fin y al cabo, no es lo importante renunciar, sino ofrecerle a Dios con amor aquello a lo que se renuncia. No es una técnica de purificación, sino un acto de amor. Por supuesto, sé que tú usas las otras palabras también en en ese sentido, lo digo para poner de relieve la gran diferencia que yo veo entre esos dos grupos de palabras.

Emilio Alegre dijo...

Bueno, a lo mejor soy muy exagerado con lo de los términos. De todas formas, este diálogo me viene un poco grande, creo que me puedo haber equivocado en varias cosas. En fin, la verdad es trabajosa; aunque la perseguimos, notamos cómo siempre se nos escapa un poco entre los dedos...

Emilio Alegre dijo...

Creo que es verdad que el consuelo es el efecto que produce en nosotros el contacto sensible y/o afectivo con Dios. De lo que nos alegramos es de "ver un poco" a Dios. Lo que queremos es ver a Dios, no sentir el consuelo. Por tanto, creo que es bueno -y me parece que hasta necesario- anhelar y pedir a Dios que nos muestre su rostro, no el hecho de sentir un consuelo placentero, claro.

Alonso Gracián dijo...

Sí, con eso estoy de acuerdo.

Emilio Alegre dijo...

Este tipo de oración de pedir a Dios que nos muestre su rostro, aparte de ser el motivo de uno de los salmos -"Señor, no me ocultes tu rostro"-, está también presente en otros salmos, y está muy ligado a la oración que se hace en la Luturgia de las Horas. Como me he suscrito al "Magníficat", llevo un mes rezando Laudes y Completas de forma fervorosa, proclamando los salmos haciéndolos míos, dirigiéndome con fe a Dios con esas palabras preciosas, inspiradas por el Espíritu Santo. Y compruebo que, sobre todo los laudes, están llenos de alabanza y petición de todo lo que significa estar cada vez más unidos a Él.

Alonso Gracián dijo...

Esta oración con los salmos que estás haciendo es un medio poderoso de unión divina, de aumento de Gracia, de hacer crecer el fevor. Tiene un gran poder para hacernos sentir la mirada del Señor sobre nosotros, alimentándonos.

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