domingo, 31 de octubre de 2010

San Longinos en el Cantar del Mío Cid

Manuscrito de Per Abat (año 1207); Cuaderno 2, folio 8r
"...estando en la cruz obraste un prodigio grande:
Longinos era ciego, que no vio nunca jamás,
te dio con la lanza en el costado, del que salió la sangre,
corrió por el astil abajo, las manos se fue a manchar,
las alzó hacia arriba, se las llevó a la faz,
abrió los ojos, miró a todas partes,
en ti creyó entonces, por eso se salvó del mal..."
Cantar del Mío Cid
versos 150 y siguientes
(edición modernizada de Alberto Montaner).


La historia de San Longinos, el soldado romano que según la tradición se convirtió al caer sobre él la sangre y el agua de Jesucristo después de la lanzada, es una enseñanza sobre la gracia que recibimos por los méritos de Cristo. "Sus heridas nos han curado" (1 Pe 2, 25; Is 53, 5)

Juan Pablo II lo explicó de forma maravillosa citando a san Ambrosio, padre de la Iglesia:

Al contemplar las llagas de Cristo con las que hemos sido salvados, san Ambrosio decía: «No tengo nada en mis obras de las que pueda gloriarme, no tengo nada de qué enorgullecerme y, por tanto, me gloriaré en Cristo. No me gloriaré porque soy justo, sino porque he sido redimido. No me gloriaré porque estoy exento de pecados, sino porque se me han perdonado. No me gloriaré porque he ayudado ni porque me han ayudado, sino porque Cristo ha sido mi abogado ante el Padre, porque la sangre de Cristo fue derramada por mí. Mi culpa se convirtió para mí en el precio de la redención, a través de la cual Cristo me ha salido al encuentro. Cristo padeció la muerte por mí. Tiene más ventajas la culpa que la inocencia. La inocencia me había hecho arrogante, la culpa me ha hecho humilde».

Gracias, Señor, porque tus heridas me han curado. Gracias, porque viniste a salvar a los pecadores, y porque mi pecado me valió tu redención. Señor, dame tu amor para que yo te ame como Tú mereces.
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