viernes, 19 de noviembre de 2010

Evangelizar a bautizados


La evangelización actual en países cristianos, se distingue de aquella predicación de los primeros apóstoles en una cosa: aquellos a quienes va dirigida, en su mayoría han sido ya bautizados.

Las personas que han recibido el bautismo pero no aceptan a Cristo en sus vidas, pueden haber perdido la gracia, pero algunos no han perdido la fe que recibieron como un don en el sacramento. Esa fe está en ellos, o bien aplastada por el pecado, o bien como una semilla que no llegó a germinar porque no recibieron una verdadera formación en la fe. La recibieron de pequeños como un regalo que conservan pero que no han abierto. Muchos otros sí la han perdido; han conocido a Cristo en la catequesis, le han recibido sacramentalmente en la Primera Comunión... pero antes o después han apostatado, han rechazado a Cristo y a su Cuerpo Místico, que esla Iglesia. Incluso puede que crean en Dios, pero con una creencia puramente humana, no con la fe de la Iglesia, no reconociéndole como su Señor y Salvador, no relacionándose con Jesucristo Resucitado. No obstante, esas personas están ya selladas por el Bautismo. Han sido inhabitadas por la Trinidad y eso ha dejado un hueco en el alma. No puedo evitar acordarme aquí de las palabras de Jesús (Lc 11, 24): "Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: "Volveré a mi casa, de donde salí". Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio".



Aquella antigua evangelización anunciaba a Cristo como "buena nueva", y Pablo predica en el areópago de Atenas sobre "el Dios desconocido". En el areópago moderno, a nosotros nos toca predicar sobre "el Dios que habéis rechazado". Para nuestros contemporáneos, tener que acoger la predicación de Cristo como verdad sería una "mala noticia": "ese Dios que no nos gusta, es verdad" -pensarían.

Sin embargo, se parece a la predicación de Pedro en Pentecostés, cuando él habla a los judíos de aquél a quien habían crucificado. San Pedro hace entonces dos cosas: confirmarles la majestad divina de Aquél al que rechazaron y mataron, y ofrecerles su perdón.

Esto que hace San Pedro en Pentecostés, es lo que hace el Espíritu Santo. Viene a nosotros para "convencernos del pecado"; viene a darnos una mala noticia, pero que es verdad: estamos enfangados en el pecado. Sin embargo, a la vez que nos da esa mala noticia, nos consuela -es el Consolador- y nos dice que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, que Cristo ha pagado nuestro pecado, que Dios nos ama y nos dará fuerzas para esforzarnos en la perseverancia.

Ayer, llegué a casa después de tres días de no ver a mis hijos, por asuntos de trabajo. La pequeña dejó enseguida la manualidad que estaban haciendo y vino contenta a recibirme y darme un beso. El mayor, siguió como si nada. A pesar de que para llegar hasta él tenía que atravesar un paso estrecho entre sillas, me llegué a él y le di un beso, pero él no se inmutó. Así que le dejé, y volví a salir por el paso estrecho. Al cabo de menos de un minuto, le dio pena de no haberme dado el beso, y quiso dármelo; pero esta vez, no me pareció que estuviera bien que fuese yo de nuevo hasta él, pasando entre las sillas, para darle el beso, así que le exigí que fuese él quien se levantara de donde estaba e hiciera el esfuerzo de venir hasta mí para darme el beso que me debía. Al principio se resistió, se tomo mal que yo no volviera a ir hacia él, pero luego se dio cuenta y vino él a darme el beso.

Pensé que esa es la diferencia entre el Bautismo y la Confesión. En el Bautismo, Cristo hace el esfuerzo que deberíamos haber hecho nosotros, pero que no podemos hacer por el pecado, y viene a rescatarnos; pasa Él por el camino estrecho -la expiación- que nos correspondería a nosotros. A veces, después de recibir el Bautismo, rechazamos a Jesús y necesitamos su reconciliación. Entonces, el Señor nos mueve a ser nosotros los que vayamos a Él, reavivando en nosotros esa fe que ya tenemos (ya hemos "gustado" a Dios y llevamos su sello) y moviéndonos a acercarnos al confesonario, aceptando la penitencia. Aunque, por supuesto, en la Reconciliación, también somos perdonados por los méritos del Señor, no por los nuestros.

Me queda algo de confusión en esto, a ver si en próximos días aprendo algo más y lo voy perfilando...

martes, 9 de noviembre de 2010

Mi vocación al sacerdocio

Desde que me convertí, hace más de diez años, sentí una vocación tan fuerte, tan fuerte, como si Dios me llamara al sacerdocio, aunque claramente no era a eso, pues ni siquiera me veo de diácono, y podría serlo estando casado. Durante años, esta vocación me ha desvelado, pues sentía claramente que Dios me llamaba, pero no escuchaba a qué me llamaba. No le escuchaba... a pesar de que Él no paraba de decírmelo, ahora lo veo.

Escuchaba que el Señor me llamaba a la santidad, a la entrega, a la oración por los demás, por su conversión, a luchar contra mis pasiones desordenadas... Pero pensaba que todo esto era un medio, algo que Él me pedía para ayudarme, para prepararme a esa otra vocación oculta que yo esperaba. No le daba la importancia que tenía; no me daba cuenta de que mi vocación misma estaba en esas llamadas.

Lo escuché subiendo las escalinatas del Santuario de Fátima: "Jesús pide almas que se ofrezcan a sufrir con Él..." Por su Iglesia, por toda la humanidad, por la conversión de los que le rechazan, de los que no le conocen, en expiación por nuestros pecados y los del mundo entero, en reparación por las ofensas al Inmaculado Corazón de María..." Yo le dije que sí, aun lleno de miedo; no pude negarme a esa oferta, como el soldado que da un paso al frente cuando piden voluntarios: él oye esa oferta dirigida a todos, pero la escucha como si fuese sólo para él.

"Es necesario morir..." -me decía una canción de nuestras oraciones de alabanza... "no basta sólo con querer... es necesario morir". En una oración, hace poco, mi esposa y una amiga oraron por mí, imponiéndome las manos; nuestra amiga pidió al Señor que por donde yo pisara, por donde hollara con mi bastón, fuera haciendo mella para que germinase el fruto de la verdad. Y el otro día, tan confiado como cansado de no encontrar la respuesta a mi vocación, con audacia de hijo le pedí a Papá que me dijese por fin qué quiere de mí. Me contestó sencilla y claramente con ésta antífona de la oración de completas: "Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo". Es del 2º Libro de los Macabeos.

Jesús no me pide que haga ninguna cosa en particular, -ahora lo sé-; lo que quiere es que me entregue a Él, a sufrir con Él. Eso no es un medio para otra cosa, sino el fin de mi vida, mi vocación. Es una vocación plenamente sacerdotal, un ofrecimiento personal en favor del Pueblo de Dios. Un sacerdocio que se desarrolla a través de la entrega concreta a mi esposa, a mi familia, a mi trabajo, a mis amigos, a todos los que encuentre en mi camino. En Cristo, toda entrega cobra valor. Dice San Josemaría Escrivá que Dios añade dimensiones insospechadas a la vida de aquellos que le aman...

Ser sacerdote en mi matrimonio, a través de él... Es una vocación sólida, a una entrega radical a Dios y a la Iglesia. El sacerdote ordenado no puede dedicarse plenamente a su sacerdocio estando casado, y por eso se le exige el celibato... pero yo sí puedo cumplir plenamente con mi vocación sacerdotal -la que me viene por el Bautismo y la Confirmación- estando casado, porque en mi dedicación a mi esposa y a mis hijos, unida a Cristo, estoy ofreciendo a Dios un sacrificio de alabanza en favor de toda su Iglesia.

¿Por qué digo que "es necesario morir"? Porque hacer la voluntad de Dios cuesta, aun en las cosas sencillas de cada día; hay que mantener una continua y verdadera batalla para que el Señor nos conceda la victoria en las pequeñas cosas cotidianas. Jesús nos da la gracia para vencer, pero es la gracia de esforzarnos, de sufrir con Él. Es verdad que luchar y vencer con Él es tan dulce, llena tanto de alegría, que a veces se parece más al "camino ancho y real" que decía Santa Teresa, al "yugo suave" que dijo Jesús, que a la "senda estrecha" de la que también habla Él mismo. Y es que la alegría brota entre esas estrecheces, es que no hay contradicción entre el "dar hasta que duela" de Teresa de Calcuta y el "dar con alegría" de los pastorcitos de Fátima. Aunque parezca increíble, es en la lucha sufrida contra nosotros mismos por hacer la voluntad de Dios, en donde el Señor nos da la única y verdadera alegría.

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
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