martes, 9 de noviembre de 2010

Mi vocación al sacerdocio

Desde que me convertí, hace más de diez años, sentí una vocación tan fuerte, tan fuerte, como si Dios me llamara al sacerdocio, aunque claramente no era a eso, pues ni siquiera me veo de diácono, y podría serlo estando casado. Durante años, esta vocación me ha desvelado, pues sentía claramente que Dios me llamaba, pero no escuchaba a qué me llamaba. No le escuchaba... a pesar de que Él no paraba de decírmelo, ahora lo veo.

Escuchaba que el Señor me llamaba a la santidad, a la entrega, a la oración por los demás, por su conversión, a luchar contra mis pasiones desordenadas... Pero pensaba que todo esto era un medio, algo que Él me pedía para ayudarme, para prepararme a esa otra vocación oculta que yo esperaba. No le daba la importancia que tenía; no me daba cuenta de que mi vocación misma estaba en esas llamadas.

Lo escuché subiendo las escalinatas del Santuario de Fátima: "Jesús pide almas que se ofrezcan a sufrir con Él..." Por su Iglesia, por toda la humanidad, por la conversión de los que le rechazan, de los que no le conocen, en expiación por nuestros pecados y los del mundo entero, en reparación por las ofensas al Inmaculado Corazón de María..." Yo le dije que sí, aun lleno de miedo; no pude negarme a esa oferta, como el soldado que da un paso al frente cuando piden voluntarios: él oye esa oferta dirigida a todos, pero la escucha como si fuese sólo para él.

"Es necesario morir..." -me decía una canción de nuestras oraciones de alabanza... "no basta sólo con querer... es necesario morir". En una oración, hace poco, mi esposa y una amiga oraron por mí, imponiéndome las manos; nuestra amiga pidió al Señor que por donde yo pisara, por donde hollara con mi bastón, fuera haciendo mella para que germinase el fruto de la verdad. Y el otro día, tan confiado como cansado de no encontrar la respuesta a mi vocación, con audacia de hijo le pedí a Papá que me dijese por fin qué quiere de mí. Me contestó sencilla y claramente con ésta antífona de la oración de completas: "Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo". Es del 2º Libro de los Macabeos.

Jesús no me pide que haga ninguna cosa en particular, -ahora lo sé-; lo que quiere es que me entregue a Él, a sufrir con Él. Eso no es un medio para otra cosa, sino el fin de mi vida, mi vocación. Es una vocación plenamente sacerdotal, un ofrecimiento personal en favor del Pueblo de Dios. Un sacerdocio que se desarrolla a través de la entrega concreta a mi esposa, a mi familia, a mi trabajo, a mis amigos, a todos los que encuentre en mi camino. En Cristo, toda entrega cobra valor. Dice San Josemaría Escrivá que Dios añade dimensiones insospechadas a la vida de aquellos que le aman...

Ser sacerdote en mi matrimonio, a través de él... Es una vocación sólida, a una entrega radical a Dios y a la Iglesia. El sacerdote ordenado no puede dedicarse plenamente a su sacerdocio estando casado, y por eso se le exige el celibato... pero yo sí puedo cumplir plenamente con mi vocación sacerdotal -la que me viene por el Bautismo y la Confirmación- estando casado, porque en mi dedicación a mi esposa y a mis hijos, unida a Cristo, estoy ofreciendo a Dios un sacrificio de alabanza en favor de toda su Iglesia.

¿Por qué digo que "es necesario morir"? Porque hacer la voluntad de Dios cuesta, aun en las cosas sencillas de cada día; hay que mantener una continua y verdadera batalla para que el Señor nos conceda la victoria en las pequeñas cosas cotidianas. Jesús nos da la gracia para vencer, pero es la gracia de esforzarnos, de sufrir con Él. Es verdad que luchar y vencer con Él es tan dulce, llena tanto de alegría, que a veces se parece más al "camino ancho y real" que decía Santa Teresa, al "yugo suave" que dijo Jesús, que a la "senda estrecha" de la que también habla Él mismo. Y es que la alegría brota entre esas estrecheces, es que no hay contradicción entre el "dar hasta que duela" de Teresa de Calcuta y el "dar con alegría" de los pastorcitos de Fátima. Aunque parezca increíble, es en la lucha sufrida contra nosotros mismos por hacer la voluntad de Dios, en donde el Señor nos da la única y verdadera alegría.

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

4 comentarios:

Alonso Gracián dijo...

Creo que has expresado exactamente la vocación sacerdotal común del cristiano. Pueblo santo, pueblo sacerdotal, Iglesia, Cuerpo sacerdotal de Cristo Sacerdote.

Hablas del sacerdocio común de los fieles, cómo Dios genera en ti esa aspiración sacra, ese deseo de ver el mundo sub specie aeternitatis, bajo la perspectiva de lo eterno, es decir, sacerdotalmente.

Recuerdo muy bien aquellos días de fuego...todo nos sabía a poco en orden al espíritu.

Y cuanta veneración comenzamos a sentir por el sacerdote consagrado, por el cual actúa Cristo.

Longinos dijo...

Sí, todos somos sacerdotes en Cristo por el Bautismo. El sacerdote de la Antigua Alianza ofrecía un animal a Dios como víctima en favor del pueblo.

Cristo, el Sacerdote de la Nueva Alianza, Único Sacerdote, dice: "Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo... Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad" (Hebreos 10, 5-7). Es decir, Cristo consuma en Sí todos los sacrificios, porque se ofrece a Sí mismo, el Cordero de Dios, como víctima, como pago sobreabundante en favor de todo el Pueblo.

Nosotros, al formar parte de su Cuerpo Místico, participamos de su sacerdocio y su victimización. Nos ofrecemos en Él, en favor de todo el Pueblo de Dios. El sacerdote que es ministro consagrado, actúa "in persona Christi" ofreciéndose a Sí mismo, al Cristo Total, al Padre, en el que sigue siendo el Único Sacrificio de Cristo en el Calvario.

Alonso Gracián dijo...

Y luego está la otra dimensión del sacerdocio común:

se vive la vida común, cotidiana, de estado, con el único objeto de consagrarla, sacralizarla, haciendo la voluntad del Padre en todo momento, nunca la nuestra, identificándonos por la Gracia en Cristo.

Longinos dijo...

Bueno, yo me refería exactamente a eso, ése es nuestro ofrecimiento de nosotros mismos al Padre, por la obediencia. Esas cosas "que recibimos de su generosidad" y le presentamos para que sean transformadas en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Cuando hacemos lo que tenemos que hacer en obediencia a Dios, todo esto se une al sacrificio de Cristo en la cruz -se una explícitamente en la Misa- y así todo el Cuerpo Místico se ofrece al Padre en sacrificio.

Se ha producido un error en este gadget.