domingo, 25 de diciembre de 2011

Aclaración a III: el catarismo


He elegido la palabra "catarismo", que me ha sugerido mi amigo Alonso Gracián, para hacer referencia a una deformación en la concepción del cristianismo muy frecuente hoy en día, aunque forma parte de muchas desviaciones ya desde el siglo I. "Cátaro" significa "puro", y se llamó cátaros a los pertenecientes a una secta herética de la Edad Media; pero ya existe el "catarismo", como he dicho, desde las primeras desviaciones que se dieron en la Iglesia. Existe también catarismo en el protestantismo, y existe catarismo hoy en día entre muchos bautizados que se consideran más o menos católicos. Actualmente, esta desviación se produce sobre todo por contaminación con las religiones orientales, en lo que se conoce como "New Age". Lo que llamo "catarismo" consiste en no llegar a soportar que Dios se haga hombre, con todas sus consecuencias.

Y es que el hecho de que Dios se haga hombre es realmente algo inaudito. Supone que todo un Dios Creador, el Eterno, el Inaccesible, El que Es, tome carne y se haga un niño pequeño, indefenso, para salvarnos y guiarnos por el camino de la Vida. Este misterio, que se conoce como el "Misterio de la Encarnación del Verbo", es ya inseparable del misterio de la cruz, por el que fuimos salvados, el "Misterio de la Redención" ("redención", de "redimir", significa liberar al que ha sido apresado, pagando el precio de su rescate; eso es lo que hizo Jesús por nosotros). Ya San Pablo nos avisó de lo que ocurre con este misterio de la cruz, el misterio de que Dios se haga hombre para salvarnos sufriendo por nosotros. Ese misterio es "escándalo para los judíos, necedad para los paganos" (1 Corintios 1,22). Es decir, muchos, a los que les falta fe, no acaban de concebir que Dios se haga hombre con todas sus consecuencias: que entre en la historia de la humanidad, y que entre en nuestra historia personal, que nos hable como Persona que es, que nos ame y que, como Dios, nos guíe, por ese amor que nos tiene, hacia la verdad.

Claro, por una parte, si uno no tiene fe, prefiere una concepción nebulosa y abstracta, de un "dios" que no se mete en mi vida, que no me dice lo que está bien y lo que está mal. Por otra parte, si uno no tiene fe, tampoco soporta completamente la idea, por parecerle ridícula, de que Dios emplee un signo concreto, como el agua, para derramarse Él con el agua en el alma de una persona (en el Bautismo). Tampoco soporta la idea de que Dios Hijo se haga Pan y Vino para ser comido en la Eucaristía. Esta idea es tan aberrante para el que no tiene fe, que ya muchos de sus discípulos abandonaron a Jesús cuando dijo: "Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna" (Juan 6,55).

 Esta concepción "cátara" no soporta tampoco la Iglesia, la idea de que Dios, en la Persona de Jesucristo, ha fundado la Iglesia, y que la vivifica y asiste continuamente con el Espiritu Santo. Para el "puro" es insoportable que Dios se halla mezclado con el hombre de esa manera, que le haya dadp autoridad a unos hombres para enseñar en su nombre (Marcos 16,15), para "atar y desatar en la tierra" lo que quedará "atado o desatado" en el Cielo (Mateo 16,19), o para perdonar los pecados en su nombre (Juan 20,23). Esto es realmente insoportable para esta mentalidad "purista" o "cátara" que anhela una falsa "pureza total", la "simplicidad total". Sin embargo, en nuestro estado de naturaleza caída por el pecado, y puesto que ya no estamos en el Paraíso, donde todo era puro y simple, la verdad, el bien y la belleza sólo se alcanzan a través de la lucha y el sufrimiento, y aceptar sólo lo puro, lo simple... lo inconcreto... es quedarnos con las manos vacías, es encaminarnos hacia la nada.

Esta es una mentalidad muy propia de una generación criada entre algodones, como la nuestra, que pretende que todo sea "de color de rosa". Por eso nos cuesta tanto aceptar que necesitamos la salvación de Cristo, y que no vamos a obtener esa salvación como nosotros queramos, sino como Él nos muestra por medio de su Iglesia. Creemos que el hombre sigue siendo "bueno por naturaleza" -como dijo Rousseau- y no aceptamos que esa naturaleza buena está herida, caída por el pecado, y que sólo la gracia de Cristo puede salvarnos. Muchos, de esta forma, lo que buscan es unirse directamente con el Absoluto, sin intermediarios, por medio de una falsa "pureza" o "simplicidad" total, sin la mediación de lo concreto, sin la mediación de la Iglesia (que es el Cuerpo Místico de Cristo), que es decir: sin la mediación de Cristo. Sin la locura de un Dios que entra en lo concreto, que me guía y me da las fuerzas para aceptar mi cruz, para aceptar su yugo, que es "el yugo suave, la carga ligera". Paradógicamente, ese es el yugo que nos libera, la cruz que nos da la salud:

"Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga, ligera" (Mateo 11,28-30).

Por eso -porque no aceptan, en el fondo, la locura de un Dios-Persona hecho hombre-, muchos que le dan de lado total o parcialmente, consciente o inconscientemente, buscan su sanación espiritual por medio de técnicas de autoayuda o de "energías" que supuestamente Dios habría puesto en el mundo para nuestra sanación. Es un gran engaño que les aparta de Cristo, nuestro único Salvador. Él es el Alfa y la Omega, que quiere decir: el Principio y el Fin de todo. Los cristianos tenemos la dicha de saberlo, de conocerle. Cristo es el Absoluto, hecho hombre. No hay salvación fuera de Él; incluso los que no le conocen, como los musulmanes, si llegan a salvarse, es -sin que ellos lo sepan- gracias al sacrificio de Dios hecho hombre en la cruz, pagando el precio de nuestra liberación.

El "catarismo" de hoy es esa búsqueda directa de lo absoluto, de lo puro, dejándose engañar por ideas o religiones orientales, y prescindiendo del hecho concreto de que Dios se ha hecho hombre: su nombre es Jesús. Y nos dijo:

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí" (Juan 14,6).

viernes, 23 de diciembre de 2011

Villancico de Navidad


La Virgen da hoy a luz al Eterno
y la tierra ofrece un refugio al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores te alaban
y los magos viajan con la estrella,
porque Tú has nacido para nosotros,
Niño pequeño: ¡Dios Eterno!

FELIZ NAVIDAD A TODOS

(el villancico de arriba es del siglo I, de Romanos el meloda)

lunes, 5 de diciembre de 2011

María implora sobre nosotros el Espíritu Santo

A mí no me acaba de llenar plenamente eso de dejar la oración a María para el final de las oraciones, como honrándola. Está bien honrarla, porque es nuestra Madre y porque "todas las generaciones la llamaremos bienaventurada" (Lc 1,48), pero una madre no quiere ser honrada sin contar con sus cuidados; la mayor y mejor forma de honrar a una madre es aceptar sus cuidados, es comerse con gusto la comida que te ha preparado.

Y la "comida" que nos prepara María es ésta: implorar al Padre, por los méritos de Cristo, que envíe sobre nosotros el Espíritu Santo. Esa es su función, su utilidad maternal. Como en Pentecostés, cuando ya era ella Madre de la Iglesia, y los discípulos oraron en unión con ella. Dice la "Redemptoris Mater" de Juan Pablo II:


Por consiguiente, en la economía de la gracia, actuada bajo la acción del Espíritu Santo, se da una particular correspondencia entre el momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María en Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén. En ambos casos su presencia discreta, pero esencial, indica el camino del « nacimiento del Espíritu ». Así la que está presente en el misterio de Cristo como Madre, se hace —por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu Santo— presente en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia sigue siendo una presencia materna, como indican las palabras pronunciadas en la Cruz: « Mujer, ahí tienes a tu hijo »; « Ahí tienes a tu madre ».

Sobre esto, dijo Juan Pablo II en su enseñanza de Pentecostés en 1989:

"La comunidad apostólica tenía necesidad de su presencia y de aquella perseverancia en la oración , en compañía de Ella, la Madre del Señor. Se puede decir que en aquella oración "en compañía de María" se trasluce su particular mediación, nacida de la plenitud de los dones del Espíritu Santo. Como su mística Esposa, María imploraba su venida a la Iglesia, nacida del costado de Cristo atravesado en la cruz, y ahora a punto de manifestarse al mundo".

Es decir, María es especialmente el instrumento de Dios, la mediadora materna para que el Señor nos envíe su Espíritu Santo. Ella es la "omnipotencia suplicante", capaz de adelantarle la hora a Dios, como hizo en Caná. María está deseando que nos acojamos a ella como madre, que le pidamos que ruegue por nosotros a Dios para que, por mediación de Cristo y por sus méritos, el Padre nos envíe el Espíritu Santo. Yo creo que honrarla al final de las oraciones está bien, pero acudir a ella al principio de las oraciones, empezar a orar con ella para que implore sobre nosotros el Espíritu Santo, está mejor, es más útil para nosotros, y la honra a ella aún mejor.

viernes, 18 de noviembre de 2011

III. ¿Qué nos ha pasado? (1)

Tú y yo fuimos bautizados de pequeños. Y... te voy a decir una cosa que te romperá todos los esquemas sobre lo que es la fe, como me los rompió a mí. Yo no entendía esto que te voy a decir, me parecía absurdo... Y es que creemos que la fe es algo muy distinto, no comprendemos que es un don de Dios...

Pues se trata de un hecho importantísimo que sucedió cuando te bautizaste, y es que, en el Bautismo, Dios nos dio la fe, una fe maravillosa, que nos hacía capaces de vivir con Él, de reconocerle y de amarle. Claro, como éramos tan pequeños, quizá no teníamos ni siquiera la idea de Dios, y si recibimos algo sensiblemente, sólo Dios lo sabe. Aquella fe era como una semilla, que tenía que ser regada, al ir creciendo, con la catequesis y con la oración, es decir, con la relación íntima con el Señor. Era como un regalo que, con los años, vamos abriendo y disfrutando. Para mantener viva esa fe que ya teníamos, bastaba ir aceptando en nuestro corazón cada vez que alguien, en nombre de la Iglesia, nos anunciaba los misterios de Dios: que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ha creado por amor, que todos los hombres caímos por el pecado de Adán, y que Cristo se hizo hombre para morir en nuestro lugar, liberarnos del pecado y de la muerte y, resucitando de entre los muertos, darnos la verdadera vida, y que Él es nuestro Señor. El asentimiento a estas verdades de fe, a las que ya estaba adherido nuetsro corazón por el Bautismo, iba confirmando nuestra fe cada día. Esto se completaría con la recepción de la Eucaristía y, en su día, con la Confirmación. Pero este camino se truncó.

Sin embargo, antes de seguir contando qué nos pasó, voy a explicarte lo que es el Bautismo en su sentido más fácil de entender, que es cuando un adulto se convierte y pide ser bautizado. Porque es importante conocer qué es el Bautismo de adultos para comprender lo que nos pasó a nosotros.

Imaginemos un adulto no bautizado, que ni siquiera conoce el cristianismo; por ejemplo, un inmigrante japonés; alejado de Dios, incluso alejado del bien moral. El egoísmo le domina; eso causa constantes tensiones con su mujer y sus hijos; a veces se imagina la tranquilidad de una vida sin ellos, sucumbe a tentaciones de infidelidad, de una forma u otra... Un día, pasa por una parroquia y le llama la atención un letrero, que anuncia una oración. Dice: "Vine para que tengáis vida" - (Juan 10,10). Está triste porque está pensando dejar a su mujer y sus hijos, no puede más y su vida le parece que no vale nada. Por eso el letrero le llama la atención y entra. Pero aún no ha empezado la oración , y allí encuentra sólo cuatro viejas rezando el Rosario. Sin embargo, las ve pasar las cuentas del rosario... y gracias a una claridad interior, se da cuenta de que hay más vida en ellas que la que él ha vivido en toda su vida; más vida que en todos sus falsos anhelos e infidelidades; más vida que en todas sus juergas y todos sus trabajos. Y le pide ayuda al sacerdote. Él le anuncia, por primera vez, a Jesucristo; y éste hombre, se da cuenta de que lo que le está contando tiene que ser verdad, porque le explica toda su vida. Semana tras semana, acude a catequesis y allí le enseñan lo que la Iglesia cree; y le enseñan la moral; es decir, le enseñan a vivir bien, para vivir siempre. Este hombre ha sido movido por el Espíritu Santo. Es como si él hubiera estado hasta entonces en un agujero del que no podía salir, y Cristo le ha tendido la mano. A su vez, él, movido por el Espíritu Santo, ha hecho algo impropio de su estado de ceguera e incapacidad: ha agarrado la mano que Cristo le ofrecía. El Señor le sostiene, y él se une al Señor con una fe imperfecta, débil pero sincera. Y llega el día de ser bautizado. Con esa fe imperfeceta, al menos es capaz de decir que cree en todo lo que se dice en el Credo, y ha sido ya capaz, con la ayuda de Dios, de empezar a vivir de otra manera, luchando día a día contra su egoísmo. Al aceptar la fe en el Credo, acepta al Señor, y cuando recibe el Bautismo con el agua, baja sobre él el Espíritu Santo. Al ser bautizado y confirmado, recibe la plenitud de la fe, como el enorme regalo que Dios quería darle, que llena su corazón, porque -es más- es el mismo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo quien en ese momento ha entrado a vivir a su alma, y ya, divinizado, es capaz de decir, movido por la gracia de Dios: ¡creo en Ti, Señor, confío en Ti!¡Creo en Ti, te adoro, tengo mi esperanza puesta en tus promesas, y te amo

Fíjate que, aunque el hombre no está pasivo, todo lo que recibe es un enorme don, un enorme regalo inmerecido. Porque él, en su vida, no había hecho nada bueno para recibir esto. Ha sido Dios el que siempre ha tenido misericordia de él y se ha adelantado: llamándole por medio del cartel, limpiándole los ojos para que viera la realidad de la vida en aquellas viejecitas, moviéndole a que preguntara al sacerdote, moviéndole a creer en las verdades de la fe... pero él no rechazó esas mociones de Dios, y así, finalmente, pidió la plenitud de la fe que le fue entregada por Dios en el Bautismo.

Nosotros somos muy "cátaros", y nos parece mentira que Dios se abaje, que entre tanto en lo concreto que dé la fe a alguien en un acto material, en el que se echa agua sobre la cabeza. Pero es así, y ése es el signo que Él ha elegido para, por medio de él, darse a nosotros, entrar en nuestro corazón y salvarnos. El Bautismo significa que recibimos a Dios y Él nos recibe en su salvación, y realmente sucede eso, así de real.Quien se horroriza de un Dios tan cercano que entra en los actos humanos y se sirve de ellos, y actúa por medio de ellos, no puede aceptar esto, no puede aceptar que, con el agua, viene el Espíritu Santo. Pero sí, el hecho de que Dios se haya hecho hombre tiene estas maravillas: increíbles, pero ciertas.

Pues bien, hemos visto que el adulto era movido por Dios para aceptar la fe, primero con una fe imperfeceta que sale de él, para luego pedir a Dios la plenitud de la fe en el Bautismo. En el niño que se bautiza, sucede lo mismo, sólo que en él, primero es el recibir la plenitud de la fe, y luego es cuando, al ir creciendo y madurando, va confirmando día a día su asentimiento a la fe, al no rechazarla, según la va conociendo, y según va viviendo unido a Dios.

Y sabiendo esto, podemos ya ponernos a explicar qué es lo que nos pasó, cómo y cuándo perdimos esa fe que recibimos en el Bautismo. CONTINÚA

viernes, 14 de octubre de 2011

María y el misterio de la fe

RESPUESTA A PREGUNTAS Y COMENTARIOS DE LECTORES, HERMANOS EN LA FE

  Voy a escribir sobre un tema que me maravilla, y es la relación de María con el misterio, y con lo que ella no comprendía de la voluntad de Dios. Toda su vida fue una relación íntima con el Misterio de Dios: ¡le llevó en su seno, le amamantó, se desveló por Él, sufrió con Él y su alma se alegró en Él...! Nadie como María ha vivido tan asociada al Misterio de Dios.

 Y el caso es que María no podía comprender los misterios, porque tenía las limitaciones propias de la mente humana. Y un misterio es precisamente aquello que no comprendemos porque excede nuestra capacidad. María no podía.

 Y no sólo no podía comprender el misterio, sino que había cosas que no excedían a nuestra capacidad, que ella tampoco comprendía, al menos al principio. No comprende cómo puede nacer de ella un hijo sin conocer varón -y por eso lo pregunta- y, sobre todo, el gran episodio que nos muestra qué hace María con lo que no comprende es el de la pérdida y encuentro del Niño Jesús en el Templo, que podemos leer en el segundo capítulo de Lucas, 41-ss.

 En ese episodio, María sabe que Jesús es Hijo de Dios, y sabe que Él no haría nunca nada malo. Y sin embargo, ve ante sus ojos una conducta para la que no encuentra justificación; no la entiende: les ha dejado marchar y se ha quedado hablando con los doctores del Templo, postergando en su consideración el hecho de lo mal que lo estarían pasando sus padres. Para ella y para San José, es algo incomprensible. Ella le pregunta: "Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo andábamos buscándote..." Y Jesús les dice que antes que ninguna otra consideración estaba la voluntad de su Padre. El propio Evangelio dice que María y José no comprendieron, pero que "María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (v .41). Esta frase es para imitarla, con la gracia de Dios.

 María no rechaza lo que no entiende de la voluntad de Dios: confía en Él. Tampoco pasa por alto lo que no entiende, no lo esquiva, no lo borra de su recuerdo, sino que lo guarda en su corazón como el más precisado tesoro. Realmente, lo que viniendo de Dios, nos contradice, es lo que más nos hace crecer, porque nos abre los ojos a algo que antes no veíamos. Así, el misterio puede actuar en el corazón de María. Lo que no entendemos podemos asumirlo, aceptarlo con confianza, contemplarlo, meditarlo, que es saborearlo una y otra vez con el Señor. Así, nos sirve para crecer espiritualmente. María no podía purificarse, pues ya era purísima, pero sí podía crecer, ir avanzando en la asimilación de la voluntad de Dios, de sus caminos, que no son nuestros caminos.

 Contemplando la extraña enseñanza que recibió en el Templo, María experimentó aún más la confianza en la voluntad de Dios, aun cuando, a veces, ésta lleva aparejado el sufrimiento para nosotros.

No era la primera vez que María tenía que ir creciendo en la experimentación de la confianza y obediencia a Dios. Para empezar, la ignorancia de José sobre cómo había sido su embarazo ya la tuvo que poner a prueba, seguramente. Dios, que le había comunicado a ella la Encarnación, tardó, por motivos desconocidos, en mostrársela a José, de modo que ella probablemente tuvo que hacer un ejercicio de confianza en la voluntad de Dios. Cuando se aproxima el parto del Hijo de Dios, tiene que salir de su casa y de su familia: otro ejercicio de confianza. ¿Pero acaso les preparaba un palacio el Padre? ¡Ni siquiera lo que a ninguna otra parturienta se le negaría, un sitio en la posada, se le alquila para que nazca el Creador del mundo! Y nace en una cueva, y por trono tiene el pesebre donde comen los animales... María tuvo que aprender, y mucho, a confiar en Dios y a sufrir sin saber por qué, pero sabiendo que se cumplía la voluntad de Dios.

 Creo que el episodio donde mejor se aprecia este aprendizaje de la confianza, como antes he comentado, es en el Templo. Aquí, María sigue aprendiendo, o mejor dicho, experimentando, que hay algo más importante que ninguna otra cosa, algo más importante que evitar el sufrimiento, y es hacer la voluntad del Padre, se entienda ésta o no, lleve aparejado el sufrimiento para nosotros, o no. Y fíjémonos también en el paralelismo entre el episodio del Templo, donde Jesús aparece al cabo de tres días de búsqueda angustiosa, y la Muerte y Resurrección de Jesús. El Templo parece una preparación para lo que va a pasar en la Muerte: Jesús va a "aparecer" resucitado al tercer día.

 Ahora vamos al Calvario: María, como nosotros, no entiende por qué Jesús tiene que sufrir todo aquello, y por añadidura, por qué ella tiene que sufrirlo. Pero sabe que Jesús ha venido para hacer la voluntad de su Padre por encima de todo, y ella confía y obedece. Se une a su hijo en el dolor, sabiendo que esa es la voluntad de Padre, y así su dolor, unido a Cristo, beneficia a la Iglesia, como dijo San Pablo a los Colosenses (1,24): "completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia". Basta eso. María no necesitaba saber nada más que el hecho de que se estaba cumpliendo la voluntad del Padre para hacer lo que hizo: obedecerle. ¿Cómo? Aceptando aquel sufrimiento, como había aprendido a hacerlo durante toda su vida.

 Y cabe preguntarnos: ¿sabía María algo más? ¿Sabía que ese sufrimiento de Cristo era nuestra salvación? Saber esa verdad revelada no es un misterio, lo que es un misterio es comprenderla. Nosotros decimos bien que ese fue el pago por nuestros pecados, pero con eso no llegamos a comprender completamente el misterio, apenas lo arañamos. Por eso hay personas que, queriéndolo entender todo, dicen cosas como "yo no lo entiendo, eso no puede ser así, ¿cómo va el Padre bueno a querer ese pago terrible de su Hijo, qué Padre es ese?" Es porque creen que pueden asimilar todo el misterio, y piensan que lo que ellos no entienden, es porque no es así. No es que el Padre quisiera ver sufrir a su Hijo, pero sí es verdad que Cristo pagó por nuestros pecados, que su muerte y resurrección nos mereció la vida que teníamos perdida, y que se sometió a la cruz por propia voluntad, en obediencia a la voluntad del Padre. La gracia de Dios nos mueve a acoger en nuestro corazón el misterio, como María, sin sacar conclusiones erróneas de todo, aceptándolo completamente, aunque no podamos comprenderlo completamente.

Es muy posible que María sí conociera y aceptara en su corazón el misterio de la Redención, es decir, que Jesús, por su muerte y resurrección, estaba rescatando a todos los hombres del pecado y de la muerte, porque todo eso estaba profetizado en las Escrituras de Israel. De hecho, cuando Jesús les explica en la Escrituras a los de Emaús que el Mesías tenía que morir y resucitar al tercer día, les dice, porque no lo habían entendido: "Necios y torpes de corazón para entender lo que anunciaron los profetas" (Lc 24,25). Como María no era ni necia ni torpe de corazón, sino que era la "llena de gracia" (Lc 1, 28), es esperable que sí supiera estas cosas. Es decir, sabía que el Mesías había venido a sufrir, a morir y a resucitar al tercer día. ¿Sabía para qué era todo eso? Pues eso también estaba profetizado, por ejemplo en Isaías y en los salmos, hasta los detalles. Dice Isaías 53,5-ss del Siervo de Yahvé: "Él soportó el castigo que nos trae la paz, por sus heridas hemos sido curados". El mismo Juan Bautista pudo profetizar señalando a Jesús (Juan 1, 29) como "Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo". De hecho, todos los sacrificios de animales en Israel eran un anticipo que tomaba su validez del único Cordero que sí quita los pecados, Jesús mismo.

 Quiero decir que, aunque no sería necesario que María supiera todo esto para sufrir aceptando la voluntad de Dios, es posible y casi seguro me parece, que María sabía que Jesús, Hijo de Dios, el Mesías esperado, el Cordero de Dios, tenía que padecer, morir y resucitar al tercer día, y que su sacrificio era la salud y la salvación de todos los hombres, incluyendo la suya propia (de María), pues no olvidemos que María fue salvada preventivamente por los méritos de Cristo, no por los suyos propios. No llegó a ser tocada por el pecado porque los méritos de Cristo la preservaron de ello. Nosotros somos curados por Cristo, salvados curativamente; María fue salvada preventivamente. Por eso, ella también puede decir, como nosotros: "Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador" (Lc 1, 46-47).

 Creo que esta interpretación de cómo María se unió al sufrimiento de su Hijo aceptando la voluntad del Padre y obedeciendo, está en sintonía con lo que de María dicen los Padres de la Iglesia, santos teólogos y doctores como San Roberto Belarmino. Y mucho de esto se puede ver también en la encíclica Redemptoris Mater de Juan Pablo II.

 Y no me puedo resistir a señalar otro detalle: ¿qué dice Jesús cuando alguien alaba a su madre por haberle dado a luz y criado a sus pechos? Dice: "di mejor: bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11, 27-ss). ¿Estaba Jesús quitando el elogio a su propia madre, como interpretan algunos que no escuchan al Espíritu Santo? No, porque Jesús era fiel cumplidor de la Ley, que dice: "honrarás a tu padre y a tu madre", y habría sido un desagradecimiento no reconocer, al menos, que ella le había llevado en su vientre y críado a sus pechos. Es más, lo que hace Jesús es realmente honrar a su madre por algo superior por lo que debe ser honrada: no sólo por haber sido elegida para llevarle en su vientre, sino porque ella misma ha aceptado esa elección con su voluntad, conociendo la voluntad de Dios y aceptándola en su corazón. Como hizo al decir: "he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Como hizo en el Templo, anticipo de la cruz. Y como hizo hasta la cruz, y después, escuchando y obedeciendo en su corazón, aceptando la voluntad del Padre, unida a su hijo Jesucristo, sufriendo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia.

Por tanto, estimado lector, si para ti -lo mismo que para mí- el sufrimiento y la Redención son un misterio, creo que es buena cosa. Si los entendiéramos, entonces nos estaríamos equivocando. Muchos pretenden entenderlos y se lían, porque la Redención es un misterio que, como María, necesitamos guardar y meditar en nuestro corazón. Fíjate cómo hoy muchos quieren entenderlos completamente para explicárselos a otros y empiezan a sacar conclusiones raras, y como no les cuadran con el amor de Dios, rechazan la propia idea de la Redención y de nuestra participación en ella por la cruz. Por eso, la actitud correcta, a la que nos mueve el Espíritu Santo, es la de María: tomar el misterio como misterio. Esto significa creerlo, aceptarlo, contemplarlo, meditarlo, saborearlo y dejar que, desde nuestro corazón, sea luz para nuestra vida. Eso es la fe.

"Dichosa tú que has creído" (Lc 1, 45)

¡Gloria a Dios!

Si sólo hay un mediador, Cristo, ¿por qué rogamos a los santos?

El Cristo de la iglesia de San Damiano, 
que habló a  San Francisco de Asís,
muestra a Cristo y su Iglesia.

"Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: 
Cristo Jesús, hombre también" (1 Tim 3,5)


RESPUESTA A LA CUESTIÓN PLANTEADA POR UN HERMANO EN CRISTO

La clave para entender la Palabra de Dios está en interpretarla con la ayuda del Espíritu Santo. El que la lee sin Él, solo o por indicación de otros, se equivoca. Por ejemplo, los arrianos o los Testigos de  Jehová leen la cita anterior, y se equivocan creyendo que sólo el Padre es Dios. Sin el Espíritu Santo, sus ojos están cerrados y leen sin entender la Palabra, que dice, por ejemplo:


"Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz".

Cántico de Filipenses 2, 6-8

¿Y cómo podemos saber que nos está ayudando el Espíritu Santo a entender de verdad de la Biblia? Lo estamos entendiendo si estamos en comunión con la Iglesia que Cristo fundó, y concretamente con Pedro, a quien encargó apacentar sus corderos (Juan 21, 17) y confirmarnos en la verdadera fe a nosotros, sus hermanos, según dice el mismo Evangelio (Lc 22,32). Si el Espíritu Santo nos lleva a separarnos de la fe de la Iglesia, de la fe de Pedro o de sus sucesores, es que no es el Espíritu Santo el que nos enseña, sino nuestro propio y débil entendimiento, el entendimiento de otro hombre o incluso un mal espíritu.

Porque la "columna y fundamento de la verdad" no es nuestro propio entendimiento, ni el de otros, sino la Iglesia (1 Tim 3,15).

Así, en comunión con la Iglesia, con Pedro -que nos confirma en la verdadera fe- interpretamos la Palabra de Dios, Escrita (la Biblia) o trasmitida por la Tradición de la Iglesia, sin equivocarnos. Tampoco hay que creer que todas las tradiciones son Sagrada Tradición. Y lo mismo que la Iglesia fue quien, asistida por el Espíritu Santo, discirnió lo que eran libros inspirados por el mismo Espíritu Santo, de los apócrifos y los que eran correctos pero no inspirados por Él, la misma Iglesia discierne, con la ayuda del Espíritu Santo, lo que es Tradición Sagrada de las simples tradiciones humanas, por buenas o piadosas que sean.

Entremos ahora en la cuestión: es Palabra de Dios que "sólo hay un mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús" (1 Tim 2,5). Nadie puede pedir nada al Padre si no es por los méritos de Cristo y por su mediación. Es Él, Cristo, quien con sus méritos nos ha merecido la salvación, intercediendo por nosotros ante el Padre. Esto es un misterio, el misterio de nuestra fe.

Por eso, cuando nos pedimos unos a otros que recemos unos por otros, no es que nos convirtamos en mediadores por nosotros mismos y por nuestros méritos ante el Padre, sino que todo lo pedimos y lo recibimos por mediación de Cristo. Y si eso -que rueguen por nosotros- se lo pedimos a nuestros hermanos vivos aquí en la tierra, también se lo podemos pedir a nuestros hermanos vivos que están en el Cielo.

Sabemos que están vivos porque el mismo Jesús lo dijo, al prometerle al buen ladrón que esa misma noche estaría con Él en el Paraíso (Lucas 23,43), y la Virgen María, llena del Espíritu Santo, proclamó que todas las generaciones la llamaríamos "bienaventurada" (Lc 1,48). Y si aún a alguien le cabe duda porque cree que ellos están muertos y que hablar con ellos es hablar con muertos, le pido que recuerde, como les recordó Jesús a los saduceos que no entendían la Palabra de Dios, que "Dios no es Dios de muertos, sino de vivos" (Marcos 12,27), refiriéndose a los santos patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, que tampoco están muertos, sino vivos y muy vivos, más que tú y que yo, porque viven ya la verdadera vida en Dios, donde ya no hay pecado.

Sí, están vivos, y lo mismo que yo ruego por ti, para que el Espíritu Santo te asista para entender la Escritura, ellos -los santos que nos han precedido- pueden rogar por nosotros, pero nunca por sus propios medios, sino por mediación del único Mediador, el único cuyos méritos nos han salvado a todos: Cristo Jesús.

Y... ¿qué sentido tiene que pidamos a otros que ruegen por nosotros, si tenemos a Cristo? "¡No hace falta...!" -dicen algunos.

Pues no, en realidad, no haría falta, porque Dios nos escucha a todos, pero resulta que Dios mismo ha querido que nos ayudemos unos a otros a pedirle: "Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá" (Mateo 18,19). Y el Espíritu Santo ha movido a hacer esto a los cristianos de todos los siglos, incluyendo no sólo a los vivos en la tierra, sino a los vivos en el Cielo (María, los ángeles y los santos). Esto es Tradición que se une a la Escritura: siempre los cristianos hemos rogado unos por otros, aunque en "teoría", no hiciera falta. Pero la realidad es que Dios lo quiere así, y nosotros hacemos su voluntad al pedirle a Dios unos por otros, porque así el Señor nos muestra que necesitamos unos de otros, nos ayuda a estar unidos en el Amor de Cristo.

¡Gloria a Dios!

Añado este texto breve de la CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA "DEI VERBUM" ("PALABRA DE DIOS") SOBRE LA DIVINA REVELACIÓN (Art. 10) DEL CONCILIO VATICANO II; recomiendo mucho leerlo, porque es clave para entender cómo asegurarnos de que asimilamos la Palabra de Dios con el mismo Espíritu Santo que la inspiró:

"Relación de Tradición y la Escritura con toda la Iglesia y con el Magisterio

10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.

Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.

Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas".

miércoles, 5 de octubre de 2011

Para que se descubran los pensamientos de muchos corazones (Lucas 2,35)


(Esto estáis dispensados de leerlo. Es un rollo larguísimo que escribí como "pensando en voz alta" para ayudarme a meditar e investigar sobre esta frase que quería entender).

Me llama la atención esta frase porque no sé lo que significa. Y me llama también la atención que, cuando hablamos de lo que dice la Escritura sobre la Virgen María, solemos pasar por alto estas palabras. Recordemos: Simeón, movido por el Espíritu Santo, que estaba con él (Lc 2,26-27) y le había revelado que no moriría sin ver al Cristo del Señor, fue al Templo cuando José y María fueron allí para la purificación de María, cumpliendo la Ley, y para la presentación de Jesús, su primogénito. Simeón se encuentra con ellos, eleva una oración a Dios por haber visto al Niño, y luego bendice a José y a María, y le da a ella la profecía que luego investigaremos.

Lo primero que me llama la atención es la relación de este pasaje con el bautismo de Jesús en el Jordán. Porque Jesús no necesitaba bautizarse; lo hace porque quiere, pero sin que le corresponda. El bautismo de Juan era para perdonar los pecados, por tanto, sólo había un requisito para poder acceder a él: ser pecador. Justo lo único que Jesús no era. ¿Y por qué lo hace, por qué se hace bautizar por Juan? Pues lo hace justo cuando inaugura su vida pública, su misión, y con ello nos hace ver a qué ha venido: el que no tiene pecado, ha venido a tomar el lugar que no le corresponde, el de los pecadores, haciéndose pasar por uno de ellos, de nosotros.

"No hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz". (Filipenses 2,6-8).


"La condición de esclavo": ¿esclavo de quién? Del pecado. Nos dice que, aunque no le corresponde, ha venido para ocupar el sitio que nos corresponde a nosotros, el de los pecadores. Ha venido a soportar la esclavitud que nos corresponde a nosotros. No para igualarnos en el pecado, no para pecar, sino para sufrir en nuestro lugar el castigo que a nosotros nos correspondía. Y eso lo anuncia desde el principio; mejor dicho: no lo anuncia; lo hace, sometiéndose al bautismo del perdón de los pecados.

"Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que en Él fuéramos justicia de Dios". (2 Corintios 5,21).

Este bautismo de Juan toma ya su fuerza del que será el nuevo Bautismo: el que nos dará Jesucristo por su Sangre derramada en la Cruz, por su sepultura y su Resurrección.

"Tengo que ser bautizado con un bautismo, ¡y qué ansias tengo hasta que se lleve a cabo!" (Lucas 12,50).

¿Y por qué digo que tienen relación la presentación de Jesús en el Templo y su bautismo en el Jordán? Porque ninguno de los dos los necesitaba el Señor. Jesús era hijon de Dios. Pero siendo Israel el Pueblo de Dios, era claro que Jesús debía ser hijo de Israel, y lo sería por ser hijo de María y al ser adoptado por José como su propio hijo. Entonces, lo que la ley mandaba era lo siguiente: "Redimirás a todo primogénito humano de entre tus hijos" (Éxodo 13,13). Pero resulta que todo el valor que tenían esas redenciones era como anticipo de la verdadera Redención por el verdadero Redentor, que es Jesucristo, y que obviamente no necesitaba ser redimido. Como la sangre del cordero señaló las puertas de los judíos en Egipto para que el ángel no matara al primogénito de cada casa, así todos los primogénitos de Israel eran salvados, rescatados, por la sangre de otro cordero o por un pago en especie. Pero el verdadero Cordero, del que esos corderos no eran más que un anticipo, una imagen, es Jesucristo. El Redentor, el que es la Redención misma para todos nosotros, no necesitaba ser redimido.

A Jesús le correspondía ese cumplimiento, pero no lo necesitaba. A María, legalmente también le correspondía, pero en realidad, tampoco lo necesitaba. Según la ley del Levítico, la mujer quedaba impura por el flujo de sangre, y por eso toda mujer debía purificarse tras el parto. Pero el nacimiento de Jesús se produjo sin que se rompiese la integridad virginal de María, como ha enseñado el Espíritu Santo a la Iglesia, de tal forma que Jesús nació "como pasa la luz por el cristal, sin mancharlo ni romperlo". Por cierto,  qué imagen tan hermosa es ésta que nos enseña la Tradición, porque esta luz, Jesús, es la Luz misma, y el cristal es el cuerpo inmaculado de María, perfectamente transparente para Dios.

María, por tanto, también hace algo que no necesita. El Redentor no necesitaba ser redimido. Y la Purísima no necesitaba purificarse. Tampoco necesitaba expiar sus pecados con el sufrimiento, porque ella no los tenía, ni los había tenido nunca, ni tenía en sí sombra de concupiscencia, reato de culpa ni apego alguno a nada que no fuera Dios mismo y que necesitase ser purificado por el fuego del sufrimiento. Sí había necesitado la redención preventiva de Cristo -porque era hija de Adán-, para no ser concebida con el pecado original, pero no necesitaba la purificación del sufrimiento, pues en ella jamás había habido nada que purificar. Sin embargo, si su Divino Hijo vino a sufrir, ¿cómo no iba a participar ella en sus dolores? Y así, al pie de la cruz, padeció para nosotros lo que ella no necesitaba para sí misma, haciendo lo que dice San Pablo:

"Completo en mi propia carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia" (Colosenses 1,24)

No es que a Cristo le hagan falta nuestros sufrimientos porque los suyos fueran insuficientes para nuestra plena santificación. Es que Dios ha querido asociarnos así a su sufrimiento en nuestro propio favor. Pero María, que fue justificada preventivamente, impidiendo, por los méritos de Cristo, que fuese siquiera tocada por el pecado original, no necesitaba purificarse. Sufrió unida a su Hijo, al pie de la cruz, de la misma forma que se unió a su hijo en la presentación en el Templo: sin necesitarlo para sí misma. La que no tenía impureza, pasó por impura para colaborar en nuestra purificación. Todos los cristianos, en realidad, una vez unidos a Cristo por la gracia, colaboramos en la purificación de los demás por la comunión de los santos, de forma que nuestros sufrimientos cobran valor en Cristo, y constituyen un verdadero mérito en favor de nosotros mismos y de otros. Se da la particularidad de que nosotros necesitamos esa purificación también para nosotros mismos, pero María no la necesitaba para sí misma de ninguna forma. Su entrega fue totalmente en favor nuestro. No podía ser de otra forma: era necesario que ella aceptara los padecimientos de su Hijo en obediencia al Padre; todo eso lo empezó a aceptar, en realidad, cuando dijo: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1,38).




Pero... a lo que íbamos: ¿qué significa la segunda parte de la profecía de Simeón?


"Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de Él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción, y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones". (Lucas 2,34-35).

Está claro que la espada que atravesará el alma de María es ver a su Hijo e Hijo de Dios, inocente, padecer y morir, siendo despreciado, como un pecador, como un criminal. Así escrito, como viene en la Biblia de Nácar-Colunga, parece que el hecho de que el corazón de María sea atravesado por esa espada, servirá para que se descubran los pensamientos de muchos corazones. Pero la Biblia de Navarra traduce de otra forma, cambiando los signos de puntuación y el sentido de la frase:

"Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones".

Según esta otra traducción, que coloca la profecía sobre la espada como una nota interpolada en la profecía sobre Jesús, lo que servirá para descubrir los pensamientos de muchos no es la espada que herirá a María, sino el propio Jesús como signo de contradicción.

Como no sé Griego, no puedo acudir al original para traducirlo yo mismo; y aunque me pudiera a estudiarlo, tardaría toda una vida en ponerme a la altura de dos equipos de expertos traductores que ni ellos se ponen de acuerdo entre sí. Así que voy  a ir directamente a la Tradición, para ver cómo se interpreta este pasaje, usando ese lujazo que tenemos que es la Biblia "clerus", que relaciona toda la Escritura con la.Tradición y Magisterio de la Iglesia.

Encontramos referencias a este detalle en dos Padres de la Iglesia: Orígenes (s.III) y San Gregorio Niceno (s.IV).

San Gregorio Niceno: "Pero no declara que ella sola habría de sufrir en la pasión, cuando añade "Para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones", con lo que expresa el hecho, pero no la causa, porque después de estos sucesos se siguió para muchos el descubrimiento de sus pensamientos. Unos confesaban a Dios en la cruz, otros no dejaban de insultarlo e injuriarlo. O tal vez se dice esto en el sentido de que durante la pasión se manifestó la meditación en el corazón de muchos, que se enmendaron por la resurrección, reemplazando después la duda con la certidumbre. Acaso por revelación debemos entender iluminación, conforme al sentido habitual de la Escritura".

Orígenes. "Había en los hombres pensamientos malos, que fueron revelados para que los destruyera el que murió por nosotros. Puesto que es imposible destruirlos durante el tiempo que permanecen ocultos, por lo que, si nosotros pecamos, debemos decir: "no he ocultado mi maldad" (Ps 31,5) Si manifestamos nuestros pecados, no solamente a Dios, sino a aquellos que pueden curar las heridas de nuestras almas, se borrarán nuestros pecados".

Según San Gregorio de Nisa, no parece que el descubrimiento de los pensamientos se deba a la espada que atravesó a María, sino a la propia Pasión de Cristo. En su audiencia del 3 de Enero de 2007, Benedicto XVI también lo interpreta así.


"Pero Jesús, el verdadero Jesús de la historia, es verdadero Dios y verdadero hombre, y no se cansa de proponer su Evangelio a todos, sabiendo que es "signo de contradicción para que se revelen los pensamientos de muchos corazones" (cf. Lc 2,34-35), como profetizó el anciano Simeón".

Esta explicación del Papa ayuda mucho, porque habla ya del Evangelio, que al ser anunciado es signo de contradicción (unos lo aceptan y otros lo rechazan) para que se revelen los pensamientos de muchos corazones. Cuando predicamos a Cristo crucificado, unos lo creen, mientras que para otros es escándalo o necedad.

Pero una homilía de Juan Pablo II (2-2-1979) sí asocia el descubrimiento de los pensamientos al padecimientio de María:

"Por fin, Simeón dice a María. primero mirando a su Hijo: «Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para signo de contradicción». Después, mirando a Ella misma: «Y una espada atravesará tu alma, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

Este día es su fiesta: la fiesta de Jesucristo, a los 40 días de su vida, en el templo de Jerusalén según las prescripciones de la ley de Moisés (cf. Lc Lc 2 Lc Lc 22-24). Y es también la fiesta de Ella: de María. Ella lleva al Niño en sus brazos. También en sus manos El es la luz de nuestras almas, la luz que ilumina las tinieblas de la conciencia y de la existencia humana, del entendimiento y del corazón.

Los pensamientos de muchos corazones se descubren cuando sus manos maternales llevan esta gran luz divina, cuando la acercan al hombre.

¡Ave, Tú que has venido a ser Madre de nuestra luz a costa del gran sacrificio de tu Hijo, a costa del sacrificio materno de tu corazón!"

En el mismo sentido se pronuncia el mismo día del año siguiente:

"Cuán necesario es que también nosotros fijemos la mirada en el alma de María, en esta alma que, según las palabras de Simeón, fue atravesada por una espada para que se revelasen los pensamientos de muchos corazones".

Pero cambia el mismo día del año 1998: "En efecto, Simeón, al dirigirse a María, le profetiza: «Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma». Lo mismo se ve en años siguientes.


Cabe recordar también la imagen de la Piedad. Viendo a la madre con el hijo inocente muerto en los brazos, no se puede imaginar uno una imagen más viva de la predicación de Cristo crucificado. Las esculturas e imágenes nos presentan a la Virgen mostrándonos al Hijo. Esta imagen tiene también una fuerza tremenda, como una recopilación de toda la Pasión, en la película de Mel Gibson, cuando la Madre mira directamente a los ojos del espectador mientras muestra a su Hijo muerto en sus brazos, como preguntándote: "¿y cómo te posicionas tú ante esto?" Ahí se "descubren" tus pensamientos. Es como si dijera: "Mi hijo ha muerto por ti, ¿vas a dejar que su sacrificio haya sido en vano para ti?" Esta idea recopila las dos interpretaciones, la de Benedicto XVI y la de Juan Pablo II: el dolor de María en la Piedad es a la vez el anuncio del Evangelio, de la Pasión, de Cristo crucificado y muerto por nuestros pecados. Es que el dolor de la Madre no se queda en sí misma. Si en las bodas de Caná nos dijo "haced lo que Él os diga", en la Piedad nos dice: "mirad lo que Él ha hecho". Ante ese anuncio tremendo ya no caben excusas: o se acepta el sacrificio de Cristo, o se rechaza. La Piedad es la viva imagen del anuncio del Evangelio por la Iglesia. La espada que atraviesa el corazón de María es el propio Jesús muerto para salvarnos. El dolor que atraviesa el corazón de María es el sufrimiento que su Hijo ha tenido que padecer por nosotros; por ti, por mí. Y ella no protesta por ese padecimiento: se lo ofrece a Dios, lo soporta como Jesús soportó por obediencia su Pasión. Su dolor no es un dolor de "mira lo que me ha pasado por tu culpa", sino de "mira mi dolor, que es motivado por el sufrimiento de mi Hijo: aprovecha su sufrimiento para tu salvación, que para eso Él lo ha dado todo por ti". Ella sufre compartiendo no sólo el dolor, sino también la intención de ofrecimiento de su Hijo. Ella está de acuerdo con Él en soportar aquello por nosotros. Es tremendo, pero es así. La Madre acepta por amor a nosotros el sacrificio espantoso de su Hijo y el suyo propio. Ella, porque nos ama y quiere que nos salvemos, acepta que se ofrezca su Hijo y se ofrece ella misma obedeciendo la voluntad del Padre.

Dice San Roberto Belarmino en "Las 7 palabras": "Y puesto que el martirio del corazón es más amargo que el martirio del cuerpo, San Anselmo en su obra Sobre la excelencia de la Virgen dice que el dolor de la Virgen fue más amargo que cualquier sufrimiento corporal. Nuestro Señor, en su Agonía en el Huerto de Getsemaní, sufrió un martirio del corazón al pasar revista a todos los sufrimientos y tormentos que habría de soportar al día siguiente, y abriendo en su alma las compuertas al dolor y al miedo empezó a estar tan afligido que un Sudor de Sangre mano de su Cuerpo, algo que no sabemos que haya resultado jamás de sus sufrimientos corporales. Por tanto, más allá de toda duda, nuestra Bienaventurada Señora cargó una pesadísima cruz, y soportó un dolor conmovedor, de la espada de dolor que atravesó su alma, pero se mantuvo de pie junto a la Cruz como verdadero modelo de paciencia, y contempló todos los sufrimientos de su Hijo sin manifestar signo alguno de impaciencia, porque buscó el honor y la gloria de Dios más que la gratificación de su amor materno. Ella no cayó al suelo medio muerta de dolor, como algunos imaginan; tampoco se cortó los cabellos, ni sollozó o gritó fuertemente, sino que valientemente llevo la aflicción que era la voluntad de Dios que llevase. Ella amó a su Hijo vehementemente, pero amó más el honor de Dios Padre y la salvación de la humanidad, del mismo modo que su Divino Hijo prefirió estos dos objetos a la preservación de su vida. Más aún, su inconmovible fe en la resurrección de su Hijo acrecentó la confianza de su alma al punto que no tuvo necesidad de consolación alguna. Ella fue consciente de que la Muerte de su Hijo sería como una pequeña dormición, tal como dijo el Salmista Real: "Yo me acuesto y me duermo, y me despierto, pues Yahvé me sostiene" (Ps 3,6)".

Creo que con esto vemos el sentido de ese dogma que algunos está pidiendo, de que María es co-redentora, porque participó en la obra de nuestra redención, como todos lo hacemos uniéndono a Cristo, pero de una forma singular y mucho más profunda que ningún otro de nosotros.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

II. El mensaje cristiano fundamental


Querido amigo: éste es el capítulo fundamental del libro. Pero si te decepciona, no te preocupes y te pido que sigas leyendo el tercer capítulo, porque hoy hay muchas ideas ganeralizadas que hacen que el mensaje principal de Cristo, del Evangelio, no se entienda bien a la primera, y en el resto del libro intentaré explicarlo de forma más entendible. Aunque -repito- la fe no es cuestión de convencimiento, sino de aceptar un anuncio, y ese anuncio es Jesús. Y esa aceptación es imposible por tus propias fuerzas, si no te mueve a ello y te sostiene la acción imperceptible pero eficaz del Espíritu Santo. Pero, aunque yo no te pueda convencer, sí tengo que anunciarte bien a Cristo para que puedas creer en Él. Por eso, aunque aquí haga un primer anuncio de Jesucristo, en el resto del libro intentaré deshacer algunos prejuicios muy comunes que llevan a no entender bien este anuncio, y a dar de lado a Cristo sin haber entendido quién es.

 Lo primero que llama la atención sobre el mensaje fundamental del cristianismo es cómo en nuestro tiempo hemos llegado a taparlo tanto con otros mensajes que nos parecen más entendibles, de forma que estoy seguro de que casi nadie identifica qué es eso, lo central del cristianismo. Muchos dirían que la moral, otros que el amarnos unos a otros, algunos que rezar, acudir a los sacramentos, estar agradecidos a Dios, creer en Dios como Ser supremo... Hace unos días, leí un folleto de catequesis sobre el Bautismo que daban en una parroquia: se hablaba de todo, menos de lo fundamental; ni una sola Palabra sobre la salvación que nos ha ganado Jesucristo en la cruz. Yo no voy a inventarme nada nuevo, pero hoy resulta nuevo el mensaje cristiano, de lo perdido que está entre tantas cosas y lo poco que se explica. Y se explica poco porque parece tan increíble, que acaso nos da vergüenza hablar abiertamente de él. Pues aquí te lo anuncio, de parte de Cristo y en su nombre:

Lo primero que puedo decirte es que Jesús es el Señor. Jesús, ese hombre que vivió en la tierra hace dos milenios, no era sólo un hombre. Ni siquiera era un hombre completamente lleno de Dios, como dirían algunos. Ese hombre es Dios mismo, que existía ya antes de crear el mundo, bajó del Cielo y se hizo hombre para salvarnos. Es la segunda persona de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el Hijo, al que también llamamos "el Verbo", porque por Él, que es Palabra divina, Verbo divino, se creó el mundo. Y es nuestro Señor.

He dicho que vino al mundo para salvarnos: ¿de qué? Del pecado y de la muerte. De una vida fracasada, sin sentido, de ser quienes no queremos ser, de no ser ni la sombra de aquello para lo que estamos creados. Vino a salvarnos. ¿Cómo? Pagando Él mismo el precio que nosotros no teníamos con qué pagar para liberarnos del pecado y de la muerte. Lo pagó cargando con nuestros pecados sobre Sí mismo, cargando con ellos en esa cruz que llevó al hombro al Calvario y en la que luego fue crucificado. Padeció Él mismo, poniéndose en nuestro lugar, el castigo que nos correspondía a nosotros. No murió simplemente asesinado por su coherencia, como dicen algunos teólogos despistados, no. Murió porque quiso someterse al castigo de un malhechor, que era el que nos correspondía a todos nosotros. Murió porque quiso pagar el precio de nuestra libertad, un precio que nosotros jamás habríamos podido pagar, porque nuestra vida y nuestra muerte eran inútiles. Y murió mostrándonos así su amor increíble y hasta excesivo:el amor de Dios por cada uno de nosotros. Murió por ti. Habría muerto en la cruz por ti, aunque tú fueras el único ser humano sobre la tierra. Porque te ama con locura, y dio hasta la última gota de su sangre para salvarte y para que lo sepas.

Pero, como sabes, no quedó todo ahí, en su muerte en la cruz. Porque resucitó venciendo a la muerte, y al vencer sobre ella, la muerte ya no tiene tampoco un verdadero poder sobre nosotros. Morimos, pero es para nacer a una vida nueva. Sufrimos, pero el sufrimiento tiene un sentido, aunque para nosotros siga siendo un misterio. El ha ganado para ti la libertad que tú no podías alcanzar por ti mismo. Ese es el misterio de la Redención, porque redimir significa liberar un prisionero pagando el precio que cuesta el rescate: Él pagó, con su sangre, el precio de tu liberación.

Sí, Jesús resucitó, y está vivo, y nos relacionamos con Él. Le hablamos, y Él nos habla; a su manera, pero de forma que la relación cotidiana con Él nos cambia la vida mucho más de lo que ninguna otra persona pueda cambiarnos. Nos da fuerzas, nos libera cada día para vencer al mal que hay en nosotros, al que ya venció Él en la cruz.

Bueno, pues ése es. Ése es el mensaje cristiano fundamental: Cristo mismo, Él es el mensaje, Él es al que anunciamos; Jesús, nuestro Señor; que se hizo hombre y murió para salvarnos; que ha resucitado y está vivo. Y da la verdadera vida a todo el que cree en Él.

Hace poco, un amigo me escribió que él no creía en el Dios cristiano porque era inverosímil. Me dieron ganas de abrazarle por esa enorme verdad que había dicho y responderle: ¡no lo sabes tú bien...! Porque por la razón podemos llegar a pensar en un Dios Creador, pero el Amor misericordioso de Dios es tan inverosímil, tan increíble, tan inaudito... Por eso no basta con el convencimiento ni con la razón para creer en Él, y es necesaria la fe, es necesaria una ayuda sobrenatural del Espíritu Santo para creer algo tan increíble: el amor de Dios.

 No es de extrañar que San Juan de la Cruz llorase a veces y repitiera como loco: "¡el Amor no es amado, el Amor no es amado...!"  Ese es el mayor dolor en el corazón de alguien que ha conocido a Cristo. Eso es lo que me mueve a escribirte. Que el Padre te conceda y el Espíritu Santo sostenga tu respuesta a Cristo: cree para comprender, y luego comprende para creer mejor. Dile que sí, que crees en Él, tírate a eso que ahora te parece el vacío y Él te recogerá en su Amor. No pases más tiempo así, con miedo a dar el salto de la fe; puedes tirarte así toda la vida y perderte su Amor; no sigas perdiéndote la verdadera Vida, que es la que Él quiere darnos a todos. Dile que Sí, como hizo María cuando el ángel le anunció la llegada de Cristo. Hoy, no mañana. Basta un "creo en Ti, sostén mi fe", "ayúdame, quiero creer en Ti", o mejor, incluso en tu desesperación, abandono y confusión, únete a Cristo abandonado en la cruz y utiliza sus propias Palabras: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Rézale, como cuando eras pequeño, y volverá a ti, porque ya estará en ti, moviéndote a rezar. Antes de que digas nada, ya te estará llenando de besos, como el Padre del hijo pródigo le llenó de su misericordia en cuanto vio que volvía a casa.

Si no te la ha dado ya, Él te dará ocasión de hacerlo, ya verás. No le niegues, no rechaces su mano. Él te ama. Ha dado su vida por ti; no hay nada que tú puedas hacer que le haga perder el amor que te tiene. Te lo aseguro de su parte. Y no es presunción mía: estoy seguro de que Él quiere que yo te diga de su parte que te ama, más seguro que si te dijera que mañana por la mañana, saldrá el sol.

Que Él te bendiga por aguantar estas torpes palabras mías, que son sólo una pequeña sombra de su Amor por ti.

jueves, 8 de septiembre de 2011

I. ¡Gracias! (4). Tenemos enemigos (continuación).

El segundo enemigo es mucho más burdo, menos sutil, pero igualmente peligroso. Es desechar la verdad por las consecuencias que barruntamos que se derivarán de aceptarla. Este enemigo actúa por el miedo: me da miedo reconocer esto como verdad, porque si lo hago, me temo que ya no tendré excusa para...

Con un ejemplo que ya no nos afecta, se entenderá mejor. Cuando en tiempos de la esclavitud, se trataba de mostrar la realidad de la dignidad humana, es decir, que las personas de todas las razas hemos sido creados con igual dignidad por Dios, muchas personas no querían oír hablar de esto. ¿Por qué? ¿No eran capaces de reconocer esa verdad? Claro que eran capaces, pero si reconocían eso, muchas cosas se vendrían abajo, tendrían que cambiar radicalmente su comportamiento, etc.

El engaño de este enemigo, como ves, es muy burdo; pero funciona, porque conecta directamente con nuestros intereses, miedos, ansiedades e inseguridades. Cuando los nazis se dedicaron a exterminar a los judíos, ¿acaso pudo haber tantas personas que no se dieran cuenta de que los judíos eran personas iguales que ellos, contra lo que decía la propaganda nazi? Claro que podrían darse cuenta, pero era "mejor" aceptar esa mentira de que los judíos eran subhumanos, porque reconocer la verdad habría supuesto consecuencias muy duras: enfrentarse con los nazis y probablemente hasta la muerte, como les pasó a muchos buenos alemanes.

Este es el enemigo que podríamos llamar de "el miedo". Miedo a las consecuencias de la verdad. Por eso, es fundamental tener una firme determinación de buscar la verdad, sea cual sea, nos guste más o menos, tenga las implicaciones que tenga. Al fin y al cabo, aceptar una verdad no me va a obligar a pensar o hacer nada que yo voluntariamente no quiera hacer o pensar. Puedo decir: "no, yo no voy a aceptar que los judíos son subhumanos, pero no voy a esconder a mi vecino judío del quinto porque me dan miedo las consecuencias". Es más honesto.

El tercer y último enemigo que te quiero mostrar es la superficialidad. La frivolidad y la superficialidad son un parapeto que nos ponemos para no tener que ver la verdad. Y la Palabra de Dios está llena de trampas en las que caen los que acuden a ella con frivolidad. Para entender la Palabra de Dios, la clave es la fe, y también se abre a aquél que acude a ella sin fe, pero con deseo sincero de buscar la verdad, de juzgar con profundidad lo que allí se nos dice. Pero si uno acude a la Palabra de Dios en plan de "listillo", buscando "fallos" que le permitan desecharla, los encontrará a raudales, y no entenderá nada de lo que lee. Hay tantos "fallos" en la Palabra de Dios en los que caen quienes acuden a ella con frivolidad, que parece que están puestos aposta para eso.

"Con los oídos oiréis, pero no entenderéis; mirando miraréis, pero no veréis; porque se ha embotado el corazón de este pueblo y sus oídos se han vuelto torpes para oír, y sus ojos se han cerrado, para que no vean con los ojos ni oigan con los oídos, ni con el corazón entiendan, y se conviertan y los sane" (Hechos de los Apóstoles 28, 26-27).

Un ejemplo: la interpretación de la parábola de las diez vírgenes.

"Entonces, el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; las necias, al tomar las lámparas, no tomaron consigo aceite, mientras que las prudentes tomaron aceite en las alcuzas juntamente con sus lámparas. Como el esposo tardaba, se adormilaron y durmieron. A la media noche, se oyó un clamoreo: Ahí está el esposo, salid a su encuentro.  Se despertaron entonces todas las vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: dadnos aceite del vuestro, porque se nos apagan las lámpras. Pero las prudentes respondieron: no, porque podría ser que no bastase para nosotras y vosotras; id más bien a la tienda y compradlo. Pero mientras fueron a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban prontas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Llegaron más tarde las otras vírgenes, diciendo: Señor, señor, ábrenos. Pero él respondió: En verdad os digo que no os conozco. Velad, pues que no sabéis el día ni la hora". Evangelio según San Mateo 25, 1-13.

Quien acude con frivolidad a este texto, encuentra miles de razones para tirarlo a la basura y perderse su enseñanza: que si el novio es un polígamo, que si es una costumbre machista eso de esperar al novio para que venga cuando le dé la gana, que si las vírgenes prudentes eran en realidad una egoístas e insolidarias, que cómo se les ocurre ir a comprar aceite a media noche, que si el novio se comportó cruelmente al no querer abrirles...

Todo eso es pasarse de listo y comportarse tontamente. A Jesús, que dijo que "el que mira a una mujer casada deseándola comete adulterio en su corazón" (Mt 5, 28), ¿le vas a enseñar tú la dignidad del matrimonio? Al que se saltó tantas veces los convencionalismos que en su tiempo impedían hasta hablar con consideración a una mujer en público, ¿le vas a acusar de machista? Al que dijo "al que te pide, dale, y al que te tome prestado, no se lo reclames" (Lc 6, 30), ¿le vas a enseñar tú que hay que compartir? Al que perdonó en la cruz a los que le asesinaban injustamente, ¿le vas a enseñar misericordia? ¿Vas a enseñarle a tu padre a hacer hijos? Piensa mejor que hay algo que se te escapa en todo eso, y ve a lo profundo, escucha en serio, y date cuenta de que ahí, lo que se nos está diciendo es que no sabemos cuándo llegará nuestra hora, y que no podemos permenecer atontados, como si no fuera a llegar nunca. Porque cuando veamos que la vida se nos acaba, quizá sea demasiado tarde. Y hay muchas cosas más que podríamos aprender en esta parábola, incluso alguna que nos afecta personalmente aquí, y ahora. A mí me enseña, ahora mismo, a tomarme el trabajo de escribir este libro con seriedad, a no tomarme a la ligera las cosas del Señor; a pedirle que me dé constancia para acabarlo, para no quedarme sin aceite a la mitad de la noche.

La frivolidad, en realidad, es un rechazo de plano a encontrarse con la verdad. Quien va con esa actitud superficial, en la Palabra de Dios encontrará miles de razones para rechazarla... y se perderá la enseñanza que encerraba para él.

Por tanto, hemos señalado tres de los enemigos más peligrosos que nos apartan de la verdad: el escrupuloso, el miedoso y el frívolo. Pero para no acabar de forma tan negativa, te comento tres consejos (en positivo) para encontrarnos con la Verdad de Cristo. Son de San Agustín:

1. Tener firme determinación de buscar la verdad, sea cual sea, me guste más o menos.

2. Usar toda mi inteligencia en ese empeño, sea mucha o poca. Ser humildes no significa dar de lado la inteligencia. Tampoco la fe es cuestión de inteligencia, porque el Señor se adapta a todos: a los niños, a los que tienen una inteligencia disminuida, etc. Pero si Dios te ha dado una inteligencia, mucha o poca, es para que la uses, y para que con ella busques la verdad y te ayude a reconocerla cuando la encuentres.

3. Tomar a alguien como guía que nos presente a Cristo. Esto ya lo estás haciendo al leer este libro, lo cual me parece un honor sorprendente e inmerecido por mi parte. Al Espíritu Santo se lo debemos tú y yo. Gracias.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

I. ¡Gracias! (3). Tenemos enemigos.

Sí, nuestra comunicación tiene gruesos y temibles enemigos, que no quieren que el mensaje de Cristo te llegue o que lo llegues a asimilar. Y como dice un sabio refrán que "enemigo conocido: medio enemigo", voy a señalarte algunos de estos enemigos, empezando por el más duro y acabando por el más liviano, pero no por ello el menos peligroso.

Los enemigos más difíciles de combatir son los invisibles. Hay axiomas, pensamientos que damos por supuestos, ideas básicas que se han introducido en nuestra cultura, y nosotros las aplicamos a todo sin darnos cuenta. Una de esas ideas es que sólo puedo aceptar como verdad lo que me convence plenamente. La verdad, si es verdad, tiene que ser tan perfecta -pensamos-, tan pura, que podamos aprehenderla plenamente. Este sería el enemigo "escrupuloso". Como cuando te hable de Cristo, lo que te voy a decir no te va a convencer plenamente, va a haber cosas que no entiendas o yo te haya explicado mal, otras que te falten, y algunas que te resulten extrañas o inexplicables, no podrías aceptarlo como verdad...

Ese axioma es un error. Precisamente, la verdad es algo que nunca llegamos a poseer plenamente en esta vida, que se nos escapa de las manos. Más que a poseerla, podemos aspirar a reconocerla, abrirle la puerta y dejarnos poseer por ella.

No te estoy pidiendo que renuncies a usar la inteligencia al leer este libro, todo lo contrario: te pido que hagas uso de toda la inteligencia que Dios te ha dado, que para eso te la ha dado. Pero te pido también que caigas en la cuenta, precisamente con esa inteligencia, de que nuestro entendimiento es incapaz de abarcarlo todo; de que jamás, en este mundo limitado y defectuoso, vamos a tener un conocimiento perfecto, y que ese puritanismo paralizante es una trampa para el  pensamiento, que nos conduce a desechar la verdad, a asfixiarla cuando aún es débil, que es cuando nuestro entendimiento empieza a reconocerla. Esta idea puritana sobre la verdad es... un verdadero enemigo, que se ha instalado en nuestra cultura y nos afecta sin que nos demos cuenta.

¿A dónde nos quiere llevar ese enemigo? A la nada, al nihilismo, a pensar que nada es verdad, o que somos incapaces completamente de relacionarnos con la verdad, así que... ¿para qué buscarla? "Sólo la nada es pura" -nos susurra al oído con su aliento fétido...

Pero sí, tiene sentido buscar la verdad porque, aunque no somos capaces de asimilarla, comprenderla o contemplarla plenamente, sí somos capaces de reconocerla. Nuestro corazón suspira por ella. La anhela, la desea. Sabe reconocerla, está hecho para ella.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Sobre el Bautismo


"¿Es que no sabéis que quienes fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?" (Romanos 6, 3).

Como acabamos de tener una niña, la tercera de nuestros hijos, y la vamos a llevar a bautizar el Domingo, si Dios quiere, voy a escribir unas palabras sencillas sobre lo que es el Bautismo. Porque en la catequesis que se suele dar sobre este sacramento se dicen muchas cosas, pero la principal a menudo brilla por su ausencia, porque parece como si exponer el Misterio de la Redención fuese tabú... yo no me lo explico, ¡si es la base de nuestra fe...!

En el Bautismo, como dice San Pablo a los Romanos, somos sepultados con Cristo para resucitar con Él. ¿Qué significa esto? Pues que éramos esclavos y ahora somos libres. Éramos esclavos porque el hombre, por Adán, había rechazado la voluntad de Dios y se había hecho esclavo del mal. Y el hombre era incapaz de pagar su rescate. Nacemos heridos por ese pecado, y no hay nada que nadie pueda hacer para sanarse por sí mismo y recuperar la comunión de amor con Dios.

Pero, aunque no tenía por qué hacerlo en justicia, Dios no quiso dejar al hombre en su esclavitud, sino que se apiadó de Él, y fue Él mismo, el Hijo de Dios hecho hombre, quien pagó por nosotros el rescate de nuestra esclavitud, el precio de nuestra libertad. De forma que uno sólo, Él, pagó por todos nuestros pecados, ofreciéndonos así su salvación gratuita. Los pagó en la cruz: allí quedó saldada nuestra deuda, de forma que su sangre nos lava del pecado. Realmente, como profetizó Isaías (53,5), "por sus heridas hemos sido curados". Por eso, en el Apocalipsis (7,14), cuando se habla de los que se han salvado, se dice de ellos que "han blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero". El Cordero es Cristo, que con su sangre ha pagado por nuestros pecados, nos ha limpiado y nos ha liberado.

Y eso es justamente lo que sucede en el Bautismo: un niño o niña (en nuestro medio es lo normal, que se bautice a los niños), que nace con su alma herida y esclava del pecado, apartada de Dios, recibe en sí el bautismo en la sangre de Cristo. El Bautismo es un signo, pero es un signo perfecto (sacramento), que contiene realmente lo que significa: realmente los méritos de Cristo lavan y purifican a la persona bautizada, que recibe la salvación y la santificación del Señor. Queda limpia y es unida a Dios, de forma que el Espíritu Santo desciende a su alma, y con Él, la Trinidad entra a habitar esa alma y ordenarla como posesión suya por el amor. Con esto Dios le infunde también la fe sobrenatural y la esperanza, que el niño aún no puede ejercer porque no tiene uso de razón, pero que al irse desarrollando su entendimiento y su voluntad y ser educado en la fe cristiana, irá confirmando día a día el asentimiento libre, movido por la gracia, a esa fe que ya posee internamente, no rechazándola y alimentándola con la relación íntima con Dios, que es la oración, así como con los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, y con buenas obras que son respuesta a la acción interior del Señor, que es la gracia. Si, aceptando la acción interna de Dios,  persevera en la fe viva por la caridad, la mantendrá siempre, recibiéndola en plenitud al confirmarse, ya de joven. Si no persevera, si rechaza esa acción del Señor dejándose seducir por el mal, si no ora para no caer en la tentación, si no se alimenta de los sacramentos, podrá llegar a expulsar al Señor de su vida y podrá incluso dejar morir la fe o rechazarla, como hemos hecho tantos por desgracia, para recuperarla con ese otro "bautismo trabajoso" que nos devuelve la salvación de Cristo, y que es el sacramento de la Penitencia.

Muchísimas cosas más se pueden decir del Bautismo, pero ésta es la principal, y la única que a menudo se olvida en esta época aún secularizada: por el Bautismo recibimos la salvación gratuita, la misericordia del Padre por los méritos de Cristo en la cruz, que por virtud del Espíritu Santo, se derraman sobre nosotros y nos liberan de la esclavitud del pecado y sus consecuencias nefastas. En el Bautismo, por la acción del Espíritu Santo, somos hechos Uno con Cristo, que muere al pecado y resucita para gloria de Dios Padre.

¡Gloria a Dios!

miércoles, 17 de agosto de 2011

I. ¡Gracias! (2)

¿Por qué os escribo esto?

¿Por qué un cristiano hace apostolado? A primera vista -y ya es decir mucho-, porque se ha encontrado con la verdad y el amor de Cristo, y una alegría tan enorme necesita compartirla con otros, extenderla para que otros se beneficien también, lo mismo que el científico que descubre una vacuna para una enfermedad letal quiere que se extienda, que se beneficie todo el mundo de ella. Inmaculada Galván, presentadora de televisión, comentó que había respondido a un amigo ateo al que le molestaba que los cristianos tratáramos de convencer a los demás, que no se trataba de imponer nada, pero que si uno tuviera la forma de eliminar el hambre del mundo, tendría obligación de hacerlo, y eso es lo que ocurre con haber encontrado a Cristo a nivel espiritural: no podemos callárnoslo. Es más, como me comentó una cristiana, María, al tener noticia de que estaba escribiendo este libro, es un deber proclamar al mundo entero las maravillas que el Señor ha hecho con nosotros sus hijos, sin mérito nuestro, por pura gracia.

¿Por qué lo hago yo, por qué escribo esto? Pues por eso mismo: porque os quiero y me gustaría que recibiérais la alegría que yo he recibido, que viviérais lo que yo estoy viviendo. Pero, inmediatamente, me doy cuenta de que no soy yo solo, es el Señor, es su amor por vosotros, por ti, el que me mueve a escribirte esto, como dijo San Pablo:

"El amor de Cristo nos apremia" (2ª  Carta a los Corintios 5,14)

Por tanto, esto que lees es una muestra del amor de Dios por ti, de su misericordia. ¿Y qué es lo que busca? Que te unas a Él por el amor que Él te tiene y por el amor que te va a dar a ti para que le ames, si le aceptas. "Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti" -dijo San Agustín. Cuando le aceptes, descubrirás a qué maravilla estabas llamado; te darás cuenta de por qué tu corazón anhelaba otra vida muy distinta, verás para qué estabas hecho, es más, para qué maravilla estabas preparado por el Bautismo. Entenderás muchas cosas de ti que desconocías o que no querías darte cuenta de lo que eran: era el templo vacío de Dios, tan inútil como penoso desde que le rechazaste, pero preparado para volver a acogerle de nuevo.

"¿Es que no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?" -escribió San Pablo a los Corintios  (1ª Carta a los Corintios 3,16).

Y sin embargo, no escribo esto para convencerte, y no porque yo no quiera convencerte -¡claro que querría hacerlo!-, sino porque esto no funciona así. O mejor dicho: sí quiero convencerte de algunas cosas, pero ese convencimiento no te bastará para aceptar y recibir la fe de Dios. Podría ser que te acercase a ella, podría ser que te ayudara a aceptar razonablemente la existencia de Dios, o incluso podría ser que te hiciera ver la fe en Cristo como Señor y Salvador como algo, al menos, no irracional, incluso como lo más razonable... pero para recibir la fe no basta el convencimiento ni la razón. La fe, contra lo que mucha gente cree actualmente -yo mismo lo creía, antes de convertirme-, no es una cuestión de convicción. La fe es la respuesta a una llamada de Dios que se anuncia, que se revela, que se te presenta: yo pretendo anunciártelo, más que convencerte; presentártelo, más que darte argumentos de su existencia y acción. La fe se parece más a un idilio: uno se siente atraído por Cristo y le dice que sí, le abre la puerta y le entrega su vida. Por eso, la primera frase del pontificado de Juan Pablo II fue: "¡no tengáis miedo de abrir las puertas a Cristo!" Lo mismo te digo yo ahora: no tengas miedo.

A la fe no se llega por convicción, lo mismo que no puedo convencerte para que ames a alguien. Tampoco es un sentimiento, aunque normalmente hay sentimientos en juego. En realidad, me resulta difícil explicarte lo que es, aunque lo intentaré más adelante. Por otra parte... estás bautizado/a, y hubo un tiempo en que tú viviste con fe, aunque quizá no te acuerdes, y en un momento dado la rechazaste, dudaste voluntariamente, aceptando en tu corazón la desconfianza hacia el amor que estabas recibiendo de Dios, como hice yo también. Empezaste a vivir prescindiendo de Él, poniendo tu seguridad en ti mismo o en otras cosas, pensando en cómo sería todo sin contar con Cristo, o tal vez teniéndole sólo como un modelo moral, un hombre lleno de Dios que vivió hace mucho tiempo. La desconfianza en quien nos ama mata la fe, y acaba con el amor. Dice Santa Teresita de Lisieux: "sólo la confianza nos llevará al amor". Pero aunque tú dejaste de amar a Cristo en tu corazón, Él no ha dejado de amarte a ti.

Bueno, más adelante hablaremos más -y más claramente- de estas cosas. De momento, quiero que sepas que, aunque quiero presentarte algunos argumentos para que comprendas mejor la fe en Cristo, sobre todo quiero anunciarte a Jesús para que puedas creer en Él. Dice San Pablo en su Carta a los Romanos:

"Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? [...] La fe viene por la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo" (Romanos 10, 14,17).

----

Santa Teresita de Lisieux, conocida como Santa Teresa del Niño Jesús, es una carmelita de clausura que vivió en Francia en el último cuarto del siglo XIX. Murió en 1898, con sólo 25 años de edad. Ni siquiera estudió Teología y, sin embargo, fue declarada Doctora de la Iglesia por Juan Pablo II, algo a lo que sólo 33 personas han tenido acceso en toda la historia, incluyendo a San Agustín, Tomás de Aquino, Teresa de Jesús -la gran mística de Ávila- o San Juan de la Cruz. El motivo, en el caso de Santa Teresita, pese a que todo lo que escribió cabe en un libro, son sus palabras llenas de confianza en la misericordia de Dios. Sus reflexiones en forma de diario, publicado con el título de "Historia de un Alma" han constituido probablemente la enseñanza espiritual que más infuencia ha tenido en el último siglo. Es citada en seis ocasiones en el Catecismo de la Iglesia Católica. Cuando Agnes Bohaxhiu (Teresa de Calcuta) entró en el convento, eligió para sí misma el nombre de "Teresa" en memoria de ella. Y a pesar de no haber salido de la clausura de Lisieux, Teresa del Niño Jesús es patrona de las misiones, junto al gran misionero jesuita San Francisco Javier. Santa Teresita es, sobre todo, la maestra de la infancia espiritual, que parte de las palabras de Jesús:

"En aquel momento, se acercaron los dicípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién será el más grande en el reino de los cielos? Él, llamando a sí a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo, si no os volviereis y os hicereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Evangelio según San Mateo 18, 1-4).

San Ambrosio, Padre de la Iglesia del siglo IV, que colaboró con su predicación en la conversión del joven San Agustín, explicó esa afirmación de Cristo diciendo: "los niños confían en quien les ama". Esa enseñanza sobre la confianza en el amor y la misericordia de Dios es la que Santa Teresita enseñó y vivió.

martes, 16 de agosto de 2011

I. ¡Gracias!

Sí, muchas gracias. Realmente, es una maravilla que alguien se pare a escuchar algo sobre Jesucristo; mucho más a leerse un libro entero. Muchos sí se paran a leer tonterías noveladas sobre Jesucristo, que les dicen lo que el autor sabe que muchos quieren oír. Muchos opinan sobre Cristo, sobre la religión y sobre la Iglesia, pero casi nadie dedica algo de tiempo a escuchar su verdadero mensaje. Aunque muchos tampoco sabrían a dónde acudir para escucharlo: se transmiten muchas opiniones personales sobre Jesucristo, pero se explica poco -y con poca autenticidad- su doctrina.

"Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad y se volverán a los mitos" (2ª Carta de San Pablo a Timoteo 4,3-4).


Además, en la práctica es como si el mensaje de Cristo hubiera dejado de ser "Noticia", "Buena Noticia", porque la mayoría de los que le rechazan piensan que ya le conocen. No lo digo como condena; así mismo estaba yo antes de convertirme, pero es una realidad. Y es más: incluso muchos de los que creen que le aceptan, tampoco tienen verdadera idea de quién es Jesucristo, sino que para ellos es una mera figura del pasado, algo así como un ser humano modelo, simplemente, al que les gustaría parecerse. Dirán que creen en Él, pero no les interpela, no les cambia la vida como nos la ha cambiado a Maribel y a mí, no les llena la vida, que es para lo que Él vino, según sus propias palabras:

"Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante" (Evangelio según San Juan 10, 10).

En resumen: anunciar a Jesucristo hoy es como tratar de vender helados en el arcén de una autopista: ¡nadie se para! Así que no es exageración: muchas gracias por leer esto, por detenerte en plena autopista, por concedernos a mí y a Jesús un poco de tu tiempo; es para ambos una gran alegría que lo hagas, y creo que puede serlo también para ti, con la ayuda del Señor.

Añado una cosa que quizá te extrañe: estoy convencido de que si yo he escrito esto y tú estás ahora mismo leyéndolo, no es por iniciativa nuestra, sino porque el Señor, el Espíritu Santo, nos ha llamado a hacerlo, nos ha tocado en el corazón y nosotros hemos aceptado. No estamos solos tú y yo en este libro-carta. Hemos sido convocados aquí por Él y en nuestro interior, hablaremos con Él, sin usar palabras. Estoy convencido, estoy seguro. Esto es ya motivo para daros gracias a ambos: a Dios y a ti que has aceptado nuestra invitación, algo que no me ocurre todos los días...
---------

"Evangelio" significa literalmente "Buena Noticia". Viene del griego "eu" (bueno) y "angelos" (mensaje). Es la misma raíz que se utiliza para nombrar a los "ángeles", porque éstos tienen función de mensajeros de parte de Dios. 

Dice San Agustín (Padre de la Iglesia, siglo V): "El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu. Si preguntas por lo que hace , te diré que es un ángel".
---------

ESTO ES UN PROYECTO DE LIBRO QUE ESCRIBO COMO CARTA ABIERTA A MIS AMIGOS, MUCHOS DE ELLOS APARTADOS DE LA FE Y DE LA IGLESIA, Y A QUIENES QUIERO ANUNCIAR LA PALABRA DE DIOS. ES UN BORRADOR CAMBIANTE QUE PONGO AQUÍ PARA QUE COMENTÉIS Y ME DEIS VUESTRAS SUGERENCIAS.GRACIAS.
Se ha producido un error en este gadget.