lunes, 31 de enero de 2011

Mensaje de Medjugorje

Dicen que en Medjugorje (Bosnia Herzegovina), desde hace más de veinte años, la Virgen "Reina de la Paz" se aparece y da estos mensajes, hasta que dé el definitivo. Esto, que aún no ha sido aprobado ni desaprobado por la Iglesia, yo pienso que es verdad, porque allí se convierten muchas personas, se perdonan muchos pecados y se nos anima a una vida santa, llevando a los demás la alegría de vivir con el Señor.


<--- Esta de la foto es Mirjana, una de los videntes.

Pero hoy escribo esto porque el mensaje de la Virgen "Reina de la Paz" para este mes es un poco peculiar. Siempre, con maternal amor, nos insiste en la oración, en la Eucaristía, en la penitencia, en hacer el bien... Muchos mensajes, no sólo de Medjugorje, sino de otros sitios, nos muestran a una Madre que llora por sus hijos, por los crímenes y pecados con que se ofende a Dios en nuestro tiempo, por la paz que rompemos. Imágenes de la Virgen peregrina han llorado sangre. Otras lloran myron, aceite perfumado, moviéndonos a la conversión (¿quién se resiste a ver llorar a su madre querida?).

Esta vez, el mensaje es particularmente esperanzador, nunca había visto otro igual, salvo aquella promesa de la Virgen de Fátima: "al final, mi Inmaculado Corazón triunfará". Yo lo pongo en mi memoria junto a éste, a la bandera de Europa que representa a la Inmaculada, junto a las palabras proféticas de Juan Pablo II sobre el papel a que está llamada España en la Nueva Evangelización, junto a la sangre de los mártires y la oración de los conventos, que implora sin cesar la misericordia de Dios, junto a la renovación en el Espíritu que voy viendo brotar en la Iglesia, junto a la sangre de los más inocentes que, derramada por el aborto, clama justicia, y junto a profecías de las que he tenido noticia y que he visto con mis propios "ojos", que hablan del fuego del amor de Dios, el Espíritu Santo, que el Señor quiere derramar sobre nosotros. El mensaje de este mes es el siguiente:


 

¡Queridos hijos! 
También hoy estoy con vosotros y os miro y os bendigo, y no pierdo la esperanza de que este mundo cambie para bien y la paz reine en los corazones de los hombres. 
La alegría reinará en el mundo porque os habéis abierto a mi llamada y al amor de Dios. El Espíritu Santo está cambiando a una multitud que ha dicho sí. Por eso deseo deciros: gracias por haber respondido a mi llamada”.
  





Por cierto, me admira esta corrección doctrinal del mensaje, inusual en este tiempo en que tantos, incluso cristianos, se confían a las propias fuerzas: el hombre dice sí a la llamada, y entonces el Espíritu Santo le cambia. Por muchas cosas, yo confío en que la Virgen -nuestra mamá del Cielo, como dice un amigo sacerdote, el padre Benito- se aparece en Medjugorje.

domingo, 30 de enero de 2011

La Eucaristía se parece... al príncipe encantado (con perdón)

Porque el príncipe, convertido en rana por las palabras de la bruja, tiene ancas de rana, ojos de rana, croa, puede sumergirse en el estanque y comer moscas con la lengua... pero no es una rana, ¡es un príncipe!

Lo mismo, el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, tiene forma de pan, sabe a pan, tiene moléculas de pan (almidón de trigo)... y la Sangre de Cristo tiene aspecto de vino, sabe a vino, tiene alcohol del vino, todo del vino... pero no es ya vino... Si los analizáramos en un laboratorio, veríamos que químicamente tienen todas las sustancias químicas del pan y del vino. Pero igual que la rana no es una rana, ese Pan y ese Vino no son pan y vino, aunque su composición química sí lo sea, sino que son Cristo mismo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Cristo, por las palabras del sacerdote y cumpliendo la promesa que hizo, se ha unido a esas materias, que han pasado a formar su Cuerpo y Sangre, sin dejar de ser químicamente lo que son: almidón de trigo; agua alcohol y aromas de vino, formando el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y cuando los tomamos, recibimos a Cristo mismo en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu.


Esta es la doctrina de la "transubstanciación". Que suena muy complicada, pero es tan sencilla como eso.

Pero esta es una comida al revés. Porque cuando uno come una manzana, la manzana desaparece y pasa a formar parte de sí mismo. Pero cuando comemos a Cristo, somos nosotros los que pasamos a formar parte de Él. Y como somos muchos los que le comemos, pasamos todos a formar parte de su Cuerpo Místico. Por eso, la Eucaristía hace la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Cabeza, y juntos formamos el Cristo Total. Un cuerpo en el que todo lo bueno que hacemos, beneficia a los demás, como por arterias espirituales.

sábado, 29 de enero de 2011

El Reino de Dios se parece... al embarque de Ryanair

... porque si tu maletita no entra entre las medidas, ¡no puedes volar! Cada vez que el Señor nos quita algo, cada vez que parece que nos pide algo, lo que quiere es que volemos, que "entremos por la puerta estrecha".

¡Porque nosotros vamos por la vida con unos maletones...! Cosas, preocupaciones, cuidados, ambiciones, apegos a esto y aquello, miedos, complejos, vanidades, resabios, prejuicios, rencores, prepotencias, desconfianzas...

  Sólo necesitamos tres cosas: la fe, la esperanza y el amor; eso sirve para todo y ocupa muy poco.

viernes, 28 de enero de 2011

El Espíritu Santo asiste a la Iglesia para que enseñe la verdad

 
¿Cuál es la doctrina auténtica de la Iglesia, 
asistida por el Espíritu Santo?


Sabemos cómo se interpretan muchas cosas que Jesús nos dijo, porque el Padre nos envió al Espíritu Santo, que nos conduce a la verdad completa, como el mismo Jesús prometió. Por supuesto, el Espíritu Santo no iba a permitir que la Iglesia de Cristo se desviase y el Pueblo de Dios anduviera ciego durante siglos.

Estaba yo explicando esto y un amigo protestante me replicó:

"Tu iglesia ha estado siglos, y repito, siglos, cobrando diezmos y otros impuestos abusivos, aprobando y estimulando persecuciones de herejes, cruzadas, etc..."

Así que voy a explicar un poco esto, porque yo mismo, antes de convertirme, confundía la doctrina de la Iglesia, que es su enseñanza, con las acciones de los cristianos: lo mezclaba todo. Tampoco me daba cuenta de que una cosa es la doctrina "oficial" y verdadera de la Iglesia y otra las predicaciones de los sacerdotes o las personas con cargos eclesiásticos. Deben coincidir, pero no siempre, y esto hay que conocerlo bien. A mí, esto que voy a explicar me ha servido muchísmo para entender algunas cosas difíciles. A ver si consigo transmitirlo bien y que a alguien le sirva... Que el Espíritu Santo nos ayude a ambos. ¡Ven Espíritu Santo!

La doctrina de la Iglesia nunca ha amparado la tortura, ni la esclavitud, ni la explotación, ni el abuso sexual, todo lo contrario. Los cristianos, pecadores, hemos hecho todas esas cosas, no por estar en la Iglesia, sino a pesar de estar en ella.

Se confunde a menudo la enseñanza auténtica de la Iglesia, que está asistida por el Espíritu Santo para guiarnos a la verdad completa, con las costumbres o incluso las enseñanzas de los eclesiásticos. La enseñanza auténtica, "oficial", firme, es lo que se conoce como "Magisterio de la Iglesia". Se recoge en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Un ejemplo bueno para entender esto es el problema del limbo. El limbo nunca estuvo en el Magisterio de la Iglesia, aunque muchos fieles y sacerdotes creyeran por costumbre en él -y otros no-, porque formaba parte de la cultura popular cristiana. Por eso, por esta posible confusión entre lo que es Magisterio de la Iglesia y lo que no lo es, algunos periodistas mal informados se apresuraron a decir que el Papa Benedicto XVI había "suprimido" el limbo. No lo suprimió, sino que aclaró que la idea del limbo no forma parte de la enseñanza auténtica de la Iglesia, no forma parte de su Magisterio. Ya el Catecismo -resumen estructurado del Magisterio de la Iglesia- decía que la Iglesia entregaba el destino de esos niños a la misericordia de Aquél que dijo: "dejad que los niños se acerquen a Mí".

Confiemos en el Espíritu Santo, que no permite que la Iglesia enseñe falsedades, y no le confundamos con la debilidad humana, que siempre ha estado presente en todos los cristianos, desde el Papa hasta un tal "Longinos".

jueves, 27 de enero de 2011

Jacob lucha con el ángel de Dios


En Génesis 23, 32 podemos leer este misterioso encuentro. Lo estuve meditando en oración ayer y quiero escribir lo que me sugirió.

Recordemos antes que Jacob era hermano mellizo de Esaú. Esaú nació primero (Gen 25,23), con lo cual le correspondía por derecho la primogenitura, la herencia de su padre Isaac. Jacob nació luego, pero tenía agarrado con su mano el talón de Esaú. De ellos, el Señor había dicho a su madre, Rebeca: "el mayor servirá al menor". Los Padres de la Iglesia vieron en esto la sucesión del Antiguo y el Nuevo Testamento.

Aunque Esaú nació primero, un día que llegó con hambre Jacob le ofreció un plato de lentejas, a cambio de su derecho de primogénito. Esaú accedió. De ahí la expresión española de "venderse por un plato de lentejas".

Para poder acceder al derecho de primogenitura que su hermano le había vendido, Jacob engañó a su padre, ya ciego, en el lecho de muerte, haciéndose pasar por Esaú y recibiendo la bendición paterna.

En la escena que  quisiera comentar, Jacob, ya padre de muchos hijos, con dos mujeres (eran aún polígamos), va a entrar en las tierras donde vive Esaú. Parece que Jacob teme que su hermano no le haya perdonado y reclame sus derechos.

La lucha misteriosa de Jacob
23 Aquella noche, Jacob se levantó, tomó a sus dos mujeres, a sus dos sirvientas y a sus once hijos, y cruzó el vado de Iaboc.
24 Después que los hizo cruzar el torrente, pasó también todas sus posesiones.
25 Entonces se quedó solo, y un hombre luchó con él hasta rayar el alba.
26 Al ver que no podía dominar a Jacob, lo golpeó en la articulación del fémur, y el fémur de Jacob se dislocó mientras luchaban.
27 Luego dijo: «Déjame partir, porque ya está amaneciendo:. Pero Jacob replicó: «No te soltaré si antes no me bendices».
28 El otro le preguntó: «¿Cómo te llamas?», «Jacob», respondió.
29 El añadió: «En adelante no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido».
30 Jacob le rogó: «Por favor, dime tu nombre». Pero él respondió: «¿Cómo te atreves a preguntar mi nombre?». Y allí mismo lo bendijo.
31 Jacob llamó a aquel lugar con el nombre de Peniel, porque dijo: «He visto a Dios cara a cara, y he salido con vida».

El ángel de Dios, tomando la pariencia de un hombre que lucha con tra Jacob, parece defender a Esaú en nombre de la justicia divina. Es claro que Jacob había abusado de la displicencia de Esaú y de la confianza de su padre para acceder al derecho que no le correspondía. Pero, aunque Isaac le hubiera bendecido, Dios no. A Dios no se le puede engañar.  

Sin embargo, Jacob pelea con el ángel y puede con él, logra que no se vaya sin bendecirle. ¿Como es posible que un hombre pueda contra Dios?

Pues, en realidad, hay un lugar donde el hombre "puede" contra Dios: en su propio corazón. Allí, el hombre puede "resistirse" a la voluntad de Dios, y no sólo por el pecado: el hombre puede pedirle a Dios que cambie sus planes divinos.

Pero... ¿puede hacer cambiar a Dios? Porque en la lucha contra el ángel de Dios, Jacob no sólo le resiste, sino que consigue que le dé lo que él no iba a darle: su bendición, que en este caso parece tanto como reconocer su primogenitura, lo que no le correspondía... ¿Cómo es posible que un hombre haga cambiar a Dios de planes?

Sí es posible: por la oración, por la plegaria. En las bodas de Canaán, cuando su Madre le pide a Jesús que intervenga, éste le dice: "todavía no ha llegado mi hora". Sin embargo, ella, luchando como Jacob, prácticamente le "fuerza" a hacer el milagro. No hay ni que decir que, en realidad, María fuerza al que quería de antemano ser forzado, para mostrarnos a todos el valor que tiene a sus ojos nuestra oración de fe, cuando imploramos algo. La  lucha de Jacob con el ángel nos enseña esto mismo. Jacob fue movido por Dios a asumir la primogenitura, por ese Dios que ya le había dicho a su madre: "el mayor servirá al menor". En realidad, en toda esa lucha, no es que Dios cambie de planes, es que así es como  moldea a Jacob para hacerse acreedor a lo que Él, desde un principio, había querido darle. Dios quiere que le pidamos con ahínco, con santa osadía, con fe, aquello que Él está deseando darnos. En la petición, nos hacemos dignos ante la misericordia de Dios, de lo que vamos a recibir. Fijaos en una cosa: Dios, tras esa lucha, cambia a Jacob de nombre: le llama Israel...

Pero... en verdad... ¡era Dios el que quería llamarle Israel desde el principio! Dios había elegido a su pueblo, pero quería un pueblo que amara lo que Él le quería dar gratuitamente. Por eso, hizo que el primogénito naciera después, y que tuviera que luchar por la herencia que Él ya había determinado darle.

Al día siguiente, después de ser bendecido por el ángel de Dios, Jacob entra aún con miedo en la tierra de Esaú, y éste le sale al paso con 400 hombres. Pero no es para luchar con él, todo lo contrario. Esaú le recibe como hermano.

"Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque el que pide, recibe, el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre" (Mt 7,7).

Pero quisiera añadir algo más. Aquí vemos una versión nueva de la lucha de Jacob contra el ángel, que es la misma "lucha" dialéctica de Moisés con Yahvé para que no destruyese a su Pueblo con su cólera. Aunque ésta se ha transformado sustancialmente:


Sí, es el hijo pródigo. Porque Cristo ha vencido en la cruz y con su Resurrección, y Él hace nuevas todas las cosas, dándonos la plenitud de la Revelación. Por su gracia, el hijo pecador, convencido de su pecado por el Espíritu Santo, va donde su Padre, y ni se atreve a pedir el derecho que él mismo despreció, se conforma con una "limosna". El Padre "lucha" con él, pero para darle lo que el hijo no se atreve a pedir. Su "lucha" es a besos: el Padre le ama y le obliga con su amor a asumir la felicidad que él ni se atrevía a soñar, aunque estaba llamado a ella por su propia naturaleza. la lucha de Jacob contra el ángel es lo que sucede en la apariencia de este mundo que pasa. La "lucha" de amor del Padre con el hijo pródigo es la esencia de lo que en realidad se esconde en la oración de petición: nosotros aparentemente luchamos y nos esforzamos para arrancar de Dios las gracias que anhelamos; en realidad, lo que hacemos con eso es recibir los dones que Él quiere darnos. En realidad, cada acto de nuestra vida en el que seguimos la voluntad de Dios, estamos recibiendo lo que Él quiere darnos, y estamos implorando más de su gracia, en esta lucha de amores que describió tan bien San Agustín, con unas palabras que me parecen venerables, sublimes:

«Su misericordia se nos adelantó para que fuésemos curados; nos sigue todavía para que, una vez sanados, seamos vivificados; se nos adelanta para que seamos llamados, nos sigue para que seamos glorificados; se nos adelanta para que vivamos según la piedad, nos sigue para que vivamos por siempre con Dios, pues sin él no podemos hacer nada» (San Agustín, De natura et gratia, 31, 35; citado en el artículo 2001 del Catecismo de la Iglesia Católica).

No sé... todo esto me parece un gran misterio, el precioso misterio del Amor de Dios. En realidad, pedir a Dios no es otra cosa que recibir todo lo que Él nos quiere dar, continuamente... Y todo esto nos remite al culmen de este misterio, la  divina y santa "lucha" de Jesús con el Padre en el Huerto de los Olivos: "Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú". Con esta frase, por encima de todo, Jesús le pide al Padre que se haga su voluntad, y le ofrece su obediencia, la obediencia más esencial y radical, la obediencia absoluta y sufriente, que "arrancó" del Padre lo que Él tenía pensado darle desde el principio: su bendición, por la que nos hizo sus hijos; nuestra salvación.

Fue también de noche, mientras dormíamos...

La Biblia: ¿sola o con la Iglesia? (y II)


 Interpretar la Palabra de Dios 

Uno puede tener la tentación de coger la Biblia e interpretarla según el propio entender solamente, o confiando en intepretaciones de aquellos que transmiten una doctrina que le parece razonable, de nuevo según su propio entender. Así, unas veces se pueden interpretar cosas francamente distintas de lo que el sentido común  puede ineterpretar (dado que el sentido común es el menos común de los sentidos, y ninguno de nosotros está libre de ese problema). Pero otras veces lo que interpretemos no será humanamente desacertado. Puede haber varias interpretaciones en principio razonables, pero sólo una será correcta. Voy a un tema clave para ilustrar esto último: la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. La Palabra de Dios nos dice: "esto es mi Cuerpo". La Iglesia Católica interpreta esto en sentido literal; otros lo interpretan en sentido figurado. Humanamente, no puedo decir que ninguna de las dos interpretaciones sea incorrecta con la Biblia en la mano. La católica me parece más ajustada, pero la otra no es propia de un negligente. Sin embargo, sólo una puede ser verdadera. ¿Cuál creer entonces?

Nosotros creemos en la Presencia Real de Cristo. ¿Por qué? Porque confiamos plenamente en la Iglesia. Las Escrituras nos dicen que ése es el Cuerpo de Cristo, y la Tradición nos confirma que, desde siempre, los cristianos han creído y vivido la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Basándose en esa Escritura y en esa Tradición, la Iglesia nos enseña como doctrina revelada por Cristo y confirmada por el Espíritu Santo a su Iglesia, que Jesús está realmente presente en la Eucaristía, en el Pan que compartimos, que es el Cuerpo de Cristo.

Pues sí, muchas veces varias interpretaciones son razonablemente lícitas, y hay que recurrir a una autoridad. Esa autoridad no puede ser otra que el Espíritu de Verdad, el Espíritu Santo, que Cristo prometió para que tomara de lo que Él nos enseñó y nos lo diera a conocer.

¿Y qué es lo que nos dice el Espíritu Santo? ¿Cuál de las interpretaciones es la acertada?

En primer lugar, cualquiera de nosotros puede estar asistido por el Espíritu Santo, e interpretar la verdad en las Escrituras. El Espíritu Santo nos enseña. Pero no todo el que cree estar asistido por el Espiritu Santo en un punto concreto, lo está. ¿Cómo reconocerlo, cómo saber quién ha sacado la enseñanza asistido por el Espiritu Santo, y quién no?

Según un criterio individualista, es muy fácil: cada uno de nosotros es el asistido. Cada uno cree lo que le parece que es verdad, y si se equivoca, es su problema. Así, cada lector entiende algo diferente en la Biblia. Al creer cada uno lo que estima correcto, se produce un fenómeno evidente: la división de los cristianos y su pérdida de credibilidad ante el mundo. Ese es el resultado de un proceder equivocado.

Pero sí hay una forma de reconocer lo que está asistido por el Espíritu Santo y lo que no: Cristo no fundó la Iglesia para despistarnos, para confundirnos, ni se equivocó al fundarla. Cristo fundó la Iglesia sobre Pedro, un hombre falible, débil, y le dio el encargo de confirmar en la fe a sus hermanos. Y confió su Iglesia a hombres, no por su inteligencia ni por su bondad humana, sino porque sobre ellos iba a hacer descender el Espíritu Santo, que les iba a capacitar para la tarea emprendida. La fundó por amor, porque sabía lo débiles que somos, y que necesitamos una referencia que nos enseñe, que nos ayude a seguir su camino, a seguirle a Él.
  
Observo que muchos creyentes, católicos y no católicos, caen en una contradicción interna, porque escuchan y aman la voz del Espíritu Santo cuando les habla directamente al corazón, pero no le hacen caso cuando les habla a través de la Iglesia, porque viene envuelto en formas humanas, a veces antipáticas o imperfectas. ¡Pero en ambos casos, es el mismo Espíritu Santo, el que Cristo nos prometió! Y es que el contenido de la fe, por voluntad de Dios, no lo transmite el Espíritu Santo directamente, sino que Él ha querido poner en manos de hombres imperfectos la predicación de su Palabra. ¿Aún nos extraña que la Palabra de Dios suene como "desafinada" en labios de los hombres? ¡Pues no nos extrañe, es así! No nos cerremos a ella, y veremos cómo el mismo Espíritu que nos habla directamente, se reconoce también a Sí mismo en la predicación de la Iglesia.

Yo confío en la Iglesia, confío en Cristo y en el Espíritu Santo que Él le prometió. Por eso, no digo "me quedo sólo con la Escritura y rechazo la Iglesia", sino que me quedo con "todo Cristo", es decir: con Cristo y su Iglesia.

Que la bienaventurada Virgen María, nuestra Madre, nos una en nuestra Casa común, la Iglesia. Un abrazo en Cristo.

miércoles, 26 de enero de 2011

La Biblia: ¿sola o con la Iglesia? (I)


 En relación con la lectura de la Biblia, hay dos cuestiones clave:


1º) Cómo reconocemos lo que es Palabra de Dios y lo que no lo es.

2º) Cómo interpretamos la Palabra de Dios.

Reconocer la Palabra de Dios
Cuando en los primeros siglos se leían las Escrituras en las celebraciones cristianas, los cristianos se daban cuenta -porque así se lo decía al corazón el Espíritu Santo- que eso que estaban leyendo no eran sólo unos libros maravillosos que hablaban de Dios, sino que eran verdadera Palabra de Dios, escrita por autores inspirados directamente por el Espíritu Santo. Luego, dan el paso de recopilarlos, y asistidos por el Espíritu Santo, son capaces de reconocerlos, por el sentido común en toda la Iglesia de que aquellos -y no otros-, eran libros inspirados. Así nace la Biblia, ya compilada por el "sensus ecclesiae", el sentir común de toda la Iglesia. Es la Iglesia la que reconoce, compila y nos presenta la Biblia.


Hay otra tradición, previa incluso a la Biblia, y es la tradición oral, la enseñanza de los apóstoles, todo lo que conforma la vida de la Iglesia durante los primeros años, que va manteniéndose y desarrollándose cada día más con la ayuda del Espíritu Santo. Esto, nos dice la Iglesia que también es Palabra de Dios, no escrita, pero sí transmitida y vivida desde los primeros años. Es lo que llamamos la Tradición. Esa Tradición es, por cierto, la que permitió distinguir los verdaderos Evangelios de los apócrifos -falsos-, porque los cristianos se daban cuenta de que esos textos decían cosas distintas de aquéllas que a ellos les habían contado oralmente. Así, dice San Pablo en una de sus cartas: "Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema" (Gal 1,9). El evangelio que aquellos cristianos habían oído y habían aprendido de San Pablo, era la regla segura para rechazar lo que les contaran que fuera distinto a esto. Fue con ese criterio con el que los cristianos -la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo- reconocieron las verdaderas Escrituras como Palabra de Dios. Y nosotros las reconocemos gracias a aquellos cristianos, porque nos fiamos de ellos. No nos ponemos a juzgar por nosotros mismos si la carta de Santiago es o no es Palabra de Dios, o si el II Libro de los Macabeos o el Evangelio según San Marcos son o no son Palabra de Dios.

Entre confiar en los sucesores de los Apóstoles, encargados por Cristo para enseñar (la Iglesia Católica), y confiar sólo en mí mismo, o en un grupo particular de teólogos, es claro que nos quedamos con la Iglesia Católica; no porque creamos que es mejor, sino porque creemos en Cristo, que la fundó para algo, y quiso que siguiera visible y unida, para que todos creyéramos.

Si yo no creyese en la Tradición que el Espíritu Santo mantiene viva en su Iglesia, tampoco tendría mucho sentido que confiase en la Escritura, que fue reconocida y recopilada por el sentir común de toda la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, es decir: por la Tradición. Escritura y Tradición son dos formas o fuentes inseparables de la misma Revelación.

lunes, 24 de enero de 2011

La Iglesia debe estar visiblemente unida

"Padre, que todos sean uno,
como tú Padre, estás en mí y yo estoy en ti,
que también ellos sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado"
Juan 17, 21
Todos los bautizados que reconocemos a Cristo como Señor y Salvador formamos parte de la Única Iglesia de Cristo, que es la Iglesia universal, católica, que en la unidad en torno al Papa conserva su unidad visible y su plenitud doctrinal -no exenta de pecados humanos, como es lógico-, pero que no se limita a esta unidad visible, sino que se extiende más allá -casi plenamente, en los hermanos ortodoxos y parte de los anglicanos, y de forma más imperfecta, en los hermanos protestantes-.

Me parece muy claro que Cristo quiere que su Iglesia esté unida, de forma visible. Si hay algo no querido por Dios -ni por sus Apóstoles- desde el principio en relación a este tema, es precisamente la división en la Iglesia. Digo esto a la vez que reconozco los pecados de los católicos, que a buen seguro hemos tenido y tenemos buena parte en bastantes divisiones. Nuestro pecado peor contra la unidad es el de no seguir la propia enseñanza de la Iglesia, el Magisterio, y así hacer creer a muchos que la Iglesia se equivoca, cuando no es eso, sino que nosotros no seguimos bien sus enseñanzas.

Unidad es también unidad doctrinal. El Espíritu de la Verdad no enseña a buen seguro cuatro doctrinas de la gracia diferentes: la católica, la calvinista, la arminiana y la pelagiana. Enseñamos cuatro doctrinas diferentes porque no nos dejamos enseñar plenamente por el Espíritu de la Verdad, que toma la Revelación de Cristo y nos la da a conocer. Por tanto, Dios no puede estar conforme con una unidad tan precaria; esa no es la unidad que Él quiere. El Señor siempre ha querido a su Iglesia visiblemente unida. La Iglesia unida es un signo ante el mundo. Y no vale un signo "invisible". Un signo, o es visible, o no es ni signo, ni nada. Es más, la dispersión es un anti-signo.

Es necesaria y querida por Dios una diversidad dentro de esa unidad. Pero unidad en lo esencial, diversidad en lo accesorio y caridad en todo, siguiendo el consejo de San Agustín. En sus mejores exponentes, la Iglesia católica ha procurado adaptarse a esa diversidad cultural, y así aprovechó todo lo bueno que había en la cultura pagana, cristianizándolo, y desechando o cambiando todo lo que era erróneo. Viniéndonos al presente, hace poco pude escuchar una Misa africana y me pareció una auténtica maravilla, totalmente inculturizada en las costumbres africanas. En fin... hay que reconocer que también a veces hay fallos, y se imponen formas que no son ajustadas a la manera de ser de cada pueblo. Sin embargo, hoy como siempre, coexisten en la Iglesia Católica las diócesis de rito romano en el oeste, las de rito griego en el este, las de rito copto, siríaco, árabe, etíope... Cada una con sus costumbres, todas unidas plenamente. Tan diferentes, por ejemplo, como que en la Iglesia etíope, el sacerdote eleva el Cuerpo de Cristo ante un fiel y éste se desnuda completamente. En las griegas y otras, los sacerdotes -católicos- se casan. Etc.


Cristo es la Roca sobre la que se asienta la Iglesia. Por supuesto. Pero no se contrapone eso -todo lo contrario- al encargo de Cristo a Pedro, cuando le dijo "tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré yo mi Iglesia". ¿Es que Pedro es por sí mismo una roca? Claro que no, bien sabemos las debilidades de Pedro. Pero Pedro recibe de Cristo su calidad de cimiento. Al estar Pedro asentado en Cristo, es por lo que puede ser y es nombrado cimiento de la Iglesia que Cristo edifica sobre sí mismo. Esto lo explica muy bien San Agustín. Hay muchas cosas que Cristo nos enseñó, que el Espíritu Santo ha ido aclarándonos luego con su acción sobre la Iglesia. Por ejemplo, la estructura de la Iglesia. Cristo nombró apóstoles, y éstos nombraron a su vez, imponiéndoles las manos, obispos, presbíteros y diáconos. Así, la estructura de las Iglesias que forman la única Iglesia de Cristo, estuvo constituida desde el principio en torno a los pastores, los obispos, y uno de ellos era el obispo de Roma.

Desde el principio, el obispo de la Iglesia de Roma asumió el ocuparse de las cuestiones que surgían en las demás Iglesias. Así, por ejemplo, en la carta de Clemente Romano -el 4º Papa- a los Corintios, aún en el siglo I, ya él actúa como autoridad. En la carta dice que Dios les exhorta por medio de él, y más adelante, que es el mismo Espíritu Santo el que les está llamando por su medio a la obediencia -porque muchos corintios habían repudiado injustamente a su pastor-. Es la acción del Espíritu Santo en la Iglesia la que va aclarando quién es el sucesor de Pedro en su encargo de "apacentar los corderos de Cristo". Durante toda la antigüedad se suceden las herejías sobre Cristo, sobre el Espíritu Santo y luego sobre la gracia (pelagianismo y semi-pelagianismo), y en todas ellas la Iglesia de Roma es una referencia segura en la fe para las demás Iglesias, mostrando así el Espíritu Santo, con su acción, cómo se cumple el encargo dado a Pedro de "confirmar en la fe a sus hermanos".

Ayer estaba leyendo una historia de la Iglesia copta, egipcia. La sede de Alejandría, considerada una de las sedes fundadas por los apóstoles, una de las más renombradas en toda la cristiandad antigua, sin embargo fue contaminada por la herejía en varias ocasiones: ¡tuvo obispos herejes, contrarios al misterio de la Trinidad! Eso no sucedió sólo en Alejandría, sino en muchísimas otras sedes episcopales. Y sin embargo, la sede de Roma jamás tuvo ese problema. Por un evidente privilegio de Dios, el obispo de Roma nunca fue arriano, ni monofisita, ni pelagiano, ni gnóstico, ni nada de nada que estuviera fuera de la ortodoxia cristiana. Así, el Espíritu Santo fue mostrando cómo se cumplía lo que dijo Jesús cuando señaló a Pedro como piedra sobre la que construir su Iglesia: "...y las puertas del infierno no la derrotarán". Esto lo señala Máximo el Confesor en el siglo VII, pero ya, antes que pasara un siglo de la muerte del Señor en la cruz, San Ignacio de Antioquía, obispo mártir en el Coliseo, había afirmado que la Iglesia de Roma preside en la caridad a las demás Iglesias -¡ya entonces, como se ve en la carta de Clemente a los Corintios!-. Y San Ireneo de Lyon, -de una Iglesia de mártires-, dice de la Iglesia de Roma: "Porque con esta Iglesia, en razón de su origen más excelente, debe necesariamente acomodarse toda Iglesia, es decir, los fieles de todas partes". La literatura es abundantísima sobre el papel que providencialmente ejerció la Iglesia de Roma contra todas las herejías, sirviendo como "confirmación de la fe" recta en todos los casos. Y los autores que escriben contra las herejías, desde San Ireneo, San Atanasio, San Agustín... todos remiten a la unidad doctrinal y visible de la Iglesia, además de los argumentos razonables que dan para combatir lo errores.

La Iglesia fue fundada por Cristo, porque nos ama y no quería vernos descarriados, "como ovejas sin pastor". Cristo es insustituible, y está vivo en medio de nosotros, pero quiere que nosotros actuemos en su nombre, insertos en Él. Un cristiano actúa en su nombre cuando evangeliza a sus hijos o a un extraño. Pedro actuaba en su nombre cuando cumplía su encargo de "pastorear los corderos de Cristo". Y el Papa actúa en su nombre al cumplir el encargo de sucesor de Pedro, como obispo de Roma, "pastoreando sus corderos", presidiendo en la caridad a los demás obispos y confirmándoles en la fe.

Cristo y la Iglesia son Uno, la Cabeza y el Cuerpo, el Cristo total en quien yo deposito mi fe.

lunes, 17 de enero de 2011

A vino nuevo, odres nuevos (Mc 2,22)

Mc 2,18-22. Este es el evangelio que se lee hoy en las iglesias de todo el mundo. Quiero comentar lo que me ha sugerido hoy a mí.

En el Evangelio, a Jesús le preguntan inquisitorialmente por qué sus discípulos no ayunan. Esos son los odres viejos para el vino viejo: la religión judaica, una religión de cumplimiento. Una serie de normas externas marcaban lo que uno tenía que hacer para agradar a Dios. Es la religión de la justicia.

Pero Jesús viene a dar plenitud a la ley: cuando venga el Espíritu Santo, esa ley ya no será algo externo, una serie de cumplimientos, sino que el Señor mismo nos hablará al corazón mostrándonos su voluntad, la voluntad de un Padre que nos ama.

En la religión judía, una ley obligaba a pagar el diezmo, la décima parte de las ganancias, para ofrecerlas a Dios. Para los cristianos ya no hay diezmo: el Espíritu Santo a través de la Iglesia nos dice que somos administradores -no propietarios absolutos- de nuestros bienes, y el Espíritu Santo nos mueve directamente el corazón para decirnos hoy que esto que íbamos a comprar no lo necesitamos, y que sería bueno entregarlo a Cáritas, o mañana, que este pobre africano que viene a vendernos una pulsera necesita ayuda y haríamos bien en comprarla. Ya no hay preceptos para todo, sino que el Espíritu Santo nos habla al corazón y nosotros hemos de confiar en Él y cumplir sus inspiraciones, grandes y pequeñas. Él nos dice a cada uno y en cada momento qués es lo que podemos hacer, no para cumplir con Dios, sino para amarle y amar al prójimo. Dios no quiere un poco, no quiere nuestro cumplimiento: lo quiere todo, quiere nuestro amor.

Por eso, en otro pasaje, le dirá a Nicodemo que tiene que nacer de nuevo, con esas palabras tan misteriosas de Juan 3,8: "El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu". Por eso no ayunaban los discípulos: ¡porque no era el momento! Y eso sólo Jesús podía saberlo. Ya llegaría el momento de ayunar. Había que dejar de lado ya esa religión de cumplimiento.

Todavía hoy, muchas veces estamos con "odres viejos". Criticando si fulanito o menganito hacen o no hacen esto o aquello. No me refiero a cosas objetivas, obviamente; si alguien aborta, eso está mal, y así nos lo dice el Espíritu Santo a través de la Revelación que enseña la Iglesia; eso es objetivo. Me refiero a cosas subjetivas; nosotros no sabemos lo que el Espíritiu Santo le pide a cada uno. No podemos ni debemos ir como aquellos fariseos, aplicando la antipatiquísima regla del cumplimiento a cada uno.

¿Quiere decir eso que ya no hay que ayunar, por ejemplo? Por supuesto que no se refiere a eso. Pero ahora tendremos que ayunar cuando el Señor nos lo pida. Nos lo pide -pocas veces- por medio de la Iglesia, y nos lo pide otras veces, a quien se lo pida, directamente al corazón. Claro, para saber lo que el Señor quiere que hagamos, es necesario vivir en intimidad con Él, atendiendo a lo que el Espíritu Santo nos vaya inspirando, sin echarlo en saco roto. Y sabiendo que lo que nos pide es en realidad lo que nos da, como decía San Agustín: "Señor, dame lo que pides, y pídeme lo que quieras". Si el Señor nos pide fortaleza ante un problema, es que quiere que aceptemos su fortaleza para hacer frente a ese problema.

Esto es radicalmente distinto del "cumpli-miento". El vino nuevo es el amor de Dios. Los odres nuevos son nuestras almas, nacidas de nuevo para aceptarlo todo de Dios y hacer su voluntad en cada momento, dando frutos de santidad. Los cumpli-mientos y los juicios a los demás han  quedado atrás.

Bendito seas, Padre, porque Jesucristo, tu Hijo, nos ha liberado de la esclavitud de la ley para darnos la libertad de los hijos de Dios, guiados por tu Espíritu. Ya no nos guía la obligación, sino el amor.

sábado, 15 de enero de 2011

Purgatorio: el sacrificio de Cristo nos hace perfectos

La gracia que recibimos de Dios nos salva. La muerte y la resurrección de Cristo han vencido para nosotros a la muerte y al pecado.


"El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados". Isaías 53,5.

Y sin embargo, a veces no nos damos cuenta hasta qué punto es verdad esto. ¿Qué significa que hemos sido curados? Nosotros nos miramos a nosotros mismos y vemos que es verdad, que vivimos de otra forma, que luchamos contra el pecado, pero distamos mucho de ser perfectos: caemos, tenemos apegos, defectos, luchamos contra nuestros pecados pero de forma insuficiente... ¡no somos perfectos... todavía! Estamos con Cristo, pero no somos aun totalmente como Él.

 "Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto". Mateo 5, 48.

Así es como tenemos que ser. Es más... ¡así es como vamos a ser, por la gracia que nos viene de Jesucristo! Mirad bien este icono, porque nos enseña precisamente eso:

Es el icono de la Trinidad de Ruvlev. Representa al Padre (izquierda, con la casa), el Hijo (centro, con el árbol) y Espíritu Santo (derecha, con el monte). Es un icono que trasciende el tiempo. Representa el consejo divino: las tres Personas de la Trinidad celebran un consejo en el que deciden la Encarnación del Hijo y su sacrificio para salvarnos. Por eso, en la mesa hay un lado libre, con una copa que nos está esperando. Esa copa es el sacrificio de Cristo, y por ella seremos admitidos a la unión con el Dios Uno y Trino. El lado libre de la mesa es para nosotros, para que participemos de la vida divina por el sacrificio de Cristo.


"Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor". Efesios 1,3.

"Plugo al Padre que en Él [su Hijo] habitase toda la plenitud, y por Él reconciliar consigo , pacificando por la sangre de su cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo. Y a vosotros, otro tiempo extraños y enemigos de corazón por las malas obras, pero ahora reconciliados en el cuerpo de su carne por su muerte, para presentaros santos e inmaculados e irreprensibles delante de Él si perseveráis firmemente fundados e inconmovibles en la fe y no os apartáis de la esperanza del Evangelio bajo los cielos, y cuyo ministro he sido constituido yo, Pablo". (Colosenses 1, 19-23).


Sí, vamos a participar de la mesa de la Trinidad, vamos a participar de su vida divina, y lo vamos a hacer presentándonos perfectos. Ninguno de nosotros va a quedarse en la mediocridad, sino que alcanzaremos la perfección (a menos que no perseveremos y caigamos enla condenación). Esa perfección, que muchos aún no vemos en nosotros, la alcanzaremos mediante la purificación aquí en la tierra, uniéndonos a Cristo y recibiendo la gracia de su sacrificio, con la unión y purificación final de la muerte, o, si no la hemos alcanzado aún con eso, siendo purificados por esos mismos méritos de Cristo después de la muerte, antes de entrar en el Cielo. Esto es lo que los cristianos llamamos "Purgatorio":

"Pues la base nadie la puede cambiar; ya está puesta y es Cristo Jesús. Pero, con estos cimientos, si uno construye con oro, otro con plata o piedras preciosas, o con madera, caña o paja, la obra de cada uno vendrá a descubrirse. El día del Juicio la dará a conocer porque en el fuego todo se descubrirá. El fuego probará la obra de cada cual: si su obra resiste el fuego, será premiado; pero, si es obra que se convierte en cenizas, él mismo tendrá que pagar. El se salvará, pero como quien pasa por el fuego". 1 Cor 3, 12-13.

La existencia del Purgatorio es un motivo de esperanza, una seguridad, y una prueba del valor inconmensurable del sacrificio de Cristo. 

Es una esperanza porque nos muestra que no sólo vanos a ser aceptables, sino que vamos a ser perfectos como el Padre es perfecto. No vamos a obtener una aprobado por los pelos, sino que vamos a tener matrícula de honor todos los que vayamos al Cielo. 

Es una seguridad porque nos certifica que ninguno de nosotros va a fracasar en su camino de perfección, que Cristo ya nos ha ganado la victoria total, no sólo de salvarnos, sino de hacernos realmente perfectos como el Padre es perfecto. 

Es una prueba del valor inconmensurable del sacrificio de Cristo porque por él, no es que nos vayamos a disfrazar de santidad, quedándonos como estamos ahora, sino que nosotros mismos, de verdad, seremos santos, porque -en esta vida o en la otra- habremos lavado verdaderamente nuestras vestiduras en la sangre del Cordero. Es de nosotros de quienes se habla en el Apocalipsis:

"Después de esto, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y exclamaban con voz potente: «¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero!» Y todos los Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: «¡Amén! ¡Alabanza, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios para siempre! ¡Amén! Y uno de los Ancianos me preguntó: «¿Quiénes son y de dónde vienen los que están revestidos de túnicas blancas?» Yo le respondí: «Tú lo sabes, señor». Y él me dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios y le rinden culto día y noche en su Templo. El que está sentado en el trono habitará con ellos: nunca más padecerán hambre ni sed, ni serán agobiados por el sol o el calor. Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva. Y Dios secará toda lágrima de sus ojos». Apocalipsis 7, 9-1. 

Por eso a ningún cristiano que persevere en la fe de la Iglesia, le extraña que el Papa Benedicto XVI, como Juan Pablo II y sus antecesores, nos recuerde la maravillosa doctrina de Purgatorio, dogma de fe para todos los que creemos en la salvación por Cristo Jesús y en la eficacia total de sus méritos para hacernos perfectos de verdad. Perseveremos en la fe que obra por el amor, para mantenernos en la salvación que Cristo nos ha ganado, y para avanzar en la perfección a la que todos estamos llamados por su gracia, esa perfección que todos los que nos salvemos, tarde o temprano, conseguiremos, para participar verdaderamente en la vida de Dios. 

 Benedicto XVI, nuestro Santo Padre, el "dulce Cristo en la tierra", 
que nos enseña con la autoridad recibida de Cristo 
y la asistencia del Espíritu Santo, 
para que seamos un sólo rebaño con el Buen Pastor.

"Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. El que tiene esta esperanza en él, se purifica, así como él es puro". 1 Juan 3, 2-3.

domingo, 9 de enero de 2011

¿Estaba prohibido hasta hace poco leer la Biblia a los seglares?

  Hoy escuché a un pobre señor, bastante anciano, que entre otras cosas que decía contra la Iglesia, refería que, en sus tiempos, él quería leer la Biblia y no podía, porque estaba prohibido. No es eso lo que se lee en la vida de los santos de todas las épocas, la verdad, que andaban siempre leyendo la Escritura. Pero por si alguien cae en este error -es difícil dudar de quien atestigua algo así en primera persona-, es fácil demostrar que no era así ni siquiera antes del Concilio Vaticano II:

"Es muy loable tu prudencia, con la que has querido excitar en gran manera a los fieles a la lectura de las Santas Escrituras, por ser ellas fuentes que deben estar abiertas para todos, a fin de que puedan sacar de allí la santidad de las costumbres y de doctrina" (Pío VI, Papa del siglo XVIII).

"Son muchos los testimonios de la más absoluta claridad que demuestran el singular empeño que los Romanos Pontífices y por mandato suyo los demás obispos de la cristiandad, han puesto en los últimos tiempos para los católicos de todos los países traten de posesionarse con afán de la palabra divina, tal como aparece en la Sagrada Escritura y en la Tradición" (Gregorio XVI, Papa del siglo XIX).

"Queriendo renovarlo todo en Jesucristo, nada deseamos más que el acostumbrarse nuestros hijos a tener la Sagrada Escritura para lectura cotidiana. Por ella pueden conocer mejor el modo de renovar todas las cosas en Jesucristo" (San Pío X, Papa siglo XX)

"¿Quién no ve las ventajas y goces que reserva a los espíritus bien dispuestos la lectura piadosa de los Libros Santos?...Jamás cesaremos de exhortar a todos los cristianos a que hagan su lectura cotidiana de la Biblia" Benedicto XV, Papa siglo XX).

Así que no parece que pueda decirse que la Iglesia estuviera empeñada en negar a los cristianos el acceso a la Escritura. Eso sí, la Iglesia ha enseñado, en todos los tiempos, y sigue enseñando, a interpretar la Biblia no según el propio y variable entender, sino siempre en consonacia con la "regla de la fe", es decir, en el marco de la fe de la Iglesia. No sé quién le prohibiría a aquél buen señor leer la Biblia; pero si alguien lo hizo, estaba contraviniendo las recomendaciones de los Papas, que decían todo lo contrario.

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He seleccionado las citas de Jesús-Pan de Vida.net

Tu silencio

Es inútil que madruguéis,
que veléis hasta muy tarde,
que comáis el pan de vuestros sudores:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen! 


Salmo 126,2
¿Cómo puedo estar esperándote... contigo?

En la pequeña capilla,
de camino a casa
me llamas a esperarte, Señor.
Me llamaste a esperar contigo,
a pararme contigo.
Sólo a mirarnos en silencio
como dos enamorados,
que no necesitan palabras.

En silencio contigo, tu paz.
En medio del bullicio, tu semblante me recoge,
me dice sólo una cosa: "no necesitas nada más,
sólo a Mí".

Sólo en Ti quiero pararme, Señor,
y en mi familia por Ti,
y en los demás por Ti,
y en todo para Ti.

El Señor reina, la tierra goza;
crece el cereal silenciosamente,
cae la tarde como Tú le enseñas.
Tu presencia todo lo enamora
silenciosamente,
como una brisa suave.

Y descansas en mí,
y yo descanso en Ti, ¡Aleluya!

Bendito seas, Señor,
en la paz de tu silencio. 
Amén.


sábado, 8 de enero de 2011

Buscar la cruz nos libera

 
"¡Oh, cruz, descanso sabroso de mi vida,
vos seáis la bienvenida!"


"En la cruz está la dicha y el consuelo,
y ella sola es el camino para el Cielo".

Santa Teresa de Jesús


¿Estaba loca santa Teresa, diciendo estas cosas?
Pues yo creo que no, creo que ella había encontrado el único verdadero descanso, la única verdadera alegría y la verdadera libertad que se puede encontrar en este mundo.

¿Acaso sufrir es en sí deseable? Claro que no. ¿Y entonces?

Pues permíteme que te lo explique en primera persona. La verdad es que, cada vez más, me hastía la carga de vivir siempre buscando el mínimo esfuerzo, evitando el sacrificio, rechazando la cruz. Eso es una esclavitud lastimosa. Muchas veces veo gente que malvive, con actitud irascible, porque ansian tremendamente disfrutar, aprovechar el tiempo haciendo lo que les gusta, evitando los compromisos y los sacrificios. Y eso les lleva a un sinvivir constante, a una ansiedad constante. A mí mismo me ha pasado y a veces me sigue pasando.

En cambio, cuando el Señor te concede darte cuenta de que lo que vale es el sacrificio por amor a Él, y te concede buscarlo, buscar la cruz, se acaba toda la esclavitud. Ya nada te esclaviza, ya sólo anhelas lo que tú libremente quieres hacer, aunque cueste. Encuentras que ése es el "yugo suave", la "carga ligera" de Cristo; porque, aunque te estés esforzando, o estés sufriendo alguna penalidad, te esfuerzas con satisfacción, con alegría, sabiendo que eso sí tiene sentido. Y en el fondo: ¿cuánto esfuerzo dedicamos, cada segundo, en buscar el disfrute y en evitar el esfuerzo? ¡Es mucho más de lo que nos cuesta hacer realmente la voluntad de Dios! Por eso, cuando buscamos la cruz, en lugar de la diversión o el placer, es cuando realmente nos sentimos libres y alegres, paradójicamente.

Lo que pasa es que uno no puede proponerse a sí mismo "buscar la cruz" y hacerlo. Eso es imposible. Si lo hacemos por nosotros mismos, no conseguiremos sino amargarnos, entrar en una especie de competición extraña con nosotros mismos que se traducirá en amargura con los demás, insatisfacción, etc. Sólo con la gracia de Dios podemos buscar la cruz con alegría, ofrecer a Dios sacrificios con alegría. Y si no tenemos esa gracia, ¿qué hacemos? Pedirla. Ya nos dijo Jesús: "no tenéis porque no pedís". "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca encuentra, y al que llama, se le abre". Eso no quiere decir que esperemos que Dios nos dé una gracia para no tener que esforzarnos al tomar la cruz. La cruz sin esfuerzo no existe, salvo en ocasiones excepcionales en que Dios se la quiere dar a alguien, para mostrar su poder. La gracia que Dios nos da habitualmente es la gracia de esforzarnos. Pero sin ella, nada podemos, de modo que tenemos que reconocer siempre que nada tenemos que no hayamos recibido.

También nos dijo Jesús: "Pedís y no recibís porque pedís mal, para satisfacer vuestras pasiones". Y ¿para qué debemos pedir entonces? No es "para", es "por". Por amor. Por amor a Cristo; por amor a los demás. Queremos ser esforzados y sufridos porque el amor que recibimos de Dios nos mueve a amarle nosotros, a amar a los demás, a querer seguirle como Él nos dijo que le podíamos seguir: tomando nuestra cruz.

Sí, además de eso, esa cruz tomada por amor a Él, nos libera a nosotros. Hay más alegría en dar que en recibir, nos recuerda la Madre Teresa.

Uno de los papeles del Espíritu Santo -quizá el más difícil- es precisamente convencernos de esto. Jesús ya ha muerto en la cruz y ha resucitado, mostrándonos el camino; ahora nos toca a nosotros morir con Él para resucitar con Él. Esta muerte, que se da en nuestra conversión y bautismo, dura toda la vida, mientras gustamos ya, también, la fe, esperanza y amor que Dios nos da, prendas de la Resurrección, de la victoria final que Cristo nos da sobre el pecado y la muerte.

Sí, el Espíritu Santo tiene que darnos una "mala" noticia: debemos morir con Cristo para resucitar con Él. A nosotros, que lo tenemos todo desde que nacimos, nos parece una noticia pésima, la verdad. Si es aparentemente mala para todos, para los que estamos acostumbrados a la comodidad, ni te cuento... Recuerdo los versos de  Jacinto Verdaguer:

"A mi corazón llamaron;
corrí a abrir con vida y alma.
Veo en la puerta a mi Amor
con una cruz que me espanta..."

Pero la buena noticia es que esa cruz es más descansada que nuestra búsqueda constante del placer y de la tranquilidad. Si a todos libera la cruz, a los que vivimos apegados al placer, mucho más. Mucha gente se desasosiega por las muchas tareas que tiene, cuando ansía tranquilidad y comodidad: si aceptáramos ese "stress" como algo valioso que ofrecer al Señor por amor, seguro que todo nos sería mucho más enriquecedor. Cada pequeño esfuerzo tendría su compensación. La búsqueda de la cruz nos libera del desasosiego o, por lo menos, es mucho más soportable que nuestras esclavitudes mundanas. Y nos llena completamente, no como nuestras diversiones frívolas, tan fugaces que no duran siquiera el momento del disfrute.

Así que pidamos a Dios que nos dé su amor para amarle, y pedirle, por amor, que nos conceda buscar la cruz, con Él. En eso está la felicidad, el consuelo, lo mejor que podemos tener en la tierra. Por eso, el Espíritu Santo, que es el que nos covence de esa mala noticia -que tenemos que morir con Cristo-, es también el que nos da el Consuelo. Por eso, Jesús, cuando dice que va venir a nosotros el Espíritu Santo, le llama "el Consolador".

Para convencernos de eso, nadie mejor que una Madre -llena del Espíritu Santo- que nos muestra su amor, y nos dice dulcemente: Hijo mío, haz esto, ofrécete al Señor por amor, deja de buscar la paz y la tranquilidad en todas esas cosas; tanto ansiar y buscar tonterías te turba, te tienen acongojado; pídele al Señor su gracia para dejar todas esas preocupaciones, esa huida continua de la cruz que te tiene esclavizado. Sólo su amor puede aliviarte, convéncete. Convéncete; aunque este camino es esforzado y a veces muy duro, todos los demás son mucho peores, y además te apartan de su amor, no te hacen feliz como te hará el camino de la cruz.

Es como si estuviéramos ante un cruce de caminos. El camino de la cruz es esforzado, se ve que va hacia arriba, tiene piedras, etc. Los otros, hasta donde se ven, aparecen  preciosos, anchos, cuesta abajo, llenos de fuentes. Pero luego, en estos últimos, enseguida lo que parecía tierra seca se vuelve fango que se pega a los pies que no te deja andar; dan veinte mil vueltas y uno nunca sabe a dónde va, las fuentes son de agua salada y dan más sed, y el final de estos caminos acaba en barranco o en pantano. Uno acaba dando vueltas por ellos y desesperándose; en cada recodo, una nueva ilusión hace pensar que el camino mejora, pero no lo hace nunca. El camino de la cruz, en cambio, se ve muy difícil al principio, pero cuando ponemos el pie en él, la gracia de Dios nos alienta, nuestro espíritu se eleva y las piedras hasta nos divierten. Y cuando verdaderamente se hace difícil andar por él, saber que ése es el camino que nos lleva al Amor de Dios, nos da fuerza para continuar.

María, ¡madre!, convéncenos con tu dulzura de entregarnos al Padre por Amor; por Cristo, con Él y en Él. Concédenos de Él la gracia de hacerlo con alegría, es espera de la felicidad eterna en su Amor.

martes, 4 de enero de 2011

El Bautismo de Jesús y la Nueva Evangelización

Ver a Jesús en los pecadores


 Ante nosotros tenemos una tarea enorme: la evangelización de los que nos rodean. Eso consiste en hacer llegar el Amor de Dios a cada una de las personas que lo necesitan sin saberlo, que con su actitud le odian mientras que su corazón lo ansía como la tierra reseca ansía el agua del cielo.

En cuanto a llevar a otros el Amor de Dios, tenemos una maestra reciente que personifica toda la Tradición de la Iglesia, en el sentido de que es un evangelio vivo: Teresa de Calcuta. Leyendo una biografía que ella misma aprobó, publicada por Palabra, se ve que hay una gran clave que da sentido y forma a todos sus trabajos: ver a Cristo en los pobres. Recordar que lo que se les hace a ellos, se le hace -realmente- a Cristo.

Ella misma -Teresa de Calcuta- nos alienta a la nueva evangelización. Nos dice que existe una pobreza aún más penosa que la falta de todo lo material: la carencia de Dios. Se puede vivir una vida llena de cosas pero carente por completo de sentido trascendente, como se vive a menudo en esta gran Torre de Babel.

Si queremos evangelizar, tenemos que ver a Cristo en nuestros "pobres", que son aquellos que no le conocen, que luchan contra Él. Aquí surge el problema, porque es relativamente "fácil" ver a Cristo en los pobres materiales, porque Él fue pobre. Es fácil verle en los enfermos, en los que sufren, porque Él sufrió en la cruz. Es fácil verle en los atribulados, porque Él estuvo atribulado en el huerto de los olivos. Es fácil verle en los inmigrantes, porque Él tuvo que emigrar a Egipto. Pero ¿cómo verle en los "pecadores", en los que rechazan en Evangelio, en los que critican a la Iglesia, en los que luchan contra ella, en los que promueven el aborto, etc.? Si Jesús fue de todo, menos pecador...

Pues el Bautismo de Jesús nos revela precisamente cómo y por qué podemos ver a Cristo aun en los mayores pecadores. Juan, preparando el camino al Señor, ofrecía un bautismo de conversión.  A él acudían los pecadores, para cambiar de vida. Y Jesús, al hacerse bautizar por Juan, toma el sitio de los pecadores. Y es que sí, Jesús fue pobre, sufriente, atribulado, preso, pero precisamente la razón que le hizo venir al mundo, fue ponerse en el sitio de los pecadores. En el Bautismo, toma el sitio que tomará finalmente en ese otro bautismo: el de la cruz. Se puso en el lugar de los pecadores para cargar con nuestras culpas, para pagar la deuda que nosotros no podíamos pagar.

Por eso, ver a Cristo en todos los pecadores (entre los cuales nos incluimos) no es ninguna locura, tiene pleno sentido. En cada pecador, está Cristo esperándonos. En las calumnias contra la Iglesia, los insultos, las blasfemias, en las falsas argumentaciones, podemos oír a Cristo gritándonos, como hizo en la cruz: "¡Tengo sed!" Nos enseñó San Ignacio de Loyola que, para evangelizar, hay que tener la certeza, de fe, de que, contra toda apariencia exterior, que nos mueva a pensar lo contrario, en cada corazón que rechaza superficialmente a Cristo existe un ansia tremenda, interior, de encontrarse con Él. Es así, no son palabras bonitas, es la verdad; toda persona ansía -a menudo sin saberlo- encontrarse con Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Así, con la gracia de Dios, nuestras actitudes pueden cambiar. No se puede vencer el mal con el mal, eso es dejarnos vencer nosotros: hay que vencerlo con el bien, como nos enseña la Escritura y nos recordó Juan Pablo II en uno de sus últimos libros, refiriéndose al reto actual de la Nueva Evangelización. Recuerdo ahora otra enseñanza de San Ignacio, que fue la "conversión" de Francisco Javier, un muchacho licencioso que dilapidaba la fortuna paterna en el juego, mientras estudiaba en París para ser un clérigo aprovechado. Cualquiera de nosotros podría haber despreciado a Javier, podría haber visto en él a un enemigo. Ignacio vio en él a Cristo que le llamaba. Una vez, Javier había dilapidado el abundante dinero que recibía de sus padres, y eso le creó un gran problema. Cualquiera de nosotros habría pensado: "se lo merece, ya era hora de que le saliera mal alguna jugada, a ver si ahora escarmienta y se le bajan esos humos de triunfador". Ignacio no pensó eso: Ignacio le dio, sin que se lo pidiera, el dinero que él había mendigado con muchísimos días de esfuerzo, frío y hambre, para poder pagar su estancia en París y sus estudios. Así, dio credibilidad a las palabras que varias veces le había dicho: "¿de qué te sirve ganar el mundo entero, si pierdes tu alma?" Javier, ese chaval frívolo que aparentemente no servía para nada bueno, fue uno de los misioneros más sacrificados, esforzados y santos que ha dado la cristiandad, para mayor gloria de Dios.

Otro ejemplo maravilloso lo he leído hace poco en la novela apocalíptica "El Padre Elías". El P. Elías acude a intentar recuperar para Cristo a un conde polaco, ateo furibundo, que está en su lecho de muerte. En la conversación, el conde está cada vez más hiriente. Intenta, en el fondo, demostrar que ese cura es como cualquier no cristiano, y que si le pinchan lo suficiente, le odiará e insultará. No voy a contar el episodio, porque estropearía, desvelándola, una de las páginas más bellas que he leído. Pero el amor esforzado del sacerdote, un Amor que no es de este mundo, es el arma capaz de romper la dura coraza que el pecado forma alrededor de un corazón atormentado que ansía -sin saberlo- el Amor y la Verdad de Cristo.

Te lo digo yo, que no evangelizo a nadie... (es broma, o eso quisiera yo).

En fin, que -en mi humilde y desautorizada opinión- para evangelizar, tenemos que pedir al Señor que nos haga ver a Cristo en los demás. Ese es el camino, aunque no seamos perfectos. Ya sabemos que el Señor condesciende con nuestros defectos y dificultades, y se aviene a que llevemos su tesoro en vasijas de barro, a que anunciemos su verdad a pesar de nuestras propias incongruencias y miserias, que siempre las tendremos, en mayor o menor medida.

Mostrar y hacer llegar a los demás el Amor misericordioso de Dios constituye siempre la esencia de todo esfuerzo de apostolado bien orientado. Toda verdad puede y debe ser presentada, incluso expresamente, de forma que pueda ser asumida como prueba del amor de Dios hacia nosotros, sus hijos. El amor de Dios se muestra amando a los demás. Esa es la buena noticia, la auténtica evangelización.

lunes, 3 de enero de 2011

Sobre política cristiana


En el blog del padre Iraburu, que acabo de conocer, leo un análisis de las causas de la falta de una alternativa política cristiana arraigada en España o en otros países. Sobre esto he escrito un comentario que pongo aquí en mi blog, con pequeñas modificaciones.

Hay que analizar, en España, las condiciones actuales para la participación política. Creo que existe un buen número de cristianos con vocación política, muy bien preparados y fieles. Sin embargo, no encuentran dónde participar. En el PP, como en todos los partidos, existe un poder muy afianzado, no parece existir una posibilidad real de participación para "fermentar la masa". Y no es posible crear un partido "de la nada"; algo así, empezado por tres gatos y medio, está abocado al fracaso, como enseña la experiencia. Las personas con vocación política que son cristianos, como sus homólogos que alimentan las filas del PSOE o del PP, no son notoriedades públicas, carismas despampanantes; no son superhombres capaces de echarse a la espalda de la nada un nuevo proyecto político. Son personas que necesitarían un apoyo, una palestra, un entorno de colaboración. Pedirnos hoy a los cristianos que actuemos en política es como pedirle a un pescador que salga a pescar atunes sin barco, sin tripulación y sin caña. Los seglares somos cristianos, no supermanes.

Quiero decir con esto que la única responsabilidad -sí, la única- de que no exista una alternativa política cristiana en España, con una cierta representación, sería de los estamentos u organizaciones que por su peso público o por su influencia podrían iniciar la organización de un nuevo partido político cristiano y no lo hacen. ¿Existen estos estamentos u organizaciones? Existen, pero parece que sus objetivos -y es natural que así sea- están alejados de la política de partidos, y difícilmente se mezclarían como tales en la constitución de un partido. Me refiero, por ejemplo, a los movimientos y asociaciones, como los Neocatecumenales, el Opus Dei, los Focolares, los Carismáticos, Comunión y Liberación, la ACdP... y a organizaciones como las asociaciones profamilia, Hazteoír, Provida, Cáritas, Manos Unidas, etc.

Es lógico que asociaciones evangelizadoras, asistenciales o similares no se mezclen en la acción política. Pero si en el seno y en la "cúspide" de estas organizaciones se alentara un esfuerzo conjunto para que sus fieles interesados se asociaran entre sí en un proyecto político cristiano, a título exclusivamente personal, pero sabiendo todos de dónde han salido, si fueran recabando apoyos y afiliados en toda esa cosecha de políticos católicos frustrados que no encuentran dónde meterse, seguro que se crearía la masa crítica inicial para una alternativa católica seria y convincente en España.

En ese proceso, los obispos españoles tienen un papel irrenunciable y de tremenda responsabilidad: el de catalizador. Está en sus manos permitir o parar ese proceso, aunque no participen en él. De momento, me da la impresión de que lo están parando, creo que con la vana excusa de evitar el clericalismo o confesionalismo político, o con la vana ilusión de que el PP tiene arreglo. Otro temor es el de competir con el PP, facilitando el triunfo del PSOE; creo que es un mal cálculo, pues la existencia de una alternativa provida, profamilia, etc., acentuaría el carácter "centrista" del PP, debilitando más al PSOE.

 Quizá otro catalizador podría ser la ACdP, que se ha ganado la confianza de muchos cristianos de toda filiación en España, y que con su Congreso de Católicos y Vida Pública puede estar bien situado y ejercer de anfitrión en la gestación de un nuevo proyecto político. No faltarían, por otra parte, medios de comunicación que lo divulgasen, como Interecomomía, Cope-Popular TV, La Gaceta, Alba, La Razón, ABC...
 
Pero si esto sigue así -y seguirá, incluso peor, aunque caiga ZP-, los colectivos antes mencionados deberían no ampararse en un clericalismo ya superado en el Concilio Vaticano II, y ejercer responsablemente su deber ante el momento histórico, presentando un buen proyecto de partido a los obispos, para que lo bendigan sí o sí, aunque sea en privado. Para eso, los laicos -no los pastores, que no deberían apagar el Espíritu, pues también Él actúa en estas cosas- somos los llamados específicamente  a intervenir en las cuestiones del orden temporal, con fidelidad a la doctrina de la Iglesia. Lo que yo pienso, en verdad, es que ya están tardando demasiado, mientras en nuestro país los niños son pervertidos en las escuelas y los inocentes mueren por cientos de miles. Dentro de poco, podría ser demasiado tarde.

En la foto que sirve de encabezamiento, hay tres Personas en primer plano que supieron estar a la altura del momento histórico en Polonia y en el Mundo. Hicieron tambalearse y caer la bota comunista. Aprendamos de ellos. Porque lo que parece imposible, si es Cristo quien lo impulsa, funciona. Eso sí: con miedo, no se llega a ningún sitio; la victoria es de los audaces. Recordemos Tenochtitlán.

domingo, 2 de enero de 2011

Déjame que te diga una cosa...


...Si estás aquí, amigo lector, es por un motivo. Y el motivo es éste: Dios te ama. Sí, te lo repito de su parte, por si no te lo había dicho nadie, por si no se lo habías oído antes: Dios te ama. Existes por que Él te amó y te creó por amor. Sigues aquí porque Él te ama, seas como seas, hagas lo que hagas. Dios te ama, ¿lo sabías? Pues sí: ¡te ama! Puedes gritarlo si quieres, o pronunciarlo bajito, sólo para ti: "Dios-me-ama".

Te ama, como si fueras el único, o la única. Dio por ti, en la cruz, hasta la última gota de su sangre. Está loco, sí, de amor por ti. Se ha pasado, ha llegado al extremo y lo ha sobrepasado con creces. Tú no lo notas, a veces te parece que te ha abandonado, o que te hace malas jugadas, pero no: Él te ama, por encima de todo. No lo dudes. Confía en su amor, a pesar de todo, contra todo lo que te trata de seducirte contra Él. Mira tu mano: él la hizo con amor, es mano que un día, ojalá ya desde ahora, te servirá para alzarla a Él, alabarle y darle gracias.


Eso es lo importante. Ésa es la base de todo: el Amor de Dios. Si no está eso en la base, todo lo demás está vacío. Y nosotros estamos vacíos cuando no aceptamos ese amor de Dios, cuando no nos dejamos llenar por Él y que rebose en nosotros hacia nosotros mismos y hacia los demás. Ésa es la razón de todo el mensaje cristiano: el Amor de Dios. Decir "amor de Dios" es incluso innecesario, porque todo amor que de verdad es amor, es de Dios; de Él proviene y a Él vuelve. Cuando amamos verdaderamente a alguien, le amamos con el amor que Dios nos da. Y el amor que le damos le mueve hacia Dios; le mueve, en última instancia, a amarle. Por eso, el amor viene de Dios y a Dios se encamina. Es que el amor, no sólo viene de Dios, sino que es muestra de la presencia de Dios. Adopta diversas formas, según el objeto en que se muestra.

Adopta el amor, a veces, la forma de la belleza, con la que Dios nos dice: ¡te amo, he creado todo esto para ti; mira este amanecer, mira estas flores, mira este Universo grandioso que ni siquiera puedes conocer...! ¡Pues hasta lo que jamás conocerás, lo creé para ti, pensando en ti, para que conozcas mi amor excesivo, loco, ilimitado! ¡Mira ese niño pequeño, mira su sonrisa, mueve tu corazón hacia él, porque así es como yo te veo, mi niño querido -mi niña querida-, imagínate cómo me duele verte en peligro, verte acercarte al mal, verte caer en sus garras...!

Adopta el amor, otras veces, la forma de la verdad, esa verdad que mueve nuestro corazón, que lo atrae hacia Él, que no podemos guardar para nosotros y ansiamos comunicar a los demás, como ésta misma que yo te estoy comunicando ahora: Dios te ama. También la verdad científica, la verdad moral, la verdad teológica. Toda verdad, la diga quien la diga, viene de Dios, contiene en sí el amor de Dios, es una forma de su Amor.

Adopta el amor, finalmente, la forma del bien: del que ayuda al pobre, el que no se olvida de su amigo, el padre y la madre que se sacrifican con amor por su hijo, el hombre que perdona a su enemigo. El bien que nos hacen nos habla sin palabras, al corazón, sobre el amor de Dios, y nos mueve a  amarle. El bien que hacemos no viene de otra fuente sino del amor de Dios, que nos mueve a hacerlo, y cuando lo hacemos, nos acercamos a Él por el Amor.

Cristo en la Cruz es la recopilación total del amor: es bello, es verdad, es bueno. En una palabra: es Amor. Es el Amor que viene de Dios y a Dios retorna, atrayéndonos a todos hacia Él. Dios te ama. Cristo en la cruz es su declaración de amor. Él te sale al paso en su belleza, en su verdad, en su bondad. Su bondad consiste en que nos ha visto heridos, desconcertados, caídos en las garras del mal, y se ha entregado a sí mismo para salvarnos. Pero no se ha quedado vencido en las garras de la muerte: ha resucitado, ha vencido Él a la muerte y nos ha conquistado la vida, gratuitamente. Él está vivo, y te ama, me ama, nos ama a todos. Sí, ya sé que me estoy pasando con lo del amor... pero no, es mucha más su locura de amor que lo que yo pueda repetir una y otra vez. ¿Podré parar?

¡Te ama, te ama, te ama...!

Un abrazo de su Amor
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