martes, 4 de enero de 2011

El Bautismo de Jesús y la Nueva Evangelización

Ver a Jesús en los pecadores


 Ante nosotros tenemos una tarea enorme: la evangelización de los que nos rodean. Eso consiste en hacer llegar el Amor de Dios a cada una de las personas que lo necesitan sin saberlo, que con su actitud le odian mientras que su corazón lo ansía como la tierra reseca ansía el agua del cielo.

En cuanto a llevar a otros el Amor de Dios, tenemos una maestra reciente que personifica toda la Tradición de la Iglesia, en el sentido de que es un evangelio vivo: Teresa de Calcuta. Leyendo una biografía que ella misma aprobó, publicada por Palabra, se ve que hay una gran clave que da sentido y forma a todos sus trabajos: ver a Cristo en los pobres. Recordar que lo que se les hace a ellos, se le hace -realmente- a Cristo.

Ella misma -Teresa de Calcuta- nos alienta a la nueva evangelización. Nos dice que existe una pobreza aún más penosa que la falta de todo lo material: la carencia de Dios. Se puede vivir una vida llena de cosas pero carente por completo de sentido trascendente, como se vive a menudo en esta gran Torre de Babel.

Si queremos evangelizar, tenemos que ver a Cristo en nuestros "pobres", que son aquellos que no le conocen, que luchan contra Él. Aquí surge el problema, porque es relativamente "fácil" ver a Cristo en los pobres materiales, porque Él fue pobre. Es fácil verle en los enfermos, en los que sufren, porque Él sufrió en la cruz. Es fácil verle en los atribulados, porque Él estuvo atribulado en el huerto de los olivos. Es fácil verle en los inmigrantes, porque Él tuvo que emigrar a Egipto. Pero ¿cómo verle en los "pecadores", en los que rechazan en Evangelio, en los que critican a la Iglesia, en los que luchan contra ella, en los que promueven el aborto, etc.? Si Jesús fue de todo, menos pecador...

Pues el Bautismo de Jesús nos revela precisamente cómo y por qué podemos ver a Cristo aun en los mayores pecadores. Juan, preparando el camino al Señor, ofrecía un bautismo de conversión.  A él acudían los pecadores, para cambiar de vida. Y Jesús, al hacerse bautizar por Juan, toma el sitio de los pecadores. Y es que sí, Jesús fue pobre, sufriente, atribulado, preso, pero precisamente la razón que le hizo venir al mundo, fue ponerse en el sitio de los pecadores. En el Bautismo, toma el sitio que tomará finalmente en ese otro bautismo: el de la cruz. Se puso en el lugar de los pecadores para cargar con nuestras culpas, para pagar la deuda que nosotros no podíamos pagar.

Por eso, ver a Cristo en todos los pecadores (entre los cuales nos incluimos) no es ninguna locura, tiene pleno sentido. En cada pecador, está Cristo esperándonos. En las calumnias contra la Iglesia, los insultos, las blasfemias, en las falsas argumentaciones, podemos oír a Cristo gritándonos, como hizo en la cruz: "¡Tengo sed!" Nos enseñó San Ignacio de Loyola que, para evangelizar, hay que tener la certeza, de fe, de que, contra toda apariencia exterior, que nos mueva a pensar lo contrario, en cada corazón que rechaza superficialmente a Cristo existe un ansia tremenda, interior, de encontrarse con Él. Es así, no son palabras bonitas, es la verdad; toda persona ansía -a menudo sin saberlo- encontrarse con Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Así, con la gracia de Dios, nuestras actitudes pueden cambiar. No se puede vencer el mal con el mal, eso es dejarnos vencer nosotros: hay que vencerlo con el bien, como nos enseña la Escritura y nos recordó Juan Pablo II en uno de sus últimos libros, refiriéndose al reto actual de la Nueva Evangelización. Recuerdo ahora otra enseñanza de San Ignacio, que fue la "conversión" de Francisco Javier, un muchacho licencioso que dilapidaba la fortuna paterna en el juego, mientras estudiaba en París para ser un clérigo aprovechado. Cualquiera de nosotros podría haber despreciado a Javier, podría haber visto en él a un enemigo. Ignacio vio en él a Cristo que le llamaba. Una vez, Javier había dilapidado el abundante dinero que recibía de sus padres, y eso le creó un gran problema. Cualquiera de nosotros habría pensado: "se lo merece, ya era hora de que le saliera mal alguna jugada, a ver si ahora escarmienta y se le bajan esos humos de triunfador". Ignacio no pensó eso: Ignacio le dio, sin que se lo pidiera, el dinero que él había mendigado con muchísimos días de esfuerzo, frío y hambre, para poder pagar su estancia en París y sus estudios. Así, dio credibilidad a las palabras que varias veces le había dicho: "¿de qué te sirve ganar el mundo entero, si pierdes tu alma?" Javier, ese chaval frívolo que aparentemente no servía para nada bueno, fue uno de los misioneros más sacrificados, esforzados y santos que ha dado la cristiandad, para mayor gloria de Dios.

Otro ejemplo maravilloso lo he leído hace poco en la novela apocalíptica "El Padre Elías". El P. Elías acude a intentar recuperar para Cristo a un conde polaco, ateo furibundo, que está en su lecho de muerte. En la conversación, el conde está cada vez más hiriente. Intenta, en el fondo, demostrar que ese cura es como cualquier no cristiano, y que si le pinchan lo suficiente, le odiará e insultará. No voy a contar el episodio, porque estropearía, desvelándola, una de las páginas más bellas que he leído. Pero el amor esforzado del sacerdote, un Amor que no es de este mundo, es el arma capaz de romper la dura coraza que el pecado forma alrededor de un corazón atormentado que ansía -sin saberlo- el Amor y la Verdad de Cristo.

Te lo digo yo, que no evangelizo a nadie... (es broma, o eso quisiera yo).

En fin, que -en mi humilde y desautorizada opinión- para evangelizar, tenemos que pedir al Señor que nos haga ver a Cristo en los demás. Ese es el camino, aunque no seamos perfectos. Ya sabemos que el Señor condesciende con nuestros defectos y dificultades, y se aviene a que llevemos su tesoro en vasijas de barro, a que anunciemos su verdad a pesar de nuestras propias incongruencias y miserias, que siempre las tendremos, en mayor o menor medida.

Mostrar y hacer llegar a los demás el Amor misericordioso de Dios constituye siempre la esencia de todo esfuerzo de apostolado bien orientado. Toda verdad puede y debe ser presentada, incluso expresamente, de forma que pueda ser asumida como prueba del amor de Dios hacia nosotros, sus hijos. El amor de Dios se muestra amando a los demás. Esa es la buena noticia, la auténtica evangelización.

1 comentario:

Alonso Gracián dijo...

"Así, con la gracia de Dios, nuestras actitudes pueden cambiar. No se puede vencer el mal con el mal, eso es dejarnos vencer nosotros: hay que vencerlo con el bien, como nos enseña la Escritura y nos recordó Juan Pablo II en uno de sus últimos libros, refiriéndose al reto actual de la Nueva Evangelización"

Desde luego, como bien dices, nuestras actitudes pueden cambiar con la Gracia.

Cada día me convenzo más de que la nueva evangelización deberá contener un apostolado de la Gracia, pues sin Gracia nada podemos.

Dese luego, no se puede vencer el mal con el mal, sólo el bien de Dios, que viene por la Gracia, transforma todo y nos permite cambiar.

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