domingo, 30 de enero de 2011

La Eucaristía se parece... al príncipe encantado (con perdón)

Porque el príncipe, convertido en rana por las palabras de la bruja, tiene ancas de rana, ojos de rana, croa, puede sumergirse en el estanque y comer moscas con la lengua... pero no es una rana, ¡es un príncipe!

Lo mismo, el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, tiene forma de pan, sabe a pan, tiene moléculas de pan (almidón de trigo)... y la Sangre de Cristo tiene aspecto de vino, sabe a vino, tiene alcohol del vino, todo del vino... pero no es ya vino... Si los analizáramos en un laboratorio, veríamos que químicamente tienen todas las sustancias químicas del pan y del vino. Pero igual que la rana no es una rana, ese Pan y ese Vino no son pan y vino, aunque su composición química sí lo sea, sino que son Cristo mismo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Cristo, por las palabras del sacerdote y cumpliendo la promesa que hizo, se ha unido a esas materias, que han pasado a formar su Cuerpo y Sangre, sin dejar de ser químicamente lo que son: almidón de trigo; agua alcohol y aromas de vino, formando el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Y cuando los tomamos, recibimos a Cristo mismo en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu.


Esta es la doctrina de la "transubstanciación". Que suena muy complicada, pero es tan sencilla como eso.

Pero esta es una comida al revés. Porque cuando uno come una manzana, la manzana desaparece y pasa a formar parte de sí mismo. Pero cuando comemos a Cristo, somos nosotros los que pasamos a formar parte de Él. Y como somos muchos los que le comemos, pasamos todos a formar parte de su Cuerpo Místico. Por eso, la Eucaristía hace la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Cabeza, y juntos formamos el Cristo Total. Un cuerpo en el que todo lo bueno que hacemos, beneficia a los demás, como por arterias espirituales.

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