jueves, 27 de enero de 2011

La Biblia: ¿sola o con la Iglesia? (y II)


 Interpretar la Palabra de Dios 

Uno puede tener la tentación de coger la Biblia e interpretarla según el propio entender solamente, o confiando en intepretaciones de aquellos que transmiten una doctrina que le parece razonable, de nuevo según su propio entender. Así, unas veces se pueden interpretar cosas francamente distintas de lo que el sentido común  puede ineterpretar (dado que el sentido común es el menos común de los sentidos, y ninguno de nosotros está libre de ese problema). Pero otras veces lo que interpretemos no será humanamente desacertado. Puede haber varias interpretaciones en principio razonables, pero sólo una será correcta. Voy a un tema clave para ilustrar esto último: la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. La Palabra de Dios nos dice: "esto es mi Cuerpo". La Iglesia Católica interpreta esto en sentido literal; otros lo interpretan en sentido figurado. Humanamente, no puedo decir que ninguna de las dos interpretaciones sea incorrecta con la Biblia en la mano. La católica me parece más ajustada, pero la otra no es propia de un negligente. Sin embargo, sólo una puede ser verdadera. ¿Cuál creer entonces?

Nosotros creemos en la Presencia Real de Cristo. ¿Por qué? Porque confiamos plenamente en la Iglesia. Las Escrituras nos dicen que ése es el Cuerpo de Cristo, y la Tradición nos confirma que, desde siempre, los cristianos han creído y vivido la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía. Basándose en esa Escritura y en esa Tradición, la Iglesia nos enseña como doctrina revelada por Cristo y confirmada por el Espíritu Santo a su Iglesia, que Jesús está realmente presente en la Eucaristía, en el Pan que compartimos, que es el Cuerpo de Cristo.

Pues sí, muchas veces varias interpretaciones son razonablemente lícitas, y hay que recurrir a una autoridad. Esa autoridad no puede ser otra que el Espíritu de Verdad, el Espíritu Santo, que Cristo prometió para que tomara de lo que Él nos enseñó y nos lo diera a conocer.

¿Y qué es lo que nos dice el Espíritu Santo? ¿Cuál de las interpretaciones es la acertada?

En primer lugar, cualquiera de nosotros puede estar asistido por el Espíritu Santo, e interpretar la verdad en las Escrituras. El Espíritu Santo nos enseña. Pero no todo el que cree estar asistido por el Espiritu Santo en un punto concreto, lo está. ¿Cómo reconocerlo, cómo saber quién ha sacado la enseñanza asistido por el Espiritu Santo, y quién no?

Según un criterio individualista, es muy fácil: cada uno de nosotros es el asistido. Cada uno cree lo que le parece que es verdad, y si se equivoca, es su problema. Así, cada lector entiende algo diferente en la Biblia. Al creer cada uno lo que estima correcto, se produce un fenómeno evidente: la división de los cristianos y su pérdida de credibilidad ante el mundo. Ese es el resultado de un proceder equivocado.

Pero sí hay una forma de reconocer lo que está asistido por el Espíritu Santo y lo que no: Cristo no fundó la Iglesia para despistarnos, para confundirnos, ni se equivocó al fundarla. Cristo fundó la Iglesia sobre Pedro, un hombre falible, débil, y le dio el encargo de confirmar en la fe a sus hermanos. Y confió su Iglesia a hombres, no por su inteligencia ni por su bondad humana, sino porque sobre ellos iba a hacer descender el Espíritu Santo, que les iba a capacitar para la tarea emprendida. La fundó por amor, porque sabía lo débiles que somos, y que necesitamos una referencia que nos enseñe, que nos ayude a seguir su camino, a seguirle a Él.
  
Observo que muchos creyentes, católicos y no católicos, caen en una contradicción interna, porque escuchan y aman la voz del Espíritu Santo cuando les habla directamente al corazón, pero no le hacen caso cuando les habla a través de la Iglesia, porque viene envuelto en formas humanas, a veces antipáticas o imperfectas. ¡Pero en ambos casos, es el mismo Espíritu Santo, el que Cristo nos prometió! Y es que el contenido de la fe, por voluntad de Dios, no lo transmite el Espíritu Santo directamente, sino que Él ha querido poner en manos de hombres imperfectos la predicación de su Palabra. ¿Aún nos extraña que la Palabra de Dios suene como "desafinada" en labios de los hombres? ¡Pues no nos extrañe, es así! No nos cerremos a ella, y veremos cómo el mismo Espíritu que nos habla directamente, se reconoce también a Sí mismo en la predicación de la Iglesia.

Yo confío en la Iglesia, confío en Cristo y en el Espíritu Santo que Él le prometió. Por eso, no digo "me quedo sólo con la Escritura y rechazo la Iglesia", sino que me quedo con "todo Cristo", es decir: con Cristo y su Iglesia.

Que la bienaventurada Virgen María, nuestra Madre, nos una en nuestra Casa común, la Iglesia. Un abrazo en Cristo.

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