miércoles, 26 de enero de 2011

La Biblia: ¿sola o con la Iglesia? (I)


 En relación con la lectura de la Biblia, hay dos cuestiones clave:


1º) Cómo reconocemos lo que es Palabra de Dios y lo que no lo es.

2º) Cómo interpretamos la Palabra de Dios.

Reconocer la Palabra de Dios
Cuando en los primeros siglos se leían las Escrituras en las celebraciones cristianas, los cristianos se daban cuenta -porque así se lo decía al corazón el Espíritu Santo- que eso que estaban leyendo no eran sólo unos libros maravillosos que hablaban de Dios, sino que eran verdadera Palabra de Dios, escrita por autores inspirados directamente por el Espíritu Santo. Luego, dan el paso de recopilarlos, y asistidos por el Espíritu Santo, son capaces de reconocerlos, por el sentido común en toda la Iglesia de que aquellos -y no otros-, eran libros inspirados. Así nace la Biblia, ya compilada por el "sensus ecclesiae", el sentir común de toda la Iglesia. Es la Iglesia la que reconoce, compila y nos presenta la Biblia.


Hay otra tradición, previa incluso a la Biblia, y es la tradición oral, la enseñanza de los apóstoles, todo lo que conforma la vida de la Iglesia durante los primeros años, que va manteniéndose y desarrollándose cada día más con la ayuda del Espíritu Santo. Esto, nos dice la Iglesia que también es Palabra de Dios, no escrita, pero sí transmitida y vivida desde los primeros años. Es lo que llamamos la Tradición. Esa Tradición es, por cierto, la que permitió distinguir los verdaderos Evangelios de los apócrifos -falsos-, porque los cristianos se daban cuenta de que esos textos decían cosas distintas de aquéllas que a ellos les habían contado oralmente. Así, dice San Pablo en una de sus cartas: "Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema" (Gal 1,9). El evangelio que aquellos cristianos habían oído y habían aprendido de San Pablo, era la regla segura para rechazar lo que les contaran que fuera distinto a esto. Fue con ese criterio con el que los cristianos -la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo- reconocieron las verdaderas Escrituras como Palabra de Dios. Y nosotros las reconocemos gracias a aquellos cristianos, porque nos fiamos de ellos. No nos ponemos a juzgar por nosotros mismos si la carta de Santiago es o no es Palabra de Dios, o si el II Libro de los Macabeos o el Evangelio según San Marcos son o no son Palabra de Dios.

Entre confiar en los sucesores de los Apóstoles, encargados por Cristo para enseñar (la Iglesia Católica), y confiar sólo en mí mismo, o en un grupo particular de teólogos, es claro que nos quedamos con la Iglesia Católica; no porque creamos que es mejor, sino porque creemos en Cristo, que la fundó para algo, y quiso que siguiera visible y unida, para que todos creyéramos.

Si yo no creyese en la Tradición que el Espíritu Santo mantiene viva en su Iglesia, tampoco tendría mucho sentido que confiase en la Escritura, que fue reconocida y recopilada por el sentir común de toda la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, es decir: por la Tradición. Escritura y Tradición son dos formas o fuentes inseparables de la misma Revelación.

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